—¿A qué esperas, tío Bruno?

—A que Osvaldo me traiga las azadas que le encargué para preparar la tierra de…

—No… ¿a qué esperas para pedirle salir?

—¿Salir? ¿De quién hablas?

—¿A quién llevas más de diez minutos mirando sin pestañear?

—Sólo me parece entrañable ver cómo se entiende con los niños del pueblo.

—No has dejado de mirarla ni para contestarme…

Tenía razón… necesitaba aprender a disimular un poco.

—¿Sabes, tío?, yo también me entiendo con los niños del pueblo y no me miras así.

—Tú eres un niño también, no es lo mismo. Además, lo que quieren las niñas de ti, es otra cosa.

—Sí… es agotador ser tan popular, ¿sabes? Yo me siento más a gusto perdiéndome por el campo con los animales.

—Te entiendo.

—Y, ¿cómo te las apañabas tú para lidiar con ello, tío? ¿Cómo te quitabas a las mujeres de encima sin ofenderlas?

—Oh, no, no, no. Yo te entendía en lo de los animales no en lo de las chicas. A mí me tenían miedo; nunca se me acercaban…

—Ah… Lo siento.

—Oh, no te preocupes. Era más fácil para mí: yo les tenía miedo también.

Antonio se echó a reír y yo reí con él suponiendo que aquella era la reacción más lógica que podía esperar.

—Mañana es su cumpleaños —recalcó entonces Antonio casi en un susurro.

—Lo sé.

—Y cumple veintiuno.

—Lo sé.

—Va a ser mayor de edad…

—Lo sé…

—¿Sabes? Ella siempre ha sido súper buena conmigo. Siempre me ha cuidado y me ha apoyado. Y yo quiero hacer lo mismo por ella.

—Estoy seguro de que sabe que cuenta contigo.

—Ella te quiere.

Miré a aquel chavalín de once años que parecía querer darme una lección de vida esperando encontrar las palabras para evadirle, pero, lo que encontré en su mirada, fue la sinceridad y la pureza de un niño al que no podía tratar de engañar.

—Lo sé. No lo entiendo, pero lo sé.

—Y tú la quieres a ella.

—A veces las cosas no son tan sencillas como eso, Antonio.

—Pregúntale a mi hermana si que alguien a quien tú quieres te corresponda es algo sencillo.

—No se te escapa una, ¿verdad?

—Yo quiero que Mirabel sea feliz, tío, y, para eso, te necesita a ti. Creo que ya va siendo hora de que le eches valor.

Y dejando en el aire aquel consejo de barman, el menor de mis sobrinos se subió a lomos de su amigo el jaguar y salió trotando del pueblo.

Niños… Son toda la inconsciencia y la sabiduría del universo mezcladas a partes iguales y empaquetadas en tamaño para llevar. Pero, yo lo sabía, no era una cuestión de valor.

—¡Feliz cumpleaños, Mirabel!

Un año más, toda la familia reunida en torno a la mesa, celebraba el nacimiento de la mujer que me había cambiado la vida.

—Gracias, familia —contestó Mirabel levantándose algo emocionada ante la efusividad de todos—. Este año… como todos, le doy gracias a Dios por la maravillosa familia que tengo. Os quiero a todos con locura y todos tenéis un hueco irreemplazable en mi corazón. Por fin tengo veintiún años, y, no os podéis creer lo larga que se me ha hecho la espera hasta aquí pero, los últimos años, me han ayudado a comprenderme mejor, a conocerme y saber quién soy y lo que quiero y a entregarme al cuidado y servicio de nuestra comunidad sin perder de vista mis objetivos personales.

Todos miraban a Mirabel con orgullo y alegría; con esa emoción mezclada con melancolía de ver cómo los pequeños dejan de serlo. Pero, yo… sentía que algo peligroso estaba a punto de suceder. No sabía a dónde quería llegar Mirabel con aquel discurso, pero, fuese a donde fuese, no me gustaba.

