Capítulo once: El Contratiempo


-¿Lo pudo encontrar?

Un grupo de hombres abordaron al joven albino apenas lo vieron cruzar la puerta; sin darle tiempo de saludar comenzaron a bombardear con preguntas, donde ellos mismos se interrumpían.

La única pregunta que Prusia entendió fue si encontró a Alemania. El albino negó con abatimiento, causando el pánico entre los sujetos. Tres días llevaba ya la nación germana desaparecida y eso era una total catástrofe; la gente se sentía inquieta, una sensación de desesperanza comenzaba a invadirlos sin entender la raíz ni la causa. El problema de aquello era que la desesperanza tenía origen en el miedo, el miedo fácilmente puede mutar a rabia, y la rabia podía desatar protestas y resentimiento. Sin entender qué les ocurría, los alemanes podrían desafiar el status quo, echándole la culpa a sus miedos a cualquier factor: el covid, los inmigrantes, los musulmanes, el chip del control mundial, las vacunas, entre otros. Eso lo sabían todos los altos cargos de las naciones desaparecidas, por eso estaban tan desesperados buscándolos. Una sola chispa podría causar un gigantesco incendio.

Entre ellos comenzaron a hablar profusamente, ideando potenciales planes para cualquier conflicto que pudiera acontecer, además de planificar estrategías para encontrar a su nación.

Prusia soltó un suspiro y prefirió salir del lugar; durante todo el camino a Alemania pensó en lo que España le comentó. Confiaba en su amigo, sabía que no le mentiría con algo así, aunque sonara increíblemente descabellado. No le podía contar a los humanos, pensarían que había perdido la cabeza, los germanos eran tan concretos y prácticos que no podrían entender que su nación podía ser secuestrada por su "otro yo". Eso era para la televisión, no para la vida real.

Al salir se topó con un espejo, entrecerró los ojos al notar que no veía su reflejo. Decidido, fue a su recámara, sacó del armario una caja muy bien escondida y la abrió, dentro había dos pistolas. Las colocó dentro del pantalón y las cubrió con su chaqueta. También guardó un cuchillo pequeño, por si tenía que cortar algo, y municiones.

Cruzó al otro lado desde su habitación.

Lo primero que le llamó la atención fue ver que al otro extremo ese cuarto no era un dormitorio, sino una sala de lectura. Aunque no sabía si era más llamativo ver estantes llenos de libros o enormes retratos de, el que fue el líder del tercer Reich, y de otras dos personas que no conocía pero vestían el mismo uniforme.

Extremadamente cauteloso, tomó una pistola y salió al pasillo. Todo ese lugar estaba plagado de símbolos del partido nacional socialista alemán, por lo que para Prusia fue un viaje a un pasado que deseaba enterrar.

"West, ¿dónde estás?" se preguntó luego de entreabrir una puerta. En eso una idea se le vino a la mente, si sus contrapartes andaban secuestrando países, Alemanía debía estar… "oh no".

Confiando en que el lugar era exactamente el mismo, Prusia avanzó por el pasillo buscando llegar a ese lugar oculto donde habían llevado interrogatorios a prisioneros de poder. Aunque, claro, se perdió porque ese lugar no era igual, como había ocurrido en otros lados de la tierra. No podía avanzar a gusto debido a que habían demasiadas personas paseando por los pasillos, entre ellos soldados. Prusia se preguntó cómo sería su contraparte, sería más fácil si pudiera imitarlo.

En eso, tuvo una idea.

-Noru, mira, no se ve mi reflejo -comentó curioso el danés haciendo gestos frente al espejo.

-Magia -susurró el noruego, observando la situación.

-¿Quién pudo haber hecho esto?

Noruega respondió encogiéndose de hombros. Dinamarca ya cargaba su antiguo hacha y miró a su compañero, quien parecía perdido en sus pensamientos.

-¿No vas a buscar armas?

-No tengo acceso a ellas -respondió sin quitarle la vista al espejo.- solo las Fuerzas Armadas y en contadas ocasiones.

-¿Y cómo lo harás?

-¿Tienes un cuchillo o una pistola que me prestes? -le preguntó como quien pide un bolígrafo extra.

Ya listos, se dirigieron a Suecia. Dinamarca le fue preguntando a Noruega los detalles de la información que le entregó el troll, pero el noruego no comentó nada más.

-Algo raro está pasando -comentó Dinamarca al pisar la isla.

Los suecos caminaban de manera errante. Era cierto que las habilidades sociales no eran el fuerte de los nórdicos, pero los humanos parecían perdidos, confundidos, aturdidos. Se les veía caminar de manera mecánica y sin una dirección clara, por ejemplo parecía que iban a entrar a una tienda y luego regresaban, o iban a cruzar la calle y luego volvían a la vereda. Los que conducían viraban donde no correspondía, los buses no se detenían en ninguna parada.

A nadie le llamó la atención ver al danés con un hacha gigante al hombro. En otros tiempos ni siquiera habría podido cruzar con ella y ya debería haberlo detenido un policía, o haberse topado con el mismo Suecia molesto por andar con esa arma.

