N. de la A.: ¡Bienvenidos a un nuevo capítulo!

Aunque este fic está siendo reescrito (y, por cierto, me encuentro demasiado feliz con el resultado, siento que por fin es perfecto), ¡no esperaba que tuviera tanto éxito! Muchas gracias a todos mis lectores de Fanfiction y Wattpad por sus comentarios, estrellitas y views. ¡Os quiero, nenes!

Este capi fue muy divertido para mí, Ada es un personaje interesante de escribir. Y Leon, mi favorito de Resident Evil, llevarlo a situaciones límite siempre pone a prueba la capacidad del escritor. ¡Benditos sean los desafíos!

La imagen es una antigua colaboración que hice con el artista LoneWolf117. Debe tener como cinco años XD

Y ahora, pasemos a lo que nos convoca ;)

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Negociación.

«Lamento que nunca me hayas tomado en serio. De verdad, lo lamento… porque te lo advertí en muchas oportunidades: que esto era grave, que se saldría de control. Y no me escuchaste. Sí, ahora es demasiado tarde, tus ojos azules muestran que estás arrepentido, pero ya no podemos detener lo que se ha iniciado… incluso aunque me lo pidas.

Es demasiado tarde. Por favor, acéptalo».

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Si algo podía afirmarse con seguridad sobre Ada Wong, es que nadie la conocía en profundidad. Se trataba de una mujer complicada, no tanto por su carácter, sino por el intenso ritmo de vida que llevaba como agente doble, triple, o simplemente yendo por su cuenta. Todo su pasado estaba envuelto en un espeso halo de misterio y Leon, a pesar de sus muchas investigaciones, nunca pudo dar con él… casi como si la hermosa fémina hubiese nacido con veinticuatro años directamente en Raccoon City, cayendo sobre él para complicarle la existencia y hacer de su vida emocional un verdadero caos.

Sobra decir que Ada era muy consciente de su efecto en Leon. Lo que nadie sospechaba era cuánto aplicaba esa regla a la inversa, no obstante, la mujer jamás permitía que sus emociones interfirieran en el desarrollo de sus actividades. Era la mejor espía del mercado, su estatus le era muy conveniente, podía darse todos los gustos que quisiera, tenía varias cuentas bancarias con diferentes nombres en diversos paraísos fiscales, y si un día decidía desparecer del mapa y dedicarse el tiempo que le quedaba de vida a beber mojitos en una playa del caribe, podía permitírselo de sobra. Lo único que no conseguiría disfrutar era una vida tranquila y pacífica junto a Leon… pero eso no tenía remedio, por lo que Ada no invertía tiempo construyendo castillos en el aire. Su carácter práctico le impedía quedarse estancada en musarañas mentales, y lo que estaba fuera de su alcance —independiente del motivo— allí se quedaba.

Sin embargo, Ada solía ir en contra de sus principios cuando se trataba de Leon. Le seguía los pasos de cerca cuidando que él no se enterara, también vigilaba su entorno, preocupada de potenciales peligros que él pudiese ignorar debido a su falta de perspicacia.

Como no se le escapaba ningún detalle, se enteró casi en el mismo instante que ocurrió sobre el deceso de Chris Redfield. Y sintió verdadero pesar pues el tipo le caía bien. Por eso, creyó prudente averiguar cómo ocurrió tal triste suceso pensando en darle los detalles a Leon por si algo de su investigación le servía… claro que nunca imaginó que la información recabada fuera así de espantosa. Había invertido varios meses reuniendo toda la documentación necesaria, ahora se preguntaba si su esfuerzo sería para mejor o para peor.

Mientras revisaba los resultados de su pesquisa, leyendo y comparando muestras de ADN, Ada concluyó que debía mantener esa información lejos de su hermana, Claire Redfield, aunque sí era necesario prevenir a Leon de lo que estaba al caer.

Sentada en un pequeño banco de madera, amparada por la oscuridad de la noche y un gran toldo que recibía el peso de la fuerte lluvia, la espía quitó la memoria externa de su teléfono móvil y se la guardó en el bolsillo interior de su vestido de seda rojo. No iba a ser nada fácil para Leon creer en lo que iba a contarle, más aún, considerando la desagradable discusión que sostuvieron la última vez que se encontraron algunos meses atrás. Si Leon se negaba a escucharla, lo que era bastante probable si continuaba enfadado, su intención de protegerlo se iría a la mierda. Otra vez.

Negó con la cabeza a causa de cierta contrariedad, luego procedió a desplazarse con el sigilo que la caracterizaba. Con ayuda de su lanzagarfios, Ada alcanzó las partes más altas de los enormes mausoleos que componían el sector de élite en aquel lúgubre cementerio británico. Por medio de movimientos felinos logró no ser detectada por ninguno de los agentes que estaban presentando sus respetos al colega caído en batalla. La mujer se agachó, escondida tras una gárgola de piedra, y utilizó binoculares para observar mejor. Vio a Claire con el aspecto de un zombi, a Leon avanzando hacia ella dando pasos cortos, como si todavía no se decidiera a acercarse para consolarla.

«Pobre chiquilla», pensó Ada sintiendo algo de empatía. «Si ella supiera la verdad, adiós a su equilibrio mental…»

También ubicó a Jake Muller —o Wesker Junior, como prefería llamarlo— muy apartado de los demás. Estaba segura que Sherry Birkin no lo había visto todavía. Uf, ese encuentro prometía sacar chispas. ¡Qué ternura le daban!

