—Feliz cumpleaños, Mirabel.

—Ehm… Luisa…

Otro año había pasado. Otro año de espera e incertidumbre. Otro año de verla crecer a mi lado, de sentir su presencia y su ausencia y de saber que nunca sería mía. Un año de aparente calma en el Encanto.

—Oye, Luisa… ¿estás bien? —preguntó Mirabel mientras ayudaba a preparar la mesa para su propio cumpleaños.

—Claro. ¿Por qué no lo iba a estar?

Félix y Antonio volvieron a la cocina y vi cómo Mirabel se acercaba de nuevo a su hermana.

—Sabes que no tienes por qué cargar con todo sola, ¿verdad? Me tienes aquí.

—Yo no… no estoy cargando con nada.

—Salvo una mesa para doce y…?

—No es nada, Mirabel, sólo…

Luisa me miró de reojo y supe que estaba sobrando allí.

—Ah, eh, yo… tengo que hacer cosas por allí en otro sitio que no es éste y… os dejo solas.

—No te vayas tío —dijo Luisa levantándome por los hombros eliminando cualquier posibilidad que yo pudiese tener de salir de escena—, no me molesta que lo oigas tú.

—Ah, pero…

—Mirabel confía en ti. Sé que yo también puedo hacerlo.

Mirabel sonrió ante mi cara de sorpresa y me dio una palmadita en el hombro.

—Cuenta, hermana, nosotros vamos preparando los abrazos.

Luisa sonrió y supe que el don de Mirabel podía animar a cualquiera. Aquella chica era especial.

—Es…

—Renaldo, ¿verdad?

—Le echo de menos. Sé que han sido años, que no le voy a volver a ver y que no tiene sentido seguir pensando en él, pero…

—Estás enamorada.

Luisa agachó la cabeza e hizo un pucherito. ¿Por qué estaba yo presenciando aquella conversación?

—¿Qué te gusta de él?

—Es sincero, fiel y atento; siempre lo da todo por los demás. Y es divertido y un poco inocente, y juega con los niños como uno más, y come como un reno, y… y nunca me pide ayuda. Dice que todo el mundo merece un descanso y que yo no soy menos. Siempre piensa en mi bienestar y me trata como a una mujer y no como a un peón de carga… Pero, además… no se da cuenta de lo especial que es. Es humilde y sencillo y cree que no vale la pena. Pero yo le veo, ¿sabes? Yo sé que no hay otro como él.

—¿Se lo llegaste a decir?

—No podría. Sabía que él se tendría que ir, y, además, vamos, mírame. ¿Qué hombre se sentiría atraído por una mujer así?

—¡Ha! —contesté sin pensar—. Pues, por lo que yo vi, uno algo más bajo que tú, de pelo rizado y la sonrisa más afable que el mundo ha dado.

—Tú también te has enamorado de él, ¿verdad? —replicó Mirabel entrecerrando un ojo.

—Lo habría hecho si no hubiese estado ena… —Ups— ena… ¡enajenado!

—¿Enajenado? —preguntó Mirabel inocentemente.

—Bruno… ¿de verdad crees que yo le gustaba?

—¿Tú no? A mí me parecía muy evidente. Ese hombre te miraba como a una diosa griega.

Luisa apretó los labios y contuvo las lágrimas.

—Ey, Luisa… —dijo entonces Mirabel—, sé que lo haces por la familia; nosotros también queremos tenerte cerca, pero… todos disfrutaríamos más si te viésemos menos a menudo y mucho más feliz.

—¿Quieres verme menos?

—Quiero verte feliz. Creo que deberías ir con él.

—Sabes que no puedo hacer eso, yo…

—Nosotros también podemos mover mesas, Luisa. Quizás lo tengamos que hacer entre ocho, pero somos muchos, podemos hacerlo. Lo que no podemos, es hacerte feliz mientras estés alejada del amor de tu vida.

—Pero…

—Sólo… piénsalo.

—¿Y… si sale mal? ¿Y si la locura que vimos ahí fuera alcanza el Encanto? ¿Y si mi familia me necesita?

