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Callejoneando.
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En lo que llegaban al Caldero Chorreante y salían a la intersección que daba a los callejones Diagon, Horizont, Knockturn y al mercado Carkitt, Severus estuvo pensando en el director del colegio y el encargo personal que le hizo para el banco. Por supuesto que se quejó porque ese era trabajo de Hagrid pero, como ya había dado su palabra de acompañar al escuincle, Dumbledore aprovechó para que él se encargara de recoger el paquete. Algo que lo demoraría más, porque de ninguna manera iba a realizar un trabajo para el colegio en frente de ningún estudiante.
La calle empedrada y bien iluminada de la zona comercial regresó al profesor a su tarea actual: hacer de niñera. El banco mágico estaba justo en la esquina sobresaliente, así que él y Harry no tardaron en llegar frente a uno de los pequeños y amenazantes duendes de Gringotts. Severus saludó con la cortesía habitual y anunció con una llave que Harry Potter venía a visitar una de sus bóvedas. Por alguna razón esperaba del mocoso una actitud más infantil e inocente, de asombro ante el lugar o las criaturas, para tener algo de qué reírse a solas; pero se sorprendió cuando le hicieron una pequeña reverencia al escuincle y Harry también entregó una llave, una de la que no estaba informado.
—¿De dónde sacó esa llave, Harry? —susurró Severus, en lo que esperaban al duende que los acompañaría a las profundidades de la tierra.
—Es mía, si esa es tu pregunta. Ellos me la dieron. Y me parece que también debería tener la otra. ¿Es mía, no? —el mocoso quiso saber con esa voz infantil, pero con un toque de desconfianza.
—Me intriga saber a qué familia pertenece la bóveda que ha solicitado.
—A la mía.
—Obviamente —completó Severus, fastidiado, pero el escuincle se encogió de hombros y, si la gorra no le impidiera ver su rostro, el profesor apostaría que le acababa de voltear los ojos.
—¿Vas a regresarme mi llave, sí o no? No quiero molestar a los duendes preguntando quién más tiene acceso a mis bóvedas.
—La llave que entregué, pertenece a sus padres. Está destinada a cubrir los gastos de su educación. No ha sido usada, si es lo que le preocupa. Se la hubiera dejado a sus tutores la semana pasada, pero ambos sabemos por qué no lo hice.
—Eso no importa, debiste dármela.
Severus detectó un poco de molestia sumada al recelo en el escuincle, y no podía culparlo, como tampoco le pasó de largo que ya conociera la importancia del dinero. No, en definitiva, Harry Potter tenía cara de la inocencia encarnada, pero no era un tonto. Hasta podría apostar que pediría un informe de las bóvedas, sus llaves y sus movimientos.
Severus no cambió su expresión cuando llegaron a la primera bóveda y Harry hizo que el duende ratificara que esa era la primera vez que esa llave se usaba. Ya nada le sorprendía. El mocoso tomó un puñado de galeones y fueron a la siguiente bóveda que Harry solía usar. Estaba mejor acomodada, con montones separados según un gasto mensual y uno reservado para ahorro. El niño dejó en ese último unos cuantos galeones, sickles y knuts, que Severus pensó que le habían sobrado del gasto anterior, y regresaron a la planta principal del banco.
Por petición de Harry y del duende, el profesor se adelantó a las enormes puertas de salida, custodiadas por un par de duendes, sin perder de vista al escuincle.
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—Para mi próxima visita me gustaría un informe completo de bóvedas, llaves y movimientos de los últimos once años, por favor, Ironclow —pidió Harry al duende que se encargaba de sus finanzas.
—Por supuesto, señor Potter. Por un costo extra, le podemos hacer llegar la información por lechuza.
—No, vendré en persona. Por si tengo que dar indicaciones.
—Le aseguro que todo está en orden, señor Potter.
—No lo dudo. Pero las personas no son tan confiables como los duendes. Draíocht já —se despidió Harry en duendigonza.
—Draíocht, fjargja —gruñó Ironclow.
—Gubbarnir bainistíonn na —terminaron en estruendo al mismo tiempo, ambos hicieron una leve inclinación y ambas llaves le fueron entregadas a Harry.
Sólo entonces, Harry fue a reunirse de nuevo con Severus.
