Capítulo 5: "Desastre"

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Impa jamás pensó que viviría tanto luego de que comenzara la guerra que su monarca había declarado al reino vecino. Tenía una rata frente a ella robándose su comida con gusanos, no le importó en lo más mínimo; se quedó ahí sentada sobre el frío suelo de piedra inmóvil, perdida en sus pensamientos, ahora sólo le importaba su princesa. Agradeció en voz alta a las diosas, mientras sus compañeros estaban profundamente dormidos, de que al menos Zelda estuviera viva. Ahora hundió la cabeza entre sus brazos, le había fallado, la había dejado sola a última hora y ahora era prisionera de sus enemigos.

Escuchó el ruido metálico de la puerta de entrada a la mazmorra abrirse con pesadez por el óxido que lo caracterizaba, Impa no le prestó atención hasta que notó las botas de cuero frente a ella. Elevó la mirada para observar a aquel bastardo, uno de los líderes de Dekufield, el traidor. Se puso de pie mirándole con el desprecio que sentía hacia él.

-¿Debo agradecer por no dejar que la princesa Zelda vea tu salvajismo? –apretó sus puños intentando no acercarse más a los barrotes de hierro.

-¿Salvajismo? Mataste a 7 de mis hombres las últimas 24 horas de formas poco ortodoxas. –Link correspondió a su mirada de igual forma, la sheikah era una mujer demasiado peligrosa a quien no debía subestimar.

Impa se encogió de hombros, después de todo, sólo se opuso a su captura aprovechando la rabia del momento para asesinar de forma sanguinaria a varios soldados.

-¿A qué viniste? Te advierto que la tortura no va a funcionar si buscas algo más que mi muerte –advirtió ya con desinterés sobre su futuro mirando su plato ya vacío, la rata sólo le había dejado los gusanos-. Es mejor que continúes con la sentencia de muerte.

-De hecho, he cambiado de opinión.

Impa levantó nuevamente la mirada confundida ante las palabras del guerrero. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando divisó la figura encapuchada que se asomaba por la espalda de Link.

-¡Princesa! –exclamó reconociéndola al instante.

Zelda acortó rápidamente la distancia entre ellas, la princesa volvió a llorar al tomar sus manos en medio de una sonrisa.

-Gracias a Hylia estás bien... -susurró la monarca cerrando sus ojos.

Dio un rápido análisis visual a su monarca buscando algún golpe, herida o indicio de tortura, Zelda estaba intacta, lo único que le llamó la atención fueron las vendas en sus muñecas, no estaba segura de qué podría significar aquello; Impa volvió a elevar la mirada por sobre la cabeza de Zelda, mirando a Link con ferocidad.

-¿Qué significa esto? –preguntó con recelo, Link se mantuvo en silencio.

-E-Es... una despedida –contestó Zelda con una suave voz que sonó más a un sollozo.

El rostro de Impa únicamente denotaba la enorme confusión.

-Hay un barco en la costa esperándote. Te llevará a ti y el resto de sheikahs lo más lejos posible, fuera del continente. No volverás a ver a Zelda en tu vida.

Cada una de las palabras de Link hacía que el corazón de Impa se hiciera más pequeño.

-¡¿Pero qué mierda?! ¡¿Piensas que puedes hacer lo que quieras conmigo?! ¡No voy a dejarla sola contigo, maldito infeliz! –gritó Impa, Link juraría que el carmesí de sus ojos jamás había sido tan intenso, él no se inmutó; en cambio fue Zelda la que atrajo su atención colocando ambas manos sobre las de Impa, las cuales se aferraban con fuerza a los barrotes.

-No te preocupes por mí, estaré bien –le susurró acariciando los dedos largos de la sheikah-. Me criaste para ser capaz de cuidarme sola. No te defraudaré.

La mirada cristalina de Zelda hizo que la expresión en el rostro de Impa se suavizara. Su mano atravesó los barrotes para acariciar la mejilla de la menor, limpió sus lágrimas y acomodó uno de los mechones de su cabello detrás de su oreja apreciando únicamente el rostro de su hija de crianza, había algo en su mirada que le hacían creer en sus palabras; ya no había miedo en ella, sólo confusión e incertidumbre. Decidió abalanzarse a ese atisbo de esperanza que le proporcionó esa mirada azulada.

-Lo sé, estoy orgullosa de ti y sé que tus padres también lo estarían –mencionó la albina con voz tranquila.

-Te quiero –dijo Zelda con la voz ahogada en medio de sollozos. Impa atrajo con suavidad su cabeza, depositando un pequeño beso sobre su frente.

-Yo también te quiero, mi niña –le susurró.

Volvió a dejarse llevar por el llanto, ese dolor punzante en su pecho era tan penetrante como el día en que su padre había muerto, quizá aún más doloroso.

-Ya es hora –dijo Link a su espalda.

Zelda dejó salir un enorme suspiro intentando calmarse para no derrumbarse ahí mismo, otra vez. Miró a Impa directamente a los ojos y se forzó a sonreírle en un intento desesperado por hacer creer a la sheikah que todo estaría bien.

