N. de la A.: ¡Bienvenidos a un nuevo capítulo!
Quiero agradecer a todos sus reviews, sus maravillosos comentarios, tanto a los lectores antiguos como los nuevos. ¡Muchas gracias por todo el apoyo! Me hacen muy feliz ^_^
Bueno, sin más dilación, ¡pasemos a lo que nos convoca!
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Ira.
«Morir no es nada agradable. Una vez leí que, si te cortan la cabeza, tu cerebro sigue consciente por unos diez segundos.
¿Cuánto son diez segundos? ¿Cómo saber a qué equivale uno, siquiera? ¿Quién eligió cuánto duraba uno?
Diez segundos se sienten como horas. Puedo recordar toda mi vida e imaginar lo que habría sido de continuar viva junto a ti. Podríamos haber tenido una familia, un hogar, donde nuestro pasado solo fuera un recuerdo amargo. Habría amado cada momento a tu lado, incluso aquellos dolorosos. Porque sí… te quiero, con todo el corazón.
¿Diez segundos?, maldición… parece que el mito era verdad».
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Durante el funeral de Chris Redfield, muchos agentes y soldados tanto del gobierno estadounidense como de la B.S.A.A. se reunieron para mostrarle sus respetos a Claire. Algunos de ellos se quedaron por más tiempo para relatar anécdotas famosas, otras desconocidas, que la mujer no escuchó pues su mente estaba a kilómetros de distancia intentando hallar un poco de paz interior. En el momento que Leon se adelantó entre el gentío para llevársela, los presentes guardaron silencio. Y retomaron las anécdotas al poco rato de que ellos se retiraron.
Sherry se encontraba bajo el amparo de una enorme carpa plástica abierta, colocada a algunos metros del féretro para proteger a los presentes de la intensa lluvia. Dicha carpa —que fue olímpicamente ignorada por Claire— le asemejaba con cada minuto transcurrido a un horrible encierro y no protección como era su objetivo, por lo cual se limpió las lágrimas para emprender la huida hacia la habitación de hotel que arrendó sin apenas fijarse en el precio que le cobraban por noche.
Apenas puso un pie fuera de la carpa, la lluvia le golpeó con todas sus fuerzas. Se puso una mano arriba de la frente para intentar ver el camino, pues el agua caía demasiado espesa… lo que no esperó nunca fue divisar a Jake Muller a algunos metros de distancia. ¿Era él de verdad? ¿O deseaba tanto verlo que su mente lo materializó aprovechándose de su mala visión a causa de la lluvia?
Sí, claro que era él. Su imaginación no era capaz de hacerle justicia a la expresión desolada que tenía en el rostro, como tampoco a la extensión de su fuerte espalda cuando se giró para marcharse del panteón.
—¡Jake! —chilló lanzándose a la carrera a través del lodazal—. ¡Jake, espera!
Las blancas botas de Sherry no eran apropiadas para ese clima ni ese terreno, algo que en ese momento no podía importarle menos. Volvió a llamarle, la voz rota de emoción contenida por todos los recuerdos que se agolparon en su cabeza apenas lo vio a su alcance…
Jake eligió ese momento para detenerse y voltear medio cuerpo hacia ella.
—Supergirl —Sherry se estremeció de gusto al escuchar ese apodo—, perdona. No te vi.
Su corazón latió fuerte. Le estaba mintiendo.
—No es cierto, sigues evitándome —replicó estirando un brazo hacia él para impedir que volviera a alejarse de su vista.
Claro que, al hacer ese movimiento, resbaló con una piedra mojada y se hubiese estampado contra el suelo de no ser por la agilidad felina de Jake, que interpuso su fibroso brazo entre ella y el barro para terminar el movimiento sujetándola unos segundos contra su cuerpo. Segundos fatales, tiempo suficiente como para activar aquella especial conexión que se había creado entre ellos gracias a las experiencias que vivieron juntos en Edonia y China.
Sherry enrojeció furiosamente y desvió la mirada, apartándose con cuidado de no resbalar otra vez. El cuerpo del joven seguía siendo tal y como lo recordaba: fuerte, seguro, firme. Excitante…
—Pensé que no vendrías —murmuró, triste—. Cuando te envié el mensaje, no tenía esperanzas de volver a verte.
Él no respondió, sino hasta un corto rato después.