-¡Disculpa! ¿Podrías decirme dónde está…? -Dinamarca se acercó a un humano pero el sujeto ni siquiera lo miró y, aunque Dinamarca lo sujetó de un hombro para detenerlo, el hombre seguía en movimiento aunque no avanzara y ni siquiera le reclamó al danés. Era como cuando le das cuerda a un muñeco y luego lo sostienes, no le permites avanzar aunque siga andando.

Noruega cerró los ojos, tratando de sentir el rastro de magia para saber a dónde ir. Se sentía mucha interferencia en el ambiente y costaba encontrar la raíz. Se dio unos golpecitos en la sien con sus dedos, tratando de poder concentrarse.

Dinamarca siguió preguntando a la gente si habían visto a Suecia, nadie le contestaba, parecían no poder escucharlo ni verlo, atrapados en sus propias mentes.

-Vamos a casa de Suecia -llamó Noruega.

-Estamos en ella.

El noruego lo miró haciendo una ligera mueca de desagrado.

-En donde duerme, Anko…

-Aaah, ¡ya capté! ¡Vamos!

El ambiente no era muy diferente en el Palacio de Drottningholm, incluso los guardias estaban sentados en el suelo mirando la nada, con la vista pegada en el horizonte.

-¡Disculpa! ¡¿Sabes dónde está Suecia?! -llamó a gritos el danés, haciéndole miles de gestos a los hombres.

-No te oyen, Den -respondió con serenidad, aunque por dentro lo que menos sentía era calma. Nunca fue muy bueno para demostrar sus sentimientos.

-¿Están poseídos?

-Mh -Noruega los observó detenidamente, agachándose para quedar a su altura.- No, no lo están -respondió mientras se levantaba.- Aunque pareciera que perdieron el alma.

-¡¿El alma?! -preguntó aterrado el danés.

-Sí, es raro -comentó mirándolos mientras hacía una mueca con el labio.- Sus miradas están apagadas, como si solo fueran un cascarón.

-¿Será obra de la magia maligna?

-Hay que averiguarlo, tendremos que entrar.

Dinamarca, usando el hacha, comenzó a golpear las rejas para derribarlas y poder entrar. Tuvo que insistir bastante para lograrlo, la reja era bastante resistente. Cuando estuvieron frente a la puerta principal, el rulo de Noruega comenzó a oscilar y el muchacho de ojos violeta se detuvo. Dinamarca notó el cambio de reacción y lo miró preocupado.

-Hay mucha magia aquí, pero no es oscura… es caótica -aclaró al final luego de una pausa.- Muy caótica.

Noruega iba a abrir la puerta con magia pero el danés no pudo resistirse a romperla con el hacha, era un deseo oculto que guardó por siglos, cuando estaba en guerra con Suecia. El muchacho lo miró con desaprobación.

-¿Qué? Nadie se va a enterar -le sonrió despreocupadamente. Noruega soltó un suspiro y ambos ingresaron con cautela al lugar.

El nórdico más pequeño sentía ráfagas de energía dispersa, Dinamarca en cambio, no sentía absolutamente nada. Y, en efecto, ninguna nación que no tuviera alta sensibilidad mágica podía percatarse de aquello. Las ráfagas parecían venir de los espejos, los cuales, al igual que en la casa de Dinamarca, no reflejaban a las naciones pero sí los objetos a su alrededor. El danés iba a acercarse a uno pero Noruega lo detuvo.

-¿Qué pasa?

El muchacho no le contestó, caminó en silencio hacia el gran espejo que llamó su atención y colocó la palma frente al cristal, sin tocarlo. Se sentía más fuerte la ráfaga, como colocar la mano frente a un ventilador. Ambos observaron con enorme asombro como el espejo se cristalizaba, tal cual como si fuera un lago congelándose.

-¡Noru! ¡El espejo!

Noruega iba a apartar la mano pero ya era demasiado tarde. El espejo se congeló y ahora todo se veía negro. Fue a tocarlo con un dedo e instantáneamente se destrozó frente a él. Dinamarca corrió hacia su compañero, preocupado que se hubiera herido, pero el noruego no tenía ninguna herida. En el suelo había agua, mucha agua, y el espejo ya no existía. Se veía la pared detrás del bonito marco que rodeaba el cristal.

-¿Qué fue eso?

-No tengo idea -contestó consternado.

Jamás había visto algo similar, ¿cómo el vidrio se había vuelto hielo y luego agua frente a sus ojos?

-¿Hace cuanto pasó esto?

Un muchacho de cabello pelirrojo alzaba un papel a su secretario, mientras en la otra mano sostenía su cigarrillo a medio fumar.

-Tres días, señor.

-Tres días -repitió con lentitud, procesando cada palabra.- Durante tres días Inglaterra desapareció, volvió… ¿y nadie me avisó?

-La corona no quería causar conmoción, señor.

El joven apretó su labio inferior con sus dientes, dejó escapar un suspiro para luego aspirar una bocanada de humo. Su mirada se mantuvo en un punto fijo, dejando fluir sus pensamientos.

