N. de la A.: Aunque parezca una locura, aquí estoy de nuevo con esta historia x'D jajajajajaja. Esta vez no habrá "capítulo anual", y probablemente el cuarto también saldrá pronto. En fin. Les agradezco de todo corazón por seguir la historia de Leon y Noiholt :) para mi sorpresa, son una parejita muy popular.
Este capítulo fue escrito sin la revisión de mi beta Silenciosa, pero de todas formas quiero dedicártelo por lo mucho que me has ayudado. Gracias de corazón :D también lo dedico a Laia, porque todo esto nació para ti, Jenni, Marisol, que siempre me apoyan en todas mis locuras, y a todos quienes me leen en FF y Wattpad ^_^ ¡Un abrazo y disfruten!

Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom, excepto la lunática Noiholt Maüser, esa chiquilla sí que es mía x'D

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Capítulo 3: Armadura de cristal.

Grüneger, Austria. Día 9 de enero del año 2000.

Mamá. Mamá… ¿dónde estás? No puedo verte. No puedo protegerte, dime… ¿dónde estás?

Me duele…

¿Mamá…?

Ah, ya te veo. Hola, mamá. Creí que te había perdido.

Estamos caminando juntas por el mercado para comprar víveres. Lo hemos hecho muchas veces, pero ahora decido que es momento de decirle unas palabras que he guardado en mi interior por siglos:

—No volveré a irme.

Ella detiene su caminata y me mira sin disimular su sorpresa. Sabía que esa iba a ser su reacción, mas no deja de inquietarme. Los segundos siguen pasando; nuestros ojos continúan enlazados.

Luego de un rato me atrevo a hablar.

—¿Mamá…? —Despego los labios con dificultad.

—Perdona, Noiholt. —Ella sacude sus rizos claros como si quisiera olvidar algo—. Es que…. ¿lo dices en serio?

—Sí. No necesito viajar más.

Mamá sonríe desde el fondo de su corazón, no me cabe duda. Es el gesto más dulce que le he visto desde que murió papá.

—Sé que volverás a irte, hija. Pero me alegro que decidas quedarte, aunque sea por un tiempo. —Suspira—. Te he echado mucho de menos. Siempre estás tan lejos…

—Lo siento. —Sé que no se refiere solo a mi ausencia física. Mi mente se ha mantenido a años luz de distancia desde hace tanto que ya he perdido la cuenta.

Ella se me acerca y me peina las cejas con sus pulgares. Somos de la misma estatura.

—Eres igual a Frederick —sus ojos grises brillan con los recuerdos que no viví—, siempre piensas demasiado.

—Gracias —ese cumplido me llena de orgullo.

La gente a nuestro alrededor sigue caminando, eludiéndonos, sin imaginarse lo que está cambiando entre nosotras. Tomo la mano de mamá y la animo a seguir nuestro camino; ella va tan feliz que casi me siento culpable. Debí hacer esto hace mucho tiempo.

Mientras hacemos las compras, siento que mi instinto trata de alertarme. Miro hacia todos lados intentando identificar la razón de mi inquietud, pero no consigo ver nada más que un escándalo cualquiera. Probablemente alguien se saltó la fila; nada de qué preocuparse.

Los gritos se intensifican y un escalofrío me recorre la espalda. Mierda. Mejor me llevo a mamá de aquí, ella se pone nerviosa con cualquier acto de violencia.

—Mami —la apremio—, vámonos. Ven, parece que la gente está de mal humor por allá.

Mamá ríe, pero me hace caso. Deja que la conduzca por el mercado a una velocidad mayor de lo que ella acostumbra; no puedo quitarme esta horrible sensación del cuerpo. Algo no está bien. Oteo a mi alrededor con más ahínco que hace rato…

—¡Ah! —chilla mi madre—. ¿Pero qué…?

Me sobresalto y busco el origen de su exclamación. Miro hacia abajo y encuentro un hombre en el suelo que le está mordiendo el tobillo. ¿Pero qué le pasa? ¿Es un caníbal?

Actúo sin pensar: lo levanto de una patada en la mandíbula y lo veo volar unos palmos, para luego estrellarse de nuevo contra el suelo polvoriento.

—Niña, qué fuerte te has vuelto —observa mi progenitora con cierta censura que no alcanza a ocultar su orgullo, y yo me siento tentada a sonrojarme.

—Sé que hubieras preferido tener una damisela —digo sin mala intención. La tomo de la mano otra vez y la obligo a correr.

Sorteamos a la gente sin esfuerzo, en parte porque no parecen prestarnos mucha atención. Seguro que el escándalo de más allá debe ser mucho más interesante que una mordedura de tobillo.

Por suerte la casa queda muy cerca del mercado; sin darnos cuenta ya hemos llegado. Suspiro, me apoyo contra la pared y me doy cuenta de que mamá me está mirando con la cara de siempre… llena de tristeza, desaprobación… ¿Qué hice ahora?

—Te quiero, Noiholt —afirma con voz rotunda—. Aunque partieras ladrillos con la cabeza, siempre serás mi niña.

No le menciono que aprendí a hacerlo hace unos años, y que nunca más volví a intentarlo luego de la horrible cicatriz que me quedó en la frente por varios meses.

—Yo también te quiero… Por eso me quedaré —murmuro sintiendo que la garganta se me cierra por la emoción. No estoy acostumbrada a que mamá me diga esas cosas.

Ella se me acerca para darme un abrazo, pero su rostro se ve diferente. No sé bien lo que es. ¿Sus ojos? ¿Su expresión?

—¿Mami? —pregunto inquieta. Ha soltado la bolsa de las compras, dejando caer todo lo que elegimos. —¿Mamá?

Creo que ya entiendo lo que no me cuadra: sus ojos tienen un brillo diferente. Diría que demencial. ¿Qué está pasando? No puedo entenderlo.

La llamo. Le hablo. Nada parece llegar a sus oídos. Continúa acercándose a mí, y por instinto me alejo la misma distancia que ella avanza. Un paso. Dos pasos. Vuelvo a llamarla, esta vez usando su nombre de pila.

—¿Qué pasa, Ulrica? —Hace algunos años, en mi época de mayor rebeldía, la llamaba por su nombre solo para molestarla y por venganza, ya que mis dos primeros nombres son horribles y siempre los odié. Ahora lo hago para hacerla despertar, pero no me responde.

Pruebo rodeándola unos cuantos metros para ver qué hace. De su garganta nace un gemido extraño, impropio de ella, pero no dice nada concreto. La piel se le ha puesto rara… mucho más pálida de lo acostumbrado. Casi diría que las venas se le traslucen. No entiendo nada de lo que ocurre, aunque la transformación de mi progenitora ya es más evidente. Sigo eludiendo sus tímidos avances hacia mí, observando con estupor que sus ojos ahora parecen estar cubiertos por una película lechosa; se ven ciegos. Su boca está salivando, y al abrirla puedo distinguir sangre en las encías.

Ahora me chilla. Ya no es un gemido; es un grito de guerra en toda la ley. Su mirada enloquecida me paraliza, y con una agilidad impropia de su persona se lanza hacia mí con las manos engarfiadas, buscando sujetarme y… no sé qué quiere, pero mi instinto se apodera de mis reflejos y gracias a ello la esquivo repetidamente. Algo me dice que no debe tocarme. Su apariencia actual me recuerda a… a un zombi.

Oh, no. No, no, no…

Como un flashback recuerdo cierta noticia de una ciudad estadounidense a la que borraron del mapa por un supuesto incidente biológico implicado con la empresa farmacéutica Umbrella. Ese año me encontraba en Malasia, y la noticia llegó bastante distorsionada. En la televisión se comentaba muy poco, pero ciertos periódicos sensacionalistas contaron la historia de un pueblo arrasado por zombis y monstruos nunca vistos; amenazas que se salieron de control y solo pudieron ser contenidas gracias a una bomba que los desapareció por completo; a la ciudad y sus habitantes. Hablaron de algunos sobrevivientes retenidos por el gobierno para impedirles contar la verdad. En ese momento lo encontré ridículo. ¿Zombis en la vida real, fuera de los videojuegos y las películas? Imposible. Y sin embargo ahora…

Mientras sigo esquivando a mamá, mi vista periférica capta una situación que me estremece: alguien que no conozco aúlla y se convulsiona como si estuviera arriba de algo, comiéndolo… A riesgo de cometer un terrible error, decido mirar. Y lo que veo me provoca arcadas.

El desconocido está devorando la cabeza de un muerto. O tal vez no, porque ambos fijan de pronto sus ojos en mí como si fuera la próxima presa.

Asustada, retrocedo por instinto y miro a mi madre, comprobando que su aspecto es igual al de ese caníbal. No, no puede ser… ¿Es que no hay remedio? ¿Terminaré como ella, como ese tipo, o como el cadáver? Tiene que haber alguna solución. Estoy segura de que existe alguna vacuna o lo que sea que ayude a mamá. Solo debo pensar cómo llevarla a algún hospital…

¿Es este mi destino al final de todo? No puedo hacerle daño, es mamá. Es la persona que más amo, quien ha estado siempre conmigo a pesar de todo… Es lo único que me queda…

Mamá vuelve a atacarme, esta vez con más fuerza que antes. Consigo eludirla al tiempo que un recuerdo me azota la cabeza: es ella años atrás, cuando fue a buscarme a Alemania luego de la muerte de papá. Me miró con frialdad mientras pronunciaba ciertas palabras que nunca pude olvidar…

«Despierta, Noiholt. Frederick murió, pero tú no. Tú sigues aquí, y debes continuar viviendo por ti misma. No por mí, ni por él; por ti. ¡Mírame, niña! Tu padre te amaba y no soportaría saber cómo te encuentras. Vive a cualquier costo, eso es lo que él te enseñó… y yo te lo ruego, hija, por favor: vive a cualquier costo».

Tengo que vivir a cualquier costo, pero no puedo hacerlo sola. La necesito todavía, siempre la necesitaré. Mamá, por favor, contéstame. Dime que sigues ahí, por favor…

Creo que estoy llorando. Insisto, le ruego, le grito, pero sus ojos no me ven. Simplemente sigue atacándome y ahora tengo mucho miedo, porque presiento que si llega a morderme estaré perdida. Mi mamá ya no está aquí; esto es solo una cáscara vacía con retazos de su apariencia. No debo analizarlo demasiado. No debo pensar, ahora no. Solo tengo que actuar.

Perdóname, mamá. Pagaré con mi vida lo que voy a hacer.

Siento cómo mi mente abandona el control de mi cuerpo y actúo por instinto. Es como si me desdoblara y pudiera observar la escena desde lejos: troto en diagonal hasta quedar detrás de ella, tomo su cabeza rubia con las manos y de un rápido giro, le rompo el cuello. Ella cae de inmediato al suelo; sus rizos forman un hermoso halo alrededor de su rostro zombificado. Estoy a punto de vomitar.

