N. de la A.: ¡Sean todos bienvenidos al capítulo anual de Muro de Berlín! XD jajajajaja. Es terrible, pero cierto: este capítulo salió un poco más de un año después del primero. Acepto todos los tomates que me tiren porque lo merezco xD
Pero aquí estamos. Quiero decirles que he puesto todo mi esfuerzo en hacer un gran capítulo de doce mil palabras; intenté que no se tornara aburrido a pesar de su larga extensión. Tengo mis dedos cruzados, esperando que les guste :)
Otra cosa que quiero decir: las mafias siempre intentarán monopolizar un mercado (cualquiera este sea). ¿Qué tan frustrante será no poder nunca tener lo mejor en tus filas? Es un fail, porque nunca podrán tenerme, ni a Ary Lee, ni a JillFilth, Vidian, Cayendoenelolvido, ni a todos esos autores que quedan fuera de su mafioso círculo. Han transformado el fandom de RE en un circo, ¿dónde quedó el fair play? Espero que todo esto se termine pronto y el fandom vuelva a ser lo que era: un lugar donde todos tenían las mismas oportunidades. Los reviews se ganan, no se piden, señoritas.
En fin. Ya planteé lo que quería.
Volvamos a lo que nos convoca: Leon y Noiholt. Les haré un resumen del capítulo anterior, porque obviamente no lo recuerdan XD ni yo lo recordaba, jajaja:

Resumen del capítulo anterior: Leon es enviado a la ciudad de Grüneger, Austria, para controlar un brote de virus T, y el día 5 de enero del año 2000 conoció a Noiholt, una superviviente que estaba escondida en la fábrica de zapatos que era propiedad de su madre. Esta se transformó en zombi cuando comenzó la pandemia y la chiquilla tuvo que acabar con su vida, lo cual la dejó bastante traumatizada xD como es lógico. Ella tiene un carácter duro y mandón que desconcierta a Leon, sobre todo porque ella pregona a los cuatro vientos que no es una damisela en peligro y que no necesita que la protejan, empeñándose incluso en no ser un estorbo para Leon y ser su igual durante el escape. Sin embargo, Leon la rescata del ataque de unos Cerberus y Noiholt lo manda a la mierda por aquello. Todo es bastante confuso hasta ahí... y así llegamos a este segundo capítulo.

Quiero dejar un agradecimiento muy especial a mi beta Silenciosa, que se esforzó mucho conmigo y beteó una parte de este capítulo. Me has hecho mejorar muchísimo, ¡gracias de corazón!

Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom, excepto la lunática Noiholt Maüser, esa chiquilla sí que es mía x'D

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Capítulo 2: Armadura de latón.

Laakirchen, Austria. Día 6 de enero del año 2000.

La armería era un lugar bastante discreto, y cumplía con eficiencia su actual propósito: entregar refugio, armamento y protección a los dos jóvenes. Noiholt dejó su escopeta y su pistola en el mesón mientras Leon hacía lo mismo con su VP70, después de haberse asegurado por completo de que dicho lugar no albergara compañía non grata. Ambos suspiraron casi al mismo tiempo, lo cual hizo que sus miradas se encontraran por una fracción de segundo. Y este hecho tan simple logró que los ánimos se distendieran un poco entre ellos.

El agente se paseó un poco por el lugar, observando las municiones y armas que podían coger. Como había extraviado gran parte de sus provisiones durante el choque en donde perdió el auto que generó la molestia de Hunnigan, este lugar le venía como anillo al dedo. Sin duda, podrían prepararse con gran tranquilidad para lo que tocaba: salir de aquella ciudad.

Leon carraspeó antes de hablar.

—Me dijeron que Grüneger es un pueblo pequeño, sin embargo a mí no me lo parece —murmuró con tono distraído. Intentaba así evitar el silencio que volvía a imponerse lentamente entre ellos.

—Aquí no estamos en Grüneger —le respondió la chica con una voz suave que llamó la atención de Leon—, esto es Laakirchen. Cuando pasamos por la carretera salimos a una nueva zona.

—Ah. —Otro nuevo dato erróneo que el jodido gobierno austriaco le había dado. Él pensaba que todo era parte del mismo pueblo.

El silencio volvió a reinar y los minutos pasaron rápidamente.

Noiholt había dejado su mochila en un rincón; caminaba nerviosamente. Leon aprovechó el tiempo en revisar con calma el lugar, notando que había una puerta medio escondida tras un estante. Tomó su arma y se posicionó estratégicamente, abriendo de una patada y buscando infectados con rapidez. Pero ninguna amenaza apareció, en vista de lo cual ingresó a la estrecha habitación y prendió la luz. Allí se encontró con armas de buen calibre, granadas y muchas cosas útiles que le hicieron sonreír. Salió de allí en el mismo instante en que la chica lo llamaba con la mano para que se refrescara un poco. Se acomodó de inmediato al lado de ella y recibió una botella con agua que había sido previamente hervida por precaución. Volvió a pensar que eran demasiadas comodidades para una misión de rescate. Y estaba en eso, cuando Noiholt le clavó la mirada celeste de tal forma que hubiera sido imposible no darse cuenta. Leon parpadeó un par de veces, impresionado con la fuerza de aquellos ojos.

—Ya que estás tan empeñado en protegerme y sacrificar tu vida por mí de ser necesario, al menos deberías saber quién soy y de dónde vengo —murmuró ella con algún ligero temblor en la voz. Le estaba costando más de lo que pensaba hablar con el agente.

—De acuerdo. —Leon no sabía qué más decirle.

Noiholt suspiró ruidosamente y agachó la cabeza, buscando las palabras adecuadas para comenzar. Al cabo de unos instantes, habló de golpe.

—¿Sabes lo que ocurre cuando un militar alemán y una judía austriaca se enamoran? —Elaboró una pausa tensa—. Pues que todo se va al carajo. Eventualmente.

Leon alzó una ceja mostrándose confundido. No se esperaba que la conversación empezara de esa forma. Tragó lo que tenía en la boca y esperó que prosiguiera.

—Soy alemana, nací en Berlín durante la Guerra Fría. Los Maüser eran conocidos por ser parte de la milicia, y mi padre en particular tenía muy buenas referencias. Gracias a eso, lo dejaron en la parte socialista de Berlín y sus labores no solo consistían en velar por la protección de su zona, sino que lo enviaban a hacer misiones de paz. Parecía un samaritano.

Noiholt anudó los dedos recordando aquella historia que revelaba su origen. Sus manos temblaban ligeramente.

—En alguna de sus misiones, mi papá llegó a Viena. Sé que conoció a mamá en un comedor comunitario donde ella hacía caridad. La atracción fue inmediata. Mi familia materna se opuso completamente a la relación, principalmente porque descubrieron que, además de ser miembros importantes de la milicia alemana, los Maüser también fueron reconocidos partícipes del régimen nazi. —Noiholt alzó por fin la vista, encontrando los ojos cautelosos de Leon. Le dedicó una sonrisa fugaz—. Como sabes, Austria y Alemania han tenido sus conflictos, eso sin contar lo que los judíos sufrieron por culpa de los nazis, por lo cual mi padre tomó la decisión de llevarse a mamá. No sé cómo lo consiguió, pero la metió en Alemania y allí se casaron; luego nací yo. Por desgracia, las cosas no anduvieron bien entre ellos y se separaron cuando tenía diez años. Nunca dejaron de quererse y, luego de terminar la relación, no volvieron a rehacer sus vidas. En realidad, no tengo muy claro qué los hizo tomar esa decisión. Tal vez mamá se sentía sola por el trabajo de papá... no lo sé. Pero sí sé que mamá volvió a Austria conmigo. Allí no lo pasé bien por… —vaciló. Esa parte de la historia era bastante íntima como para contársela a un joven que recién venía conociendo, así que la saltó y pasó a otro punto—, bueno, tuve algunos problemas y le rogué a mamá que me enviara de vuelta a Alemania. Creo que me vio sufrir mucho y por eso lo consintió. Viví con mi padre hasta los quince años, momento en el cual se interpuso en una pelea callejera y lo mataron por la espalda.

Leon se quedó con la boca abierta. Noiholt había llegado a esa parte de la historia con tal naturalidad que parecía como si hablara del clima o alguna trivialidad. Frunció dolorosamente el ceño, asimilando la información y elucubrando al mismo tiempo.

—Volví a Austria con mamá, pero yo estaba fuera de control. Me las arreglé para conseguir mi emancipación y empecé a viajar. Creo que fui bastante dura con ella ahora que lo pienso y no puedo culparla de no impedirme salir del país. Estaba perturbada por lo ocurrido con papá y yo era una adolescente muy problemática: bebía hasta caer inconsciente, me arrimaba a personas peligrosas, no volvía a casa en días… —Se encogió de hombros—. Viajar fue lo mejor: estar lejos me hizo madurar y ser consciente de muchas cosas. Tuve varios maestros que perfeccionaron mis escasos conocimientos de Silat y Muay Thai mientras terminaba mis estudios y me recibía de intérprete. El inglés y el alemán son los únicos idiomas que hablo correctamente. Aprendí otros... aunque solo lo básico.

Noiholt esbozó una sonrisa tan triste que a Leon le dolió el corazón. «¿Por qué siento que me importa tanto…?».

—Esto no lo hago todos los días, señor Kennedy. No tengo amigos. Me cuesta horrores conversar con la gente, odio los grupos de personas; por lo general siempre estoy sola. Es mejor para mí.

—¿Por qué? —La pregunta arrancó de sus labios, sin que alcanzara a detenerla.

Ella se quedó en silencio unos segundos mientras cavilaba.

—No sé —dijo finalmente.

—¿Por qué me lo contaste, entonces?

—Eso es más fácil de responder. Tú eres un hombre jodidamente altruista. —Le miró casi con cariño—. Sé que si se presenta la oportunidad volverás a sacrificar tu integridad física en mi beneficio. Ya que estamos en esas, prefiero que seas consciente de quién soy y tomes, eh…, «una decisión informada». No quiero aprovecharme de ti.

Leon bajó la mirada, ocultando sus pensamientos. ¿Le diría que ya pasó por eso con…?

Ni siquiera era capaz de pronunciar ese nombre en su cabeza, donde nadie podía entrar. ¿Alguna vez sería capaz de encontrarla, volver a sentir su aroma, reclamarle el daño que le causó?

