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INSEPARABLES.

Anormalidad.


Sr. H.J. Potter.
Alacena, debajo de las escaleras.
Privet Drive. No. 4. Little Whinging.
Surrey.


Petunia no reconoció el nombre. "Un error del correo", pensó distraída antes de tirar la carta al bote de basura. Porque de ninguna manera iba a salir a buscar al vecino estúpido que no había dado bien la dirección, ni solucionar un problema que no le correspondía. Así que la delgada mujer no revisó la carta, y no se dio cuenta del escudo de armas con un león, una serpiente, un tejón y un águila que rodeaban una gran "H" —idéntica a la que vio hace muchos años—; ni de cómo esta desapareció sin dejar rastro de su existencia. Al igual que no se había percatado de muchas otras cosas durante casi diez años consecutivos.

Para la rubia mujer, la vida normal era la de toda ama de casa que vivía en los suburbios: indicarle a la muchacha cómo limpiar y quejarse del menú del día, mientras sospechaba que le cobraba de más al momento de llevar las compras de la semana; quejarse con el jardinero por no tener el pasto tan verde como el de los vecinos —que estaban idénticos— y de cómo dejaba las esculturas de arbustos todos mal proporcionados; presumir en la estética con sus amigas de los vestidos nuevos que había conseguido y hablar pestes de los otros niños que se atrevían a decir mentiras sobre su pequeño tesoro. Sí, la señora Dursley tenía una vida normal, junto a su esposo perfectamente normal y su precioso hijo normal. No como su hermana, de la que nunca volvió a saber nada después de la muerte de sus padres; quienes siempre prefirieron a esa anomalía que nació después de ella.

Debido a eso, nadie en su verdadera familia conocía la existencia de un mundo que Petunia Dursley clasificaría como aberración y menos de la anomalía que vivía en la alacena debajo de las escaleras. Una alacena que no ocupaba y que casi siempre olvidaba que estaba ahí; al igual que el resto de la familia.

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·

Cuando Harry abrió su carta de aceptación de Hogwarts sintió un regusto amargo en la boca y una punzada de dolor sobre su ojo derecho, proveniente de su cicatriz en forma de rayo.

"Llegó la hora, muchacho", le susurró esa voz en su cabeza.

"Por un momento creí que…". Harry no terminó la frase. Ambos sabían que él no desconfiaba de Tom, pero habría preferido creer que ese otro mundo y el pasado que le había contado eran mentiras.

—El desayuno está listo, señorito. ¿Algo más que Kreacher pueda hacer por el pequeño amo? —gruñó el elfo doméstico entre dientes, haciendo una reverencia que pegó la punta de su larga nariz a la duela.

—No. Gracias, Kreacher. Enseguida subo —le respondió a la pequeña criatura, de ojos saltones y orejas de alas de murciélago, que conocía desde que tenía memoria.

La angosta pero acogedora casa en la que vivía debajo de la casa de su tía era todo lo que necesitaba. Una recámara bien amueblada, un baño privado, con tina y regadera, y un enorme guardarropa donde mantenía su canasta con la carta dirigida a sus tíos —que no recordaban haber visto—. En el siguiente piso, una cocina integral a medida del elfo, la sala-comedor y todo un estudio atascado de una inmensa variedad de libros, donde Harry pasaba la mayor parte del tiempo.

En cuanto el pequeño niño de cabello negro llegó a la estancia que daba a la puerta de la pequeña alacena, frente a sus ojos —de un verde demasiado intenso— apareció la mesita y casi enseguida el desayuno preparado por el elfo doméstico. El inmenso cuerpo negro de Canuto todavía dormía en su cama al lado de la pequeña chimenea y su plato ya lo esperaba, como cada mañana, al lado de uno de los sillones.

Así había sido gran parte de su vida. Con Tom guiando y enseñando todo lo que necesitaba saber: desde cómo caminar, ir al baño, leer, sumar, comer. Kreacher ayudando en todo y Canuto acompañándolo, en especial cuando tenía que salir. Para sus casi once años, Harry ya conocía muchas cosas de ambos mundos. Manejaba sus cuentas de Gringotts, hacía sus compras y toda su vida sin que sus familiares ni otra persona interviniera. No sabía por qué Kreacher había insistido en eso desde que aprendió a hablar, pero nunca lo cuestionó. Sólo sabía que parte del plan era no involucrarse con ellos. Jamás. Y en parte lo comprendía. Las veces que se llegó a topar con su primo y su tía en el parque, era de ley que algún niño resultara lastimado o llorando a causa de su primo Duddly. Así que Harry no tenía ganas de conocerlos tampoco.

