Negación.
«Perdóname, porque no podré seguir a tu lado. No podré acompañarte. Lo siento mucho Claire. Jill… Hay tanto que no pude decirte, tanto que debí liberar de mi corazón, pero ya es tarde… ¿Tendré tu perdón algún día? ¿Conseguirás superar mi partida?
¿Nos encontraremos otra vez?».
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Claire Redfield no tenía por costumbre llorar. Lo hacía, sí, como cualquier muchacha dependiendo de las circunstancias en las que se encontrara, pero solía evitarlo como quien camina por una calle estrecha e intenta esquivar un gato negro. No, Claire prefería con mucho enfrentar cualquier problema con una sempiterna sonrisa cálida, maternal. Esa actitud había calado hondo en muchos corazones, y su trabajo en TerraSave le henchía el pecho de gusto. Ayudaba a los demás sin esperar nada a cambio, recibiendo constantes agradecimientos y buenos deseos que espoleaban más sonrisas, más carcajadas, más movimiento en su cola de caballo pelirroja que serpenteaba con la dirección del viento…
Por supuesto que, siendo humana, Claire no estaba exenta de sufrir dificultades. Sin embargo, su técnica patentada para encarar la adversidad —sonrisa luminosa, labios brillantes, dientes casi perfectos— permitía que los atravesara con elegancia, animando también a quienes estuviesen a su alrededor en imitarla, y por eso era aún más querida entre sus pares.
¿Cómo podría haber imaginado que llegaría el día en que esa sonrisa no le serviría en absoluto?
Una lúgubre tarde de invierno, Claire recibió un llamado telefónico que puso su mundo al revés.
Jamás olvidaría cómo su respiración adquirió un ritmo pesado al emerger estrangulada por los bordes de su garganta, al tiempo que sus manos temblaban y el hielo empezaba a instalarse en su interior lentamente, habitándola, reemplazando sus órganos por cristales exánimes.
«¿Hablo con Claire Redfield…? Mucho gusto, me llamo Norman Barker, médico forense jefe de la B.S.A.A. Lamento informarle a nombre de todo el equipo el sensible fallecimiento de su hermano, Chris Redfield. Estamos impactados con lo sucedido, y solo podemos rezar por el descanso de su alma. Señorita… ¿me escucha? Cálmese, por favor. Como usted es su único pariente con vida, necesitamos que viaje a llenar el papeleo en…»
El tiempo se invirtió corriendo vertiginosamente hacia atrás. Se sentía como el vértigo de ir de espaldas en una montaña rusa llena de curvas.
No… por favor, esto no podía estar pasando. Era una broma; una muy mala broma, ¿verdad?
Claire no supo en qué momento dejó de escuchar. Tampoco supo si había dejado caer el teléfono porque se le resbaló de las manos o porque lo arrojó con furia hacia un muro para reventarlo. En ese momento, sosteniendo trozos de él entre sus manos, no era capaz de dilucidar la respuesta correcta.
Tampoco le importaba, la verdad.
Y tal como ocurrió con la llamada y su teléfono, se vio llegando a Europa sin recordar cómo lo había logrado. ¿Fue ella misma quien compró su pasaje, o lo hizo Moira en su lugar? ¿Tal vez Barry? ¿Quién le arrendó una habitación de hotel para descansar? ¿Cómo obtuvo un teléfono nuevo? ¿Comió? ¿Se duchó? ¿Durmió?
En muchas ocasiones, con aquella curiosidad que a veces rozaba el morbo, Claire se había planteado cómo reaccionar frente a una llamada como aquella pues era muy consciente de que podía ocurrir en cualquier momento, considerando el peligroso trabajo que desempeñaba Chris. No era ajena a la tragedia que se desataba al recibir ese tipo de noticias, mal que mal, años atrás fue su hermano quien debió hacer de tripas corazón cuando le informaron la trágica muerte de sus progenitores, y contenerla al comprender que se habían convertido en huérfanos.
Chris sacó fuerzas de donde no tenía para explicarle a Claire que sus padres se encontraban en otro plano y ya no podían cuidar de ellos, sino que lo harían sus abuelos maternos en su lugar. Pasó mucho tiempo hasta que Claire consiguió sobrellevar su ausencia, donde su recuerdo se convirtió en algo de dulce y agraz.