—¿Te aburro?

La voz de Noiholt le hizo despertar. Negó en silencio.

—Procuraré recordar todo lo que dijiste si me toca salvar tu trasero de nuevo —murmuró entre dientes, pero sin acritud.

—Gracias, Leon. —Usó un tono conciliador y, al ver que él le dedicaba una mirada confusa, se apresuró a completar la frase—. Me parece que actué de manera desconsiderada contigo hace rato. En verdad, estoy muy agradecida. Entiendo que te parezca extraña mi reacción y no quiero justificarme, pero odiaría que murieras por alguien que ni siquiera conoces.

El agente reflexionó unos instantes, sopesando y analizando cada una de sus palabras. Luego de juntar los hechos recientes con lo que ella le había contado, todo parecía cobrar algún nuevo sentido. Eso le dio valor para sacar de su interior algo que le corroía el alma.

—Cuando estuve en Raccoon City hubo una persona que me traicionó —habló casi sin darse cuenta— o al menos eso parecía, y luego… todo fue muy confuso. Me mintió, me usó y cuando todo estaba perdido, ella cambió y en realidad…, o siempre fue…, ni siquiera sé cómo explicarlo.

Leon agitó la cabeza y las manos al mismo tiempo que inspiraba con fuerza, incapaz de ordenar sus ideas. El ambiente fue cambiando de manera sutil entre ellos, llevándolos hacia un punto de confianza que ninguno habría imaginado conseguir del otro. Noiholt se mordía el labio inferior en un acto reflejo que refrenaba su impulso de saber más. Entendía que aquel comentario de Leon era terreno peligroso pues hablaba de heridas aún sin cicatrizar. ¿Y quién mejor que ella para comprender cómo se sentía?

Llagas de la vida, dolores del alma que mantenían el espíritu inquebrantable. Todo aquello que conocía tan bien. Sintió que lo admiraba como nunca. Tanto, que perdió el ritmo de su respiración y tuvo que desconectarse un segundo.

—Quisiera pensar que aprendiste de eso —dijo mientras carraspeaba—, pero me da la impresión de que sigues igual.

—Puede ser. Soy un idiota sin remedio.

Noiholt observó que la mirada de su acompañante se oscurecía, sumida probablemente en un mar de recuerdos poco agradables.

—Pues yo diría que eres muy bueno —musitó para sí, sabiendo que él la escuchaba.

—Eso también me suena a «idiota», pero con otras palabras. —Reprimió una sonrisa.

—Entonces eres un idiota muy bueno.

Leon le dio un rápido vistazo mientras que percibía la dulzura dibujada en el semblante de Noiholt. Volvió a negar en silencio y terminó de beber su agua, reflexionando acerca de todo lo que habían conversado. Aquella chiquilla mandona intentaba mostrarse amable como si estuviera tratando de disculparse, no solo por su actitud sino por todo lo acontecido anteriormente. Se sintió satisfecho de comprobar que Noiholt era una mujercita bastante razonable cuando se lo proponía, de manera que se desprendió de aquella sensación incómoda que lo seguía desde el minuto en que ella le gritó por haberla rescatado de aquel peligroso Cerberus.

Dejó la botella vacía a un lado y se levantó del suelo.

—Llamaré a Hunnigan para que me informe de cómo se ve el panorama desde el satélite. —Tomó su intercomunicador mirando la hora al mismo tiempo. Aún era temprano.

¿Conseguiste llegar a la pizzería? —La voz de Ingrid resonó fuertemente en el lugar, rompiendo la relativa paz que gozaban.

—¡Hola, Hunnigan! A mí también me da gusto saber que sigo con vida. Pero, por favor, no seas tan demostrativa o mi acompañante va a pensar cosas picantes de nosotros.

Aquel despliegue de sarcasmo hipnotizó a Noiholt, quien dejó de beber y se lo quedó mirando con la boca entreabierta.

¿Te han dicho que eres un idiota? —rugió la mujer al otro lado de la línea.

—Muchas veces, sobre todo hoy. —Sonrió fugazmente a la alemana, sorprendiéndola ruborizada. Ella desvió la vista y arrancó de manera poco disimulada hacia el baño—. Nos fue mal con la pareja, lo siento.

Qué lástima. —Hizo una pausa—. Pero no te sientas culpable, estoy segura de que hiciste todo lo que pudiste.

—Gracias.

Entonces ya es momento de salir de la ciudad. ¿Has pensado qué ruta tomarás?

Noiholt había dejado la puerta entreabierta mientras se mojaba la cara. A causa del molesto ruido que hacía el lavabo no pudo escuchar la respuesta. Pero quería a toda costa no ser un estorbo para Leon, por lo que se palmeó suavemente las mejillas y se obligó a mantener la concentración. Cortó el agua, sacudió las manos y se masajeó la frente; sin embargo, aquella sensación extraña no la abandonaba. Entonces cerró los ojos, descendió la cabeza lentamente y la apoyó en el borde del lavabo, esperando a que su corazón se frenara luego de aquel golpeteo salvaje que la aquejó hace un momento. ¿Por qué tenía que sentirse así? En su vida había visto muchos hombres, de todas las razas posibles y, aunque varios le habían llamado la atención, su timidez siempre fue más fuerte cuando intentó avanzar con ellos. En cambio, este agente americano era el primero que la hacía palpitar de aquella manera. Era más que su innegable belleza física; había algo en él que le llamaba profundamente la atención. Pero si apenas se conocían desde ayer… era absurdo sentirse así.

—¿Estás bien? —La conversación con Hunnigan ya había terminado hace un momento.

Ja! —exclamó de manera inconsciente, levantando la cabeza de un sopetón. Cuando notó que había contestado en alemán, procedió a disculparse—. Sí, perdón. Todo bien.

Leon frunció el ceño. Había tomado de manera extraña aquella reacción por parte de la joven. No era como si se le hubiera aparecido un zombi.

—Primero, necesitamos volver a Grüneger. ¿Crees que podamos llegar sin problemas? Tú conoces mejor este clima que yo. —Tenía algunas dudas acerca de abandonar tan buen refugio, pero lo cierto era que necesitaban salir de aquel pueblo. No confiaba en los políticos austriacos que le prometieron siete días de gracia para rescatar supervivientes y recolectar toda la información que le fuera posible. Su sexto sentido le indicaba que no esperarían tanto.

—Mi auto tiene neumáticos adecuados para conducir bajo lluvia intensa, por lo que no deberíamos tener problemas.

—Okay. Veamos el mapa. —Caminó unos pasos y lo extendió en el mesón—. Si estamos aquí y necesitamos llegar acá, entonces…

—Solo debemos tomar el mismo camino de vuelta —interrumpió.

El agente le dedicó media sonrisita sarcástica.

—Estupendo.

Enrolló el documento con rapidez y se lo metió de nuevo en el bolsillo interior de su chaqueta. Con algo de suerte conseguirían llegar pronto de vuelta a Grüneger y, una vez allí, alcanzar la puerta siete sería pan comido. Dio una mirada a su alrededor y encontró lo que buscaba.

—Noiholt, trae ese bolso que está debajo del mesón y déjalo bien abierto. Recogeré el armamento que nos llevaremos de aquí —indicó.

—Sí, señor.

Ella cumplió la orden y esperó pacientemente que Leon terminara su labor. Estaba metiendo casi todo el local dentro de aquel bolsito; era probable que no tuvieran problemas de municiones. Se distrajo un momento mirando hacia los alrededores, pensando en algo que no había reparado cuando tuvo que huir: ¿qué haría luego de escapar de ese infierno?

Sacudió la cabeza. Mientras sobrevivir fuera una prioridad no podría darse el lujo de perder el tiempo con aquellas reflexiones banales.

—¿Vamos, Noiholt?

Aunque era una pregunta simple, la voz de Leon mostraba su mayor firmeza. Ella tragó saliva, casi fascinada por el tono grave y profundo que usó el agente al decir su nombre. Tenía cierta pastosidad rasposa que le ponía el corazón a mil por hora. «Maldita sea», pensó mientras se llevaba el pulgar a la boca y lo mordisqueaba nerviosamente, «hasta su voz me afecta».

—Sí, señor —murmuró. Al repetir su respuesta anterior se salvó de quedar en evidencia, pues así no debía pensar en cómo contestarle y arriesgarse a balbucear alguna tontería.

Salieron rápidamente de la armería y corrieron a través de la lluvia. Noiholt, por delante; y Leon, por detrás según vigilaba todo el perímetro. Nada podría escapar a su vista de halcón entrenada para identificar todo tipo de peligros. Cuando llegaron al automóvil abrieron todas las puertas y, sin perder tiempo, entraron al comprobar que no había ninguna criatura extraña aguardando para morderles el cuello e infectarlos.

El agente encendió el vehículo y éste ronroneó al instante. Aceleró y la primera marcha se transformó en la quinta casi en un parpadeo. Noiholt lo observó conducir en silencio y se dio cuenta de que se hallaba peligrosamente bien a su lado. Frunció el ceño en tanto que analizaba otra vez todo lo que había ocurrido desde que lo conoció el día anterior. Sí, Leon era verdaderamente guapo y tenía un no-sé-qué que le removía las entrañas, pero la ansiedad que sentía era totalmente injustificada.

Suspiró sin darse cuenta y apoyó la cara en el vidrio de su costado. El primer hombre que le ponía la carne de gallina tan intensamente… y que probablemente no volvería a ver una vez que consiguieran salir de ese maldito lugar.

—Noiholt.

La chica pegó un respingo al oír su nombre. Giró la cabeza y se encontró por un segundo con los ojos azules de su acompañante.

—¿Sí? —respondió con voz vacilante.

—Lo siento.

—Eh… —No sabía qué contestarle puesto que no entendía el motivo de aquella disculpa. Negó rápidamente con la mirada abierta de par en par—. ¿Por qué?

—Sé que estás sufriendo mucho por dentro y no puedo ayudarte. —Apretó la mandíbula—. No te conozco ni tú a mí y, sin embargo, aquí estamos juntos. Tú cargas un infierno sobre los hombros y yo… —Ahora Leon suspiró—. Yo ni siquiera puedo imaginarme cómo te sientes.

Mein Gott, ¿por qué me dices esas cosas? —Su labio inferior tembló.

—Yo…, bueno…, no sé cómo hacer que todo esto sea menos difícil para ti.