—Este año… hay algo que necesito que todos sepáis. Hay algo que…

Mirabel giró la cabeza hacia mí y sonrió con decisión. Oh, no…

—Hay algo que necesito decirte.

—Mirabel… espera…

—Ya soy oficialmente una mujer y no voy a esperar ni un día más. Ya he esperado suficiente.

—¿Qué es lo que ocurre, Mirabel? —preguntó la abuela dejando que su tono sonase ligeramente menos festivo y más alarmado.

Mirabel miró a la abuela y apretó los labios. Estaba claro que estaba reuniendo el valor para lo que estaba a punto de hacer. Quizás estaba despidiéndose mentalmente de su querida abuela. Entonces, mientras yo la miraba entre admirado y aterrado, volvió la vista a mí y soltó una enorme bocanada de aire.

—Bruno Madrigal, estoy enamorada de ti.

Lo hizo. Lo dijo delante de la abuela, de toda la familia… No había podido protegerla.

Entre los latidos de mi propio corazón golpeando fuerte en mis oídos, escuché cómo Pepa dejó salir un jadeo de sorpresa y cómo Luisa y la abuela dejaban caer sus tenedores sobre los platos a la par. Al resto, dio la sensación de que no les pilló tan por sorpresa.

—Te amé desde el principio, te sigo amando ahora y te amaré siempre. Y da igual las veces que me digas que esto no puede ser y que tengo que olvidarte y encontrar a alguien que me pueda hacer feliz. Eso no va a pasar. Yo… yo sólo te quiero a ti. Así que, si tú también me amas, ¿quieres casarte conmigo?

Mis ojos se abrieron de par en par, la abuela se levantó de un respingo y el murmullo generalizado hizo su aparición por fin.

No había nada que desease más en aquel momento que dar validez a todo su coraje, tomar su mano y darnos la oportunidad de ser felices juntos. Pero, por desgracia, pese a lo que nos doliese a ambos, pese al daño que aquello pudiese hacerle a nuestra relación, no podía hacerle eso.

—Mirabel…

Me levanté yo también sintiendo cómo mis ridículamente pequeños tobillos amenazaban con partirse bajo la presión del temblor de mis piernas, así su mano seguramente por última vez y, tratando de transmitirle todo el respeto y el amor que sentía por ella, besé sus dedos; besé el sagrado lugar en el que habría ido su anillo; besé aquel rincón que nunca sería mío.

—Mirabel, te amo, por supuesto que te amo.

El murmullo desapareció de repente y un silencio cargado de expectación se extendió por todo el valle. Silencio sólo roto por la voz de Pepa.

—Claro… ¿cómo no me había dado cuenta? Si son el uno para el otro…

Mirabel apretó mi mano con la boca entreabierta, obviando todo a su alrededor más que mi presencia, esperando mi respuesta con el miedo de a quien le va la vida en la hazaña.

—Bruno —dijo la abuela con voz severa, como llamándome a la cordura sin llegar a decir nada más.

—Lo siento, mamá. Sé que no es lo que cabría esperar de mí, pero la amo. Y no como a mi sobrina —dije dirigiéndome cargado de culpa hacia Agustín esa vez—; la amo como mujer.

Agustín se aferró a la mano de Julieta y me miró con la espalda recta y tensa, con la mandíbula prieta y con un brillo aterrador en la mirada.

—La amo tanto que le daría mi vida sin pensármelo dos veces.

Mirabel sonrió suavemente ante mis palabras y el alma me dolió más que nunca.

—Y, es por eso que… mi respuesta es no. Lo… lo siento.

Apreté su mano una última vez y la solté con cuidado.

Esperaba lágrimas, pena o decepción en su mirada, pero, lo que ella me entregó, fue una tremenda expresión de rabia.

—Bruno —comenzó a hablar con un tono mucho más suave de lo que su cara reflejaba que estaba sintiendo—, ya no soy una niña.

—Lo sé. Hace mucho tiempo que no eres una niña para mí.

