—Has venido… —dije en un murmuro sin acabar de creer lo que aquello significaba.

Se acercó a mí y sus enormes y gastadas manos levantaron cuidadosamente las mías.

—Si… si tú estás de acuerdo… yo te seguiré al fin del mundo si hace falta. Donde sea que pueda estar junto a ti.

Era real. Estaba allí, para mí.

—Bruno… tengo algo que contarte sobre la profecía.

—No hace falta: lo he visto.

—Ah, ¿sí?

—Sí, vine sabiendo que no podía dejarte ir y os vi besándoos. Pensé que el futuro ya había llegado y que estaba sobrando, así que me fui, pero…

—¡¿Te fuiste?! O sea que crees que…

—Pero… —continuó relatando como si no oyese mis palabras—, cada paso que daba alejándome de ti dolía más que el anterior y, cuando finalmente perdí las fuerzas y caí… lo entendí.

Bruno apretó mis manos y me lanzó la mirada más intensa que jamás había presenciado haciéndome estremecer.

—No quiero renunciar a ti.

Me dejó sin habla. Había venido a por mí. Incluso creyendo que me había entregado a Camilo, me necesitó tanto que, por fin, decidió luchar por mí. Pese a todo, contra todo, junto a mí.

—Sé que es egoísta, pero… ¿y si puedo provocar un giro? ¿Y si de verdad logro hacerte feliz? ¿Y si esos trillizos te los doy yo? ¡Los quiero! Quiero… quiero que sean míos… nuestros.

—¿Trillizos? —preguntaron la abuela y Camilo a coro.

—Serán tuyos —dije alzando mi mano, aún acompañada de la suya hasta su mejilla—; no me cabe duda de ello.

Su mirada, como la de un niño esperanzado me pedía temerosa una explicación.

—Bruno, lo que has visto…

—Ha sido culpa mía, tío Bruno —interrumpió Camilo haciéndole girar—: ella creía que te besaba a ti.

Los ojos de Bruno se abrieron progresivamente según iba figurándose la situación.

—¿Qué me he perdido? —preguntó la abuela espantada mientras Dolores luchaba por contener la risa.

—Entonces… —dijo Bruno devolviendo la mirada hacia mí por fin sin miedo y toda pintada de ilusión.

—Entonces —continué yo—, ¿vas a luchar conmigo?

—Bueno, tiene las de perder si lucha contra ti —bromeó Camilo soltando aquella verdad como un templo y haciéndonos a todos sonreír.

Bruno miró a su alrededor. Camilo y Dolores le sonreían asegurándose de transmitirle su apoyo, la abuela continuaba con aquella mirada de desconcierto, y yo… yo le miraba con más esperanza de la que había sentido en toda mi vida.

Entonces, sin decirme nada y aún aferrado a mi mano derecha, se adelantó unos pasos hacia la abuela, hincho los pulmones y abrió su corazón.

—Mamá, te quiero, y sé que una relación entre Mirabel y yo no le dará buena imagen a la familia, y que debe de ser especialmente dura para ti, y que todo lo que pretendes es protegernos, pero… la amo, y ella me ama a mí, y no estoy dispuesto a dejarla ir. Sería maravilloso tener tu bendición y no hacernos dejar a la familia que tanto amamos.

¿De verdad todas esas cosas acababan de salir de su boca? Mis piernas temblaron de pura admiración frente a aquel hombre que acababa de elegir nuestro amor por encima de todas las cosas y mis ojos se perdieron en su imagen determinada y cargada de fortaleza.

La abuela, sin embargo, quedó impasible. ¿Desde cuándo se había vuelto tan dura aquella mujer?

—¿Y si la mezcla de sangre hace que los… trillizos nazcan enfermos? —preguntó entonces como sometiéndole a un test.

—Julieta los sanará.

—Y, ¿qué hay del matrimonio? ¿Vais a ser padres fuera de los ojos de Dios?

—Sólo si no nos queda más remedio. Pero haremos lo posible por que no sea así.

—Y, ¿la diferencia de edad? ¿Tengo que recordárosla?

