Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, la historia es de Kat097, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight belongs to Stephenie Meyer, this story is from Kat097, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

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Capítulo 21

Oye, Bella, ¿qué es largo, amarillo y afrutado?

Puse los ojos en blanco mientras escuchaba a los de la imprenta despotricar al otro lado de la línea.

—Sí, Patrick, lo entiendo, pero eso es lo que dice el contrato original. Ahora puedes seguir despotricando contra mí o puedo comunicarte con Tyler en el departamento legal y resolver el problema.

No sé, Edward.

Dejé mi teléfono mientras Patrick accedía a regañadientes a ser transferido. Marqué la línea de Tyler.

Tyler Crowley.

—Patrick, de la imprenta.

Oh, genial. ¿Qué contrato no leyó e imprimió mal en grandes cantidades?

—El de Carter. ¿Listo para él?

Pásalo. —Tyler dio un largo suspiro de sufrimiento.

—Gracias, Ty. Te debo una cerveza.

Me debes más. Patrick es un imbécil.

Resoplé y pasé la llamada antes de colgar.

¡Una manzana disfrazada!

Obviamente perdiste tu vocación como comediante. Mejor vuelve a dibujar edificios. Envié el mensaje de vuelta y colgué mi teléfono, notando la sonrisa de Angela.

—¿Qué?

—Tú y tu pequeña sonrisa de "Edward".

—No tengo una sonrisa de "Edward" —me burlé y Angela asintió.

—Sí, la tienes. Cada vez que te envía un mensaje de texto, tienes esta diminuta sonrisa. Es jodidamdente adorable.

—Cállate, Ang, y ve a hacerme café.

—No soy tu perra del café. —Me fulminó con la mirada y me levanté para hacer café.

La oficina iba a estar cerrada el viernes dentro de dos semanas, por decoración. Angela y Ben tenían planes para un fin de semana largo y me preguntó qué iba a hacer.

—Dormir. Comer. Convertir oxígeno en dióxido de carbono. Va a ser un fin de semana de locura sin límites. —Golpeé el aire con el puño cuando Victoria apareció fuera de su oficina.

—¿Ese café es recién hecho?

—Sí, estaba a punto de llevarte un poco. —Le entregué una taza de café recién hecho y ella lo bebió agradecida. Parecía muy cansada.

—¿Alguna de ustedes irá a comprar almuerzo? —preguntó mientras revolvía los papeles en su bandeja de entrada y Angela me señaló—. Ensalada César con pollo —ordenó Victoria, desapareciendo en su oficina.

Edward me llamó cuando salí de la oficina para comprar el almuerzo.

Todavía podría triunfar como comediante —masculló en lugar de saludar y resoplé.

—Ese podría ser tu chiste de apertura.

Eres una mujer muy, muy cruel.

—Todo es parte de mi encanto. —Me reí, tomándome unos momentos extra bajo la rara luz del sol que golpeaba las calles de Seattle.

Entonces, ¿tienes algún plan para mañana? —Mañana era sábado.

—No.

¿Quieres salir?

—¿A dónde?

¿Cuánto tiempo has vivido en Seattle, Bella? —Cambio de tema extraño, pero lo acepté.

—Uh, unos seis años.

Apuesto diez dólares a que nunca has estado en el Space Needle.

Por supuesto que no. Simplemente no visitaba las atracciones turísticas en el lugar donde vivía. Entré en una tienda de delicatesen y esperé en la fila en el mostrador, mirando las filas de sándwiches y ensaladas.

—Ganarías diez dólares.

Entonces eso es lo que haremos mañana —sentenció con orgullo—. Oh, tengo que irme, estoy almorzando con clientes. ¿Te recojo a las diez?

—Por supuesto. —Sonreí.

¿Oye, Bella?

—¿Sí?

¿Por qué no puedes jugar a las cartas en la jungla?

—Oh, Dios. No sé, Edward, ¿por qué?

Porque hay demasiada artimaña. Te veo mañana. —Colgó y levanté la vista cuando el tipo detrás del mostrador me preguntó qué quería. Había un espejo detrás del mostrador y me vi.

Estaba sonriendo.


—¿Por qué el Space Needle?

—¿Por qué no el Space Needle? —Edward entrelazó sus dedos con los míos—. Vamos, vayamos a la plataforma de observación.

Fue una forma fantástica de pasar un sábado por la mañana jugando en la plataforma de observación antes de ir a almorzar al restaurante SkyCity. Edward pasó todo el tiempo que estuvimos en la plataforma de observación mirando a través de binoculares y quejándose en voz alta de que no podía ver nada hasta que un asistente nos frunció el ceño. En el restaurante, pidió un sándwich de bistec y yo bacalao con papas fritas. Ambos rechazamos el postre, gimiendo por nuestros estómagos demasiado llenos.

Después de que terminamos, caminamos a la fuente internacional. Era otro día cálido (sorprendente para abril) y había mucha gente corriendo bajo el chorro de agua. La forma en que la luz del sol lo golpeaba creaba un arco iris.