-¿Y explicó por qué?

-Solo dijo que necesitaba tiempo a solas para descansar. Supe que ni siquiera dejó que su Majestad lo viera, solo se comunicó con su secretario por teléfono.

El joven dejó escapar una risilla sarcástica. Por un momento sintió un leve enojo al pensar que su hermano estaba actuando como una diva, preocupando al resto porqué sí. Y luego llevó las cosas un poco más allá, buscó en su memoria alguna ocasión donde Inglaterra actuara similar y no la encontró. Volvió a fumar, recordando la carta que le había enviado semanas atrás y que hace más o menos tres días empezó a notar ráfagas de energía tenue circular por su casa.

Algo le decía que los hechos estaban relacionados entre sí.

-Voy a ir a Londres.

-¿Cómo dice, señor? -preguntó el secretario confuso.

-No le avises a nadie en Londres, no quiero que se excuse. Tendrá que recibirme sí o sí.

El secretario observó cómo Escocia lo miraba detenidamente, nada ni nadie le haría cambiar de decisión, sabía de primera mano lo tozudo que podía ser. El hombre asintió y se retiró de la oficina. El muchacho terminó su cigarro mirando por la ventana, apreciando a la distancia los verdes valles que tanto le gustaba mirar.

-¿Vienes conmigo? -habló al aire, parecía estar solo, sin embargo pudo escuchar un tenue rechinido.

Prusia buscó alguna sala donde hubiera fotografías, si encontraba alguna junto al otro Alemania, podía saber cómo era su contraparte y así infiltrarse. Por lo que España le había contado, y pudo deducir del contacto con Italia del Sur, las contrapartes eran versiones opuestas, por lo que su otro yo podía ser tranquilo, callado, tímido, y él podía fingir. Ya se había infiltrado en naciones enemigas durante la guerra para rescatar a prisioneros de guerra, incluso varias veces burló a la GESTAPO para ayudar a ciudadanos de la Alemania Democrática a cruzar la frontera, obviamente haría lo que fuera por su hermano.

Sin embargo, no encontró ninguna sola fotografía donde apareciera una contraparte de él. Alemanía siempre se veía solo con sus jefes.

-¡Ey! ¡Identifícate!

Escuchó a sus espaldas una rasposa voz, con la pistola preparada volteó dispuesto a disparar y vio a un soldado con un rifle. Sin pensarlo, propinó un disparo letal al humano, el muchacho cayó desplomado por la herida en su cabeza.

En eso, una idea se le vino a la mente.

Velozmente se cambió de ropa y le colocó la suya al humano.

"H. Müller" -leyó Prusia al ver el parche en la chaqueta militar.

-¡¿Qué pasó?!

Y justo, por gracia divina, abrieron la puerta cuando ambos ya habían cambiado roles. Un grupo de soldados, junto a un superior, armados irrumpieron en la sala. Prusia, en su papel, hizo el saludo que juró jamás volver a hacer. Los soldados lo saludaron de vuelta.

-Un infiltrado -respondió escuetamente. Era mejor no dar grandes detalles, eso lo aprendió luego de haber sido demasiado hablador durante la época teutónica.

-Un cerdo comunista -habló el superior con tanto desdén como si escupiera odio.- Lleva a esa basura a donde corresponde, Schmidt.

-Sí, señor -respondió uno de los soldados. Prusia se tensó, ¿y si descubrían que ese sujeto era un conocido suyo? Sin embargo, el soldado ni siquiera le miró el rostro cuando lo cargó.

-Müller, te andaba buscando, necesito que le entregues esta carpeta al teniente Meyer. Está en el ala oeste.

-Sí señor -respondió Prusia recibiendo la carpeta, para luego salir de la habitación. Afortunadamente esa carpeta le serviría para pasearse por el palacio sin ser cuestionado, aunque jamás llegara al ala oeste.

Caminó por el pasillo, alejándose del grupo de soldados, pero uno lo siguió.

-Eh, Müller…

"Mierda"

-¿Cómo encontraste a ese cerdo comunista? -preguntó uno de los soldados.

-Eh…

-Sabíamos que estaban tratando infiltrarse, pero… ¿cómo demonios llegó tan lejos?

-Ni idea -el soldado lo miró confuso.

-Te ves enfermo hoy, ¿estás bien? Estás más pálido de lo usual… y tienes los ojos rojos.

-Ah, sí… -musitó un poco nervioso.- Alergia.

-¿Alergia? -le preguntó de vuelta el soldado.

-Sí, sufro de alergias.

Los silencios pueden ser incómodos a veces, pero en situaciones donde estás de infiltrado para salvar a tu hermano y es un soldado armado el que te analiza en silencio, la incomodidad pasa a ser terror que debes sí o sí ocultar de la mejor manera posible para seguir respirando un día más.

-Mh, deberías tomar un té y usar gotas -aconsejó el soldado, dejando de mirarlo intensamente.- Menos mal el teniente no te dijo nada, no le gusta vernos enfermos, menos ahora que los comunistas están rebelándose.