—Dudé mucho —reconoció con dificultad—. Sigo pensando que Redfield era un imbécil, sin embargo… —su voz perdió matiz y se apagó, en tanto el sonido de la lluvia pareció cobrar más fuerza—, sin embargo, diría que también era un tipo decente. Supongo. Aunque no estoy aquí solo por eso.
La agente separó los labios, húmedos de lluvia, negándose a albergar esperanzas por esa frase.
No le resultó.
—¿Entonces…? —dijo para ver si eso le animaba a explicar el significado de sus palabras.
Jake se pasó una mano por la cabeza rapada con aire inquieto.
—Creí que podría… verte de lejos —admitió entre dientes—. Solo de lejos —puntualizó atropellándose un poco al hablar.
—¿Lo ves? Sí que me estás evadiendo, ¿para qué lo niegas? —le reclamó sin ocultar el dolor en el tono de su voz.
—No quiero hacerte daño. Lo digo en serio —agregó tras ver que Sherry componía una mueca escéptica.
Ambos recordaron al mismo tiempo la última vez que se encontraron, algunas semanas atrás: un bar, una conversación dolorosa, exclamaciones arrepentidas seguidas de un beso desesperado que culminó en dudas, temores, y antiguos demonios pendientes por exorcizar.
Sherry revivió el dolor que le causaba sentirse desvalida ante él, por lo que se rodeó el cuerpo con ambos brazos en un pobre intento de mantenerse firme.
—¿Por qué huyes? —preguntó en voz baja.
—No huyo —rebatió de inmediato, cansado—. Aquella vez en el bar… Olvídalo, ¿quieres? Cometí un error.
La mujer aferró la dura tela que cubría sus brazos con furia. La curva de su mandíbula, habitualmente de bordes suaves, pareció afilarse por lo mucho que la apretaba. «¿Un error?», pensó sin aliento. ¿Un error? ¡¿Un error?!
¿Haber sujetado sus mejillas sonrojadas con ambas manos fue un error? ¿Acercar ese rostro lleno de cicatrices, aun así, hermoso, para estamparle los labios encima fue un error? ¿Hacerla sentir como la mujer más dichosa por unos segundos fue un error? ¿Abrazarla tan fuerte que pareció reacomodarle los huesos fue un error? ¡Maldita sea… por supuesto que no!
—¡Eres un animal! —chilló al borde de la locura—. ¡Vete a la mierda, idiota!
Se dio la vuelta —perdiendo otra vez el equilibrio, pero tan furiosa que lo recuperó al instante— y echó a correr en dirección contraria. Mientras Jake no estuviera cerca, hasta debajo de un puente era buen lugar para pasar las penas de amor.
Avanzó a trompicones por el lodo. La espesa lluvia le empañaba la visión, lavando las lágrimas que caían por su rostro provocadas por la frustración de esa frase que le carcomía las entrañas como si fuese ácido. Un error… besar a alguien de esa forma no podía ser un error.
Jadeando, Sherry se detuvo frente a un enorme mausoleo cuando calculó que ya se había alejado lo suficiente del origen de sus dolencias. Apoyó la espalda en el mármol tan empapado como su abrigo, pensando que Jake era un imbécil de manual que no se enteraba de nada, un jodido egocéntrico incapaz de ver más allá de sus narices, ciego a los sentimientos que ella había intentado transmitirle en China, en el bar, y ahora frente a la tumba de Chris Redfield…
Lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas (¿o era la lluvia?). Se pasó una mano por el rostro más por costumbre que otra cosa, ya que no tenía caso intentar secarse con toda el agua que estaba cayendo. Sentía el pecho como si tuviera una llaga abierta justo en medio, la carne viva, palpitante de dolor. Frustrada, evaluó la posibilidad de echar fuera un buen grito que le sirviera a modo de desahogo. Se conformó con darle una patada al barro que terminó por arruinarle más las botas.
Evidentemente que para Jake ese beso fue un error, bastaba con recordar cómo se marchó apresuradamente justo después de concluir el ósculo, dejándola abandonada entre el calor del licor y el hielo de su rechazo. ¿Cómo fue que pasó por alto ese detalle tan importante?
Cuando supo de la muerte de Chris gracias a un corto mensaje enviado por Leon, ni siquiera se acordó de la accidentada cita en el bar. Le avisó porque había conocido al soldado, pero la razón principal era que lo necesitaba ahí para darle ánimos y así transmitir un adecuado consuelo a Claire.
