—Y en ello estamos. No se me ocurre nada más que contar, padre.
—De acuerdo, Bruno. Gracias por tu sinceridad. Sé que esto ha sido algo incómodo para ti.
—Oh, no, gracias a usted por considerar nuestra petición.
—Dadme unos días. Yo me pondré en contacto con vosotros cuando haya tomado mi decisión.
—Eh… de acuerdo. ¿Hay… hay algo más que pueda hacer?
—Reza, hijo, reza.
—Ya… Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuando Bruno apareció por casa aquella noche, Mirabel le lanzó una significativa mirada que claramente significaba: "¡Huye!" Pero fue demasiado lento y, para cuando se dio cuenta de lo que ella intentaba evitarle, la familia ya había comenzado el interrogatorio.
—¿Cómo ha ido? ¿Ya te ha excomulgado? —preguntó Camilo con una sonrisa burlona.
—¿Os vais a poder casar? —preguntó Agustín sin andarse con rodeos.
—¿Te has llevado a las ratas? —preguntó la abuela con sincera preocupación en su tono.
Bruno miró alrededor buscando una salida, pero estaba perfectamente rodeado. Sólo la sonrisa de complicidad de Mirabel le dio el ánimo para tratar de contestar. Estaba claro que aún no se le daba muy bien la gente y que, aquellas horas con el sacerdote no habían sido plato de buen grado para él; pero seguro que Mirabel había pasado por lo mismo al volver de su entrevista y él no iba a dejar que ella cargase con todo el peso.
—Eh… a ver, en orden… Incómodo, no, no lo sé y no quisieron venir.
—¿Ibas a…? Da igual… —dijo la abuela— ¿Cuándo tendréis su respuesta?
—Ha dicho que en unos días; no sé cuántos.
—De acuerdo, pues, en tal caso, no nos queda más remedio que esperar y…
La abuela miró a Bruno y vio con más desánimo que sorpresa cómo le rascaba detrás de la orejilla a una rata.
—…rezar; sobretodo, rezar…
Aquella noche, Mirabel y Bruno se reunieron en su habitual punto de encuentro.
—Esta mañana, he estado hablando de ti con la abuela —dijo él con tono divertido.
—Yo he estado hablando de ti con Antonio esta tarde —contestó ella mientras desplegaba la hamaca.
—¿Sí?
—Ven.
Mirabel dejó la hamaca a medio extender y se sentó de golpe en el butacón.
—Siéntate aquí.
—Mirabel… sé que no soy precisamente grande, pero ni si quiera yo quepo ahí.
—No, encima mío.
—¡¿Qué?! Oh, no. No te quiero aplastar.
—Bruno… Los dos sabemos cuál de nosotros es el único capaz de aplastar al otro, y no eres tú.
—Pero… nah, tienes razón.
Bruno se sentó sobre ella y ella le abrazó por la espalda.
—¿Ha sido muy duro?
—No tanto como esperaba —negó él.
—Gracias por hacerlo por mí.
—Lo he hecho por nosotros, exactamente igual que tú.
—¿Qué te ha dicho la abuela?
—Que, durante los últimos años, ha estado creyendo que te iba a costar encontrar marido porque, de tanto estar conmigo, te habías acostumbrado a jugar con las ratas.
—¿Qué problema hay con las ratas? Son como un gatito pequeño y un poco feo.
—No creo que se sientan halagadas si te oyen hablar de ellas así.
—Entonces, no se lo cuentes.
—Tampoco es que me fuesen a entender…
—¿Qué más te dijo?
—Que siempre pensaba que yo te podía haber enseñado cosas más útiles y que ahora no quiere pensar en las cosas que te puedo enseñar.
Mirabel rio con ganas y luego recogió ligeramente la parte baja de la ruana hacia arriba.
—Yo estoy impaciente por ver lo que me vas a enseñar —dijo con un tono de voz provocativo y algo burlón.
—Ah… Ehé… Yo estoy aún más asustado de eso que la abuela.
—¿Por qué? ¿No… no tienes ganas?
—Más de las que puedas imaginar, pero… tengo miedo de que, cuando me veas… por completo, te des cuenta de lo ridículamente pequeño que soy y no te sientas…
—¿Atraída?
—Hm.
—Bruno… llevo las gafas para algo: ya sé lo pequeño que eres y no me parece ridículo. Te recuerdo que te he visto sin camisa y puedo ver lo que sobra de tus pantalones. También sé que no estás gordo, pero tampoco marcado… Y sé… sé que quiero descubrir cómo es por fin sentir tu piel en contacto con la mía; y quiero… descubrir lo que eres capaz de hacerme sentir.
Bruno tomó aire para contestar, pero, probablemente, no había palabras que pudiesen hacerle frente a aquella declaración.
—Además… quiero verte disfrutar a ti —añadió ella hablando más bajito y tímidamente esta vez.
—Mi… Mirabel, yo… Si queremos llegar al altar de blanco, yo necesito bajar de aquí.
—Oh… Y, ¿queremos?
—¡Mirabel!
—Era broma, era broma —contestó ella riendo—. Si he podido esperar todo este tiempo, es posible que pueda aguantar un poco más.
—¿Es que tú también has estado pensando en… … …? ¡Antonio!
—¿En Antonio?
—Antonio, ¿qué te ha dicho Antonio? —preguntó él levantándose rápidamente de su regazo.
—Ah, me ha dicho que las ratas siempre le hablan muy bien de ti y que no me preocupe, que lo conseguiremos.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque, según él, los Madrigal, somos especialistas en milagros.
El niño sabía de lo que se hablaba. Tres días después, el sacerdote llamó a nuestra puerta.
—Bruno, Mirabel… ésta no ha sido una decisión fácil. Vuestro caso es muy peculiar y sólo Dios sabe si voy a hacer lo correcto, pero…
Ambos se apretaron las manos mutuamente y tragaron saliva sonoramente.
—El amor nace de Dios, hijos, y no me cabe duda de que lo vuestro es amor de verdad, así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Podéis casaros.
El par de segundos de silencio sepulcral que ocasionaron aquellas palabras, fue rápidamente roto por el estruendo de la ovación de la familia. Mirabel y Bruno se miraron entre incrédulos y maravillados por la idea. Dos simples palabras acababan de cambiar su mundo.
—Mirabel… —dijo Bruno haciendo caso omiso de los abrazos que sus hermanas le estaban propinando y sin retirar la vista de Mirabel ni un instante—, no sé cómo lo voy a hacer, pero haré lo que sea necesario.
De pronto, aquel diminuto y frágil hombrecillo mostró un rostro seguro, firme y determinado que le hizo parecer mucho más grande y poderoso.
—Te voy a hacer feliz.
Mirabel, autoindulgentemente, dejó a un par de lágrimas de felicidad recorrer su cara pintando en ella brillantes caminos de plata.
—No tienes que hacer nada especial, Bruno: acabas de hacerme feliz.
*******¡Un capítulo! ¡Queda un capítulo! Bueno, y un epílogo un tanto peculiar. Dos semanitas más con vosotros. De nuevo y para siempre, gracias por estar ahí.