Prusia lo miró confundido, el soldado siguió despotricando.

-Esos cerdos malagradecidos. Nuestros abuelos salvaron Alemania de la deshonra y de la miseria que nos metió el kaiser, luego nuestros padres mantuvieron la gloria obtenida, ¿y ahora ellos quieren destruir todo lo logrado? Lo mejor que le pudo pasar a Alemania fue el ascenso del Führer, ¿cierto?

-Sí, claro.

-¡Exacto! Nuestros líderes nos han mantenido a salvo de esa peste comunista -el soldado apretaba tan fuerte su rifle que Prusia respiraba lo más suave posible.- Bueno, tenemos trabajo que hacer, ya quiero que termine el turno, estoy cansado -espetó, moviendo su cuello.- ¿vamos por unas cervezas a la salida?

-Sí, claro -respondió con una sonrisa, por dentro se sentía tremendamente confundido. Jamás, un soldado alemán, se referiría así al trabajo y menos propondría un panorama sin anticipación, le recordó a cómo era Italia.

Pobre Italia, atrapado también en un lugar horrendo como ese, ¿estará bien?

El soldado se alejó y Prusia aprovechó de seguir recorriendo el lugar, pero no hallaba esa sala especial por ninguna parte, ¿y si en esa realidad no llevaban esos "procedimientos" en ese lugar?

-Oye, ¿sabes dónde está Alemania? -escuchó cerca unos soldados hablar y decidió avanzar hacia ellos para escuchar qué decían.- Hace rato que no lo he visto.

-Le escuché al General Hofmann que está con Italia.

-¿Todavía? Pero si se fue hace como una semana.

-Ya sabes como es, se la pasa pegado a Italia. En cualquier momento terminamos uniéndonos con los nor-italianos.

-Con esto de las protestas quizás el Führer termine haciéndolo.

-No creo que…

Los soldados siguieron hablando, Prusia ya tenía lo que necesitaba. Caminó hacia un pasillo vacío que tuviera un amplio espejo y caminó para cruzar, aunque recordó lo que tenía en las manos.

Decidió lanzarlo por la ventana antes de cruzar a su realidad, podría serle útil a la resistencia.

Ya con ropa "normal" y con una mochila en su espalda con la ropa del soldado, Prusia salió de Alemania camino a Italia. "Aguanta, West, voy en camino".

La noche había caído abrazado completamente las calles de Londres, apenas había terminado el primer día del secuestro concretado y las dos naciones aprisionadas sentían que habían pasado largos días completos. El británico se sentía tan desmoralizado que no apartaba la mirada del suelo, sin poder pensar en nada claro. Francia notó como su compañero ni siquiera forcejeaba y se preguntó cómo saldrían de esa; a él siempre lo ayudaban y en el último siglo había sido Inglaterra el que había corrido a auxiliarlo…

¿Y ahora?

Francia miró a su captor, su otra versión estaba de pie al costado de una ventana, parecía estar atento al ambiente mientras fumaba otro cigarrillo, como si esperara algo; ya había perdido la cuenta de cuantas cajetillas llevaba abiertas, el cuarto apestaba a humo. Dirigió su mirada al resto del salón, buscando algo que pudiera ayudarles, pero todo estaba demasiado lejos, ¿así de simple sería todo? ¿se quedarían atrapados en esa realidad para siempre?

De pronto, el francés de cabello ceniza se alejó de la ventana para luego abandonar la habitación, ni siquiera los miró al salir, como si hubiera olvidado que ellos existían.

Francia, como aún tenía los trapos en su boca, trató de llamar la atención del británico con gemidos, pero él siguió con la mirada baja. Frunció el ceño y ante la negativa respuesta, se decidió por llevar su cuerpo al límite. Con insistencia, forzó a sus muñecas a girar para que ambas palmas quedaran mirando a las cuerdas, aunque eso conllevara mucho dolor por el roce con las apretadas cuerdas, sin contar el forcejeo que debían hacer las articulaciones, que dolían un montón por mantener una postura sostenida en el tiempo. Soltando constantes quejidos y aguantándose las arcadas y náuseas por tener los trozos de tela en la boca, Francia empezó a tratar de desatar las amarras, adivinando por el tacto donde estaban los nudos y cómo aflojarlos. Frustraba tanto moverse y no lograr soltarse, sentir las amarras y aun así no aflojar el nudo, además del dolor punzante en los codos y hombros por los giros que debía hacer.

Sin dejar de mirar a la puerta, por si su contraparte aparecía, Francia siguió insistiendo hasta que, sorprendido, dejó de quejarse; logró liberarse. Lo primero que hizo fue quitarse esa asquerosa tela y lanzarla lejos. Se sobó un poco las manos, rojas por tanto roce.

Inglaterra estaba tan ensimismado en su mundo que ni siquiera prestó atención a los ruidos que hacía su compañero, recién volvió a la realidad cuando sintió una mano en su quijada para quitarle el trapo que lo tenía enmudecido.

-Shhh, vamos a salir de aquí -le susurró Francia.

