N. de la A.: ¡Sean todos bienvenidos al capítulo 4 de Muro! :) espero que lo estén disfrutando tanto como yo. Me gusta cómo se va desarrollando todo. Leon y Noiholt profundizando paulatinamente… Ya verán.

Hay algo que me gustaría puntualizar esta vez: necesito ponerlos en este contexto para que comprendan al cien por cien por qué estos dos actúan de la forma que verán durante la lectura. Bueno, ¿por qué? Pues porque él tiene veintitrés años y ella veinte. Son críos en muchos aspectos. Jovencitos, año 2000… son circunstancias diferentes. Son aún muy inmaduros en muchos sentidos. Bueno, me sentí en la necesidad de recordárselos ;) para que no se desesperen, jajaja.

En fin, solo me queda decir: ¡disfruten!

Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom, excepto la lunática Noiholt Maüser, esa chiquilla sí que es mía x'D

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Capítulo 4: Armadura de papel.

Washington D.C., Estados Unidos. Día 23 de febrero del año 2000.

El restaurante elegido por Leon para aquella primera cita se encontraba en una de las zonas más concurridas de Washington. Noiholt se mostró avergonzada por no contar aún con prendas adecuadas para cenar, pero él le pidió que no se preocupara por esos detalles. Mal que mal, la chica llevaba apenas quince días viviendo en Estados Unidos y difícilmente había tenido tiempo de asentarse en el departamento que el gobierno le pagaba.

—La ropa que estás llevando es perfecta —mencionó Leon, sin explicarle que el hecho de verla vestir ropa ejecutiva alimentaba su libido.

Habiendo solucionado ese punto, ambos se encaminaron a su destino. Al llegar, el agente pagó una pequeña suma de dinero adicional para ocupar un privado, de esa forma nadie los molestaría mientras continuaban su reencuentro. Nadie, excepto la graciosa camarera que tomó sus pedidos.

—Le recomiendo nuestra Maryland soup en caso de que le gusten los productos marinos —dijo la muchacha, notando que Noiholt no sabía qué plato principal escoger.

Okay.

Ella les dedicó una sonrisa a ambos, sirvió el vino y los dejó solos mientras iba a la cocina con los pedidos. Aerosmith se hizo presente en ese momento con Amazing, una bella canción que les hizo relajarse un poco. Esa cita era un momento crucial para ambos, pues podrían desenvolverse fuera de un ambiente potencialmente mortal. Las circunstancias en que se conocieron y se gustaron fueron extremas, por tanto, había mucho que aún no sabían del otro.

—¿Te gusta el vino? —inquirió el agente mientras movía su copa.

—Lo conozco poco. —Dio un sorbo—. Está muy bueno.

Leon sonrió y movió su silla para quedar algo más cerca de ella.

—Dime, ¿habías venido antes a Estados Unidos?

—Sí, hace muchos años mis padres me trajeron a Disney World. Era pequeña, pero fue divertido.

—Yo también fui cuando niño —rascó el mantel—. Recuerdo haber arrancado de Mickey cuando intentó darme la mano. —Noiholt rio de buena gana con la anécdota, haciendo que Leon se contagiara y también terminara riendo.

—¿Tienes parientes vivos?

—Sí, un tío y una abuela. Mis padres estuvieron involucrados en un crimen hace muchos años[1].

—Lo siento —susurró agachando la mirada.

—No pasa nada.

—En mi caso aún tengo familia materna, pero no están interesados en mí.

El agente asintió recordando algo que Noiholt le había contado mientras estaban en Grüneger: «Mi familia materna, al ser judía, se opuso completamente a la relación de mis padres, principalmente porque descubrieron que, además de ser miembros importantes de la milicia alemana, los Maüser también fueron reconocidos partícipes del régimen nazi».

—¿Por eso dijiste que no tienes familia que te extrañe? —preguntó apretando los puños, repentinamente furioso con esa gente que no conocía.

—Sí. Es mejor que sea de esa forma; realmente no nos llevamos nada bien.

Algo en el tono de Noiholt le indicó que no iba a revelar la razón principal de aquello, por lo cual prosiguió con otras preguntas.

—¿Cómo conseguiste fondos para sobornar a gente del gobierno?

—Eh, Leon, la verdad es que tengo mucho dinero —explicó con tristeza—. Mi madre tenía varias compañías que me heredó en su testamento… Las vendí todas al igual que sus propiedades, mientras me recuperaba en el hospital. El gobierno austriaco me compensó por la forma en que murió con más dinero para mantenerme en silencio. Cuando cumpla veintiún años, podré retirar del banco la compensación que me dio el gobierno alemán por la muerte de mi padre. La milicia también me dio dinero hace años, el cual tenía invertido por recomendación de mamá. Como ves eso no es problema para mí. Conseguir las sumas que necesitaba fue muy fácil. Tengo varias cuentas bancarias en distintos países.

«Pero tener todo ese dinero a costa de perder a tus padres debe ser demasiado doloroso como para darle muchas vueltas, ¿no?», pensó el agente, algo apesadumbrado. No le comentó sus cavilaciones, pero de seguro su rostro reveló lo que intentaba ocultar pues Noiholt le tomó una mano.

—No te preocupes por eso; estoy bien, de veras —dijo ella en tono amable.

—Mira, Noiholt… —se mordió los labios—, quiero que funcionemos ¿vale? Y para ello necesito que seas sincera conmigo.

—A excepción de aquella vez que traté de echarte en Grüneger, siempre te digo la verdad. Me siento muy mal intentando mentirte —señaló sorprendida.

—No digo que me mientas, sino que intentas maquillarme la verdad todo el tiempo. ¿Aún piensas que debes protegerme de algo?

Ella agachó la cabeza y restregó sus piernas una contra la otra. Estaba nerviosa.

—Nena, ¿confías en mí? —inquirió despacio.

—Por completo —reconoció abriendo los ojos—, pero llevo muchos años sola, sin comentar con exactitud cómo me siento. Es más fácil llevar eso dentro que compartirlo con alguien.

—Mírame. —Esperó a que ella le hiciera caso—. No te pido que me cuentes todo hoy, ni mañana. Simplemente quiero que seas honesta incluso en los detalles más pequeños; si tienes miedo, estás asustada, o molesta, dímelo y cuando quieras hablar de ello, lo haremos. ¿Puedes?

Noiholt tragó un poco del caldo antes de responder. Lo que le pedía era difícil, pero valía la pena intentarlo. Él valía la pena.

—Sí, Leon. Dame tiempo para acostumbrarme, pero lo haré.

—Gracias, eso es muy importante para mí. —Dio un sorbo a su vino. —He tenido relaciones que…, es…, no quiero volver a pasar por eso.

—Lo de Ada también ¿verdad?

—También —asintió, comprendiendo a la perfección la pregunta que ella le había hecho de manera implícita.

Aerosmith seguía cantando acerca de lo sorprendente que era saber que estarías bien al final de todo. Noiholt tarareó la letra en voz baja al tiempo que la camarera entraba para servir el primer plato.

Luego de un momento en silencio disfrutando la comida, ambos comenzaron a hablar de nuevo. Leon hizo preguntas básicas sobre los gustos de la chica; así se enteró de que su grupo musical favorito era Rammstein, que bebía cerveza por montones y hablaba a nivel básico unos cuantos idiomas. Leon entonces se definió como un fanático del género grunge, que el encendedor que portaba permanentemente era un regalo de su tío, no porque fumara —que no lo hacía—, y que en la academia de policía había terminado por aprender bastante del idioma español. Noiholt contó que le gustaba fumar tabaco de diferentes sabores utilizando narguile, un tipo de pipa que se usa mucho en oriente y que había aprendido a apreciar en sus viajes, pero que solo lo hacía de vez en cuando para no limitar su capacidad pulmonar.