Y tuvo mucha razón, pues cuando Leon finalmente se llevó a Claire, vio cómo Jake y Sherry parecían discutir acaloradamente. Era una escena sacada directamente de un libro romántico cliché, especialmente cuando ella arrancó lejos y él, tras frotarse la cabeza rapada con gesto trágico, salió corriendo para alcanzarla varios metros más allá con un abrazo que de seguro le quitó el aliento. Ada esbozó una media sonrisa. Era un tanto voyeur observarlos así, escondida, pero se veían tan dulces que no pudo evitarlo. Ojalá nadie se enterara de que Ada Wong tenía un lado flexible muy escondido.

Como Leon se había llevado a Claire fuera del cementerio, imaginó que era para resguardarla de la fuerte lluvia. Sabía dónde se estaba hospedando ella, sin duda era el único lugar al que irían, porque el agente Kennedy aún no tenía una reserva a su nombre.

Ada se apartó de la tétrica gárgola para devolverse a su automóvil, el que dejó estratégicamente estacionado en la salida oeste del camposanto, una que casi nadie utilizaba. El vehículo, por supuesto, era de un rojo intenso, color que se había transformado en su marca personal.

Ya dentro prendió la calefacción, se envolvió con una toalla que tenía preparada desde antes de salir, colocó la palanca de cambios en la letra D y pisó el acelerador a fondo. Si hubiera estado en su poder, habría buscado una instancia menos compleja para hablarle nuevamente a Leon. Ojalá no comenzara a reclamarle por aquella última «conversación» que sostuvieron… aunque lo más apropiado sería decir que él gritó por mucho rato.

La morena suspiró con el recuerdo bastante fresco en su memoria. Leon Kennedy al borde de la locura por la ira era una versión de sí mismo tan molesta como extremadamente sexy…

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«—No pensé que aceptarías mi invitación —se mofó Ada, caminando alrededor del agente con sus tacones como único sonido ambiental.

Al igual que en casi todos sus encuentros, ambos se habían escondido para verse. Ya fuera la habitación de un hotel caro, una casa abandonada, o la bodega de la D.S.O como era el caso en ese momento, todo lugar deshabitado eran buena opción para la mujer de ojos orientales.

—Siempre voy donde me llamas —murmuró Leon en tono amargo—, soy un jodido títere. —Llevaban apenas dos palabras y ya se sentía exasperado.

—No te pongas así. En cualquier caso, un títere sexy —acotó sonriendo. Era divertido hacer estallar su carácter. Siempre le había gustado jugar con eso.

Kennedy dio un rodeo para tomar asiento en una de las cajas llenas de archivos antiguos que cercaban el perímetro. Allí entrelazó los dedos de sus manos con aire sombrío.

—Me debías esta conversación, Ada. Necesito que dejemos las cosas claras de una vez por todas; estuve esperando saber de ti desde ese… extraño mensaje que me enviaste al móvil. Ada, por mi salud mental: ¿qué rayos pasó en China?

Ella reculó visiblemente.

—No te llamé para que habláramos de eso. Probablemente no me creerías —explicó debido al escepticismo en los ojos de Leon—, y si me pidieras pruebas, lo cierto es que las destruí todas. Únicamente tendrías mi palabra, algo que jamás ha sido suficiente para ti —remató, sarcástica.

—¿Y por culpa de quién es eso? ¿Crees que no he intentado confiar? Que dios me perdone, pero cada vez que lo he hecho he terminado con una pistola en la cabeza apuntada por ti —murmuró entre dientes. Sus ojos brillaban heridos.

—¿No me he disculpado ya mil veces? ¿Necesitas otra más? Tal vez debería dejarlas por escrito, a ver si con eso dejas de ser tan pesado.

Un poco desesperado, Leon se frotó la cara con ambas manos para no sucumbir a la rabia creciente que estaba por salirse de control. Ada siempre se las arreglaba para sacar lo peor en él. Y, en contadas ocasiones, también lo mejor.

—Soy yo el maldito problema —farfulló con la boca apresada entre sus palmas, algo que terminó por deformar las palabras y las convirtió en algo confuso—. ¿Quién me mandó a involucrarme contigo? Nadie, soy un puto iluso de mierda que no aprende jamás de sus errores.

—Y a esto me refería —dijo en tono socarrón, coronando su incomodidad con algunas risas—. De veras, Leon, qué pesado…

—¡Deja de burlarte! ¿Todo es un jodido chiste para ti? —estalló el agente liberando, por fin, parte de su frustración. Se levantó de la caja y dio un paso hacia la morena—. Vamos a hablar de China porque a mí se me da la puta gana. ¡El mundo cree que has sido responsable de los ataques bioterroristas en Tall Oaks y Lanshiang! Me jode la vida ver que te tomas todo como si fuera una maldita broma, ¡pues no lo es! —Cogió uno de sus brazos con violencia a duras penas contenida—. Necesito. Una. Puta. Respuesta. —Tenía la mandíbula tan apretada, que parecía rechinar cada vez que escupía algún vocablo.

Ada probó a liberarse del agarre. No lo consiguió.

—Nunca antes te vi así de furioso. —El brazo comenzaba a molestarle.