No podía creer que estuviese diciendo todas esas cosas delante de la familia, pero, a decir verdad, sentí alivio al saber que, al menos, ya no tenía que esconderme más.

—Pero siempre serás mi sobrina, Mirabel. Eso no va a cambiar por mucho que lo deseemos; y siempre te sacaré tantos años que no tienes dedos suficientes en todo el cuerpo para contarlos. No importa lo milagrosas que sean las arepas de Julieta: yo siempre seré demasiado viejo para ti. No puedo casarme contigo, la Iglesia no lo aceptaría y no estoy dispuesto a tener una relación extramatrimonial contigo: no voy a deshonrarte. Yo… no puedo darte una familia… ¿Qué puedo darte yo?

—No me importa si la Iglesia no lo acepta. Si no puede ser ante Dios, nos inventaremos nuestra propia ceremonia, pero quiero estar unida a ti.

—¡¿Qué es lo que no entiendes?! ¡Ese matrimonio no tendría validez! ¡No podrías ser madre sin convertirte en la comidilla de todo el pueblo! ¡No quiero que pases por eso otra vez! ¡Esto no se va a solucionar reconstruyendo lazos con la familia! ¡Esa carga te acompañaría para siempre!

—Pero a mí…

—Además… no tendría la oportunidad de verte envejecer. Yo… yo no puedo hacerte eso, ¿no lo ves? No… no podría volver a mirarte a los ojos.

—Bruno, sé que el camino no es fácil, pero juntos podemos hacerlo funcionar, de verdad, ¡lo siento!

—No, Mirabel, no podemos. Tienes que hacer tu vida sin mí. Estoy seguro de que hay alguien por ahí que sí que sabrá hacerte feliz. Eso es lo que te mereces.

—¡¿Eso es lo que quieres?! —contestó descargando finalmente la rabia que obviamente fluía por su sistema en el tono de su voz mientras los discretos sollozos de Julieta e Isabela se dejaban escuchar de fondo y una densa y gris nube de Pepa comenzaba a acompañar el sentimiento de la escena con su amarga lluvia—. ¡¿Que me case con cualquier otro?! ¡¿Que me meta en su cama?

—Para, Mirabel.

—¿Que me haga suya?

—Por favor.

—¡¿Qué tenga sus hijos?!

—Vale ya…

Estaba al límite.

—¡¿Quieres verme compartir todo eso con él?!

—¡No! ¡No quiero eso, ¿vale?! ¡Quiero que seas MI mujer, quiero que tengas MIS hijos, quiero tener 30 años menos y criarlos contigo! ¡Quiero que no seas mi sobrina! Quiero poder gritar con orgullo que te amo en lugar de esconderme como una rata asustado de hacerte daño. Quiero… Quiero… Quiero hacerte feliz, eso es todo lo que quiero… pero, eso… eso no va a pasar: ése no es nuestro destino.

Mi ruana pesaba del llanto hecho lluvia que cargaba con ella, pesaba casi tanto como mi corazón, como aquella eme bordada en mi pecho.

La abuela recolocó su toquilla, se puso firme y se retiró de la mesa.

—Mamá… —la llamó Julieta.

—Necesito estar a solas.

—Pero, mamá…

—A solas he dicho.

Julieta dejó marchar a nuestra madre con semblante taciturno, Mirabel siguió sus pasos con la mirada y su ojos se llenaron de pesar y yo me di cuenta de que aquello había llegado a su fin.

—Si… Si me disculpáis… —dije alejándome poco a poco sin atreverme a poner los ojos de nuevo en los de Mirabel—, tengo que… lo que sea, tengo que irme.

—¡Bruno!

No frené mis pasos; ya no podía más, pero, por supuesto, aquello no iba a detener a Mirabel.

Me siguió a la carrera, me dio alcance poco después de girar la esquina de la casa y tiró de mi ropa hasta hacerme caer.

—¡Mirabel!

—Muéstramelo.

—¿Eh? ¿El qué?

—Lo has visto, ¿verdad? Nuestro destino. Muéstramelo. Ayúdame a hacer las cosas bien.