Sherry adoraba a esa mujer. Cuando era pequeña idolatraba todo en ella, y ya de adulta siguió admirándola como el primer día en que la rescató del infierno que la apresaba, en el sentido más literal de la frase… y también emocional. Deseaba devolverle tantos años de consuelo, por eso temía no ser lo suficientemente fuerte como para echarse su dolor al hombro y librarla de la carga, aunque fuera por unos instantes. Deseaba contar con Jake para ese momento, pues desde que lo conoció pareció inyectarle fuerza y vida a través de sus frases burlonas. Incluso su mirada tenía cierto dejo de ternura cuando dejaba los ojos quietos en ella. Pero, ¿de qué le servía si haberla besado lo consideraba un jodido error?
—Mierda —suspiró en voz alta. Tenía que olvidarse de él ahora, o no podría manejar con éxito ninguna situación.
En ese momento, los enormes brazos de Jake la envolvieron por sorpresa. Su pecho, duro como la roca, hizo de apoyo para su cabeza rubia.
—¿Qué diablos haces? —farfulló contra la tela sintética de su chaqueta, sintiéndose apresada por él. No le gustó la sensación. No parecía real.
Forcejeó buscando apartarse, pero era imposible, pues Jake la doblaba en fuerza y estatura. Aun así, lo intentó.
—Lo siento, lo siento mucho… —susurró él en su oído, esperando tranquilizarla un poco.
—¡Suéltame! ¡Me dejaste muy claro que lo nuestro es un error! —chilló entre sollozos de pura rabia—. Soy una estúpida por perseguirte, si tan solo no deseara tanto una respuesta…
Jake la permitió alejarse unos centímetros, pero mantuvo su rostro cerca y sus hombros sujetos para que no volviese a marcharse. Ella jadeó al ver la expresión torturada en su semblante.
—No me malinterpretes —murmuró lento, luego su expresión cambió a una que mezclaba culpa y resignación—, yo… te quiero, Supergirl —confesó con dificultad—. ¿No entiendes lo que significas para mí?
Sherry volvió a sollozar, rozando la histeria.
—¿Cómo voy a saberlo si no me lo explicas?
—Santo dios, eres quien me salvó. —Sus ojos azules eran incluso más elocuentes que sus palabras. La amaba, ella tuvo certeza al perderse en ellos, similares a la marea antes de la tormenta—. Te quiero, Sherry —repitió como si ya no pudiera evitar decirlo—, y por eso tengo que protegerte.
—¡¿Protegerme de qué?! —lloriqueó.
—¡De mí, de esto! —matizó señalando a ambos con una mano—. Nosotros no… no debemos estar juntos.
Esa fue la gota que rebalsó el vaso para la pobre muchacha. Sus sollozos volvieron a aumentar de frecuencia, y Jake no sabía si estaba reaccionando así por el frío, o por la cruda verdad de sus palabras.
—¡Cabrón! —estalló Sherry, chocando las manos empuñadas en los pectorales del mercenario—. ¿Desde cuándo decides por mí? ¡No has pedido mi opinión ni un maldito segundo! Dios, Jake… —estaba agotada de pelear, de correr, de llorar—. Yo también te quiero, ¿por qué me haces esto?
Jake sujetó sus muñecas para atraerla nuevamente hacia su cuerpo. La abrazó de forma casi desesperada, así fue como Sherry concluyó que no mentía en sus buenas intenciones hacia ella, pero los resultados de las acciones pintaban un cuadro muy distinto…
—Mi mundo y el tuyo no pueden juntarse —Jake comenzó a hablar acariciándole la espalda por medio de movimientos pausados—, ¿es que acaso vivimos en universos tan distintos que no puedes verlo?
—¿Ver el qué?
—Cielo: soy un mercenario. Un tipo que vive por y para el dinero, no tengo reparos en aceptar trabajos de cualquier tipo para conseguirlo. Ese es el mundo en el que me muevo, el que he conocido toda mi vida, y si estoy contigo, en algún momento eso nos pasará la cuenta. ¿Lo ves ahora? —finalizó, todavía con el mentón apoyado en su coronilla rubia. Sherry no respondió—. Sé que vas a decir «no me importa tu trabajo, así te conocí», pero a mí sí me importa. Es un mundo simple y a la vez complicado, en donde no existen los escrúpulos… —Jake rompió el abrazo, luego aseguró la barbilla de la mujer con una mano—. Ahora podría no ser un problema, pero tarde o temprano te resentirás. Te haré sufrir, porque no cambiaré mi vida por nadie… ni siquiera por ti. —Hizo una mueca dolorosa—. Lo siento. Hubiera preferido decírtelo de otra forma.
