—¿De verdad te vas a casar vestido con una ruana?
—Es blanca…
—Pero… bah, ¿qué más da? ¿Qué puede pasar, que sea una boda poco convencional?
—Gracias por ayudarme con el afeitado y el pelo, Camilo.
—No te preocupes, me lo pensaba cobrar.
—Ah, ¿sí…? Y…
—Tío, nunca pensé que te diría esto precisamente a ti, pero… ¿puedo pedirte consejo?
—Siempre y cuando no sea sobre cómo tratar con la gente… Aunque probablemente tampoco te sea útil en el resto de aspectos…
—Ya, eh… tú… sabes que estaba enamorado de Mirabel, ¿verdad?
—Lo… lo sé. Espera, ¿estaba?
—Nunca pensé en intentar nada con ella porque era mi prima, pero tú me has enseñado que hay lazos más fuertes que esos y… la sigo queriendo mucho, ¿sabes? Pero…
—Isabela.
—Sí.
—¿Enamorado?
—Eso creo…
—¿Crees?
—Es borde y cruel conmigo, se ríe de mí en mi cara y, ni siquiera cuando iba de princesita, me trataba con respeto…
—¿No significa eso que siempre has sido especial para ella?
—Supongo… Pero no sé si es un buen sentido.
—¿Pero…?
—Pero… desde que nos ha dejado ver su auténtica personalidad… es picante y divertida, y sorprendentemente frágil y fuerte a la vez, y siento que quiero protegerla y que nunca seré suficiente para ella y… la admiro por ello. ¿Qué crees que debo hacer? ¿Debería intentarlo? Yo no sé si esto es tan fuerte como para revolucionar a la familia, pero… ¿y si resulta que lo es y me doy cuenta cuando ya sea demasiado tarde?
—Camilo, yo… de verdad no creo que sea el mejor para dar consejos de este tipo, pero… desde mi experiencia, todo lo que te puedo decir es que deberías esperar a sentirte preparado. Si ella te quiere de verdad, te esperará.
—Nunca voy a ser como la amazona rubia que la enamoró en su viaje.
—Tampoco lo necesitas. Ella no la eligió por encima de todo. Pregúntate qué harías tú.
—¡Vale! ¡Basta de hablar de mí! ¡No soy yo el novio hoy! Dime, tío, antes de que llegue la noche… ¿quieres algún consejo sobre cómo satisfacer a una mujer?
—¿Qué? ¡No! Yo… ¿Por qué sabrías tú eso?
—Yo sé más de lo que te pueda contar cualquier otro hombre.
—Dime que no has…
—Puede. ¿Tú lo habrías hecho?
—Da igual, no quiero saber nada. Gracias por el ofrecimiento, pero, lo que aprenda a partir de ahora, quiero que sea con Mirabel.
—Como quieras.
—Oye, Camilo, ¿con qué forma…?
—No querías saber nada, ¿no?
—¿Lo has hecho con el cuerpo de Mirabel?
Camilo abrió la puerta, atusó la ruana nueva de Bruno por los hombros y le empujó fuera de la habitación.
—Tendrás que vivir con la duda.
Aquella mañana de Julio, en la pequeña iglesia del Encanto, rodeados de familia, animales de la jungla y roedores varios, Agustín acompañó a una radiante Mirabel al altar, besó cariñosamente su mejilla y le entregó su mano a aquel extraño hombre vestido de blanco que caminaba incómodamente del brazo de su madre.
—Sé feliz, hijo —susurró en su oído la abuela justo antes de hacerse a un lado.
Bruno sonrió, se giró hacia su brillante mariposa y respiró en paz por primera vez desde que le conozco.
—Quizás quieras cogerte a mí —le dijo ella ofreciéndole sus manos.
—Sí, quiero —dijo él sin dudarlo.
—Demasiado pronto, Bruno, paciencia —bromeó el sacerdote.
—Oh, lo siento. Yo hablaba de las manos. Que no significa que no acepte el resto, que por supuesto que lo hago, pero es pronto aún, ¿no? Ah, ya… ya me callo, lo siento.
Todos los presentes admiramos divertidos la escena mientras algunos cuchicheos se dejaban oír retumbando entre las paredes de la iglesia, pero todos se callaron de pronto, pues, de repente, Bruno tomó por fin las manos de Mirabel y lo hizo con total respeto, firmeza y solemnidad; sin miedo, sin culpa, sin ningún tipo de pesar. Sabiendo por fin que, lo correcto, era simplemente amar y dejarse amar. Dispuesto a darlo todo por ella; dejándole serlo todo a ella.