Sus pocos conocidos muggles, como Tom los llamaba, eran muy divertidos. Pero Harry se alejaba en cuanto sus padres empezaban a hacer preguntas de por qué estaba solo. Al principio los adultos no sospechaban porque estaba sano y bien vestido, pero no podía decir que tenía amigos verdaderos. Sus únicos amigos y familia eran Canuto, su mascota; Kreacher, el elfo doméstico; y su amigo por correspondencia, S.O.B. Entre ellos y Tom, Harry se había formado un pequeño criterio del mundo en el que vivía y del otro del que estaba a punto de formar parte.

El siguiente paso del plan era esperar por el profesor que mencionaba la carta. Alguien que lo introduciría al mundo mágico, al haber sido criado entre personas no mágicas. Seguirles la corriente era algo en que S.O.B y Tom estaban de acuerdo; aunque esperaba que se les olvidara y pudiera hacer todo el proceso solo, ya que los adultos solían incomodar a Harry.

"No te preocupes demasiado, seguro llegan cuando todos estén fuera. Cuando lleven al gordo al zoológico".

"Eso espero, Tom. Aunque me gustaría poder ir también a esos lugares". A Harry no le gustaba que casi a todos lados necesitaba ir con un adulto.

"Podrías ir; y sin pagar un solo knut, muchacho".

"Pero eso no es correcto".

"Ni siquiera conoces al tipo que te escribe todas esas reglas innecesarias. Con tus poderes, podrías tener cualquier cosa".

—Lo sé. —Harry suspiró desanimado y ambos guardaron silencio, porque ya conocían el final de esa discusión, más allá de que algo fuera correcto o no. Porque lo que Harry quería en realidad era ir con alguien a todos esos lados, no dedicarse a ver a todos disfrutando con sus amigos y familiares, haciéndole ver lo solo que estaba. Aunque ese sentimiento tampoco lo sintiera justo ni para Tom, Kreacher, Canuto, o S.O.B.

"¿Por qué no mejor repasamos algunos de los libros?, eso te animará un poco", sugirió Tom. "O saca a ese perro a hacer ejercicio, cuando menos lo esperes se pondrá tan gordo como tu tío Vernon".

Ese último comentario hizo reír a Harry y se decidió por pasear a Canuto después del desayuno. Estudiaría después del baño, regresaría al parque a saludar a sus amigos y volvería para la hora de la cena.

El siguiente fin de semana, cuando sus tíos dejaron la casa, Harry aprovechó para ver un poco de televisión y observar los regalos que su primo había recibido por su cumpleaños. Le gustaría comprar algunos juguetes, pero Tom insistía que eran basura y una pérdida de tiempo. Aún así, tenía esos ratos para probar lo que le gustaría tener algún día. Se le daban bien la pelota y los vídeo-juegos, pero cada que tocaba uno de esos equipos electrónicos no tardaban en descomponerse. Harry sentía que algo estaba mal con él, aunque Tom insistía que era a causa de la electricidad. "Electricidad y magia no se llevan", decía. "Así como muggles y magos, no se mezclan". Pero la casa de Harry era muggle, tenía familia muggle y, a excepción de la mayoría de sus libros, casi todo lo que tenía era muggle.

Después de otra semana en que nadie de la escuela de magia apareció, Harry estaba empezando a resignarse de que así podría seguir su vida. Seguía pensando por enésima vez en eso, cuando escuchó que llamaron a la puerta principal de la casa.

No tocaron el timbre y nadie estaba. Los nervios lo invadieron en cuanto salió de la alacena y vio la silueta oscura del otro lado de la puerta.

"Debe ser de Hogwarts, muchacho, detecto una magia poderosa".

"¿Crees que sea seguro, Tom?". En sus pocas idas al callejón Diagon, Harry había sido perseguido por más magos de túnicas azules, que por muggles policías en los supermercados.

"No importa, si es alguien agresivo podemos hacernos cargo", susurró Tom. Harry asintió para sus adentros, pero no le gustaba el dolor, ni el propio ni el ajeno. Esperaba que mínimo no fuera alguien agresivo.

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·

Cuando Severus llegó a Privet Drive, se dio cuenta de por qué Hagrid había regresado confundido y casi desesperado. La mayoría de los terrenos de Little Whinging eran lotes baldíos, o eso le dijeron sus sentidos, cuando los reportes actualizados daban fe de que era una comunidad entera de muggles. Después de algunos escanees, el profesor detectó y retiró los hechizos desilusionadores, protectores y repelentes de magos; pero el número 4 de la calle Privet Drive le mostró una casa abandonada, casi derruida. De no ser por los informes mensuales que le llegaban a Dumbledore y porque la carta había sido marcada como recibida —aunque sin respuesta—, hubiera jurado que todo era una broma pesada. Volvió a escanear, detectar y a derribar hechizos más fuertes de protección que revelaron la casa muggle, con el jardín más verde de la calle y acabados suntuosos.