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—Sobre la carta de respuesta firmada —susurró el mocoso, preocupado, como si no hubiera salido como todo un Lord del banco mágico. El enorme edificio de mármol blanco no se perdía de vista a pesar de la distancia.
—Ya ha sido registrado. Está aceptado, Harry. Lo siguiente es conseguir los artículos de su lista de útiles escolares, pero creo que los libros para hijos de muggles no serán necesarios. —Severus no se percató de esa falta en los documentos del mocoso hasta que Minerva lo mencionó ese día, durante el desayuno. Pidió una copia y la tiró casi enseguida después de leerla. Por supuesto que le extrañó la irregularidad, pero no tendría importancia; algo que no podría asegurar si Harry hubiera crecido como Dumbledore había dispuesto y Hagrid lo hubiera acompañado.
—¿Había una lista extra? No la vi. —Harry buscó su carta, pasó los pergaminos caminando y buscando lo que había mencionado Severus y, al no encontrarlo, casi tropezó con una piedra del camino y le dirigió su mirada, con esos grandes ojos verdes, empañados por la preocupación.
—No se preocupe, Harry —sonrió de lado al verle actuar de nuevo como un niño—. Sé todo lo que necesitará de memoria. Podrá revisar los ejemplares y decidir si llevarlos o no. Y será mejor que nos demos prisa antes de que esto se empiece a llenar —gruñó, al ver que cada vez llegaban más magos y brujas.
—Tienes razón.
Ambos magos apresuraron el paso a la librería Flourish y Blotts, que no tenía nada que pedirle a la Livraria Lello, a excepción del orden y la limpieza; pues la cantidad de libros que reunía era abrumadora. Aún así, Harry sólo compró la larga lista de libros para Defensa Contra las Artes Oscuras —que Harry vio con horror que eran de Gilderoy Lockhart y Severus no pudo culparlo—; la edición actualizada de Mil Hierbas Mágicas y Hongos, de Phyllida Spore, que tenía un nuevo prólogo escrito por el mismo Príncipe de las Pociones; recogió un pedido de Introducción a las Artes de la Adivinación e Historia a través de las Profecías; y no llevó ningún libro dirigido a magos primerizos en el mundo mágico. A todos los ejemplares los vio con cara de haber encontrado un alebrije.
Antes de salir, el estresado mago encargado de la librería mágica les informó que ese día y toda la semana, después de la hora del té, tendría lugar la firma de libros de Gilderoy Lockhart, el autor de la mayoría de libros que acababan de comprar. Severus se apresuró a encoger y guardar los libros, tomó a Harry casi del cuello de su playera y lo arrastró lejos de la librería. Lo último que quería hacer era toparse con una manada de brujas descerebradas —que por fin tendrían una excusa para que les firmaran su Guía de las Plagas en el Hogar— y un mago engreído que vivía de la fama; porque el contenido real y útil de todos sus libros juntos podría recopilarse en una edición de menos de cien páginas.
La tienda de calderos, El Cazo Saltarín, era más el estilo de Severus: sencilla, rústica, pero sobre todo vacía y silenciosa. Algo que el mocoso interrumpió cuando se atrevió a poner la cara que el profesor esperó en el banco. Tal parecía que era la primera vez que le dejaban pasar y comprar una de esas herramientas mágicas. Severus saludó al dependiente con la mirada y frunció el ceño al ver que el escuincle se atrevió a llevar un caldero profesional, en vez del de prácticas. Pero no iba a decir nada, era su dinero. Y ya tendría tiempo suficiente para ponerlo en su lugar si llegaba a explotarlo.
La tienda de plumas mágicas, tinta y pergaminos fue pasada de largo, así como la de frascos y viales, y Severus se relajó porque esas eran de las primeras en abarrotarse.
Más tranquilos y con las compras en una de las nuevas bolsas expansibles de Harry, pasaron a la ebanistería para elegir su baúl escolar. Un artículo tradicional pero totalmente inútil, en opinión de Severus. Quien no pudo evitar alzar una ceja al ver que el niño elegía uno sobrio y nada costoso.
—Sólo será para unos años —le dijo Harry al vendedor, cuando este intentó convencerlo de llevarse uno de los más ostentosos, negándose así a aceptar la recomendación.
