Disclaimer: Los personajes de esta obra son propiedad de Capcom. Claro que, si fuesen míos, ya habría hecho canon el Cleon, el Valenfield, el Shake, y otras shipps xD
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Depresión
«Te quiero… Eres un destello de luz más brillante que el sol reflejado en un cristal. Aquí era imposible que estuviéramos juntos, pero al otro lado quizás tengamos una oportunidad, ¿no crees? En un mundo libre de amenazas, libre de juicios. Un mundo donde solo estemos tú y yo.
Un jodido mundo donde no…»
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—¡Sherry, abre la maldita puerta!
Jake Muller llevaba alrededor de cuatro minutos golpeando con escasas pausas de por medio a la habitación de Sherry para que esta le permitiera el paso a su interior, una tarea que no le había reportado éxito y jugaba con la paciencia de la recepcionista del hotel, quien ya le había solicitado en tres oportunidades con su altanero inglés británico que dejara de aporrear la puerta porque la iba a romper y el ruido molestaba a los demás inquilinos. Mas Jake, profundamente hastiado en la tercera advertencia, se limitó a extraer unos cuantos billetes de veinte dólares desde su cartera, los puso en las manos de la mujer y la despachó con un grosero «ahora váyase y déjeme en paz».
Solo nuevamente, el mercenario volvió a martillear la madera intercalando juramentos con amenazas no muy convincentes. Sherry continuó sin darle señales de vida hasta que, tras una frase particularmente cargada de frustración, por fin dejó que su voz interrumpiera el espeso silencio que hasta ese minuto se había negado a romper espetando:
—¡Ya vete de una vez!
Jake gruñó, luego profirió una retahíla de palabrotas, por dentro un poco aliviado de escucharla tras tantos intentos infructuosos por obtener siquiera algo parecido a una respuesta.
—¡Tienes diez segundos para abrir, o no respondo de mis actos! —masculló, con su dosis de tacto habitual.
Nuevo silencio. El pelirrojo se frotó la cabeza con ambas manos para no soltar más puñetazos, aunque era lo único que realmente se le antojaba en aquel momento. ¿Por qué tenía que ser tan obstinada? ¿Por qué no comprendía lo mucho que le había costado tragarse el orgullo y salir nuevamente tras ella, incluso a costa de su propio criterio? Las palabras de Sherry le habían calado muy hondo. Dolieron. Quemaron. Ella no sabía cuánto, no midió el impacto de cada vocablo antes de echarlos al aire como si fuesen pajarillos aventándose del nido imprudentes, tan solo para volar por instinto. Ese profundo pesar espoleó su brusca reacción mientras estaban en el mausoleo, y buscaba la forma de explicarle todo esto a Sherry, pero si no le permitía entrada era una causa perdida…
—Voy a echar abajo esta puta puerta y me va a importar una mierda lo que digan —la advirtió, acezando de pura rabia—. Esta es tu última oportunidad, Sherry, ¡deja de ser tan terca y…!
En ese instante, la puerta se abrió de forma inesperada y dejó a Jake con su última amenaza a medio terminar. Puesto que estaba apoyado en la madera con ambas manos abiertas, su repentina apertura lo hizo perder el equilibrio y chocó contra el pequeño cuerpo de Sherry por un breve instante.
¿Era que estaban destinados a que las cosas entre ellos fuesen siempre así, a trompicones?
Sherry lo apartó con desgano. Al hacerlo, su rostro quedó por completo al descubierto, y el de cabeza rapada tragó audiblemente. Supo, sin lugar a dudas, que nunca había sentido tanta repulsión hacia sí mismo como en ese momento. Porque él era el culpable de las lágrimas de Sherry, de que sus preciosos párpados estuviesen enrojecidos e hinchados, perdiendo su habitual forma de almendra. Él era el culpable de esa expresión torturada, de su espalda encogida sobre su eje; él, nadie más que él, y habría hecho cualquier cosa por resarcir el daño, retroceder el tiempo, cambiar sus palabras… Pues Sherry merecía mucho más, alguien mejor que un jodido mercenario disponible al mejor postor. Merecía rosas, diamantes, o al menos, un amor seguro del que no pendiera la amenaza permanente de una pistola apuntando a sus signos vitales.
Pero maldijo todavía más el concebirla tan hermosa como siempre. Su piel lisa, tersa, pálida. La sedosidad de su cabello rubio, todavía mojado por el rato que pasaron bajo la lluvia. El color celeste claro de sus preciosos orbes transparentes que podían leer en él como nadie más lo hacía. Sus labios con forma de corazón, tintados de carmín y amargura…
Jake cerró la puerta tras su espalda sin dejar de mirarla.
—Eres tan frustrante —se quejó Sherry, interrumpiéndole cuando apenas empezaba a abrir la boca—, ¿cómo no entiendes que necesito estar sola? En el mausoleo fuiste muy claro. No quiero más de eso, ahora lo único que me importa es acompañar a Claire en su duelo…
Continuó farfullando frases del mismo estilo al tiempo que se desplazaba gesticulando con movimientos frenéticos por toda la habitación, desquitándose con un cojín que fue a parar al suelo y con un jarrón barato, el que cogió con intenciones violentas y, tras arrepentirse a medio camino, terminó estampándolo en el mismo lugar donde se encontraba con un golpe seco.
Jake se cruzó de brazos rodando la vista hacia las alturas.
—Perdóname —murmuró, probando a ver si le escuchaba.
Lo hizo. Sherry tenía el oído muy bien entrenado. Giró la cabeza hacia él con la mandíbula tan tensa que parecía chirriar.
—No sirve que te disculpes cada vez que la cagas. Así no se arreglan las cosas.
—Ya lo sé —replicó, mordaz—. ¿Crees que soy idiota? Tengo muy claro que te he hecho daño, pero, maldita sea, tú también a mí.
—¿Cómo dices? —protestó sin aliento, el ceño profundamente fruncido.
Jake se acercó hacia ella algunos pasos, frotándose la nuca con aire apenado.
—Nos hemos herido mutuamente… —Contrariado, cambió el sentido de su frase—. Tenías razón en todo. Sí, Sherry —añadió con suavidad al ver que ella lo miraba estupefacta—, solo quería decírtelo antes de marcharme; lo habría hecho hace rato si me lo hubieras permitido.
Ella aguardó a que prosiguiera con su idea, expectante de inquietud.