—Porque has roto todos mis límites. Jamás creí que podrías involucrarte en algo tan siniestro. En el pasado no tenía certeza de qué lado apoyabas, aunque siempre me ayudaste incluso a costa de tu trabajo. Por eso yo… —Hizo una pausa, luego notó que no sabía qué más decir. Abrió los dedos lentamente para soltar el brazo de la espía; estaba un poco avergonzado por su comportamiento, pero la furia continuaba latiendo en su interior—. Ada, no sé… no sé nada. No entiendo nada. Eres la única que puede ayudarme a comprender toda esta basura. ¿Qué fue lo que pasó en China?

Ada ladeó la cabeza, apartándose un paso de él. No le gustaba verlo así, dolido, más cuando era por su causa. Solo por eso pensó que no haría daño explicarle aquello que estuvo ocultando por tanto tiempo.

—Tenía un clon.

El agente dio un respingo.

—¿Qué?

—Tenía un clon —repitió en tono cansino—. ¿Lo ves? No me crees —dijo señalándolo con una mano—, por eso no quería decírtelo. Es que… soy tan popular que alguien realmente deseaba ser yo —finalizó con algunas risitas ásperas.

Precisamente esas risas terminaron por acabar con el dudoso autocontrol que Leon ejercía sobre su carácter.

—¿Estás burlándote de mí? —rugió—. ¡No hay nada ni remotamente gracioso en esta mierda! ¡Helena sigue llorando la pérdida de su hermana! Tú la viste morir, Ada, ¡tú pusiste una flecha en su cabeza cuando se convirtió en un arma biológica! ¿Entiendes que te ves culpable, aunque sea de manera indirecta? ¡¿Cómo puedes reírte de ella, y de todas las personas que fallecieron?!

Se abalanzó sobre Ada para zarandearla, un límite que jamás habría cruzado de no ser porque se encontraba al borde de la locura. Ese era el efecto nocivo que tenía en su vida, y lo sabía, siempre lo supo, incluso cuando se la follaba hasta casi acallar por completo las voces en su cabeza.

La morena reaccionó de inmediato a la agresión con una bofetada que dio vuelta el atractivo rostro del agente Kennedy. Este no se lo tomó bien, volviendo a lanzar sus manos hacia sus hombros para empujarla hacia atrás, pegándola contra la pared. Ada repitió el golpe a su mejilla, esta vez con la otra mano.

—Le va a ir muy mal a tus pelotas si no me sueltas —le advirtió en voz baja, casi mostrándole los dientes. Él ignoró el comentario deliberadamente.

—Estoy aburrido de ser tu puto juguete. Cuando esta mierda solo nos incluía a nosotros lo podía aceptar, pero ahora has ido más que lejos, Ada.

Leon la apegó aún más en la muralla, utilizando todo su cuerpo con el objetivo de inmovilizarla. Entonces, ambos se enfrascaron en un silencioso duelo de miradas. Lo único que se escuchaba era la pesadez de sus respiraciones. El ambiente cambió hacia un nivel oscuro que ningún de los dos había experimentado antes; se encontraban al borde del abismo de un punto sin retorno en su relación. De atravesarlo, significaría una separación irremediable.

Tras un minuto desafiándose con la mirada, Leon apartó la suya y, renuente, la soltó por fin. Se sintió despreciable por haber actuado de esa manera violenta, aunque el arrepentimiento que podría haber experimentado no llegó. Si conseguía la verdad, si ella confesaba lo ocurrido, entonces habría valido la pena portarse como un imbécil.

Ada se mantuvo con la espalda apoyada en la pared, el rostro volteado hacia el suelo para que su incomodidad no quedara en evidencia.

—¿Quién entiende al señor Kennedy? —dijo amargamente—. Te digo lo que pasó y mira cómo reaccionas. Después no preguntes por qué nunca te cuento nada.

—Disculpa, lo único que hiciste fue decir "tenía un clon" y luego reírte.

—Usa un poco esa preciosa cabeza que tienes para algo más que llevar un cabello perfecto. —Leon reaccionó con una mueca—. Sé que viste el video del laboratorio, aquel llamado "Feliz cumpleaños, Ada Wong"; debes haber quedado muy desorientado luego de eso. ¿No te dijo Chris Redfield que yo había muerto? —Él asintió, todo su ademán lleno de turbación—. Obviamente no era yo. A menos que ahora hayas intentado agredir a un fantasma.

—Eso no… —Frunció el ceño, sopesando sus palabras—. Bueno, cuando encontré ese video no sabía qué carajos era. Pero es…

—¿Imposible? —le interrumpió, sonriendo a media asta—. Se trata de Umbrella, cariño. No me digas que todavía crees en los cuentos de hadas… —Habló como si se dirigiera a un niño pequeño, y es que a veces, Leon le recordaba a uno.

—Si lo que dices es cierto, entonces no tuviste relación con la muerte de Deborah Harper.

—Pero qué insoportable eres con ese tema, ¿Helena y tú son novios? —preguntó entre risas.

Pero a Leon no le hizo ninguna gracia su comentario. El que la espía nunca fuera capaz de sostener una conversación seria le repateaba, y como su equilibrio emocional estaba hecho trizas, reaccionó muy mal a esa actitud.

—Estoy aburrido de todo esto. Es demasiada mierda la que tenemos encima —espetó de mal modo—. Haces que me sienta derrotado cada vez que estamos juntos.

