Cuando me quitó las gafas hace un año, sonó a despedida. Su ser desprendía una energía triste y dolorosa, pero sus actos transmitían la más pura de las emociones. Sabía que nunca le haría cambiar de opinión; que nunca se me entregaría, pero… el amor que impregnó mi cuerpo durante aquella noche, me dio las fuerzas para intentarlo por lo que restaba de mis días.

Ojalá tuviese yo el don de calmar sus ojos como él calmó los míos. Ojalá pudiese quitar de sus espaldas el peso del conocimiento; ojalá pudiese llenar esa mirada de alegría.

Durante mi vigésimo cumpleaños, no apareció en todo el día. Nadie sabía de su paradero por lo que, el incómodo recuerdo de su desaparición, comenzó a enrarecer el ambiente. Sin embargo, la fiesta continuó. Bruno volvería: no tenía razones para irse esta vez, ¿verdad?

—Seguramente se haya quedado dormido en algún árbol —opiné en voz alta según sentía cómo entraba la noche.

—Eso sólo lo harías tú, Mirabel —dijo Isabela poniéndome una flor naranja en el pelo.

—Igual se ha caído por el campo y se ha muerto. Ya va siendo mayor y siempre ha sido un poco torpe…

—¡Camilo!

—¡¿Qué?! Yo sólo planteo opciones.

—No está en el campo, ninguno de los animales le ha visto por ahí —dijo Antonio haciendo desaparecer el repentino huracán de Pepa.

—¿Alguien ha mirado en su habitación? —preguntó mi madre llamando al sentido común.

—Esta mañana ha subido a su torre, pero no he vuelto a oírle desde entonces —informó Dolores.

—Estará dormido allí, entonces —sentenció Félix quitándole importancia al tema.

—Alguien debería ir a comprobarlo —dije yo realmente preocupada por él.

—Parece que tenemos una voluntaria —comentó la abuela con una sonrisa.

—Le dejaríais morir del asco por no subir las escaleras, ¿verdad?

Todos rieron ante lo que creyeron que era una broma y yo abandoné mi propia fiesta para hacer un millar de escaleras. ¿Por qué su cueva estaba más alta cada vez que entraba? Creía que le había perdido el miedo a usar su don…

Cuando, POR FIN, llegué arriba, encontré la puerta abierta. Entré llamándole suavemente por si realmente hubiese estado durmiendo y, al acostumbrárseme los ojos a la escasa luz de la sala, se me cayó el alma a los pies. Bruno estaba allí, hecho un ovillo en el suelo, con la mirada perdida y los ojos cansados mientras las lágrimas se perdían entre las mangas de su camisa.

—¡Bruno! ¡¿Qué te ha pasado?! ¡¿Estás enfermo?!

—Mirabel…

Bruno alzó la mirada hasta encontrarse con la mía y sentí un escalofrío ante lo que sus ojos me transmitieron.

—Lo siento, creo que me he perdido tu fiesta.

Me agaché a su lado y acaricié su rostro con cuidado.

—Bruno, ¿qué ha pasado?

—Yo… no puedo bajar.

—¿Vértigo? ¿Fatiga? Hay muchas escaleras ahí fuera, ¿sabes?

—No… Es la señora Romina. Me pidió una profecía.

—¿Qué quería saber?

—Su primo salió del Encanto hace unos días. Por lo visto quería comprar semillas para cultivar una especie de maíz más jugoso del que corrían rumores que había en las plantaciones de fuera.

—¿Y?

—Como tardaba en volver, me pidió que viese en su futuro para saber cómo le iría.

Aquello no podía acabar bien.

—Y, ¿bien? ¿Qué viste?

Bruno cogió una visión que reposaba a su lado parcialmente cubierta por su ruana y me la mostró.

—Está vacía… ¿Qué quiere decir?

—No hay futuro.

—O sea que…

—No va a volver. Ya no está en este mundo.

—Oh, no…

—Sé que tengo que bajar y decírselo a su familia, pero…

—Es duro dar malas noticias…

—¿Cómo voy a decírselo? Él era su única familia…

—Debieron avisar y pedir ayuda.

—No creo que eso le haga sentir mejor.

—No, pero es importante que la gente tenga claro que el mundo de ahí fuera es peligroso y que, lo que quiera que nos trajo aquí, aún no ha acabado.

—Tienes razón. Debo hablar con ellos…

—Pero no lo harás solo.

—Sí lo haré. Es mi obligación. Nadie más tiene por que cargar con esto.

—No estás solo… ¡No tienes por qué cargar tú con todo!

—Aquella mujer tardó años en dejar de reprocharme la muerte de su pez, Mirabel. No voy a dejar que nadie más sea castigado por algo de lo que es inocente.

—Así que… la historia se repite, ¿no? Vas a permitir que todo el mundo piense que eres un ser siniestro y peligroso que atrae el infortunio. Y, dime, ¿cuánto tardarás en abandonarme a mí? ¿Cuánto tardarás en sucumbir al peso de cargar con las penas y las culpas de todos?

Bruno agachó la cabeza y permaneció en silencio.

—¿Es que no lo entiendes? Ese hombre está muerto y tú puedes llevarle a su familia la paz de conocer la verdad. No le has matado tú, no le has hecho salir tú, no es tu culpa y no tienes por qué cargar con ella. ¡Todos lo saben! ¡Todos se han dado cuenta de su error! Entiendo que te asuste, pero… creo que esto es algo que tienes que enfrentar para darte cuenta de que las cosas han cambiado.

Asintió levemente y apretó los puños mientras, de nuevo, encogía los dedos de los pies.

—Tienes que enfrentarlo, pero no lo harás solo. Tu familia está contigo, ¡yo estoy contigo! Mañana se lo contaremos a la abuela e iremos los tres a comunicarle la noticia a la señora Romina. Los pesos gordos, se llevan mejor entre más manos.

—Luisa no parece estar de acuerdo con eso.

—Esa enorme cabezona… no me puedo creer que siga en el Encanto.

—Es difícil dejar a los tuyos.

—Tienes razón. No lo hagas, ¿vale?

Por fin me miró y vi con alivio que el terror de sus ojos había dado paso a la pena.

—Mirabel, ¿dormirías hoy conmigo?

—No esperarías librarte de mí en mi cumple, ¿verdad?

No contestó. Obviamente, no contaba con tenerme allí en aquel cumpleaños.

Abracé con ternura a aquel pequeño hombrecillo que pesaba como diez kilos menos que yo y comencé a acariciar su cabeza mientras susurraba una vieja canción de cuna. Él apoyó la cabeza en mi pecho y envolvió mi cintura con sus brazos. Entonces, una tras otra, pequeñas y sigilosas lágrimas comenzaron a empapar mi camisa dando paso a un amargo pero descargado silencio.

Aquello no volvería a suceder. No consentiría que volviese a vivir ni un sólo día más solo y desamparado. Fuese lo que fuese lo que estuviese por venir, me tendría a mí de su mano.