El mago respiró profundo, presagiando al pequeño que debía haber sido extra maltratado en ese moderado lujo muggle. Había una última protección alrededor de la casa, que debía ser la mencionada por su superior, y que no podría atravesar o derribar, a menos de que fuera recibido o invitado a entrar por la familia. Sacó la varita e hizo sonar la puerta desde la distancia. Nada pasó. Aunque su magia le decía que había alguien en casa. Esperó un poco más y dio un paso al frente, cerca del límite de las escaleras principales, cuando un gruñido lo hizo retroceder.

Casi al mismo instante la puerta se abrió, revelando a ese par de ojos verdes que tan bien recordaba, pero escondidos tras un par de horrorosas gafas redondas.

—¿Quién es, qué se le ofrece? —susurró el niño que, viéndolo mejor, era una copia en miniatura del padre, pero con cabello largo y revuelto.

—Buenas tardes, soy Severus Snape. Docente. ¿Están sus guardianes en casa? Vengo de parte del colegio Hogwarts, de magia y hechicería, para hacer la visita correspondiente a la admisión de Harry James Potter. Asumo que habrán recibido nuestra carta anticipando nuestra presencia. —La mirada recelosa del pequeño cretino lo fastidió un poco, siendo que estaba mostrando su cara y tono más amable. Si es que eso existía.

—¿Cómo puedo saber que es quien dice ser? —chilló el descarado, pero tenía que darle crédito por la precaución.

—¿Están sus guardianes en casa? Tal vez ellos puedan verificar la causa de mi presencia.

—¿Por qué se lo diría? Tardaré más en llamarlos que en lo que llaman a la policía.

Severus exhaló su frustración. Fantástico. Por eso él nunca hacía esas visitas. Debían haber dejado que lo hiciera Minerva desde un principio, pero el medio gigante había tenido que insistir en hacerse cargo y regresar chillando con Dumbledore a último minuto, cuando todos los demás tenían sus agendas llenas —y era de conocimiento común que él tenía tiempo para relajarse y malgastar, además de surtir sus estanterías, crear pociones y proveer la enfermería de la escuela con ellas antes del nuevo inicio de clases; sin contar con sus investigaciones—. Intentó hacer un poco de legeremancia en el escuincle altanero para agilizar el proceso, pero sólo encontró una fuerte protección mental, no propia de un niño mago y mucho menos de uno criado entre muggles.

Sin otro remedio, sacó su varita, tomó una gota de su sangre y, tras una floritura, lo que sería una identificación con nombre y profesión apareció flotando en el espacio entre ambos. Hecho eso, le extendió además una copia de su carta de aceptación al mocoso.

—Por el tipo de protecciones, asumo, que saben más de lo que imaginamos y que no somos bienvenidos, pero —sonrió con estudiada y falsa amabilidad—, mi trabajo es informar e… "introducir" a Harry James Potter al mundo mágico.

—¿Protecciones? —preguntó el escuincle, con una confusión que el mago adulto podía pasar como genuina.

—¿Puedo pasar? —pidió Severus fastidiado, porque después de tanta magia se estaba haciendo pesado mantener el hechizo desilusionador que lo mantenía invisible de los muggles. Pero un gruñido en el interior hizo que el mocoso cerrara todavía más la puerta.

—Sólo, si me enseñas el interior de tu brazo izquierdo descubierto.

Severus se tensó ante esas palabras. No había modo en que el escuincle conociera sobre su marca.

—Está bien, no muestres nada. Sólo lleva tu varita ahí y jura que no vas a hacerme daño en modo alguno, ni hoy, ni en un futuro, ni directa ni indirectamente, bajo ninguna circunstancia ni bajo las órdenes de nadie.

Severus dejó de respirar por dos segundos ante lo específico del juramento. No había forma en que ese mocoso fuera un estúpido mago mimado entre muggles.

—Es… interesante, cómo cree que funcionan los juramentos entre magos, pero me temo que maneja información equivocada —soltó Severus, desafiante.

—Haz lo que te digo, o puedes regresar por donde viniste. Y después puedes decirle a los de tu clase que no quiero nada que ver con ustedes.

Sin otra opción —porque Dumbledore no aceptaría un nuevo fracaso sin complicarle más la existencia—, Severus respiró profundo e hizo el juramento apuntando a la marca tenebrosa. Un juramento más, o uno menos, no habría diferencia. La atadura mágica se sumó a la marca y la serpiente se removió en sus venas. Harry volvió a aparecer un poco más tras la puerta.