Tengo que irme de aquí, no puedo seguir viendo esto. Corro hacia el interior de la casa, tomo las llaves de mi auto y vuelvo a salir justo cuando noto que empiezan a rodearme. Esos malditos engendros están por todos lados mirándome con aquellos ojos inyectados, lechosos, rugiendo sin palabras su deseo de devorarme vida. Recuerdo mi determinación de vivir a cualquier costo tras una última mirada al cuerpo de mamá… del zombi. Murmuro «te quiero» (no puedo evitarlo) y me meto al vehículo, echándolo a andar sin perder tiempo. Salgo disparada por las calles de Grüneger pensando solo una cosa: escapar. No puedo permitir que mi mente vague, porque recordaré todo lo que deseo olvidar. Primero saldré de aquí y luego me iré a la mierda, antes no. Estoy al borde de la locura, como si todo fuera un profundo precipicio que miro hacia abajo, calculando cuánto caeré cuando me desplome. No dejo de llorar mientras conduzco; me ahogo. Siento que me ahogo.

«Despierta, Noiholt».

¿Quién me llama? Esas palabras son de mamá. No le robes las palabras a mamá.

«Noiholt, necesito que vuelvas. Tenemos que salir de aquí».

¿Quién eres? Tu voz me gusta. Creo que te conozco. Háblame más, por favor.

«No, no como Ada…».

¿Ada? Ese nombre me duele un poco. No sé por qué, pero me produce una sensación extraña… como de agobio. Como si me hubiera hecho algo malo.

«Despierta, Noiholt».

¿Quién me llama? Esas palabras son de mamá, aunque me gusta cómo suenan con tu voz grave. Ya sé quién eres: Leon, el idiota bueno que vino buscando sobrevivientes. ¿Quién diría que los agentes americanos son tan guapos?

«Despierta, Noiholt».

Ahora es mi papá. ¿Tú también quieres que despierte? ¿Por qué? No quiero. La realidad no es buena, no me gusta. Prefiero quedarme aquí, donde aún están conmigo. Aquí puedo protegerlos.

«Despierta, Noiholt».

Mamá, déjame dormir. Me siento igual que en mi niñez, cuando no quería ir al colegio porque mis compañeros me molestaban por ser de estatura pequeña. Mamá, no me hagas ir.

«Despierta, Noiholt».

Oh, Leon… ¿Por qué no te has ido aún? ¿Qué haces todavía en este maldito lugar infestado de muerte? Si te quedas vas a terminar como yo, como mamá: convertido en zombi… No, no puedo imaginarlo. Eres demasiado bueno para que tu vida se desperdicie así. Tienes que irte, vete, corre ya. ¡Vete, Leon!

«No me empujes; solo soy yo. Abre los ojos por favor…».

Ugh, me duele todo. Recuerdo que debo vivir a cualquier costo; se los prometí a ambos. Voy a vivir, maldita sea. Miren cómo me levanto. Ya está. Vengan por mí, estúpidos bichos de mierda. Voy a destruirlos a todos, así como ustedes me destrozaron a mí. Me quitaron lo único que me quedaba en esta porquería de mundo. ¿Lo ven? No tengo nada. ¿Dónde están las sonrisas podridas? Las quiero ver. Ah, mucho mejor. ¿Qué tal, mamá y papá? Tengo el control. Puedo hacer lo que quiera. Fíjense en esto: tomo la cara de un zombi y la retuerzo con ambas manos. He acabado con él… como acabé con mamá.

No… ¡no! ¡No de nuevo! ¡Mamá!

¿Papá? No, tú no, tú estás muerto hace años… ¡¿Por qué estás aquí?!

¡Leon, vete por favor! ¡El gorila va a atacarte! Tengo que protegerte, tengo que…

Un perro… no, no es un perro. ¿Qué es? ¡Viene hacia mí!, tengo que…

Oh no…

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Cuando Noiholt por fin abrió los ojos a la realidad —muchas horas después del ataque que recibió a manos del gorila zombi—, lo primero que notó fue el intenso dolor en su costado izquierdo, cerca de la cadera. Lo segundo fue el rastro de lágrimas que surcaba su rostro, y el dolor de su piel por la irritación del llanto, pero ya no había caso con aquello. Si había logrado contenerse estando consciente, su mente actuó de manera independiente y había tomado revancha apenas pudo. Lo último que notó fue que el cuerpo de Leon estaba conteniendo el suyo. Dio un rápido vistazo a su alrededor, notando que estaba semi recostada en una improvisada cama (no lograba definir qué la componía por más que enfocaba la vista) dentro de una gran habitación oscura… Ya debía de ser bastante tarde. Notó que tenía la cara apoyada en el pecho del agente y ambas manos sujetas por él, aprisionadas hacia un lado de su cintura —el que tenía sano—. Él se encontraba inclinado sobre ella; no había que ser un genio para darse cuenta que había estado agitándose de verdad mientras su mente vagaba a través de las pesadillas y al pobre hombre no le había quedado remedio más que inmovilizarla de la manera menos brusca posible. Gracias a ello, su metro cuadrado se encontraba completamente invadido por el atractivo señor Kennedy. El alivio que experimentó al tenerlo cerca la asustó, aunque tal vez lo fue más el hecho de sentirse protegida como nunca en su vida. Esto iba de mal en peor.

—Leon —graznó con voz quebrada. Su garganta ardía como si hubiera tragado astillas.

—Aquí estoy. —El calor que emanaba de su cuerpo era un bálsamo para ella—. ¿Estás despierta?

Wasser, bitte. —Al inicio no se dio cuenta que habló en alemán, pero una rápida mirada a la expresión confusa del agente le dio a entender que su cabeza continuaba desorientada. Negó suavemente y se esforzó por hablar con naturalidad—. Lo siento, quise decir agua. Por favor, señor —murmuró.

—Claro, dame un momento.

Leon se apartó de su lado y caminó en dirección a lo que debía ser la cocina, o el baño, desvaneciéndose en la profunda oscuridad que los rodeaba. La muchacha aprovechó esa instancia para aclarar su mente aún confusa por las horas de pesadillas. Consiguió identificar una pequeña ventana que filtraba algo de luz lunar; tal parecía que era de madrugada, lo intuyó por su nivel de hambre —solo a nivel fisiológico, porque no pensaba probar bocado en años de tan mal que se sentía—, lo cual significaba que el escape programado por Leon había sido pospuesto de alguna manera. Recordó la premura de Hunnigan por hacer que huyeran… ¿En qué habría quedado todo eso? Sin duda todo se fastidió gracias a la torpeza que había salvado la vida del agente.

Giró levemente la cabeza en dirección al suelo, encontrándose con muchos retazos de diferentes y coloridas telas bajo su cuerpo. Entendió que eso actuaba como colchón, lo cual la hizo sentir culpable. ¿Cuánto tiempo invirtió el agente en ponerla lo más cómoda posible para superar su herida?

La herida. Cierto. Noiholt dirigió entonces sus ojos hacia el costado izquierdo, encontrándose con su camiseta negra desgarrada y montones de sangre seca pegada al cuerpo, más un gran trozo de gasa colocado justo donde recordaba haber recibido el impacto. Alargó tímidamente una mano, pensando ver el estado de su herida, cuando oyó una voz llena de censura:

—No hagas eso. Me costó mucho conseguir que no se te saliera luego de todo lo que te movías.

—Perdón —susurró avergonzada. Algo le decía que tenía mucho más por lo que disculparse, pero no quería pensar en ello.

—Descuida. Imagino que sufriste de muchas pesadillas; yo las tuve por varios meses luego de escapar de Raccoon City. No te preocupes, hablaste siempre en alemán —acotó al ver que el rubor de ella crecía. No obstante, gentilmente omitió detalles acerca de lo que sí consiguió entender en su monólogo delirante, lo cual había hecho mella en su interior al hacerle sentir inexplicablemente herido. Pensó, entonces, que lo mejor era olvidar eso de momento y concentrarse solo en cuidar a la chica convaleciente. Nuevamente tomó asiento frente a ella—. Ahora, abre la boca —la ordenó con dulzura.

Noiholt hizo caso sin mirarlo. Sintió que Leon depositaba pequeñas cantidades de agua en su lengua y tragó despacio, notando el dolor insistente de su garganta aunado a un sabor que ella odiaba: el de la sangre. «La sangre sabe a derrota», pensaba desde hace tantos años que se había convertido como en un mantra para ella. Gimió por el asco que siempre le provocaba ese gusto metálico y cerró los ojos, tratando de controlar las náuseas, pero éstas ya la molestaban desde que volvió a estar lúcida. Leon alzó las cejas pensando que la boca debía de saberle horrible y rebuscó en sus bolsillos hasta que consiguió sus inmaculadas pastillas de menta —no iba a ningún lugar sin ellas—. Las tomó para ofrecérselas, pero ella se giró bruscamente hacia un costado y vomitó el agua que había ingerido. Su mareo aumentó gracias a la tortura de la herida y volvió a echar el estómago afuera. Se sintió peor que nunca: todo le daba vueltas, el dolor era casi insoportable y las arcadas ni siquiera la dejaban respirar. El agente sintió lástima por ella, intuyendo que se moría de vergüenza. Pasó un brazo alrededor de su cintura para evitar que la gasa se corriera de su lugar y con la mano libre le acarició la espalda, pensando que eso podría ayudarla a conseguir el aire que su cuerpo se negaba a darle.

—Despacio, así… —la arrulló—, buena chica. ¿Mejor?

—Sí. Lo siento, eso ha sido asqueroso —dijo sin voltearse a mirarlo.

¡Tsk! —Soltó el aire bruscamente entre los dientes—. Después de tantos zombis, verte vomitar ha sido como estar en el cielo. Créeme.

—Trataré. —Volvió a acostarse en la cama improvisada. Se fijó entonces en las manos de Leon—. ¿Qué tienes ahí?

—Ah, pastillas de menta. Toma. —Introdujo una en la boca de Noiholt, quien le agradeció en silencio. Realmente era algo maravilloso en ese momento. Una vez que se sintió más fresca, le preguntó dónde se encontraban—. En una fábrica de telas. —Ella asintió y entornó los ojos; era bastante obvio—. Han pasado varias horas desde el incidente. Actualmente son… —consultó su reloj—, sí, faltan diez minutos para la una de la mañana. Te tomó mucho volver.

—Creo haber escuchado tu voz cuando estaba…, bueno… —dudó si continuar hablando. No quería recordar sus pesadillas.

—Es muy posible, te hablé todo el tiempo —la interrumpió con premura—, no dejabas de quejarte y creí que eso podría ayudar. Dijiste mi nombre muchas veces, ¿estabas peleando conmigo? ¿Me porté muy mal? —inquirió con una sonrisa.

—Puede.

Leon no supo cómo interpretar aquella respuesta. Sin embargo, no lo analizó más en ese momento pues comprendía que la chica estaba perturbada y adolorida. Tanto el padecimiento físico como mental creaban una pésima combinación para las condiciones que estaban enfrentando, por lo cual el agente resolvió que lo mejor era avanzar por la peor parte rápido y así concentrarse en el escape. Juntó los dedos de las manos antes de comenzar a hablar.

—Noiholt, necesito pedirte que seas fuerte. Debo coser tu herida —dijo mirando la gasa ensangrentada. Ella asintió—. Aplicar presión no será suficiente; si tenemos que correr, y probablemente así sea, se te abrirá y te desangrarás.