—¿En cuántos países has estado? —preguntó el agente.

—Varios, pero donde he pasado más tiempo han sido: China, Malasia y Rusia; Siberia, específicamente.

—¿Y hablas ruso? —cuestionó con una gran sonrisa.

—Casi nada —admitió mientras resoplaba—, ese idioma es una mierda.

Leon se echó a reír, divertido por el comentario.

Más adelante en la cena, el agente sacó una tarjeta y un bolígrafo. Comenzó a llenarlo con su disparatada caligrafía bajo la atenta mirada de Noiholt.

—Este es el número de mi teléfono móvil, este es el de mi beeper y este el de mi departamento. —Le entregó el pedazo de papel.

—Gracias. —Sacó su billetera para guardarlo, y en el instante en que buscaba una tarjeta para darle sus números él, hábilmente, le quitó la identificación. —¡Leon!

—¿Tu primer nombre es Arabelle? —inquirió a punto de reír, observando con curiosidad el carnet de la chica.

—Solo me llama así la gente que no me conoce. Devuélvemelo—pidió estirando la mano. Un tenue rubor se apoderó de sus mejillas.

—Olvídalo. Arabelle Carleigh Noiholt Maüser… ¿lo pronuncié bien? Tienes un nombre largo y bonito… —acarició el plástico—. ¿Por qué solo usas el tercero?

—Es una antigua costumbre alemana —explicó pacientemente—; devuélvemelo.

—Te diré mi segundo nombre: Scott. Estamos a mano. —Entrecerró los ojos para analizar la identificación, en la cual Noiholt se veía notoriamente más joven. Tenía el cabello largo, sin tintes de otro color, y una cara más redondeada e infantil. —Ahora tú cuéntame qué edad tenías en esta foto.

—Dieciséis… Me gusta Scott —murmuró, todavía avergonzada.

—No te enfades —rio mientras le devolvía la identificación—. Siempre has sido preciosa.

Noiholt se quedó con la boca abierta luego de ese comentario. No le atraían mucho los cumplidos, pero ahora era Leon quien lo hacía, y el suave rubor que le tintaba el rostro se intensificó en ese instante; su cara a esas alturas se parecía a un potente farol de color rojo, provocando que Leon se enterneciera de su respuesta incómoda. Se prometió que la haría reaccionar así más seguido.

Continuaron conversando sobre sus vidas y gustos afines por un par de horas. Al descubrir que ambos gustaban de Elvis Presley, se miraron a los ojos como dos adolescentes ilusionados. El acento alemán de Noiholt hipnotizaba los oídos del agente Kennedy, descubriéndose claramente fascinado por él y buscando la forma de hacerla hablar más para poder seguir escuchándola. Fue una cena muy provechosa, pues salieron del local conociéndose un poco mejor y, por tanto, más preparados para continuar juntos.

Leon llevó a la chica a su casa; se despidieron con una larga sesión de besos húmedos en el estacionamiento, quedando ambos sin aliento. Noiholt entró a su departamento y pasó un buen rato afirmada a la puerta, controlando su respiración agitada. Lo deseaba con tanta intensidad que le dolía el cuerpo, por lo cual a pesar de lo tarde que era, tomó una ducha fría para calmarse.

Cuando el agente llegó a su casa, hizo exactamente lo mismo.

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El tiempo fue pasando con bastante rapidez. La pareja no se topaba durante el día puesto que ella se encontraba recibiendo entrenamiento en la academia del Servicio Secreto, que quedaba en un edificio contiguo al trabajo de Leon. Pero se juntaban las tardes que podían y, de esa forma, continuaban desarrollando su relación, la cual en un acuerdo tácito no revelaron al público —aunque sí al departamento de Recursos Humanos, porque era obligatorio— para no pasar por cuestionamientos o preguntas inútiles. Debido a lo anterior no llegaban juntos al trabajo… Aunque un día coincidieron en el estacionamiento. Así fue como el agente se enteró de que Noiholt había conseguido un Mercedes-Benz 190 de color negro, idéntico al que perdió en Grüneger; le preguntó de inmediato por qué buscó específicamente ese modelo.

—Mi papá quería que este fuera mi primer auto. Cuando conseguí el permiso de conducir, mamá me lo regaló. Significa mucho para mí —respondió ella mordiéndose una uña.

Para Leon, los almuerzos siempre eran divertidos desde que Noiholt había llegado a Estados Unidos, y también porque Ortiz y Blatstein lo acompañaban de manera permanente. Hunnigan disfrutaba lo suyo viéndolos conversar, discutir o ignorarse. «Cosas de hombres», pensaba la mujer mientras reía en silencio.

David Ortiz era muy popular entre las mujeres —y también algunos hombres— gracias a su piel tostada, ojos oscuros y cabello castaño, el cual llevaba corto pero esponjado según sus propias palabras. A los veintisiete años se encontraba en el apogeo de su belleza masculina, a la cual le sacaba todo el partido posible gracias a su linda cara y su físico musculoso. Objetivamente era un hombre muy guapo y seductor; sus raíces latinas resplandecían en donde se encontrara, lo cual le facilitaba cualquier tipo de trámite pues todos se desvivían por atenderlo, hecho que pudo convertido en un tipo malcriado, no obstante, a pesar de lo vanidoso que resultaba en muchas ocasiones, era amable y se esforzaba por ser justo con las personas.

Robert Blatstein, por otro lado, era un hombre judío de veintiocho años originario de Ottawa, Canadá. De piel rosácea, cabello oscuro y profundos ojos grises, el encantador jovencito fanático de los videojuegos conoció a David en un campamento militar en el que coincidieron hace casi diez años, y desde entonces fueron inseparables. Robert era una persona de excelente humor, muy bromista, también benevolente y piadoso aunque odiaba demostrarlo. Tenía una ex esposa con la que a veces rememoraba buenos tiempos y una pequeña hija llamada Stephanie: su mayor orgullo en la vida. Se veían cada vez que él podía y disfrutaban de tardes enteras jugando a la Nintendo 64, sesiones en las que muchas veces David también participaba.

En resumen, ambos agentes disfrutaban de la vida como si esta fuera un permanente chiste. No se hacían problemas, intentaban no preocuparse de más; vivían sabiendo que el fin podía llegar en cualquier momento tanto por accidente como por sus trabajos. No se estresaban con nada, hecho que los convertían en excelentes elementos para cualquier equipo en donde se integraran.

—¿Y cómo va todo con tu chica autista? —preguntó Leon durante la comida de ese día.

—¡Bah! —David encogió los hombros con desdén—. No hay manera. El otro día intenté meterle conversación diciéndole «las chicas bajitas son preciosas»… juraría que insultó a todo mi árbol genealógico con la mirada. Fue un poco espeluznante, por eso mejor le hago caso a Rob y me olvido de ella.

—¡Sí! —exclamó el aludido, soltando su sagrado Gameboy y levantando ambas manos al cielo—. Hoy ha ocurrido un milagro: Dave admitió que tengo razón. —Todos en la mesa rieron.

—Vete a la mierda —escupió el latino.

—Ya, no empieces con tus mariconerías. Todo es tu culpa por no escucharme desde un principio. Siempre te lo dije: Maüser es una jodida estatua de hielo —sentenció.

«¿Maüser?» Pensó Leon con la boca abierta. A pesar de la pronunciación extraña con que Robert lo dijo[2], identificó el apellido con poco esfuerzo. ¿Maüser, en serio? ¿A David le gustaba Noiholt? ¡Pero qué rayos…!