—¿Puedo pasar "ahora"? —siseó con acidez en la garganta.

—Por supuesto, adelante. Soy Harry James Potter —abrió la puerta y le extendió la mano. Severus la tomó y volvió a presentarse como correspondía.

—Severus Mael Snape.

Harry se dio la vuelta para dejarle pasar; descubriendo al animal, parecido a un Grim, que le había estado gruñendo desde que llegó.

Severus atravesó la protección de la casa sin dificultad, pero una energía rara lo envolvió, haciéndolo vibrar. Era una casa amplia, no muy grande, pero adecuada para una familia de cuatro muggles. Gruñó ante la idea de que Petunia se hubiera conseguido un buen partido. Se dirigió a la sala esperando encontrarse a la desdichada hermana de su ex amiga y a su familia, pero no detectó la presencia de nadie, ni siquiera del escuincle.

—Señor. Eh, Snape. Aquí adentro, en la alacena. —Severus escuchó la voz del niño, no muy a lo lejos, y se dio cuenta de que, en efecto, los ruidos provenían de la pequeña puerta debajo de las escaleras. El perro negro asomaba la cabeza, como indicando e impidiendo el paso, y su corazón se aceleró cuando quedó a centímetros del animal para poder acceder a lo que, a todas luces, era toda una casa ampliada y sostenida por magia—. Cierra la puerta después de entrar, por favor.

Severus cerró la segunda puerta principal como lo había hecho con la primera y se quedó en el recibidor de la pequeña vivienda… individual. Bien podía ser tan grande como sus estancias privadas en Hogwarts, pero mucho más… cálida. La aparición de un elfo doméstico lo distrajo de su escrutinio y Severus le entregó en automático su abrigo, para seguirlo hacia uno de los pequeños sillones de la sala de estar. De repente se sintió como si estuviera visitando a los Malfoy, pero en una casa del tamaño de una de sus recámaras. Servicio incluido. Volvió a sacar el aire con fuerza.

El mocoso regresó con una túnica ligera de color verde, etiqueta mágica que él mismo vestía pero en negro, y se unió a él en la cómoda sala.

—¿Té o café? También tengo jugo, agua, o leche, pero Kreacher te puede ofrecer lo que gustes —dijo emocionado el escuincle.

—¿Usted hizo todo esto, señor Potter?

—Harry está bien —pidió, y a Severus le pareció que el niño meditaba si contestar, o no—. Esta es mi casa —respondió al fin, encogiendo los hombros con despreocupada felicidad. Como si ese lugar fuera lo más común del mundo.

A Severus le comenzó a pesar tener que hacer preguntas que a todas luces serían impertinentes, cuando el que tenía que estar respondiendo era él. Pero eso era magia que un niño no podía tener el conocimiento ni la habilidad de manejar y algo le decía que la cantidad de protecciones que había pasado tampoco eran algo que debiera existir.

—¿Cuándo podré hablar con sus tutores, señor Potter? —insistió, con tono aburrido.

—En cuanto lleguen, pero no tendrá la más mínima relevancia.

—La tiene. Porque, si no me ha entendido todavía, ha sido aceptado en un colegio mágico… y usted y sus tutores muggles necesitarán que les den explicaciones, además de firmar el contrato de ingreso. Después, tendrán que sacrificar un poco de su valioso tiempo para acompañarlo a "usted" a surtir la lista de útiles obligatorios. Además de llevarlo al transporte que lo llevará al colegio y, lamentablemente, los apartará de su lado... ¿He sido claro, señor… "Potter"? —escupió el apellido.

—Demasiado conciso, creo, pero supongo que las explicaciones te las estarás guardando para ellos. Pero, te repito, no importará. Ellos ni siquiera saben que existo.

—¿Qué? —no logró contener el casi grito, pero la llama en sus ojos negros se apagó a fuego lento e intenso. ¿Cuánto más absurdo se podía volver el teatro de ese mocoso?

—Ajá, vivo con ellos, pero no vivimos juntos.

Eso no tenía ningún sentido para Severus, ese escuincle no podía haberse criado solo.

—Es suficiente de bromas, señor Potter —se puso de pie, indignado y lamentando el juramento que había hecho antes de entrar—. Esperaré afuera a que lleguen sus tutores para hablar con alguien que no le interese hacerme perder el tiempo.