Noiholt abrió la boca, pero no supo qué decir. Así que finalmente terminó siendo un estorbo… ¡justo lo que tanto temía!

Maldijo en su fuero interno al universo, a sí misma, a Leon, a quien fuera que recibiera su frustración. Pero no lo permitiría. No se convertiría en una maldita doncella desvalida. Reunió las palabras en unos instantes, sorprendiéndose de lo poco que le costaba tomar esa decisión.

—Vete, Leon. —Las palabras fluyeron con dureza.

—De acuerdo —se levantó con cuidado y miró en cierta dirección—. Supongo que necesitas lavarte: el baño está por allá.

—No me refiero a eso, dije que te vayas de aquí. —Remarcó las palabras en un tono tan ácido que Leon sintió escalofríos—. Tienes que escapar de Grüneger. Yo no estoy en condiciones de acompañarte.

Una pausa incómoda se cernió entre ellos, como la bruma oscura de un amanecer frío.

—Bromeas —murmuró Leon, finalmente.

—Hablo en serio… ¡Vete!

—¿Estás loca? —Jamás se le pasó por la mente que Noiholt tuviera una reacción como aquella.

—Sí, lo estoy. Estoy mal de la cabeza desde que toda esta mierda comenzó. Estoy mal desde hace cinco años, cuando murió mi padre. Estoy mal casi desde que nací porque todo el puto mundo me ha condenado por lo que no soy… ¡Mi puta vida ha sido un fastidio! ¿Estás conforme?

Aquel estallido de palabras los dejó a ambos sorprendidos, observándose el uno al otro con los ojos abiertos de par en par. Estaba clarísimo que Noiholt se había pasado de la raya por lejos, y su histérica reacción no contribuía en nada más que a hacerlos pasar un mal rato. Pero las emociones que ella contenía se habían disparado gracias a la herida y las pesadillas; se encontraba casi en un punto sin retorno. La alemana intuía que estaba a milímetros de perder la razón definitivamente.

Leon suspiró y volvió a sentarse frente a ella, frotándose la frente, hundiendo suavemente las uñas en el cuero cabelludo, pensando, analizando, elucubrando sin encontrar cómo abordar el problema que se le presentaba.

—No te dejaré aquí. —Alzó la vista y mostró toda su firmeza—. Vendrás conmigo.

—Podría estar infectada ahora, y tú no te darías cuenta. Podría atacarte, matarte en cualquier momento, y tú seguirías en la luna.

—Ya te expliqué que conozco bien las etapas del virus. No es así.

—¿Conoces todos los tipos de virus que existen?

—No —admitió.

—Entonces, deja de ser un idiota y lárgate.

—No —repitió, esta vez para enfatizar su negativa a abandonarla.

—Vete a la mierda, tú y tu jodido complejo de héroe.

—Si así lo quieres… —se mordió el labio inferior—, pero igualmente vendrás conmigo.

—¿Es que no te das cuenta? ¡Seré un estorbo para ti!

—No puedo abandonarte. O escapamos juntos, o morimos aquí. En cualquier caso, no te dejaré —replicó, vehemente.

—No digas tonterías. Tú no te vas a morir —le habló como si fuera un niño pequeño.

La obstinación de Leon era inquebrantable. En su formación como policía, el instinto protector que siempre había tenido creció y se afianzó como parte de su carácter. Noiholt se llevó ambas manos a la cabeza y se sacudió el pelo con desesperación. Entendió que no había forma de convencer a Leon de apartarla, por lo cual prosiguió al siguiente plan. Que la odiara le parecía un jardín de flores comparado con que muriera protegiéndola. Así que inspiró hondo y se preparó para hablar de nuevo.

—Soy una agente de Umbrella.

Leon pestañeó un par de veces. Luego, ladeó la cabeza. Continuó mostrando su sorpresa alzando las cejas y entreabriendo los labios repetidamente, intentando concretar alguna frase, sin éxito. Finalmente, se rindió. Bufó y pareció como si toda su voluntad se desinflara ante la nueva revelación. ¿Noiholt agente de Umbrella? ¿En serio? No le cuadraba. Recordó a Ada —ya no tenía caso evitar su nombre— y sus mentiras, aunque al final lo ayudó. La creyó muerta, sin embargo, volvió para salvarlo. Su mente se perdió en los recuerdos que había suprimido por tanto tiempo…

«Míster X hizo acto de aparición frente a un joven Leon, que intentaba escapar para encontrarse con Claire y Sherry. El enorme B.O.W. se abalanzó contra el policía para atacarlo, mas en ese instante Ada impidió el ataque disparándole al monstruo varias veces para evitar un resultado funesto.

—¡Corre! —gritó la mujer volviendo a disparar, esperando que Leon le hiciera caso.

Pero eso no ocurrió. En cambio, Ada escuchó que él clamaba por su nombre en vez de irse. ¿Es que no se daba cuenta del peligro en el que se encontraba?

La espía vació un cargador completo en el cuerpo de Míster X sin hacerle ningún rasguño. Se metió la mano al cinturón y rápidamente consiguió armarse de nuevo… lamentablemente, cuando iba a disparar el monstruo la tomó por el cuello, estrangulándola con fuerza brutal.

—¡Ada! —volvió a gritar Leon.

Ella ya tenía su plan muy claro. Aprovechando la cercanía disparó directamente a la cara de Míster X; consiguió herirlo, o al menos enfurecerlo, porque la reacción fue inmediata: la mutación arrojó con todas sus fuerzas a la espía contra un panel de control, destrozando sus órganos internos.

El B.O.W. se tambaleó por el daño recibido y cayó hacia el vacío, perdiéndose en un charco de lava. Por fin había desaparecido.

Leon corrió de inmediato hacia la espía. Se agachó y la cogió entre sus brazos evaluando si podría salvarla a tiempo.

—Leon… Por favor… escapa… —musitó Ada con lágrimas en los ojos.

—No. Somos un equipo, no puedo dejarte atrás. —Le despejó la frente con una mano.

Ella negó con la cabeza.

—Solo soy una mujer que… que se enamoró de ti… Nada más…

El joven policía ya no pudo con sus sentimientos; la besó con fuerza. Él también se había enamorado sin remedio. Ada sujetó los brazos de Leon con todo el ímpetu del que fue capaz, mostrándole que sus sentimientos eran verdaderos. ¿Por qué tenía que quererlo tanto, ahora que iba a morir? Como nunca en su vida, permitió que las lágrimas resbalaran por su cara libremente. Ya qué caso tenía contenerse. Disfrutó por completo la calidez que emanaba de él hasta que las fuerzas la abandonaron poco a poco. Su último pensamiento fue desearle felicidad.

Leon notó que ella ya no lo besaba; se desesperó. Maldijo a Umbrella, a Wesker y a todos quienes fueran responsables de aquel fatal desenlace.

—Ada, no… ¡Ada! —gritó sabiendo que nadie podría oírlo, ni cambiar el destino de la espía oriental.

Se levantó una vez dejó el cadáver en una posición que simulaba un sueño tranquilo. Tenía que escapar como fuera de ese maldito lugar, pues aún existían dos personas que debía proteger. Le dedicó a la mujer una última mirada.

—Siempre te recordaré. Adiós, Ada.

Tras decir unas palabras que nunca fueron tan difíciles de pronunciar como en ese momento, salió corriendo para encontrar a Claire y Sherry; las únicas que podría rescatar de esa maldita ciudad… las únicas que podrían darle consuelo».

Leon abrió los ojos luego de todos aquellos recuerdos. Había pasado poco más de un año desde el desastre de Raccoon City, no obstante, él se dedicó a buscar por cielo, mar y tierra a Ada después de comprender que continuaba con vida. No pudo encontrarla en ninguna parte, y por meses deseó con toda su alma hallarla, abrazarla, explicarle los profundos sentimientos que habían florecido en su interior. Reclamarle por el dolor que sintió cuando supo que era una espía; hablarle de lo herido que estuvo y de cómo había superado todo eso al saber que ella se había enamorado de su persona. Pero Ada desapareció y sus sentimientos fueron apaciguándose hasta quedar en un agridulce recuerdo. De alguna forma, parte de él murió junto con Raccoon City.

Y ahora aparecía esta chica alemana tan diferente a todas las mujeres que pasaron por su vida —física y sicológicamente—, con su locura, sus reacciones extrañas, su apasionada manera de dirigirse a él, sus miedos, su timidez, su pequeña estatura; su voz de agudeza infantil que sin embargo sonaba dulce a sus oídos gracias al perfecto contrapunto que le daba su duro acento alemán… todo aquello lo había vuelto a la vida. En su interior sabía que ella le gustaba, pero se negaba a reconocerlo abiertamente. No se sentía preparado para enfrentar una relación; no quería dañarla. Sabía muy bien eso, y también intuía la razón de que Noiholt mintiera: seguramente trataba de protegerlo, como hizo con el gorila zombi. Apenas se enteró de que su herida era grave, cambió de actitud. Para Leon era imposible que la chica fuera una agente de Umbrella, no la imaginaba mintiéndole por tantos días. Un poco confundido, resolvió llegar al fondo de la verdad como fuera, porque no estaba dispuesto a pasar por la misma situación de Ada. Así que puso la cara más triste que tenía para ver si conseguía alguna reacción favorable.

Y tuvo razón. Ella bajó la mirada de inmediato.

—Estás mintiendo, Noiholt —afirmó.

Estaba, ahora te digo la verdad.

—No te creo.

—¿Qué sabes tú? —Sacudió la cabeza, repentinamente enojada—. Me conoces hace tres días y algo. No empieces de nuevo con tu necedad. Apenas te vi supe que eras un crédulo y te lo dije en ese momento: no confíes a ciegas. Te van a hacer daño —se mordió la boca pues en ese momento era ella quien lo hería—. Ada es el nombre de esa mujer ¿no? —Él asintió sin mirarla, sorprendido de que hubiera retenido ese nombre durante su inconciencia—. ¿Y no tuviste suficiente con lo que ella te hizo?

—Nena: hace mucho que estoy roto. Raccoon City solo deterioró cómo me siento.

Noiholt reprimió un quejido. Esa frase fue dolorosa.

—Así que, como ves, no hay mucho que hacer —continuó él—. Las cosas han sido difíciles y he salido adelante con uñas y dientes; no me rendiré porque la gente piense que soy un incauto. Confío en ti, y sé que me estás mintiendo ahora.

—Muy bonito, señor Kennedy. Por eso chicas como Ada se aprovechan de ti —espetó.

Touché. Leon se encogió visiblemente con aquella frase, consiguiendo que la chica se sintiera peor con cada minuto que pasaba.

—Yo siempre supe que Ada me mentía —dijo mirando al suelo—, era como… una corazonada que no me dejaba tranquilo. La misma corazonada me hacía confiar en Claire, con quien no me equivoqué; esa misma corazonada me hace creer en ti.