—He sido un cobarde en lo que respecta a nosotros. Pero nadie había entrado así en mi alma… eres única. Y no es fácil ser un libro abierto para alguien a quien conocí en circunstancias tan peculiares —explicó. Sus ojos estaban apretados, como tratando a toda costa de ignorar una verdad así de cruda—. Viste a través de mí, y viste quién podía llegar a ser, no solamente al jodido hombre que vive el día a día esperando no morir en el intento.
Sherry se mordió el labio inferior, dubitativa. Observar a Jake bajar la guardia era toda una novedad pues en el mausoleo siguió siendo el de siempre, explicándole con firmeza y dulzura lo que sentía, aunque sin profundizar realmente en los motivos más insondables. Ahora que desnudaba ante ella buena parte de sus temores no sabía cómo reaccionar, por lo que decidió partir por lo que más le preocupaba en ese minuto:
—¿Te… te marchas? —balbuceó sin ocultar que pronunciar esas palabras le dolía.
Él sonrió torcido, un gesto que Sherry adoraba más que beber un mocaccino antes de trabajar. Y eso era mucho decir.
—Pretendía verte solo de lejos —le recordó, tal y como le había dicho rato atrás en el cementerio.
Un denso silencio se impuso desde aquel instante. De pie, uno frente al otro, la comunicación exenta de vocablos parecía funcionar de manera recíproca. Jake notó que los ojos de Sherry volvían a brillar de humedad, así que se dio una nueva patada mental por no ser más sutil. ¿Cuándo iba a aprender?
Creyó prudente disculparse otra vez, pero Sherry lo dejó nuevamente a medio camino de una frase cuando le interrumpió profiriendo un gemido bajo de impotencia.
—No te vayas —le rogó; la voz rota por espesas lágrimas, contenidas al fondo de su garganta.
Jake exhaló brusco, luego invadió su espacio personal encajonándola al rincón de la pared con ambos brazos extendidos sobre la cabeza rubia y las palmas abiertas sobre el duro cemento. Su metro con noventa de estatura sobrepasaba por mucho el humilde metro con sesenta y cinco de Sherry, y en ese momento se notaba más que nunca.
—¿Por qué? —En la pregunta resonaba toda su confusión, la cual emergió envuelta en una melodía baja, ronca… casi sugerente—. ¿Por qué debería quedarme?
Ella temblaba bajo su encierro, pero no de miedo o frío, sino de angustia. El aroma característico de su piel curtida la desorientó por un instante, en el que se perdió como si fuese un bosque lleno de matices a pólvora y madera robusta.
Inspiró profundo para llenarse de él antes de murmurar:
—Porque, para tu desgracia, estoy enamorada de ti… —Jake reaccionó con una mueca amarga—. Lo que somos puede ser incompatible —continuó, procurando mantener un ritmo estable en su explicación—, no sabes cuánto lo he pensado. Y cada vez que llego a un callejón sin salida, la única solución que viene a mi mente es que debo intentarlo… incluso si el mundo entero se vuelve en nuestra contra. Incluso si no funcionamos. No podría seguir viviendo con la duda…
Jake mantuvo los ojos fijos en la mujer. Su ademán era críptico; su postura corporal, fuerte y defensiva. Su empecinamiento era mucho más firme que su propia determinación a no arriesgarse. La admiración que habitualmente sentía por ella creció como la espuma.
Sherry se limitó a esperar una respuesta, la que no tardó en llegar luego de que el mercenario dejara escapar con precipitación el aire entre los dientes.
—Estás loca, Supergirl. —Y sonrió a medias otra vez, quitándole hierro a la frase. Despegó una de sus manos de la pared para acariciarle suavemente la mejilla con los nudillos, eliminando un ligero rastro húmedo que todavía no terminaba de secar.
Pronto, Jake sustituyó su expresión por otra que mezclaba concentración, deseo, necesidad y amor a partes iguales. Sherry supo por instinto lo que estaba por venir; no se resistió en absoluto. Apenas el joven inclinó el rostro salió a su encuentro estirando los brazos y pasándolos por alrededor de su cuello. Percibió la fuerza con que Jake rodeaba su cintura, como si estuviese desesperado, y fue exactamente eso lo que le arrebató el aliento justo en el instante que se colaba entre sus labios frenético, ansioso de probarla sin presiones, sin temor al futuro ni a lo que fuese a pasar después.
Sherry jadeó. El interior de la boca de Jake era muy caliente, su lengua se deslizaba por las paredes de la suya como si fuese satén, tan suave que lograba amoldarse a sus contornos con precisión milimétrica, erizándole la piel con cada recorrido. Resultaba delicioso, mejor que cualquier cóctel de frutas o que observar la lluvia caer por la ventana desde la seguridad de una chimenea encendida. Incluso el leve dejo a café y tabaco que llevaba su boca le parecía excitante. Tal intensidad en un ósculo de origen atormentado debería agotarse rápido al consumir combustible con desenfreno, mas este no era el caso, porque Sherry y Jake se besaban cada vez con mayor deseo. La combustión iba en ascenso; el temor, en descenso.
Mientras se quitaban la ropa a tirones mantuvieron sus labios adheridos como si cualquier pequeña distancia, aunque fuesen simples milímetros, se tradujera en una separación definitiva.
El aire entre ellos se volvió húmedo, pesado, con fuertes matices cítricos por el vínculo físico que estaban empezando a disfrutar. Sus bocas empapadas se unían casi sin pausas entre cada beso. El oxígeno había pasado al último lugar de importancia en sus necesidades básicas, relegado por completo ante la importancia de conectar cada porción de piel, cada rincón tangible. Cada espacio intangible.
Respiraban con dificultad cuando Jake abrió los ojos de golpe. Se encontró a sí mismo desnudo, echado sobre el cuerpo también desnudo de Sherry, que lo observaba con semblante inquisitivo rodeada de suaves sábanas blancas.
—Te quiero —proclamó en tono grave.
—Jake…
A partir de ese momento, simplemente se entregaron a las sensaciones, los aromas, el tacto; a experimentar la unión de sus cuerpos tan entrelazados como lo estaban sus almas. Dejaron las dudas y el miedo al futuro a un lado. Ya tendrían tiempo para ello. Amarse, en cambio, era un asunto de urgencia, y ya no podían aplazarlo como hicieron por tantos meses.
