—Imposible. No os puedo casar.

Fin de la aventura.

—Padre —intervino diplomáticamente la abuela—, sé que no se trata de una unión convencional, pero, pongo la mano en el fuego por el amor entre mi hijo y… mi nieta… ehem…

—En las llamas del infierno, quizás.

—Padre, de verdad que no hay nada impuro en su…

—Alma, no es nada personal. Si estuviese en mis manos, les haría una evaluación para considerar el caso, pero… el Encanto ahora está abierto. Esta decisión ya no me compete a mí. Yo respondo ante un superior. No encontrándonos aislados, una decisión de ese calibre le corresponde al romano pontífice; sólo él podría daros la dispensa.

—Así que… —dijo Mirabel con expresión de desánimo.

—Lo siento, Mirabel, pero vuestra única opción es salir del Encanto y enviarle vuestra solicitud al Papa. Sin embargo, eso…

—Es peligroso —opiné yo sabiendo que nos acabábamos de encontrar con un camino cortado.

—Y largo. Conforme están las cosas, la respuesta podría tardar años en llegar, si es que llega. Y, honestamente, es altamente probable que sea negativa.

—Ya veo… —respondió Mirabel agachando la mirada y saliendo de la Iglesia con paso lento.

—Gracias por su tiempo, padre.

—Lamento no poder ser de más ayuda, Alma.

La abuela salió y yo me dispuse a seguirlas.

—¡Bruno!

—¿Sí, padre?

—Piensa bien en lo que estás haciendo, por favor. Puede que Alma lo haya aceptado, pero estoy seguro de que eres consciente de que es una auténtica locura.

No podía llevarle la contraria.

—Nunca he sido conocido por ser el miembro más cuerdo del Encanto, ¿no?

—Pero, Bruno…

—Buen día, padre.

No iba a volver atrás; no después de todo por lo que habíamos pasado. Ya sólo nos quedaba buscar el camino para salir adelante.

—¿Estás bien? —le pregunté a Mirabel cuando la abuela se metió en casa.

—Sí… No ha sido la respuesta ideal, pero… ya sabíamos que no sería fácil. Al menos, nos tenemos el uno al otro. Pensaremos juntos una solución.

Cogí su mano y asentí. Si era con ella, podía enfrentar al mismísimo Papa.

—Así que… ¿vais a intentar casaros?

—Sí, pa.

La cara de Agustín era un poema. Tenía que hacerlo; no podía seguir huyendo de él.

—Agustín, yo… lo siento. Te he defraudado. Me pediste que cuidase de ella, y yo… estoy seguro de que no era exactamente este tipo de cuidar el que tú tenías en mente. Decía la verdad cuando te dije que haría lo que fuese por ella, pero me he dado cuenta de que, seguir huyendo, no era hacerle un favor.

Agustín, erguido y serio, se acercó serenamente a mí y puso su mano sobre mi hombro. ¿Siempre había sido tan alto?

—Bruno, hermano… —dijo entonces con tono cariñoso y suave—, este tipo de cuidar, como dices tú, es exactamente a lo que yo me refería.

—¡¿Qué?!

—Vamos, Bruno, estaba claro como el agua que bebías los vientos por ella. Y, de verdad, no se me ocurre nadie mejor para cuidar de ella que tú. No todo el mundo es capaz de darlo literalmente todo por un ser amado. Tú lo hiciste con ella antes incluso de enamorarte. ¡¿Qué no harías ahora?!

—Así que, aquella charla, ¿no era una advertencia?

—¿Una advertencia? ¡Te estaba dando mi bendición! Creí que había sido lo suficientemente claro.

Mirabel rompió a reír a carcajada limpia y Agustín me abrazó y me levantó por los aires como si jugase con un muñeco de trapo.

Estaba claro que tenía que entrenar mis habilidades sociales. Seis años creyendo que estaba traicionando a uno de los hombres más importantes de mi vida y resulta que él estaba esperando pacientemente a que yo me decidiese a hacer lo que yo pensaba que él odiaría.

—Creo que necesito un descanso…

—Come, hermano.

Julieta me obsequió con uno de sus deliciosos buñuelos y puse sentir cómo parte del cansancio se evadía de mi cuerpo. Ella creía que no me había dado cuenta, pero era obvio que, desde que me hizo rejuvenecer, no había vuelto a envejecer ni un año. Probablemente debía estarle agradecido; era posible que algún día tuviese una esposa a la que complacer y no quería verme incapaz de hacerlo.

—Gracias, Julieta y… gracias, Agustín, de verdad.

