Cuando desperté a la mañana siguiente y la vi durmiendo en el suelo, con la falda ligeramente levantada, el pelo en la cara y las gafas torcidas, me di cuenta de lo débil que había sido la noche anterior. Debía salir de allí.
Me levanté tratando de no hacer ruido, me cambié los pantalones y me quité la parte de arriba del pijama para ponerme mi camisa marrón.
—¿Bruno…? Oye, ¿por qué estoy en el…? Oh.
¿Oh? ¿Qué pasaba? ¿Por qué se había puesto tan colorada de repente? ¿Por qué me miraba así?
—¿Ya… ibas a… salir?
Oh, no. ¡La camisa!
Al darme cuenta de que era mi parcial desnudez lo que la estaba haciendo reaccionar así, entré en pánico, miré en todas direcciones en busca de una solución sin ser capaz de llegar a la más rápida y lógica hasta que, al final, corrí hasta ella y le quité las gafas.
—Bruno, te sigo viendo —contestó riendo.
—¿Me ves?
—¡¿Tan cegata crees que estoy?! —exclamó quitándome las gafas de las manos con una sonrisa burlona y volviéndoselas a poner.
—Lo… lo siento. La camisa, ya me pongo la camisa.
Corrí de nuevo al punto de origen, recuperé la camisa, me la puse rápidamente y terriblemente nervioso y me dispuse a abrochar los botones.
—¡Espera!
—¿Eh? ¿Qué? ¿Por qué?
—Sólo… espera.
Mirabel se acercó a mí despacio sin retirar la vista de mi pecho, levantó lentamente su mano y posó la yema de sus dedos sobre la piel desnuda bajo mi cuello.
Quería hablar; quería decirle que debía parar, que aquello no estaba bien, que me tenía que marchar. Pero ninguno de mis músculos respondió a aquel falso deseo y sólo pude quedarme paralizado en el sitio, observando su mirada atenta y ansiosa, sintiendo cómo sus dedos viajaban por mi torso hasta rozar mi ombligo.
*nota de la autora: buscad a hiptoff en Tumblr o en AO3 para poder ver el fanart que iría en este punto.
—Mi… Mirabel…
—Así que, no eres un hombre de pelo en pecho, ¿eh? —contestó entonces dedicándome una dulce y a la par traviesa sonrisa mientras comenzaba a cerrar los botones de la camisa uno a uno.
—Ah, no… —reí tontamente—, no lo soy.
¿Esperaba que lo fuese? ¿Le habría gustado? ¿Se habría sentido decepcionada? Y, sobretodo, ¿no eran aquellas las preguntas equivocadas?
—Mirabel, yo…
—Gracias por quedarte conmigo, Bruno. Buenos días.
Posó un cálido beso en mi mejilla, mucho más cerca del cuello que nunca antes, y se fue de allí, con paso firme y decidido, dejándome claro que nunca iba a encontrar un agujero lo suficientemente profundo como para esconderme de ella.
—Bruno, llevo tiempo pensándolo…
Desde su cumpleaños, Mirabel había vuelto a la normalidad y, con ella, toda la casa parecía más alegre.
—¿Quieres que te…?
—Que… ¡que me ¿qué?!
Era yo el que no era capaz de volver a la normalidad. Nunca debí aceptar dormir con ella, nunca debí cambiarme a su lado aunque supusiese que estaba dormida y, sobretodo, debí echar a correr en el momento en que me pidió que parase de vestirme. Desde aquel momento, no había vuelto a vivir tranquilo; mi mente estaba en guardia y, mi cuerpo, desesperado por encerrar aquella guardia en algún lejano lugar bajo el mar y dejar que Mirabel hiciese con él lo que se le antojase.
—¿…que te cosa la ruana? Las costuras cada vez están peor…
—Ah… ¡Oh! Ehm…
—No es una molestia, lo prometo.
Ya… también prometió que sólo íbamos a dormir…
Debía centrarme, debía pensar en ella, en mi familia, en aquellos a quienes quiero. Tenía que relajarme y ser el tío que debía ser.
