Capítulo diez: La Confrontación.


...

Una ligera brisa en su rostro le causó cosquillas, llevándolo a despertarse. Lo primero que vio al abrir los ojos fue la cara sonrojada de su acompañante.

-¿Despertaste recién? -preguntó con nerviosismo el italiano.

España bostezó, sin procesar lo que estaba ocurriendo. Era de día, sentía el cuerpo incómodo y tenso, claramente dormir en un auto no brindaba un sueño reparador pero era lo mejor que había para pasar una noche invernal. Por una milésima de segundo, observó con sorpresa a su compañero, desconociéndolo; luego, su mente le hizo un resumen del día anterior.

Estaba en Suiza con la contraparte de Romano.

-¿Antonio?

-Perdona, recién estoy despabilando -respondió para luego bostezar y quejarse por la incomodidad del asiento.

-Está arreglado el auto -le comentó, apuntando a los asientos delanteros.

El español miró hacia adelante, no vio a nadie, el auto estaba detenido. Luego miró a su compañero, buscando detalles.

-Em, bueno, es difícil dormir aquí así que cuando se hizo de día fui a esa estación de servicio. Un humano mecánico me ayudó y arregló el coche, se le había descargado la batería.

-¿Estuviste despierto toda la noche? -le preguntó con sorpresa. Ya completamente despierto, pudo ver que Italia del Sur tenía marcadas las ojeras. El joven se cubrió los ojos con los lentes de sol, sintiéndose bastante apenado.

-N-No, desperté al amanecer -respondió mirando hacia la ventana.

España no entendía porqué ahora se mostraba tan avergonzado luego de lo despreocupado que había sido el día anterior.

Lo que el español no sabía era el italiano había despertado mucho antes que él y que pasó horas mirándolo dormir, al mismo tiempo que intentaba entender qué le estaba ocurriendo, por qué simplemente no cruzó en España a su mundo y se quedó tranquilo en su realidad, por qué sentía la necesidad de acompañarlo y de ayudarlo. Por alguna razón, sus responsabilidades las sentía en segundo plano, solo quería ser un simple humano italiano llamado Flavio que estaba conociendo a ese tal Antonio, que no podía dejar de mirarlo, que deseaba tocar pero no se atrevía. Y cuando al fin se animó a darle un tímido beso, el ibérico empezó a despertar.

España, completamente ajeno a los desvaríos mentales del muchacho de cabello rubio, le hizo un gesto de "ven" que el italiano no entendió. Se bajó del auto y notó que Italia del Sur seguía dentro del vehículo.

-Ven, Flavio -indicó con una sonrisa, abriendo la puerta.- Vamos a desayunar y luego seguimos -invitó, alzando la mano para tomar la de su compañero para bajarlo del auto.

España no notó que cruzó a la estación de servicio con Romano de la mano. El tacto se le hacía cómodo y, además, habían dormido abrazados, ¿qué más intimidad que esa para unos recién conocidos?

Italia del Sur observaba asombrado el paisaje de Suiza, pues como habían viajado de noche no había podido apreciarlo, notando que era bastante diferente al Suiza que conocía. Ahora se veía más flujo de gente y pudo apreciar mejor a la ciudadanía. Era un lugar muy limpio, ordenado y tecnologizado. España quería hablar con el muchacho de otras cosas, pero él no dejaba de hacer comentarios sobre lo diferente y bonito que era el lugar.

-Es solo una estación de servicio, Flavio, hay lugares más bonitos.

-Y pueden pagar desde el teléfono, qué locura -seguía hablando preso del entusiasmo.

-Si quieres puedo llevarte a zonas que son realmente bonitas.

"En otras noticias, nuestro corresponsal en Londres nos avisa que han logrado divisar a la nación británica…"

-¿Qué? ¿Arthur? -preguntó España, prestando atención a la televisión. Italia del Sur le daba la espalda a la pantalla, por lo que tuvo que girar su cuerpo para ver la noticia.

-Oh no.

"...aludió problemas de salud producto de los síntomas del covid y se encontrará en reposo en la residencia real…"

-El plan de Veneciano está andando -indicó con desánimo.

-¿Eh? ¿Cómo dices?

-Ya se están infiltrando. Ese -apuntó a la pantalla,- no es el Inglaterra que conoces, es el de mi mundo.

Italia del Sur soltó un suspiro para luego beber su chocolate caliente, que estaba espectacular. Nunca en su vida había probado un chocolate caliente tan rico en Suiza. España miraba al joven con gracia, le divertía que reaccionara tan emocionado por cosas tan sencillas. En eso el italiano dejó escapar una bocanada de aire, sintiéndose renovado por el calor del chocolate, sin notar que se le había formado un bigote de espuma.

-Ey, Flavio -llamó España con una risilla.

-¿Sí? -preguntó con una sonrisa, marcando más el bigote de espuma.

De forma simultánea, sintió su rostro ligeramente más caliente como también el deseo de besarlo. Pero lo único que atinó a hacer fue señalar su propio surco bajo la nariz.

Italia del sur se llevó la mano a la zona, sintiendo la espuma en sus dedos. Dejó escapar una risilla a la vez que se avergonzaba, se limpió rápido la zona con una servilleta, para luego sacar su celular y usar la cámara como espejo.

España cortó la momentánea incomodidad que sintió riéndose a gusto, el italiano lo imitó.

-¡Tonio! -una estruendosa voz apareció en escena y, antes de que España reaccionara al llamado, Italia del Sur observó a un hombre albino propinarle un fuerte manotazo en la cabeza.

-¡Oye! ¡¿Qué te pasa?! -espetó indignado, levantándose de la silla y dispuesto a golpearlo.

Sin embargo, España dejó escapar una risa. Le hizo un gesto de "calma" a su compañero para luego levantarse de la silla y abrazar con efusividad al hombre.

-¡Gil! Hombre, ¿qué haces acá?

El italiano se descolocó un poco, sintiéndose confundido. Podía percibir que era una nación, pero no conocía a nadie similar al sujeto en su mundo como para asociarlo a una contraparte. De todas maneras, le generó mala espina, sus movimientos bruscos le daban la idea de ser alguien tosco y él odiaba a la gente bárbara.

-Yo debería preguntarte eso -respondió, separándose de España para darle suaves golpecitos en la mejilla.- ¿Por qué no me contestabas las llamadas?