Inglaterra quedó tan atónito que no musitó absolutamente nada, ¿Francia hizo algo por sí mismo?

El galo se colocó detrás del británico para desatarle las manos cuando escuchó los pasos.

-Viene -le susurró.

Aprovechando la oscuridad, el francés se escondió al costado de una mesa. Observó como su contraparte entraba a la sala con algo en las manos, aunque por la escasa luz era difícil dilucidar qué era. En silencio y agazapado, aguardó a que estuviera lo suficientemente cerca para apresarlo y poder escapar de una vez de ese horrendo lugar. En un rápido movimiento, cuando ya estuvo a unos pocos metros de él, lo sujetó de las piernas para forzarlo a caer hacia delante. Un eco metálico resonó por todo el lugar junto con el ruido de platos quebrarse.

-¡¿Qué mierda?! -espetó al momento de tropezar, volteando a ver quien le tenía sujeta las piernas.

En ese momento, Francia se lanzó sobre su contraparte directo a golpearlo. Sin embargo, su otro yo era mucho más fuerte y astuto, se giró para luego abrirse de piernas, empujando las rodillas del Francia de cuidado cabello hacia fuera, causándole pérdida del equilibrio y forzándolo a tener que usar las manos para no caerse.

El galo desaseado lo tomó del cuello para estrangularlo a la vez que con la otra mano le propinaba fuertes golpes en el rostro, usando a su favor la gravedad, el secuestrador forzó a Francia a quedar bajo suyo.

Inglaterra, aterrado por lo que veía, comenzó a forzar las amarras buscando liberarse y ayudar a su compañero. Daba saltitos por la fuerza que realizaba para zafarse, no le importaba el dolor que sentía en su cuerpo, porque mientras él jalaba las malditas cuerdas a su compañero le daban una paliza. Se escuchaban los jadeos de dolor del apaleado Francia y los quejidos por el esfuerzo del secuestrador por mantener el control.

-Y más encima les traigo comida y ustedes responden así -escupió el secuestrador, recuperando el aire y agitando la mano con la que había boxeado a su otro yo.

El rostro del inmaculado francés estaba lleno de sangre, le dolía tanto el cuerpo que no era capaz de levantarse ni responder.

Inglaterra comenzó a soltar improperios, lleno de ira y frustración, estaba tan desesperado que no lograba controlar sus manos y, por ende, no era capaz de liberarse.

-Ya me tienen harto -mencionó levantándose, para luego alzar a la fuerza al francés golpeado.

-¡Suéltalo maldito cobarde! ¡Pelea con alguien que esté a tu nivel!

-El idiota de Inglaterra anda jugando a los reyes y yo tengo que lidiar con sus estupideces -masculló ignorando el griterío del británico.

Lo arrastró a la habitación contigua y lo lanzó con fuerza hacia un escritorio, golpeándose en la cabeza con la manija de uno de los cajones. Por la brutalidad del golpe, perdió el conocimiento.

Aprovechándose de la indefensión de su víctima, buscó la cinta americana y con rabia lo comenzó a amordazar, además de amarrarle las manos y los pies. Lo miró por unos segundos y una tétrica idea vino a su mente. Buscó en el escritorio un destornillador, clavos y un martillo. Estaba seguro que el inglés guardaba herramientas en lugares así.

-¿Dónde está? -se preguntó revisando los cajones.- ¡Maldita sea! ¡Cállate de una vez! -gritó exasperado hacia la sala, hastiado por el griterío que tenía el británico que no lo dejaba concentrarse.

Encontró el destornillador y el martillo, pero no clavos. "Algo es algo" se dijo y comenzó a arrancar las tablas del suelo.

-¡Maldito hijo de puta! ¡Ven aquí y pelea como hombre! Agh, maldita sea, ¡te daré la paliza de tu vida!

Cuando vio que en el suelo había un espacio suficiente para un hombre, colocó el cuerpo de su contraparte dentro, para luego martillar la madera y dejarlo enterrado bajo el suelo.

-¡¿Qué le haces a Francia?! ¡Déjalo y enfréntate a mí! ¡Suéltalo! ¡Francia! ¡Maldita sea!

-¿Por qué hay tanto ruido?

Extrañado por la intervención, Francia cambió el enojo por desconcierto, caminó a la sala y se percató de la presencia de uno de los hermanos británicos; sin embargo por lo oscuro que estaba no pudo reconocerlo.

-¡¿Qué le pasó a la loza real?! -preguntó a gritos, arrodillado alrededor de restos de platos y tazas de porcelana.

-Ese idiota se soltó, me botó al suelo cuando llevaba la bandeja y las quebró -mintió, apuntando al inglés.

El pelirrojo británico, enfurecido, tenía pedazos de platos en la mano y no le importaba cortarse con ellos. Francia notó una sombra en el cabello del muchacho con forma de trébol, así que supuso que debía ser Irlanda, él usaba un broche con esa figura para diferenciarse del resto de los hermanos.

-¡Voy a matarte!

-¡No te atrevas maldito malnacido!

Francia dejó escapar un silbido de sorpresa, eso se iba a poner interesante, muy interesante.