Y era verdad, se le veía arruinado. Ada tragó saliva, sintiendo dentro de su pecho una molestia que aumentaba conforme transcurrían los segundos en silencio.

Tantos años jugando al gato y al ratón, al "corre que te pillo", a encuentros espaciados con sabor a angustia… Besos escondidos, caricias prohibidas, sentimientos a punto de salirse de control… Era imposible que no les pasara la cuenta en algún minuto de sus complejas vidas. Perseguir una obsesión por quince años era de todo, menos sano.

Ada suspiró, ordenándose el corto cabello azabache con una de sus esbeltas manos. Se le daba muy bien ocultar que el dolor de Leon le afectaba; si estuviera en sus manos aliviar esa carga lo haría sin dudarlo, pero uno de sus objetivos prioritarios era mantenerlo a salvo. Él parecía no entenderlo, pero juntos no tenían ningún futuro. En cambio, Ada lo tenía perfectamente asimilado desde el mismo instante en que lo besó mientras Raccon City se iba a la mierda.

Esos quince años les había pasado la cuenta a ambos. No eran ya los jóvenes optimistas con planes a futuro, ahora vivían cada día como si fuera el último, con plena convicción de que la muerte les esperaba reloj en mano. Tic, tac. Tic, tac. El tiempo se les acababa muy rápido.

Ada acortó la distancia entre ellos, su mano cogió la mejilla que antes había agredido y le dio un beso corto en los labios, pensando en apartarse si él reaccionaba mal. En cambio, Leon tomó su rostro con firmeza y la besó de una manera muy distinta, dando rienda suelta a su lado más animal, ese que solo liberaba en las sesiones de hotel que cada vez eran menos. La besó, la mordió, la lamió, hundió su lengua hasta el fondo de su boca una y otra vez, marcándola con sus dientes y su aroma, lastimándole la suave piel con el nacimiento de su vello facial… dejándola excitada y emocionalmente deshecha al separarse de ella con la misma brusquedad de su posesión.

—Adiós, Ada —murmuró entre dientes, limpiándose con una mano el resto de saliva que humedecía su barbilla. Luego, se dirigió hacia la puerta y antes de marcharse, dijo—: No quiero volver a verte.

Y salió golpeando tan fuerte la puerta, que las paredes también se estremecieron.

Aunque no era la primera vez que le decía aquello, a Ada esta ocasión le sonó como algo definitivo, pues en otras oportunidades la frase había emergido de sus labios luego de hacer el amor. Cada vez que él deseaba indagar en su pasado, o en alguna de las oportunidades que le había ayudado, Ada eludía todas sus preguntas con frases burlonas y terminaban separándose en medio de una tormenta de reclamos, con el agente rugiendo un adiós por siempre y repartiendo portazos a diestra y siniestra. Sin embargo, tarde o temprano volvían a reencontrarse como hacen los adictos luego de un tiempo sin consumir y la pasión destruía los recuerdos más amargos… al menos, hasta la siguiente despedida».

Ada terminó de recordar cuando estacionó su vehículo a una calle del hotel Empire. Se quitó la toalla, que arrojó al asiento de atrás, cogió su lanzagarfios y se preparó para hacerle una pequeña visita al hombre que más había logrado querer en toda su vida. Le tomó más de una hora ordenar la cronología en su cabeza, fue ayudándose con un archivo en su teléfono móvil en los momentos donde todo parecía enmarañarse más de la cuenta, y cuando finalmente se sintió lista, abandonó el calor de su vehículo para enfrentarse al frío de la lluvia inglesa.

Saltó cual artista circense, igual de elegante que un felino, luego subió colgada de un brazo hasta dar con la habitación que había pagado Claire Redfield. La cortina estaba abierta, por lo cual pudo observar, a pesar de la oscuridad, que estaban ocupando juntos la cama matrimonial. Casi sintió celos, solo casi, porque no estaba familiarizada con esa clase de sentimientos. Lo que sí ocupó su corazón fue algo de envidia al verlos tan compenetrados, independiente de las tristes circunstancias. Aquella unión era algo que ellos nunca tendrían. Pues sí, Claire le venía mucho mejor como pareja, debía reconocerlo.

Se fijó en la expresión de Leon, que tal como sospechaba tenía los ojos muy abiertos, y por el ademán sombrío de su rostro, seguro que estaba enfrentando demonios tan oscuros como el ambiente alrededor de ellos.

Dio un toque suave a la ventana, alertándolo de inmediato. Le hizo un gesto de silencio y señaló hacia arriba con la cabeza; eso fue todo, desapareció con la misma discreción que había aparecido. Ya en la azotea, se dejó caer suavemente a un costado de la pesada puerta metálica. Sabía que Leon iba a aparecer, pues por muy enfadado que se encontrara siempre asistía a donde ella lo citara. Y, a pesar de su último adiós, creía firmemente que esta vez no sería la excepción.

Suspiró, y esperó. La lluvia torrencial se había convertido rato atrás en una finísima cortina de agua para nada molesta. Ojalá todo se acabara pronto, ardía en deseos de darse un baño caliente en su deliciosa tina de hidromasaje.

La puerta se abrió en ese momento. Leon emergió caminando con la resignación de quien ya no es dueño de sí mismo.

—¿Qué necesitas, Ada? —Ni siquiera se molestó en saludarla.

«Ya que estamos en esos términos…»

—El que está en la tumba no es Chris Redfield —largó de golpe y porrazo. Si quería ahorrarse formalidades, bien por ella.