El ibérico buscó su teléfono celular y notó que lo tenía en silencio, ¿en qué momento lo había dejado así? El italiano apretó los labios, sintiéndose un poco incómodo y, a la vez molesto ante la interrupción. Durante la mañana el móvil de España sonaba e Italia del Sur lo silenció para que no despertara, aun no se decía si lo besaba o no aprovechando que estaba dormido.

España iba a contestar pero el italiano se interpuso.

-¿Y tú quién eres? -preguntó con arrogancia, llamando la atención del germano.

-¿Y este quién es? ¿Tu nueva conquista? -consultó Prusia con una risilla, agraciado.

Tanto España como Italia del Sur se sonrojaron al escucharlo.

-Me llamo…. -iba a saludar con un tono altanero, pues las personas gritonas eran, a sus ojos, desagradables; pero España lo interrumpió.

-Te explico todo afuera. Flavio, ¿me esperas aquí?

-¿Eh? -espetó sintiéndose ofendido.

Y sin esperar respuesta, España se llevó del brazo a Prusia, quien lo bombardeó con preguntas un poco incómodas a la vez que se reía por notar el semblante sonrojado de su amigo.

-Bravo el chiquillo, ¿dónde lo conociste? Estoy seguro que sería una fiera en la cama, ¿ya lo probaste? ¿Quién es el top?

Todas las personas que estaban en la estación de servicio se sintieron algo incómodas, en Suiza era costumbre la calma y tranquilidad, la gente respetaba los silencios en los espacios públicos así que toda esa escena fue "llamativa", por decir lo menos.

Italia del Sur, en tanto, tomó el móvil de España y se dirigió al mostrador para comprar alguna revista usando el dinero del español. Se sentía molesto por ser desplazado y no ser presentado correctamente, además de, sí, sentirse celoso.

Quería concentrarse en la revista, sin embargo no podía evitar mirar cómo el albino era tan expresivo al hablar, dándole golpecitos al español.

-Vamos, Tonio, ¿por qué no me dices quién es?

-Es una larga historia, tío.

-¡Quiero oírla!

-Hombre, que es muy larga y confusa y… no sabría ni por dónde empezar.

-¡Anda!

-Tú dime, ¿qué haces en Suiza? ¿Por qué no estás en Alemania cubriendo a tu hermano?

El semblante alegre de Prusia cambió drásticamente a preocupación. España sabía que el albino usaba el humor para ocultar las emociones que lo volvían vulnerable.

-Lo sabes -bajó el tono a uno más deprimido. España asintió.

-Sé que varios han desaparecido.

-No sé donde está West, Tonio -indicó sintiendo un nudo en la garganta.- Lo he buscado desde hace tres días y no logro encontrarlo. Fui a buscar a Francis y…

-Él tampoco está, lo sé -completó sintiéndose triste.

-¿Qué sabes? -preguntó con ilusión.- Necesito encontrar a West, todos en mi casa están asustados y me trae horribles recuerdos.

-Lo sé, tío, lo sé -España sabía a qué se refería.

Desde que el muro de Berlín cayó, Prusia le confesó varias veces que temía que Alemania volviera a dividirse y, otra vez, quedara separado de su hermano. El hispano le decía que eso no ocurriría, mas, Prusia le mencionaba que se habían formado muros invisibles entre el este y el oeste de Alemania, como también entre el norte y el sur, como si el país hubiera regresado a esos tiempos donde era una confederación desunida. Temía que esas distancias se reflejaran en la relación con su hermano. Lo perdió una vez, no quería volver a vivir lo mismo.

-Va a sonar una locura, pero tienes que creerme… -y así, España empezó a contarle a Prusia la situación, tratando de transmitirle la mayor calma posible, pues sabía de qué era capaz si se exaltaba.

Claramente no lo consiguió.

Italia del Sur notó cómo el albino dejaba hablando solo a España para entrar con brusquedad al servicentro.

-¡Tú! ¡Maldito farsante! -apuntó directamente al italiano.- ¡¿Dónde tienes a mi hermano?!

Prusia, por el impulso, no prestó atención al pequeño detalle que España había dicho que todo eso lo había planeado Italia del Norte y que, el que estaba con él, era Italia del Sur. Solo se quedó con la similitud de "Italia".

-No, Gilbert, él no es -España tomó al prusiano desde el abdomen para frenarlo. El espectáculo le provocaba aversión al italiano.

Dejó la revista en la mesa, se paró sin inmutarse y sujetó desde los hombros al germano. Lo miró fijo a los ojos y le habló con firmeza.

-Mira idiota, yo estoy aquí buscando ayudar ¿y tú te comportas así? Yo perfectamente podría estar en mi casa tranquilo y cómodo pero no, estoy acá lidiando con idiotas como tú para salvar a naciones que no conozco y que no me darán ningún beneficio.

-Disculpen, ¿podrían irse por favor? -solicitó el encargado del servicentro, pues muchas personas se estaban quejando del bullicio.

-Y tú te callas, humano promedio -espetó con desdén el italiano, pues siempre se sintió un grado superior a las personas por ser una nación.

-Flavio, calma -intentó mediar España.

-¡Tú no puedes hablarle así al Grandioso Yo! -reclamó Prusia, quitándole de un sopetón las manos de encima.

-Gil, vamos hombre.

-¿Quieres ponerme a prueba, bárbaro?

-Oh, princesa, cuidado con tus palabras.

España sujetó a cada uno del brazo y, con fuerza, los arrastró fuera de la estación de servicio. Ya afuera, los comenzó a regañar.

Iba a ser difícil lograr rescatar a las naciones de su mundo si sus colaboradores solo querían agarrarse a golpes meramente por malos entendidos.


-¡James! ¡James! ¡¿Dónde está tu maldito trasero?!

El muchacho de cabello rojizo derribó de una patada la puerta principal de la vivienda de Canadá. Un empleado miró a la nación con desagrado, sabía que iba a tener que reparar por milésima vez la puerta en lo que iba del año. El norteamericano lo ignoró y recorrió el pasillo llamando a gritos a su hermano.

En una sala apartada, aun sin escuchar los gritos, el canadiense preparaba una solución para luego pasarla a una jeringa. El rubio estadounidense balbuceaba palabras inentendibles, quería insultarlo y golpearlo por haberlo apresado y dañar a su hermano.

