Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, la historia es de Kat097, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight belongs to Stephenie Meyer, this story is from Kat097, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

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Capítulo 13

—Buenos días, mis amores. —La alegre voz de Emmett nos despertó del sueño. Rosalie gruñó, tirando del edredón sobre nosotras, donde nos acurrucamos juntas en el sofá.

—Demasiado fuerte, Em. —Bostecé, alcanzando el plato que sostenía—. Oh, rico.

Sándwich de tocino bañado en salsa de tomate. Delicioso. La cabeza de Rosalie apareció sobre el edredón y tomó uno de los sándwiches mientras Emmett nos pasaba el café. Se acomodó en el sillón, bebiendo su propio café.

—¿Tuviste una buena noche? —pregunté a través de otro bostezo.

—Sí, nada mal. Unas copas, unas partidas de billar. ¿Cómo estuvo la noche de chicas?

—Bastante bien. Nos emborrachamos bastante y terminamos teniendo una pelea de almohadas y besándonos en ropa interior.

Emmett se rio, guiñándonos un ojo.

—Uno de estos días voy a llegar temprano a casa solo para atraparlas en el acto.

—Pervertido.

—Te encanta, bebé.

—Ustedes dos están demasiado alegres para esta hora de la mañana —murmuró Rose a través de un bocado de tocino y pan. Me estiré debajo del edredón, acunando mi café mientras Emmett se ponía de pie.

—Voy a darme una ducha.

—Déjame echar a Bella y me uniré a ti. —Rosalie me sonrió. Rodé los ojos, tomando uno de los sándwiches.

—Me quitaré del camino.

Reflexioné brevemente sobre la idea de contarle a Rosalie mis planes para el día, pero decidí no hacerlo. Después de todo, no me gustaría ilusionar a nadie.


Me duché, me sequé el pelo y me lo trencé para que me colgara por la espalda. Unos vaqueros cómodos, una camisa azul de manga larga y bailarinas cómodas. No me puse joyas y puse la capa más ligera de rímel.

Me miré en el espejo. Me veía... como yo. Esto era todo, todo lo que yo era. Esto era lo que Edward necesitaba ver. Que yo era solo esto y nada más. Nada especial.

Llegué primero al restaurante y me recibió una anfitriona indiferente.

—¿Barra o mesa? —inquirió en un tono aburrido, señalando hacia el mostrador y las pocas mesas que estaban dispuestas.

—Eh, barra. —Esto sería más fácil si no viera a Edward a la cara todo el tiempo. Sentí un arrepentimiento que se hundió en mi estómago cuando me senté, mirando fijamente el menú. No debí haber accedido a esto. Era una mala idea.

El tirón en mis costillas se sacudió y me puse rígida, sabiendo lo que significaba.

Edward se deslizó en el asiento a mi lado.

Nos quedamos en silencio. Me observó y yo miré el menú. Su mano descansaba sobre el mostrador cerca de la mía y quería tocarla. Tenía muchas ganas de tocarlo, sentir lo cálido que estaba y ver si hacía desaparecer el dolor en mi pecho.

Cerré mi mano en un puño, resistiendo el impulso mientras levantaba mis ojos hacia su rostro. Seguía mirándome, con la boca ligeramente abierta como si estuviera hipnotizado por mi lectura del menú.

—Hola —saludé suavemente y él sonrió.

—Hola.

—¿Qué van a ordenar? —La camarera detrás del mostrador nos sonrió. Espera, no. Ella le sonrió a Edward. Que todavía me miraba. Apartó los ojos el tiempo suficiente para ordenar.

—Café, por favor. Y una hamburguesa con queso y papas fritas.

—Quiero lo mismo —dije y ella lo anotó, guiñándole un ojo a Edward. Un gruñido de ira creció en mi pecho, pero lo sofoqué, desconcertada por mi reacción.

¿Qué significaba?

Dejé el menú y puse mis manos en mi regazo, viendo a Edward por el rabillo del ojo. Apoyó los antebrazos en el mostrador, girando un poco la cabeza para mirarme.

Nos quedamos en silencio durante mucho tiempo.

—Quería disculparme. Por Alice —habló eventualmente mientras colocaban nuestros cafés frente a nosotros. Eché azúcar en el mío y un poco de leche. Edward tomó el suyo negro. Lo agité lentamente y me mordí el labio.

—¿Por qué ella...?

—Es un poco sobreprotectora —explicó Edward pesadamente, sorbiendo su café. Acuné el mío en mis manos. Sobreprotectora parecía una buena manera de decirlo.

Tomó otro sorbo de su café y dejó su taza, su mano cerca de la mía otra vez. Lo miré de nuevo, todavía luchando contra el impulso de tocarlo. ¿Él también tenía ese impulso?

»Le dije que no te molestara de nuevo. Se mantendrá alejada —prometió y asentí en silencio.

—¿Son cercanos? —pregunté.

—Mucho.