¡A la mierda con sus pensamientos! Noiholt prácticamente se abalanzó hacia la mano con que Leon sujetaba la palanca de cambios y la apretó, conteniendo las repentinas ganas que sentía de llorar.

—Eso es mucho más que suficiente para mí, gracias… Gracias —susurró fervorosamente.

Leon la miraba de reojo cuando sintió algo que se agitaba en su interior. Jamás imaginó una reacción tan vehemente de su parte. Deseó ofrecerle algo más concreto que un simple apoyo moral.

Volvió a concentrarse en el camino, temeroso de estropear el momento. Noiholt había vuelto a encerrarse en su mundo pero ahora ya no parecía desamparada. Ahora solo se mostraba pensativa, lo cual era un alivio para él. Temía que sucumbiera a su tristeza en cualquier momento, y si eso ocurría, no sabía cómo ayudarla. Al mismo tiempo, trataba de ignorar por todos los medios una vocecilla en su interior que le preguntaba insistentemente: «¿Por qué estás tan preocupado por ella?».

Condujo cuidadosamente bajo una tormenta que no daba tregua. Tras un rato, Leon divisó por fin el puente que conectaba Laakirchen con Grüneger. Se llevó una mano al pecho y rebuscó entre sus bolsillos el mapa de la ciudad.

—Noiholt, revísalo por mí y dime cómo llegar al punto marcado —le pidió una vez encontró el papel.

Ella lo tomó y comenzó a revisarlo cambiando varias veces el ángulo de visión. Finalmente, volvió a doblarlo.

—Podríamos acortar camino si doblas a la izquierda y tomas una avenida rápida de dos vías que encontrarás más allá. He visto que la puerta siete está un poco lejos y si seguimos por esta calle nos costará llegar. —Su voz tembló casi imperceptiblemente en esa última frase.

—De acuerdo, ¿dónde giro?

—En el siguiente semáforo.

Efectivamente, unos metros más allá se veían unos cuantos zombis haciendo actos vandálicos contra la señalética pública. El agente redujo la velocidad y dobló por la calle indicada, eludiendo los cuerpos de unos infectados que se lanzaron sobre el automóvil. Rechinó los dientes, conteniendo el asco que le provocaba aquel horrible hedor que se había colado por las ventanas cerradas.

Scheiße! —masculló Noiholt mientras se sujetaba del asiento con las uñas y apretaba la nuca contra el cabezal acolchado.

—¿Estás bien?

—No.

Leon la miró de inmediato. Se veía más pálida que nunca y sudaba frío.

—¿Vas a vomitar? —preguntó con suavidad.

Ella sacudió bruscamente la cabeza. No, no era eso, pero tampoco se sentía capaz de explicarlo. Se mordió la boca como una forma de distraerse y trató de inspirar hondo, pero la putrefacción aún no se iba y abrir las ventanas no era una opción. Esperó unos momentos y se aventuró a abrir un poco los ojos; ya no se veían monstruos. Bajó la mirada y soltó un corto suspiro.

—Perdón —murmuró.

—Lo entiendo —respondió él con simpleza.

Y Noiholt comprendió su contestación. Era más receptivo de lo que parecía.

De pronto, en el horizonte se vio una luz extraña. Más allá, derecho por la calle en que Leon iba conduciendo se alcanzaba a apreciar lo que parecía ser una llama. ¿Sería una fogata? Leon enfocó la vista lo mejor que pudo pero aún se encontraban lejos como para saber de qué se trataba. ¿Y si eran supervivientes?

—Tenemos que ir hasta allá. Tal vez haya personas que nos necesiten.

—Sí, señor.

El agente aceleró aún más, mientras las plumillas se deslizaban infructuosamente por el parabrisas. La lluvia caía más espesa que hace rato. El cielo no se cansaba de hacerles la huida un verdadero infierno.

—¿Qué rayos es eso? —Fue la pregunta retórica del joven americano.

Lo que iluminaba el cielo oscuro era una antorcha rústica colocada en un puesto de vigilancia que —se notaba a kilómetros—, había sido montado con muy poco tiempo. Leon sonrió a media asta; debía ser una buena señal.

—Mira, Noiholt, nuestro pase gratis al escape. —Indicó el lugar con la barbilla.

—Genial. —Trató de imprimir el mayor entusiasmo que le fue capaz. Y no le resultó muy bien.

Él aprovechó la pista mojada para hacer un excelente derrape que los dejó justo a muy pocos metros del improvisado puesto de vigilancia. Por una barandilla asomó el soldado que cuidaba el lugar, quien los apuntó de inmediato con su metralleta al ver que se detenían. Su cara indicaba que no estaba nada contento con la situación. Leon bajó la ventanilla de su lado para poder conversar con él; la lluvia le golpeó la cara con fuerza.

—¡Necesitamos salir de este lugar!

Du kannst nicht hier sein! —exclamó el hombre, arrugando el ceño de manera escalofriante.

—¿Qué? —Preguntó volviéndose hacia Noiholt.

—Dice que no podemos estar aquí —cuchicheó.

—Explícale que soy un agente del gobierno y que solo intentamos escapar.

Er ist von der US-Regierung, Soldat! —Su voz sonó con una nota autoritaria que Leon no pasó por alto—. Ich bin Noiholt Maüser. Kennst du meinen Nachnamen? —suspiró brevemente—. Acabo de preguntarle si conoce mi apellido —tradujo por lo bajo.

Ja, ich weiß es. Aber ich kann dir nicht helfen, Dame, es tut mir leid. —Encogió los hombros.

—Por favor, no entiendo una mierda —gruñó Leon frustrado, a pesar de haber descifrado bastante los gestos del hombre.

—El soldado acaba de disculparse por no poder ayudarnos... aunque admite conocer mi apellido.

—No lo entiendo, ¿por qué no nos deja salir? Dile que vamos a la puerta siete.

Wir gehen zur Tür Nummer sieben!

Es tut mir leid, ich kann nichts tun. Ich habe Befehle. Du musst jetzt gehen.

—Dice que tenemos que irnos ya. No nos dejará pasar, Leon.

—¿Por qué?

—Son sus órdenes.

—Maldita sea.

Aceleró el vehículo y dio una rápida vuelta conduciendo nuevamente por las calles de Grüneger. No les quedaba otra opción más que ir a la jodida puerta siete. ¿Por qué ese hombre tenía instrucciones tan específicas? Comprendía que ningún infectado atravesaría ese lugar pues el soldado los acribillaría de inmediato, pero ellos claramente estaban sanos. Y él tenía el apoyo del gobierno austriaco.

¿O no?

El pecho se le apretó con la fuerza del presentimiento. Esos hijos de puta…

—Leon —jadeó la chica.

—¿Qué? —respondió más brusco de lo que pretendía. Maldijo en silencio. Era injusto que la tomara con Noiholt. Pero ella no se dio cuenta porque estaba concentrada en lo que sus ojos le mostraban—. ¿Noiholt? —insistió sacudiéndola de un hombro.

—¡Frena! —gritó y ambos salieron impelidos hacia delante. El cinturón detuvo su brusco movimiento, pero aun así fue un golpe duro. Ella sacudió la cabeza y sujetó al agente de un brazo—. Mira allá. —Apuntó hacia cierto punto con dedo trémulo.

¿Cómo demonios no lo vio antes? Leon se quedó con la boca abierta mientras su mente parecía separarse de su cuerpo y adoptar una forma independiente, preparándose para actuar ante el peligro que su lado consciente no había notado. Un tipo de BOW que nunca había visto se erguía orgulloso muchos metros más allá. Claramente distaba de ser un Licker, un Hunter Beta o Gamma —variaciones que solo conocía gracias al informe de Valentine que había leído hacía meses—, por lo cual Leon enfocó la vista y trató de dilucidar qué rayos los ponía en peligro esta vez.

Lo que vio le puso los pelos de punta. Parecía ser un enorme gorila claramente infectado con el virus. Tenía pedazos de carne descompuesta pegados al esqueleto, ojos que a la distancia proyectaban hambre y unos movimientos rápidos que diferían por mucho de su gran tamaño. De pronto, la bestia chilló con un alarido desgarrador que rompió el silencio, obligando a los dos jóvenes a cubrirse los oídos.

—¿Estará buscando bananas? —se preguntó Leon en voz baja.

—Creo que tengo una manzana —respondió ella, imitando el tono sarcástico de su interlocutor.

El agente se giró para mirarla y le dedicó una mueca graciosa. No se esperaba el comentario. Luego volvió a pensar en cómo escapar de ahí sin que los persiguiera.

—Apuesto mi cabello a que nos tratará de cazar si pasamos a toda velocidad. Necesito distraerlo para estar seguros. Podría… —divagó un momento, hasta que se le ocurrió una idea—, podría lanzar una granada de luz hacia el lado contrario de donde escaparemos. Sin duda que el gorila la seguirá con la mirada. Me acerco, la arrojo y corro hacia acá.

—¿Y si yo me encargo de eso? —sugirió.

—¿Qué? —Frunció el ceño—. ¿Estás loca?

Noiholt torció el gesto.

—Puedes recogerme mientras aceleras. Suena bien.

—Nena, ¿has perdido la cabeza? —Se le escapó una risa nerviosa—. No me arriesgaré a que te pase algo.

—Si nos quedamos discutiendo, las posibilidades de sobrevivir se reducen. Piénsalo objetivamente.

¿Pero qué demonios? Leon la miró como si le hubieran salido brazos y piernas adicionales.

—Ni se te ocurra que…

—Por favor, piénsalo —le interrumpió ella en un cuchicheo cada vez más veloz, lo que deformaba las palabras con su acento alemán y le dificultaba entenderlas—. Ser tan baja me hace prácticamente invisible; puedo deslizarme entre los edificios y no me verá. Además soy buena lanzando cosas, créeme.

—Noiholt —la habló en tono de advertencia.

—Es mi turno de ayudarte, Leon. Tú me salvaste esta mañana.

Él negó con la cabeza. No le gustaba nada esa idea, pero la chiquilla mandona tenía razón en algo: sin duda lo aventajaba en velocidad. La había visto correr. Ella bajó la mirada y comenzó a mordisquearse los labios. ¿Cómo le hacía entender?

—No puedo. Acabo de ver lo mucho que te afectan los infectados —dijo Leon con voz tenue.