—Bueno, y ahora… ¿cuál es el plan? —preguntó él poniendo su ridícula cara de negocios.

—Pues… si queremos hacer las cosas bien… —dije sin atreverme a proponer lo que cruzaba mi mente.

—Tenemos que dejar el Encanto, pa. Pero, volveremos, lo prometo.

La cara de preocupación de Agustín no me pasó desapercibida.

—Yo os acompañaré —dijo Luisa poniendo su mano en el pecho—, yo conozco mejor las afueras y, en caso de peligro, puedo defenderos.

—Yo… también voy —dijo Isabela volviendo la vista hacia Camilo lastimeramente.

—No, no vais a venir —dijo Mirabel tajantemente—, Luisa, tú tienes tu propia vida pendiente de solucionar. No vas a dejarlo todo para arreglar la mía; no me lo perdonaría. E, Isabela… creo que la dos sabemos que no quieres venir. Quédate y cuida de la familia.

—Pero… —dijeron las dos al unísono.

—No os preocupéis. Bruno puede presagiar peligros, estaremos pendientes; y ya sabéis que es escurridizo y se le da bien esconderse. Lo lograremos.

—¿Y si os niegan la dispensa papal? —preguntó Pepa tratando de alejar la oscura nube que la cubría.

—Entonces… creo que todos sabéis la respuesta.

—Tooodos al inferno —dijo Félix dando un trago de su zumo como si no le diese ni la más mínima importancia—, ellos por la boda pagana y la vida en pecado y nosotros por celebrarlo con alegría.

Nos guiñó un ojo, como dándonos su aprobación para tan cuestionable modo de vida, y se levantó de la mesa.

—Hora de irnos a la cama. Algunos tenemos un legítimo matrimonio que mantener el pie.

—¡Papá! —protestó Camilo ante el exceso de información.

Pepa se levantó divertida y siguió a su marido.

—Buenas noches, familia —dijo antes de salir por la puerta—. Y, Bruno, por favor, asegúrate de no comenzar otro milagro. Te queremos de vuelta.

Tragué saliva. Desde luego, el destino que corrió mi padre no era el más deseable, pero no dejaba de ser una posibilidad. Sin embargo, aún así, un cálido sentimiento recorrió mi pecho. Había gente que realmente se preocupaba por mí.

—Lo intentaré.

—Hazlo.

Pepa se marchó del comedor y Mirabel se levantó también.

—Hoy ha sido un día muy cansado, así que… yo también me voy a la cama.

—Vale, amor. Descansa —contestó Julieta dándole un abrazo—. A partir de ahora las cosas serán difíciles, pero, mi vida, me alegro de que por fin hayas logrado hacer entrar en razón al cabezón de mi hermano. Gracias a ti, por fin ha encontrado su camino. Sufre lo que tengas que sufrir, pero, sobretodo, disfruta.

—Te quiero, mamá.

Julieta y Mirabel se abrazaron con fuerza y Agustín, que habría explotado si no lo llega a hacer, se unió al abrazo. Después, Mirabel me dedicó una cansada pero dulce sonrisa y se fue de allí.

—Tú también deberías descansar, Bruno —dijo Julieta con una sonrisa picarona—; síguela.

Julieta tenía razón: el día había sido intenso, aterrador, emocionante y feliz pero, pese al importante cambio que estaba sucediendo en nuestras vidas, Mirabel y yo todavía no habíamos tenido nuestro momento.

Aquella hermana, comprensiva y complaciente, siempre pendiente de mí, estaba seguro de que no me la merecía.

Asentí y fui tras ella. Como imaginé, había ido directamente a nuestro agujero.

—Mirabel…

Un intenso abrazo de alivio y satisfacción, un beso apasionado de reencuentro, un poco de esfuerzo para controlar el resto tras tanto tiempo… eso era con lo que esperaba encontrarme.

—¡Shhh! ¡Déjame escuchar!

Descolocado y curioso, me acerqué a aquella imprevisible mujer que cotilleaba descaradamente por la raja de la pared que daba a la cocina y cerré los ojos para escuchar mejor.

—Así que te ha rechazado de plano, ¿eh? —escuché decir a Isabela con el mismo tacto de siempre.

—Sí. Dice que soy como un hermano para ella…

—Auch…

—Dímelo a mí.

Camilo… Oh… Así que, ¿estaban hablando de Mirabel? ¿Ella le había rechazado?

Abrí los ojos incapaz de contener la necesidad de verla ante mí, real, superando los obstáculos uno a uno y, por increíble y loco que sonase, oficialmente mi novia.