Pero esto era muy diferente, aunque fuese igual de doloroso.
Era diferente.
Tragó saliva incontables veces cuando asistió a la mañana siguiente de su arribo a Europa para identificar el… cuerpo, de su hermano. Una pequeñísima parte de ella todavía conservaba la esperanza de que se hubieran equivocado; no se creería nada hasta verlo y reconocer el color de sus ojos en los de él, las líneas de expresión marcadas a fuego en su piel curtida por el duro trabajo de proteger a los más débiles, su barba de tres días ocultando algunas cicatrices en las mandíbulas y el mentón…
Norman Barker, autor del llamado fatal, comenzó a descorrer lentamente el cierre de la oscura funda que guardaba el cuerpo de Chris. Cuando llegó a la altura del torso, usó ambas manos para apartar los bordes del plástico. Claire ahogó un jadeo.
Quedaba algo de su hermano en ese cuerpo. Pudo distinguir el ancho de su frente, la forma que adoptaban sus párpados al dormir, el rictus sereno de su boca, algo curva por la mueca que se la deformaba. La amplitud de su pecho. El ancho de sus hombros… Ahí, Claire detuvo el recorrido de su mirada. Los ojos se le empañaron. Solo le quedaba un hombro intacto, porque la mitad de su cuerpo parecía haber sido devorada por un animal enorme. ¿Quizás un tiburón? ¿O algo más?
¿De qué eran esas marcas irregulares? ¿Por eso el forense no abrió la bolsa completa?
Comprimió la quijada para no llorar, y también para mantener las náuseas a raya. El cuerpo hedía, pero no era eso lo que le agitaba el estómago, sino las pequeñas larvas blancas que se retorcían en los agujeros de la carne en proceso de descomposición. No quiso ni preguntarse cuánto tiempo llevaría… llevaría muer…
Con una mano en la boca, Claire dio media vuelta y salió de la habitación apretándose la mandíbula con todas sus fuerzas. Ni siquiera pudo llorar. Chris se encontraba lejos, en algún lugar al cual no podía acceder, y sentir ese hielo en el corazón estuvo a punto de dejarla sin fuerzas.
«Chris no está aquí. Esa era solo su cáscara. Chris no está aquí», repetía una y otra vez cual rezo desesperado.
¿Cómo le explicaría a Jill que su prometido murió de una forma tan horrible? ¿Qué respondía en caso de que llegara a preguntarle si Chris había sufrido? ¿Podría echar fuera una mentira piadosa por su bien?
—Señorita Redfield —murmuró Barker, acercándose a ella con cautela—, permítame preguntarle, ¿el cuerpo pertenece a…?
—Sí —le interrumpió—, es él.
—Lo lamento mucho. Necesitamos que firme el documento que tengo… ¿señorita? ¡Señorita Redfield! —Estiró un brazo en la dirección que comenzaba a perderse el cabello rojo—. ¡Espere, señorita!
Claire corrió. Que se las arreglara como pudiera el tipo ese, ella no quería más. Solo deseaba dormir siglos para que los pedazos de su alma volvieran a juntarse. Corrió como lo hizo en la isla Rockfort, clavó los talones como en la isla Sejm, y se alegró de sentir la lluvia golpeándole el rostro mientras sus piernas se agitaban recibiendo el duro impacto del cemento en las rodillas.
También llovía durante el funeral de Chris Redfield. El sacerdote alzó la voz de pronto para ensalzar aquellas virtudes que él consideró más apropiadas de destacar, como la valentía del soldado que murió luchando por un mundo mejor. Por un mundo libre de bioterrorismo.
Un mundo que a Claire le importaba ya una mierda, porque él no estaba ahí.
Los cielos tronaron cuando el cura dio orden de dejar caer el féretro a su cuna de tierra. Jill, en primera fila, ni siquiera conseguía mantenerse de pie. Su desgarrador lamento silencioso se unía al de Barry, Rebecca y Sheva, quien lloraba audiblemente, como si lo hiciera por quienes no estaban en condiciones de lograrlo.