-Cuando una persona crece viendo a sus "cuidadores" abusar de drogas tiene dos opciones; o les provoca rechazo o… aprende a usarlas muy bien. Yo soy el segundo caso -sonrió, inyectando la solución en el músculo del hombro del otro Canadá.

Luego, regresó a la mesa para tomar la que había hecho para el norteamericano. Estados Unidos comenzó a moverse, buscando evitar que lo inyectara. Aún estaba atontado por el golpe eléctrico pero sus nervios habían vuelto a reaccionar.

-Yo te sugiero que no te muevas -indicó apretándole el brazo con gran fuerza.- Imagina te inyecto mal y te mueres, ¿te gustaría dejar a tu hermanito solo? Buu, qué triste sería para él.

Estados Unidos lo miraba con profunda rabia, soltaba bufidos con los dientes apretados, pero esos gestos no intimidaron al dueño de casa.

Satisfecho, miró a ambas naciones indefensas. Quería doparlos lo suficiente para poder estar seguro que no escaparían y así viajar a Europa a ver qué pasaba con su ex tutores. Cuando le hablaba al rubio norteamericano de los cuidadores, justamente se refería a Inglaterra y Francia, un drogadicto y un alcohólico respectivamente.

-¡James! ¡Sé que estás aquí maldito traicionero!

Dejó escapar un soplido al oír el griterío de su hermano. Se asomó a la puerta y vio a su hermano furioso caminando con aura agresiva, cargando su bate.

-Agh, Allen, ¿qué quieres ahora? Estoy ocupa…-el estadounidense abrió la puerta de sopetón.

-¡¿Cómo que Italia te citó a reunión y tú no me avisaste?!

-¿Ah?

-¡No te hagas el tonto! ¡Inglaterra me lo dijo! -Canadá se llevó una mano al rostro.- ¡¿Por qué no me dijiste?! ¡Quedé como un idiota!

-Allen, eres un idiota por enojarte por algo como eso.

-¡Todos sabían menos yo! ¡Tú deberías habérmelo dicho! ¡Francia se burló de mí!

-Y no veo el porqué -comentó sarcásticamente, viendo el escándalo infantil que montaba su hermano.

El rubio norteamericano, al notar al hombre que había destrozado su casa, quiso levantarse para golpearlo por todo el daño que había hecho. Sin embargo, no era capaz de impulsarse. Balbuceó insultos para el sujeto, que, entre el griterío, pasaban inadvertidos.

-Eres mi bro, ¿cómo pudiste?

-Ya, ya, América, no hagas escándalo.

-¡No es escándalo! -espetó molesto, destruyendo una estatuilla con su bate.- ¡Tú deberías haberme dicho!

-Y ahí se van unos mil dólares.

-Maldita sea, tómame en serio -indicó acercándose al canadiense.- ¿Por qué no me dijiste?

-¡Porque actúas como un niño mimado! -declaró ya hastiado.- Maldita sea, ¿cómo no entiendes que hay más que tú? ¡Me hartas! Esto no es uno de esos juegos con los que te desvelas, aquí también está en juego la vida de Inglaterra.

-¡Yo fui a la guerra! Esto no es nada versus una real guerra. No puedes hablarme así cuando tú no hiciste nada.

-Bro, supera tus guerras de una vez. Perdiste ambas, déjalo ya.

-Tal vez no hubiera perdido si nos hubieras ayudado -dijo con recelo. Canadá soltó un bufido.

-No me meto en problemas porque sí.

-¡Ni siquiera me ayudaste!

-¡Tú no tenías por qué haber participado, América! ¡Te metiste solo en ese problema! ¡Tú y tu estúpida necesidad de atención de Inglaterra te hace meterte en problemas!

-¡Pero eres mi hermano! ¡Deberías apoyarme!

-¡¿Vas a empezar a sacarme en cara cosas del pasado?!

-Debería -mencionó con rabia, llevándose el bate al hombro.- Es más, debería romperte toda la casa porque gracias a mí te independizaste y nunca me ayudaste.

En ese momento, Canadá tomó un florero y lo lanzó al estadounidense, quien respondió rompiéndolo con el bate.

-¡Maldito seas Allen rencoroso de mierda!

-¡Tú eres una basura humana!

Y luego de despotricar uno contra otro empezaron a pelear físicamente.

"Debería huir, debería huir" pensó el rubio norteamericano viendo como las naciones se agredían con tanta fuerza como sacos de boxeo, usando tanto patadas como el bate -de parte del moreno- y el palo de hockey -por el lado del canadiense-. Sin embargo, el sedante estaba empezando a hacerle efecto, por lo que era prácticamente imposible levantarse, menos aún cargar a su hermano. "Si tan solo pudiera moverme un poco… vamos, muévete" le ordenaba a su cuerpo, los músculos no querían responder. Cargó su cabeza a la pared al sentir que su cuerpo se balanceaba como en un barco en altamar.


"Esto es vida" pensó el chico pecoso lanzándose a la suave y cómoda cama que ahora era suya. Había logrado infiltrarse en el Palacio de Buckingham sin grandes problemas; claro, todo el mundo le recriminó de porqué había desaparecido dos días pero él, fingiendo una voz más ronca y seria, mencionó que necesitó unos días aislado por las preocupaciones de la nueva enfermedad y que, por favor, lo dejaran tranquilo. Los empleados se miraron confundidos aunque aceptaron las palabras de su nación.

Colocó su rostro entre las sábanas, sintiendo la suavidad de los hilos de algodón egipcio en su piel. La habitación tenía un agradable aroma a lavanda, "podría acostumbrarme a esto" consideró con una amplia sonrisa.

De pronto, recordó un detalle. Se sentó en la cama y se llevó la mano al mentón, Italia había dicho que había que reunirse en su casa, "¿o era en la casa del Italia de ese mundo?" Inglaterra ya no se acordaba bien del plan, pero si el otro Inglaterra estaba recluido en su casa, ¿por qué no podría aprovechar de todos esos privilegios?

Volvió a lanzarse a la cama y rodó por ella, embriagándose del agradable aroma y suavidad.

