Probablemente aquella fue la peor idea de mi vida, pero me sentía resuelta a llevarla a cabo.
Salir de Casita a escondidas en mitad de la noche avisando a mis padres dejándoles una nota bajo la almohada, era lo más rastrero que había hecho en mi vida. Le haría daño a la gente a la que quiero y me expondría al peligro sólo por marcarme un farol.
Le estaba poniendo contra las cuerdas; necesitaba que creyese en el amor que siento por él. Pero nunca podría dejar de verdad a mi familia… No para siempre, al menos. Si, como parecía que iba a pasar, la abuela no aceptaba nuestra relación, no me quedaría más remedio, pero seguiría volviendo una y otra vez intentando hacerle entender. Ahora, ¿seguir igual? Ya no podía hacer eso. No podía seguir huyendo de quienes somos; no podía seguir matando el presente por temor al futuro. No podía más con aquello; tenía que demostrarle quién era yo.
—¡Mirabel! ¡Espera!
—¿Bruno?
Cuando estaba a punto de cruzar el paso abierto entre la montaña partida, Bruno apareció tras de mí sofocado y nervioso.
—Has venido de verdad…
—Mirabel, no te vayas, por favor.
Los ojos suplicantes de Bruno me dejaron sin habla. No parecía dispuesto a venir conmigo, así que… ¿qué pretendía? ¿Llorarme para hacerme cambiar de opinión?
—Bruno, ya te dije que…
—No. Esta vez, déjame hablar a mí.
—Eh…
Esa determinación no era usual en él, así que, algo sorprendida, le cedí el turno.
—Está bien, tú primero.
—No quiero que te vayas, estoy enamorado de ti. No sabría decir ni cuándo empecé a tener estos sentimientos, es sólo que… eres mi compañera de aventuras y siempre me río contigo y… a tu lado, soy más feliz. Y podía aceptar quedarme a un lado si tú seguías ahí, pero… si te vas… perderte del todo… No creo que pueda soportarlo.
Bruno se acercó a mí todavía nerviosamente y acarició mi cara con dulzura. ¿Qué debía hacer? Entendía lo que me estaba diciendo, pero… ¿qué era lo que pretendía? ¿Que volviésemos otra vez a las mismas? ¿Que me quedase esperando a que llegase el momento mágico en que me enamorase de Camilo y triturase su corazón definitivamente? ¿Cómo podía hacerle entender que eso no iba a pasar?
—Si me quedo… —dije dudando qué palabras debería utilizar para no volver la situación más complicada—, ¿enfrentarás a la abuela conmigo? ¿Lucharás conmigo por la vida que merecemos?
—Yo… yo enfrentaría contigo hasta a Antonio con su ejército de la jungla…
¿Iba en serio? ¿Me estaba diciendo que aceptaba? ¿Que lo íbamos a intentar? ¿Por fin? ¿Después de todos esos años?
Le besé. Le besé esperando encontrar su suave pero firme agarre, su áspera y desaliñada barbita frotando mi piel, su enorme nariz dificultando la tarea… Pero algo no iba bien. Sus manos, pequeñas y suaves cogieron las mías con ternura, su barbilla, redonda y limpia acarició mi tez, y su nariz… ¡Aquella no era su nariz!
Abrí los ojos desconcertada y me encontré cara a cara con Camilo, con sus ojos cerrados, sus mejillas sonrosadas y sus labios acariciando los míos.
—¡Camilo! —grité alejándole de un empujón—. ¡Pero, ¿qué rayos estás haciendo?!
—Lo… ¡lo siento! No esperaba que me fueses a besar, sólo… escuché de Isabela que te ibas a ir y pensé que… tenía que decirte lo que siento por ti antes.
—Así que… ¿ibas en serio?
—Pensé que sería más fácil decírtelo si no me mirabas con esa cara de asco que estás poniendo justo ahora, así que utilicé la forma de Bruno. Después de soltarlo pensaba decirte que era yo, pero… no me has dado tiempo.
—Camilo… Yo… Tú ya sabes lo que yo siento. Te quiero muchísimo, pero… ni siquiera te quiero como a un primo.
—¿No? —preguntó sin disimular bien su entusiasmo.
—No, te quiero como a un hermano…
—Oh… Eso es peor.
Sonreí lastimeramente.
—Lo siento.
—No lo sientas… en el corazón nadie manda —dijo encogiéndose de hombros.
Nunca me enamoraría de él, pero era realmente afortunada de tenerle. Le abracé como a mi hermano que era y él me devolvió el abrazo con aquel sentimiento de amarga calidez.
—Bueno, pero… ya que no va a haber nada entre nosotros, puedo preguntar. ¿Qué tal el beso?
—Meh… Demasiado fácil.
—¿Fácil?
Quién me iba a decir a mí que algún día iba a besar a Camilo por voluntad propia…
—Oh.
—Ahora, ¿qué? —preguntó él totalmente desconcertado.
—¡Ohhhhhhh!
—¡¿Qué?!
—¡El beso! ¡Ése era el beso!
—¿Eh?
—¡Necesito hablar con Bruno! ¡Me voy!
¿Cómo podía haber tardado tanto en caer en la cuenta? ¡Aquel era el beso de la profecía! ¡No había nada que temer! Entonces, los trillizos…
Me giré como una flecha dispuesta a correr todo el camino de vuelta hasta encontrar al futuro padre de mis hijos, pero, lo que me encontré fue, a medio metro de allí, con las mullidas tetas de la abuela en la cara.
—Mirabel… —dijo arreglándose el vestido mientras yo me recolocaba las gafas.
—A… abuela… yo…
—¡Mirabel! —dijo entonces Dolores saliendo de detrás de un árbol y mirando de forma extraña a su hermano—. Lo siento. Escuché tus planes… escuché todo lo que pasó con Bruno y…
—Dolores me ha contado que pensabas huir.
La mirada de la abuela era fría y firme, pero era la deslealtad de Dolores lo que más me estaba doliendo.
—Lo siento, Mirabel, tenía que decírselo. No podía dejar que te pusieses en peligro de esa forma. Sé que no he sido la mejor prima; te delaté miserablemente en la cena con los Guzmán… fui egoísta y te metí en problemas. Después… arrastré a Isabela y a Luisa fuera del Encanto para buscar lo que no encontraba aquí y, por mi culpa, las dos se encontraron con el desamor…
—¿Disculpa? —preguntó la abuela que, obviamente, no estaba al día de los sentimientos de sus nietas.
—Lo he hecho todo mal, pero… te quiero. Y no quiero que te pase nada malo. Cuando desapareciste hace seis años, creí que no me lo podría perdonar, pero, ahora… puedo evitar que te vayas. Por favor, quédate.
Wow, así que, ¿Dolores se había estado preocupando tanto por aquello?
—Dolores, en realidad…
Era el momento de decir la verdad. Aquel farol había ido demasiado lejos.
—Mirabel, no te puedes ir sola —dijo la abuela solemnemente—; no puedo consentirlo.
—No está sola —dijo el auténtico Bruno saliendo algo arañado y desaliñado de entre los setos pero con un aire calmado y seguro tan poco propio de él que habría creído que volvía a ser Camilo si no hubiese tenido a los dos a la vez ante mis narices—. Yo iré con ella.