Claire cerró los ojos y levantó la cara hacia la lluvia. ¿Por qué los cielos no podían llevarse su pena?
Se quedó. Se quedó hasta que la tierra terminó de tragarse el cuerpo inerte de su hermano. Se quedó hasta que ya casi no quedaron asistentes disponibles para darle el pésame; palabras vacías que no era capaz de discernir. Se quedó hasta que divisó a Jill arrastrándose hacia otro sitio donde poder vaciar su pena apoyándose en Barry, quien la sujetaba por la cintura para impedir que cayera al lodo, algo que a nadie le habría extrañado viéndola con atención. Se quedó incluso cuando algunas personas de la B.S.A.A. le rogaron que entrara a cambiarse de ropa, porque la lluvia inclemente no se detendría pronto. Se quedó también cuando, con el rabillo del ojo, notó que Sheva, Rebecca, Billy, Helena, Moira, Sherry, Parker, y uno que debía ser el famoso Jake Muller, no solo no se iban del cementerio, sino que continuaban mirándola como dilucidando si acercarse o no a darle un abrazo.
Había alguien más entre ellos, pero la bruma de aquellas lágrimas que no caían le impedía ver quién era.
Sheva se acercó de pronto, con el cuidado que se pone al tratar con un animalito acorralado y le habló con la voz todavía rota de lágrimas, pero Claire no consiguió entenderle pues solo eran palabras al viento. Palabras, más palabras, sonidos mezclados, sílabas inconexas unidas por balbuceos llenos de emoción que ella no percibía gracias la muralla de hielo que se había formado alrededor de su corazón, intentando protegerlo de romperse por completo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que desapareció el ataúd de su hermano? ¿Minutos, horas, días?
¿Por qué continuaba lloviendo, si el agua no se llevaba su dolor? ¿De qué servía la lluvia, entonces?
¿Cuándo fue que Sheva la dejó sola otra vez?
Sentía frío. Más frío que nunca en la vida. Tiritaba sin saber si era la reacción natural de su cuerpo al clima o simplemente se estaba rindiendo a lo que mantenía encerrado bajo siete llaves. Rodeó su cuerpo con los brazos tratando de encontrar algo de calor en ellos… y lo obtuvo, pero de una fuente externa a su espalda, que lentamente fue colocando sus manos en sus hombros para girarla despacio, casi con miedo.
«Vete», pensó sin ser capaz de externalizarlo, «déjame en paz».
—Claire…
El sonido de su nombre la sobresaltó. Porque la voz teñida de dolor que la llamaba era de alguien tan importante como quien acababa de perder.
Era una voz grave, pastosa, rota.
Era una voz por la cual habría recorrido descalza las flamas eternas del mismísimo infierno.
Era la voz de Leon.
Claire percibió que sus músculos se relajaban ligeramente. Giró sobre sus talones para quedar frente a él, aunque todavía no era capaz de mirarlo a los ojos porque no deseaba ver el reflejo de su sufrimiento en la expresión de Leon. Mantuvo la cabeza gacha y ligeramente ladeada hacia un costado, fue entonces que descubrió la chaqueta de él descansando sobre su cuerpo. Eso le había aportado un poco de calor, sin embargo, no había prenda que pudiera abrigar su corazón destrozado. Pero… pero, tal vez, él sí pudiera darle el consuelo que añoraba, porque Leon podía conseguir cualquier cosa.
El agente de la DSO la tomó por la cintura para darle un abrazo ligero, casi sin apretar.
—Lo siento mucho —susurró en su oído—, esto es… terrible. No sé qué decir, cariño.
Esas palabras hicieron mella lentamente en el interior de Claire, deshaciendo poco a poco el hielo de su corazón. Sí, con Leon podría encontrar un poco de consuelo, ya no le cabía la menor duda. Dejó caer la cabeza en su pecho, con los ojos tan apretados como su mandíbula, y también rodeó su cuerpo con ambos brazos.
Comprobó que estaba devastado. Jill y ella no eran las únicas que sufrían en carne viva la pérdida del valiente Chris Redfield.
Fue un consuelo silencioso, no por ello menos intenso. Claire se percató de que estaba llegando al centro de su caos interior… podía advertir los bordes rugosos de la ansiedad, sin llegar a tocarlos. Leon estaba actuando de catalizador, pero aún no era capaz de llorar. ¿Por qué?