—Adelante. —Harry se levantó y se adelantó a abrir la puerta de la alacena, medio confundido—. Pero le advierto que cuando salen, llegan hasta después de la hora de cenar. Creo que comen afuera. Pero es seguro que llegan. Este año no pasaron sus vacaciones viajando.

Severus tomó su abrigo que le regresó el elfo doméstico, y salió carcomiendo su enfado y su incredulidad. Todo eso tenía que ser una broma "Potter". De seguro Petunia había aprovechado y pedido asistencia mágica en Gringotts, después de todo era la tutora legal del maldito salvador del mundo mágico y, por su hermana, habría conocido las entradas y demás pormenores que podrían explicar el modo de vida de Harry. Al principio, él mismo había dudado que la desabrida mujer fuera una buena elección, pero los reportes de Albus no indicaban nada peligroso o fuera de lo normal. Veían salir a Harry y estaba sano y bien vestido. Tampoco había mostrado magia que llamara la atención de nadie, así que debía tener una vida relajada, libre de contratiempos. Y como mínimo de bebé de un año y tres meses, como había sido entregado, alguien había tenido que cuidarlo.

Cada vez más ofuscado, Severus decidió explorar la casa, a todas luces una típica vivienda no mágica. Las repisas estaban atascadas con fotos familiares que mostraban a la pareja y el crecimiento de un niño rubio y robusto, muy pagado de sí mismo. En total, la vivienda consistía de dos recámaras, tres baños y dos habitaciones extra, un estudio y una sala de juegos. Por ningún lado había rastro de la existencia del mocoso. Luego se acordó del elfo. Si no recordaba mal, Lucius le había comentado que los elfos cuidaban a los niños sangre-pura, hasta que podían empezar a ser educados por sus padres. Así que esa parte ya no le pareció tan imposible; pero, ¿de dónde había salido el elfo doméstico? Esas criaturas eran poderosas, pero dependían de sus amos y su vínculo mágico para poder hacer hechizos, y ni de lejos eran tan fuertes para hacer magia tan compleja. Para algo tan preciso y duradero era necesaria una varita. Ya no decir el conocimiento al que esas criaturas no tenían acceso. Nada tenía sentido, alguien debía estarse haciendo cargo del niño y burlándose de él a sus costillas.

Negado a rendirse, Severus se sentó en la sala; mientras el sol seguía perdiendo su fuerza, del mismo modo que su reticencias cedía un poco, impedida por su terquedad de aceptar que el escuincle no le había jugado la broma del siglo. Tenía que hablar con Petunia y, si remotamente el escuincle no le había mentido, no lo podía encontrar invadiendo su casa. Se levantó y fue a la salida; pero si la esperaba afuera nada le aseguraba que pudiera volver a entrar con vida. Él mismo entraría sin permiso si Petunia lo reconocía pero no sabía nada de su altanero sobrino.

Se volvió a dirigir a la puerta de la pequeña alacena y, tras unos escanees, Severus descubrió las protecciones anti muggles; que por supuesto para él no tenían efecto. El momento en que fueron colocados los hechizos no podría saberse, porque el mocoso todavía no subía al tren y no se le había colocado el detector para la prudente limitación de la magia en menores de edad. Y la firma mágica no duraba más de un año.

Pese a toda su incredulidad, debía admitir que necesitaba respuestas, pero antes maldeciría al escuincle por atacar su orgullo, por más que habría jurado no hacer eso. En cambio, maldijo por lo bajo ese día y al mocoso tras esa puerta.

No supo cuánto tiempo la vio, pero la falta de luz y el sonido de un vehículo muggle aparcando en la entrada sacaron de su trance a Severus. Tocó la puerta de la alacena en cuánto las voces alegres de la familia aparecieron y, en menos de un segundo, volvió a la casa del escuincle. Kreacher volvió a tomar su abrigo, pero esa vez no lo guió a la sala, sinó a una puerta que estaba entreabierta. Ahí, Severus vio al mocoso estudiando un grueso libro de magia. Lo que respondía y al mismo tiempo creaba más molestas preguntas.

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Cuando escuchó la puerta abrirse, Harry volteó por reflejo. Kreacher había obedecido la orden que Tom le había sugerido, pero todavía no podía decir que le gustara o no la presencia de alguien en su casa. Canuto volvió a gruñir bajo sus pies y Harry sonrió antes de acariciarlo, para enseguida volver su atención a su primera visita.

—¿Ya cenaste? —preguntó como buen anfitrión, viendo la hora y dándose cuenta de que a él también se le había pasado la hora de cenar. Kreacher sabía que no debía molestarlo en su estudio, pero generalmente Tom le indicaba que debía ir a comer o a descansar cuando se le iba el tiempo en algo. Había estado inusualmente callado.