Leon se quedó con la boca abierta un buen rato.

—¿C-cómo…? —consiguió pronunciar finalmente—. No puede ser. Claire me dijo que debió reconocer su cuerpo en la morgue antes de proceder con su funeral. Yo mismo recibí imágenes de la policía forense, ese era Chris.

Ese también era un clon, como la falsa Ada Wong —explicó, levantándose para quedar frente a él.

—Oh, por favor… —rodó la mirada hacia el cielo—. ¡No empecemos con la mierda de los clones otra vez!

—No empieces tú, te estoy diciendo la verdad —masculló comenzando a ponerse de mal humor. No llevaban ni un minuto hablando y ya se estaba arrepintiendo de haberle buscado…

El agente bufó con fuerza al tiempo que se frotaba la cara con ambas manos. Se le notaba desesperado, impotente.

De pronto, su expresión cambió a una que Ada no tuvo necesidad de descifrar porque era demasiado clara, y porque estuvo esperándola desde que anunció la noticia.

—No te ilusiones, Leon: el verdadero Chris Redfield también está muerto.

Y así como la esperanza había ganado terreno en él, que Ada le reventara la burbuja con tal brusquedad estuvo a punto de acabar con su juicio. Creyó, por una milésima de segundo, que podría bajar corriendo a la habitación donde Claire dormía y despertarla con la maravillosa noticia de que todo era un error, que no era su hermano quien ocupaba el ataúd… pero no. La realidad estaba resultando incluso peor que hace tan solo unas horas atrás.

Leon caminó hacia la barandilla de metal que rodeaba el espacio de la azotea y la sujetó con todas sus fuerzas. Arrojarse de cabeza al vacío no parecía tan mala idea en ese minuto.

—Si a quien enterramos hace unas horas es un clon… —balbuceó pensando en voz alta, mas pronto cambió el sentido de su frase—. ¿Quién rayos está en esa tumba? —Era mejor partir por ahí.

—Uno de los científicos que trabajaba para Derek Simmons. —Arrugó la nariz sin querer. Recordar a ese tipo siempre le daba náuseas—. Descubrí que Carla no fue su único «éxito».

—¿Carla? —repitió Leon.

—Carla Radamés era el nombre de la investigadora que usurpó mi apariencia. En fin —se posicionó al lado de Leon, apoyando la cadera en la barandilla—, la paranoia de Simmons resultó bastante útil, pues llevaba registro de todos sus planes en una libreta escondida en su casa. Tenía todo anotado, incluso planes que finalmente descartó. —Leon tenía la pregunta escrita en el rostro, por eso procedió a explicarle un poco más—. Cuando requisaron su casa y su despacho, pasaron por alto un escondite. Se accedía cambiando de lugar algunos adornos… en fin, tú ya sabes cómo es eso —le restó importancia con un movimiento desganado de su mano—. Simmons había planeado reemplazar a Redfield hace por lo menos dos años atrás, pero no tuvo oportunidad, y cuando esta se presentó, no lo supo porque tú y Helena lo mataron.

Leon estaba convencido de que iba a arrepentirse toda su vida por lo que iba a preguntar, pero…

—¿En qué momento Chris fue… reemplazado? —Contuvo el aliento sin darse cuenta.

Ada compuso un mohín comprensivo. Lo mejor era responder con otra parte de la historia.

—Al verdadero Redfield lo mató Piers Nivans, no tengo ninguna duda. —Clavó su mirada verdosa en los orbes azules de su interlocutor—. Sé que leíste el informe de la B.S.A.A., donde explicaban la transformación de Nivans en un arma biológica. El rescate de Chris desde el fondo del mar… ¿nunca te preguntaste cómo fue que sobrevivió sin padecer la enfermedad del buzo?[1] Estaba a mucha profundidad, y emergió rápido a la superficie sin consecuencias.

Sí, a Leon le pareció extraño, pero imaginó que un detalle como ese habría quedado fuera de los informes pues estos se centraban más en la conversión del soldado Nivans. De pronto, sintió ganas de ponerse a gritar. Ya había pasado mucho tiempo desde lo ocurrido en China, y si el clon entró en juego cuando supuestamente rescataron a Chris… eso significaba que Claire compartió cenas, almuerzos y conversaciones telefónicas por meses con una maldita farsa.

Mierda, ¿y Jill? ¿Cómo quedaba ella con todo esto? Pues junto a Chris se habían comprometido en matrimonio, era la gran noticia de ese año, Leon estaba invitado para asistir a la boda… Algo como aquello podría hacerle añicos la vida a cualquiera.

—¡Te prohíbo que se lo cuentes a Claire o a Valentine! —exclamó en voz baja.

—No pensaba decírselo a nadie más que a ti, y vigila tu tono, que no soy de tu propiedad —le advirtió imitando su inflexión amenazante.

—Ahora no, Ada. —Apuntó hacia su precioso rostro de rasgos orientales con la punta del índice—. Hoy no.

Ambos se observaron en silencio por algún tiempo. La mezcla de emociones que sentían, oscilando entre rabia y atracción sexual, hizo que el ambiente se cargara de esa energía oscura y peligrosa que caracterizó sus últimos encuentros. Finalmente, la espía rompió el contacto visual girando el rostro hacia un costado.

—Acompáñame —dijo empezando a caminar hacia la puerta de la azotea—, vamos a visitar la tumba de Redfield.