"Francia no tiene idea de lo que se pierde jijiji"

Sin embargo, luego de un rato el aburrimiento empezó a acecharlo, ¿qué podía hacer en esas tierras si tenía que pasar desapercibido?

En eso una idea se le vino a la mente, tomó su celular y se preguntó si funcionaría una llamada al otro lado. Hizo una mueca al ver que no y miró su entorno, había un amplio espejo de tocador, con una sonrisa cruzó para poder llamar. Saludó con entusiasmo al momento de oír la voz.

-¿Quieres hacer algo divertido esta noche?


El único ruido agradable que se escuchaba era la música de la radio. España manejaba el vehículo sintiéndose tan incómodo como cuando hizo el tour con su contraparte, solo que esta vez no era que un ser frío no quisiera continuar la conversación, sino que tenía a su lado un ser molesto que llevaba fácil unos 10 bufidos en los últimos treinta segundos.

-¿En tu Suiza también están los Alpes? -como respuesta siguió escuchando los bufidos.- Porque si no es así, podría llevarte a conocerlos.

El mismo silencio. Italia del Sur miraba por la ventana, no se cruzaba de brazos nada más para no arruinar su finísimo traje, por lo que demostraba su enojo con los ruidos.

-La comida de Suiza no es tan rica, o sea si lo es pero tú estás acostumbrado a la buena mesa, donde sí es muy rico es en Francia. Cuando todo acabe, le pediré a Francis que nos lleve a un buen restaurante con vista a la torre Eiffel.

-Y vas a llevar a tu amiguito paliducho, ¿no es así? -respondió mordazmente, escupiendo el enojo que tenía.

España había intentado de todas las maneras habidas y por haber de convencer a Prusia a que los acompañar a Italia para rescatar al dueño de casa; mas, Prusia se negó de ir si iba Italia del Sur porque no quería lidiar con "princesas inútiles" y que mejor iría a buscar a su hermano cruzando a la otra Alemania.

Claramente al italiano le había dolido el orgullo que lo llamaran así y le dolía más que España se enojara con él por defenderse, además de seguir rogándole al albino que los acompañara.

-Flavio, él y Francis son mis amigos desde hace siglos, desde la sucesión austriaca.

-Justificable, claro -respondió con ironía. España suspiró.

-¿Tú no tienes amigos acaso?

-Yo no dejaría que mis amigos se burlaran de ti -mencionó sintiendo que los ojos le picaban.

Quería llorar, le daba pena la situación pero él no lloraba por cosas así, él se mantenía como un caballero elegante y los caballeros no lloran. Bueno, sí, había llorando cuando le contó lo de su España pero esto era diferente, le había contado algo que le dolía profundamente y que hería tanto su orgullo como sus sentimientos. Aunque… le pasaba similar ahora… No entendía la verdad porque estaba tan dolido.

-Flavio yo…

-Cállate -ordenó sin mirarlo.

Hasta Italia, solo la radio los acompañó en la travesía.

En Italia se respiraba un ambiente de caos profundo. Era cierto que los italianos eran ruidosos, pero ese no era un bullicio normal. Las calles eran un completo caos, los autos no frenaban en ningún paso peatonal, la gente corría sin mirar, se empujaban y despotricaban entre sí. Italia del sur dejó su enojo atrás al ver tanto caos.

-¡Ahí está Romano! ¡Romano!

En eso, una turba se acercó al italiano de forma muy peligrosa, tanto que España tuvo que ponerse delante y calmar a la gente.

-No, él no es Romano, se parece pero no lo es.

-¡Sí lo es! ¡Sí lo es!

Luego empezaron a reprocharle en italiano que porqué se había ido, que dónde estaba, dónde estaba Veneciano, que porque el cambio de look, si acaso había querido huir de sus responsabilidades, que estaban avergonzados de él, y una seguidilla de preguntas y reclamos.

Italia del sur solo intentaba apartar las manos de la gente de su ropa, le horrorizaba que pudieran dañarla. No les decía nada, solo "quítense de encima, humanos promedios" con desdén y la gente no se sorprendía del trato. Era verdad, el Romano que conocían podía ser muy vulgar al hablar pero jamás había tratado mal a su gente. Ese Romano, en cambio, sí lo había hecho y no le apenaba ser agresivo con la propia ciudadanía; los quería, sí, pero de lejos.

España presintió que podía haber más caos, así que tomó al italiano y lo apartó de la turba, aprovechando que eran más rápidos que los humanos, corrieron hasta la casa de las dos representaciones de Italia.

El caos estaba en la calle, no así en esas paredes. Ambos italianos habían estado de acuerdo de no vivir con el primer ministro, como pasaba en muchos otros países, sino en una casa normal donde pudieran tener una vida cotidiana. Veneciano necesitaba un cuarto para pintar sin que nadie lo molestara, mientras que Romano requería un espacio grande para jardinería. En esa casa no vivía nadie más que ellos dos y, dos veces a la semana, iban algunas personas encargadas de la limpieza.

España se preguntó si por esa razón los italianos se habían vuelto tan locos al no ver a Veneciano, pues no había un lugar donde estuvieran vigilados como era en su caso.

-Ahí, por ahí cruzaron -comentó Italia del sur, apuntando al espejo que estaba al lado de las marcas en la pared. El italiano caminó con calma hacia el lugar, pero a España le dio mala espina.- ¿Qué te pasa? -preguntó con un tono levemente desdeñoso, ni siquiera el que lo hubiera ayudado a salir de la turba había cambiado su malestar.

-Nada, vamos.

Sí, el hispano se replanteó si debía cruzar o no, ¿realmente era buena idea que los dos solos cruzaran? ¿No sería mejor ir con más naciones o, al menos, unos soldados? ¿Habrán otras naciones al lado contrario del espejo? ¿Y si a él le pasaba algo, qué sería de su gente? Pero sabía que su Italia lo necesitaba, no había viajado toda la noche y toda la mañana para detenerse ahora.

Cruzar se sintió volver a los años cuarenta por la decoración, le trajo memorias de la época franquista y eso lo colocó algo incómodo. Italia del Sur tampoco se veía cómodo, la última vez que estuvo en Roma fue cuando intentó unificar la nación durante la Segunda Guerra Mundial al causar un golpe a Mussolini, que salió jodidamente mal por no tener apoyo de nadie más. Los partisanos fueron derrotados y se vieron obligados a recluirse en Sicilia, aunque por las campañas italianas en África y en otros frentes, pudieron avanzar hasta el área meridional italiana, asentando ahí la frontera entre ambas.