—Ese mono de mierda me da igual. Son los zombis, es como si viera a mi madre y mi mente enloquece cada vez que…

—Basta. —No quería escuchar lo mucho que sufría. Pero ella espiró bruscamente y continuó como si no pudiera detenerse.

—Sé razonable Leon, estaré bien. Necesito ser útil.

—Oye…

—Necesito mantener mi cabeza ocupada de alguna forma, de lo contrario las imágenes vuelven a…

—Suficiente —la acalló sujetando con firmeza uno de sus hombros. Ella le miró confundida—. Lo entiendo.

En verdad, Leon no se sentía capaz de escuchar más de aquellas palabras. El dolor de Noiholt le traspasaba el pecho como si fuera propio. «¿Por qué me pasa esto?».

La chica entornó los ojos con impaciencia.

—Te prometo que voy a estar bien, ¿de acuerdo? No te preocupes, por favor. Deberías estar concentrado en sobrevivir tú solo, pero eres un idiota tan bueno…

Leon sonrió involuntariamente con aquella frase. Miró hacia los rincones visiblemente contrariado, pero finalmente alzó las cejas, limitándose a evidenciar su profundo descontento.

—Si me da la más ligera impresión de que corres peligro, iré y te sacaré de ahí aunque sea de los pelos.

—Me parece justo.

—Toma. —Le entregó una granada de luz que llevaba en el cinturón. — Te acercas lo más que puedas sin ponerte en peligro, la arrojas y corres. Yo te recogeré. ¿Sabes usarla?

—Claro que sí —la sujetó firmemente.

—Bien… Ve con cuidado.

Noiholt salió del vehículo y se deslizó como un gato hacia su objetivo, amparada por la densa lluvia que continuaba cayendo sin descanso. Rodeó la pared más próxima, pegando la espalda a ella y asomando despacio la cabeza para identificar con precisión la ubicación geográfica de aquella enorme fuente de peligro.

Cuando vio al asqueroso infectado rugir y repartir golpes a diestra y siniestra, intentó tragar saliva pero sintió la garganta hinchada, seca. Tenía miedo, por supuesto, pero no iba a permitirse fallar en lo que se había comprometido. Odiaba la idea de que Leon volviera a rescatarla como si fuera una inútil. Nada más conocerlo había decidido que sería su par en la huida, no un jodido estorbo.

Con eso en mente volvió a correr casi acuclillada, reptando hábilmente entre los pedazos de concreto que caían como lluvia a su alrededor, alborotados por el enorme gorila zombi que no daba tregua a su demostración de violencia.

«Concéntrate Noiholt», se repetía una y otra vez. «Inspirar, espirar, inspirar, espirar. Mantén el ritmo. ¿Dónde está? Ah, maldito monstruo… Y además da saltos bestiales».

Leon seguía atentamente con la mirada a la chica alemana, contrariado por haberle dado luz verde en su propuesta. Sin embargo, hasta el minuto todo iba sobre ruedas. Noiholt zigzagueaba sin problemas y se veía plenamente concentrada en su labor. Sin darse cuenta, el agente aceleró en punto muerto y el motor rugió con fiereza. Estaba listo para recogerla apenas arrojara la granada de luz.

De pronto, el gorila cambió de rumbo: se giró y corrió justo en la dirección donde Noiholt continuaba eludiendo obstáculos. Leon agarró el volante a dos manos mientras apretaba los dientes. ¿Era posible que se diera cuenta de la emboscada que estaban preparando?

Una segunda mirada le quitó algo de tensión. En realidad, aquel BOW solo se movía como un loco, sin rumbo definido. Y durante aquellos pocos segundos en que buscó al infectado gigante con la mirada… Noiholt desapareció del mapa.

«¿Pero dónde rayos se metió esta mujer?», gritó desesperado en su interior. Le iba a dar un infarto como no consiguiera encontrarla. «Mierda… ¿Eh? ¿Qué está haciendo ahora?».

Cuando Leon pudo ver a Noiholt de nuevo, esta se encontraba cara a cara con el gorila. El agente contuvo un grito que casi escapó de su garganta. ¿Acaso estaba más chiflada de lo que parecía?

Sin embargo, ella se veía tranquila y decidida. Notó que su muñeca comenzaba a moverse y comprendió que era momento de poner en marcha el Mercedes-Benz. Aceleró en dirección a Noiholt, que miraba fijamente al BOW y éste la veía a ella, ambos como hipnotizados. Un instante después, la granada se elevaba casi en cámara lenta y llegaba justo a la altura de los ojos del gorila. Funcionó: no la perdió de vista y claro, a los pocos segundos explotó dejándolo momentáneamente ciego.

Noiholt se escabulló con ligereza mientras el infectado chillaba de impotencia y volvía a repartir golpes como un niño en plena rabieta. Vio que Leon estaba a punto de cruzarse en su camino; aceleró el paso con tal precisión que consiguió aferrarse a la puerta del pasajero sin problemas.

—¡Genial! —exclamó el agente Kennedy.

Pero no había tiempo para hacer la danza de la victoria, porque el gorilón sacudió la cabeza en un torpe intento de recuperar la visión y al no conseguirlo, descargó toda su frustración en un alarido descomunal que casi acabó con sus podridas cuerdas vocales.

Los neumáticos también se quejaron lo suyo cuando Leon pisó el acelerador a fondo, pues Noiholt ya había conseguido ingresar por completo al automóvil. Estaba empapada hasta los huesos y tiritaba involuntariamente, tanto por el frío como por el bajón de adrenalina que experimentaba su cuerpo. Leon le dirigió un par de miradas inquietas y prendió la calefacción.

D-d-d-danke —tartamudeó ella en alemán.

—¿Estás bien?

—S-s-s-s-s-s…

—Ya, entendí.

Noiholt estrujó su cabello en el costado del asiento y luego lo sacudió con cuidado de no salpicar al agente, pero al mirarlo de reojo se dio cuenta que él parecía fascinado con su apariencia… Inconscientemente, se lamió los labios y sintió el sabor de la lluvia en ellos. Imaginó por una fracción de segundo cómo sería que él la mordiera… Y casi al instante, se regañó a sí misma por tener otra vez pensamientos de ese estilo en los momentos menos apropiados.

Por suerte Leon había dejado de mirarla, pero en sus ojos se adivinaba cierto fuego extraño que nada tenía que ver con la exitosa huida que habían conseguido. En tanto a lo lejos, aún era posible distinguir los chillidos derrotados del enorme gorila zombi.

—¿Adónde, Noiholt? —Inquirió el agente al toparse con una división de caminos.

La chiquilla apuntó con un dedo convulso hacia la derecha. Leon asintió en silencio y giró el manubrio en la dirección indicada, eludiendo nuevamente el ataque débil e infructuoso de algunos zombis perdidos y hambrientos de carne fresca.

—Por favor, ponte el cinturón.

Ella le hizo caso, intentando colocárselo con dedos torpes que solo consiguieron un golpeteo enervante de metal contra metal. Por lo visto, la calefacción aún no conseguía calentarle el cuerpo y por ello el agente temió que sufriera de hipotermia. Alargó una mano y luego de colocarle bien el cinturón, tomó las de ella y las sujetó con cierta impaciencia. Fue un gesto reflejo, sin embargo Noiholt se tensó visiblemente.

—No hagas eso —pidió con voz ronca, usando el mismo tono suplicante que ya hace bastante rato.

—¿Por qué? —Para él, todo eso era como un déjà vu. Ambos reutilizando sus propias palabras, casi en el mismo contexto.

Pero ella volvió a encerrarse en sí misma y, por segunda vez, no le dio respuesta. Leon no podía comprenderlo, porque varios minutos antes Noiholt había cogido su mano con verdadera vehemencia, entonces… ¿qué la hacía retroceder ahora? Él creía que ya había superado eso. ¿Es que acaso sentía desagrado por su persona?

No… Eso era muy poco probable. Había observado en profundidad sus ojos color cielo, y en ellos reconoció el reflejo de los suyos. Sin duda no era eso. ¿Qué, entonces?

La realidad interrumpió bruscamente su razonamiento interior cuando encontró que, prácticamente, todo el camino que debía seguir para llegar a la puerta siete estaba destrozado, y no existían vías paralelas que le permitieran retomar el rumbo más allá… Al menos lo que parecía a priori. Hizo un derrape perfecto y miró por el retrovisor, desviando la vista hacia todos los ángulos posibles para asegurarse de que no había peligros a su alrededor. Cuando se convenció, empezó a rebuscar en sus bolsillos para coger el mapa.

—Maldita sea —masculló en voz baja.

—Leon, pregúntame si tienes dudas.

Él dejó de registrar su chaqueta al instante con una expresión paciente en el rostro. Se le olvidaba a veces que la chica a su lado conocía ese pueblo al dedillo. Cuando la miró, notó que ya no temblaba pero tampoco había conseguido nivelar su temperatura, pues sus labios se veían claramente amoratados. Eso no era nada bueno, así que creyó muy conveniente parar un rato.

—Vamos a buscar un refugio temporal. Comemos, descansamos y salimos de nuevo. ¿Qué dices?

—Lo que tú ordenes —murmuró de forma monocorde.

—No te agobies... Escaparemos de aquí con éxito. Dime, ¿ahora hacia dónde?

Noiholt le dio algunas indicaciones para llegar a una zona llena de locales comerciales, lugar donde les sería fácil planificar una ruta viable hacia la puerta siete.

Cuando Leon ubicó un negocio que le pareció perfecto, aparcó rápidamente y salió del vehículo apuntando hacia adelante con la chica cubriéndole las espaldas con su arma. Ella llevaba al hombro el bolso con las cosas que había decidido traer de su improvisado refugio en la fábrica de zapatos que era propiedad de su madre… La tristeza hizo asomo a sus ojos, y ella la despidió de una rápida sacudida. Nada de pensar en ello hasta escapar.

Mientras ingresaban al local, la lluvia cayó con mayor fuerza. Como si quisiera recordarles que su poder era infinito e incontrolable.

Leon revisó todo el lugar en busca de peligros y al no encontrar nada, hizo entrar a Noiholt a una pequeña oficina y cerró la puerta poniendo varios obstáculos que impedirían un ataque sorpresa. Al menos, tendrían tiempo de prepararse para la defensa.

Mientras el agente se preocupaba de aquello, la chica sacó unas latas de comida y dos cucharas. Ahora tendrían que comerla fría, porque no había como encender una fogata en aquella habitación estrecha.