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A Leon le parecía un poco cruel dejar a Claire durmiendo sola en la habitación del hotel, pero necesitaba investigar por su cuenta antes de que ella se enterara por casualidad de la horrible realidad que Ada le había contado. Por eso, dejó una nota en el mueble de noche al lado de la cama para que la viera por si llegaba a despertarse —era poco probable gracias al rivotril que había ingerido, pero no estaba de más tomar esa precaución—; se trataba de un texto escueto en el que le indicaba que había salido un momento por encargo de Hunnigan y que pronto volvía. Al menos, esa última parte era lo que más deseaba.

Ahora, tanto él como Ada se encontraban en el mausoleo buscando la tumba de Chris. Cuando por fin la hallaron, ella le quedó mirando con una rara expresión en el rostro.

—No pensarás ponerme a cavar —espetó el agente.

—Admito que me gustaría volver a verte sudoroso, pero supongo que no es un buen momento. —Esperaba aligerar un poco el ambiente entre ellos con esa frase juguetona.

Y algo consiguió. A Leon se le torció la comisura derecha del labio hacia arriba, aún en contra de su voluntad. Maldito fuera el sentido del humor de esa mujer… Negó indignado con la cabeza, era imperdonable su falta de firmeza ante ella.

Ada se agachó al tiempo que cogía su teléfono móvil de un bolsillo oculto en la cintura de su vestido carmesí. Activó un programa de tipo escáner, y extendió un brazo buscando cierto punto que le facilitara la extracción de una muestra biológica. Cuando finalmente lo encontró, cogió un dispositivo electrónico alargado desde otro bolsillo oculto, esta vez cercano a su pierna derecha, y apretó un botón. De este emergió una especie de aguja en el extremo superior, y en el inferior tenía un cable, el que Ada usó para conectarlo a su teléfono.

Leon observaba todo el proceso con la boca apretada. Vio cómo la mujer clavaba la extraña cánula en la tierra, luego, un disparo de luz le cegó momentáneamente.

—Ups —musitó ella. Se notaba que sonreía.

—Gracias por la advertencia. ¿Qué haces? —inquirió, pestañeando repetidamente para acostumbrar nuevamente sus ojos a la escasa luz que la luna lograba transmitir entre las espesas nubes cargadas de tormenta.

—Estoy tomando una muestra —habló, por completo concentrada en la pantalla de su teléfono.

—Pero, ¿qué buscamos? —Seguía confundido.

—Peligro —explicó simplemente.

Entonces volvió a observarlo, y bastó con un simple vistazo para saber que no estaba al tanto de lo que había ocurrido con Carla luego del encuentro en que Chris, supuestamente, la asesinó.

La lluvia eligió ese instante para detenerse al completo, pero los cielos auguraban que solo era una pausa momentánea. Leon se entretuvo mirando hacia las alturas, no lograba ver ninguna estrella por lo oscuro que estaba el cielo. Resultaba inquietante.

Un sonido agudo lo alertó en ese momento. Provenía de su teléfono, ¿quién le enviaba mensajes a esa hora de la madrugada? ¿Se habría despertado Claire? Tomó el aparato para revisarlo, angustiado. No era Claire, sino Hunnigan.

«¿Hunnigan?», pensó contrariado. «¿Por qué…?».

Lo siguiente que leyó aportó una dura descarga eléctrica a su cerebro. El mensaje de la mujer revelaba que todos los agentes de la DSO, la B.S.A.A. y también TerraSave, estaban siendo contactados en ese momento por una amenaza biológica identificada en el perímetro del cementerio donde se realizó el funeral de Chris Redfield. Les citaban frente a su tumba para esperar instrucciones.

Leon maldijo en voz baja, rogando que Claire no hubiera visto el mensaje. Seguro que sus jefes comprenderían que no participara, estando en las condiciones que se encontraba.

Una voz en su cabeza resonaba advirtiéndole que algo no andaba bien, y no tenía relación exactamente con lo que le había contado Ada, o con este citatorio urgente enviado por Hunnigan. Su instinto le advertía con insistencia de ese algo, aunque no lograra identificar el motivo todavía.

—Tienes una cara… —Ada se había ido acercando a su posición con ese contoneo de caderas que le provocaba mil y un infartos.

—Detectaron actividad inusual en este perímetro. —Guardó el teléfono en su bolsillo y se ordenó el cabello con una mano—. Vienen todos al cementerio. Deberías irte, tu nombre sigue manchado y los demás podrían reaccionar mal a tu presencia.

—No los culpo, esa Carla me puso en un buen aprieto. Entonces… —Le parecía mejor cambiar de tema que seguir ahondando en eso. Se acercó más a Leon, tanto que su sensual aliento calentó ligeramente sus labios cincelados de hombría—, ¿nos veremos pronto?

—No —respondió al punto, si bien su intención de ser firme se fue al traste en cuanto ella le sonrió de costado. Carraspeó antes de continuar—. Deberíamos dejarlo de una vez, Ada. Tú sabes que hay alguien más en mi vida.

—¿Y desde cuándo ha sido eso un problema?

Para ella, claramente, nunca. Pero Leon sí sufría por no ser capaz de darle a aquella mujer —a quien sí amaba con todas sus fuerzas, por la que daría su vida sin dudarlo, mucho más que un ligue ocasional en hoteles de lujo— el lugar que realmente merecía en su vida. Ada era un magneto muy poderoso, y si las cosas fueran distintas, tal vez una relación con ella habría resultado.