Besarse, tocarse, darse placer mutuo… No cabían en sí de dicha; aunque el futuro pareciera oscuro, en ese momento se les antojaba muy lejano. Como si caminaran lentamente hacia el horizonte buscando alcanzar el sol durante un atardecer en la playa, donde podían divisar el límite entre el astro y el mar, pero sin llegar a atraparlo.
Pararon tras una hora para observarse con atención, maravillados de cuán compenetrados estaban, de lo compatibles que eran en el ámbito sexual, por lo que dedicaron otro rato a saciar sus necesidades emocionales conectando los latidos de sus corazones por medio de delicadas caricias.
Las manos de Jake denotaban tanta posesión como veneración en su toque. La expresión habitualmente adusta en sus ojos no había desaparecido del todo, pero sí podía adivinarse felicidad en aquel ceño semifruncido, y en sus mejillas tintadas de rubor.
Sherry, a su vez, se encontraba en el mayor éxtasis que podía recordar. Pagaría con gusto el precio por dejarse llevar con Jake en cualquier momento, pues tenerlo entre sus brazos y palpar la textura rugosa de su piel y sus cicatrices era el mayor premio que jamás obtendría. En ese instante, se esfumaron de sus recuerdos las semanas de tortura pensando en aquel accidentado momento del bar. Sufrir tanto al final había dado sus frutos. Intuyó que Jake también padeció la separación y por eso la compensaba empleándose al máximo en hacerla feliz.
Volvieron a besarse, a hacer el amor, a acariciarse, y cuando la cama les pareció demasiado húmeda se trasladaron a la ducha, en donde terminaron de saciar su necesidad alimentada por la distancia.
La mujer abrió la boca de puro placer. Por sus labios corrieron gotas de agua caliente, mezcladas con la sal de su sudor. Gimió por la increíble sensación que experimentaba a través de esas manos acariciando todos los puntos erógenos de su cuerpo mientras se retorcía sin remedio, incapaz de digerir adecuadamente lo que estaba ocurriendo. Jake eligió ese momento para presionar la pelvis contra el costado de su cadera. Su estómago se contrajo de gusto al percibir los montículos de esos abdominales esculpidos contra su piel empapada; aquella humedad ardiente intensificaba todos los efectos, haciendo que ambos estuviesen mucho más perceptivos a las reacciones del otro.
El teléfono móvil de Sherry se iluminó varias veces en ese intertanto, y no fue sino hasta un buen rato después que la agente leyó los mensajes enviados desde la base central de la B.S.A.A. Europa en Inglaterra.
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El cuerpo inerte de Helena Harper ya se había enfriado mucho cuando el agente Kennedy, que la mantuvo abrazada junto a su pecho por todo ese tiempo, decidió por fin dejarla descansar a un lado de su posición. Como la pierna donde se le había incrustado la bala dolía y palpitaba afiebrada por el objeto intruso, y el precario torniquete que había aplicado ayudándose de su cinturón —complementando el que Ada le hizo de emergencia— no contribuía a aminorar su dolor, sino tan solo a no desangrarse. Ni siquiera se había atrevido a intentar ponerse de pie. Leon agradecía el lacerante suplicio de su muslo, ya que le distraía un poco de la daga imaginaria que le atravesó las entrañas cuando vio morir a Helena.
Saber que Ada actuó únicamente en defensa propia no alcanzaba a amortizar la amarga culpa que le consumía, pues se repetía mentalmente una y otra vez que, si alguien merecía morir en ese momento, ese era él. Solo él.
Ada adivinaba los pensamientos de Leon con facilidad, pues lo conocía muy bien. Por eso, al ver que finalmente dejaba el cadáver de Helena y se intentaba reacomodar cambiando de postura, decidió que era momento de profundizar en la terrible verdad que escondía el clon de Chris Redfield.
—Explicar lo ocurrido es muy confuso, así que, para diferenciarlos, al verdadero lo llamaremos «Chris» y al falso, «clon Redfield». ¿Estás de acuerdo? —inquirió como si le hablara a un niño pequeño.
—Haz lo que quieras —respondió Leon, con voz rota de dolor. Había escondido el rostro en el antebrazo, que tenía apoyado sobre la pierna sana encogida hacia su cuerpo.
Ella esbozó una sonrisa a media asta. No necesitaba verle la cara para intuir que probablemente se encontraba a punto de llorar. ¿Podía culparle?
—Partiré contándote algo que probablemente no sabías: Albert Wesker era quien financiaba los primeros experimentos de Derek Simmons hace muchos años atrás. —El agente dio un respingo—. Sorprendente. Incluso después de muerto fue capaz de joderle la vida a su peor enemigo.
La venganza del excapitán de los S.T.A.R.S no conocía límites ni dimensiones. Eso daba un poco de orden al caos mental que tenía Leon en la cabeza.
—Wesker pretendía mantener extremidades de recambio en caso de necesidad, incluso investigó el traspasar su cerebro a un nuevo cuerpo joven cuando ya le resultara imposible manejar la cepa del virus en su interior. No era tan descabellado considerando que estaba envejeciendo, aunque fuese a un ritmo más lento que el común de los humanos. En algún momento el virus le iba a pasar la cuenta y Wesker lo sabía. Por eso, destinó fondos ilimitados para los experimentos de Simmons, confiado en que darían resultado y podría «mudarse» a un cuerpo veinteañero, pero con sus casi cincuenta años de experiencia. —Ada rodó la vista hacia las alturas en un gesto que le era habitual—. Eventualmente, consiguieron realizar su primera clonación exitosa; así como Carla Radamés, uno de los científicos a cargo del proyecto fue el elegido para adoptar la forma de Chris Redfield, supongo que por ser a quien Wesker más odiaba. Seguramente tendría algún plan para volverlo loco, culparle de alguna catástrofe como hicieron conmigo, pero en el intertanto, Chris y Sheva Alomar lo mataron en África. Y Simmons continuó su proyecto a solas.
Leon se frotó el rostro con ambas manos, preso de una desgarradora frustración. ¡Lo de África había pasado cinco años atrás! ¿Cómo podían estar pagando todavía, a esas alturas, la locura de Albert Wesker?