-Cuídate mucho, espero que Hylia guíe tu camino.

La monarca se alejó de los barrotes, y con ello, de Impa, quien la dejó retroceder en sus pasos, únicamente mirándola con tristeza; no iba a prolongar más aquello. Cuando Zelda se perdió de su vista y Link retrocedió para seguir sus pasos, las palabras de Impa le hicieron detenerse por unos segundos.

-Voy a matarte... -amenazó con voz calmada; sin embargo, Link no se volteó a mirarla y simplemente se retiró de la mazmorra.

...

El camino de regreso a sus aposentos fue en completo silencio; a mitad de las escaleras hacia las habitaciones reales, el General del ejército humano les interceptó pidiendo hablar con Link. Zelda no tuvo otra opción más que bajar el rostro, siendo escoltada hasta su habitación nuevamente, sin derecho a protestar más.

Link por su parte caminó hasta una de las habitaciones que utilizaba provisionalmente como oficina.

-Mi señor, me temo que la idea de los exilios nos pase factura –comentó el hombre que caminaba detrás del rubio, cerrando la puerta tras de sí-. He escuchado comentarios de algunos soldados que custodian la ciudadela.

-¿Ah sí? ¿Qué es lo que dicen? –preguntó Link cruzándose de brazos.

-Ahora que la princesa se ha mostrado, les ha dado esperanza a su pueblo al verla completamente intacta. Lo que trato de decir, es que es probable que con la anulación de las ejecuciones se les haya brindado una muestra de debilidad de la cual puedan aprovecharse.

El general se quedó en silencio por un momento, esperando una respuesta de Link, el cual, se quedó en silencio aún dándole la espalda por lo cual decidió continuar

-Mis hombres sospechan que se estén formando grupos de guerreros para revel...

-General, necesito que se mantengan atentos ante cualquier movimiento extraño entre el pueblo. Si descubren algo, necesito que me lo informen de inmediato -interrumpió Link.

El hombre a su espalda frunció el ceño, su señor no le estaba escuchando realmente. Bajó su rostro con impotencia apretando su puño, inclinó su cabeza dándole una ligera reverencia.

-Como usted ordene, mi señor –acabó por decir el mayor, retirándose de la habitación. Después de todo, tenía que preparar el viaje de los 5 sheikahs, los cuales, debían estar lo suficientemente custodiados al ser enemigos de extremo peligro.

...

17 horas, ese fue el tiempo que le tomó a Darunia en llegar a Hyrule una vez que le llegaron las noticias de que los sheikahs restantes habían sido liberados básicamente; tiempo récord, pero para el goron fue eterno. Así que ahí estaba Link, sentado sobre una silla con la mano sobre su mentón y un insoportable dolor de cabeza mientras escuchaba los gritos del goron con los primeros rayos del sol asomándose por el horizonte.

-¡Pensé que eras más listo! ¡Maldita sea! –sermoneaba Darunia - ¡¿Cómo se te ocurrió hacer una estupidez de ese tamaño?!

Lo que más le frustraba al goron era no haber podido llegar a tiempo como para detener el navío y asesinar él mismo a esos sheikah, si hubiera sido posible.

-Tómalo como una muestra de misericordia.

-¡¿Y vienes a mostrar misericordia con sheikahs?! ¡¿Qué carajos te pasa?!

Darunia se alejó del joven destrozando la cómoda en una de las esquinas de la habitación; el hyliano simplemente le dejó desahogarse. Por fin hubo unos segundos de silencio, los cuales Link agradeció mentalmente mientras el goron negaba con la cabeza sin saber muy bien qué hacer, además de darle vueltas al asunto buscando explicaciones de lo que pasaba por la cabeza del hyliano a su espalda.

-¿Te has enamorado de ella? –preguntó volteando a mirarle nuevamente.

Link únicamente frunció el ceño.

-No tiene nada que ver con eso; como te lo mencioné anteriormente, fue misericordia hacia ellos y sí, puede que hacia ella también.

-¡Con un demonio Link! ¡Ella es el enemigo! –exclamó.

-¡La guerra ha acabado, Darunia! ¡Me la diste esperando que la humillara como una concubina o algo mucho más denigrante! –respondió Link frunciendo el ceño y poniéndose de pie.

Darunia se quedó en silencio ante sus palabras, desvió la mirada después de unos segundos.

-No soy esa clase de tipo y siempre lo has sabido. Sólo intento comenzar con la paz que juntos hemos logrado –Link acabó por bajar la mirada.

Ambos hombres se quedaron en silencio; el rubio volvió a la silla, esta vez dejando caer sus codos sobre sus muslo. Merecía ese sermón, sabía que lo obtendría y probablemente una paliza adicional desde que había firmado aquellos documentos. Pero en ningún momento dio un paso atrás, no después de presenciar la despedida de ambas féminas en aquel calabozo oscuro. Zelda no había salido de la cama desde ese momento, él prefería evitarla por ahora.

Tocaron la puerta y en seguida, el General entró agitado a la estancia.