—Noiholt, quítate esa ropa mojada y cúbrete con la manta térmica que trajiste. —Dicho esto, le dio la espalda

—No quiero empapar la manta. Tal vez la necesitemos después.

Leon pensó un momento y a los segundos después, se quitó la gruesa chaqueta que llevaba puesta, la cual había sobrevivido sin problemas a la lluvia pues su material era completamente impermeable.

—Usa esto —alargó la mano hacia atrás.

—Leon…

—Toda mi ropa interior es térmica, ¿lo ves? —Sin voltearse, mostró un poco de la camiseta que llevaba debajo del chaleco azul marino—. No te preocupes, aprendizaje estilo Raccoon City.

Noiholt dejó de dudar; se despojó con rapidez de todas sus prendas empapadas, procediendo de inmediato a cubrirse con la chaqueta. Le quedaba gigante y casi le alcanzaba las rodillas, lo cual le daba un aspecto bastante cercano a la ternura. Anunció que ya estaba vestida y el agente se volteó de nuevo, intentando no mirarla más de lo recomendable. Tomó una lata, una cuchara, y se puso a comer sentado en el suelo muy cerca de Noiholt, pues esta se había encogido en un rincón como si quisiera ocupar el menor espacio físico posible.

Ambos deglutieron en silencio por un rato, escuchando con atención el golpeteo incesante de las gotas de lluvia sobre el precario tejado.

—Cuéntame de Raccoon City —pidió la alemana de improviso.

Leon sonrió sin darse cuenta.

—Fue un maldito infierno. Pensé que iba a morir muchas veces durante mi escape, pero no podía darme el lujo de descuidarme. Tenía que proteger a Claire y Sherry… ¿las recuerdas, verdad?, te las nombré hace rato. Claire estaba buscando a su hermano Chris Redfield, un miembro de la extinta división STARS, «Special Tactics And Rescue Service». ¿Escuchaste algo de eso? —Noiholt asintió en silencio—. Bien, imagino que la noticia del incidente en las montañas Arklay se extendió por todo el mundo. Los STARS eran un grupo de fuerzas especiales compuesto por expertos en diversas áreas, desde francotiradores hasta desarmadores. Casi todos fueron asesinados por el capitán de esa división, Albert Wesker. Los que consiguieron escapar continuaron investigando su implicación con Umbrella y… ¡tarán! Tenemos el desastre de Raccoon City. No me cabe duda que él estuvo detrás de todo eso… Nadie podrá quitarme eso de la cabeza. En fin. Acerca de Sherry, ella era la hija de William y Anette Birkin, científicos que trabajaban para Umbrella. Claire la cuidó mucho mientras yo, bueno… —evitó el nombre que su cerebro gritaba—, ayudaba a esa otra persona que me traicionó. Cuando logramos escapar el gobierno nos retuvo y acepté unirme al servicio secreto, de esa forma conseguí proteger a Sherry y continuar en mi camino contra el bioterrorismo; dos pájaros de un tiro. La verdad es que mi primer día como policía no pudo ser peor, aunque si hubiera llegado un día antes tal vez no estaría aquí contándote la historia.

—¿Por qué?

El agente entornó los ojos al mismo tiempo que se revolvía los cabellos.

—Admito que esto es un poco vergonzoso, pero el día anterior al caos bebí más de la cuenta y me quedé dormido. Estaba tratando de olvidar una ruptura bastante dolorosa.

Noiholt dio un respingo y apretó los puños. ¡Pues claro que Leon había tenido novia!, ¿por qué no? Guapo, carismático, sarcástico… La alemana odió con toda su alma sentirse violentada por un fantasma. Y se repudió el doble por albergar celos de alguien que jamás vería, provocados por un joven americano que recién conocía y con el que, muy probablemente, no volvería a encontrarse luego de conseguir el escape por el que luchaban. Se mordió el pulgar derecho con impaciencia, rogando para que él no se diera cuenta de la furia que cubría su rostro pálido.

—¿Te importaría contarme más? —musitó.

—Claro que no. ¿Qué quieres saber?

—¿Por qué decidiste ser policía?

—Pensé que preguntarías algo más simple. —Rió por lo bajo, pero luego se quedó serio un momento mientras escarbaba en sus recuerdos más escondidos—. No sabría decirte cuál es la razón específica, pues nunca le he dado muchas vueltas. Sin embargo, sé que no podría estar tranquilo si no ayudo a poner un poco de orden en este mundo… Existen demasiadas injusticias, día tras día, y mi trabajo no ayuda a disminuir siquiera una octava parte de aquella miseria. —Apretó los puños con rabia.

Noiholt no estaba segura de si él continuaría explicándole. No obstante, tras una breve pausa, el monólogo continuó.

—Tengo familia en la policía, pero no fue eso lo que me convenció finalmente. Necesito sentir que dejo una huella… una marca… Algo de mí, algo bueno. La gente necesita héroes, defensores, y aunque estoy muy lejos de ello no pierdo la esperanza de, algún día, acabar con el jodido bioterrorismo usando mis puños y mi cabeza, aunque me tome años. No puedo soportar pensar en más personas sufriendo por culpa de esos… —se detuvo, pues no era capaz de completar la idea.

—Leon, te equivocas en algo.

—¿En qué?

Ambos se miraron directamente a los ojos en ese instante.

—No necesitamos héroes. Necesitamos más personas como tú —susurró hipnotizada.

—Eso es muy dulce de tu parte.

Noiholt enfocó la vista en sus dedos, los cuales retorcía una y otra vez en su regazo. Tenía mucho en mente; su admiración por Leon crecía como la espuma. Podía entender las razones que lo impulsaban a sacrificarse por el bien de la humanidad y aunque en primera instancia le costó aceptarlo, ahora comprendía a la perfección cómo debía sentirse. Algo de aquello le recordaba a la vehemencia de su padre… y la trágica forma en que perdió su vida.

«Los héroes mueren», le había gritado a Leon hace horas atrás. Chocó los dientes con el recuerdo, sintiendo que tal vez fue demasiado dura en sus palabras. No todos los héroes terminaban bajo tierra, era cierto, sin embargo el dolor que le causaba pensar en aquello la alertó por encima de todas sus reflexiones. ¿Iba a seguir permitiendo que su imaginación la llevara por caminos que más tarde la conducirían solo al pesar, cuando el agente no caminara por el mismo hilo de sus sentimientos?

Luego de un rato, ambos continuaban pensando en silencio. Era cómodo no hablar pues no necesitaban rellenar los espacios con conversaciones fútiles. Leon suspiró de pronto y movió el cuello de un lado a otro; le tomó poco tiempo darse cuenta que la pequeña alemana se había rendido al cansancio y dormía profundamente. Se veía tan deseable utilizando su chaqueta…

Sin pensar, el agente se acercó a ella y cubrió sus piernas con las propias, temiendo que pudiera pasar frío. Al intuir que no era suficiente se levantó, tomó la frazada térmica y la tapó concienzudamente mientras se volvía a acomodar junto a ella. La respiración tranquila de Noiholt le relajaba lentamente, obligándolo a seguir pensando…

.

.

—¿Cómo puedes confiar en desconocidos? —rugió una furiosa Noiholt de quince años, arrojando su bolso al suelo.

—¿Qué te pasó ahora? —inquirió el señor Maüser sin dejar de ejercitarse. Levantaba con ligereza una barra zeta y veinte kilos de peso a cada lado.

—La gente. Odio a la gente.

Hizo un gesto vago con la mano, como si no supiera explicar lo que le ocurría. Frederick levantó la barra un par de veces más, para luego dejarla en el suelo con escasa delicadeza. Sacudió los brazos para que no se le acalambraran y movió el cuello hacia los lados.

—Me extraña que te quejes de eso siempre. Nunca has sido sociable —señaló el hombre.

—Es que… no lo entiendo. ¿Por qué me hacen preguntas? A nadie le debería interesar mi vida. Me encantaría que me dejaran sola —rumió.

—Las personas tratan de mostrarse amables, Noiholt. No te tomes tan en serio las cosas.

—Si alguna vez llego a preguntarle a alguien cómo se siente, es porque me preocupa de verdad. Todo me parece tan…, tan… —miró hacia el techo —, hipócrita.

Frederick torció el gesto.

—La hipocresía es una de las bases en la sociedad. Lo ha sido desde tiempos inmemoriales —explicó.

—Por eso me veo obligada a preguntarte, papá. ¿Cómo puedes confiar en desconocidos? Tus subalternos, por ejemplo. Cuando debes partir a misión… ¿Cómo lo haces?

Noiholt tomó asiento en una silla y se agarró la cabeza a dos manos. Solía desesperarse con mucha facilidad, algo que preocupaba a su padre. Él se frotó la barbilla.

—Alguien que está dispuesto a sacrificar la vida por ti merece tu confianza absoluta. —Frunció el ceño—. Ellos me protegerían a toda costa, y viceversa. Una situación de peligro es la forma más fácil de evaluar a una persona, porque el verdadero carácter sale a flote en esas circunstancias. Pero no puedes esperar a que eso ocurra para confiar en alguien.

—No sé qué hacer.

—Dale una oportunidad a la gente. Si te hieren, sigue adelante. Dolerá, pero podrías ganar más de lo que pierdes. Piénsalo.

Noiholt asintió rápidamente. Sí, era su padre y tenía que estar en lo cierto, aunque ella no estuviera de acuerdo. Tal vez, si intentara comunicarse más con el resto

—Pero me cuesta mucho —murmuró.

—Lo sé. Recuerdo que tu madre y yo pensábamos que eras autista en tus primeros años de vida.

—¿En serio? —Hizo una mueca.

—A Emile nunca le diste una oportunidad de ser amigos, y Dios sabe cómo se ha esforzado ese muchacho. —Sonrió, tomando una toalla y secándose el sudor del torso. Miró a su hija, que parecía de mejor ánimo, así que le dedicó un último comentario—. Noiholt, no olvides que solo somos seres humanos. Hay cosas que no podrás evitar, como las preguntas, los saludos, las relaciones personales. No esperes a confiar en alguien ciegamente apenas conocerlo, comienza de a poco. Ya verás que tu corazón se abrirá paulatinamente al mundo.