Buscó a Hunnigan con la mirada, descubriéndola con esa sonrisita críptica que casi nunca lucía. Ahora que lo pensaba, también sonreía así cada vez que hablaban de la chica autista… ¡Era Noiholt todo el tiempo! ¡Y ella lo sabía antes de que Leon se enterara!

No obstante, antes de hablar cualquier cosa debía asegurarse de que hablaban de Noiholt… podría ser un alcance de nombre ¿verdad? Era perfectamente posible que hubiera otra chica de apellido Maüser en la academia del Servicio Secreto ¿o no?

—¿Por qué dices que es una estatua de hielo? —dijo masticando, como si no le interesara mucho. Ingrid lo miró risueña.

—No es solo que no habla, es que la miras y te da frío —Robert se estremeció—. Es una rubia de ojos claros, flacuchenta, bajita; dicen que es alemana. Bonita, pero… Lo siento, Dave es el único que ve algo en ella. —Leon asintió, convencido de que definitivamente hablaban de su chica.

—Seguramente es lesbiana, por eso se lleva bien contigo —dijo David con acritud a la mujer de anteojos.

Leon se atragantó con la comida al escuchar esa frase. El joven canadiense se largó a reír como un loco mientras Hunnigan le dedicaba una mirada envenenada.

—Y yo que pensaba dejar las cortinas de mi oficina abiertas para que miraran… —anunció ella tranquilamente, provocando que al final todos los hombres de la mesa terminaran atorados.

—¡Hunnigan! —se quejó David—. ¡No nos tortures así!

—Si nos permites mirar seré tu esclavo para siempre —suplicó Robert con las manos juntas.

Los dos amigos continuaron rogándole a Hunnigan un buen rato más, ilusionados con la idea de presenciar un beso entre ambas mujeres.

Mientras eso ocurría, Leon continuaba atorado.

Esa tarde, el agente llevó a Noiholt al cine. Cuando hacían fila para la boletería le comentó lo ocurrido con su almuerzo… ganándose un largo bufido de ella, que parecía repentinamente furiosa.

—Ortiz es un dolor en el trasero —gruñó—. Scheiße! Me saca de mis casillas.

—Está bastante colado por ti, y además es muy guapo. ¿Qué vas a hacer? —se burló.

—Nada. Solo tú me importas.

—Buena respuesta —murmuró dándole un beso corto en los labios. Cada vez que Noiholt le demostraba su necesidad por él, sentía algo agradable en el interior y eso le preocupaba un poco.

Aquella tarde, ir al cine fue solo una excusa. Para coronar tres semanas de relación, Leon escogió una película que ambos querían ver… sin vaticinar que terminarían en una esquina del auditorio acariciándose por encima de la ropa, ignorando completamente la enorme pantalla. La oscuridad del lugar facilitaba su exploración lujuriosa, por lo cual olvidaron para qué habían ido a ese lugar en primera instancia.

Noiholt gimió al sentir los labios suaves de Leon recorriendo su garganta. Palpó sus duros músculos del pecho, los brazos, sus abdominales; se extasió de él como nunca. Leon recorrió su espalda hasta el final de la cintura, su estómago y en un minuto de ardor insoportable, le amasó los pechos a través de la blusa. Ella se asustó porque temía ir muy rápido —no por la incursión—, y puesto que las caricias del joven agente le parecían lo más increíble que había sentido nunca, deseaba que disfrutaran despacio cada una de las etapas que componían una relación.

Él por su parte sentía lo mismo; no quería presionarla con sus necesidades físicas pero se encontraba al límite de la excitación. Ansiaba poseerla por completo y sabía que si intentaba quitarle la ropa ella no se negaría, sin embargo su deseo de hacer las cosas con calma se impuso y finalmente ambos amantes concluyeron aquella tarde de cine con otra sesión de toqueteos en el estacionamiento del edificio donde Noiholt vivía.

No obstante, hacia la quinta semana de relación la alemana pensó que, tal vez, era momento de avanzar un poco más. Decidió que se lo plantearía apenas tuviera la oportunidad, pero el agente se le adelantó con un mensaje de texto al móvil:

«kdate hoy n mi ksa».

Noiholt, que en ese momento se encontraba en los camarines de la academia, inspiró hondo y se sentó en una de las bancas, mirando fijamente su moderno Nokia 8850. El corazón le latía a mil por hora, casi como si Leon la estuviera tocando justo en ese momento, cuando le llegó otro mensaje:

«dormir x ahora, si kieres».

Tragó saliva. El joven le estaba dando la oportunidad de pasar una noche junto a él… durmiendo. Por raro que pudiera sonar esa idea le parecía maravillosa, por lo cual redactó una respuesta inmediata:

«si kiero u/u».

En el edificio contiguo, Leon se dio golpecitos en los labios al ver ese mensaje. Su chica había aceptado la propuesta con un emoticono ruborizado; casi pudo imaginar con claridad su rostro encendido, apretando las teclas con manos temblorosas por la emoción… Sí, no necesitaba verla para saber cómo había reaccionado; ya empezaba a conocerla muy bien. Redactó un último mensaje:

«ve a mi depto kndo trmines, stacionamiento 2109».

Esa noche, una expectante Noiholt aparcó en el lugar indicado y subió hasta el octavo piso del lindo edificio de departamentos que habitaba Leon. Nada más entrar fue recibida con una oleada de besos cálidos en todas las porciones de piel que su ropa dejaba a la vista. Ella consiguió abrazarlo del cuello, mordiéndole la mandíbula áspera con gemidos de verdadera felicidad. Así como estaban comportándose terminarían follando igual que unos posesos en el primer rincón disponible, por lo cual volvieron a centrarse en la idea de «ir despacio y hacer las cosas bien», premisa que tenía a ambos de los nervios a pesar de las buenas razones que los motivaban a ello.

Debido a lo anterior, Leon le explicó a Noiholt por qué actuaba así, aclarándole que la deseaba pero que necesitaba ir despacio y no cometer los mismos errores de sus relaciones anteriores. La chica lo escuchaba maravillada, deleitándose con su voz ronca y varonil más de lo que atendía a la explicación. Pero a pesar de su distracción, comprendía lo importante que era todo aquello para Leon y concluyó que, al igual que todo con él, valía la pena el esfuerzo.

—¿Se te ocurre cómo conquisté a mi primera novia? —dijo el joven en algún momento de la conversación—. Aquí va: la rescaté de ser atropellada. ¿Qué tal?

—Tú y tu maldito complejo de héroe —murmuró Noiholt sin mala intención.

—Bingo.

—Pero así me gustas.

La forma en que Noiholt pronunció aquellas palabras fue como un bálsamo para los nervios de Leon. Consiguió redoblar su confianza en que estaba haciendo las cosas bien con ella, por lo cual dio por terminada la conversación cuando consiguió hacerla sonreír de nuevo.

La posición elegida por ambos para descansar fue una cucharita en toda la regla: Leon la abrazaba por detrás y ella enredaba las piernas con las de él. Noiholt se sentía más segura que nunca entre sus brazos y estaba convencida de que los demonios que la atormentaban no la alcanzarían mientras lo tuviera cerca… Sin embargo, la tercera vez que durmieron juntos algo ocurrió.

Leon se despertó en medio de la noche encontrando la cama sin más ocupante que su persona. Pestañeó confundido, frotándose los ojos mientras se sentaba. ¿Y Noiholt? Permaneció un rato en la cama por si había ido al baño, pero tras cinco minutos sin noticias salió de la habitación.

Encontró a la chica escondida debajo del mesón que componía su cocina tipo americana. Temblaba, las rodillas encogidas hasta tocar su pecho y con un vaso de leche a medio beber. Leon se dejó caer sentado frente a ella. La miró atentamente esperando que hablara; como no lo hizo él tuvo que interrumpir el silencio.