-¿Tú no cruzaste por aquí? -preguntó España al ver la incomodidad.

Italia del sur negó en silencio.

-Yo vivo en el sur, aquí estamos divididos.

El hispano conectó en su mente que, por algo, Romano insistía en que se llamaba "Italia del Sur" y no solo Romano.

A España le llamaba la atención que no hubiera guardias ni empleados, caminaban con calma en un lugar donde se notaba a kilómetros reinaba la tiranía, solo viendo las imágenes de Mussolini y de otro sujeto más por todas partes daba luces de aquello.

Cruzaron un pasillo, luego otro, luego otro y a ambos les llamaba la atención no ver a nadie.

-¿Y si cruzaron?

-La gente no se habría vuelto tan loca -mencionó el italiano.

En eso, como un flash de luz, Italia del Sur dislucidó dónde podría estar la contraparte de su hermano. Le hizo un gesto de silencio a España y lo guió a un lugar que él había conocido, para su desdicha y que rogaba jamás volver a ver.

Ahí se preguntó, otra vez, ¿por qué ayudaba a esas naciones? ¿Qué hacía él jugando al superhéroe? ¿Por qué mejor no dejaba a ese tipo, que ni lo había defendido, solo en su misión suicida? Y, hablando de España… ¿Por qué razón le tomó la mano para guiarlo si no era necesario ir de la manito como si fueran al kindergarten? ¿Y por qué se puso nervioso al darse cuenta que iban de la mano?

Llegaron a una gran puerta reforzada. El mediterráneo soltó a España y comenzó a tantear la puerta, buscando cómo abrirla.

-¿Y si…?

-Shh -siseó abriendo bastante los ojos, llamándole la atención. España hizo un gesto como si tuviera un cierre en sus labios.

-¡Fratello! Che piacere vederti a casa mia (n/a: Hermano, qué placer verte en mi casa).

Una voz juvenil se escuchó a sus espaldas, obligándolos a voltear. España observó al hombre aturdido, si no fuera por los ojos juraría que era el Italia que conocía. Aunque sonreía, sus ojos rojos estaban fijos e intimidaba a cualquiera, era aturdidora la diferencia que había entre la amplia sonrisa y la mirada penetrante.

-Veneciano -saludó a la defensiva Italia del Sur, llevando un pie hacia atrás.- No te queda el castaño claro.

-¿En serio? -preguntó con fingida extrañeza, tocándose un mechón.- Pensé que un cambio me haría bien -agregó al final encogiéndose de hombros.- Veo que trajiste una visita de tu paseo por el otro mundo.

-Deja al otro Italia irse, Veneciano -indicó con firmeza.

-¿Por qué? -cuestionó sorprendido.- Si lo estamos pasando tan bien, es un tipo muy... ¿cómo decirlo? -se dio unos golpecitos en el mentón con el dedo,- hablador y enérgico -sonrió al final.

-¡Deja a Itachan! -ordenó España, lanzándose a atacar al nor-italiano.

En ese momento, Italia del Norte esquivó el puño del ibérico para luego propinarle un golpe en la quijada, derribándolo. Sacó de su bolsillo un cuchillo, dispuesto a apuñalarlo pero algo lo detuvo.

Italia del Sur corrió y se colocó delante de España, con fuerza sujetaba la mano de su hermano, forzándolo a alzar el cuchillo hacia el cielo. El ibérico miró al italiano sorprendido, aun le costaba entender la diferencia que ese no era el Romano que huía de cualquier peligro y se escondía detrás de él, sino que les hacía frente con valentía.

-Cruza el cuarto, Antonio, es el calabozo, allá debe estar tu Italia -ordenó Italia del Sur, forcejeando con su hermano.

-No me extraña que te líes con los enemigos, fratello -comentó el italiano de ojos rojos, mirando fijamente a su hermano.- Pero me da profunda vergüenza de ver cómo pasaste de ser la perra de España a la perra de otro España.

-¡Cállate!

Italia del Sur empujó a su hermano para quitarle el cuchillo, y aunque lo logró y ahora tenía un arma, el otro italiano tenía muchos cuchillos más de reserva.

Comenzaron a combatir de esa forma, con cuchillos. Ambos eran ágiles, aunque a Italia del Sur no le acomodaba tanto, tenía predilección por las pistolas pero como Italia lo hizo cruzar a la fuerza, no pudo viajar con una. El italiano del norte sabía de esa desventaja así que la iba a aprovechar.

-¿No te trae bonitos recuerdos, fratello? -le preguntó con sarcasmo.- Yo me acuerdo de un chistoso momento en los años 40.

-Estás pegado en el pasado, Veneciano, nosotros deberíamos vivir en paz -respondió esquivando una apuñalada.

-Eso lo dices porque perdiste y tu golpe de Estado salió mal.

-¡No! ¡Solo quiero que estemos tranquilos y dejes de invadir a otros! -gritó molesto, por un momento dejando de atacar. El italiano de ojos rojos lo miró con rabia.

-Dices eso tan suelto de cuerpo cuando sé que en el fondo, quieres volver a atacarme, ¡maldito traidor! -espetó con rabia, lanzando el cuchillo hacia el rubio.

El joven alcanzó a esquivarlo pero observó con enojo cómo el afilado instrumento le destrozó la manga de su chaqueta.

-Ups -espetó con burla.

-Maldito hijo de… -se lanzó dispuesto a golpearle la cara, pero de una sola patada Italia del norte lo empujó por las escaleras que llevaban al calabozo.

El rubio italiano cayó como saco de papas por las escaleras, golpeándose en varias partes de su cuerpo. Por la caída, soltó el cuchillo, el que saltó bastante lejos. Cayó al final de cara al suelo, protegiéndose el rostro gracias a sus manos que, lamentablemente se rasparon al rozar con el concreto.

Escuchó las pisadas de su hermano resonar por el cuarto. El sonido lo llevó a dolorosos recuerdos de cuando los camisas negras lo apresaron al intentar matar a Mussolini y lo encerraron en una de esas celdas, ahí lo habían golpeado hasta que ya no podía ver por la hinchazón de su rostro y mientras lo golpeaban, escuchó ese mismo sonido. Su hermano no había hecho nada para detenerlos, solo se dedicó a mirar la paliza.