Aunque a Severus le dio gracia que, después de mostrar un buen juicio con los precios, Harry gastara unos knuts de más en un telescopio con unos cuantos repujados en forma de dragones y en una balanza con motivos japoneses. Severus sabía que los mejores pocionistas eran orientales, pero lo más seguro es que al niño le hubiera gustado la estilizada caligrafía nipona. No era para emocionarse. Tampoco le pasó desapercibido que Harry ni siquiera volteara a la tienda de escobas, ya que no debía conocer tal deporte; pero, en cambio, se detuvo un largo tiempo enfrente de la casi derruida fachada de la botica del Sr. Mulpepper.
—¿Le desagrada el olor, Harry? —Severus estaba consciente que, para la gran mayoría, la mezcla de esencias resultaba desagradable y que era un lugar que a los niños solía darles asco y/o miedo; lo que aprovechaba a favor para ambientar su salón de clases. Con fines pedagógicos, por supuesto.
—Algo. Pero por lo menos esta vez no terminarán corriéndome de la tienda —admitió, viendo a Severus con una mirada esperanzada.
—No es una dulcería, ni una tienda de escobas. Tampoco lo ayudaré a comprar más de lo que viene en su lista —amonestó, desviando la mirada hacia la tienda cuando Harry se mordió los labios. No iba a ayudar a un niño que vivía solo a ponerse en peligro —para eso estaban las clases—. Pero, aunque el niño salió con un poco más de lo estrictamente necesario, casi lo vio salir de la tienda dando saltitos. El dueño, al verlo con Severus, no le dio el kit para estudiantes a Harry, sino de las muestras más frescas y bien pesadas. Al profesor se le retorció el estómago hasta que salieron de la botica—. La clase de pociones no es de las más populares en Hogwarts —soltó con acidez, esperando bajar las expectativas del suertudo escuincle imprudente.
—¿Por qué? —preguntó Harry, con genuina incredulidad—. Es casi o más interesante que los hechizos, no hay historia que no involucre al menos una poción y la variedad y alcances son aún más sorprendentes. Hasta el peor mago puede llegar lejos con una poción de sanación bien preparada.
Severus tuvo que contener una sonrisa y una punzada de dolor. Había escogido esa rama de la magia por esa misma fascinación que también había mostrado Lily.
—Es un arte caprichoso. Peligroso. Y nada glamouroso —aunque de los más redituables.
—Pero no deja de ser sorprendente —contradijo Harry, un poco-demasiado emocionado. Y Severus se abstuvo de hacer otro comentario, no porque estuviera abrumado, sinó porque habían llegado a Madame Malkin, donde comprarían las túnicas escolares y todos los demás aditamentos de su uniforme. Soltó un gruñido.
Severus lo dejó que entrara solo, porque el mocoso se tardaría y él no tenía paciencia para comprar ni sus propias túnicas —todo lo mandaba a hacer exactamente igual desde hacía años—; así que le dijo que lo vería en la entrada en una hora. Harry asintió y Severus esperó a que el niño entrara para dirigirse a la Tienda de Animales Mágicos.
Al pasar frente al Caldero Chorreante, la casa abierta por la que habían llegado, le extrañó ver a Quirrell y a Hagrid bebiendo juntos. No sabía que el maestro de Estudios Muggles y el guardabosques de Hogwarts se llevaran tan bien, como para compartir más de una copa de cortesía. Por suerte ya estaban los dos tan borrachos que ninguno alcanzó a reconocerlo.
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Por una de las ventanas del interior de la tienda de túnicas, Harry vio caminar al profesor hacia una tienda de animales mágicos. Algo que le sorprendió, porque Severus no le pareció el tipo de hombre que tuviera mascotas. Ahora que lo pensaba, era una lástima que no pudiera llevarse a Canuto a Hogwarts por su tamaño, pero tampoco quería tener otro animal sólo para poder llevarlo con él a la escuela como reemplazo.
Siguió esperando a que la madame terminara de medir al niño rubio que estaba atendiendo y enseguida lo pasó a una de las tarimas para que una cinta mágica tomara sus medidas.
—Hogwarts, ¿verdad, guapo? —Harry asintió, un poco cansado—. Ese otro muchacho también —comentó la madame, señalando al niño rubio que empezaba a colocarse una túnica y una señorita a ajustar las medidas de la tela.