El rostro de Sherry volvió a sufrir una mutación, pasando de la tristeza a la ira en menos de un segundo.
—Pero ¿quién demonios te ha pedido que cambies? —gritó apartando la mano de Jake con un manotón—. Todo lo que has dicho, cada palabra, ya lo había tenido en cuenta siglos atrás. ¡Todo, Jake! —Retrocedió unos pasos—. ¿En serio piensas que soy tan ingenua? ¿Crees que vivo un jodido cuento de hadas en la cabeza? ¿Que, por arte de magia, vas a transformarte en un príncipe montado en un caballo y viviremos felices por siempre? —escupió gesticulando frenéticamente con las manos.
—Sherry… —suspiró el pelirrojo, agotado por la situación.
—Me tratas como si fuera una rubia tonta cualquiera, ¿eso es lo que opinas realmente de mí? Dios… —Pasó ambas manos por su rostro—. Yo creí que, si para mí valías lo suficiente como para intentarlo a pesar de todo lo que tenemos en contra, sería igual para ti. —En ese momento, y a pesar de su tenaz determinación, la voz se le quebró. Alzó la vista, fijando sus hermosos ojos celestes en los azules de él, al mismo tiempo que la lluvia continuaba cayendo sobre su rostro—. ¿Me equivoqué contigo, Jake? Porque si es así… no quiero perder más el tiempo.
El joven la miró con una expresión tan dolorida, que Sherry se sintió obligada a bajar de nuevo la cabeza. La conversación no les estaba llevando a ningún buen lugar, y de seguir por ese camino, estaba segura de que no volvería a verlo más. Sentía que él la subestimaba, y quería demostrarle que estaba equivocado, pero, ¿cómo hacerlo?
Y la respuesta acudió a su mente.
—Tienes miedo —aventuró cruzando los dedos por detrás de la espalda.
Jake arqueó las cejas con evidente indignación.
—¿Disculpa? —Si ella supiese que la palabra «miedo» la había eliminado de su diccionario personal casi desde que tuvo uso de razón, no se atrevería a afirmar una aberración de ese calibre.
—Tienes miedo —repitió, acercándose nuevamente hacia él—, porque sabes que soy la única que te puede comprender por completo. La única que entiende cómo se siente ser un jodido experimento y no un hijo. ¡Soy la única, y lo sabes!
Jake retrocedió un paso sin darse cuenta.
—Te da miedo el futuro. Juntos, simplemente seríamos nosotros. A la mierda el pasado, pero ¡te aferras a él como una garrapata! Creí que en China habías decidido dejar de culpar a los demás por tus acciones… Y ahora…
No completó la frase. Jake la miraba entre alucinado y ofendido, pero antes de que pudiera rebatir su corto monólogo, ella salió corriendo quitándolo de su trayectoria con un duro empujón.
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En el Hotel Empire reinaba una paz que solo se conseguía durante la madrugada. Leon, recostado sobre la cama llevando la ropa de civil que el hotel le facilitó y con la cabeza de Claire en su hombro, mantenía los ojos completamente abiertos en la penumbra gracias al odioso insomnio que le impedía coger un poco de descanso. Se preguntó por qué no mezcló Rivotril también en su whisky, pues con Claire funcionó a la perfección y la mandó a dormir luego de llorar por una hora seguida.
Era primera vez que Leon la veía en ese estado de pesadumbre, pero claro, las circunstancias ameritaban una reacción como aquella. El proceso de duelo debía ser vivido sin saltarse etapas, y lo único que traería un poco de paz a su corazón destrozado era el tiempo.
Recordó la expresión desvalida en su rostro cuando la obligó a salir de la bañera pues el agua ya se había enfriado. Como no reaccionaba, le colocó la bata encima. Como no se movía, la tomó de la mano para guiarla hacia la habitación pues necesitaba secarse el cuerpo y el cabello. Y, como se negó a cuidar de sí misma, terminó haciéndolo por ella.
Mientras agitaba el aire caliente por sus hebras rojizas, pensó en cómo Claire solía llevar una sempiterna sonrisa en el rostro para cualquier situación, gesto gracias al cual mucha gente terminaba sintiéndose mejor. ¿También ella era protegida por su maravillosa sonrisa, o era inmune al efecto?