—No, señor Potter. Si me permite, me parece que tenemos una… plática… pendiente.

En cuanto Harry salió del estudio, se dio cuenta de que sus tíos estaban en casa, pero no parecían actuar diferente. Lo que le dijo que el mago adulto había decidido, si no confiar, sí darle el beneficio de la duda.

—No tengo una mesa muy grande. Hay una mesa en la cocina que usa Kreacher, pero no hay sillas. No suelo tener visitas… pero podemos…

—Estaré bien. No vine a comer, pero podemos hablar mientras usted cena, señor Potter.

—Harry, por favor —volvió a pedir, pensando en donde podían comer los dos sin delatarse.

—No se preocupe, amo. Kreacher se encarga. Kreacher ya tiene la cena para el señorito y su invitado —gruñó, haciendo una marcada reverencia hacia Harry.

—Gracias, Kreacher —suspiró aliviado y guió a Severus a la sala, donde solía comer, y Kreacher apareció una mesa igual en frente de cada uno con la cena caliente.

Empezaron a cenar y Harry se emocionó de tener a alguien comiendo a su lado. Decidió que no le desagradaba y le gustaría repetir la experiencia. Era tener la presencia de Canuto pero con la posibilidad de hablar con Tom o S.O.B de frente. Comenzó a copiar un poco de los ademanes del mago adulto, que le parecían elegantes, y sonrió en lo que terminaban con lo que Kreacher les había preparado.

Cuando la loza vacía y sucia desapareció, cortesía del elfo, el mago adulto le dio las gracias y volvió a fijar su negra y fuerte mirada en él. Harry se revolvió el pelo de los nervios, sin saber qué tenía que decir o si el docente hablaría primero.

—Debo admitir que su situación me superó al principio. Sin embargo, a juzgar por lo evidente, me limitaré a cumplir con lo que me han… solicitado —sacó la copia de la carta de aceptación del niño y, por primera vez, leyó el destinatario completo del sobre. Se le apretó el estómago al ver la dirección. Impertérrito, Severus explicó sobre Hogwarts, las casas, señaló y explicó la lista de materiales. Habló sobre dónde podía conseguir Harry todo lo que necesitaría y el modo de acceder al callejón mágico. Le entregó un boleto dorado y siguió con la explicación correspondiente a la estación de Londres, donde debería tomar el tren que lo llevaría al colegio y Harry empezaría a formarse como mago—. ¿Tiene alguna duda, señor… Potter? —finalizó, frío y distante.

Harry conocía todo, de alguna manera, ya había estado en el callejón Diagon, solía cambiar el dinero mágico por muggle en Gringotts, para no tener que ir seguido; porque la mayoría le ponía demasiada atención al notar que iba solo. El autobús noctámbulo era útil, pero había tenido que recurrir a Kreacher para huir de uno que otro pasajero la mayoría de las veces. Eso no le agradaba. Y menos la advertencia que le había dicho Tom sobre el tren.

—¿Alguien puede acompañarme al callejón? Mis tíos no lo harán y… tampoco firmarán… ¿Puedo llegar de otra forma que no sea por el tren?

—Los profesores sólo hacen las visitas y no, nuestras funciones se limitan a informar a los tutores para que "ellos" acompañen a los estudiantes. Hacerlo de otra forma, sería altamente irregular e insostenible. Pero eso es algo que un niño no comprendería —dijo lo último en voz agriamente baja—. Y tiene que mandar la hoja de respuesta con la firma de aceptación de su tutor o, de lo contrario, no quedará registrado. Algo-lamentable-y sí, hay más formas de llegar al colegio, pero es una norma y tradición que "todos" los estudiantes tomen el expreso, señor Potter.

—Pero habrá lugares de aparición. Puedo reunirme con los demás a tiempo, ¿no?

—Técnicamente, sí, señor Potter. Pero por seguridad, lineamientos y logística del colegio, todos los estudiantes deben ir a la estación, tomar el tren, y llegar a la escuela.

—Pero, puedes darme también los puntos de aparición. Sería más fácil.

—Veo que confía mucho en sus habilidades. Pero la gran mayoría de los menores no pueden ni saben aparecerse. Es magia altamente avanzada y regulada. Y, aún si sus tutores son magos o no, lo "deben" llevar a la estación, señor Potter.

—A este paso, ni siquiera sé si podré entrar. No tengo a nadie que firme los papeles.

—Hable con sus tíos, señor Potter. Estoy seguro que no le negarán una firma a su sobrino consentido.

—Ni siquiera puedo hacer que tú me des los puntos de aparición y eso que conocías de mi existencia y sabes que soy mago. Si salgo de esta alacena ahora, les causaré un infarto. Antes me matan o me echan que firmar ningún pergamino.