Alzó la mirada y notó que las celdas estaban ocupadas. En la más cercana a él estaba una versión similar a Alemania, pero de ojos azules y vestía ropa más formal. En la del medio, estaba España aferrado a los barrotes y, en la última, estaba alguien muy parecido a su hermano en lo físico, porque jamás de los jamases se imaginaría ver a su hermano pegado a un rincón llorando profusamente.

-¿Me encargo? -preguntó el Alemania que conocía, con ese mismo tono apático de siempre.

-No, yo me encargaré de él de una vez -escuchó por detrás la voz de su hermano.

Italia del sur volteó y trató de levantarse.

-Veneciano por favor, detén esta locura -rogó Italia del Sur, levantándose con dificultad.- Sí, nosotros tenemos nuestras diferencias, ¿pero qué culpa tienen ellos? -preguntó apuntando a los apresados.- ¿Qué nos han hecho? ¡Nada!

Como respuesta, Italia del Norte se llevaba su cuchillo a los labios, dándose ligeros golpecitos con el contrafilo.

-¿Sabes qué? Tienes razón -esa declaración hizo bajar la guardia al rubio italiano y llamó la atención del Imperio Alemán, aunque jamás intervino.

-¿La tengo? -se preguntó confuso. El moreno asintió, deteniendo los golpecitos.

-Sí, me has abierto los ojos, fratello -afirmó con calma.- ¿Qué nos han hecho, además de existir? Nada, exactamente eso, nada.

El sur-italiano quedó expectante, analizó cada movimiento de su hermano porque nunca, jamás, desde la caída del Imperio Romano, había sido así de razonable; menos después de patearlo por una escalera.

-Es más, tú y yo somos hospitalarios, ¿cierto? -preguntó extendiendo los brazos con las palmas hacia arriba.- ¿cierto? -volvió a preguntar en un extraño tono calmado.

-Bueno… sí…

-Exacto -indicó apuntándole con el cuchillo pero no en tono amenazante, sino como quien apunta a otro con el dedo.- ¡Exacto hermanito! Somos personas amables, risueñas, todos aman nuestra comida, nuestro vino, nuestro arte, ¿no es así?

-Eh… sí… -respondió con desconfianza, frunciendo el entrecejo.

-Entonces -hizo una pausa para guardar el cuchillo en el bolsillo de su chaqueta.- ¿Por qué me pides con tanta insistencia qué los eche de mi casa? -preguntó para luego juntar sus manos como en plegaria y después colocar su mentón y nariz entre el índice y el pulgar.

-¿Cómo dices?

-Quieres que los eche de casa -indicó apartando el rostro de las manos.- Qué poco hospitalario eres Romano, ellos ya están cómodos, tienen comida, refugio de la intemperie, ¿tú quieres que los eche?

-No, no Veneciano, sabes que no me refiero a eso.

En ese momento, Italia del Norte acorraló a su hermano contra una pared. Lo apresó con una mano en el hombro mientras la otra sujetaba fuertemente el mentón del italiano del sur.

-No te entiendo entonces, Romano -mencionó de forma lúgubre y pausada, para luego cambiar el semblante a sorpresa.- Aaah, ya capté, qué tonto soy -rió con ironía.- Claro, mi hermano siempre tiene que seguir su ridícula tradición -lo miró con una amplia sonrisa, aunque sus ojos lo que menos reflejaban era alegría. Italia del sur tragó en seco, sintiendo los dedos de su hermano apretarle con fuerza su piel.- Qué eres un maldito traidor desde que nuestro abuelo desapareció.

En ese momento, aprovechando que le tenía sujeta la mandíbula, Italia del Norte comenzó a azotar insistentemente la cabeza de su hermano contra la pared. En respuesta, Italia del sur trató de apartarlo, sin éxito.

-¡Siempre has sido un maldito traidor! ¡Tú lo has tenido todo Romano y aun así me arruinas la existencia! ¡Quieres borrarme del mapa! ¡Quieres mis tierras! ¡Mi reino! ¡Matarme!

-N-No fratello no -intentó hablarle mientras trataba de alejarse pero no podía ni hablar por lo fuerte de los golpes como de la fuerza con la que le sujetaba la mandíbula.

Italia del Norte siguió despotricando contra su hermano, sin dejar de azotarle la cabeza.

-¡Basta! ¡Déjalo! -España gritó, sintiéndose frustrado por no poder ayudar al joven.

-¡Qué adorable! Dime, Romano -detuvo los azotes, viendo cómo el italiano lo miraba mareado y adolorido, apenas pudiendo mantener ambos ojos abiertos.- ¿Qué se siente que exista en todo el universo un España que sí se preocupe por ti? -miró al ibérico.- Aunque no sé realmente si es preocupación o solo ganas de cogerte -rió al final, burlesco.

-V-Veneciano -suplicó, la cabeza se le reventaba del dolor, por dentro sentía cómo si su cerebro trataba de acomodarse en partes rotas que lo desgarraban. Era tanto el dolor que ni siquiera se percató que los golpes le cortaron la cabeza e hilos de sangre recorrían su nuca.

-Te gusta ser la perra de los españoles, ¿verdad? Tranquilo -le soltó de la mandíbula para luego sujetarlo suavemente del cuello, sin apretar, solo lo alzó para que lo mirara.- Tranquilo, no dañé tu boca para que puedas hacer tu trabajo, el cerebro no lo necesitas -expresó con una risa burlesca.

En ese momento miró hacia donde se encontraba España, que lo observaba iracundo. Sujetó a Italia del Sur del brazo y lo forzó a caminar hacia la celda donde estaba el hispano, el joven rubio comenzó a quejarse por los movimientos; caminó torpemente sujetándose la cabeza con una mano, mientras la otra la usaba para equilibrarse.

España quiso golpearlo cuando Italia del Norte abrió la cerradura, pero este hábilmente le propinó una fuerte patada. Aprovechó el momento para empujar a Romano al interior de ella, causándole gemidos de dolor a su hermano por el movimiento brusco.

-Disfruten de la hospitalidad italiana -sonrió con burla.- Alemania, nos vamos.