-¿Qué ocurre? –le preguntó Darunia, era extraño visualizar esa expresión en aquel hombre enorme de temple firme.

-Asómense por la ventana –pidió.

Ambos obedecieron hasta llegar al cristal, aún había algo de penumbra afuera; sin embargo, había claridad suficiente como para vislumbrar aquella hórrida imagen. Darunia abrió la boca incrédulo y Link se quedó sin aliento; desde la ventana se podía ver fácilmente la plaza de la ciudadela, donde habían utilizado dos de los edificios más altos que la rodeaban para colgar a dos hombres completamente desnudos y cubiertos de sangre, ambos con enormes letreros colgando de sus cuellos, en uno de ellos se hallaba escrito "Darunia" y en el otro "Rutela"; justo detrás de la fuente habían empalado a un tercero, el cual estaba ardía en llamas, se podía leer el nombre "Link" en el letrero que colgaba también de su cuello, consumiéndose junto con el cuerpo.

-Han asesinado a la mayor parte de soldados que estaban patrullando por la noche –añadió el General.

Link podía sentir su cuerpo entero sumamente caliente, envuelto en rabia. No sólo el acto en sí representaba una amenaza, se atrevieron a asesinar y humillar a sus hombres de tal forma. Su puño se había cerrado con fuerza, se volteó para dirigirse a la puerta.

-¿A dónde va, mi señor? –preguntó el General al notar el estado del rubio.

Link se mantuvo en silencio y simplemente abrió la puerta.

-¿Qué más esperabas que pasara? –Darunia interrumpió su salida llamando su atención.

-¡Mierda, Darunia! ¡¿Qué más quieres que haga?! –exclamó el hyliano.

Darunia pasó junto a él saliendo por la puerta sin siquiera voltear a verle. El General se acercó a él mirándole compasivo, él también le advirtió a su señor que algo así pasaría, pero no pensó que pasaría tan pronto ni con tal crueldad.

-No podemos actuar impulsivamente, señor. Usted mismo corre peligro si sale del castillo –mencionó el soldado.

Link chasqueó los dientes volviendo a la ventana, su seguridad era la última de sus prioridades. Podía ver a sus hombres descolgando con cuidado a sus compañeros desafortunados; esa imagen grotesca no le dejaba pensar con claridad, sólo quería correr allá y averiguar quiénes eran los responsables de tal atrocidad y probablemente hacerles exactamente lo mismo luego de una merecida tortura.

Escuchó un pequeño golpe y un gemido a su espalda. Al voltearse visualizó a Zelda sobre el suelo; la princesa se incorporaba lentamente con sus manos, las misma que habían amortiguado el golpe evitando estrellarse de cara con el suelo. Elevó la mirada para observar a Darunia en el marco de la puerta, Link únicamente sentía el enojo exacerbarse.

-¿Qué crees que estás haciendo? –preguntó el hyliano dejando que el contrario se explicara.

-Has que tu mujer les ponga las cartas sobre la mesa –respondió el goron, y Link lo notó, Darunia estaba tan furioso como él -.¡Que entreguen a los malditos culpables antes de que arrasemos con la cuidadela entera!

Link se acercó a Zelda para ayudarle a incorporarse, ella se mantuvo en silencio con el rostro bajo; sin embargo, no pudo evitar aferrarse al contrario, estaba completamente helada y un leve temblor invadía su cuerpo, ninguna de las dos cosas pasaron desapercibidas para Link.

-No vuelvas a tocarla, te lo advierto –la voz de Link sonó sumamente grave, hablaba en serio.

Darunia frunció aún más el ceño, las ganas de golpear el rostro bonito de Link únicamente crecían, y sin más, se acercó a él destilando hostilidad por cada uno de sus poros. El hyliano, por su parte, optó por colocar a Zelda tras de sí, listo para defenderse de la enorme bestia; Darunia no era el enemigo más grande ni el más feroz al que se haya enfrentado.

-Señores, me parece que una pelea entre ustedes es lo más contraproducente que podemos hacer justo ahora -se atrevió a interferir el General; sin embargo, logró su objetivo, aunque ambos hombres mantenían una mirada fija sobre el otro, al menos se habían detenido.

Los segundos pasaron antes de que Darunia cerrara los ojos y diera un largo suspiro sacudiendo su cabeza en negación, sabía que necesitaba calmarse. Link por su parte, se giró para asegurarse que Zelda estuviera bien, pero la encontró con la mirada fija en la ventana.

-L-Lo siento mucho... -susurró al sentir la mano de Link sobre su hombro, incrédula por la imagen que tenía frente a ella.

Las lágrimas salieron de sus párpados y no tardó en intentar cubrirlas con sus manos. Tenía demasiados sentimientos encontrados: Vergüenza, tristeza, vulnerabilidad, frustración, confusión; estaba segura que todo esto ocurría por sus actos, pero no se arrepentía por ellos, simplemente las cosas no estaban saliendo como ella lo esperaba, se le estaban saliendo de control. Las lágrimas continuaron saliendo mientras el guerrero a su espalda retiraba la mano de su hombro, esta vez, mirándola con cierto desdén.