—¿Qué va mal? —preguntó con suavidad.

—Estoy… muerta de… de miedo. —Se encogió un poco más. Era notorio lo mucho que le costaba hablar.

—¿Por qué?

—Soñé que…, el…, el loquero dijo que era normal, que las pesadillas se irían con el tiempo. Pero… —respiró entrecortadamente—, es…

—Tiene razón —interrumpió delicadamente—, los meses posteriores a Raccoon City sufrí de pesadillas imposibles. Eran demasiado reales; me despertaba dando patadas al aire pensando que estaba aplastando cabezas zombis. Eventualmente desaparecieron, aunque a veces vuelven.

—Me siento muy vulnerable en este momento —confesó despacio. Si no hubiera habido tanto silencio, probablemente Leon no la habría escuchado.

—Lo sé.

—Siento como si estuviera al borde de algo… —Una lágrima resbaló por su rostro.

—Sí, nena. —Abrió los brazos. —¿Quieres venir aquí? Creo que soy más cómodo que ese frío mueble.

Noiholt se arrastró hasta su cuerpo; en poco tiempo quedó sentada en su regazo, con la cabeza escondida en su cuello, protegida por esa voluntad que tenía aquel hombre de sanarle hasta las heridas más profundas. No pudo evitar preguntarse hasta dónde llegaba esa obsesión protectora que tenía con las personas; cuánto daño habría recibido en su vida gracias a la preocupación que demostraba por el mundo entero.

El agente apretó un poco el abrazo en ese momento, haciendo que sus pensamientos dieran paso a la tristeza por entender que sus almas necesitaban sanarse mutuamente… y tuvo miedo por aferrarse a él de esa manera. Se le estaba metiendo en las entrañas de forma inexorable.

—¿Quieres hablar? —Noiholt negó bruscamente con la cabeza—. Sshh, entiendo. Nos quedaremos aquí toda la noche si es necesario.

Leon la meció hasta que consiguió darle un poco de tranquilidad. De pronto, ella separó el rostro de su cuello y le clavó la mirada de tal manera que el rubio se sintió hipnotizado, incapaz de apartar los ojos, rendido ante el hecho de que la chica le fascinaba de una forma que le asustaba cada vez más.

—Estoy jodida —musitó Noiholt entre lágrimas.

—Puede ser —le acarició la boca con el pulgar—; yo también estoy algo jodido… Suerte que ahora somos dos —sonrió.

Himmel… —suspiró con una mueca pesarosa.

—¿Qué?

—Eso me da más miedo que mis pesadillas. No quiero depender de ti tan rápido, pero parece que te necesito más de lo que me conviene —admitió atropelladamente.

El agente se quedó un instante en silencio, meditando el profundo e intenso significado de aquella frase.

Al cabo de un rato volvió a hablar: —¿Te preocupa lo que pueda pensar de eso?

—También. —Cerró los ojos y apretó los labios, mostrándose claramente contrita—. Creo que, tal vez, me he obsesionado un poquito contigo.

—No serías la primera. —Trataba de subirle el ánimo con esa frase, pero solo consiguió hacerla fruncir el ceño.

—Espero ser la última —masculló con fiereza inesperada.

En esas cinco semanas y algo de relación, Leon se había dado cuenta de que Noiholt tenía un evidente problema de celos. No era que le revisara el teléfono móvil o el correo electrónico, nada de eso, pero fue notando cada vez con mayor frecuencia que si alguna chica lo miraba demasiado, o le hablaba con familiaridad, ella comenzaba a arder.

Aquello no le suponía el más mínimo problema… Lo que le inquietaba era su propio gusto por ese comportamiento. Los celos, la necesidad, la forma en que se aferraba a él como un náufrago a una tabla; todo lo anterior se le antojaba como una inyección de vida directo a las venas, y estaba consciente de que empezaba a hacerse adicto. No solo ella se aferraba: resultó que también Leon lo hacía, a su modo particular. Noiholt saciaba —aunque de manera poco convencional— el conjunto de carencias emocionales que lo habían llevado a ser policía. Por alguna razón, su propia necesidad quedaba cubierta por la necesidad de ella. Sonaba chocante, pero así se sentía… aunque no lo admitiría en voz alta de ninguna manera.

Leon muy pronto dejó de pensar en eso, pues no era momento de sicoanalizarse sino de darle consuelo a la muchacha que había elegido como pareja.

—¿Te sirve de algo saber que no me molesta tu pequeña obsesión? —Le limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—Me siento menos culpable.

—Cariño: somos casos especiales. Hemos sobrevivido a desastres biológicos impensables, también hemos pasado por tratamientos siquiátricos… ¿qué tiene de malo si me necesitas más de lo normal? —Noiholt asintió después de una pausa, pese a no estar muy convencida con la explicación. «Al menos dejó de llorar», caviló el agente. —¿Te sientes mejor? —Quiso asegurarse.

—Un poco. Eh… —vaciló—, gracias por… por estar conmigo y, bueno…, aceptarme.

—De nada —apoyó los labios en su frente de porcelana—. Volvamos a la cama.

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Washington D.C., Estados Unidos. Día 5 de abril del año 2000.

Hunnigan citó esa tarde de viernes a los agentes Leon Kennedy, David Ortiz, Robert Blatstein y Noiholt Maüser a su despacho. Había llegado el momento de completar una nueva misión relacionada con Umbrella, y para ello seleccionó a dos de los mejores agentes de apoyo que tenían disponibles para acompañar a Leon. Por último, movió varios hilos hasta que consiguió incluir también a Noiholt, básicamente por dos razones: sus jefes le pidieron probar cómo se desenvolvía en misión, y el lugar de destino al que iban era… Alemania. Así que necesitaban un intérprete, lo cual la dejaba en buena posición para ocupar ese puesto.

Hunnigan se acomodó los anteojos antes de tomar un montón de papeles guardados en cierta gaveta de su escritorio. Luego, miró a los agentes con una ceja alzada.

—Existe el rumor de que una compañía farmacéutica alemana está haciendo experimentos biológicos bajo el mando de Umbrella. Aparentemente son nuevas cepas del virus G; su misión es comprobar si estos datos son ciertos, para lo cual serán infiltrados en el laboratorio sospechoso. Leon, tú recibirás los datos que David y Robert te entreguen y reportarás directamente a los jefes; como ya te han visto la cara estarás en las sombras ¿vale? Noiholt, tú serás la intérprete de ellos dos. Partirán el día de mañana… Buena suerte.

Todos asintieron cuando Hunnigan dejó de hablar. Leon tomó los documentos y encabezó la salida, mas la muchacha alemana se quedó atrás y compartió unas palabras con Ingrid antes de abandonar el despacho también. En ese momento, se pudo escuchar claramente a lo lejos la voz de David gruñendo: «Se los dije. Les dije que era lesbiana».

Ese mismo día, aunque algo más tarde, Leon reunió a su equipo y les explicó lo que esperaba de ellos en una de las oficinas más grandes que tenía el edificio donde trabajaban.

—Nos vamos a Múnich. Como investigaremos a Umbrella necesito que tengan la mente muy abierta para lo que les voy a explicar: si ven a alguien que luce igual a un zombi de película, apunten a la cabeza y disparen sin cuestionarse, porque no se enfrentarán a seres humanos sino a armas biológicas que jamás habrían imaginado, creadas con el único propósito de exterminarnos. Son ellos o nosotros, y ellos no vacilan[3].