—Simmons no dejó solo al clon Redfield —continuó Ada, en voz baja—, escribió en una de sus notas que aún podría servirle. Así que entregó al clon un informe sicológico completo sobre Chris, su personalidad, también todo lo que era de dominio público acerca de su vida, sus relaciones, para que… «se convirtiera en Chris Redfield por completo» —explicó gesticulando unas comillas—. Investigar el comportamiento del clon Redfield y su conversión sicológica ayudó mucho a Simmons cuando procedió con la transformación de Carla. Sabía que los clones eran inestables emocionalmente, pero parece que nunca esperó una traición como la de ella…
No se oía nada más que la cadencia sensual y pausada de Ada. La espesa oscuridad de la noche parecía envolverlos como si estuviesen dentro de una burbuja. Leon mantenía su postura tensa, respirando con dificultad.
—Cuando Simmons supo que Chris y Piers Nivans habían llegado a China, decidió que era el momento perfecto para dejar salir al clon Redfield. Lo envió a seguirlos y esperar el momento perfecto para matar a Chris y reemplazarlo. Entonces, Nivans terminó gravemente herido. Usó una jeringa con el virus C… El clon se aprovechó de eso, de alguna forma lo engañó. Solo vi imágenes de una cámara de seguridad así que no estoy muy segura de los pormenores, pero sí puedo asegurarte que Nivans perdió el control de la mutación y terminó matando al verdadero Chris.
»De la historia que sigue ya puedes intuir bastante. El clon Redfield emergió a la superficie, pasó un sinfín de exámenes sicológicos y fue reintegrado a la B.S.A.A. ¿Cómo lo consiguió? Por las evaluaciones que leí y por su comportamiento, me atrevería a afirmar que se metió tanto en su papel, habiendo pasado años representando a otra persona, que llegó a creer que él era el verdadero Chris Redfield. Impresionante, ¿verdad? —Leon se limitó a sacudir levemente la cabeza—. Dado que Chris no contaba con el apoyo completo de sus superiores, tomando como ejemplo los seis meses que pasó borracho como una cuba, perdido, o la forma en que se aferró al recuerdo de Jill Valentine los años que estuvo retenida por Wesker… Lo veían como un alcohólico paranoico. Ni siquiera aceptaron repatriar su supuesto cadáver, se limitaron a enterrarlo aquí, en este sector perteneciente a la B.S.A.A. Europa. Chris era desechable para ellos, y teniendo eso en cuenta, al clon Redfield se le facilitó mucho el camino de fingir que era real.
»Impacta que fuese justamente Valentine quien calara tan hondo en el clon. Dudo que su compromiso matrimonial se tratara simplemente de una farsa. Seguramente, el tipo terminó enamorado de ella sin remedio. ¿Quién lo habría dicho?
Leon tragó saliva. Sentía los hombros agarrotados, la pierna palpitando como si mil cuchillos estuvieran hundiéndose en su carne al mismo tiempo, el rostro crispado de puro dolor. Alzó lentamente la cabeza; dirigió de inmediato su mirada hacia el cuerpo helado de Helena, tan solo a unos centímetros de distancia. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que ocurrió aquel accidente fatal? Calculaba que más de una hora, quizás incluso dos, aunque no era capaz de precisarlo con exactitud.
Volvió a tragar. Su garganta parecía hecha de hierro al rojo vivo, con ácido corriendo a través de toda su extensión.
—Jill no puede saber nada de esto… Ada…
La aludida volteó el rostro hacia el lado contrario, con la mandíbula firmemente apretada. Mentiría si no admitiera en su fuero interno que ver llorar a Leon la afectaba, mas no lo demostraría bajo ninguna circunstancia. Por eso se limitó a mantenerse en silencio mientras el agente continuaba desahogándose sin quejarse, casi sin emitir ningún sonido que delatara su desconsuelo.
Así pasó otro rato, el que fue bruscamente interrumpido con el inconfundible ruido de unas veloces pisadas sobre el lodo y la piedra mojada. No se sorprendió cuando captó el alto cuerpo de Jake Muller trotando hacia ellos con el rostro desencajado. Tras él, Sherry Birkin también aparecía en escena.
La muchacha de cabellos dorados se tapó la boca con ambas manos, ahogando así el lamento involuntario que amenazó con escapar de su garganta al enfocar sus orbes azules sobre el estropicio general. De inmediato cambió el objetivo hacia su acompañante, tan incómodo como ella, recordando cómo fue que estuvieron a punto de enzarzarse en una rencilla cuando leyó los mensajes de su móvil pidiendo asistencia en el cementerio donde habían enterrado a Chris horas antes… pues Jake no quiso ni oír que la mujer fuese sola al punto de reunión; apenas supo de qué iban los mensajes exigió acompañarla, negándose en redondo a todas sus súplicas, y fue tan firme en su demanda que a Sherry no le quedó más remedio que aceptar, si bien sentía alivio de tenerlo a su lado.
Ambos caminaron hacia el desastroso escenario observando todo con los ojos abiertos hasta un punto imposible, analizando en sus fueros internos de qué se trataba aquel escenario de pesadilla.
Lo que Jake vio, por su lado, se compuso de tres personas cubiertas de barro en un penoso estado físico, aparentemente heridos. ¿Se habrían enfrentado a algún peligro? ¿Era por eso que Sherry fue requerida con tanta premura?
—Mierda… —susurró sin darse cuenta.
Velozmente, su mirada azul claro barrió el perímetro para buscar el origen de aquella hipotética situación que había acabado con la vida de Helena Harper. Porque sí, la vio, pero no se detuvo en ese detalle, pues para Jake la muerte era algo que podía llegar en cualquier momento y lugar. Continuó escrutando los alrededores en tanto su garganta se movía una y otra vez deglutiendo saliva espesa, ajeno a las reflexiones de la chica a su lado.
Lo que vio Sherry, en cambio, iba mucho más allá, puesto que su atención no se quedaba únicamente en los hechos evidentes sino también en construir adecuadamente en su cabeza la posible escena de lo que habría ocurrido.
Por la postura poco natural en la que se encontraba Helena recostada en el suelo, el enorme manchón de sangre en su pecho, la palidez luctuosa de su piel y el color amoratado de sus labios infirió con poco esfuerzo que había perdido la vida un buen rato atrás, sin duda tras un enfrentamiento físico. Eso no explicaba todavía la expresión culposa en los ojos rasgados de Ada, a quien reconoció de inmediato por haber sido públicamente imputada sobre los incidentes en Tall Oaks y China. También porque Leon le habló de ella en alguna oportunidad, defendiéndola de todas las acusaciones. Asimismo, Sherry estaba al tanto de que la espía recorrió las calles de Raccoon City junto a él mientras Claire la protegía, pero de eso no tenía memorias, pues no recordaba haberla visto durante su escape.