No obstante, el corazón de Leon tenía grabado a fuego el nombre de Claire Redfield, algo de lo que Ada estaba en completo conocimiento… y que no le impedía seguir tirando del hilo que desataba el instinto sexual del agente; adoraba hacerle perder el control por ella. A su modo lo quería, eso estaba claro. Pero no lo amaba lo suficiente como para dejar su estilo de vida por él.

No tenían futuro como pareja. Como amantes, en cambio, las cosas eran diferentes…

—¡Quédate donde estás, Ada Wong! —chilló de pronto una voz femenina cargada de odio.

Ambos se giraron en dirección al origen de aquel grito. Leon supo de inmediato quién era, por lo que apartó a Ada con un brazo y la dejó hábilmente a su espalda, ignorando el gruñido de protesta que se ganó por su actitud. Escuchó claramente el típico sonido que hacen las armas cuando se les quita el seguro; decidió actuar con mayor celeridad. La situación era extremadamente compleja.

—Baja el arma, Helena —habló hacia las sombras. Estaba muy oscuro todavía, pero logró ubicar el brillo de su pistola—. Hoy recibí información nueva, te lo explicaré en un momento.

La espía tensó todos los músculos a la espera de cualquier movimiento por parte de la agente Harper. Debido a algunos comentarios de Leon, sabía que la consideraba como culpable casi en exclusiva de lo sucedido con su hermana, así que intuyó que venía con plenas intenciones de venganza.

El aire tenía una carga pesada, con matices a lluvia, pasto mojado, barro y muerte que ninguno pasó por alto. Ada apretó los dientes y esperó.

—Apártate, Leon —ordenó la agente. Su voz sonaba rota de lágrimas.

—Deja que te explique…

—¡Cállate, no me hagas dudar! —Por fin, salió de la oscuridad hacia la pareja. Tenía el rostro deformado por un sufrimiento demasiado profundo como para ser comprendido—. Te lo advertí muy claramente: la mataré si me la encuentro —apuntó con más cuidado—, y yo cumplo mis promesas.

—¡Ada no tuvo relación con el incidente de Tall Oaks! —Dio un paso hacia Helena—. Escúchame, Simmons hizo experimentos y…

—¡Maldita sea, no la defiendas más!

—¡No la defiendo! Helena, tienes que frenar un poco… ¡Estás a punto de cometer un error!

Ada los dejó gritarse el uno al otro sin intervenir, pues su atención estaba puesta por completo en la respiración de Helena, sus movimientos oculares, el mínimo temblor de sus manos, cualquier cambio que le indicara una próxima acción y así actuar con ventaja. Le preocupaba un poco la seguridad de Leon, pero confiaba en que no recibiría daño, pues intuía que esa mujer guardaba sentimientos por él.

Resopló sin darse cuenta. ¿Qué tenía ese hombre que le gustaba a todas?

—Por última vez: apártate de ahí, Leon.

Él negó con un movimiento brusco.

—Lo siento.

—Mierda —sollozó como si estuviera muy cansada—. No me obligues… no quiero…

Contuvo la respiración, era la señal que Ada esperaba. Se movió con su habitual presteza, sin embargo, no logró quitar al agente de su posición lo suficientemente rápido; Helena disparó una sola vez. La bala impactó en el muslo derecho de Leon, haciendo que soltara un grito de tortuoso calvario. Producto de la sorpresa y el suplicio, cayó sentado al suelo agarrándose la extremidad.

Ada no perdió un segundo; se agachó a su lado, rompió el borde inferior de su vestido y con ello confeccionó un efectivo torniquete para evitar que fuera a desangrarse. La herida distaba de ser mortal, solo le imposibilitaba moverse bien. Se notaba que Helena había calculado muy bien hacia dónde apuntar. Luego le ayudó a levantarse nuevamente; Leon tenía una expresión crispada en el rostro, mantener el equilibrio apoyando su peso en la pierna sana le reportaba bastante dificultad. Ada desafió a la otra mujer con la mirada. Se la veía furiosa, aun cuando su habitual máscara inexpresiva continuaba dominando el resto de sus facciones orientales.

—No se verá bien en tu expediente el haberle disparado a un compañero —la reconvino con severidad.

Helena volvió a apretar la mandíbula.

—Estás maldita —escupió—, dondequiera que vas arrastras la muerte contigo.

—Y a ti se te aflojaron un par de tornillos —retrucó sonriendo—. ¿Cuántas sesiones de terapia te saltaste?

La mujer respondió con un rugido proveniente desde el fondo de su garganta. Ada, por su lado, recuperó la seriedad pues no estaba dispuesta a entrar en su juego. Necesitaba mantenerse en completo dominio de sí misma, mas escuchar la respiración pesada y adolorida de Leon le estaba pasando factura…

En ese momento, Helena volvió a apuntar hacia ella.

—Arriesgué al mundo entero por salvar a mi hermana… ¿crees que sentiría algún tipo de compasión por tu asquerosa vida? —Su voz emergió forzada, llena de odio.