Robert y David ladearon el cuello al mismo tiempo, parpadeando repetidamente ante la nueva información. En el servicio secreto había rumores sobre misiones confidenciales que involucraban peligros biológicos, como experimentos con animales y personas transformadas en no muertos, pero jamás pensaron que todo aquello era más que simples comentarios de pasillo. Tras una larga pausa, el primero en tomar la palabra fue el joven latino.

—Zombis como de película. Genial ¿no? —soltó una risita nerviosa.

—Zombis humanos, perros zombis, cocodrilos mutantes, gorilas infectados, anfibios mutados… lo que se les ocurra. Umbrella tiene de todo —añadió Leon con su habitual nota de sarcasmo.

—¡Jo! Me cuesta creerlo… —David miró de pronto a Noiholt, que permanecía impasible—. ¿Y tú? ¿No te da miedo? —Ella respondió con un silencioso encogimiento de hombros que provocó un bufido exasperado de su interlocutor.

—Vale ya —intervino Robert—, entonces la única opción que tenemos es matarlos ¿no? —inquirió dirigiéndose a Leon.

—Exacto.

—Qué maravilla… —suspiró.

—No se agobien, chicos. Compartiré con ustedes todo lo que sé para que no se lleven sorpresas, pero antes… Maüser, ¿puedes decirle a la secretaria de piso que nos encargue comida en el restaurant del frente? Espero que no hayan hecho planes, porque tenemos para rato—pidió, consciente de que su chica debía estar un poco de los nervios.

Ella asintió rápidamente y salió de la oficina sin notar que David le daba una mirada de reojo. Este se encontró inusitadamente intrigado por la forma en que su superior articuló el apellido de la muchacha que le gustaba; era un detalle ridículo, lo sabía, pero se oyó demasiado bien, como si lo hubiera pronunciado muchas veces… Rió en voz alta, sorprendido de estar pensando esas tonterías y no en la difícil misión que se les venía por delante.

La reunión se extendió hasta casi las diez de la noche. Leon explicó con detalles todo lo que había vivido en Raccoon City, lo que sabía del incidente en la mansión Spencer, también lo ocurrido en la isla Rockfort —información entregada por Claire Redfield una tarde de café y conversación—, y por último se explayó hablando de su última experiencia en Grüneger, teniendo mucho cuidado de no revelar que allí había conocido a Noiholt porque era información clasificada, pero aunque no lo hubiera sido, no quería exponerla de esa forma sabiendo cómo se sentía al respecto. La miró de hito en hito mientras hablaba y no encontró ninguna señal de turbación en su rostro, sin embargo intuyó con claridad que debía estar hecha un desastre por dentro.

Cuando al fin terminaron, los cuatro agentes salieron del Servicio Secreto para dirigirse a sus respectivos hogares. Robert y David anunciaron que tomarían una cerveza antes de volver a casa; Leon se excusó argumentando que debía preparar informes antes del viaje.

—¿Y tú, Maüser? —preguntó David, que no se daba por vencido en sus pobres intentos por conquistarla.

—Lo siento —se excusó para sorpresa de él, que no había tenido oportunidad de escucharla hablar hasta ese minuto.

—V-vale… —Pensaba que Noiholt tendría un tono grave; por el contrario, encontró que parecía la voz de una niña pequeña y no le gustó mucho, aunque su inglés de acento rudo hizo un contrapeso positivo en su impresión general.

—Mañana nos recogerán temprano para llevarnos al aeropuerto. No se queden dormidos —bromeó el agente Kennedy.

Aún más tarde esa noche, Noiholt se dirigió al departamento de Leon para compartir un rato con él. Estaba nerviosa pues asistiría a su primera misión, pero más que eso le asustaba involucrarse de nuevo con Umbrella, la empresa farmacéutica que había mandado su vida a la mierda. No obstante, intentó por todos los medios apartar esos pensamientos de su mente, pues finalmente ella había escogido ese camino y no tenía derecho a quejarse ahora. Sabía que el temor siempre estaría ahí, solo le tocaba aprender a dominarlo.

Leon captó rápidamente su estado de ánimo; rodeó su cuerpo con los brazos y la reconfortó.

—¿Quieres hablar? —Le besó el pelo.

—Estoy nerviosa pero bajo control. No te preocupes. —Enterró la nariz en su pecho hasta perderse en su aroma varonil.

—Mira… Si es muy duro… —insinuó despacio.

—No me retiraré por ningún motivo, Leon. Esto es por mí, ¿vale? Tengo que hacerlo. Necesito superarlo.

Aunque ninguno de los dos habló abiertamente del tema, implícitamente sabían que Noiholt se refería a lo ocurrido en Grüneger.

—De acuerdo, pero no olvides que estoy contigo —dijo el agente en voz baja.

—Tú eres quien me mantiene cuerda —reconoció levantando la mirada—. Has sido tú quien me ha dado fuerzas… ¿Cómo podría olvidarlo?

Okay —sonrió—, entonces ¿segura de que no quieres quedarte esta noche?

—Segura. Te deseo demasiado como para aguantar.

—No te creas que yo estoy muy tranquilo —bromeó, aunque era cierto. Su anatomía siempre se manifestaba rudamente con aquellas sesiones de besos húmedos, estuvieran donde estuvieran. Últimamente, incluso verla ya le provocaba una erección. Se sentía como un muchachito hormonado, época en la cual sufría de constantes alzamientos incluso con el inocente roce del viento.

Leon, entonces, se inclinó hacia ella para besarla despacio, saboreando sus labios como si no hubiera nada más, mordiendo con suavidad, disfrutándola sabiendo que desde mañana todo volvería a ponerse peligroso… pero se negaba a pensar mucho en eso. Simplemente se enfocaría en cuerpo y alma a que nadie muriera bajo su mando.

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Múnich, Alemania. Día 7 de abril del año 2000.

Tras un agotador viaje que incluía catorce horas de vuelo, comida desabrida y el constante siseo del exasperante Gameboy de Robert, los cuatro agentes del Servicio Secreto estadounidense finalmente pisaron tierra alemana. Se encontraban exhaustos, pero no contaban con mucho tiempo para reponerse: los esperaban para llevarlos al hotel Mövenpick donde se hospedarían, descansarían un poco y comenzarían con la misión lo más rápido posible.

Leon no podía menos que sentirse aliviado de contar con compañeros de viaje tan joviales y divertidos. Robert y David se pasaron todo el recorrido bromeando, insultándose, dándose manotones y burlándose el uno del otro con tanta saña que incluso Noiholt esbozó una media sonrisa de vez en cuando.

—¿Es cierto que eres alemana, Maüser? —preguntó David en algún momento del viaje—. Como ves, Rob está demasiado entretenido con su horroroso Gameboy como para preguntártelo —señaló a su amigo con la barbilla.

—Te escuché —dijo el canadiense, alzando la mirada por encima de sus anteojos—. Lo que pasa es que este bebé es mucho más entretenido que tú, por eso estás celoso. —Mostró con orgullo la pequeña consola, que transmitía enervantes canciones del juego Pokémon.

—Púdrete, maldito judío nerd —le sacó la lengua.

David atajó con la mollera una revista que su compañero le lanzó en venganza por sus comentarios… Aunque la cosa no terminó ahí, porque Robert se lanzó contra él a revolverle el pelo y el latino respondió con unas patadas flojas; era tanto el escándalo que Leon tuvo que actuar como mediador entre ambos para que la tripulación no los fuera a regañar.

—Niños, compórtense… Por favor —habló en tono ceremonioso.

—Bueno, papi —dijo Robert, provocándole una sincera carcajada. Al volver a su asiento se dio cuenta de que Noiholt también parecía a punto de reír, por lo cual continuó la pregunta de su amigo—. Entonces, ¿eres alemana, Maüser?