Himmel, en verdad trabajo para Umbrella… ¿Cómo te lo digo? ¿Qué tengo que hacer para que te des cuenta de lo equivocado que estás? —Empezó a desesperarse visiblemente—. ¿Necesitas que te decepcione? ¿Quieres salir de aquí conmigo sin saber en qué momento te traicionaré? ¿O mejor finjo mi muerte para que te consuma la culpa y no me olvides?

—Auch —dijo con un matiz quebradizo que resultó lacerante.

—Yo no valgo la pena, Leon. Debes irte ya.

—Eso no es verdad, ¿acaso buscas morir?

—¿Quién dijo eso? No moriré por ningún motivo, se lo prometí a mis padres. Simplemente tomaré un camino diferente al tuyo. —Miró en dirección a lo que debía ser la puerta (la oscuridad no permitía ver con grandes detalles) y señaló con la barbilla—. Vete. Prometo que te buscaré cuando consiga escapar.

—Ya te dije que no.

—Maldita sea, eres la persona más terca que conozco. ¡Lárgate!

—Pues tú eres la más obstinada que he conocido yo.

Ambos se miraron en ese instante; ella con furia y él con tristeza. Batallaron un rato con la fuerza de sus ojos, hasta que Noiholt perdió. Sintió de nuevo el escozor de las lágrimas en sus mejillas irritadas y su determinación flaqueó gravemente. No sabía qué más decirle para que se fuera. Lo único que le importaba era no verlo morir por su culpa.

Volvió a observarlo. Todo ese esfuerzo para echarlo de su lado solo consiguió herirlo, no hacerlo dudar de su persona. Se odió en ese momento, porque prefería que él la detestara a la reacción triste que había logrado.

Empero, creyó prudente volver a intentarlo.

—Váyase, señor Kennedy. Te mentí desde que me conociste; no es primera vez que pasas por eso. Lo superarás —terminó la frase en tono amable.

—¿En serio crees que me tragaré el cuento ese? Vale, soy un idiota, pero me fío mucho de mi instinto y hasta ahora no me ha fallado, para bien o para mal. ¿Quieres que me crea eso de que trabajas para Umbrella y me vas a traicionar en cualquier momento, cuando recibiste una horrible herida por evitar que el gorila zombi me matara? Olvídalo. No te voy a dejar, incluso cuando actúas como si fueras un maldito robot.

—¡Ugh! —se quejó—. Du, Arschloch! —Llevó las manos a su rostro y lo cubrió, esperando que no verlo la ayudara a controlar el temblor que dominaba su cuerpo. Sentía impotencia, dolor y unas inmensas ganas de echarse a llorar. Pero no podía, no mientras se encontrara prisionera de ese pueblo infectado. Tampoco consiguió esconderse mucho rato, porque Leon tomó sus muñecas y las apartó, hipnotizándola con sus ojos azules.

—Si quieres insultarme, hazlo en inglés para que te entienda.

—Cabrón —escupió entre dientes.

—Mucho mejor. —La soltó.

Así que en este mundo era imposible ganarle una discusión al guapo Leon Kennedy. Si lo hubiera sabido antes… bueno, la verdad es que lo habría intentado de cualquier manera. Necesitaba devolverle la mano de alguna forma, no quería por nada del mundo ser un estorbo, sin embargo, él tampoco le estaba dando opción. Debía ceder, o ambos terminarían eventualmente muertos por obstinados.

Se mordió el pulgar derecho para distraerse de sus diversos pesares físicos. El llanto se había aprovechado de su debilidad momentánea y la había atacado durante sus pesadillas, pero ahora apenas era capaz de controlarlo. Mientras estuviera despierta, no sucumbiría a su dolor, mas ¡qué difícil era si Leon no le daba tregua!

Y realmente no lo hacía. El agente estiró un brazo y apartó el flequillo sudado que cubría la frente de Noiholt.

—Cálmate —suplicó.

—¡Oh, cierra la boca! —Le dio un manotón en el brazo—. Esto es más de lo que puedo resistir. He intentado que te largues desde que me dijiste lo de la herida, pero… ¡No hay caso contigo! ¡Te quedas, aunque sepas que podría traicionarte!

—No lo harías. Confío en ti.

—¡Deja ya de decir eso o te pasará lo mismo que con Ada!

—No. Contigo, nunca.

Afirmaciones como aquella hacían que Noiholt perdiera cada vez más la razón. Tenía ganas de abofetearlo, aunque estuviera en lo cierto, si bien comprendía de alguna forma lo que esa mujer hizo con él: protegerlo. Justamente lo que ella estaba intentando.

No le quedó más remedio que rendirse, aunque no se encontraba conforme con la situación.

—Lo haremos a tu manera, Leon —murmuró a regañadientes.

—Muy bien. Veamos… —de un bolsillo tomó una aguja algo gruesa, ya enhebrada con un hilo que de lejos se veía resistente—, aquí está. Te coseré la herida y te aplicaré un excelente espray cicatrizante. Ya verás que estarás bien y mañana temprano cruzaremos la frontera sin problemas.

—Te he tratado muy mal en este rato… ¿Cómo puedes actuar tan tranquilo?

—Porque crees que necesitas protegerme. Supongo que es lo mismo que siento por ti.

«Que siento por ti», repitió la chica en su interior. Una frase simple que consiguió abrir toda una veta de sensaciones reprimidas. Noiholt no pensó mucho en eso y se tapó los ojos con un brazo para no ver cómo el agente comenzaba a zurcir su herida.

—He pensado que en vez de tratar de protegernos el uno al otro, mejor comenzamos a actuar como un equipo ¿te parece? —continuó Leon, sacando una botella del bolsillo interior de su chaqueta.

Okay —gimió.

—Bebe esto —guió la petaca hacia los labios de ella y consiguió que tragara unos cuantos sorbos—, te ayudará a soportar el dolor.

—Brandy —adivinó relamiéndose. —Me encanta.

—Y a mí.

Aún sin mirar, Noiholt estiró un poco el cuello para seguir bebiendo. El agente le concedió que tomara algo más de licor, pero luego se lo arrebató explicándole que no quería embriagarla sino solo quitarle un poco de sensibilidad. Ella asintió, sin mirarlo.

—Aprieta los dientes, nena, porque ahí voy —anunció.

Leon quitó la gasa, echó un poco del alcohol en la herida y comenzó a coser lo más rápido que podía para no alargar el dolor. Cuando llevaba tres puntos decidió ver cómo estaba aguantando; parecía de piedra. Estaba pálida, apretaba duramente la boca, y el brazo que le cubría el rostro se veía muy tenso. Leon había pensado que la chica tendría un ataque de llanto o algo así, pero nada de eso ocurrió. Le preocupó que no mostrara nunca sus emociones por completo, a excepción de las horas que pasó inconsciente. En ese rato sí que montó un buen espectáculo: se agitaba, gritaba sin descanso y no dejaba de llorar pronunciando su nombre. Fueron horas bastante dramáticas que terminaron solo cuando ella volvió a abrir los ojos.

Al cabo de algunos minutos eternos, había completado su misión.

—Bien, buena chica. Ahora voy a aplicar el espray… Intenta quedarte quieta, porque te dolerá más que lo anterior.

Efectivamente, apenas el helado producto vaporizado tocó la piel dañada de Noiholt, su garganta emitió un doloroso gemido. El agente le pasó un paño mojado por la cara y roció una nueva capa de cicatrizante.

—Ya está. Déjame ver tu rostro… —apartó su brazo—. Estás pálida. ¿Quieres un poco más de brandy?

—Sí, por favor.

—No te muevas. —Tomó la petaca y volvió a darle sorbitos.

—Gracias —murmuró al terminar.

Ambos sabían que era un agradecimiento mucho más profundo que el mero hecho de compartir un trago de alcohol en aquellas circunstancias. Lo sabían, pero ninguno ahondó en el tema. Tal vez más adelante lo harían… si conseguían escapar con vida.

Leon se levantó, estiró cada una de sus extremidades, y anunció a Noiholt que dormiría a su lado.

—No me arriesgaré a que te agites de nuevo como hace rato —explicó.

Ella asintió, rogando que su naciente rubor fuera atribuido al licor y no al hecho de tener el cuerpo de Leon a su alcance, quien muy pronto improvisó otro colchón. Tomó lugar en su lado sano; se puso de costado con la intención de poder vigilar su sueño.

—Soy una egoísta. —Tal vez fuera la ingesta de alcohol, pero Noiholt sintió la necesidad de explicar su histérico comportamiento. —Lo único que podía pensar era en ahorrarte problemas. No quiero que mueras, aun tienes mucha gente que rescatar y darles esperanza, como a mí. Pero soy egoísta y terminé cediendo, porque también me da miedo que te vayas.

—Te perdono —articuló con sorna—. Pero no vuelvas a intentar eso de… de apartarte de mí. No podría. Escaparemos juntos como sea. Mírame. —Esperó a que ella le hiciera caso para clavarle su mirada azul más elocuente—. Me importas, Noiholt. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—¿Lo entiendes de verdad?

Noiholt vaciló. No quería darle un significado erróneo a esas palabras, por lo cual simplemente gimió como si el cuerpo le doliera más de lo que realmente sentía y se refugió en excusas para dormir. Percibir en su oreja el aliento mentolado del agente la excitaba a pesar de toda la bizarra situación que estaban viviendo. Sintió cierta desesperación trágica, porque el hombre le gustaba mucho, y dudaba que consiguieran escapar con vida. Y si lo hacían, nada le garantizaba que volvería a verlo. Aunque tenía miedo por eso, pensó que mejor se preocupaba más adelante. Ahora solo debía concentrar sus esfuerzos en lo que tenía solución.

Se quedó dormida en muy poco rato.

.

.
Independiente de cual fuera la razón —el cansancio de tantas pesadillas o el dolor sordo que la acosaba—, Noiholt consiguió dormir sin recordar sus sueños esa noche. Despertó al alba sintiéndose renovada, iluminada gracias a alegres rayos de luz naranja colándose por la pequeña ventana, optimista, casi como si no hubiera recibido un grave daño en su cuerpo. Se levantó despacio para no despertar a Leon y caminó hasta el baño, encerrándose en él. Tras aliviar sus necesidades físicas se miró en el espejo algo sucio, levantó lo que quedaba de su camiseta y observó la gruesa cicatriz que cruzaba su cintura. Se veía muy fresca, pero firme. Probablemente aguantaría bien la huida, o al menos lo suficiente para llegar a un hospital. Tras mojarse bien el cuerpo y el pelo, dio la vuelta para volver al otro cuarto con Leon. Se arrodilló frente a él para luego enredar sus dedos en los suaves cabellos castaños que coronaban su atractivo rostro varonil. Pensó en lo mucho que quería apartarlo de su lado anoche, para protegerlo, para ahorrarle un estorbo, pero él simplemente desechó todos sus argumentos, negándose a abandonarla. Incluso con la posibilidad de que fuera una agente de Umbrella, Leon no vaciló nunca. ¿Cómo iba a ganarle una discusión si se portaba de esa forma?

El agente abrió los ojos en ese momento, complacido de ver a Noiholt con buen color.

—Tienes un cabello precioso —murmuró la chica, peinándolo suavemente con los dedos.