«Chris no está aquí. Esa era solo su cáscara. Chris no está aquí», pensó despegándose un poco del cuerpo del agente para dirigir la mirada en dirección a la tumba de su hermano.
Leon eligió ese momento para sugerir llevarla al hotel en donde estuviera hospedándose, argumentando que la lluvia caía cada vez más espesa y no debía enfermarse. Con palabras entrecortadas, la pelirroja aceptó la propuesta y se vio nuevamente arrastrada de un lugar a otro sin tener noción de lo que ocurría a su alrededor. Permitió que Leon la guiara sin quejarse ni oponer resistencia, porque era mucho más fácil flotar a la deriva gracias al momentáneo sopor que la invadió luego de ver cómo la tierra se tragaba a Chris, que tomar decisiones por sí misma, incluso algunas tan básicas como caminar.
Abordó el vehículo del agente, donde pronto apoyó la frente en el frío empañado por dentro de condensación. Tiritaba, y la calefacción del automóvil no consiguió subirle la temperatura en los quince minutos que tardó Leon en arribar al hotel.
Habitación ochocientos dos. Genérica, austera, impersonal. Corriente. Tal como se sentía ella.
Se quedó de pie frente a la puerta del baño en donde el sonido del agua llenando la bañera —muy caliente, a juzgar por la cantidad de vapor que se juntaba en el pequeño espacio— no le aportaba tranquilidad, siendo que era una especie de ritual cada vez que regresaba de alguna misión en TerraSave: un buen baño, una copa de vino tinto, una revista de motocicletas.
Claire no conseguía resignarse al hecho de que nada volvería a ser como antes, desde las cosas más pequeñas a las más relevantes. Habiendo transcurrido cerca de tres días desde aquel fatídico llamado, ella seguía esperando sentirse igual que antes. Era instintivo, una reacción ligada a la supervivencia de su alma. ¿Cuánto tiempo le tomaría habituarse a que su hermano había…?
Había…
—Claire, está casi lleno. Ahora un poco de agua fría para nivelar la temperatura y podrás entrar en calor —declaró Leon, probando el agua con una mano—. Me voy a la habitación de al lado, si necesitas algo, no dudes en llamarme.
Pero sus buenas intenciones chocaron contra la reacción de Claire, que apenas lo vio abandonando el baño aferró su espalda con ambas manos para impedirle que se fuera.
—No… —balbuceó, incapaz de finalizar la petición.
—Estaré cerca, solo quiero darte un poco de intimidad.
Ella negó con la cabeza en completo silencio.
—Vas a enfermarte si no te quitas esas ropas mojadas —explicó el agente—. Yo me daré una ducha luego de verte con la bata de baño puesta. —Se giró para mirarla y tragó saliva, porque parecía haber perdido el alma. Como un zombi…
La explicación tuvo el efecto de hacer que Claire comenzara a desnudarse con movimientos mecánicos. Cuando se quitó la delgada camiseta, quedando solo en ropa interior, Leon se fijó en las cicatrices que enmarcaban su espalda. Aunque no era primera vez que las veía, su reacción fue la misma de siempre: un jadeo ahogado. Esa suave piel, perpetuamente mancillada por la caricia de un arma biológica, no merecía más que flores y mimos. En ningún caso las garras de una criatura imposible de imaginar.
Las manos de Leon se mantuvieron descansando a los costados de su cuerpo convertidas en dos puños trémulos. Giró el cuello hacia el hombro para evitar ver cómo Claire terminaba de desvestirse, por eso no supo que ella volvió a acercarse para abrazarlo hasta que la tuvo encima. Y correspondió el gesto de manera automática.
—Creí que estaría preparada para este momento —susurró con la voz empañada de lágrimas—. Creí que podría ser fuerte. Cada vez que cierro los ojos, veo su… cuerpo, su expresión dormida… —y los cerró, como si deseara confirmar su confidencia—. Al final, me dejó. A mí, a Jill, a todos…
Se estremeció, porque con los párpados cubriendo sus orbes azul grisáceo, los recuerdos de Chris descansando en la bolsa negra junto a esas espantosas alimañas lechosas como única compañía, llenaban su mente por completo como imágenes de pesadilla. Y es que era una pesadilla viviente de la que no podía despertarse sabiendo que estaba equivocada, que todo era producto de su imaginación. No esta vez.