Nos quedamos en silencio un rato más. Las manos de Edward aún eran visibles en mi periferia. Tenía manos grandes. Uñas limpias y cortas.

Nuestros platos llegaron y alcancé la botella de kétchup, esparciéndola sobre mis papas fritas y hamburguesa. Cuando la dejé, Edward la alcanzó.

—¿Tienes hermanos o hermanas? —preguntó y tragué un bocado de papas fritas.

—No. Solo mi papá y yo.

—¿Él vive en Seattle?

—No, en un pueblo a unas cuatro horas de aquí, Forks. ¿Tú que tal?

—Bueno, has conocido al pequeño demonio que es Alice. Mis padres también viven en Seattle.

Eso despertó un pensamiento y dejé mi hamburguesa, masticando rápidamente.

—Alice dijo que era tu hermanastra. ¿Ella no tiene el gen?

Edward negó con la cabeza, tragando su bocado de hamburguesa con un sorbo de café.

—Esme está casada con mi papá, pero ella es mi madrastra. Ya tenía a Alice cuando se conocieron. Es algo así como una larga historia.

Me miró y me encogí de hombros.

—Bueno... vinimos aquí para hablar, ¿no?

—Prefiero saber de ti. —Edward sonrió y miré mi plato.

—Todavía no sé cuánto estoy dispuesta a compartir.

Masticó su hamburguesa lentamente y se limpió la boca con una servilleta.

—Mi papá es Carlisle —comenzó—, y salió con una mujer llamada Elizabeth. Él tiene el gen y ella no, pero ella no era su imprimación. Eligió salir con ella de todos modos y me tuvieron. Cuando tenía unos cuatro años, Elizabeth se enamoró de otra persona y nos dejó a Carlisle y a mí. Dijo que no quería quedarse esperando a que él la dejara.

Dejé mi papa frita y lo miré, sorprendida. Hablaba con tanta naturalidad y me dio una sonrisa torcida. Hizo que se me revolviera el estómago.

»En fin, alrededor de dos años después de eso, Carlisle estaba trabajando en la sala de emergencias de Harborview cuando trajeron a una mujer y un bebé: Esme y Alice. El esposo de Esme en ese momento la golpeó y la arrojó escaleras abajo, con Alice en sus brazos.

—Mierda.

—Sí. Carlisle fue su doctor y… y se imprimó en Esme. —Suspiró—. Entonces aquí estaba Esme, maltratada y rota por su matrimonio y luego aparece este hombre que quiere salvarla de todo, y a ella todo lo que le importaba era salvar a Alice. Le dijo a Carlisle que no podía ser nada para él hasta que se alejara de su esposo y se asegurara de que Alice estuviera a salvo.

—¿Qué hizo Carlisle? —pregunté, absorta en la historia.

—Se convirtió en su mejor amigo. Él la ayudó a encontrar su propio apartamento. Pagó las cuentas médicas de Alice y ayudó a Esme a encontrar un trabajo y un abogado. Ayudó a poner a su exmarido en la cárcel por abuso doméstico. Y cuando Esme estuvo lista, salieron y luego se casaron y nos adoptaron legalmente a ambos para que pudiéramos ser una verdadera familia.

—¿Cuánto tiempo tomó?

—Alrededor de cinco años. Yo tenía casi diez años cuando finalizó el papeleo y Alice tenía cinco.

Edward se metió la última papa frita en la boca y apartó el plato, apoyando los codos en la barra. Aparté mi plato también, llena de comida e información.

»¿Puedo hacerte una pregunta ahora? —inquirió y me tensé.

—Um. Seguro, creo.

—¿Por qué me enviaste un mensaje de texto anoche?

Me aclaré la garganta torpemente, alcanzando mi café de nuevo. Solo que estaba tibio e hice una mueca por la temperatura.

—Bueno... en parte porque no estaba completamente sobria. —Se rio suavemente—. Y… bueno…

Porque tenía curiosidad. Porque estaba cansada de tener dolor. Porque estaba sola. Porque una parte de mí quería saber si podía ser normal. Porque quería saber quién era él realmente.

»Supongo que solo quería saber qué significa esto. Y tal vez tener una mente un poco más abierta al respecto —indiqué en voz baja, apoyando mis manos en la superficie, un poco lejos de las suyas. El tirón en mis costillas se volvió más insistente, sintiendo su proximidad. Sería tan fácil extender la mano y tocarlo. Tan fácil.

—Supongo que hay mucha información al respecto. No hay muchas personas que huyan de esto —ofreció Edward en voz baja.

Me enfadé con eso, pero me calmé rápidamente.

—Sí… hay algunas cosas que no…

—Cuando estés lista —sugirió y movió su mano ligeramente para que el dorso rozara la mía. Ambos suspiramos ante el contacto. Sentí una calidez extendiéndose por el lugar de mis costillas y, a juzgar por la forma en que la mano libre de Edward tocó su propio pecho, él sintió lo mismo.

Me miró con tal asombro que me sentí segura de que nunca estaría a la altura de sus expectativas.