¿Cuánto habría sufrido en silencio? Solo la vio quebrarse cuando fue rescatada de esa asquerosa isla en que la mantuvieron como rehén junto a la hija de Barry Burton. No dejaba de repetir que fue culpa suya lo ocurrido, que por favor la perdonaran, pero aquello duró muy poco, pues pronto comenzó el proceso de ir a buscar a la muchacha con la convicción de que no debía haber muerto, aunque todo indicase que sí. Incluso se cortó el cabello como una forma de castigarse a sí misma por sus fallos, pero de nuevo, su sonrisa tomó el mando y mantuvo de pie a todos sus pares de TerraSave.
Cuando llegó el momento de dormir —forzado por el medicamento que Leon incluyó en el vaso de agua que la obligó a beberse—, Claire le rogó que se recostara a su lado.
—Solo quiero darte un poco de espacio, estaré en el sillón —explicó tratando de hacerla entrar en razón.
—No lo hagas…
Era imposible resistirse a una súplica así.
Con los ojos abiertos en la penumbra, y una mano acariciando suavemente el contorno del cuerpo de Claire, Leon tenía en la cabeza un enredo del cual solo asomaba un pensamiento concreto en ese momento: encontrar a alguien con quien Claire pudiera hablar, que hubiera pasado por lo mismo y lograse comprender por completo cómo se sentía, ya que él, por mucho que tratara de ponerse en su lugar, no lo lograba al dedillo por no haber atravesado una pérdida tan cercana como la suya.
«Helena sería la más adecuada», pensó mordisqueándose los labios, «pero no creo que esté en condiciones. Podría resultar mucho peor…»
Helena Harper. Encontrarla antes del funeral fue muy incómodo. Ambos chocaron casi de frente, por lo que desviaron la mirada y un frío asentimiento de cabeza les sirvió de saludo. Era evidente que ella todavía no superaba su desencuentro con Leon, incluso habiendo transcurrido tantos meses…
El agente se tapó la cara con el brazo libre. Jamás imaginó que las cosas con Helena se torcieran de esa forma. Si tan solo estuviera en su poder ahorrarle dolor, lo haría sin dudarlo un instante, pero era imposible porque él no había provocado esa… situación, lo que no le daba tranquilidad ni mucho menos. Seguía sintiéndose muy culpable. Deseaba que volvieran a ser amigos, la apreciaba sinceramente, pero… de nuevo, solo el maldito tiempo diría.
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«Una oficina desierta, oscura de medianoche avanzando hacia la madrugada. Dos agentes de la DSO escondidos del escrutinio público: Leon Kennedy y Helena Harper. La segunda había insinuado tímidamente al primero que le quería, y esperaba una respuesta con ansia juvenil. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos muy abiertos, inquietos, la boca entreabierta, su respiración abriéndose paso entre la barrera de sus dientes…
Pero Leon no comprendió el real sentido de la frase. Pensó que se refería a un amor fraterno, el cual correspondía sin duda. O, sencillamente, estaba negándose a admitir la realidad; ¿para qué Helena iba a pedirle encontrarse en el depósito de documentos, un lugar al que nadie iba a esas horas? Nadie, ni siquiera los agentes que estaban haciendo turnos de trabajo como ellos.
Helena suspiró ruidosamente.
—Leon, ¿es que no lo entiendes? —balbuceó en tono quejumbroso.
—¿Qué cosa no entiendo? —Estaba genuinamente sorprendido. Insultantemente sorprendido.
La mujer aprovechó ese momento para alcanzar su rostro varonil y besarlo apasionadamente. Fue tal su impulso, que la espalda de Leon chocó contra un estante lleno de archivadores. Algunos de ellos se precipitaron ruidosamente al suelo, hecho que no distrajo a Helena de su objetivo.
Se había enamorado de Leon Kennedy a costa de su propio criterio, de su salud mental. Deseaba conseguir con su propio esfuerzo reemplazar en su corazón a esa terrible mujer oriental de mirada calculadora que le traía al borde del abismo por quizás cuántos años. ¿Para qué tanto suplicio, si fue ella la que causó toda la desgracia que sufrió el planeta? Peor aún: era culpable indirecta de la muerte de su hermana Deborah. No merecía piedad, menos de Leon, un hombre que se notaba a kilómetros era muy compasivo con los demás.
Y no se podía negar que llevaba bastante razón, porque si el agente no había apartado a Helena de golpe era, precisamente, por el cariño que sentía por ella. Y la compasión de saber cuánto sufrió, cuánto debió soportar en el camino a la venganza contra Simmons…
Tras algunos segundos en silencio, Leon comenzó a ladear la cabeza suavemente para terminar con ese ósculo que no deseaba. Helena abrió los ojos, y vio en los de Leon disculpa mezclada con algo que parecía lástima. Se puso furiosa.