Ada llevaba la ropa cargada de barro y sangre. Aunando ese hecho a su expresión, Sherry aventuró que probablemente tuvo alguna relación con la muerte de Helena.
Terminó su recorrido fijándose en Leon, que aún escondía el rostro en su antebrazo. Pronto identificó el impacto de una bala en la pierna derecha, eso explicaba que se le viera tan incómodo.
Fue entonces que Sherry captó la débil agitación proveniente de sus hombros… La mente se le vació por completo.
—¿Sherry…? —alcanzó a decir Jake, estirando brevemente una mano en la dirección que había tomado.
Ella no le hizo caso, porque su atención completa estaba con el agente de la D.S.O. Corrió hacia él a toda velocidad y terminó cayendo de rodillas a su lado; allí le cogió la cabeza con ambas manos y empezó a acunarlo con desesperación mientras balbuceaba de forma tan nerviosa que no se alcanzaba a entender ninguna de sus palabras. Leon era un hermano mayor para ella; a veces, incluso un padre, y su dolor se le clavó tan hondo que la respiración se le puso pesada.
«Maldita sea», pensó Sherry. «Si me pongo histérica no podré ayudarlo».
Apretó la mandíbula con todas sus fuerzas para obtener algo de dominio, luego procedió a limpiarle la cara llena de suciedad y lágrimas con la manga de su camiseta interior. Como Leon no parecía darse cuenta de lo que ocurría, acercó los labios a su frente para besarlo todavía luchando con sus propios sollozos, pues la situación le hizo recordar cierta época lejana de su niñez en donde él había secado sus mejillas de niña empapadas en innumerables oportunidades, especialmente cuando lloraba pensando en sus padres y preguntando dónde estaba Claire.
Que justamente con Leon se invirtiera la situación entre consolar y ser consolado jamás se le pasó por la cabeza…
—¡Oye, mujer! —gritó Jake de pronto, interrumpiendo el incómodo ambiente. Los brazos en jarra solo remarcaban aún más su creciente enfado—. ¿Qué mierda pasó aquí?
Estaba dirigiéndose a Ada. Claro, el pelirrojo no se destacaba precisamente por ser tolerante, y no iba a tener consideración con los sentimientos de nadie, pues había cosas más importantes para él. Además, Sherry sabía que no era precisamente un admirador de su amigo.
Furiosa, le dedicó una mirada fulminante que Jake ignoró por completo. Ada se limitó a encoger los hombros y no pronunció palabra. ¿Cómo resumir algo tan complicado? Ni siquiera sabía por dónde partir. Por eso, prefirió dejarle la compleja tarea a Leon.
El de cabeza rapada, fiel a su estilo impaciente, caminó hacia Sherry con pasos firmes que salpicaron barro por todos lados.
—Alguien tendrá que descoserse la boca para hablar de una jodida vez —gruñó entre dientes—. Y más vale que seas tú, héroe de pacotilla —finalizó emplazando directamente a Leon.
—¡Jake, no seas bruto! —Sherry no se explicaba por qué tenía que actuar de esa forma tan grosera. Con ella se portaba incluso tierno, no le calzaban esos cambios de personalidad.
—Déjalo, tiene razón. —Leon por fin rompió su silencio, alzando lentamente el rostro. La voz emergió quebrada, irregular por el dolor de su pierna y la pena de haber perdido a Helena—. Ni siquiera sé por dónde partir…
Acto seguido, y tras vacilar visiblemente en dos oportunidades, procedió a explicar a grandes rasgos lo que estaba pasando, desde la existencia del clon Redfield hasta la batalla entre Ada y Helena que acabó con la vida de esta última. Su gesticulación vaga era lastimosa, especialmente por la forma en que le temblaban las manos durante ciertos parajes del relato.
—Todo fue un accidente: mi pierna, Helena… —finalizó el agente mientras se levantaba del suelo penosamente gracias a la ayuda de Sherry, que no se despegaba de su lado.
Jake movía la mandíbula de un lado a otro pensando, analizando, elucubrando, e intentando por todos los medios tragarse una historia que más parecía la trama de una película de terror que algo real.
—Entonces, el que está aquí —dijo Jake, señalando con una mano en dirección a la tumba de Chris— es un puto clon, no el verdadero Redfield. —Leon asintió—. Y al verdadero Redfield lo mató su perrito faldero antes de que hubiera emergido a la superficie, supuestamente. —Leon volvió a asentir; Sherry puso los ojos en blanco de puro disgusto—. Eso significa que nosotros fuimos los últimos en verle con vida, Supergirl.
La aludida dio un respingo, tras lo cual fijó sus ojos horrorizados en los de Jake. Sí, tenía razón… ¡Y qué horrible era darse cuenta de una verdad tan injusta!
—Lamento interrumpir su pequeña charla, pero estoy viendo a Jill Valentine acercarse a nosotros —apuntilló Ada en tanto se ponía de pie. Había recuperado el toque sarcástico acostumbrado en su voz, como también el rostro sereno que solía llevar cual máscara.
—¡No! —gritó Leon al punto—. Jake, por favor, impídele acercarse.
—¿Y por qué no vas tú? —retrucó, molesto. El agente negó con la cabeza—. Mierda, ¿y qué diablos voy a decirle?
—Jake… —rogó Sherry a su vez, llena de amargura.
El pelirrojo mantuvo una silenciosa guerra de miradas con ellos hasta convencerse de que lo habían superado, por lo que escupió aire entre los dientes para evidenciar su disgusto antes de marcharse al trote mascullando por lo bajo toda clase de groserías. A saber cómo lograría impedir que Jill llegara hasta donde ellos se encontraban sin levantar sospechas…
«¡Hola! ¿Qué tal? No me has visto en tu puta vida, pero ¡hey! Soy el hijo de tu peor enemigo, el tipo que te jodió la vida para siempre. Sí, me enteré de eso. Nunca es tarde para conocernos, tomar un café y hablar del clima, ¿qué tal si empezamos ahora?», pensaba el mercenario regodeándose en la ironía mientras trotaba.
Sherry observó al hombre que amaba marcharse, entonces susurró:
—Estás intentando que Jill no sufra todavía, ¿verdad? —Leon confirmó su sospecha con un breve asentimiento—. Pero, ¿cómo evitaremos que Claire…?