Pero además, si decides seguir el camino de la milicia como yo, te encontrarás con situaciones de peligro que te permitirán emitir juicios rápidos. Sigue tu instinto, mira directo a los ojos… Te aseguro que no fallarás.

Noiholt sonrió levemente por primera vez en mucho rato. Algunas cosas merecían la pena de intentarse.

La chica se despertó de golpe, otra vez. Soñar con su padre le estaba destrozando los nervios. ¿Por qué tenía que ser así? Tal parecía que su subconsciente no estaba dispuesto a hacerle las cosas menos difíciles. Pestañeó, trató de enderezar la espalda… y se dio cuenta que estaba completamente acurrucada al cuerpo de Leon Kennedy. La cabeza rubia apoyada contra el hueco entre su cuello y su hombro, el cuerpo prisionero entre sus gruesas piernas; incluso era capaz de percibir sus pectorales trabajados, sus brazos musculosos y su estómago dibujado de abdominales. Pero que él, encima de todo, hubiera usado la manta para cubrirlos a ambos era la peor parte en su opinión, pues eso le impedía salir arrancando en ese mismo instante.

«Scheiße!», pensó desesperada por encontrarse tan vulnerable y al mismo tiempo tan protegida. Se descubrió a sí misma complacida, casi feliz, con aquella cercanía.

Al mismo tiempo de esa vergonzosa revelación, Noiholt notó por qué se había acabado su sueño: el intercomunicador del agente estaba sonando de manera enervante. Una mujer —sin duda la misma de hace rato— clamaba por hablar con él, y él aún no se despertaba.

Leon, ¿dónde estás? ¡Necesito hablar contigo urgente!

La alemana abrió la boca para despertarlo, mas al posar sus ojos en aquel rostro masculino se quedó sin habla. Espiró bruscamente mientras deslizaba una mano por el flequillo castaño, sorprendiéndose de lo suave que era su cabello. Aún asombrada, deslizó las yemas de sus dedos por la frente de Leon, bajando despacio por su mejilla, sintiendo las irregularidades de su piel, aprendiendo la textura áspera de una barba naciente luchando por aparecer…

Eventualmente, el agente abrió los ojos… sorprendiendo a su acompañante fascinada con su cara. Frunció el ceño y ella trasladó sus dedos hasta el entrecejo. Le acarició la arruga con el pulgar hasta que consiguió alisarla.

—Tu transmisor ha estado sonando. Parece que es urgente —señaló el aparato con la barbilla.

Leon giró la cabeza hacia el pequeño escritorio donde lo había dejado, escuchando de pronto la voz imperiosa de Hunnigan.

—¡Leon, por todos los cielos, contesta ya!

—Mierda. Parece que me extraña demasiado —comentó él con una risilla.

—¿Es… tu novia, o algo así?

—¡Ya quisiera ella! —Noiholt esbozó algo parecido a una sonrisa con esa frase, lo cual le llamó la atención—. ¿Por qué la pregunta?

—Por nada.

El joven agente ladeó la cabeza, pero no hizo comentarios. El hecho de que Noiholt se viera interesada en su vida personal le agradó, con la consecuente sorpresa que se llevó al sentir aquello. Como había llegado el momento de levantarse comenzó a apartar la manta, descubriendo que sus piernas y las de la alemana estaban enroscadas como si fueran cuerdas. Ella volvió a mirarlo y un tenue rubor se apoderó de sus mejillas.

—Nada como el calor humano —dijo Leon.

—Muchas gracias.

—Ni lo menciones.

—Has cuidado de mí, más de lo que cualquiera habría hecho… Ahora, contesta ese maldito transmisor.

¡La pequeña muñeca mandona había vuelto! Leon meneó la cabeza de un lado a otro con una sonrisa y sintiendo un tirón en las piernas; tal parecía que llevaba más horas durmiendo de lo que creía. Cuando consiguió levantarse pasó unos buenos segundos haciendo estiramientos, pues no quería desgarrarse un músculo escapando de algún zombi. Finalmente, cogió el aparato y apretó el botón.

—Aquí estoy, Hunnigan.

¿Es que quieres preocuparme a propósito? ¡He tratado de hablar contigo desde hace mucho rato y tú no dabas señales de vida!

—Lo siento, debí avisarte… Hice un receso. Necesitábamos descansar.

Pues asegúrate de explicármelo la próxima vez o te daré por muerto.

—Ya, ya, entiendo. Perdóname.

Uf… cuidarte es como vigilar un niño de cinco años. Necesito explicarte lo que sucede, Leon: el gobierno austriaco ha inhabilitado todas las salidas indefinidamente. Algo va mal, pero no he podido descubrir qué es. Nadie entra ni sale; el cercado que colocaron alrededor del pueblo está vigilado por militares y los puntos de extracción por fuerzas especiales. Si asomas la cabeza por cualquiera de esos lugares, dispararán a matar, y no les importará un comino que seas el agente que ellos mismos solicitaron.

—Demonios —masculló por lo bajo, aun cuando nunca pensó en contar con el apoyo de los austriacos. Pero que le impidieran escapar por completo era peor de lo que ya había contemplado—. ¿Qué debemos hacer ahora?

Esperar, es lo único que se me ocurre en este minuto. Buscar un buen refugio y aguantar hasta que ellos hablen o yo descubra algo más. Me preocupa la premura de su orden; es como si tuvieran algún imprevisto…, algo…, no sé. Estoy moviendo todos mis hilos para descubrirlo.

Leon buscó a Noiholt con la mirada, encontrándola con los ojos muy abiertos en el mismo rincón donde se habían quedado dormidos, con la única diferencia de que ahora estaba de pie. El agente le mostró la palma abierta de su mano izquierda, como indicándole que conservara la calma.

—Estábamos de camino a la puerta siete, pero imagino que ya no vale la pena.

No, no: vayan allá de todas maneras. Consigan un lugar de resguardo cercano a ese punto, pues mi experiencia me dice que cuando consiga que autoricen la extracción será un «ahora o nunca» y no tendrán tiempo suficiente para moverse.

—De acuerdo, Hunnigan. Mantendremos el contacto.

Buena suerte y mucha paciencia.

Las palabras de la mujer aún resonaban en la estrecha habitación cuando la comunicación se cortó.

.

.

Grüneger, Austria. Día 8 de enero del año 2000.

Treinta y seis horas más tarde, paciencia era lo que más escaseaba para el agente Leon Kennedy. Con tanto tiempo disponible, todo lo que podía hacer era pensar —repasar planes de escape, de emergencia, miles de «planes B, C, D»—, comer, pensar, dormir, pensar de nuevo, y girar en una eterna espiral de especulaciones que no lo llevaban a ninguna parte. Al amanecer de su tercer día junto a Noiholt saltó de la improvisada cama y dio unos manotazos al aire, visiblemente desesperado por salir de una vez por todas. Su mayor temor era que el gobierno decidiera acabar con todo sin avisarle a nadie y aquello no les daría ninguna posibilidad de escape sino una muerte segura dentro del pueblo, acompañando en su destino a los muchos zombis y Cerberus que infestaban los rincones.

A diferencia de Leon —a quien la incertidumbre mantenía muy activo—, Noiholt iba adquiriendo el aspecto de un cadáver con mayor claridad a cada hora que pasaba. La palidez dominaba su cuerpo, dándole un aspecto enfermo que hacía temblar al agente. No era que estuviera infectada con el virus ni mucho menos, tampoco había cogido una pulmonía o resfrío, simplemente su mente estaba sucumbiendo al estropicio. Era inevitable que la muchachita de veinte años recién cumplidos se quebrara como un cristal con todo lo que estaba viviendo, pero Leon estaba seguro de que conseguirían salir con vida de aquel lugar. El tiempo le jugaba en contra, eso estaba claro, pero a pesar de ello escaparían aunque tuvieran que deslizarse entre los militares… o reducirlos de alguna manera.

El refugio que habían montado no estaba muy cerca de la puerta siete, pero sí a una distancia prudente. Ello porque los caminos y construcciones del pueblo en su mayoría estaban casi destrozados y no tenían cómo esperar indefinidamente a la intemperie, por lo cual debieron retroceder y buscar alguna casa no muy lejana a ese punto geográfico. Al agente no dejaba de sonarle una insistente alarma en su cabeza, preguntándose la razón verdadera de tanta destrucción. Ese nivel de desastre no era causado por zombis comunes y corrientes.

Noiholt había dejado de hablar poco después de la última comunicación con Hunnigan. Se había encerrado dentro de sí misma y ya ni siquiera utilizaba ese tono mandón que perturbara a Leon cuando se habían conocido. Aunque él trató de seguir conversando con ella para no permitir que su mente se rompiera —incluso recurrió a darle más detalles de la mujer que intentaba olvidar—, Noiholt no respondió a ninguno de sus avances. Simplemente cerraba los ojos y movía la cabeza; le parecía grosero ignorarlo por completo luego de lo mucho que él se esforzaba, pero no se sentía capaz de abrirse nuevamente. Había asumido con horror la intensidad de su gusto por aquel agente americano y ese hecho la paralizó: o el tipo moría con ella en Grüneger, o morían por separado, o ambos sobrevivían y no volvía a verlo nunca más. En cualquier caso, ella iba a sufrir por su causa. Estaba claro que Leon no se encontraba en condiciones de amar a nadie, pues con solo ver cómo le costaba hablar de aquella mujer que jugó con él en Raccoon City todo el cuadro se pintaba sin problemas.

Aquellas treinta y seis horas de supervivencia pasaron de forma lenta, desesperante, casi como una marcha fúnebre. Sin embargo, hubo un momento en que casi se desató la tormenta entre ambos guerreros.

Leon detectó que Noiholt apretaba la mandíbula cada vez que él mencionaba una ruta en particular para llegar a la puerta siete. Si deslizaba el dedo por cierta calle del mapa, la chica rechinaba los dientes y comenzaba a sudar. Era el único momento donde su piel adquiría algo de color. Finalmente, luego de unas cuantas pruebas, Leon concluyó que era el momento de sacarle la verdad como fuera.

—¿Me vas a decir por qué te pones tan nerviosa cuando señalo esa calle? —Ella le miró un poco asustada, lo que redobló el temor de Leon—. Sí, me di cuenta. Ahora, habla.