Al fijarse un poco mejor por el espejo, Harry puso atención a la piel aún más pálida que la de Severus, pero una tonalidad más cremosa y lisa. La cara afilada hacía parecer al niño a su lado aún más delgado, pero, de no ser por los zapatos de caballero y el peinado engomado, hubiera jurado que era una niña.
—Hola, ¿también Hogwarts? —lo saludó el rubio, viéndolo por el reflejo.
—Sí —se apresuró a responder Harry. Esos ojos rasgados y claros lo habían descubierto mirándole.
—Mi padre está en la librería, comprando mis libros. Y mi madre ha ido calle arriba para darle un vistazo a las varitas —comentó, relajado al punto del aburrimiento, arrastrando las palabras como si tuviera una papa en la boca al momento de decir todo aquello—. Voy a arrastrarlos a la tienda de escobas. Oí que acaba de salir un nuevo modelo a la venta. No sé porqué a los de primero nos prohíben llevar una propia. Aún si no convenzo a mi padre de comprarme una nueva, llevaré la que tengo y la meteré de contrabando a la escuela, de alguna manera —confesó soltando una pequeña risilla maliciosa, que a Harry le recordó a su primo—. ¿Tú tienes escoba?
—No. —Le respondió Harry, cortante, colándose la túnica de prueba para que empezaran a ajustar sus medidas.
—¿Juegas al menos al quidditch?
—No —repitió, evitando responder que no lo encontraba interesante.
—Yo sí. Mi padre dice que sería un crimen que no me aceptaran en el equipo de mi casa. Y la verdad es que estoy de acuerdo —siguió, pero a Harry no le pareció que estuviera tan convencido—. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?
—Lo sabremos hasta que estemos ahí, ¿no? —Comentó uno de los datos que recordaba de su conversación con Severus.
—Eso dicen. Pero yo sé que seré un Slytherin, toda mi familia ha estado en Slytherin. Mi padre me mataría si terminara en otra casa, sobre todo en Hufflepuff —soltó una risita nerviosa que intentó ser despectiva—. De mínimo me cambiarían de escuela.
A eso Harry no supo qué comentar, el sistema de casas no le atraía y lo creía innecesario, además de que a Harry no le agradaba que fuera un motivo de peleas familiares. Pero no se sentía con la confianza de decirle todo eso.
—¡Oye, mira! —exclamó súbitamente el rubio, señalando a la vidriera que daba al frente de la tienda.
Severus estaba ahí, de espaldas, esperando a que Harry terminara de hacer sus compras.
—Es Severus.
—¡Mi padrino!
Dijeron al mismo tiempo y Harry notó que una mirada recelosa le llegaba desde el reflejo del otro niño.
—¿Por qué conoces a Severus Snape? —preguntó el rubio, entre curioso y molesto.
—Me está acompañando a hacer las compras para la escuela. Él fue el asignado para darme la explicación.
—Los profesores no van a casa de nadie a explicar nada. No a menos que sean hijo de los otros, y mi padrino jamás se ha rebajado a hacer ninguna de esas visitas. ¿Quienes son tus padres?
—Murieron. —Harry acotó, porque no le gustó ni el tono ni las palabras que usó el otro niño.
—Ah, lo siento —dudó un momento, sin mucha pena—. ¿Pero sí eran magos, no?
—Un mago y una bruja. —Harry vio que el niño se relajaba un poco.
—Bueno, al menos. No creo que deberían dejar entrar a los otros. No están educados para conocer nuestras costumbres, no son como nosotros.
—"Electricidad y magia no se mezclan" —Harry repitió las palabras de Tom, casi de forma inconsciente.
—Exactamente. Lo peor es que la mayoría nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta —siseó—. Imagínate. Como dice mi padre: todo debería quedar en las familias de antiguos magos. Y, a propósito, ¿cuál es tu apellido?
Harry estaba molesto, pero sabía que Tom no era malo aunque tuviera ideas parecidas; así que ese niño tampoco debería ser tan malo como parecía. Y, como S.O.B decía: las ideas de una familia no suelen ser las propias, pero algunos tardan más que otros en darse cuenta.
—Soy Harry James Potter —se presentó, extendiendo su mano derecha. El niño abrió mucho más sus grandes ojos claros y dejó de verlo por el reflejo para verlo de frente. Le correspondió el saludo, como Harry sabía que debía haberlo hecho desde antes de abrir tan libremente la boca.