—Eh… está bien. Te lo agradezco.
Mirabel cogió mi ruana y comenzó a remendar sentada a mi lado mientras me deleitaba con sus opiniones sobre las aventuras y desventuras de sus hermanas. Por lo visto, ella ya sabía que Isabela había sido rechazada.
—Y el asunto ése de la caja mágica que tiene a gente dentro… ¿tú te lo crees?
—¿Lo de la tele? Claro.
—Tú ya lo sabías, ¿verdad?
—Es posible…
—¿Qué más cosas has visto en tus visiones que no nos has contado?
—Eh… no… no me gusta contar ese tipo de cosas. Le quitan emoción al futuro y…
—Vaaale, no me lo cuentes si no quieres, ya lo averiguaré.
—Sí… Lo harás.
Efectivamente, tarde o temprano se daría cuenta de lo que le deparaba el futuro.
—Ah… —suspiró entonces—, debe de haber sido muy duro para ella. Siempre ha necesitado la aprobación de los demás, sobretodo de la abuela, y debió de tomarle mucho coraje sincerarse con esa tal Elisa… Ni siquiera cuando liberó su potencial y trató de dejar de ser la niña perfecta se atrevió a plantarle cara a la abuela. Debía de gustarle mucho esa mujer…
—Bueno, puedo entenderla.
—¿Sí?
—De… de lo de la abuela, hablo de lo de la abuela.
—Ah, ya… ¿Por qué?
—Supongo que yo sentía algo parecido. Buscaba su aprobación y no me atrevía a enfrentarme a ella… Sólo que yo no tenía su aprobación de todas formas…
Reí para aligerar el ambiente y continué reparando mi sandalia rota.
—Pero tú sí que le plantaste cara, ¿recuerdas?
—Ah, bueno… eso… fue gracias a ti. Te necesité para reunir el coraje para hacerlo. De hecho, probablemente seas la única capaz de hacerme enfrentar a la abuela.
—Estabas allí, ¿verdad? Oíste lo que dijo; por eso parecías tan dolido al volver a verla.
—Dolió saber que ella creía que no me importaba mi familia, pero… también oí cómo tú me defendías y me sentí realmente visto por ti. Tú me diste el valor para enfrentarla; no podía dejar que también pasase por encima de ti. No de ti… Pero resultó que ya lo habías solucionado y no me necesitabas. Mejor así.
—Yo siempre te necesito. No para que me defiendas, sino para que estés conmigo. Y… aquello, ya te lo dije hace tiempo, significó mucho para mí.
—Ya… bueno… no fue para tanto.
—¿La volverías a enfrentar por mí?
—Sólo si creyese que eso te iba a hacer bien.
Mirabel suspiró de nuevo y supe que había entendido lo que le quería decir.
—Aquí tienes tu ruana. No está como nueva, pero aguantará otra temporada…
—Gracias, Mirabel.
—No es nada.
Mirabel se levantó, recogió sus cosas y se marchó de allí acompañada de la pesada aura que mis palabras le habían dejado.
¿Qué otra cosa podía hacer?
Suspiré yo también y comprobé la calidad abrumadora de los arreglos que Mirabel había hecho en mi viejo trapo. Después, lo olí discretamente para recordar una vez más su dulce aroma, y, finalmente, me la volví a poner. Pero, algo había algo diferente en ella; parecía que Mirabel se había dejado algún hilillo por el interior.
Rebusqué entre la tela siguiendo el retazo de color que había visto y me di cuenta yo también de lo que me estaba diciendo ella a mí. En el interior de mi ruana, a la altura del pecho, un pequeño bordado trataba de camuflarse entre la tela; un pequeño decorado de color azul, una minúscula eme que la mantendría siempre pegada a mí.
Sonreí tristemente y me coloqué bien mi ruana. Tenía razón: daba igual lo que el futuro le tuviese preparado; ella siempre estaría en mi corazón.