—Sí —respondió ella, de una forma bastante amistosa.

—Me debes cien dólares, Dave —anunció mientras el nombrado enrojecía violentamente—. ¿Sabes? Este imbécil creía que eras ucraniana. —Noiholt sacudió la cabeza con espanto—. Lo siento, es que cuando le dan sus enamoramientos adolescentes suele comportarse peor que una mujer desesperada.

—¡Rob! —lloriqueó el pobre David, herido en su amor propio—. Por favor, no le escuches —rogó a la chica.

Ella le mostró ambas palmas en un gesto conciliador y volvió a menear la cabeza, dejándole claro que no haría caso a los comentarios de su despiadado amigo. Leon observó la escena reflejada en un cristal que estaba frente a él y se mordisqueó el puño, tentado a reír de nuevo. No cabía duda de que esos dos eran una estupenda compañía; tal vez gracias a ellos Noiholt podría vencer algo de su timidez…

El agente Kennedy pestañeó un poco desorientado hasta que recordó dónde se encontraba: a bordo del enorme auto que los recogió en el aeropuerto. Este frenó de improviso, mostrándoles la entrada del hotel.

Okay chicos, manos a la obra —suspiró el líder de la misión.

En los días siguientes, Leon se infiltró varias veces dentro de aquel enorme laboratorio que más parecía un hospital: tenía seis pisos, tres subterráneos y muchas oficinas para investigar y recopilar información. En tanto él se escabullía por todas partes, sus tres subordinados hacían las veces de investigadores. Noiholt traducía con éxito, David encantaba a las mujeres con su sonrisa torcida, y Robert aportaba un rostro impasible que ayudaba a concretar la charada. Con sorpresa, los cuatro agentes notaron que no estaban teniendo demasiados problemas a la hora de indagar, lo cual podía significar algo muy bueno… o muy malo. En cualquier caso, continuaron trabajando sin descanso pues acabar con Umbrella era una empresa que valía cualquier sacrificio.

Una tarde, Leon consideró que era momento de nadar más profundo en las aguas del laboratorio. Tenía cierta sospecha de que encontraría experimentos biológicos, por lo cual no lo pensó más y se encaminó hacia su objetivo. Bajó hasta el tercer subterráneo sabiendo que su equipo había apagado algunas cámaras de seguridad hace unos minutos, permitiéndole desplazarse por los puntos ciegos que dejaban libres de peligros.

Corrió entre los automóviles estacionados empuñando su H&K VP70 de siempre, confiado en que era solo una precaución y no tendría que utilizarla realmente. Observó la oscuridad que se cernía a su alrededor como un mal augurio; tragó saliva. Ese ambiente lúgubre le recordaba mucho a su paso por Raccoon City.

«Momento. Oigo pasos… ¿dónde?», pensó mientras se giraba con rapidez hacia el origen del sonido que lo había alertado. Apoyado en el vehículo más próximo, reptó en cuclillas hasta que identificó un par de piernas que ya conocía bastante bien. Alzó un poco la cabeza y confirmó sus sospechas.

—¡Maüser! —siseó involuntariamente.

Ella se dio vuelta y le hizo un gesto de silencio con la mano. Retrocedió despacio hasta colocarse a su lado y se agachó.

—Me pareció haber visto a alguien —explicó en susurros.

—Trata de avisarme la próxima vez, sería peligroso para la misión si nos llegan a ver juntos —la regañó cuchicheando, al mismo tiempo que oteaba ansioso el lugar.

—Lo siento…

—¿Viniste sola? —Noiholt asintió—. Bueno, no pasa nada. Irás aprendiendo. —Tomó su barbilla con la mano libre y le acarició los labios a modo de despedida—. Ten cuidado.

La pobre Noiholt se lo quedó mirando con abandono mientras él caminaba en dirección contraria a la que estaba siguiendo. Se lamió los labios, ávida de saborearlo, cuando notó que sus pasos aminoraron el ritmo. ¿Qué ocurría?

Sin poder controlar su curiosidad, la pequeña alemana asomó la cabeza por el parachoques del auto y percibió cómo una hermosa silueta curvilínea comenzaba a materializarse frente a Leon.

—Hola, guapo —ronroneó una sexy voz femenina—. Por fin nos volvemos a encontrar.

—Ada… —saludó él tras unos segundos de reconocimiento, sin devolverle la sonrisa.

«¡Ada!», chilló Noiholt en su interior. Apretó los puños con fuerza desmedida, casi arañando la dura goma del parachoques. Ada, la chica que había enamorado y traicionado a Leon, hiriéndolo en lo más hondo para protegerlo… estaba ahí, a centímetros de ellos. No lo podía creer. Cuando comenzó su relación con el agente, Ada nunca formó parte de la ecuación. Pero ahora… mejor ni pensar en ello.

Los tacones de la espía reverberaron su característico sonido en el estacionamiento mientras caminaba hasta posicionarse frente a Leon, que ya había guardado su arma en la cartuchera. Le sonrió de medio lado y, mirando tras él, dijo en voz alta:

—Puedes salir, chiquilla. No muerdo —arrulló.

Él suspiró pesadamente y le hizo a Noiholt un gesto con la mano para que se aproximara a la conversación. «Una fiestecita para tres», pensó frunciendo el ceño.

Noiholt abandonó su refugio y anduvo a paso vacilante hasta quedar cerca de ellos. Se sentía muy incómoda y su timidez natural no la ayudaba a enfrentar la situación de mejor manera, mas cuando alzó la mirada y vio a Ada… se quedó con la boca abierta.

Mein Gott… —articuló sin darse cuenta.

Aquella mujer de rasgos asiáticos era preciosa, una joya. Cabello negro corto, ojos verdes rasgados, boca granate en forma de corazón, cuerpo de femme fatale; todo aquello coronado con un vestido color carmesí que dejaba muy poco a la imaginación le daba un aspecto claramente seductor y adulto. La joven alemana sintió que la cara lentamente comenzaba a arderle, sonrojada ante esa mujer.

Ada se echó el cabello hacia atrás haciendo que su pulsera tintineara con el movimiento. Leon siguió el movimiento con la mirada, tragando saliva al tiempo que percibía aquel extraño embrujo que lo enamoró de ella hace ya tantos meses, y que volvía a imponerse como el primer instante en que se conocieron.

—Ella es magnética —dijo Noiholt sin una pizca de envidia en la voz—. Ahora puedo entenderlo.

—¿Qué? —Leon no entendió bien a qué se refería, aunque tenía una sospecha…

—¿Y tú, quién eres?

—Noiholt Maüser —habló a regañadientes.

—Ah, eres la niña que Leon rescató en ese pueblecito austriaco.

—Sí. —«Niña» era un epíteto que ponía a Noiholt de los nervios. Para ella, equivalía a que la llamaran enana.

—Y tienes familia paterna en la milicia alemana —continuó la morena.

—¿Cómo lo…?

—Hice mis tareas.

—Basta, Ada —interrumpió Leon—. ¿Qué haces aquí?

Sin darle una respuesta, la chica oriental caminó un poco más hacia él y le acarició un hombro, provocando un estallido de celos en Noiholt que presenciaba la escena con gesto adusto.

Was tust du, schlampe? —espetó en su idioma natal.

—¡Uy! ¿Es tu novio? —La miró—. No te preocupes, Leon y yo somos amigos de hace mucho…

—Sí, sí. ¿Qué haces aquí? —repitió él, ahora exasperado.

—Ya sabes: esto, aquello, lo de más allá… —encogió los hombros con una sonrisa—, siempre estoy muy ocupada.

—Y fingir tu muerte debe haberte dejado con un papeleo interminable por resolver.