—Lo sé —la interrumpió—. Tenemos que…, no puede saberlo, así no. Le destrozaría el corazón. Ayúdame, Sherry.
Ella se abrazó a su pecho, aterrada por la forma en que reaccionaría Claire al enterarse, y no pudo evitar que las lágrimas se deslizaran por su rostro hasta perderse en la camisa llena de barro de Leon. Era imperativo que dieran con una forma de impedir que Claire sufriera de forma tan cruel por culpa de esa verdad que ella ignoraba. Y mientras antes, mejor.
—No llores —rogó el agente acariciándole el rostro—, algo se nos ocurrirá. Solo necesitamos tiempo… —Buscó a Ada con la mirada, recordando el procedimiento que estuvo realizando antes de que Helena apareciera. A causa de todo lo ocurrido, incluso había olvidado el mensaje de alerta que llegó a su teléfono móvil—. ¿Cuánto falta para tener los resultados de tu muestra?
—Unos minutos más. —Como vio que el agente ponía mala cara, agregó—: No es tan sencillo buscar indicadores de peligro en un cuerpo inerte, sobre todo si el virus no se encontraba por completo activo en el momento de su fallecimiento.
Leon sintió que la gravedad volvía a jugarle una mala pasada, y solo porque Sherry lo sujetaba con firmeza no volvió a caer sentado sobre el lodazal. Claro, el peligro biológico tenía que venir del clon Redfield, ¡por supuesto! ¿Cómo no se le había pasado antes por la cabeza? ¿Tan distraído estaba que no era capaz de razonar como habitualmente hacía?
Su respiración fue en aumento hasta que casi terminó hiperventilando. Esto le tocaba el alma de manera muy personal, seguramente por eso obvió de forma tan burda todos esos detalles que ahora le salpicaban casi tanto como la lluvia de horas atrás.
Entonces fijó la mirada en Ada, y fue la serenidad impasible en sus ojos de espía lo único que consiguió apartarlo de una inminente crisis de nervios en toda la regla. Llevaba en el cuerpo muchos años de entrenamiento sometido a situaciones imposibles de imaginar; no podía perder la cabeza solo porque la horrible realidad le golpeaba directo en la cara a nivel íntimo.
—¡No! —chilló Sherry en ese instante, sacándolo de golpe de sus cavilaciones—. Viene Claire, la veo. ¡La veo! —sollozó nerviosa. Sus brazos redoblaron la firmeza del agarre en la cintura de Leon, temblando de miedo.
Él bajó un poco la cara midiendo sus movimientos para aparentar indiferencia, luego siseó en voz muy baja:
—No te alteres, quédate conmigo, tenemos que disimular lo mejor posible… Tú también, Ada. —Los susurros habían ganado excitación conforme hablaba.
La aludida sonrió de medio lado.
—¿Quieres que disimule también el cadáver de Helena, por casualidad? —preguntó señalando hacia el suelo con un dedo.
El agente la quedó mirando con una intensidad arrolladora, en tanto meneaba la cabeza en forma negativa ante su observación igual que un maestro decepcionado del alumno que no le respeta. Por agotamiento, y no empatía, Ada soltó un bufido muy corto sin dejar de sonreír, girando la cabeza hacia el costado como cada vez que se le quitaban las ganas de hablar con él. Era su forma de decirle «haz lo que quieras», y Leon lo sabía perfectamente.
—Sigue acercándose —cuchicheó Sherry, sin dejar de temblar.
—¿Por dónde?
—A las tres en punto.
—Mierda… —Pensó rápidamente, mordisqueándose los labios—. Le di un Rivotril, es imposible que dejara de hacer efecto tan rápido…
—A lo mejor no se lo tomó. Ya sabes cómo es Claire.
Sí, claro que lo sabía: testaruda, impulsiva, una verdadera adicta a meterse en problemas… también honesta, dulce, espontánea, maternal, fiel, entre mil virtudes más. ¿Cómo no amarla con todas esas cualidades? ¿Cómo no arriesgar todo por protegerla?
Entonces, y recién entonces, se atrevió a mirar en la dirección que le había indicado Sherry.
Divisó con perfecta nitidez esa increíble cabellera fogosa danzando al compás del viento europeo, su ademán decidido, su rostro de ángel marcado por la tristeza y el agotamiento, pero, por sobre todo, se embebió de aquella voluntad impetuosa tan patente en los hermanos Redfield, que flameaba junto al vaivén de su cabello.
No necesitaba confirmar con Claire lo que Sherry había aventurado; le quedaba clarísimo que la mujer le engañó con el medicamento. Seguramente fingió haberlo ingerido para no seguir preocupándolo, un comportamiento muy propio de ella. Contuvo un suspiro exasperado para no arruinar la cara de póker que se había tatuado para recibirla; como si no pasara nada. Como si un enfrentamiento mortal no hubiese ocurrido más de una hora atrás.
Como si el que estuviera enterrado en ese panteón siguiera siendo su hermano, no un experimento biológico.
Claire Redfield eliminó la distancia en poco tiempo. Apenas llegó junto a ellos, Leon pudo identificar el horror en sus ojos cuando los fijó en el cuerpo sin vida de Helena, la exclamación involuntaria que escapó de sus labios cuando barrió el perímetro buscando pistas de lo que había ocurrido… hasta que llegó a su pierna, que exhibía descaradamente los infames vestigios del impacto balístico que continuaban presentes, mezclando su sangre con una gran cantidad de barro.
La mujer tragó saliva e interrogó a Leon y Sherry sobre lo que había ocurrido sin necesidad de palabras. Exteriorizaba su firmeza con tanta fuerza que resultaba imposible obviar la forma en que ignoraba deliberadamente a Ada. Como si no estuviera allí, como si fuese apenas un fantasma. La espía soltó una risita corta y se alejó unos pasos en dirección a la tumba de Redfield con aire distraído.
—¿Qué diablos pasó aquí? —preguntó en voz alta, dado que ninguno le daba respuesta. La frase era dura, pero su voz se quebró en el último momento.
—C-Claire, bueno… —Sherry nunca tuvo éxito mintiéndoles a ellos dos en particular, y aquel momento no fue la excepción, pues no logró echar fuera ninguna frase que sirviera para aplacar un poco a su amiga.