Leon aseguró la delicada barbilla femenina con una mano. Por primera vez desde que escuchó su voz en el cementerio, Claire permitió que sus ojos respondieran al llamado implícito que había en él.
Y lo vio. Vio el borde enrojecido de sus párpados inferiores, la expresión desolada en su semblante al completo, y sobre todo, la forma en que su nuez se agitaba por todas las palabras que trataba de emitir y no podía.
—Esto es una mierda, Claire —empezó Leon una vez logró desatar relativamente el nudo de su garganta—. Nadie está preparado para perder a alguien que ama. Aunque te hayas puesto mil veces en esta situación, es normal que no sepas cómo reaccionar hasta que lo vives en carne propia. Y es una real mierda…
Claire tragó saliva. Sus ojos continuaban clavados en los de Leon.
—Chris luchó por ustedes, para darles un futuro… «un mundo libre de bioterrorismo», tal y como dijo aquel sacerdote. Es lo mismo que haces tú en TerraSave, o lo que hago yo en el gobierno. Peleamos por librar al planeta de esos malditos. Caeremos tarde o temprano, todos nosotros, Chris ya lo sabía. Por eso, atesora cada momento vivido con él, y continúa en este mundo con la convicción de que él lo habría querido así. —Compuso una mueca dolorosa—. Déjame apoyarte, Claire. Estoy aquí para ayudarte a llevar todo este dolor. No tienes que superarlo sola, me tienes a mí. Y a Sherry, Moira, Barry…
Las palabras de Leon fueron el detonante. O lo fue el tono grave, oscuro y empático con que le habló. Quizás se reducía tan solo a que su presencia era el bálsamo que necesitaba… cualquiera fuera el motivo, en ese instante Claire por fin pudo llorar.
Las fuerzas que sostuvieron firme su interior y le permitieron enfrentar el doloroso funeral la abandonaron de golpe. Las piernas se le doblaron, y únicamente los firmes brazos de Leon sujetando su cintura impidieron que se diera de bruces contra el suelo. Arrodillada sobre las heladas baldosas, húmedas por el vapor caliente que les rodeaba, sus lágrimas cayeron una tras otra mientras Leon se arrodillaba también a su lado para reacomodar la postura y mantenerla abrazada contra su pecho.
Era necesario que desahogara toda su pérdida, porque solo de esa forma podría dejar partir a su hermano y comenzar el proceso de superar su pérdida. Debía liberar todo su dolor.
Le acarició los brazos, y una de sus manos se concentró en su precioso rostro para secarle las lágrimas lentamente. Su llanto le dolía como una navaja explorando sus entrañas una y otra vez, pero debía permitírselo. Conociéndola como lo hacía, no le cabía duda de que no se había tomado el tiempo de asimilar lo que significaba la muerte de Chris, y si su labor se iba a limitar a contenerla, pues muy bien. Pero no la dejaría sola por ningún motivo, aunque ella se lo pidiera, la iba a acompañar en todo su proceso de duelo, asegurándose de que atravesara cada una de las etapas y se repusiera por completo de ellas. Solo así podría ver la luz del sol eventualmente.
Claire gimió con voz rota, ahogando sus lamentos en la tela empapada de la camisa de Leon. Aceptar la pérdida de su hermano era demasiado difícil. ¿Cómo sobreponerse a que la vida mutilara cruelmente la mitad de su alma? Chris… Ya no tendría sus mimos, sus abrazos, ni sus regaños cariñosos. Se acabaron las llamadas a medianoche para ponerse al día con un par de frases burlonas, también los almuerzos apresurados cada cierta cantidad de meses en donde, más que comer, se aseguraban de que la salud mental del otro estuviera en buen pie.
Claire tuvo certeza de que su mundo se había nublado para siempre. Ya no quedaba espacio para el sol… y solo quedaba resignarse a la eterna oscuridad de la noche sin estrellas.
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Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