—Acércate —susurró tirando de mi mano y pegando mi cabeza a la suya—, creo que vamos a ver algo interesante.

Camilo tenía un aire triste y resignado, pero Isabela, dentro del matiz de compasión que había en su mirada, parecía más feliz que nunca.

—Hacía tiempo que me gustaba, ¿sabes? Pero… es mi prima, no podía hacer nada, así que, lo dejé estar. Pero, entonces, aquel día hace seis años, la vi defender a Bruno ante la abuela. Y lo hizo con garra, con valor. Estaba defendiendo lo que quería. En aquel instante, me gustó más de lo que nunca lo había hecho y, a la vez, sentí dentro de mí, que antes de empezar a intentarlo, ya la había perdido. No sabía por qué ella sabía de Bruno, pero estaba claro que le había visto y, también que ya era alguien especial para ella. No sé, fue sólo una sensación que no sabría explicar, pero, luego… él volvió y era totalmente diferente a lo que me habían contado, y su relación con Mirabel era de verdad especial y… venga, hasta Agustín se dio cuenta. Encajan a la perfección. Ahí dentro, no había hueco para mí. Aún así, cada mañana despierto escuchando cómo aporrea mi puerta con alegría y me siento feliz de saber que está aquí. Cuando se vaya…

—Bueno, igual necesitamos un despertador, pero, cuando se vaya… hay más hermanas que pueden llamar a tu puerta.

—No se trata de la puerta, Isabela… Es…

Pero no dijo más. No habría podido: los labios de Isabela estaban sellando los suyos.

—Sólo para que lo pienses —dijo ella levantándose con aire seductor y mirada de gata—. Te veo mañana, Camilo.

Camilo se quedó quieto en el sitio, con la boca ridículamente abierta y la mirada clavada en el arco por el que Isabela había desaparecido.

Mirabel estrujó mi brazo con fuerza y tuve que ahogar un grito de dolor para que Camilo no advirtiese nuestra presencia.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —gritó en susurros andando de una punta a la otra de la salita con un brillo espectacular en los ojos.

—¿Se te ha declarado? —pregunté algo avergonzado por mi curiosidad.

—Ah… sí. Apareció transformado y se me declaró y yo le besé antes de saber que no era tú… Luego lo noté y le retiré. Dijo que si no ponía cara de asco se le hacía más fácil decírmelo y que por eso uso tu forma; pero no pretendía besarme.

Así que yo llegué en el peor momento y me fui antes de entender lo que estaba pasando. Buen trabajo, Bruno.

—¿Le ves como a un hermano?

—Es mi compañero de aventuras. Llevamos toda la vida haciendo trastadas juntos y callando los crímenes del otro. No podría verle de otra forma.

—Me lo dijiste.

—¿Lo de los crímenes?

—No, que no podrías verle de otra forma. Y yo…

—Bruno…

—Debí creerte. Sabía que lo decías en serio, pero creía que te equivocabas; que nadie podría quererme tanto como para no elegirle a él en lugar de a mí. Lo siento.

—Ahora ya lo entiendes, ¿verdad? Tú, sólo tú y siempre tú. Como me dijo la mujer más sabia que conozco una vez, ojalá pudieses verte con los ojos con los que te veo yo. Eres perfecto tal y como eres.

—Oh, no, no soy perfecto en absoluto, pero… si a ti te gusta como soy… entonces… me siento perfecto para ti.

Me froté la nuca algo incómodo y ella rio ante mi reacción.

—No es mi cumpleaños, pero… ¿dormirías conmigo, hombre perfecto?

—No puedo imaginar un plan mejor.

Me senté en la hamaca y le ofrecí mis manos.

—Ven aquí, chiquilla.

—Chiquilla…

—¿Es raro? Es raro, claro que es raro, lo siento, a partir de ahora…

—Me gusta; siempre me gustó. Llámame chiquilla.

Mirabel tomó mis manos y, colocándose entre mis piernas sin subir aún a la hamaca, besó con dulzura mis labios.

—Es real —susurró mientras sus ojos se perdían en lo más profundo de los míos.

—Es real.

Podía tocarla sin temor, podía besar sus labios, podía compartir mi vida con ella. Ya no más muros, no más distancia, no más remordimientos. Finalmente, por la vía que fuese, yo iba a ser suyo y Mirabel iba a ser mía. Podría haber muerto de placer en aquel mismo instante, pero no tenía ninguna intención de perderme lo que la vida tenía preparado para mí. Estaría ahí para ella; costase lo que costase, la vería envejecer.

Aquella noche, un fuerte terremoto sacudió el Encanto y, aquel cambio, no lo pude prever.