-¿Qué dijiste? -preguntó el irlandés con un tono tan macabro que a cualquiera podría erizar los vellos de la columna.

-No te atrevas, maldito malnacido -repitió igual de iracundo.

"El trebolito se encargará de él" se dijo el francés mientras volvía a la oficina, decidido a empujar el escritorio sobre donde estaba enterrado su contraparte. De fondo se escuchaban los gritos de Inglaterra.

Soltó un suspiro producto del esfuerzo, sacó otro cigarrillo y se apoyó en el marco de la puerta para observar como Irlanda le enterraba los pedazos de cerámica al inglés por diversas partes del cuerpo y cómo el secuestrado no podía quitárselo de encima por las amarras. Le divertía su desesperación, su dolor, su agonía. Entre risas le recordó que no debía matarlo, pues por la fiereza de las puñaladas temía que terminara degollándolo o cercenando una vena importante. Irlanda respondió con un chasquido de frustración, él amaba a la corona, aunque estuviera en decadencia, apreciaba cada reliquia que quedaba y era el que más se afanaba por cuidarlas; que hubieran sido destrozadas era una ofensa gigante para él y necesitaba vengarse por ese perjurio.

"Esto no estuvo tan aburrido cómo esperé" pensó satisfecho al ver que el pelirrojo lanzó el pedazo ensangrentado de porcelana, para liberar el enojo propinándole fuertes patadas y puños al secuestrado, sin poder defenderse. Apreció todo el acto en completo silencio, solo se le escuchaba el ruido que hacía al exhalar el humo del cigarro, hasta el agotamiento del pelirrojo.

-¿Mis hermanos volvieron? -preguntó jadeando, se podía ver cómo su pecho subía y bajaba rápidamente.

-Eres el primero que vuelve.

-¿Y Arthie?

-Cruzó, se está haciendo pasar por él.

Irlanda miró con desdén al magullado Inglaterra, que no se movía preso del dolor que sentía, lo más probable es que tuviera algunas fracturas por la brutalidad de la paliza.

-Al menos Arthie está allá, si mañana mis hermanos no llegan iré a buscarlos.

-Mh -musitó Francia sin interés, encendiendo otro cigarrillo.

-¿Te quedarás despierto? Dudo que esta escoria sea capaz de huir.

-Creo que volveré a mi casa.

-Oye, ¿y el otro?

-No te preocupes, está en un buen lugar -respondió con una sonrisa. Irlanda apenas distinguió el gesto por la oscuridad, solo veía el rojo del fuego del cigarro.- Te lo encargo -apuntó al británico, para luego apagar el cigarrillo en un cenicero y abandonar la sala.

El resto de los hermanos británicos fueron retornando al palacio durante el día siguiente, al principio se sorprendieron cuando no vieron a las naciones contrarias, pero Irlanda les aclaró que se encontraban en el palacio aunque en otras salas; eso era a medias verdad puesto que él se había ocupado de trasladar a la contraparte de su hermano Inglaterra a una oficina que nadie usaba, atándolo a una silla, pues de solo ver su presencia le regresaba el enojo y no quería terminar matándolo. No obstante no sabía donde estaba el otro Francia. Tampoco le importaba la verdad, si el galo le había dicho que estaba en buen lugar le creía.

Reunidos en la sala principal, los británicos comenzaron a hablar acerca de lo que vieron al otro lado.

-No sé si lo que más me impresionó fue ver que estoy dividido y fuera del Reino Unido, o que en las noches la gente bebe tanto alcohol hasta vomitar en la calle. Es más, cuando me vieron pensaron que era su Irlanda y me invitaron a beber, ¡fue genial! -comentó Irlanda divertido, sirviéndose más whisky.

-Pero tu gente es igual de alcohólica -replicó Gales entregando su vaso a Irlanda para que le sirviera.

-Pero nunca a esos niveles, y toman mucha pero mucha cerveza.

-Eso también me llamó la atención -comentó Escocia a la vez que le daba bollitos de pan a su mascota.- Allá toman mucha cerveza, pensé que sería como aquí que tomamos más whisky. Además -agregó,- de que quieren la independencia, hablaban pestes de Inglaterra.

-Allá realmente se llevan mal, qué triste -dijo Gales entregando su vaso a Irlanda para que le sirviera más alcohol.

-Los quiero, hermanitos -espetó Irlanda sonrojado producto del alcohol.

-Aaaww trebolito ya se emborrachó -entre risas, Gales y Escocia molestaban a su hermano para luego darle un fuerte abrazo.

El bullicio que tenían los hermanos impedía que pudieran oír los gritos desesperados de Francia, y aunque pudieran oírlo, no les importaría.

-¿Creen que Arthie esté bien? -preguntó Irlanda.- Ya lo extraño.

-Sí, yo creo que debe estar pasándola increíble -opinó Gales haciéndole cariño a la criatura de Escocia.

-¿Vieron el lujo del Palacio? Quedé anonadado -dijo Escocia mientras comía un panecillo.- Es que era a otro nivel, se nota que no les importa derrochar dinero.