—Hice comerciales de champú en mi adolescencia —se burló.

Ella le sonrió automáticamente. Pero esta vez, Leon pudo ver cómo se le iluminaba el rostro. Aquel gesto venía desde el fondo de su alma.

Notó cómo sus ojos brillaban humedecidos, sus mejillas tomaban algo más de color, y sus labios temblaban de manera casi imperceptible. Sintió que el pecho le vibraba con alguna emoción nueva, notando que esa chiquilla le gustaba más de lo que creía anoche. Quería verla sonreír más, quería darle motivos para ser feliz… Quería ser el artífice de su nuevo mundo.

Pestañeó de pronto, sorprendido de sus propios pensamientos. Y Noiholt notó el cambio, ladeando ligeramente la cabeza y mojándose los labios resecos, que se le habían partido al sonreír.

—¿Desayunamos? —preguntó ella tras unos minutos de miradas intensas. Como Leon no contestó, continuó la idea—. Ve al baño y cuando vuelvas, tendré todo preparado. ¡Anda!

El agente reprimió una sonrisa apretando los labios. Había echado de menos a la muñeca mandona.

Cuando volvió, efectivamente estaba todo dispuesto para comer. Las latas estaban abiertas, las cucharas limpias y el agua preparada para beberse. Tomó asiento al lado de ella y ambos comenzaron a comer en silencio.

—¿Cómo va tu herida? —preguntó Leon cuando estaba a punto de terminar su desayuno.

—Mejor de lo que esperaba. —Se levantó la camiseta y le enseñó la fresca cicatriz—. ¿Qué opinas?

—Aguantará sin problemas. Por cierto, fuiste muy valiente —se limpió la boca con el pulgar.

—Eso es porque tengo a un ex policía muy terco a mi lado —dijo fingiendo molestia. Pero fue tan juguetona, que él casi se atragantó con el último sorbo de agua.

—¿Así que esa es la clave para que me hagas caso? —Sonrió—. La próxima vez, vendré con una placa.

Ella le hizo una mueca burlona mientras acababa su comida con un último gran sorbo. Masticó, tragó y dejó el plato a un lado, todo con lentitud. Había que enfrentarse a la realidad de nuevo, la huida, el miedo…

—Hunnigan me consiguió tiempo para que te recuperaras —anunció Leon, un poco adivinando lo que podía pasar por esa cabecita alemana—; ha sido una suerte contar con ella. Otra persona nos habría abandonado.

—Tal vez sea por ti.

—Da igual, sabe que no te dejaría por nada.

Noiholt rumió con esa respuesta. Aún no sabía cómo tomarse las palabras de Leon. Para distraerse, sugirió que revisaran sus municiones antes de partir.

—Intercambiemos. Tú me pasas la escopeta y yo te doy la mágnum ¿vale? Al menos ésta no te va a tirar al suelo cuando dispares —señaló él.

—Estoy de acuerdo. —Al recibirla, pasó unos segundos revisando las balas y girando el barril. Estaba en perfectas condiciones. Asintió y se la colocó en el cinturón.

—¿Lista? Entonces vamos. —Se acomodó la chaqueta, mentalizándose para la batalla que vendría.

Pero Noiholt dio un paso adelante y sin que Leon se diera cuenta, lo abrazó por detrás. Sujetó sus brazos con las manos, apoyando al mismo tiempo la frente en su poderosa espalda. Tenía tantas ganas de hablar… o callar, de explicarle y de esconderse…

El agente no sabía qué hacer. La escuchaba respirar, la sentía apretar su ropa, casi podía jurar que incluso sus pensamientos se le colaban en el cerebro. No era difícil entender su conflicto interior, mas él percibía con claridad diáfana todo lo que debía estar sintiendo. ¿Por qué? Pues porque sin duda era lo mismo que le pasaba a él.

Superado por la fuerza del momento, Leon tomó la mano izquierda de Noiholt.

—No hagas eso —susurró la chica.

—¿Por qué?

Ella tragó saliva y apretó los párpados antes de contestar: —Porque me gusta…

«Así que era eso. ¡Aleluya!», pensó el joven, a punto de ahogarse por la revelación. Tanto tira y afloja por fin había resultado. Volvió a sentirse invadido por esos sentimientos que ella le provocaba; una perfecta combinación entre la amistad incondicional de Claire y el deseo injustificado e irracional por Ada. Tal parecía que había conseguido al fin un equilibrio emocional, aun cuando no quisiera sostener una relación con nadie. Sin embargo, comenzaba a darse cuenta que no tenía escapatoria.

Me importas, Noiholt —repitió en el mismo tono de la noche anterior.

—Te creo. —Leon asintió, pues sabía que esa frase tenía un significado aún más profundo de lo tradicional.

—Vamos a salir juntos de este maldito lugar.

Ella se aferró más a su espalda al escucharle decir eso, pero luego de unos segundos lo soltó. Caminó hacia la mochila donde llevaba las cosas que había tomado de la oficina de su madre, quitó lo que ya no le iba a servir pensando en que no seguirían —de un modo u otro— en Grüneger, y utilizó ese espacio para guardar las armas que llevarían. Habían perdido el auto bajo los destrozos del gorila zombi, pero Leon se las había arreglado para rescatar la mochila y el bolso con munición y armamento, cargándola a ella con esa horrible herida, inclusive. No quería ponerse a pensar cómo lo había conseguido, pero a veces le daba tentación de preguntarle.

Sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en lo que requería toda su atención. Esta vez el viaje sería a pie, por lo cual solo iba a llevar el morral. Recordó su auto hecho polvo y se prometió que apenas pudiera, compraría otro igual. Se despidió silenciosamente de los buenos recuerdos que tenía con él, pues era el vehículo que su padre quería que utilizara apenas tuviera permiso para conducir. Sí, se conseguiría otro igual como fuera.

Con una última mirada a la habitación y a lo que dejaba atrás, abrió la puerta.

—Leon —dijo dándole la espalda, sin moverse del umbral—: tú también me importas.

Leon salió tras ella, casi ahogado de nuevo. Definitivamente, no tenía escapatoria.

Caminaron en silencio por varios minutos, hasta que se convencieron de que la herida de Noiholt no se abriría fácilmente. Entonces, se dirigieron hacia donde la señal del GPS los enviaba. Al cabo de un rato, Leon se dio cuenta de que había demasiada tranquilidad.

—¿Estarán viendo la tele? —se preguntó.

Como seguían sin ver a nadie, le pidió a Noiholt que trotaran suavemente para aprovechar de encontrar otro vehículo. Ella estuvo de acuerdo, por lo cual avanzaron con ese objetivo. Mientras corrían notaron que el hedor era casi soportable, a diferencia de los días anteriores. Todo era más sospechoso de lo que Leon creía.

Y repentinamente, el caos se apoderó del lugar.

Una explosión dio paso a la locura; pedazos de muralla y tierra volaron por todos lados, viniéndose abajo como lluvia alrededor de los dos supervivientes. Corrieron esquivando las amenazas hasta que éstas dejaron de caer. Ni siquiera alcanzaron a suspirar de alivio, pues cuando creyeron que se había acabado el peligro un temblor de tierra los mandó al suelo sin remedio. Eso junto a la aparición de algunos zombis hambrientos les hizo entender que todo sería más difícil de lo que habían pensado.

—Parece que vienen por su desayuno —murmuró el agente mientras se levantaba—. ¡Lo siento, chicos, pero no somos comida!

El cántico de los infectados anunció su opinión. Sus melódicas voces fueron rápidamente acompañadas por más infectados que comenzaron a aparecer por todos los rincones, sitiándolos y dejándoles pocas opciones de escapatoria.

—Voy a hacernos un camino, Noiholt. ¿Crees que puedas ayudarme?

—Claro.

—Cuida tu herida. Es una orden.

—Sí, señor.

—Y trata de no malgastar municiones.

Al escuchar esas palabras, ella adoptó una expresión casi demencial en la mirada. Leon dudó en su decisión, pero si algo había aprendido en esos días junto a la chica era que necesitaba considerarla una compañera, no una niña indefensa. Se lo había prometido, y cumpliría mientras no estuviera en demasiado peligro. Espalda con espalda, ambos comenzaron a abatir los molestos infectados que rugían el hambre en un chillido espantoso. Uno a uno iban cayendo en una lluvia de sesos reventados y sangre pútrida. Si todo se mantenía igual, no tendrían mayores problemas para salir de allí. Continuaron abriéndose camino, cuando de pronto Leon dejó de sentir la espalda de Noiholt. Se giró preocupado, pero no alcanzó a gritar su nombre: la vio derribando zombis con las manos. Se ponía detrás de ellos y les giraba la cabeza bruscamente; un ser vivo habría muerto con esa técnica, pero los infectados solo caían por un rato… El suficiente como para permitirles salir de ahí y ahorrar municiones.

Leon le dedicó una mirada significativa que ella captó de reojo.

—Frenesí de guerra —gritó Noiholt, dándole al agente la explicación que necesitaba.

La técnica «frenesí de guerra» era usada por militares. Esta consistía en forzar un disparo de adrenalina por el cuerpo haciendo que la mente se vaciara y quedara en blanco, solo concentrada en destruir todos los enemigos posibles. Leon conocía y dominaba esa técnica, mas el ver a la pequeña muñeca de porcelana ejecutarla relativamente bien le dolió un poco en el corazón. Una parte de él no quería saber cómo la había aprendido, y la otra intuía que debió ser su padre, el militar (o tal vez no, en ese momento no había cómo concentrarse en eso).

Al ver que le arrancaba la cabeza a un zombi, estuvo a punto de sufrir un pequeño infarto.

—¡No abras tu herida! —la ordenó en cambio.

—¡Sí, señor!

Entonces, el agente volvió a concentrarse en su labor: volar sesos con eficacia. Todo parecía ir bien, lo cual no hacía sino aumentar su inquietud. Tanta tranquilidad nunca se traducía en algo bueno. Noiholt le gritó de pronto que un perro iba a atacarlo; él se giró de tal forma que eludió el ataque y con un tiro, consiguió reventarle el cerebro. Esto se repitió unas cuantas veces más, haciendo que Leon decidiera ir a otra parte antes que los Cerberus los rodearan.

—¡Sígueme, Noiholt!

Ambos corrieron en diagonal, sorteando las amenazas con cierta dificultad. El hecho de percibir los malolientes hálitos rozándoles la piel era una distracción nada bienvenida. Leon chasqueó la lengua cuando advirtió que no solo debían preocuparse de los zombis y los Cerberus; contuvo el aliento mientras sus ojos le mostraban un peligro aún mayor casi delante de ellos.

Lickers. Y, para colmo, tres.

Aparecieron reptando entre los escombros, quitando de su camino cualquier infectado que les estorbara. Su avance vertiginoso le dio a Leon una seguidilla de escalofríos por toda la espalda. Miró a Noiholt rogando para que ella también lo viera. Así fue. «No te muevas», articuló en silencio, empuñando la escopeta y guardando su pistola con suma lentitud. La alemana asintió mientas acariciaba el metal de la mágnum. Ambos se quedaron quietos, esperando la oportunidad perfecta de escapar o de atacar… Leon se mordió la boca deseando que fuera la primera opción.