—Deberías estar durmiendo —interrumpió Leon, tratando de desviar un poco la conversación y así ganar tiempo—, ¿viste la nota que te dejé en la mesa de noche?
Claire frunció duramente el ceño. Con las manos rígidas empuñadas sobre sus caderas, evidenciaba todavía más su patente descontento… Sin embargo, al final ganó su preocupación por el agente, por lo que cogió una parte de su camiseta interior y rápidamente la rajó para luego agacharse y ocuparse de limpiar la herida de Leon, quien reaccionó apretando los dientes, pero no hizo ademán de apartarla ni tampoco de responder a su pregunta.
—Sherry, necesito que me digas por qué tienes esa cara —Claire volvió a la carga mientras trabajaba— y por qué le dispararon a Leon.
La aludida abrió la boca… y la cerró de golpe un instante después.
—Es mejor que vaya con Jake. ¿Puedes mantenerte de pie?
—Sí, estoy bien.
Ambos intercambiaron una mirada llena de estupor que Claire no interceptó pues continuaba afanándose en la herida de bala, comprobando que el objeto intruso todavía se encontraba adentro. Entonces, Sherry emprendió su camino hacia Jake y Jill, que parecían estar comunicándose de una manera civilizada, o al menos eso reflejaba la distancia.
Leon vigiló el camino de la rubia con evidente preocupación, la cual intentó ocultar del escrutinio silencioso de Claire lo mejor que pudo. Esta situación se volvía insostenible a cada minuto que pasaba.
Claire terminó de limpiar la herida, aseguró con mayor firmeza el cinturón que aplicaba el torniquete, y luego cogió el trozo de tela carmesí —supo inmediatamente que pertenecía al vestido de Ada— haciendo pinza con dos dedos para arrojarlo rápidamente hacia un costado. Luego se limpió la mano rápidamente en el pantalón con una mueca de asco, como si hubiera tenido lepra. Dado que Leon se mantuvo en el mismo sitio, apoyando todo su peso sobre la pierna buena, concluyó que estaba disimulando lo mejor posible que el daño era bastante serio.
—Dudo que puedas escapar de mis preguntas como hizo Sherry —masculló mirándolo fijamente a los ojos, buscando alguna explicación en su mirada ya que no la obtuvo con palabras—, así que, por favor, dime por qué diablos te dispararon y qué le pasó a Helena.
—Es… una larga historia —fue lo único que atinó a decir.
Claire compuso una mueca sardónica.
—Mientras antes empieces, antes terminamos. Es el cementerio donde está enterrado mi hermano, y por alguna razón que todavía no conozco, aquí está pasando algo tan grave que citaron a todos los agentes para esperar instrucciones. ¡No me pongas esa cara! —exclamó cuando vio a Leon intentando rebatir sus especulaciones—. ¿Me crees tonta? ¿Piensas que no sé sumar dos más dos? ¡Citan aquí a todo el mundo y te encuentro herido, junto a tu compañera muerta! —Su voz había comenzado a rozar la histeria varias frases atrás.
La mención de Helena hizo que Leon se encogiera, porque el dolor de haberla perdido superaba con creces el palpitar de su muslo perforado. Claire notó el cambio y se arrepintió de haber sido tan cruda en sus palabras, ¡pero es que necesitaba una respuesta! Leon estaba malherido, tanto en su cuerpo como en su alma. El que hubiera corrido peligro, a tan poco tiempo de haber asimilado —más o menos— que Chris falleció tuvo el efecto de hacerla reaccionar como si hubiera recibido una sacudida. Los ojos se le llenaron de lágrimas, la barbilla empezó a temblarle. Leon notó el cambio e intuyó que la razón era encontrarse muy sensible por su reciente pérdida, lo cual no hacía sino ponerla todavía más receptiva al temor de perder a alguien más. Y él sabía perfectamente cuál era su lugar en su vida: primordial. Porque era igual a la inversa.
—Tranquila —la instó, hablándole en tono sereno—, no sufriré daños permanentes. La bala no alcanzó ningún punto vital. —Ella dejó escapar un sollozo—. Sshh …
—¿Qué me estás ocultando? —balbuceó entre lágrimas.
—Nada.
Una respuesta corta, abrupta. Ensayada.
Claire diseccionó las dos sílabas, luego procedió a separar cada letra esperando encontrar algo más. «Nada», repitió en su fuero interno, estudiando a través del espeso océano en sus orbes azules la expresión torturada de Leon. Ella había atisbado en algunas oportunidades ese rostro atormentado, el de un hombre que alberga en su ser una pena tan profunda, tan corrosiva, que escapa por completo a su control.
¿Por qué Leon tenía ese rostro ahora?
Estaba segura de que no se trataba solo de Helena. Sí, tenía que haber algo más. Helena más parecía un daño colateral que otra cosa, de lo contrario, Sherry no habría dudado en relatar lo sucedido.
Pero Sherry portaba la misma expresión torturada de Leon. Y eso le daba todavía más miedo.
De pronto presintió que tenían una conversación pendiente, aunque no sabía de qué trataría, ni qué tipo de información pudiera…
—Leon —espetó Ada, interrumpiendo sus pensamientos. Su voz estaba cargada de urgencia.
Entonces, todo empezó a ocurrir en cámara lenta.
La tierra, hasta ese minuto tan silenciosa, rugió de improviso acompañada de una furiosa vibración zigzagueante, similar a un movimiento telúrico, que hizo trastabillar a todos los presentes. Los árboles se mecieron de forma macabra, acompañando la confusión generalizada con el espeso ruido de su follaje; algunos cuervos se elevaron aleteando con furia para alejarse lo más rápido posible del lugar. Ellos, gracias a su sexto sentido, lograron intuir que en cuestión de segundos se desataría una tragedia de inmensas proporciones.
A nivel del suelo, Claire y Ada tuvieron exactamente la misma idea y al mismo tiempo: sujetar a Leon para que no fuese a dar de bruces contra el piso con el extraño terremoto. Entonces, por primera vez en sus vidas, ambas fijaron la mirada en la otra y se desafiaron sin palabras. Existían entre ellas infinitos reproches, especialmente por parte de Claire, mas en un acuerdo tácito resolvieron hacer a un lado momentáneamente sus problemas personales en pos de proteger a Leon. Lo que fuera que tuvieran por zanjar podía esperar, pues en ese momento sus instintos las advertían que todo estaba por irse bien al carajo.