—Luisa, te quiero, y eres increíble, pero no eres la única capaz de ayudar a la familia. Isabela puede estrangular a cualquiera con su magia si es necesario, Camilo puede convertirse en su líder y darles órdenes contrarias a las que tengan, Pepa puede descargar las fuerzas de la naturaleza contra ellos, Bruno puede prever un ataque y avisarnos para estar preparados, Antonio cuenta con la ayuda de serpientes, hormigas, ¡jaguares!, mamá nos puede curar en caso de salir heridos… Dolores puede oírles antes de que lleguen y avisar para escondernos… Desde luego que tu ayuda sería útil, pero nuestro mundo no recae sobre tus hombros. Si tu lugar está allí con él… seguro que allí también puedes dar lo mejor de ti. Sólo… asegúrate de cuidarte mucho. Queremos volver a verte.

Luisa se sentó y suspiró hondo.

—Puedo pensar en ello; gracias, Mirabel.

—¿Ya es hora de los abrazos? —preguntó Mirabel extendiendo los brazos con un bailecito.

—¡Venid aquí!

Luisa nos enganchó a los dos a la vez y nos cortó la respiración entre sus inmensos brazos.

—Voy a por el cenador… —dijo después de devolvernos la libertad para llenar los pulmones—. Ah, y… Bruno.

—¿Sí?

—Sea quien sea de quien sea que estés… enajenado, deberías intentarlo: eres un buen hombre y mereces ser feliz.

Mi sobrina me guiñó uno de sus preciosos ojos y se fue de allí con el andar más erguido que le había visto en años.

—¿Cómo puedes estar enajenado de alguien? —me preguntó Mirabel claramente no en su día más perspicaz.

—Voy a ayudar a Luisa.

—¡Eh!

El día fue animado y divertido. Todos disfrutamos de recuperar la sonrisa de Luisa y de cómo su alegría y la de Mirabel arrastraban a toda la familia. Sabía que nunca podría disfrutar de la vida que ansiaba con la mujer de la que estaba… enajenado, pero, al menos, podría celebrar sus diecinueve años con ella y verla feliz. Quizás yo también tenía motivos para sonreír.

¿Cuánto tiempo más me iba a hacer esperar el futuro? ¿Durante cuánto tiempo iba a poder disfrutar y a la vez sufrir aquella situación? ¿Cuándo saldríamos del ojo del huracán y se me llevaría el viento?

—¿Me estabas esperando?

Aquella noche, Mirabel entró a nuestro agujero con unas mantas bajo el brazo.

—¿Para qué son las mantas?

—Para el suelo, por si me caigo.

Sus palabras me devolvieron el recuerdo de su anterior cumpleaños, de ella tirada en el suelo, de su mano en mi pecho, de su beso rozando mi mandíbula…

—¿Puedo? —preguntó entonces con tono de niña buena acercándose a la hamaca.

—Sabes que llegará el día en que no tengas edad para dormir con tu tío, ¿verdad?

—Entonces, no será con mi tío con quien dormiré. ¿Puedo?

Sabía lo que quería decir con sus palabras, pero también sabía que tomarían un cariz mucho más literal que ella no esperaba. Quizás aquella era la última vez; quizás aquel era el último cumpleaños en el que acabaría en mis brazos; quizás, el último recuerdo de su cuerpo junto al mío.

Me acerqué a ella, acaricié con miedo y ternura su mejilla y le quité las gafas.

—Sabes que te sigo viendo, ¿verdad? —añadió riendo.

—Así no te las clavarás mientras duermes.

Acaricié su rostro, algo menos redondito que cuando nos reencontramos casi cuatro años atrás, pero suave y cálido como siempre y rocé la comisura de sus labios con mi pulgar; cómo deseaba que mis labios descansasen en ese lugar. Finalmente, acerqué mi rostro al suyo haciéndola cerrar los ojos con los que bebía de los míos y besé con cuidado sus párpados. Aquellos ojos que me daban la vida, aún tenían mucho que presenciar.

Subí entonces a la hamaca, abrí los brazos dándole la que podría ser la última bienvenida y dejé que su cuerpo se abalanzase sobre el mío. Y la abracé. Me aferré a su cuerpo, a aquella noche, a aquel momento, e hice silencio mientras soñaba con poder parar el tiempo, con vivir para siempre en aquel segundo, con que no llegase el día en que emprendiese el vuelo.