—Ah, eso…, la verdad es que no ha sido tan difícil. Tengo buenos asesores.

Ambos se desafiaron con la mirada por unos cuantos segundos, haciendo que Noiholt se sintiera aún más incómoda. Presenciar un encuentro como aquel le dolía muy hondo, pues sabía que Leon la había buscado por cielo, mar y tierra para reclamarle por el dolor que le había causado… sin éxito.

Pero había algo más: el aspecto fantástico de la espía oriental había calado en su interior. Era una mujer en toda la regla; su voz aterciopelada parecía hecha para excitar. Noiholt sintió que su cuerpo era demasiado menudo, sus pechos muy pequeños, su estatura muy baja y su voz muy aguda como para competir con Ada. Maldijo en silencio la situación, pues le había entrado un pánico irracional de que Leon prefiriera finalmente volver a perseguir a esa morena, abandonándola a su suerte.

—¿Sabes, Ada? Nunca me has contestado con sinceridad una pregunta. —El agente se revolvió el pelo—. Desde Raccoon City intenté encontrarte, pero fue como si te hubiera tragado la tierra. Y ahora actúas con esa naturalidad… Esperaba al menos una explicación. No te preocupes por ella —señaló a la alemana con un gesto suave de cabeza—, lo sabe todo.

—¡Ay, Leon! Tu inocencia siempre ha sido tan dulce… —exhaló—. Eso fue lo primero que me deslumbró de ti cuando nos conocimos.

¡Tsk! Parece que hablaras de un pobre idiota, pero gracias por no ser tan directa. Al menos, dime si es verdad eso de que estás trabajando para Wesker.

—Ups, se acabó el tiempo. —Retrocedió lentamente—. Nos vemos…

Ada hizo un gesto vago con la mano y sacó su lanzagrifos, el cual enganchó en alguna parte del techo, desapareciendo rápidamente del lugar. Leon se quedó mirando hacia arriba un rato hasta que se convenció de que no volvería.

—Tomaré eso como un —musitó de manera quejumbrosa.

—¿No vas a ir por ella? —La voz de Noiholt sonó como un latigazo.

—No. —Alzó las cejas, volviéndose a observarla con recelo—. ¿Estás molesta?

Ella soltó el aire bruscamente entre los dientes. No sabía cómo traducir en palabras lo que estaba sintiendo, porque era una mezcla de emociones con las que no estaba familiarizada. Pero podía palpar la rabia, la frustración, los celos… Presenciar en vivo y en directo la insoportable química que él compartía con Ada era demasiado para sus nervios. Se llevó el pulgar a la boca, incapaz de hablar con naturalidad, hasta que su pregunta emergió entre el incómodo silencio.

—¿Qué te gusta de mí, Leon? —masculló, y al notar que el nombrado la miraba como si le hubiera emergido otra cabeza, continuó hablando—. Ya ves… que ella y yo no nos parecemos en absoluto. —Señaló el espacio vacío que Ada había dejado.

—¿Eso qué…? —Dejó la frase inconclusa. Destrabó la mandíbula y chocó los dientes, no sabiendo cómo enfrentar la pregunta de Noiholt. Pues claro que no se parecían, ¿y qué? A él no le importaba eso. Ni siquiera se le había ocurrido, por lo que bufó y dijo de mal humor: —No es el momento.

—Esto…, tienes razón… Perdóname. —Salió corriendo del lugar, dejando a Leon aún más descolocado que antes, sintiéndose culpable por el tono que usó para responderle.

Esa noche, una vez terminaron sus labores, el agente fue a la habitación de Noiholt y llamó a su puerta. Desde fuera podía escucharse a Rammstein y todo su esplendor de metal industrial interpretando la canción Sonne; tuvo que golpear varias veces hasta percibir que ella corría el pestillo. Entró rápidamente, cerró, miró a su alrededor y soltó un largo suspiro. Todo estaba oscuro a excepción del ventanal que adornaba la habitación, pues colaba una buena porción de luz lunar hacia dentro. Noiholt lo miró por encima del hombro, le hizo un gesto para que se sentara y caminó hacia el borde de dicho ventanal, lo suficientemente ancho como para que ella se sentara. Recogió las piernas y ahí se quedó, meciéndose suavemente al compás de la música, que sonaba muy fuerte, por eso no escuchó cuando Leon la nombró. Él mientras tanto buscaba la radio para bajarle el volumen; cuando lo consiguió —dejándola como sonido ambiente—, la habló de nuevo.

—Todo, Noiholt. Me gusta todo lo que hay en ti. ¿Por qué estás dudando?

—Vi cómo la mirabas. Tus ojos… Sé que todavía la quieres —largó de golpe y porrazo.

El agente retrocedió unos pasos, impactado por aquella afirmación.

—No lo entiendo. —Hizo un gesto disconforme mientras caminaba hacia Noiholt—. ¿Estás celosa?

—Sí… también, no sé…, no sé cómo me siento.

—Estoy contigo, no con Ada.

—Solo porque no la pudiste encontrar antes, pero ahora…

—Ahora, nada —remarcó la última palabra—. Que haya aparecido no significa que me vaya con ella. ¿Crees que te dejaría?

Noiholt le miró con una cara que reflejaba toda su preocupación. Tenía la boca apretada porque de lo contrario, sabía que empezaría a gritar y no había forma de que la conversación terminaba bien si perdía los estribos. Encogió los hombros, apoyando la cara en la ventana.

—Solo tú me importas —insistió Leon, usando la frase que ambos utilizaban para definir sus sentimientos.

—Pero todavía la quieres —volvió a decir.

Se contemplaron con tristeza por un buen rato, hasta que Rammstein dejó de sonar y fue reemplazo por Scorpions y su canción Send me an angel. Entonces, Noiholt negó con la cabeza.

—Por favor vete, necesito pensar.

—Bien. Adiós —dijo resentido.

Leon salió de la habitación sintiendo una dolorosa incomodidad. Le preocupaba que la muchacha tuviera razón con respecto a sus sentimientos por Ada, aun cuando él estaba convencido de que solo quería estar con Noiholt. No obstante, tenía muy claro de que necesitaba cerrar el capítulo con la espía para sentirse finalmente libre de Raccoon City.

Los días que sucedieron a aquel encuentro le parecieron amargos. Noiholt lo rehuía, todavía perturbada por lo acontecido, y él no sabía cómo hacer que las cosas volvieran a ser como antes. Se negaba a pensar que habían llegado a un punto de quiebre, pero también entendía que no le había dado a Noiholt la seguridad que necesitaba para continuar con él sin preocuparse de las nuevas circunstancias. El factor Ada había desencadenado un temblor que los sacudió hasta casi los cimientos, provocándoles problemas con tan siquiera una pequeña visita.

Por otro lado, Noiholt extrañaba a Leon con locura, mas no estaba dispuesta a hacer como si nada hubiera pasado. A veces le daban ganas de gritarle y otras, de preguntarle qué rayos pasaba por su cabeza. Por último empezó a bajar la guardia, creyendo que había reaccionado de manera ridícula ante la situación. Ada había vuelto, pero eso no cambiaba lo que Leon y ella tenían. No podía echar a perder la relación por culpa de sus miedos irracionales, así que resolvió dejar de cuestionarlo todo y simplemente disfrutar de él lo más que la misión les permitiera. Ya habría tiempo de conversar mejor las cosas.

Al menos, eso era lo que pensaba Noiholt al cuarto día de no hablarle al agente. Lo que no sospechaba era que esa noche tendría una conversación de lo más interesante con una visita que no esperaba recibir.