—Te reto a que corras —susurró Edward en mi oído y giré la cabeza, sonriéndole.

—¿Qué obtengo si lo hago?

—¿El saber que ganas?

—No es suficiente. Sube las apuestas, Cullen.

Pareció considerarlo por un momento.

—Te compraré un cono de helado.

—¿Quieres que corra a través de una fuente helada a cambio de un postre bajo cero?

—Sí.

—De ninguna manera. ¿Qué tal si… dejas de enviarme chistes malos durante tres días completos?

—Oye, mis chistes no son malos —masculló indignado. Me giré y le sonreí antes de ponerme de puntillas para presionar un beso rápido en su boca antes de darme la vuelta y correr a través de la fuente.

¡Joder, joder, joder, joder, joder, qué frío!

Salí al otro lado de la fuente, empapada hasta los huesos y ya temblando. El sol de principios de primavera no era lo suficientemente cálido como para secarme, y Edward corrió alrededor del borde de la fuente, riendo a carcajadas.

—¡Tienes pelotas, Swan!

—¡Sí, sí, entrega la chaqueta! —Me entregó su cálida chaqueta y me la puse, quitándome el cabello mojado de la cara. Edward seguía riéndose y le toqué el estómago.

—Hombre gracioso.

—Y dijiste que no tenía una carrera como comediante. —Él sonrió.

Era tan dulce y genuino que ni siquiera me di cuenta de que me estaba estirando para besarlo de nuevo hasta que ya lo estaba haciendo. Inmediatamente sus manos fueron a mi cintura y envolví mis brazos alrededor de su cuello, las mangas de su chaqueta cayeron sobre mis manos.

—¿Edward? —Rompimos nuestro beso y Edward miró por encima de mi cabeza. Torcí el cuello y luego me di la vuelta abruptamente cuando vi a Esme y a quien solo podía suponer que era el padre de Edward.

—Mamá, papá... —Dejé caer mis brazos del cuello de Edward, girándome para mirarlos, pero él mantuvo sus manos en mi cintura, sonriendo—. ¿Qué están haciendo aquí?

—Tu padre tenía el día libre, así que almorzamos con algunos amigos. Carlisle, ella es Bella. —Esme me sonrió y saqué la manga de la chaqueta de Edward para estrechar la mano de Carlisle. Debo haber parecido un espectáculo, mi cabello goteando por mi espalda, pero Carlisle simplemente me sonrió. Tenía la mandíbula cuadrada de Edward y la forma de sus ojos era igual, pero las similitudes terminaban ahí.

—Un placer conocerte, Bella.

—Igualmente —dije, sintiendo que mi rostro se calentaba al pensar en lo que acababan de ver. Por nombrar, a su hijo besándose conmigo en una fuente.

—No interrumpiremos su día, solo queríamos saludarlos —agregó Esme apresuradamente. Sin duda, ella no quería poner fin a todos los besos a favor de la imprimación que habían estado sucediendo. Eso no funcionaría en absoluto.

»Edward, nos vemos mañana para la cena. Bella, nos pondremos al día pronto. —Esme me sonrió y Carlisle me ofreció una cálida sonrisa. Le devolví la sonrisa brevemente, concentrándome en la forma en que las manos de Edward me envolvían en lugar de la incomodidad de la situación.

Nos despedimos y Edward me apresuró hacia un Starbucks, ordenando café para ambos cuando comencé a temblar. Nos acomodamos en un sofá y charlamos sobre el trabajo, las películas y los libros. Edward, como prometió, no hizo ni una sola broma tonta pero su mano encontró el camino hacia la mía, sus largos dedos acariciando los míos. De vez en cuando se inclinaba y me besaba brevemente antes de alejarse y continuar la conversación como si no se hubiera detenido. Parecía que estaba explorando sus límites, viendo con qué podía salirse con la suya, viendo hasta dónde podía llegar antes de que lo detuviera.

No lo detuve. Realmente no quería. Me gustaba. Él era tan dulce. Y la dulzura no era por lo general una característica que buscaba en los hombres.

Una vez que mi cabello se secó, Edward y yo tomamos un taxi de regreso a mi apartamento. Él no se invitó a entrar y yo no lo ofrecí. En cambio, me besó una última vez, con sabor a café y bondad.

—Realmente disfruté hoy —confesé en voz baja, mis dedos enderezando la parte delantera de su chaqueta. Él sonrió.

—Yo también. Me alegro de que hayas dicho que sí.

Yo también. Me gustaba. Me gustaba besarlo. Me gustaba cuando me besaba. Me gustaba lo preciosa que me hacía sentir.

Tal vez eso era parte de la impronta: hacerte sentir valorado, como si valieras el mundo.

¿Lo hacía sentir así también? No me atreví a preguntar, así que dije buenas noches y entré en mi edificio. Cuando abrí la puerta principal, me quité los zapatos y me dirigí al dormitorio, me di cuenta de que todavía estaba sonriendo.