En ese momento, su transmisor sonó. «¡Qué buen momento, Hunnigan!».

—¡Mierda! —exclamaron al mismo tiempo—. ¡A la cabeza, Noiholt! —gritó el agente.

Un Licker fue el primero en lanzarse al ataque, recibiendo un escopetazo en pleno cráneo que lo hizo aterrizar con el hocico. Su cuerpo baboso rodó por el suelo y terminó varios metros más allá. «¡Uno menos!», pensó Leon, quien al girarse descubrió con horror que la lengua de otro Licker se había enredado como una serpiente al cuerpo de Noiholt. «Oh, no», murmuró lanzándose con su cuchillo a cortar el asqueroso músculo putrefacto. Lo consiguió rápidamente, liberando a la chica sin daños visibles.

—¿Estás bien? —Quiso asegurarse de todas formas.

—Sí, sí —jadeó—, fuiste muy rápido.

Acto seguido, el joven agente Kennedy guió la mano de Noiholt, sin quitarle la mágnum, hacia las cabezas de los infectados para volarles los sesos con un certero tiro para cada uno. Ella lo miró con la admiración traspasándole los ojos.

El transmisor volvió a sonar, aunque esta vez Hunnigan no esperó que le contestaran.

Leon, tienen que apresurarse, no pude conseguirles más tiempo; cerrarán la ciudad en media hora más. Envié la ruta más expedita a tu GPS, síguela y no tendrán problemas. Buena suerte a ambos, pero váyanse de ahí rápido porque el Tyrant que descubrí anoche está muy cerca, en un edificio de…

¡Y claro que estaba cerca! Un bramido ensordecedor anunció su llegada junto con la enorme polvareda que se levantó a su paso. A Noiholt casi se le cayó la mágnum de las manos con solo ver la amenaza que ahora se les presentaba.

Era un humanoide de por lo menos dos metros y medio, garras en vez de manos, pedazos de cuero fusionados con su carne creando una cubierta bastante perturbadora… pero eso se quedaba corto al lado de su cabeza. Era gigante con respecto al resto de su cuerpo, y parecía haber sido masticada y escupida antes de ser colocada encima de los hombros.

—¡El Tyrant! —gritó Leon, recordando a Míster X—. ¡Corre!

Agarró a Noiholt de un brazo y la obligó a precipitarse con todas sus fuerzas, obviando la herida de su cintura. Se lanzaron como flechas en dirección contraria del monstruo… Y ojalá que este no fuera muy veloz

Como si eso llegara a ocurrir cuando Umbrella estaba involucrado.

Noiholt sintió que su cicatriz comenzaba a dolerle, pero omitió cualquier comentario al respecto. No iba a estorbarle a Leon, aunque tuviera que mantener sus órganos adentro del cuerpo con las manos.

Corrieron varios metros tropezándose con los pedazos de concreto molido, hasta que notaron una moto apoyada en un muro casi destruido. Leon apretó los ojos evaluando la situación, y vio que tenía las llaves puestas. ¡Por fin la suerte parecía volcarse hacia ellos!

—¡La moto! —exclamó el agente sin poder contener la alegría—. ¡Tiene las llaves!

—¡Cuidado con el zombi! —Lo señaló; se encontraba a los pies del vehículo.

Leon no perdió el tiempo. Dio un rodeo, pisó la cabeza del infectado y levantó la moto, haciéndola partir de inmediato. Hizo un gesto rápido con la mano para apurar a la chica, que dio un salto y cayó sentada detrás de él.

—¡Sujétate fuerte, muñeca!

Las ruedas chirriaron sobre la tierra y dejaron una marca al ingresar al asfalto. Leon alcanzó los ochenta kilómetros por hora en tiempo récord, sintiendo la vibración del camino en el manubrio. El Tyrant había decidido perseguirlos ahora que parecían una presa más interesante.

—¡Noiholt, toma mi GPS y dime el camino!

Ella buscó de inmediato el aparato en sus bolsillos. Cuando lo encontró, comenzó a darle las indicaciones para seguir la ruta planeada por Hunnigan. Viraron hacia la izquierda en un callejón, salieron por una calle terrosa, bajaron por unos escalones despedazados y finalmente enfilaron hacia una avenida recta que les permitió un ligero respiro.

Noiholt miró hacia atrás, notando que el Tyrant corría con ligereza tras su pista.

—Acelera o nos alcanzará —le dijo en el oído.

El agente hizo rugir el motor alcanzando los cien kilómetros por hora. Cruzaron el asfalto esquivando zombis temerarios que intentaban agarrarlos, sin preocuparse del enorme BOW que los perseguía. La alemana le apuntó con la mágnum y disparó, sin acertar. Era evidente que no lo conseguiría, pero de todas formas quería intentarlo. Decidió que le arrojaría una granada si se acercaba demasiado, cosa que aún no parecía ocurrir. No obstante tras un rato de jugar al corre que te pillo, el enorme Tirano bramó su frustración con un alarido ensordecedor, golpeó uno de los edificios de alrededor y lanzó pedazos de concreto hacia la moto, haciendo que Leon maniobrara frenético para no perder el control o ser aplastados por algún escombro. Noiholt volvió a disparar, esta vez acertando en el plexo solar del humanoide. Sirvió para dejarlo desconcertado, sacudiendo la cabeza hacia todas direcciones al tiempo que retrocedía unos metros.

—¡Sigue recto, Leon! ¡No te apartes del camino!

A lo lejos, el agente pudo identificar otro peligro no contemplado. ¿Qué rayos era? Enfocó la vista y lo que vio lo hizo gruñir: animales bípedos con características anfibias, verdes, piel gomosa… Había leído algo de ellos, pero nunca tuvo el placer de conocerlos en persona. Les llamaban Hunter y por la forma que tenían estos, eran de clase Gamma, los más mortíferos. El reporte Valentine, al que tuvo acceso por casualidad, los describía como: «Criaturas nacidas para matar, con una habilidad sorprendente gracias a sus garras filosas. Pueden descabezar un humano con sin esfuerzo, mas su especialidad es engullirlos de un solo bocado. Eso sin contar la altura y distancia que consiguen sus saltos gracias a sus piernas de batracio».

Tragó saliva. Un Tyrant detrás y Hunters delante… ¿Es que se habían puesto de acuerdo para fastidiarles la huida?

—¿Y esos sapos? —preguntó Noiholt cuando los vio.

—Primera vez que me los encuentro. ¡Baja la cabeza, trataré de eludirlos!

La chica obedeció mientras Leon operaba la moto de tal forma que cuando un Hunter saltó, aceleró para pasar sin problemas bajo él. Frenó levemente para esquivar el segundo, pero el tercero que estaba más lejos los esperaba pacientemente, con sus filosas garras preparadas para degollar.

—¡Noiholt, una granada!

—¿Qué?

—¡Que le arrojes una granada!

Noiholt dio un respingo por el grito, pero agarró una de inmediato. Se aferró al cuerpo del agente con toda su fuerza y arrojó el arma calculando el momento idóneo. Murmuró algo en su idioma natal justo cuando esta explotó, no tan cerca como hubiera querido pero lo suficiente como para hacer volar gran parte del Hunter en cientos de pedazos que llovieron a su alrededor.

—Uno menos, nos quedan dos más el Tyrant… —dijo el agente mientras eludía la parte más dura de la explosión.

En ese momento, uno de los Hunters vivos saltó y les reventó la rueda trasera de la moto. Ambos sobrevivientes rodaron caóticamente por el asfalto justo cuando el otro monstruo despedazaba la moto, partiéndola por la mitad. Debido a la velocidad con la que los pedazos del vehículo cayeron, al raspar el asfalto dieron chispas que rápidamente prendieron la bencina, creando una espectacular explosión que acabó milagrosamente con uno de los anfibios. Tal parecía que la suerte continuaba con ellos.

Leon se levantó rápidamente y revisó sus armas; no había perdido ninguna excepto la escopeta que llegó lejos en la caída, y la mochila que también había caído lejos. Buscó a Noiholt con la mirada y la encontró levantándose con cierta dificultad y revisándose la herida de su cintura, que parecía estar bien. Sin embargo, su hombro izquierdo no había tenido tanta suerte; aterrizó sobre él y ahora sangraba profusamente. Ella captó su expresión y rápidamente se rompió la camiseta para vendarse. Luego le alzó las cejas, como diciendo «¿Ves?, me puedo curar solita». Leon le sonrió por eso. Luego se giró y sacó una TMP que tenía reservada para emergencias; disparó contra el último de los Hunter y descargó completamente el arma en su cuerpo gomoso, convirtiendo al bicho en un colador. Sólo quedaba el Tyrant… y las municiones no alcanzaban ni tan siquiera para pensar en herirlo. A lo lejos, este continuaba sacudiendo la cabeza como si estuviera confundido.

—¿Cuánto falta, Noiholt?

—Poco, es por allá —miró el GPS y apuntó hacia el norte.

—Vamos entonces, aprovechemos que el monstruo sigue distraído.

Ambos se precipitaron hacia la dirección que Noiholt señaló, rogando para que el monstruo no se fijara en ellos aún… y la vieron. Estaba ahí, a tan solo varios metros de distancia. Una puerta gigante de metal se abrió lentamente, indicando que quienes estaban del otro lado también los habían visto. Apresuraron el paso lo más que podían, y el Tyrant por fin se dio cuenta de lo que ocurría. Leon se volteó, tomó otra granada y la arrojó de tal forma que impactó en la base de un edificio, convirtiendo una esquina en polvillo y encegueciendo momentáneamente al monstruo, que rugió enloquecido por haber sido burlado. El agente volvió entonces a girarse y corrió de nuevo, adelantando a la chica.

El punto de control estaba justo casi delante de ellos. Leon extendió su mano mientras corría y tomó la de Noiholt, por si alguno de ellos tropezaba sería más fácil ayudarse. Vio que estaba lleno de militares, fuerzas especiales; un hombre sostenía una bazuca. «¡Una bazuca! Esto no pinta nada bien», pensó Leon. El Tirano de pronto recobró la vista y al darse cuenta que los dos jóvenes iban bastante lejos de él, se lanzó como un misil para alcanzarlos.

Leon se dio cuenta de que si no pasaban rápido la puerta del punto de control, los matarían junto con el BOW sin derecho a reclamo.

—¡Rápido, nena! ¡No falta nada! —gritó para animarla.

Sí, sólo unos metros más…

El chillido que profirió el enorme Tirano resonó como un grito de guerra, reverberando por todo el perímetro. Se percibía su frustración mientras seguía corriendo impelido solo por el único objetivo que tenía en la vida: matar. Se detuvo bruscamente y golpeó el suelo con tal fuerza que el asfalto se levantó sobre los pies de ambos sobrevivientes, provocando que perdieran el equilibrio y cayeran hacia atrás. Leon se aferró con una mano a la porción de concreto que se alzaba y con la otra sujetó a Noiholt, aliviado de haberla cogido segundos antes. La levantó lo más que pudo; como la chica era liviana, no le costó demasiado. Ambos escalaron, saltaron hacia la tierra, rodaron, se levantaron y volvieron a correr con todas sus fuerzas. El Tyrant gritó de nuevo su ira y se lanzó hacia ellos otra vez, pero ya era tarde… pues con la velocidad de una exhalación, Leon y Noiholt cruzaron el punto de control al mismo tiempo que el hombre de la bazuca disparaba hacia el BOW, destruyéndolo por completo. La explosión hizo que el suelo temblara convulso por unos instantes, hasta que cesó por completo.