—No diga niñerías. Ya es lo bastante grande para vivir solo, enfrente a su tía.

Harry sintió esas palabras como un golpe en el pecho y Canuto volvió a gruñir, pero esta vez mostrando los colmillos hacia Severus.

—Eso estuvo fuera de lugar de mi parte, señor Potter, le pido me perdone.

—Está bien, no te preocupes. —Harry escuchó un suspiro pesado y volvió a levantar la mirada, no se dio cuenta de cuando la bajó, pero había algo más en esos ojos negros que sólo enfado.

—Haremos esto. El siguiente fin de semana pasaré por usted después de la hora del desayuno, iremos por su lista de útiles y le mostraré cómo llegar al tren y cómo acceder al andén para magos. De la firma tendrá que hacerse cargo usted. Solo. O también puedo hablar con sus tíos, por usted…

—No —. Harry se apresuró a responder—. Eso no. Pero, si las apariciones son tan peligrosas como dices, a lo mejor podrías conseguirme un traslador.

Severus cerró la mirada y eso espantó todavía más a Harry.

—Los trasladores son extremadamente regulados y no le voy a conseguir uno cuando existe un transporte que perfectamente puede llevarlo y traerlo. ¿Qué hará en vacaciones, o en fin de curso? Todos los estudiantes "necesitan" de alguien que los acompañe. Las leyes mágicas son muy estrictas al respecto. Señor Potter. No crea que por ser El-niño-que-vivió, está exento de las reglas y recibirá tratos especiales.

Severus se paró y saltó hacia atrás cuando Canuto casi se le echó encima después de su acalorada reprimenda.

—¡Canuto! —Harry detuvo a su mascota y se puso entre el perro y la varita del mago. Estaba asustado, Canuto nunca había actuado así y además era capaz de sentir la magia de Severus, pugnando por salir.

Por más falta de autocontrol que el mago adulto mostraba, Harry quería confiar en que Severus seguiría las normas que Tom le había enseñado, más allá de un cumplimiento forzoso al juramento. No quería hacerle daño, no quería verse forzado a ello para salvar a Canuto.

—Le ruego me disculpe, nuevamente, señor Potter. Estuve totalmente fuera de lugar —se inclinó guardando su varita en el interior de su manga—. Quedo a su disposición para compensar mi atrevimiento.

Harry se volteó confundido, pero vio que Canuto se calmaba también; así que intentó volver a respirar con tranquilidad.

—Harry —volvió a pedir, con el corazón en la boca—. Sólo llámame Harry, por favor.

—Lo siento, pero soy un profesor y usted pronto será un estudiante del mismo colegio. Sería demasiado inapropiado, señor Potter.

—Pero no estamos en la escuela. —Harry nunca había estado en una—. Y, eres mi primera visita —bajó el tono de voz junto con la mirada.

—Está bien. Harry. Supongo que puedo hacerlo fuera de los terrenos del colegio. Pero no se acostumbre.

Harry volvió a mirarlo y le sonrió. De pronto esa negra mirada ya no parecía tan fría ni distante. Hasta le pareció ver un ligero rubor en esa pálida piel, algo que le hizo sonreír más ampliamente.

Antes de que el momento volviera a tensarse, Severus indicó que se retiraba, Kreacher le devolvió su abrigo y Harry lo volvió a guiar a la salida.

—¡Ah! Espera. —Harry pidió y sacó un pergamino de entre su ropa antes de abrir la puerta de la alacena—. Todos están arriba, bien —suspiró y se alborotó el pelo—. Puedes irte.

—Gracias, y disculpe por quedarme hasta estas horas.

—No te preocupes. Puedes volver cuando gustes.

—Hasta el siguiente sábado, a las nueve, Harry.

—Hasta el sábado. —Harry se encogió de emoción al escuchar su nombre y el mago adulto dejó su pequeña casa debajo de las escaleras de la casa de su tía.

Esa semana, Harry descubrió que la hoja que debía mandar firmada al colegio Hogwarts había desaparecido y, en su lugar, estaba otra carta de S.O.B, quien lo felicitaba por su ingreso, le decía que no se preocupara por ese papeleo y, que si necesitaba otra autorización, él se haría cargo de todo. Harry no sabía cómo S.O.B lo haría, pero tampoco lo dudaba; preparó la ropa que le recomendaba la carta y Tom no paraba de recordarle que llevara su llave para ir a Gringotts. En cuanto al docente que pasaría por él, no estaba muy seguro. S.O.B decía que no confiara en él y Tom le insistía en estar alerta a su lado. Para Harry, Severus era un hombre demasiado serio y era cierto que podía dar miedo, pero sentía poder relajarse a su lado y hasta se había disculpado dos veces con él, seguidas. No recordaba que los adultos se disculparan con los niños. Sus tíos buscaban complacer en todo a su primo, pero a ninguno le había oído una disculpa explícita y mucho menos dirigida a algún desconocido. Y los otros muggles eran los que solían enseñar y hasta obligar a los niños a disculparse entre ellos y en especial frente a los adultos.

