No pensé que fuese a aceptar tan fácilmente.
Estaba claro que estaba a punto de derrumbarse, pero necesitaba saber qué era lo que le mantenía realmente alejado de mí. Estaba claro que le preocupaba la reacción de la abuela y de la gente del pueblo y el efecto que todo pudiese tener sobre mí, pero, aquellas palabras… dijo que no era nuestro destino. Viniendo de otra persona, aquello podía ser una mera forma de decirme que no creía que estuviésemos hechos el uno para el otro, pero, viniendo de él, supe que lo decía en sentido literal.
Si iba a romper mi corazón, sería de una vez por todas. Con la verdad.
—¡¿Qué ha pasado aquí?! ¡¿Por qué la escalera es aún más alta?! ¡¿Es que tu habitación quiere matarme?!
—Claro que no. Sólo quiere desalentarte para que no veas la profecía.
—Vamos a la habitación de Antonio.
—No… esto no es algo que pueda hacer a la vista de cualquiera.
—¿Tan terrible es que crees que no voy a querer que los demás lo vean?
—No… Soy yo el que no quiere que nadie lo vea.
—Bruno… —pregunté comenzando decidida a subir la interminable escalera.
—Dime.
—¿Soy la única que te ha visto hacer una profecía?
—Sí. Probablemente porque aquella vez no hubo que hacer escaleras.
De normal, Bruno habría reído tontamente tras aquel comentario, pero, aquel día, estaba diferente. Lo que fuera que me fuese a enseñar, parecía ser algo que bajo ningún concepto quería volver a ver.
Sorprendentemente, ya avanzado el día y tras cinco largos descansos, logramos llegar a la cima.
—¡No puede ser! ¡¿Por qué vuelve a estar roto el puente?! ¡Dile a tu habitación que lo reconstruya!
—No me haría caso. Sabe cuál es mi auténtico deseo.
—Muy bien. Lo hice una vez y puedo volver a hacerlo.
—Será bro…
No le di tiempo a protestar. Antes de que empezase con su sermón salvavidas, ya había enganchado la cuerda y me había lanzado hacia el otro lado.
—¡Mirabel!
—¡Un pequeño foso infinito de nada no me va a echar para atrás! —dije mientras surcaba el aire.
Como llamado por su corazón, el suelo se extendió bajo mis pies y me dio acceso a la cueva.
—Sabía que podías hacerlo —dije enfilándome hacia la cueva sin mirar atrás.
—No… no vuelvas a hacer algo así, por favor —contestó casi sin aliento siguiéndome el ritmo como buenamente podía.
Sabía que estaba siendo inconsciente y cabezota, pero habían sido seis años de espera y lucha continua y no los iba a dejar caer en saco roto sin una buena causa. Si realmente la había, yo también merecía saberla.
Bruno entró a la cueva, me miró con los ojos llenos de dolor, los cerró y extendió sus brazos.
—Eh… ¿no tienes que hacer lo del fuego y todo eso?
—No lo necesito —contestó sin abrir los ojos—, llevo viendo esta visión día y noche durante años aunque no quiera, no me costará mucha concentración.
—A… ¿años?
—¿Estás preparada?
—¡Espera!
Abrió los ojos esa vez, quizás con la esperanza de que hubiese cambiado de opinión.
—Quiero… quiero cogerme a ti.
Bruno asintió, tomó mis manos con la misma decisión que aquella primera vez haciendo que un escalofrío recorriese todo mi cuerpo y cerró los ojos otra vez.
En cuestión de segundos, sus ojos brillaron de nuevo de aquel verde intenso que tantos problemas le había traído y la arena de la cueva brilló también y comenzó a vibrar y girar en torno a nosotros.
Una vez más, mi figura apareció ante mí, pero no estaba sola: mis brazos envolvían su cuerpo; mis labios besaban los suyos.
—No lo entiendo, ¿cuál es el problema?
No respondió; sólo mantuvo la mirada al frente, clavada en mi imagen, perdida en nuestro beso. Así que, aquello no era todo.
Como supuse, la imagen comenzó a cambiar y, lo que vieron mis ojos fue lo más difícil de creer que había visto en mi vida. El hombre entre mis brazos, ya no era Bruno. Era algo más alto, sutilmente menos delgado y mucho más joven: era Camilo.
—¡¿Qué?! No… no puede ser, yo no…
Pero, de nuevo, no hubo respuesta. Con lágrimas en los ojos, continuó mirando al frente, como si se estuviese esforzando por enfrentar el futuro, y la imagen cambió una vez más.
Aquella vez, no era un hombre quien me acompañaba en la escena, sino tres pequeños bebés. Tres recién nacidos que descansaban en mis brazos bajo mi atenta mirada y mi dulce sonrisa. Mis bebés… Los bebés de… ¿Camilo?