-¡Sí! -mencionaron los otros dos.

-Quería traerme tantas cosas lindas, había unas cosas de plata que de seguro podríamos sacarle provecho -comentó Irlanda haciendo una mueca de decepción.

-Ay yo me traje esto -Gales sacó de sus bolsillos varios utensilios de cocina de plata.

-Gales eres un auténtico pirata -bromeó Escocia, causando risas en los demás. Irlanda recordó una canción viral de hace muchos años atrás, aunque para los países doce años era apenas un suspiro.

-Do what you want 'cause a pirate is free. You are a pirate!

-Yar-Har-Fiddle-dee-dee -comenzaron a cantar a gritos los demás británicos sin aguantarse la risa.- Being a pirate is alright with me! Do what you want 'cause a pirate is free. You are a pirate!

Divertidos, comenzaron a aplaudir, vitorear y reír. Gales buscó la canción en internet para cantarla con la música de fondo y estuvieron un buen rato cantando, bebiendo y riendo.

-Cómo quisiera ser Arthie ahora -espetó Irlanda echándose en el suelo, sin dejar de reír.

-¿Bromeas? Hace décadas que no lo pasábamos tan bien -replicó Escocia, acostándose a su lado.- Deberíamos echar a Arthie más seguido.

-Haha qué malo eres -comentó Gales a la vez que le hacía cosquillas a su hermano mayor, Irlanda también se le unió.

-Haha, quítense de encima.

-¡Malo! ¡Malo! Jajaja.

A unos metros de distancia, Francia e Inglaterra vivían las peores horas de sus vidas en el siglo XXI. Con hambre, dolor y angustia, se preguntaron cuánto tiempo estarían así.

Noruega caminaba por la casa buscando la raíz de la energía, Dinamarca lo seguía detrás expectante, para evitar que otro volviera a explotar, decidió no tocar ningún otro aunque la energía viniera de ellos. Era difícil concentrarse con tanta magia caótica dando vueltas.

-¿Y si contactas a un trol?

Noruega se detuvo, era muy fácil preguntar eso y no tan fácil recibir información con toda la interferencia que había, sin embargo debía intentarlo. Cerró los ojos y buscó concentrarse, procurando mantener su mente despejada y serena.

A lo lejos, con mucha interferencia, escuchó una ronca voz.

"No tienes que tocarlo, tienes que atravesar desde el suelo"

-¿Desde el suelo? -se preguntó confuso, Dinamarca lo miró interesado. Siguió con los ojos cerrados para recibir mayor información, pero esta no llegó.

Soltó un bufido, el danés seguía mirándolo con atención.

-Hay que buscar un espejo que esté en el suelo… no tengo más detalles -agregó al escucharle replicar la información.

Con más dudas que respuestas, recorrieron todo el palacio buscando ese espejo, sin embargo cuando terminaron de recorrer toda una planta y no lo hallaron empezaron a pensar en otra opción.

-¿Y si colocamos cualquiera en el suelo? -preguntó el danés con inocencia, después de todo, para él todos los espejos debían ser iguales.

-Mh, debe ser otra cosa -se quedó pensativo unos minutos.

Dinamarca, impaciente como el solo, se acercó a uno para tocarlo pero, curiosamente, sintió el vidrio y vio su mano reflejada.

-Ey, Noru, ¡mira! -podía tocar el cristal sin problemas.

Esto los confundió, ¿cómo podrían cruzar si ahora tocaban el vidrio? Dinamarca lo colocó en el suelo y se paró arriba del cristal, y no ocurrió absolutamente nada.

-Espera, Den -la energía en el ambiente había cambiado, notó que el caos disminuía bajo sus pies y se regularizaba, pero sentía como si a través de las paredes algo contenía la magia. En eso, un destello de luz observó al fondo del pasillo, la sorpresa se apoderó de él.

-¡¿Qué haces?! -gritó exaltado, asustando al danés. Corrió hacia la criatura mágica, que había formado una muralla entre los espejos.

Dinamarca, claro, veía a Noruega gritando al aire. Temió que su compañero hubiera perdido la cabeza.

-Es para que puedan encontrar lo que necesitan.

-¡¿Si no me dejas usarlos cómo voy a ayudar a Suecia y Finlandia?!

-¿Noru?

-Concéntrate, se les está acabando el tiempo.

-¡No entiendo!

Era raro ver a Noruega perder los estribos, más aún verlo gritar a la nada.

-Lo que buscan está en el suelo, ese es el camino.

Y dicho eso, vio a la criatura desaparecer. Noruega dejó escapar un improperio en su idioma nativo y miró a Dinamarca, que ya se encontraba bastante aturdido, no recordaba la última vez que vio alterado a la nación nórdica.

-¿Qué lugar nos falta? -preguntó en tono molesto.

El danés se encogió de hombros en respuesta.

-Calma Noru, de seguro estará por aquí -le sonrió mientras hacía un movimiento de giro con su dedo.

-No, un lugar nos falta, debe ser donde Suecia pasa el rato.