—Draco Lucius Malfoy —se presentó también y Harry notó que el color claro de sus ojos era plateado con finas líneas azules, y que esa piel clara podía teñirse con una leve tinta rosada.
—Un gusto, pero no creo que muggles y magos seamos tan diferentes —terminó, y la madame llegó con los paquetes de ambos con sus túnicas escolares y demás complementos.
Harry saltó de la tarima, pagó por su uniforme y salió de la tienda para reunirse con Severus. No le sorprendió que a los pocos segundos fuera alcanzado por un Draco que parecía haber visto un fantasma.
—¡Padrino! —gritó el rubio, viendo a Severus y señalando a Harry con el dedo. A quien le sorprendió que una sola mirada del mago adulto bastara para hacer que el rubio intentara recobrar la compostura.
—Draco, tus padres no deben tardar, pero no podemos esperarlos —se inclinó un poco hacia el niño y empezó a caminar. Harry se apresuró a seguirlo.
—¿Es su ahijado?
—Eso no es de su incumbencia, ¿o sí? —soltó cortante, pero extendiéndole una pequeña pecera. Harry asumió que para distraerlo.
—¿Qué es esto? —quiso saber, inspeccionando el terrario que parecía vacío.
—No lo mueva demasiado —instruyó Severus.
—Si es para la escuela, debo decir que no me gustan los sapos —comentó, ya que ahí no podía vivir un roedor y mucho menos un gato, ni una lechuza. Severus le dedicó una mirada agria y Harry puso más atención en la pecera en lo que caminaba—. ¿Cuánto te debo? —estaba dispuesto a pagar, aunque todavía no sabía qué clase de criatura era.
—Considérelo como mi disculpa por la falta de la semana pasada, Harry.
Él asintió, quitando de su cabeza que pudiera ser su primer regalo por su próximo cumpleaños.
—Gracias, pero ya había aceptado tu disculpa —sonrió y supo que el mago adulto no aceptaría al animal de vuelta—. ¿Qué es?, para saber con qué debo alimentarlo.
—Es una serpiente, una pitón arborícola para ser más preciso. No es venenosa, así que podrá llevarla consigo sin ningún problema mientras sea una cría —explicó, justo antes de detenerse frente a Ollivander's, la tienda de varitas—. Esta será nuestra última parada —terminó, antes de abrir la puerta para dejarlo pasar.
Una vez fuera de la tienda, una eternidad después y muy lejos del viejo chiflado que había hecho enojar a Tom, con una varita, un estuche y una funda ajustable de piel de dragón bien guardados en su bolsa expansible, tuvieron que sortear al montón de brujas que se habían aglomerado en la librería y a las que seguían llegando.
Severus le enseñó a Harry la Lechucería de Correo Mágico y los diferentes comercios que contaban con chimeneas abiertas a la Red Flu; señaló los puntos de aparición dentro del callejón, las tiendas que contaban con ellos y los escondidos símbolos rúnicos que le servirían para encontrarlos en casi cualquier parte del mundo. Le explicó por qué era tan peligroso para un menor aparecerse cerca de los terrenos del colegio y volvió a repetir la importancia de subir al tren y que era toda una experiencia que ningún estudiante debería perderse, "porque ahí conocería y empezaría a hacer nuevos amigos".
Harry no le creyó nada del empalagoso discurso, pero le dio crédito por el intento; aunque le hizo creer que lo estaba considerando. Al salir del Caldero Chorreante, Harry respiró de nuevo con alegría el húmedo y frío aire del Londres muggle y estuvo tentado a alzar su nueva varita para pedir por el camión mágico, o por Kreacher.
—El punto de aparición está en aquella esquina —señaló Severus, empezando a caminar a la enorme fila de magos que también huían del callejón Diagon, con toda la intención de llevarlo de regreso hasta la puerta de su casa.
—Gracias, pero no es necesario. Puedo llamar a Kreacher y pedirle que me lleve. Ya has hecho bastante.
—Le dije que lo acompañaría y eso incluye el viaje de vuelta —negó Severus, cansado, sin mirarlo y extendiendo el brazo para que Harry lo tomara.