El germánico lo siguió, saliendo ambos del calabozo.

El Alemania de ojos azules iba a insultarlo pero España alzó la mano, pidiendo que no lo hiciera, lo que menos necesitaba Italia del Sur eran gritos. El ibérico se levantó para consolar a Italia del Sur, pudo ver que la sangre ya le había manchado la chaqueta. El muchacho sollozaba tenuemente, no se contenía por vergüenza, sino que le dolía tanto que largarse a llorar implicaría más dolor.

-Ven, Flavio, recuéstate -le indicó con suavidad luego de quitarse su propia chaqueta, abrazándolo por detrás. Creó una almohada con su chaqueta y, con cuidado, lo ayudó primero a sentarse. España quería que se recostara pero escuchó que el italiano le pedía que no, la presión al acostarse iba a volverlo loco, era tolerable sentado. El hispano hizo caso, tomó la improvisada almohada y la colocó entre su cabeza y los barrotes; así, algo de comodidad tendría su acompañante. El italiano se colocó ambas manos en los ojos, buscando apaciguar el dolor. España podía escuchar como se quejaba y jadeaba. En esos momentos deseó con fuerza ser él quien estuviera sufriendo ese dolor y no el italiano. Se sentía impotente por no poder ayudar más.

-España niichan -escuchó el susurro de Italia. El ibérico lo miró y pudo ver que Italia se había quitado la camisa, quedando solo con la camiseta interior y los boxers.- Usa esto, no importa si la rompes, hay que vendarlo.

-Gracias Ita-chan -se levantó para tomar la prenda y se acercó al rubio para hacerle vendajes.

Alemania miró la escena en silencio, él también quería ayudar pero estaba atado a los barrotes, a diferencia de Italia que le habían quitado las amarras. Comenzó a observar su entorno, preguntándose cómo liberarse y así ayudar a esas naciones que lo necesitaban.

-Tranquilo, estarás bien, ya pasará -le susurraba España con dulzura al italiano, dándole suaves caricias en los brazos y hombros, además de secarle con extremada delicadeza las lágrimas, temía que el roce le aumentara el dolor.


Un joven castaño le gritaba efusivamente a un grupo de guardias del Palacio Real de Laeken, causando tanto escándalo que llamó la atención de los moradores.

-O se va o lo echaremos por la fuerza, joven.

-¡Ustedes no entienden! Soy Italia, necesito hablar con Bélgica.

-Conocemos a Italia y usted no es.

-¡Soy su hermano mayor! ¡Demonios! ¡Necesito hablar urgente con Bélgica!

-No se puede razonar con usted, tendremos que proceder -informó uno de los guardias, indicando a sus hombres que lo apresaran.

-¡Eh! ¡No! ¡Quítenme las manos de encima! ¡Bélgica! ¡Bélgica! -comenzó a llamar a gritos a la vez que intentaba apartar a los hombres de él.

-¿Qué pasa? -apareció por la puerta principal una muchacha de melena rubio fresa con ondas, su rostro estaba cubierto por una mascarilla rosada.

-Señorita Bélgica, lamentamos el inconveniente -se disculpó uno de los guardias, los otros aún intentaban arrestar a Romano.- Nos estamos encargando de este joven.

La chica miró al italiano algo confundida, aunque ese rulo en particular lo caracterizaba sobre cualquier otro humano.

-¡Romano! -llamó ella, entre confundida y sorprendida.- Sueltenlo, es mi amigo -indicó con un tono calmo.

El italiano les empezó a dar codazos para poder liberarse.

-Les dije, idiotas -reprochó molesto.

-Perdona, Romano, hemos tenido que extremar precauciones. Adelante, pasa -invitó cordialmente al mismo tiempo que le entregaba una mascarilla.

El italiano entró no sin antes dedicarles una mirada enfurecida a los guardias, manteniendo la mueca de disgusto bajo la mascarilla, acompañó a la chica por los pasillos de la casa real hasta que llegaron a un salón. Por una parte, Romano se sentía aliviado de ver que Bélgica estaba bien y que allí parecía haber calma.

Enojado por el rechazo de España, Romano se alejó de la casa del ibérico aunque sin ningún plan entre manos. Volver a su tierra no era opción, no podía quedarse tranquilo en casa mientras su hermano estaba secuestrado, y él no tenía la valentía de cruzar solo, de solo pensar en volver a ver a esa versión de Alemania se le erizaban los vellos del cuerpo por el susto.

La única persona cercana que le quedaba era Bélgica, quizás ella junto a Países Bajos podrían ayudarlo.

-¿Por qué aumentaste la seguridad? ¿Pasó algo? -tanteó terreno el italiano.

-Por el covid -respondió ella con calma. Al llegar al salón le ofreció tomar asiento.- Te ves cansado, ¿te gustaría un café y un gofre?

-¡Sí! ¡Me encantaría! -respondió entusiasta. Amaba los gofres de Bélgica. Ella rió suavecito.

-Está bien, iré a prepararlas, vengo en un momento.

Y dicho eso, se levantó.

-Oye, Bélgica -la llamó ya completamente relajado. Ella volteó a verlo.- Te queda lindo el cambio de color.

Por alguna razón, le dio algo de vergüenza decírselo, recordó cuando era un niño y le había pedido un beso, estaba tan nervioso y ella solo reía divertida. La muchacha agrandó su sonrisa, se pudo ver que sus ojos se habían achinado y salió de la habitación hacia la cocina. Bélgica cambiaba con frecuencia su apariencia, durante su historia había tenido el cabello largo y corto, rubio y castaño, incluso cambiaba sus diademas. Supuso que el nuevo cambio había sido influenciado por la cuarentena, veía mucho en internet que chicas y chicos hacían locuras con su cabello solo por el aburrimiento. Él no se imaginaba a sí mismo con otro color de cabello que no fuera el natural, incluso cuando vio a su contraparte no le gustó como le quedaba el rubio.

Pensar en ese Romano le regresó el enojo, apretó un poco sus manos y soltó una que otra maldición, el aliento le causaba cosquillas por la mascarilla así que se la quitó de un manotazo.

¿Cómo España prefirió quedarse con ese tipo que ayudarlo a ÉL? Cuando estuvo bajo su tutela, el hispano le prometió que lo ayudaría y protegería siempre, ¿y ahora? ¿cuándo más lo necesitaba?