Un agudo chillido las distrajo de su duelo silencioso. Tanto Claire como Leon adoptaron posturas de ataque porque el grito pertenecía a Sherry, solo que no se la veía por ninguna parte. Ambos barrieron el perímetro buscándola con la mirada, suponiendo que podría encontrarse detrás de algún mausoleo. La tierra continuaba moviéndose con brusquedad, a ratos dando saltos, a ratos con ritmo constante, bajo sus pies.
—¡Sherry! —Jake había abandonado a Jill y corría como un loco hacia la única hija de William Birkin. Sus piernas parecían desdibujarse por la velocidad—. ¡Sherry, cúbrete!
Ninguno entendía cuál era el peligro del que se había percatado el hijo de Wesker antes que nadie, hasta que un enorme tentáculo de piel húmeda, semejante al de un pulpo, terminó de elevarse rompiendo el suelo de cemento que impedía su aparición al completo.
Leon siguió la trayectoria del tentáculo hasta su origen, el cual estaba seguro de conocer, y su confirmación llegó muy pronto: la tumba de Chris Redfield. Dos pensamientos se le clavaron en ese instante: que Claire no intuyera la verdad en esa tumba, y que Jake pudiera sacar a Sherry de su posición. Tomó su arma de servicio con la intención de correr hacia ellos, pero tanto Ada como Claire se lo impidieron. Maldición. Iba a estorbar más que a ayudar, eso estaba claro, pero…
—Por favor —masculló Claire entre dientes a su contraparte vestida de rojo. Ada asintió.
La tierra incrementó su vibración hacia una más contundente, impidiendo que Claire concretara sus intenciones de acercarse a Sherry. Cayó de rodillas al barro y con la misma velocidad se levantó, preparando su revólver para utilizarlo contra el extraño enemigo.
A lo lejos, Jill procedió a disparar repetidamente al tentáculo enloquecido, que aparentaba estar buscando algo sin encontrarlo. Su aspecto de húmedos toques reptilianos bailaba sin acordes específicos por el perímetro, a veces cortando el aire como una espada, a veces clavándose en la tierra como si fuese a desaparecer…
—¡Jake! —gritó la agente Birkin, apareciendo desde el interior de un mausoleo. A la distancia, tanto Leon como Claire vibraron de alivio por verla sana y salva.
—¡Quédate ahí, no te muevas! —replicó Jake, trastabillando por el temblor que no cesaba. Apenas pudo apuntó hacia el tentáculo y disparó para alejarlo.
Entonces, el espectáculo de horror comenzó.
Un segundo tentáculo, más grande que el anterior, surgió desde otro punto del cementerio y con una velocidad impensada terminó su recorrido atravesando limpiamente el estómago de Sherry Birkin.
—¡SHERRY! —bramaron Jake, Claire y Leon al mismo tiempo desde sus respectivas posiciones; con el primero volviendo a correr de manera enloquecida, tropezando y parándose al instante.
A Leon ya no le importó un carajo su pierna, pues se deshizo del soporte de Ada y también salió corriendo tras Claire lo mejor que podía.
Jake, respaldado por Jill, descargó su arma en el tentáculo hasta que este se retiró. Al salir del cuerpo de Sherry, la sangre escapó bruscamente hacia el exterior, empapando el suelo donde quedó arrodillada. El mercenario la alcanzó en ese instante y con sumo cuidado, la recostó de espaldas para poder presionar con sus manos el agujero que dejó el tentáculo, impidiendo así que sus órganos internos siguieran cayendo sobre el barro.
—J-Jake… —susurró penosamente.
—Sshh, te vas a curar. Te vas a curar. —En efecto, ya podía percibir en sus palmas que la regeneración iba por buen camino. Ojalá tuviese manera de acelerar el proceso. Y, como el temblor no cesaba, gritó: —¿Qué mierda están esperando? ¡Disparen, joder! ¡No permitan que se acerque!
Lo cierto era que los demás no habían dejado nunca de percutar sus armas en contra de los dos tentáculos, el problema estaba en que el temblor de la tierra les impedía conseguir estabilidad suficiente como para hacer algún daño concreto.
—Jake —lo intentó Sherry de nuevo, hablando con mucho esfuerzo—, tienes q-que cubrirte.
El mercenario volvió a acallarla para que no desperdiciara energía, y aseguró que no iba a dejarla por nada del mundo.
La tierra se sacudió con una violencia mucho más encarnizada, aumentando su violencia a cada segundo. Los mausoleos de piedra más grandes empezaron a partirse en pedazos, cayendo estrepitosamente alrededor de los amantes.
—¡Jake, Sherry, quítense de ahí! ¡Jake! —gritó Leon a lo lejos, secundado por los gritos de Claire.
Alertada por el pánico en el tono del agente, Sherry intentó empujar al pelirrojo hacia un costado con todas sus fuerzas… sin éxito, pues Jake adivinó sus intenciones y viendo que no podría escapar, decidió echarse sobre ella para cubrirla con su cuerpo a modo de escudo.
Entonces, el pecho de Jake fue atravesado justo en el medio por el maldito tentáculo que también había herido a Sherry. A muchos metros de distancia, Jill resintió la ironía de ver cómo el hijo de Wesker padecía lo mismo que su padre, aunque a diferencia de este, no se lo mereciera en absoluto.
—¡No, Jake! ¡JAKE! —Sherry prácticamente se desgarró la garganta—. ¡No, no, no!
El cuerpo inerte del hombre al que había llegado a amar con locura yacía sobre ella sin responder a sus ruegos.
Porque era muy tarde. Demasiado tarde.
Mas Sherry no alcanzó a resentir el fallecimiento de Jake por mucho tiempo: uno de los tentáculos se clavó cerca de su posición y levantó parte de la tierra con algo parecido a una explosión. La agente sintió que flotaba en el aire. Sus ojos buscaron a Jake frenéticamente y lo encontró volando junto a ella entre escombros, tierra y adoquines rotos. Parecía dormido.
Esa visión se le grabó a fuego en la retina. Y se la llevó en el corazón cuando aquel siniestro tentáculo adquirió la forma de una espada y con un rápido golpe, la decapitó.
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N. de la A.: ¡Bienvenidos de nuevo!
Ya sé, ha pasado un montón de tiempo. Pero aquí estamos, a pesar de la adversidad, ¡nunca dejaré de escribir por completo!
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Stacy Adler.