—Supongo que ahora lo entiendes —espetó con malos modos.
—Sí.
—Entonces… ¿no te gusto?
—Eres hermosa, Helena —susurró, acariciándole la mejilla de una forma que no fue bien interpretada—. Pero…
Ambos se observaron por un rato, nuevamente en silencio.
—Es esa mujer de nuevo —adivinó ella entre dientes, volviendo a bajar la cabeza. Leon la imitó.
—Hmmm…, no lo sé. —Suspiró pasándose una mano por el cabello—. Soy un desastre emocional, Helena. Nadie debería enamorarse de mí…
—Es un poco tarde para eso —le interrumpió bruscamente.
Leon alzó la vista. Vio que Helena le miraba visiblemente dolida, sonrojada, con lágrimas a punto de desbordarse y correr por sus mejillas. Maldición.
—Perdóname —fue lo único que se le ocurrió decir.
La agente sacudió los cabellos al mover la cabeza de un lado a otro.
—No entiendo qué le ves —habló con estupor—, ¿por qué la quieres? ¡Sabes lo que hizo, lo sabes!
—Todavía no se ha comprobado su participación en los incidentes de China y Tall Oaks —Leon decidió salirse un poco por la tangente con esa respuesta—. Chris me dijo que la vio morir, sin embargo, tú y yo estuvimos con ella. La viste por ti misma.
—Encima, la defiendes…
—Estoy hablando con hechos concretos.
—Y Deborah… —sollozó—, ¿ya olvidaste a mi hermana?
No, por supuesto que no. Era imposible olvidar el gran sufrimiento de Helena que aún no conseguía superar. Lo peor era que su muerte podría estar relacionada con la intervención de Ada, aunque el directo implicado fuese Derek Simmons. ¿Tuvo algo de responsabilidad o no? Lo cierto era que no lo sabía. La buscó por cielo, mar y tierra, conservando ese mensaje de texto en su celular y la polvera como únicos recuerdos de su encuentro más reciente, y luego nada; había desaparecido del mapa, como siempre que la necesitaba.
—No llores, Helena. No quiero verte así —susurró arrepentido de que recordara ese tema tan doloroso.
Leon hizo lo mismo que en tantas otras ocasiones: se acercó a la mujer y la abrazó apretadamente al tiempo que acariciaba su cabello con dulzura, recorriendo también toda la extensión de su espalda a modo de consuelo. Helena abrió los brazos para rodearle la cintura, con la cara escondida en su pecho. Sentía el corazón a mil por hora gracias al amor, la ira, el rencor y el dolor que le taladraban el alma dejándosela hecha polvo.
—¿En verdad no me quieres? —farfulló sorbiendo por la nariz.
—Claro que te quiero, pero no como esperas. Lo siento tanto...
Ella asintió rápidamente y se apartó rompiendo el estrecho contacto. Mientras intentaba secarse el rostro con la manga de su blusa, retrocedió algunos pasos sin voltearse, con un rostro atormentado que Leon nunca conseguiría olvidar. Si tan solo estuviera en su poder aliviarle la carga…
Helena se giró para alcanzar la manilla de la puerta. Cuando la tuvo sujeta, suspiró profundamente y apoyó la frente en la áspera madera.
—Espero que la encuentres pronto y sepas de una vez por todas lo que ocurrió. Porque si antes la veo yo… —apretó el pomo con fuerza, haciéndolo temblar—, si me la llego a encontrar, aunque sea por casualidad, la mataré. —Volteó la cabeza para mirarlo a los ojos—. La mataré, Leon. No lo olvides.
Y abandonó la habitación».
Luego de eso, el agente no volvió a verla. Incluso había pensado que la trasladaron de división, pero Hunnigan le sacó de dudas; no, ella seguía siendo parte de la DSO, y tampoco tenía licencia médica. Simplemente lo estaba evitando, y muy hábilmente, por lo demás.
Si tan solo Leon hubiera sabido que pocas semanas después de esa difícil conversación, Ada iba a regresar como el huracán carmesí que era para desestabilizar su precario equilibrio emocional, dejándolo peor que nunca… no hubiera buscado a Helena con tantas ganas, sino que habría encontrado la forma de apartarla lo más posible de su peligrosa influencia.
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Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