Pero la alemana agitó su cabeza rubia de un lado a otro y apretó los labios, negándose a contestar la orden. Las manos le temblaban notoriamente, su respiración sonaba cada vez más irregular… Leon se frotó la boca con una mano, analizando, buscando la respuesta que en el fondo ya conocía.

—Es… ¿esa es tu casa, Noiholt? ¿En esa calle está tu casa? —exclamó espantado, temiendo haber acertado. El silencio sepulcral que emanó de ella, sumado al miedo que vio en sus ojos celestes, le dio la razón. Un «sí» a todo pulmón no habría sido más claro que aquella aterradora respuesta muda—. Mierda… ¿Por qué no me lo dijiste?

Ella retrocedió, buscando apoyo en la pared más próxima, pero no contaba con la rápida reacción del agente Kennedy. En un abrir y cerrar de ojos, se encontraba inmovilizada al muro que había buscado como refugio y aprisionada por un americano de mirada encendida que, además, se veía más guapo que nunca. ¡Cuánta mala suerte tenía!

Leon había cogido las delgadas muñecas de Noiholt con sus manos para evitar que escapara a sus preguntas, además de utilizar una de sus piernas para impedir que ella se moviera, aplastándola con un cuidado firme que concretaba su propósito. La chica le pareció más pequeña que nunca.

—Contéstame, Noiholt. —Ella negó en silencio—. Háblame. No nos iremos hasta que me confirmes lo que ya sé. Dímelo… ¿En esa calle está tu casa? ¡Noiholt!

—¡Sí! —chilló finalmente, dándose por vencida.

—Maldita sea, ¿por qué no me lo dijiste desde un principio?

—¿Y qué puto caso tiene? —estalló—. ¿A quién le importa esa mierda, Leon? Este no es el momento de preocuparse por… Tenemos que salir de aquí como sea; donde carajos viva yo no le importa a nadie.

—Me importa a mí.

—¡Corta ya con eso!

—Encontraremos la forma de llegar a donde vamos sin pasar por esa calle.

—¿Cuántos caminos has descartado porque todo se encuentra destruido y no hay cómo llegar al otro lado? ¿Lo ves? ¡Deja de darle importancia a mi maldita casa!

El cuerpo de Noiholt se había revelado al estrés y temblaba de manera convulsa. Leon se sintió un poco aliviado de escucharla gritar; prefería eso mil veces a su horrorosa mudez. Pero al convencerse de que estaba al borde del colapso, casi se arrepintió por haberla presionado.

—No puedo hacerte pasar por eso, Noiholt —musitó en tono suave—. No quiero que… sufras más de lo que ya soportas. Es suficiente. No puedo ayudarte, pero tampoco puedo echarte más mierda encima.

Ella pareció aplacarse con aquellas palabras. Tragó saliva al tiempo que agachaba la cabeza, buscando serenarse y recuperar perspectiva. No quería ser hiriente con él, viendo todo lo que se interesaba en su persona.

—De nuevo te preocupas demasiado por mí —susurró la alemana—; vas a terminar enfermo. Tendré que agradecerte otra vez.

—No es necesario. Solo dame la oportunidad de buscar una ruta que no implique pasar cerca de tu casa, ¿vale?

—Vale.

Leon se apartó en ese instante. Tenía la mente llena de imágenes imprecisas: él corriendo con Noiholt, intentando sobrevivir, cambiando de rumbo… El enfrentamiento con un zombi de cabello rubio y cuerpo menudo; una mujer austriaca: la señora Maüser. Algo como eso no podía ocurrir, no mientras él pudiera impedirlo. La pobre muchacha ya soportaba demasiado como para revivir todo lo que intentaba olvidar. Leon advirtió con el rabillo del ojo que Noiholt se sobaba una de las muñecas; volteó medio cuerpo hacia ella de inmediato.

—Perdona si fui un poco brusco.

—No es nada. Yo no te di opción, señor Kennedy.

—Tienes que dejar de comportarte como si fueras un robot.

La chiquilla alemana se encogió de hombros desinteresadamente.

—No sé hacerlo de otra manera.

—Es mi deber que sobrevivas a esta catástrofe, pero también necesito tu ayuda. —Se frotó la nuca—. Has estado esquiva mucho tiempo. Comprendo que tal vez mis historias te parezcan un poco aburridas…

—¡No es eso! —exclamó sin darse cuenta, y se arrepintió al instante. Pero había hablado, lo cual no le dejaba más remedio que explicarse un poco más—. Mira… Ya sabes que no estoy bien. Dejémoslo ahí.

Leon asintió en silencio, optando por darle el espacio que parecía necesitar. Estaba claro que tenía razón en varias cosas, como que realmente estaba soportando de efectos secundarios muy duros. Era imposible superar un trauma como el deshacerse de su madre zombi sin sufrir consecuencias. Con ello en mente, el agente se concentró en buscar una ruta que fuera viable, y que además no implicara pasar por la calle donde se encontraba la casa de Noiholt.

Todo eso, ocurrido muchas horas atrás, aun se mantenía fresco en la memoria del agente Kennedy. Había recibido un mensaje de Hunnigan en el que le indicaba que ya podía salir del pueblo junto a la alemana, por lo cual ahora ambos iban de camino a la puerta siete arriba del Mercedes. El silencio predominaba el ambiente acompañado de esperanza y cierto nerviosismo: todo estaba a punto de acabar. Por fin.

Sin embargo, jamás podría ser tan simple como eso.

El suelo empezó a temblar haciendo que el vehículo se balanceara bruscamente. Leon buscó el origen de aquello con la mirada, oteando hacia todos lados, cuando un golpe imprevisto hizo que el auto entrara en un espiral incontrolable, a punto de chocar contra lo primero que se le cruzara. Leon sujetó el volante con todas sus fuerzas y Noiholt le ayudó, gracias a lo cual consiguieron recuperar el control… para encontrarse con un horrible escenario.

¡El gorila zombi había vuelto con todo!

«Mierda», pensaron al mismo tiempo. Era algo que podía ocurrir, pero ¿por qué en el peor momento? Murphy no se cansaba de fastidiarles los planes con inmensa maestría.

La bestia chilló con un alarido desgarrador que rompió el silencio, obligando a los dos jóvenes a cubrirse los oídos. Las ventanas del auto temblaron amenazando con romperse… cosa que no ocurrió, pues el gorila una vez dejó de gritar, se lanzó en picada contra ellos.

—¡Sujétate, Noiholt! —gritó Leon, pues sabía que no alcanzaban a escapar del vehículo.

Ambos agarraron con todas sus fuerzas el cinturón de seguridad que llevaban puesto y agacharon la cabeza, al mismo tiempo que el maldito monstruo levantaba el vehículo de un manotazo y éste salía volando un par de metros, para luego estrellarse contra el suelo y volcarse hacia un costado estrepitosamente. La bestia corrió hacia ellos y se entretuvo destrozándole la parte de abajo al Mercedes-Benz, arrancando los neumáticos de cuajo y triturando los fierros con alegría infantil. Cuando se aburrió, le dio un nuevo manotón dejándolo con lo que quedaba de las ruedas hacia arriba; corrió en otra dirección y golpeó su propio pecho chillando su victoria. No llegó muy lejos, sin embargo, pero parecía más entretenido destrozando lo que había a su alrededor que fijándose si su objetivo había muerto.

No era el caso, por supuesto.

Leon había desabrochado su cinturón de seguridad y estaba haciendo lo mismo con el de Noiholt, mareado por las vueltas y el volcamiento; empero seguía vivo y apenas tenía algunos rasguños por la rotura de los vidrios, más uno que otro moretón en el pecho por la dureza del cinturón. Pero era todo, y parecía que la alemana había sobrevivido en las mismas condiciones que él.

—¡Leon! ¿Estás bien? —chilló la chiquilla mientras trataba de no herirse las rodillas con los vidrios rotos del parabrisas.

—Sí… Un poco agitado, nada más. Ahora sé cómo se siente mi ropa cuando la meto a la lavadora… —Reptó fuera del auto, extendiendo las manos para coger las de Noiholt y poder jalarla hacia él.

Cuando los dos estuvieron seguros, continuaron agachados y sacaron las armas desde dentro del auto con cuidado de no hacer mucho ruido. El gorila, por su lado, seguía concretando sus deseos de destrucción arremetiendo contra todo lo que se le cruzaba; por suerte estaba bastante lejos de ambos sobrevivientes.

Leon no lo pensó más y desenfundó su H&K VP70; Noiholt lo imitó empuñando su escopeta. Tal vez no se enfrentarían directamente al BOW, pero lo más recomendable era mantenerse preparados para el peor escenario.

Miró a la alemana y percibió un leve rastro de sangre emanando desde su brazo desnudo. Ella siguió la dirección de sus ojos y se frotó la herida rápidamente, negando con la cabeza: no era nada grave, no había razón para preocuparse. Kennedy suspiró y tomó una decisión: escaparían del lugar intentando no llamar la atención del gorila, y buscarían algún medio de transporte para llegar a destino. Con suerte no tendrían que confrontarlo ni gastar balas en él.

—Sígueme, Noiholt —la ordenó.

Corrieron en dirección contraria al viento para evitar que el infectado los oliera, cruzando los dedos por conseguir esfumarse sin encontrar zombis o Cerberus por el camino. Lograron adelantar varios metros con éxito, no obstante la suerte no les duraría mucho más.

Un remolino inesperado agitó el aire alrededor de los jóvenes, levantando del suelo polvillo de cemento. Noiholt dejó de correr en ese mismo instante y evaluó la situación de la forma que su padre le había enseñado. Era poco recomendable moverse en la misma dirección que estaban siguiendo, pues el gorila captaría su olor dentro de unos pocos segundos más y tendrían pocas posibilidades de sobrevivir. ¿Cómo seguían ahora?

Gracias a esa distracción, Noiholt no se dio cuenta de que el BOW ya había comenzado a moverse como un loco, aún sin rumbo definido, pero de manera casi desesperada. Cuando lo notó, se quedó paralizada al verlo tan poderoso, imponente: un monstruo creado para devastar dondequiera que pusiera los podridos pies.

Todo eso Noiholt lo intuía, sin embargo no tenía experiencia suficiente como para que su cerebro la alertara. En cambio, Leon sí se percató del peligro y previendo un desastre, se deslizó silenciosamente hasta quedar a su espalda. La tomó por la cintura con una mano, con la otra selló su boca, la levantó en vilo y la arrastró hasta quedar detrás de una muralla que aún se mantenía en pie. Así, aquel horrible gorilón no podría verlos fácilmente.