La ceremonia fue breve y culminó con un celebrado beso que, milagrosamente, a nadie pareció parecerle fuera de lugar. Todo el pueblo celebró con alegría la unión de aquel tío con su sobrina, de aquel hombre entrado en años con una muchacha recién entrada en la adultez, del siniestro tipo de las profecías con la dulce y desgarbada guardiana de Casita.
Por primera vez en casi cincuenta y siete años, Bruno se animó a bailar en una fiesta. Y no diré que se le daba bien, pero era realmente agradable verle suelto y relajado disfrutando de la música con su mujer. Mirabel, aquella alegre luchadora, tenaz y optimista, capaz de darlo todo por amor, capaz de revivir un milagro, capaz de hacer sonreír a ese hombre, capaz de hacerle vestir de blanco y disfrutar del baile.
Aquella noche, cuando ambos decidieron que era el momento de retirarse a la torre, se encontraron con una sorpresa.
—Gracias por todo, familia —dijo Mirabel evidentemente cansada pero más feliz que nunca— ha sido un día inolvidable.
Los abrazos a la pareja se sucedieron una vez más hasta que Mirabel nos dio el alto.
—No es que no quiera más, pero… ahora voy a coger a este hombre y a arrastrarle a nuestra habitación, así que, si nos disculpáis…
Mirabel tomó la mano de Bruno con energía y comenzó a tirar de él que la siguió sonrojado y totalmente embelesado, como si no fuese capaz de ver más mundo alrededor de ella.
—¡Ah, Dolores! —exclamó entonces ella parando en seco y girándose con una traviesa sonrisa—. Si no quieres oír nada que nosotros no queramos que oigas, te recomiendo que no tardes en irte a tu habitación.
—Gracias… lo tendré presente.
Los recién casados desaparecieron por las escaleras y las risas y el baile volvieron a la fiesta. Julieta apapachaba a Agustín mientras éste lloraba lo mayor que estaba ya su niña y quizás algo más y Camilo bailó la última y más lenta de las canciones pegado a Isabela.
Pero, en el piso de arriba, al fondo de las escaleras, contra todo pronóstico, Bruno y Mirabel observaban anonadados el dibujo de su puerta.
—No está frunciendo el ceño…
—Está relajado.
—Casi parece que sonríe.
—Es feliz.
No tardaron en darse cuenta de que Bruno ya nunca sería aquel angustiado hombre que fue una vez y en entrar a la habitación.
—¿Bruno? ¿Por qué de repente tu cama es más… pequeña?
—Ah, eh…
—Ya… ¿no me quieres aquí? Aunque diga que es nuestra, ésta sigue siendo tu habitación, así que, si quieres que te deje más espacio, sólo tienes que…
—¡Oh, no, no! ¡Nada de eso! ¡No! Si te fijas, ahora la habitación parece aún más tuya que antes. ¡Mira cuánta luz!
—Pero, entonces… ¿por qué la cama ya no es de matrimonio?
—Eso es… porque… ahora… te quiero aún más cerca de mí.
Mirabel le embistió sin miramientos contra la pequeña cama que la habitación había preparado para ellos y comenzó a besar sus dedos, su cuello, su pecho, su boca. Él subió lentamente las manos por las piernas de ella haciéndose recoger las finas enaguas hasta llegar a su cintura y, entonces…
—Te amo, Bruno.
—Te amo, chiquilla.
Suficiente. Cerré la puerta de mi habitación y me dejé caer en la cama aprovechando la calma que aquel silencio me daba. Daba igual lo interesante que fuese su vida amorosa, había cosas de su tío y su prima que una no quería oír.
Cerré los ojos, apoyé las manos en mi pecho y lo repasé en mi memoria. Aquel encuentro, aquel amor, aquella lucha, aquel temor… y, sobretodo, el valor y la determinación; el entregarse el uno al otro sin saber cuál sería la situación…
Tiene que ser increíblemente apasionante vivir un amor así.
Quién sabe: con suerte, algún día, puede que me toque a mí. ¡Hm!
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Nota de la autora: Lo prometo, Camilo nunca había probado con el cuerpo de Mirabel: respetaba a su prima demasiado para ello. Sin embargo, eso Bruno nunca lo sabrá.
Por cierto, este capítulo va acompañado de un fanart, pero, para variar, no puedo subir imágenes ni enlaces al capítulo, así que, si queréis verlo, buscadme en Tumblr como hiptoff o en AO3 como hiptoff también.
Una cosa más. El epílogo (la semana que viene acaba esta aventura!) es un tanto especial y las imágenes tienen una gran peso, por lo que colgaré un nuevo capítulo que sólo incluirá el enlace al capítulo en AO3 en el que tendréis que sustituir las palabras entre paréntesis por el signo real como (punto) por . , (barra) por / y cosas así.
Lamento que sea tan incómodo. Las quejas a FFN
¡Nos vemos la semana que viene!