-¡Ah! ¡El taller!

Y efectivamente, en el suelo del taller había un espejo. Noruega iba a caminar primero pero Dinamarca se le adelantó, apenas su pie contactó al suelo éste lo atravesó, cruzando a un nuevo lugar. Noruega le siguió por detrás, sin tocar nada con sus manos.

-¿Qué lugar es este? -se preguntó Dinamarca, cargando el hacha en su hombro mientras miraba todo a su alrededor.

Era diferente, no antiguo sino más bien… vintage, como el casco antiguo de cualquier ciudad creada en la edad media. Se apreciaba austeridad en el ambiente sin perder el encanto. Noruega se llevó una mano a la cabeza, el cambio energético le generó una repentina jaqueca; Dinamarca, en cambio, sentía cierta familiaridad, le recordaba a algo aunque no tenía bien claro a qué.

El noruego parpadeó un par de veces para disipar el dolor y acostumbrarse a la luz, cuando algo llamó su atención. No sabía si estaba viendo mal o realmente había una persona rubia, de espalda a ellos, atada a una silla

-Anko -llamó al danés, quien volteó.- ¿Ese es…? -empezó a preguntar mientras lo apuntaba pero no alcanzó a terminar.

-¡Finlandia! -gritó el danés al reconocerlo.

Dejó caer el hacha para dirigirse lo más rápido posible al muchacho. El grito despabiló a la nación, que llevaba un buen rato dormitando; reaccionó asustado, intentando moverse para poder ver quién había hablado, temió que fuera otra contraparte que quisiera hacerle daño.

Llevaba tres días en ese horrendo lugar.

El estado del finés era deplorable, se le veía demacrado, ojeroso, pálido, muy tembloroso, con restos de lágrimas secas en sus pómulos, como también restos de sangre en el cabello. Vio frente a él a sus conocidos vecinos nórdicos, lo que por una parte lo dejó más tranquilo porque no le harían daño de nuevo, pero por otra parte temía que sus contrapartes los hirieran.

-Tienen que salir de aquí -susurró preso del miedo, su voz era rasposa, como quien termina desgarrándose las cuerdas vocales de tanto gritar.

-Calma, Fin, venimos a ayudarte -intentó calmarlo el danés. En tanto, Noruega se acercó para desatarlo. Sintió un nudo en el estómago al notar lo enrojecidas que tenía las muñecas producto de la fricción con las cuerdas, incluso le habían roto la primera capa de piel y se veía lo rojo de la carne. Eso debía doler horrores.

-No, no lo entienden, tienen que irse.

-Calma, no te puedo desatar así -pidió Noruega al ver que el finés se movía insistentemente de un lado a otro, no quería acrecentar el daño que ya tenía en las muñecas.

-Por favor, háganme caso, regresen a casa, no quiero que les hagan daño. Aquí es horrible, Su-san… -se paralizó al recordar cómo lo habían golpeado hasta que perdió el conocimiento, cómo la sangre había ensuciado el piso, cómo presenció todo sintiéndose impotente.

-Fin, ¿dónde está Suecia? -preguntó Dinamarca preocupado, el muchacho no respondió.- Fin, escúchame, ¿dónde está Suecia? -volvió a preguntar.

-¿Me buscan?

Al oír esa alegre voz a sus espaldas, Finlandia se paralizó, nuevas lágrimas cayeron por sus mejillas y sintió cómo el labio le temblaba. Los nórdicos giraron su cabeza hacia el dueño de casa, que estaba apoyado en el marco de una puerta. Una sonrisa calma decoraba su rostro, pero el aura que poseía lo volvía alguien no confiable.

Noruega alcanzó a desatarlo y se colocó entre Finlandia y ese Suecia, al mismo tiempo invocó magia para poder atacar. Dinamarca, en tanto, fue lo más rápido posible a buscar su hacha.

-Oh, ¿qué saludo tan frío es ese? Me estaban buscando, ¿no? -siguió manteniendo la sonrisa. Miró a Dinamarca, que ya cargaba su hacha.- Amigo, deja ese artilugio de la edad media, no te vayas a lastimar -pidió el sueco con la misma sonrisa. Si no fuera por sus actos en estos días, hasta se podía decir que tenía una mirada dulce.

-¿Dónde está Suecia? -preguntó Noruega.

-Yo soy Suecia, estimados amigos.

-¡El no es! -indicó Finlandia con voz susurrante pero preocupada.- ¡Tienen que salir! ¡Les hará daño!

-Vamos, Fin, ya conversamos esto -habló Suecia cambiando la voz a una ligeramente más grave y amenazante.

-Dime dónde está Suecia o te acabaré -desafió Dinamarca, preparando su hacha.

Sin inmutarse, sin cambiar siquiera la sonrisa, con lentitud Suecia se llevó una mano a su cintura y sacó una pistola. Finlandia se llevó sus magulladas manos al rostro, preso total del pánico. De las manos de Noruega brotaban suaves ráfagas de energía color verdoso.

-Eso lo veremos -respondió el sueco, apuntando directamente a los visitantes.