Noiholt no hizo más que gemir brevemente por el susto, y luego sintió de nuevo aquel calor que le atenazaba el vientre. La piel áspera de Leon la excitaba de formas que jamás imaginó, agravado por la ausencia de contacto que ella misma provocó. Sintió que su corazón volvía al borde del abismo y temió delatarse, por lo cual cerró los ojos y se concentró en calmar su respiración enloquecida. Pero el agente, al darse cuenta, atribuyó aquella reacción al miedo, por lo cual ni siquiera se lo cuestionó: la apretó fuertemente contra su pecho, pensando en tranquilizarla, pero él mismo comenzó a agitarse. Ese cuerpecillo menudo hacía estragos en su autocontrol.

«Concéntrate, Leon».

En ese momento, Noiholt volvió a gemir. Estaba asustada como nunca desde que se desató la pandemia y no sabía cómo controlar ese sentimiento mezclado con el nerviosismo de tener a Leon tan cerca. El muro que había construido con tanto esfuerzo en torno a su mente ya venía resquebrajándose desde hace rato; sumar aquello al calor que desprendía el cuerpo del agente era mucho más de lo que Noiholt podía soportar.

Sshh… Tranquila —susurró él pegado a su oreja.

«¡¿Cómo voy a estar tranquila si me coges de esa forma?!», pensó desesperada. En ese momento, sintió que dos lágrimas resbalaban de sus ojos. «¡No puedo llorar!». Apretó la mandíbula para impedir que su dolor se desbordara. No, primero tenía que escapar y luego podría regodearse en su propio sufrimiento y autocompasión.

«¿Por qué rayos estoy así?».

Leon sintió que se le humedecía el rostro y usó la mano que estaba cubriendo su boca para secarle las mejillas, preocupado de que tuviera una crisis de pánico y el BOW los descubriera. Aunque lo comprendería, porque esa criatura era tan fea que podría provocarle un ataque a cualquiera.

Como si fuera un telépata, el gorila se giró por fin en dirección a la pareja y proyectó toda su furia en la mirada. Casi podía sentirse el hambre traspasando el concreto.

—Noiholt, voy a soltarte porque debemos correr —murmuró Leon—. Ponte a mi espalda, yo me encargaré de todo.

Ambos salieron disparados de su improvisado refugio en el mismo instante que la muralla era destruida por completo gracias a un manotazo del infectado, quien rugió su ira golpeando el pecho repetidas veces. El hedor de su cuerpo en descomposición era tan fuerte que ambos contuvieron una dolorosa arcada; rogaron por una bocanada de aire fresco como nunca. Leon se detuvo, suspiró, levantó su arma y vació todo un cargador en el gorila, intentando darle a la cabeza en exclusiva pero era tal su altura que casi resultaba imposible. Cambió el cargador con la rapidez de un rayo pensando en que esas balas iban a ser inútiles, cuando escuchó el chillido ensordecedor del monstruo. Tal parecía que estaba furioso. Leon había acertado todos los disparos a la espalda y la cabeza, por lo cual era muy probable que le hubiera hecho algún daño… No el suficiente como para detener la carrera que había emprendido en pos de su vendetta, lamentablemente para ellos.

El gorila tiró un manotazo descomunal en dirección a Leon, que hábilmente se quitó de su camino y volvió a dispararle a la cabeza, más fácil ahora que estaba casi encima de él. Acertó todos, sin los resultados que esperaba: el BOW seguía vivito y coleando, agitando la cabeza como si las balas le hicieran cosquillas. «Maldición».

Noiholt desenfundó su escopeta al ver que las balas de 9mm eran inútiles, así que cuando vio a Leon rodando por el suelo para esquivar los golpes del enemigo, disparó y consiguió volarle una mano. El monstruo pegó un alarido furioso ensordeciendo a Leon, que estaba casi debajo de él y tenía algunos problemas para enderezar la postura. Buscó a Noiholt con la mirada y la encontró levantándose del piso; la fuerza del escopetazo la había hecho perder el equilibrio, mandándola al suelo inexorablemente. Rodó los ojos con alivio para luego aprovechar la distracción del gorila; enfundó la pistola y sacó un Colt Phyton .357 que había encontrado en la armería y le disparó a la cabeza, volándole parte del cráneo. Pedazos de cerebro podrido se dispersaron por el lugar y pintaron un hermoso cuadro en la tierra removida, llenando el lugar de aromática putrefacción.

Leon paseó la vista entre su arma y el gorila un par de veces. Con esa mágnum podía fácilmente deshacerse de zombis o Cerberus, pero con aquel monstruo no era así. Este chilló, se quejó, corrió por todos lados destruyendo a su paso postes de luz, basureros, automóviles y lo que encontrara para así demostrar su ira. Sin embargo, no se desplomaba.

—¡Muérete ya, maldito! —gritó Leon, tan furioso como desconcertado.

—¡Voy a dispararle de nuevo!

La alemana apuntó hacia uno de los pies del gorila y disparó intentando destruírselo, como pasó con la mano. Pero no tuvo éxito, porque éste se quitó rápidamente y dio un salto fenomenal, quedando en medio segundo a varios metros de distancia.

Saftsack! —masculló Noiholt en su idioma natal, levantándose de nuevo pues el impulso de la escopeta la mandó al suelo por segunda vez.

—¡Noiholt, déjame el trabajo pesado a mí! —exigió el agente—. ¡Solo sírveme de apoyo!

Leon apuntó de nuevo su revólver y trató de despedazarle la cabeza al infectado, sin conseguirlo. El desgraciado fenómeno recibió un nuevo disparo en el cuerpo… y no se moría. Recibió otro, y otro, y nada… sólo saltaban pedazos de su cuerpo, pero seguía en pie.

¡Click!

¡Click, click!

El único problema de esa poderosa arma es que, al ser revólver, sólo contaba con 6 balas por ronda. Una clara desventaja contra un enemigo rápido, pero Leon contaba con dañarlo en ese rato, cosa que no consiguó. «Carajo». No disponía de tiempo suficiente para abrir el bolsillo y poner las balas correspondientes en su lugar sin que lo mataran en el intertanto, y tampoco quería arriesgar a Noiholt. ¿Qué haría?

No alcanzó a pensar en una solución, pues el monstruo se lanzó para golpearlo con su puño cerrado. Noiholt descargó su arma desesperadamente; fue inútil, nada lo detuvo. El agente se movió con toda la rapidez de que era capaz y esquivó el golpe por milímetros, pero no vio venir el manotón de reversa, que lo mandó a volar en un instante.

—¡Leon! —aulló la chica—. ¡Leon! Oh, scheiße

El aludido se levantaba penosamente del suelo, con un dolor agudo en el estómago e intensamente mareado, cuando Noiholt llegó a ayudarlo. Lo alzó con todas sus fuerzas, apoyándolo en su hombro para no presionar sus costillas que podrían estar rotas.

—Dime que estás bien —rogó ella.

—Sí, de milagro…

Entonces Noiholt murmuró algo en alemán, mirándolo fijamente a los ojos. El pavor era evidente en ellos, lo cual sorprendió un poco a Leon. Aquella expresión no se parecía en nada a la que había visto un rato antes, cuando creyó que estaba muerta de susto: ahora era mil veces peor. Algo que le parecía intraducible. Pánico de perderlo… a él.

Pero no era el momento de preocuparse por esas cosas, pues alguien tenía otros planes para ellos. El BOW gritó de frustración y comenzó a mutar el brazo donde le faltaba la mano. Esta se transformó en una extremidad sanguinolenta con garras filosas y acto seguido, se giró para matarlos.

Noiholt ni siquiera pensó en lo que iba a hacer, simplemente actuó por instinto. Por su mente pasó una imagen pavorosa: el cuerpo del agente destrozado, sin cabeza, bañado en su propia sangre… sin vida.

«No… ¡no!».

Empujó a Leon hacia un lado con toda la fuerza adquirida en años de practicar artes marciales y recibió el impacto en el costado izquierdo. Cayó al suelo y bajo ella se formó un gran charco de sangre.

—¡Noiholt!

Leon ni siquiera tuvo tiempo de ver si seguía con vida puesto que el maldito gorila no le daba tregua. Tuvo que esquivar sus ataques uno tras otro, recuperar la compostura, volver a rodar por el piso, levantarse y esquivar otra vez. No obstante, tenía miedo de perder a Noiholt y supo que la única salida era acabar de una vez por todas con el monstruo. Tomó la escopeta y corrió en otra dirección para atraerlo hacia él. Notó que se movía del lugar al instante gracias a lo cual planeó una táctica para acercarlo a su posición. Era arriesgado, pero de ser efectiva los salvaría. Bajó el arma y se quedó quieto, esperando que el bicho fuera tras él. Y así fue, pues cuando éste se lanzó de nuevo a matarlo, Leon apuntó más rápido de lo que nunca había logrado en su vida y le disparó directamente al rostro podrido. El impacto fue tan cerca que el BOW no pudo eludirlo y su cabeza explotó, repartiendo el resto de su cerebro por todo el lugar.

Leon se frotó la cara con ambas manos, permitiendo que su cuerpo cediera a la adrenalina. Estaba un poco fuera de sí, pero su mente se encargó de centrarlo sin pérdida de tiempo: Noiholt.

¡Noiholt!

Giró sobre su eje y corrió hacia ella, arrodillándose para cogerla entre sus brazos. Estaba sangrando profusamente; la herida parecía haber destruido uno de sus riñones, lo cual era uno de los peores escenarios que él pudo imaginar.

—¡No! —gimió, acariciándole el rostro—. No, no como Ada…

«Ada», repitió Noiholt en su interior. Aún en su estado semiinconsciente, tuvo la certeza de que aquel nombre era el de la mujer espía que había traicionado a Leon en Raccoon City.

«Ada…».

Noiholt quería sobrevivir a toda costa; lo intentaba. Una y otra vez, la oscuridad se cernía sobre ella y ella la combatía a capa y espada… pero eventualmente le fue imposible continuar la batalla. Esa niebla sombría se apoderó de su mente, y no cedió un centímetro hasta que abarcó cada pequeño espacio de su cuerpo.

Así, la alemana perdió definitivamente el conocimiento y se sumió en las pesadillas más siniestras que había sufrido nunca.