Habían conseguido escapar con vida. La enorme puerta de metal se cerró, comenzando la cuenta regresiva para la destrucción de Grüneger. Leon se apoyó sobre las piernas mientras recobraba el aliento. Otra vez el peligro rozaba su mejilla, recordándole que la muerte lo vigilaba de cerca, y de nuevo la había burlado. Sonrió torcido, pensando en compartir sus pensamientos con Noiholt. Iba a llamarla, pero se detuvo en cuanto la vio. Se encontraba estática, con la mirada perdida y temblorosa. Probablemente le dolía todo el cuerpo; mal que mal había recibido un grave daño el día anterior.

Se acercó a ella con suavidad, como si fuera un animal herido.

—¿Noiholt? —Le puso una mano en el hombro sano—. Mírame. Se terminó.

La alemana cerró los ojos, botó todo el aire que tenía en los pulmones y cayó de rodillas al suelo. Empezó a llorar poco después.

Tras unos minutos, Leon comenzó a desesperarse por ella. No se quejaba ni gritaba, simplemente lloraba en silencio toda su tragedia. El agente se revolvió el pelo y sacó su comunicador para hablar con Hunnigan. Le preguntó a qué hora llegaba el helicóptero, y ella dijo que en cinco minutos más. Eso fue suficiente para él.

Se agachó frente a Noiholt y tomó una de sus manos, descubriéndole el rostro. Necesitaba mirarla. Ella alzó la vista y se mostró tal cual estaba en ese momento: rota como un cristal.

Meine Mama… —susurró la chica en su idioma natal.

—Sobreviviste, Noiholt. Ellos lo querían así.

—¿Así? —Inspiró entrecortadamente—. Estoy destrozada.

—Lo superarás.

—Eso no lo sabes.

—Estaré contigo.

Las cejas de Noiholt casi se juntaron al medio de su frente. No quería permitirse aún pensar en Leon de una forma romántica, pero su corazón clamaba a gritos por su nombre. Quizás… quizás, lo mejor era dejar de pelear con sus sentimientos desde ese mismo instante. Era una sobreviviente; había conseguido escapar de una muerte segura y el hombre que la había protegido se encontraba frente a ella, dándole consuelo, mostrándole que le importaba.

—Yo me…, no dejes que…, por favor… —suplicó patéticamente mientras dos lágrimas resbalaban por su piel.

A Leon le dolió el pecho. Esa petición caló hondo en su interior, como si fuera un llamado directo a sus creencias, a quién había sido toda su vida. Entendió que la oscuridad se cernía sobre ella; una especie de sufrimiento que él nunca podría comprender, provocado mayormente por haber acabado con su madre convertida en zombi. ¿Qué más había dentro de ella? ¿Qué otras penas tenía? Quería saberlo todo. Era un sentimiento novedoso y sobrecogedor.

—Ven aquí —murmuró.

Noiholt inclinó la cabeza y la apoyó en el hueco entre el cuello y el hombro del agente. Él por su parte la rodeó con ambos brazos, apretándola contra su cuerpo. Tragó saliva al sentir la piel de su frente en la garganta; era tan suave como la había imaginado. No solo parecía de porcelana, también se sentía igual. Le gustaba tanto que se asustó un poco, pero luego se relajó al recordar que sus sentimientos por Ada se habían desarrollado en unas cuantas horas. Esta vez, al menos le había tomado unos días. «Estoy mejorando», reflexionó con sorna, inclinando de a poco la mejilla en su cabello rubio para dejarla allí.

Noiholt le rodeó la cintura en ese instante, sacándolo de sus cavilaciones. Se quedaron abrazados unos minutos, hasta que la realidad volvió a imponerse entre ellos: el helicóptero había llegado. La destrucción de Grüneger ocurriría de un momento a otro. Ambos se levantaron del suelo y se trasladaron al vehículo aéreo; desde el aire contemplaron la explosión que acabó con todo vestigio de la tragedia iniciada hace más de una semana atrás. La pobre chiquilla comenzó a llorar de nuevo apenas vio cómo el fuego se expandía por el lugar que la había acogido varios años. Allí se perdía la casa de su madre, la fábrica de zapatos que era parte de su herencia, el mercado donde ambas compraban víveres, el camino polvoriento que debía recorrer cada vez que volvía de algún país —Grüneger nunca tuvo aeropuerto—, su Mercedes-Benz destrozado por aquel gorila zombi…

Leon le acarició la cabeza, y ese gesto cariñoso provocó que volviera a perder los nervios. Terminó sollozando acurrucada en el regazo del agente, deseando que el dolor en su corazón se fuera. No veía cómo podría superar la situación, a menos que…

Una idea comenzó a formarse en su cabeza. Era la única alternativa que se le ocurría, aunque eso significara separarse temporalmente de Leon. Sí, lo haría. Primero tenía que recuperarse y luego podría pensar en dedicarse a él.

El viaje a Viena fue corto. Aterrizaron en el helipuerto del hotel donde Leon estuvo hospedado antes de sumergirse en el pueblo ahora extinto; Noiholt iba a ser retenida por el gobierno austriaco y Leon continuaba su viaje a Estados Unidos. Sin embargo, este pensaba seriamente en llevarse a la chica consigo. Estaba a punto de sugerírselo, cuando ella le dijo que se iba a quedar en Viena.

—¿Qué harás? —inquirió confundido.

—Voy a… —vaciló. Estaba un poco avergonzada, pero pensó que lo mejor era explicarle—, voy a internarme en el hospital siquiátrico Steinhof. No sé cómo superar todo esto y…, y también necesito que me traten apropiadamente la herida.

—Ya veo. —Se sentía algo decepcionado, pero comprendía que Noiholt necesitaba recuperarse en cuerpo y alma luego de lo ocurrido—. Promete que me contactarás.

—Claro que sí. Será lo primero que haga cuando esté bien.

Se miraron fijamente por unos instantes. Las despedidas siempre eran duras, más cuando dos personas habían desarrollado sentimientos luego de todo lo ocurrido. Unos agentes del gobierno austriaco aparecieron en ese momento para llevarse a la chica. Leon ladeó la cabeza y sonrió, tomando una de las manos de Noiholt para apretarla. Ella le devolvió la sonrisa mientras era conducida en otra dirección por los agentes. Lentamente, sus dedos entrelazados fueron aflojando el agarre hasta separarse por completo.

—Nos vemos, señor Kennedy.

Leon se quedó de pie observando la puerta cerrarse definitivamente. Apretó los dientes, convencido de que la volvería a ver. Algo en su interior se lo decía; recordaba esa corazonada pues fue la misma que sintió con Ada. Esta vez se esforzaría por hacer mejor las cosas. Con ese pensamiento, se resignó a volver a su país.

.

.

Washington D.C., Estados Unidos. Día 23 de febrero del año 2000.

—Han ingresado nuevos cadetes a la academia —comentó Hunnigan, llevando un montón de papeles en los brazos—. ¿No quieres darles una mirada?

—Si tuviera tiempo iría, pero me tienes prisionero en esta oficina —se quejó un atareado Leon Kennedy.

—No veo por qué protestas tanto; lo único que haces es firmar.

—Me duele la mano. —Tomó asiento en el borde de su escritorio mientras Hunnigan acomodaba los documentos en un estante—. ¿Y si vamos a tomar algo?

—Estamos de servicio —respondió en tono monocorde.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre preguntas lo mismo.

Leon se encogió graciosamente de hombros. Le gustaba molestar a Ingrid, aunque ambos sabían que ese coqueteo no era más que un juego para ambos. Para él, su corazón continuaba ocupado por una chica alemana que no había dado señales de vida en ya un mes y medio. Era demasiado tiempo, pensaba, pero tampoco se atrevía a buscarla aún pues no quería interferir en su recuperación.

Recordó que una vez llamó al hospital utilizando su precario alemán. De lo poco que entendió, hubo algo que se le quedó grabado: «Ella aún no está preparada», o algo así le habían dicho. A pesar de eso, dejó un mensaje que rezaba: «Te espero». No obtuvo contestación, pero tampoco perdía la esperanza. Sabía que ella lo buscaría apenas pudiera. Aunque si seguía pasando el tiempo, tomaría un avión a Austria y la vería como fuera, al menos para asegurarse de que seguía con vida.

Los días habían transcurrido con cierta monotonía desde su regreso. Todo le parecía igual, tanto el café que se servía en las mañanas como el sorbo de brandy que tomaba antes de acostarse. La comida del casino, los programas de televisión, el ritmo en las calles de Washington… su propio vehículo le parecía plano, desprovisto de colores. En cuanto el cielo estaba despejado, evocaba los ojos celestes de Noiholt y se le oprimía el pecho. Antes le ocurría con Ada; cada estanque de verdes aguas marinas que se topaba le recordaban a sus orbes. No había caso. Por lo menos, esta vez iba tras una chica que no le iba a traicionar.

—Listo, ahora entrégame lo que tienes firmado —dijo Hunnigan, devolviéndolo al presente.

Levantarse, desayunar, ir al trabajo, tomar café, trabajar, ir a almorzar, trabajar, volver a casa, beber, ver la tele, dormir. Día tras día, semana tras semana, Leon cumplía con sus horarios con exactitud. Era una persona sociable que tenía buena llegada con la gente, por lo cual en las horas de comida solía compartir la mesa con varios colegas. Quienes lo frecuentaban mayormente eran Hunnigan y dos agentes de apoyo: un atractivo puertorriqueño llamado David Ortiz, y Robert Blatstein, un joven canadiense adicto a los videojuegos. Ese día no fue la excepción.

—Le están dando duro a los novatos —comentó David devorando un sándwich de ensalada—. Hace poco nos llevaron a ver un entrenamiento; Rob y yo casi vomitamos de nervios.

—Gracias por el comentario —protestó Hunnigan apartando su plato.

—¿Tienes oídos sensibles, bonita? —El joven latino sonrió de medio lado.

—Cuidado, el único que coquetea con ella es Kennedy —intervino Robert.

—Vete a la mierda, Blatstein —dijo Leon.

—¡Ja! No te pongas así. Además, sabemos que el único playboy del lugar eres tú.

Los rumores sobre los coqueteos de Leon eran pan de cada día en el Servicio Secreto.

—¿Y qué tal la chica autista? —preguntó Robert a David.

—Sigue igual —se encogió de hombros—. Creo que me olvidaré de ella.

—Si te gusta, sigue intentándolo —dijo el agente Kennedy.

—Dices eso porque no la conoces —mordió su sándwich y se limpió la boca con una servilleta—. No es fácil conquistar a alguien que no habla con nadie.