Otro cambio en sus respiraciones, otro segundo que pasaba sin movimientos, hasta que Helena se abalanzó hacia la espía alzando un agudo grito de guerra. Ada se separó de Leon y atrajo la pelea lejos de él, se movió de un lado a otro para impedir a Helena que asegurara la puntería y de pronto, con un hábil golpe de palma abierta, hizo que soltara su arma. Desprovista de su mejor carta para despachar del mundo de los vivos a la espía, Helena soltó otro grito y decidió continuar con su plan; iba a matarla a como diera lugar, y hacerlo con sus propias manos se le antojaba cada vez más atractivo. De esa forma, las mujeres se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo que tenía una clara ganadora, pues Ada dominaba distintas artes marciales casi a la perfección. Estaba en clara ventaja, lo que volvió a frustrar a Helena en sus intentos de acabar con su vida. Se vio obligada a retroceder tras recibir varios golpes consecutivos entre el estómago y las costillas que la dejaron sin aire, más una bofetada durísima que la envió al suelo. La agente empezó a perder la paciencia, por lo que gateó por el lodo buscando su pistola para terminar de una vez el enfrentamiento. Su oponente no la perdió de vista, así que cuando notó cuáles eran sus intenciones, de dos zancadas llegó hasta su posición y le aplastó la mano con el zapato, atravesándola por medio de su afilado tacón. No era casualidad que utilizara ese calzado, adaptado para cualquier combate.

Leon, que se mantuvo observando en silencio para entrometerse en cuanto tuviese la oportunidad, se estremeció al escuchar el grito destemplado que emitió su compañera. La pierna le latía en carne viva, pero se las arregló para desplazarse de su posición con el objetivo de acabar con la pelea, las cosas estaban a punto de salirse de control.

Fue en ese instante que Helena logró alcanzar el arma.

—¡No! —gritó Leon por inercia, lanzándose a correr tan rápido como le permitía la herida.

Ada se arrojó sobre la mujer para impedirle apuntar. Extendió ambos brazos y logró desviar un disparo a tiempo, rodó sobre su eje e intentó hacerle una llave para romperle el hombro. Helena también se giró conectando algunos rodillazos en el costado de la espía; disfrutó cada uno de ellos, se le notaba en los ojos inyectados de locura y la boca en una mueca curva, sarcástica.

—Despídete, zorra asesina —susurró volviendo a apuntarla. Sentada a horcajadas sobre ella, una sensación de superioridad llevaba la batuta de sus movimientos.

—¡Helena! —Leon había resbalado en el barro y ahora se desplazaba reptando patéticamente hacia las mujeres ayudándose de los codos y la pierna buena.

Ada no pestañeó, no se movió, y menos intentó hablar. Analizaba con los ojos muy abiertos a su contrincante, necesitaba toda su concentración para evitar que consiguiera su objetivo. Había estado en muchas situaciones de vida o muerte, y en todas salió airosa gracias a su entrenamiento. Podía mantener la cabeza fría bajo cualquier circunstancia, especialmente aquellas en que una pistola apuntaba su frente como en aquel instante.

Helena presionó el cañón sobre la piel de Ada. Los gritos de Leon parecían sonar a kilómetros de distancia.

Entonces, ambas mujeres se transformaron nuevamente en una maraña de brazos y piernas, porque la oriental volvió a desviar la pistola con un golpe de palma. Rodaron de aquí para allá convertidas en una masa fangosa irreconocible, hasta que el sonido de un disparo perforó el ambiente. Ambas se quedaron quietas, inertes…

Leon dejó de respirar, también de arrastrarse.

—Dios… ¡Ada, Helena!

Volvió a tomar impulso y llegó hacia ellas en el instante que la espía rodó hacia un costado. Tenía el pecho cubierto de sangre, aunque no provenía de su propio cuerpo…

El agente tragó saliva de manera convulsa, y al comprobar que ella estaba bien, dirigió la mirada hacia Helena. Descubrió que el impacto se había incrustado en su pecho, atravesándolo limpiamente, y una enorme cantidad de sangre comenzó a juntarse a la altura de su espalda. Leon procedió a aplicarle maniobras de resucitación, colocó dos dedos en su yugular con los ojos cerrados, tratando desesperadamente de percibir si tenía pulso, aunque fuese débil. Helena boqueaba, sus orbes moviéndose sin rumbo fijo, las manos temblando de forma convulsa…

Le costó más de un minuto convencerse de que todos sus intentos eran fútiles. Por la zona del impacto, supo que la bala le había atravesado limpiamente el corazón.

«No puede ser», pensó alcanzando su cabeza castaña para alzarla en sus brazos.

—Helena, háblame… —gimoteó, limpiándole la cara con la manga de su camisa—. ¿Por qué no quisiste escucharme? Que Dios me ayude…

Pero ella no le iba a contestar. Había muerto poco después de la última maniobra de resucitación.

Ada quedó sentada observando la escena con rostro inexpresivo. Resentía el dolor de Leon por dentro, pero no iba a dar cabida a la compasión. Terminó desviando la mirada porque no deseaba contemplar el íntimo momento entre el agente y el cuerpo inerte de la mujer castaña. Lo mejor era echar a un lado cualquier mínimo sentimiento, su único interés era completar la tarea que le habían encomendado, y nadie —ni siquiera Leon— podría desviarla de su misión.


[1] La enfermedad por descompresión, también llamada «enfermedad del buzo», es un trastorno en el cual el nitrógeno, disuelto en la sangre y los tejidos debido a la alta presión, forma burbujas cuando la presión disminuye.

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Stacy Adler.