—Bueno, puede que yo sea mucho mayor, pero no mucho más maduro. Nos compenetramos bien.

—¿Y, cuando estés viejo y tenga que cargar contigo?

—Si mi madre no está para sanarle, yo le cuidaré —dije yo saliendo en su defensa al ver cómo le atacaba en su punto más débil—. No cargaré con él: atenderé al hombre al que amo. ¿Qué habrías hecho tú con el abuelo si hubieses tenido la oportunidad, abuela?

Bruno me miró con una mezcla de incredulidad y de alivio y le dediqué la mejor de mis sonrisas. El momento era complicado, pero yo me sentía inmensamente feliz.

Tras un largo silencio y un profundo suspiro, la abuela sonrió cándidamente y nos tomó las manos.

—Me alegro de que tengáis las cosas claras: el camino que os espera es complicado y vais a necesitar un fuerte vínculo. ¿De verdad estáis preparados?

¿En serio? ¿La abuela estaba aprobando nuestra relación?

Bruno y yo compartimos una mirada de asombro que pronto se convirtió en la viva imagen de la determinación. Estaba decidido.

—Más que nunca —dijimos los dos a coro.

La abuela asintió, nos soltó las manos y se dio al vuelta.

—Pues haced el favor de volver a casa y asearos; tenemos alguien con quien hablar.

—Abuela —dije sin acabar de poder creer lo que estaba pasando—, ¿estás diciendo que… te parece bien?

—Ay, Mirabel. Nunca he estado en contra de que fueseis pareja. Fue difícil de encajar en un primer momento porque no lo había visto venir, pero, cuando os vi juntos me pregunté cómo había podido estar tan ciega; lo había tenido delante de mí todo este tiempo, desde el primer día, y no lo había sabido ver. Necesitaba tiempo para digerir la noticia y analizar las dificultades que pudieran surgir pero, Mirabel, Brunito, si estar juntos es lo que os va a hacer felices, entonces me hace feliz a mí también. Vamos a pelear por este amor, como una familia.

Los dos la abrazamos llorando de puro alivio de saber que no perderíamos a nuestra familia, de rabia por no haberlo sabido antes y de miedo por lo que estaba por venir, y ella frotó reconfortantemente nuestras espaldas hasta sentirnos calmar.

—Ah, ehm… Bruno, antes de nada… creo que lo justo es que lo sepas: no pensaba irme sin ti. Iba de farol. Lo siento…

Si quería que aquella relación funcionase, tenía que decirle la verdad.

—Ah… de… ¿de verdad?

—Pequeña diablilla… —escuché musitar a la abuela de mala gana.

—No vi otra salida… ¿Me perdonarás?

—En realidad, te lo agradezco… Por lo visto, necesitaba algo así.

—Es un blando… —murmuró Camilo entonces.

—Bruno… te quiero.

De repente, su inocente sonrisa iluminó cada rincón de este planeta.

—Yo también te quiero, Mirabel. Dime, ¿quieres ser… —Comenzó a frotarse nerviosamente el brazo y casi no pude esperar a escuchar lo que iba a decir—… mi novia?

—¿Todavía tienes que preguntar? —dije tomándole un poco el pelo.

—Quiero hacerlo.

—¿Estás cruzando los dedos?

—Puede… ¿Cambiaría eso algo?

—Quiero.

Sus ojos se abrieron como si aquella no fuese la respuesta más fácil que había tenido que dar en toda mi vida y se acercó a mí decidido a besar mis labios.

—Suficiente, tortolitos —dijo la abuela empezando a andar camino abajo—, me duelen las pantorrillas y aún hay que volver hasta el pueblo, dejad eso para luego.

Ya podía haber esperado medio minuto más la abuela… Bruno observó mi irritada expresión y me lanzó una sonrisa de complicidad que derritió mi corazón dejando sólo un caliente charco en mi pecho. Está bien; quizás aquello podía ayudar a esperar un poco más.

—Ah, eh… ¿A quién vamos a ir a ver? —preguntó Bruno comenzando a seguirla completamente colorado justo antes de sujetar con aquel agarre seguro y cálido mi mano.

—Brunito, mi niño, ¿tú qué crees?