Hunnigan sonrió crípticamente, gesto que fue interceptado por Leon. Ingrid rara vez sonreía de esa manera, pero cuando lo hacía significaba algo gordo.

—La verdad es que eres el único que le encuentra algo a esa chica —observó Blatstein bebiendo su jugo—. Es bonita, pero parece de hielo. No entiendo por qué te gusta.

—Cállate, Rob.

—¡Ya te pusiste marica! —Robert le habló a la mesa—. Siempre pasa lo mismo —añadió, señalándolo.

David le arrojó a su amigo un pedazo de lechuga, lo cual finalmente se tradujo en una corta pelea de comida entre ambos agentes. Leon empezó a reír suavemente mientras Hunnigan negaba con la cabeza.

—Tal vez te hablaría si no la trataras como un trofeo —señaló la mujer de anteojos.

—He probado con todos los tonos que se me ocurren.

—A mí sí me contesta… —canturreó.

—Es que tú eres tú. —Miró a Leon—. Te apuesto cien dólares que a ti te habla. Eres el experto en mujeres.

—Paso.

Ingrid volvió a sonreír.

Terminaron de comer haciendo bromas, momento tras el cual cada quien fue a ocupar su cubículo correspondiente.

Hacia las cinco de la tarde, Leon recibió un mensaje en su beeper: «Ve a la oficina 3-A del 4º piso». Era de Hunnigan, ¿qué sería? Se levantó de la silla, tomó su chaqueta y se encaminó hacia donde fue citado. Al llegar, Ingrid le abrió la puerta para que entrara.

—Ya me lo agradecerás —murmuró ella con cierta picardía.

—¿Agradecerte…? —alcanzó a decir antes de que abandonara el lugar, cerrando la puerta tras su espalda.

Leon alzó las cejas sin saber qué pensar. Se dio la vuelta… y comprendió las palabras de Hunnigan.

Noiholt lo esperaba sentada en el escritorio que se encontraba frente a él.

—Hola, Leon —dijo saboreando cada palabra.

Él abrió la boca para responder, pero terminó mordiéndose el labio inferior. Noiholt se veía estupenda a su modo de ver. Estaba en excelente forma; había ganado un poco de peso y masa muscular, lo cual había redondeado su rostro haciéndolo ver más dulce de lo que recordaba. Recorrió con la vista su cabello rubio —aún adornado con ese mechón negro que lo perseguía en sueños— que le llegaba a los hombros, su cuerpo pequeño y delgado, la blusa blanca que vestía, la falda corta de tubo que tapaba parte de sus piernas blancas y torneadas… los zapatos negros de tacón que concluían su aspecto ejecutivo.

Volvió a mirar sus ojos celestes. Eran claros, transparentes, como si pudiera leer a través de ellos.

Y lo que leía era «te quiero».

Caminó hacia ella, dándose cuenta de que seguía viéndose pequeña a pesar del bonito calzado. Tomó un mechón de su cabello y lo acarició con los dedos, decidiendo cómo podía comenzar a explicarle lo que sentía, lo que no pudo decirle cuando se despidieron hace más de un mes.

La respiración de Noiholt se aceleró. Se mojó los labios por inercia, viendo que él repetía el gesto como un espejo.

—Ya estoy bien. —Fue ella quien rompió el silencio de nuevo.

—Así veo —concordó, dándole otra mirada general.

—Me han dicho que viviré con mínimas secuelas emocionales, lo cual es bueno. —Tragó saliva—. Una vista anual al loquero y me mantendré estable.

—Me alegro —su voz sonó más ronca de lo usual.

Ella retorció las manos, pero comenzó a explicarle lo que consideraba más importante en ese momento.

—Verás… primero pensé que me gustabas porque estaba mal de la cabeza —comentó con naturalidad.

—¿Eh? Creí que era porque parezco un modelo de Calvin Klein —se fingió ofendido.

—En verdad eres lindo —admitió en un murmullo, ruborizándose con intensidad—, pero no me refiero a eso.

Noiholt agachó la cabeza y cerró los ojos, buscando las palabras más acertadas. Quería ser capaz de explicar lo que sentía con precisión, pero su timidez y falta de experiencia en relaciones románticas le estaba pasando la cuenta. Leon esperó pacientemente, aunque por dentro se sentía más ansioso de lo que convenía reconocer.

—Durante nuestro escape en Grüneger, me pregunté todo el tiempo... ¿En verdad me gusta? ¿O estoy demasiado concentrada en no romperme y por eso le he dejado entrar? No sabes cómo soy en el mundo exterior. Nunca me has visto huir de las personas para no contestar preguntas. Nunca me has visto en sociedad, por eso no lo sabes.

Leon asintió, tratando de encajar esa Noiholt con la que él había conocido los pocos días que compartieron en aquel pueblo austriaco. Efectivamente, no podía.

—Hablé con mi siquiatra y le pedí que me explicara qué rayos me pasaba —continuó la chica—, él me lo confirmó: había una posibilidad de que me gustaras más que nada por la forma en que descuidé mi armadura, por decirlo de alguna manera. Hubo hombres que me llamaron la atención en el pasado, pero vencer mi timidez siempre fue un reto. En cambio, contigo fue diferente; pudo ser debido a que estaba muy concentrada en no romperme como para fijarme en que podía hablar contigo como si te conociera desde siempre. Me pillaste con la guardia baja. —Entonces, se fijó en la expresión herida de Leon y se dio cuenta que lo estaba dañando sin querer—. Perdóname, pero aún tengo algo más que decirte.

Él asintió en silencio.

—Me puse una prueba antes de verte. Si al conversar contigo me sentía incómoda como con el resto de la gente, mi siquiatra tendría razón. De hecho, esta idea la tuvo él.

—¿Y…?

Noiholt esbozó una breve sonrisa tímida, antes de contestar con voz firme: —Me gustas de verdad, Leon. Lo mío va muy en serio—. Alzó la mirada, confirmándole con sus claros ojos celestes lo que sentía por dentro.

—¿Y si no hubiera sido así? —inquirió despacio, ocultando el alivio que le llenaba los pulmones.

—Pues, lo habría intentado con todas mis fuerzas. —Le tomó una mano—. Creo que me habrías gustado de cualquier manera… aunque probablemente lo habría negado hasta la muerte, y conquistarme te hubiera salido bastante complicado.

—No le temo a los retos.

—Coincido.

Noiholt sonrió por completo, luminosamente encantadora, en ese instante. Era primera vez que Leon la veía así, y se descubrió deseando ser el motivo por el cual ella sonriera más seguido. Quería darle la felicidad que la vida le había arrebatado. Tomó su rostro de porcelana con ambas manos, cerró los ojos y comenzó a besarla tal como había imaginado. Primero, movió los labios despacio, aprendiendo su textura. Después, lamió la marca que dejaban sus dientes y por último, al darse cuenta que ella se rendía, hizo que abriera la boca y le introdujo la lengua con ternura, jugueteando, provocándola, mostrándole lo mucho que le gustaba. Sin darse cuenta la arrinconó contra el escritorio, inmovilizándola con su cuerpo excitado. Ella levantó los brazos y se colgó de su cuello, devolviéndole los besos que él le prodigaba con igual entusiasmo.

Estuvieron así varios minutos, saciando la sed que habían desarrollado por el otro en esas semanas de separación. Pero eventualmente consiguieron bajar un poco las revoluciones, reemplazando los besos por un cálido abrazo apretado que gritaba reencuentro.

—No me estoy quejando, cariño, pero quisiera saber qué haces en este lugar —murmuró Leon tras un rato, conservando la cabeza de Noiholt en su pecho.

—Eh, bueno…, te lo explicaré. —Se aclaró la garganta—. Salí del hospital hace casi dos semanas. Espera, Leon —dijo al notar que el agente balbuceaba una protesta—, iba a contactarte de inmediato pero se me ocurrió una idea mejor. Viajé a Alemania, hablé con militares amigos de mi padre y les pedí que me ayudaran a entrar en la academia de entrenamiento del servicio secreto estadounidense. Soborné un montón de gente para poder llegar hasta aquí, incluyendo la información que tengo como sobreviviente de un desastre biológico. Hunnigan ayudó mucho (me dijo a quiénes podía comprar), así que finalmente me aceptaron. Me están entrenando para ser agente de apoyo. No pude verte hasta hoy porque me lo prohibieron; tuve que observarte desde lejos. Es una de las cosas más difíciles que me ha tocado vivir. Hunnigan me daba ánimos cada vez que estaba a punto de hablarte. Ella es estupenda. Bueno, ¿qué opinas…? —su voz se quebró con la pregunta. Tenía miedo de cómo Leon iba a tomarse la noticia.

Él se mantuvo un rato en silencio, elucubrando. Tenía muchas cosas en la cabeza. ¿Cómo Noiholt había conseguido dinero para los sobornos? ¿Por qué elegía un camino tan peligroso siendo una intérprete? Había vivido las consecuencias de la muerte de maneras más brutales que el común de la gente. No lo comprendía.

Lentamente deshizo el abrazo, pero no eliminó el contacto por completo. La tomó por los hombros y le habló con seriedad.

—Explícame tus razones. Necesito entenderlo.

—Mira… no me malinterpretes. Antes de conocerte ya me planteaba qué hacer con mi vida. La carrera que estudié fue para viajar adonde quisiera, pues el inglés se habla en casi todos los países, pero no pensaba trabajar en eso. Siempre he querido emplear en algo bueno lo que he aprendido aunque no sabía cómo. Pensaba entrar a la milicia alemana pero temía la reacción de mamá; ahora eso no es problema. —Agachó la cabeza—. Igual me iba a dedicar a esto. Y ahora estás tú… —retorció las manos—, no quiero parecer…, pero…, quisiera estar cerca de ti —su voz se fue apagando conforme formulaba la última frase.

Leon estaba mudo. Esa respuesta no se la esperaba. Temía generar dependencia en ella, aun cuando se sentía extrañamente complacido por la necesidad que le demostraba. Era como si algo en su interior se asentara gracias a ello.

—Verás morir a tus compañeros —murmuró acariciando sus labios enrojecidos por los besos que le dio—. Puede que incluso debas encargarte tú misma de darles una muerte digna. Cuando Umbrella está involucrado, debemos imaginar los escenarios más extremos. No quisiera que pasaras por eso…

—Vi morir a mis padres —mencionó con voz monocorde—. Cuando le dispararon a papá, yo estaba cerca. Lo de mi madre ya lo sabes. Creo que podré soportar más muertes, siempre que no sea la tuya.

—Nena… —apretó la mandíbula.

—No tengo familia que me extrañe.

Ambos hicieron una pausa.

—De acuerdo —aceptó Leon, aunque no estaba contento con la situación. Más que nada, temía por el destino de Noiholt como agente de apoyo. Ella también estaría en peligro.

—Te prometo que seré cuidadosa.

—Lo sé. —La abrazó—. ¿A qué hora sales?

—En un rato.

—Vamos a cenar.

—¿Una cita, señor Kennedy? —Sonrió de nuevo con amplitud.

—Sí. Quiero conocer más a mi chica.