En cambio, poder practicar lo que Tom solía instruir desde que tenía memoria y ver que el profesor respondió como la voz le había asegurado que haría, le dio confianza. Como si compartiera con alguien algo más que sólo la magia. Los muggles, algunos, solían seguirle la corriente, pero en algún momento no respondían como se suponía que debían hacerlo. Ese era uno de los motivos que lo hacían sentirse aislado de todos ellos. Pero con Severus era diferente, Harry sentía que, si bien no lo entendía del todo, lo intentaba. Compartían magia y etiqueta. Y hasta esos arranques de genio le recalcaron que existía para el hombre. Era alto, lo que lo hacía lucir más grande cuando en sus facciones se adivinaba que no era nada viejo; hasta se veía más joven que sus tíos, y el brillo de su cabello y ojos negros, sumado a toda su ropa negra, le daban un toque misterioso. Su voz era suave y profunda, tenía una nariz aguileña, distintiva; pero en general le gustaba que todo él armonizaba y le daba una presencia fuerte y única. No había conocido a ningún muggle que dejara una impresión tan fuerte en su memoria. Tal vez era porque era un mago, pero de entre los que había visto antes, vestidos de forma extraña y con magia revuelta, también sobresalía. "No", se dijo. "Es algo en él, tiene que ser él". Y hasta Tom estuvo de acuerdo en que había algo especial en Severus.

Harry esperó con ansias a que llegara el sábado, tomó un desayuno rápido, se acicaló y esperó afuera de la casa, para que sus tíos no se enteraran de nada. Severus llegó en punto de las nueve de la mañana enfrente del rejado que enmarcaba la propiedad de los Dursley y Harry salió a su encuentro. Caminaron un poco para alejarse de la mirada de los vecinos que parecían no ver al mago adulto, pero algunos de los niños que conocía saludaron a Harry a lo lejos. Cuando no hubo muggles a la vista, Severus extendió el brazo para que Harry lo tomara y ambos fueron jalados por la magia de aparición.

La ciudad estaba tranquila por la hora, las tiendas apenas abrían y la mayoría de los despiertos mostraban una expresión cansada. Harry aprovechó la altura del mago para esconderse tras él y los movimientos de su túnica negra. Para camuflarse mejor, se había asegurado de llevar algo del mismo color, pero no tan estorboso: Unos jeans, una playera y un suéter oscuro hicieron el trabajo, además de la gorra con la que siempre salía. S.O.B hacía énfasis en ese detalle cada que iba al mundo mágico y no se la quitaba cuando traía el cabello recogido en una coleta.

La pared de ladrillos del interior del Caldero Chorreante se abrió ante ellos y Severus siguió guiando el camino hacia el callejón mágico. Harry no dijo nada, ya que era obvio que primero tendrían que pasar al banco de Gringotts para poder hacer las compras; aunque ya llevaba consigo los suficientes galeones, de la reserva que S.O.B le había recomendado tener siempre cerca.

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ﭞ ψ ﭢ

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Apostilla: ¿qué es esto? Ni yo lo sé, es el resultado de leer tanto bashing xD y, después de tantos esfuerzos infructuosos de escribir algo más de unos cuantos párrafos, un vómito que va algo decente (espero). Esta es mi prueba de "nunca digas de este fandom no escribiré". El romance tardará en aparecer (¡son niños!), todavía no hay pareja fija aunque la tenga en mi cabeza, cualquier cosa podría pasar por ahora porque mis personajes suelen tomar sus propias decisiones. Más que nada es como una protesta/catarsis para cambiar lo que no me gustó de HP o expresar varios de mis headcanons. No será un bashing como tal, no es la intensión, pero no puedo prometer que sea del agrado de nadie. Es demasiado autocomplaciente. Sobra decir (porque en mi cabeza es redundante aclararlo) que todo lo que lleguen a reconocer es muy probable que lo haya retomado del canon u otros headcanons que me gustaron y se acoplaron a este fic.

Si me quieren acompañar, gracias por darle una oportunidad y hasta la siguiente semana. Intentaré actualizar los viernes.

Ciao!