…
Después de una parada extra en King's Cross, para señalar la entrada del andén y explicar cómo pasaría cuándo el paso mágico se abriera, aparecieron fuera del condado de Little Whining y al final caminaron en silencio hasta Privet Drive. Se detuvieron frente al enrejado de la casa de los Dursley pasada la hora de comer y, por el movimiento y el ruido del interior, se dieron cuenta de que toda la familia estaba en casa.
—Qué te parece que te invite a comer aquí cerca, en agradecimiento por Amber —propuso Harry, alzando el terrario que no había guardado en su bolsa expansible.
—Por más… educativo que sea pasar tiempo con un próximo estudiante, me temo que tengo más negocios pendientes que atender este día, Harry.
—Sí, pero no van a terminar pronto y ambos sabemos que no puedes irte hasta que entre a mi alacena.
Severus frunció la mirada y soltó un pesado suspiro.
—Tendrá que disculparme, no puedo posponer mis deberes —sentenció viéndolo a la cara y haciendo una pequeña reverencia.
Harry suspiró también, derrotado, y se encogió de hombros.
—Está bien, no tienes que ser tan formal. Fue suficiente con acompañarme y quitarme todas las miradas de encima. Es bueno poder ir y no tener que salir corriendo de vez en cuando.
Severus se enderezó y lo miró un poco confundido. Harry sonrió al ver ese pequeño dejo de emoción en su rostro. Volvió a dejar salir otro suspiro.
—Espero verlo en Hogwarts, profesor. —Harry se despidió, extendiendo su mano con cortesía.
—Señor Potter. —Severus devolvió el gesto—. Recuerde que el tren sale en King's Cross, el primero de septiembre, a las once de la mañana. No querrá llegar tarde.
—Estaré a tiempo, no se preocupe. —Harry sonrió con tristeza y vio como el mago adulto se alejaba a paso lento y sin que nadie más lo viera.
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De regreso en el banco de Gringotts, Severus pidió ir a la bóveda de alta seguridad 713. Dentro, sólo se encontraba una única pieza, del tamaño de un puño adulto envuelto en tela. El paquete iría de inmediato a Hogwarts para su protección particular.
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Después de marcar todas sus cosas con su nombre, como indicaba la carta de Hogwarts, el primero de septiembre Harry redujo el baúl y lo puso en su bolsa expansible. Se colocó la cangurera cruzada al pecho con lo más importante, le dijo a Amber que se guardara en uno de sus bolsillos del suéter y salió con Kreacher para el punto de aparición a las afueras de Little Whining, en cuanto todos los Dursley dejaron la casa.
Le había sorprendido que podía hablar con la pequeña serpiente, pero Tom le dijo que esa era una habilidad que debería mantener oculta, hasta para S.O.B. A Harry le hubiera gustado poder hablar de la misma manera con Canuto pero, por más que intentó, no lo consiguió. Lo más que había logrado era que el enorme perro negro lo atacara a besos perrunos y ponerse triste por tener que dejarlo, por más que Kreacher se ocupara de él cuando no estuviera.
Arrastrando su melancolía, con Canuto al lado y todo lo que necesitaba encima, en punto de las 10 de la mañana llegó al lugar de aparición y le ordenó a Kreacher que lo llevara a Hogwarts. Por nada del mundo tomaría un tren que le pondría un detector de magia para menores de edad. En eso también habían coincidido Tom y S.O.B.
…
Una vez en la estación de Hogsmeade, un pequeño pueblo a las afueras de los terrenos de Hogwarts, Kreacher le señaló donde dejar su baúl para que los elfos del colegio se hicieran cargo. Harry le dio las gracias al elfo doméstico antes de despedirlo, se colocó un hechizo desilusionador y utilizó la soledad del lugar para cambiarse, dejar sus cosas y esperar casi todo el día a que el dichoso expreso apareciera. Algo que no sucedió hasta que el sol se perdió en el horizonte. La próxima vez llegaría casi a la hora, o pasaría el día explorando el lugar. Diez horas de espera en cualquier lado debería ser considerada una tortura.
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ﭞ ψ ﭢ
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Apostilla: Bien, creo que ya se va viendo por donde van mis tiros. Espero que no haya sido muy pesado aunque sea más corto que el anterior. Sin beta me es muy difícil ver qué puedo mejorar o si se entiende; pero haré mi mejor esfuerzo.
Kissus!