-Maldito España -se cruzó de brazos y dejó escapar un bufido.

Recordó lo enojado y humillado que se sentía. España no fue tras él, no lo buscó, no le pidió disculpas. Se quedó con un tipo que acaba de conocer y a él, que se conocen desde que era niño, lo dejó irse sin problemas, ¿por qué?

Siguió en ese bucle de sobreanálisis y autodestrucción hasta que la belga llegó con una bandeja; traía unos gofres y dos tazas de café, una era pequeña y blanca, de expreso y la otra tenía un tazón decorada con gatitos.

Romano dejó de lado su mal humor al ver la taza del minino. En eso recordó que se había quitado la mascarilla e iba a ponérsela.

-No, no, déjala en la mesa, no se puede comer con ella. Cuéntame, te ves cansado ¿qué te trajo a mi casa? -le preguntó tomando la taza entre las manos, aunque no se quitó la mascarilla.

Romano se tomó de un sorbo el café, como si el néctar de la vida estuviera en esos 50 mililitros, aunque estaba algo amargo. Dejó escapar un quejido al sentir esa amargura en el fondo de su paladar, definitivamente solo en su casa se hacían buenos expresos.

Al mismo tiempo, había tomado una masita dulce para comerla después del café; el haber recorrido seis países a pie lo tenía con un hambre voraz. Tomó aire y comenzó a explicarle lo que estaba ocurriendo.

La muchacha lo escuchó con calma, aunque no pudo evitar apretar el entrecejo, lo que el italiano le contaba no tenía ningún sentido.

-No me crees…

-No es eso, es que… mh, ¿seguro que no te está afectando la fiebre de tus ciudadanos?

-¿Crees que estoy delirando? -le preguntó algo ofendido.

-No, solo que, mh, tu país tiene muchos contagios y cuando eso pasa experimentas los síntomas, ¿no será efecto de la fiebre que viste eso?

Romano alzó una ceja en respuesta.

-¿Tienes un espejo? Te lo demostraré -el italiano se levantó y ella lo siguió, rápidamente se acercó a él y le tomó del brazo.

-Romano, perdona si te ofendí, pero estás cansado; has caminado mucho, ¿por qué no comes y descansas un poco?

-Es que mi hermano…

-Yo sé que a Veneciano no le gustaría verte así.

-Mmh -musitó él, bajando los ánimos.

-Anda, cómetelos y luego me muestras lo del espejo, ¿sí?

-¿Tú no quieres, Belu?

-No, los hice para ti -sonrió con la mirada, por la mascarilla. El italiano señaló su rostro y ella dejó escapar una risita.- No te sientas mal, pero necesito cuidarme, si me contagio podré contagiar a mis jefes y no quiero eso.

El muchacho se encogió de hombros y comenzó a comer. No había probado un gofre que superara a los que hacía Bélgica. Estaba tan feliz comiendo que su característico rulo oscilaba de un lado a otro, como al mismo tiempo se iba calmando. Sentía que sus miedos, rabias y frustraciones pasaban a segundo plano con ese manjar de dioses… o quizás era porque había dormido tan mal en Mónaco y en teoría no había descansado en dos días, hace siglos que no caminaba tanto en tan poco tiempo así que el cuerpo reclamaba el sobreesfuerzo.

-Te ves cansado -comentó la chica al ver que Romano bostezaba.

-Solo he dormido tres horas con suerte.

-Te puedo ofrecer una cama para que descanses. No sacamos nada en resolver lo de Veneciano si estás así de agotado.

Bélgica tenía un punto a favor, por eso el muchacho asintió sin reclamos y se terminó el último. La chica lo guió hasta un cuarto de visitas y el italiano empezó a sentirse muy cansado, bostezaba incesantemente, le costaba enfocar la vista y de manera frecuente se frotaba los ojos.

-Realmente estás cansado, pobrecito -le comentó ella, causándole vergüenza al italiano.

-No me trates así, Belu.

-Siempre te veré como el niñito que trajo España, Romano, no importa que seas mayor -le respondió con una risilla a la vez que lo tomaba del hombro para guiarlo.

Cuando llegaron al cuarto Romano solo quería lanzarse a la cama y por fin dormir como Dios manda, pero unos sonidos peculiares llamaron su atención. Provenían del armario.

-Oye, Belu, ¿qué fue ese ruido?

-Ah, adopté un gatito nuevo, pero le tiene miedo a mis otros gatos y está estresado, así que se encerró en el armario y a veces golpetea y hace ruidos. Es una pena, ojalá se adapte pronto.

-¿Un gatito?

-Te recomiendo que no abras el armario, el otro día rasguñó a Países Bajos, no te vaya a hacer daño a ti -le sonrió bajo la mascarilla.- Acomódate y descansa.

-Gracias Belu.

Romano siempre se había sentido cómodo con la nación flamenca, derrochaba tanta amabilidad que parecía que su corazón jamás se había contaminado con el dolor y las tragedias. Romano se recostó en la cama y sintió cómo lo abrazaba para llevarlo al más cómodo de los sueños.

Minutos después entró la belga, con las manos tras su espalda, sonrió al ver al italiano dormir a sus anchas. Sacó las esposas y la cuerda que tenía ocultas sin cambiar la sonrisa. Se bajó la mascarilla, hastiada de usar ese "bozal" dejando a la luz la cicatriz que cruzaba su nariz.

-Inglaterra tenía razón, esto es mucho más divertido.

Con cuidado, apresó al mediterráneo, esposándole las manos tras la espalda. Inglaterra le había enviado frascos de ansiolíticos en polvo y ella los había usado tanto en el café como en la masa de los gofres, por eso podía mover al italiano sin resistencia ni temor a que llegara a despertar. Completada esa parte, usó la cuerda para atarle los pies, para finalmente dejarlo descansar.

Sonrió satisfecha y caminó al armario, lo abrió y se topó con la mirada aterrada de la otra Bélgica.

-Qué pena, eres tan simplona que nadie nota que te estoy imitando.

La muchacha trató, sin éxito otra vez, de liberarse.

-Diviértete en Narnia -espetó para luego cerrar la puerta y dejarla a oscuras.

...


notas: no actualizaré en 2 semanas porque tomaré vacaciones :) nos vemos al regreso.