Aproximadamente a las dos de la madrugada, la alemana despertó casi ahogada por la hermosa pesadilla que le había regalado su subconsciente: una mezcla de imágenes donde se combinaba la muerte de su padre, de su madre, los zombis de Grüneger y otras cosas que prefería olvidar. Como si no fuera suficiente, el punto culmine de todo aquello consistió en otra pesadilla un poco diferente, en la cual ella presenciaba cómo Leon luchaba por retener a Ada, besándola con pasión frente a sus ojos. Fue en ese momento que consiguió despertarse, acezando como si hubiera corrido una maratón. Se restregó la cara con impaciencia, sobresaltándose al notar que alguien la vigilaba por la ventana.

Era Ada. Ella la había despertado golpeando el vidrio.

Noiholt la quedó mirando un momento, incapaz de dilucidar si seguía soñando o en verdad su pesadilla había traspasado dimensiones, hasta que la espía —colgada gracias a su lanzagrifos, enganchado quizás dónde— señaló con un dedo hacia abajo, invitándola a conversar de manera bastante sutil. Articuló un «te espero» y desapareció. Tan simple como eso.

La pequeña alemana bufó frustrada pensando si hacerle caso o no… pero la curiosidad era insoportable, por lo que tras una breve ducha se metió dentro del abrigo más cálido que tenía y salió del hotel. Conocía a la perfección lo caprichoso que podía ser el invierno alemán, por lo cual también vestía botas altas y un vestido negro de tela gruesa, ideal para el clima que enfrentaba. Caminó sin rumbo durante unos cuantos minutos disfrutando de las calles húmedas y el viento helado, hasta que se percató por fin de la presencia de Ada detrás de ella. Suspiró sin voltearse, pero la espía la atacó sin previo aviso. Noiholt percibió sus intenciones y la esquivó con rapidez, bloqueando un golpe que iba directamente a su nuca. Se agachó, alargando un brazo para golpear el estómago de Ada pero no llegó a concretarlo, pues ella era muy veloz. Ada se echó hacia atrás e hizo ademán de sacar su pistola, pero Noiholt la bloqueó de nuevo golpeando sus piernas para hacerle perder el equilibrio. La morena usó su mano y suspendió su figura en perfecta perpendicularidad, acto seguido cayendo suavemente sobre sus tacones. Intentó golpear a Noiholt otra vez, pero ella frustró todos sus intentos. Después de un minuto tratando de noquearse la una a la otra, se detuvieron frente a frente. Ada sonrió con manifiesta coquetería y la alemana volvió a apreciar lo hermosa que era, sabiendo que si la espía hubiera querido pelear en serio no habría podido hacer nada contra ella; su técnica era impecable, evidenciando con aplastante brutalidad que tenía años de experiencia practicando artes marciales y la aventajaba con suma facilidad.

—Solo quería saludarte, Noiholt —ronroneó.

—Hola.

Ada soltó una risita, observándola con curiosidad. Luego se reacomodó el traje y sacó una cigarrera plateada de un bolsillo. La mostró señalando hacia una banca que estaba tras ella.

—¿Fumas?

—Casi no —dijo Noiholt, algo sorprendida.

—Eso es más un . ¿Quieres un cigarrillo, nena?

Ella asintió, por lo que ambas mujeres caminaron hasta sentarse en la banca. Noiholt se quitó los guantes, recibió el regalo y lo miró con suspicacia, pero Ada volvió a reír acercándole un encendedor. Había algo en ella que le provocaba cierta sensación de confianza, por lo que dejó sus resquemores a un lado y compartió ese cigarrillo con la morena.

Pasó un rato en que ambas no dijeron palabra, tan solo disfrutaron de aquel tabaco de buena calidad. No obstante, Ada tomó la palabra cuando vio a la chica distraída.

—¿No me preguntarás por qué te llamé?

—No.

—¡Vaya! —Miró hacia el horizonte—. O hablas poco inglés, o eres de pocas palabras. —Noiholt hizo un gesto de desinterés que no fue captado por su interlocutora—. Bueno, de todas formas te lo diré: tengo información que podría serles de utilidad. Me interesaba ver si…

—¿Segura de que quieres hablar esto conmigo y no con Leon? —interrumpió, resignándose a que debía dejar a un lado su timidez y sostener una conversación normal con la mujer.

—Así que puedes hablar… —le guiñó un ojo—; en realidad prefiero dártelo a ti. A él podría incomodarle la forma en que conseguí todo esto. —Sacó un minidisco de su abrigo y se abanicó con él.

—No lo entiendo. ¿Estás con nosotros o… con ellos, o quien sea?

—Más bien diría que estoy conmigo.

—Entonces, es cierto que nunca respondes una pregunta con claridad… —miró el minidisco.

—Esa frase es de Leon. Tal vez se deba a que nunca me ha hecho las preguntas correctas.

—Puede ser. —Alzó la vista y escudriñó atentamente el rostro de Ada, analizándola, tratando de comprender por qué era así. Ella se dio cuenta pero no hizo nada, pues de cierta forma no tenía nada que ocultarle. Tras un minuto, la alemana suspiró—. Lo quieres —dijo en tono derrotado.

—¿Qué?

—A Leon. Le quieres.

—Y tú lo amas.

Noiholt no había querido darle un nombre concreto a sus sentimientos por el agente, pero pensó que Ada podría tener razón. A lo mejor ya se había enamorado de él, lo cual la ponía en una posición mucho más complicada. Bajó la vista y se rascó una rodilla, tan solo para distraerse.

—Es fácil quererlo… —musitó la alemana en voz baja. Ada asintió mientras la rubia añadía: —Él corresponde tus sentimientos.

—Da igual, nosotros no podemos estar juntos.

—¿Qué significa eso en verdad?

—Eres lista —reconoció arrojando su colilla al suelo; el frío de Múnich se encargó de apagarla por completo.

—La verdad es que no mucho. —Cruzó las piernas—. Sería más fácil para mí si no lo quisieras. Podría…, sería una competencia sin reglas…

—Pues yo no veo la diferencia; el resultado siempre sería el mismo para nosotros.

—¿Por qué, Ada? —la reprochó—. ¿Por qué lo dañaste así en Raccoon City?

—¿Eso piensas? —Negó un poco con la cabeza—. Te diré que le haría más daño si estuviera con él… Y déjalo ahí. —Se levantó de la banca y miró a la rubia casi con ternura—. Eres una buena chica —dijo dándole un par de toques en la cabeza—, estoy más tranquila ahora que te conozco.

—Me investigaste —aventuró un poco aturdida, luchando contra la pequeña flama de ira que se apoderó de su vientre al ver que Ada la trataba como si fuera una cría.

—Claro que sí. Tengo que saber quién está con él, porque es un hombre muy confiado.

—Coincido. —Escrutó a la morena un instante, luego suspiró—. Me caes bien, lo que hace esto todavía más difícil para mí.

—No digas tonterías. Él está contigo.

—Sí, pero… —vaciló. Leon había usado casi las mismas palabras con ella, lo cual aumentó su confusión. De pronto sintió ganas de gritar alguna cosa, lo que fuera, que la ayudara a botar toda esa tensión.

—Deja de pensar y disfrútalo, nena. —Su tono era de advertencia, como si en el fondo dijera: «Disfrútalo mientras puedas».

Noiholt apagó su cigarrillo y espiró el humo, acomodándose en su abrigo de piel sintética. Notó por primera vez en ese rato que estaba muerta de frío, pero era más que el clima: sentía hielo en su pecho, como si el invierno alemán se le hubiera introducido en las venas. Ada la hizo alzar el rostro tomándola por la barbilla, mientras le sonreía con gesto pícaro.

—Toma el minidisco. Revisa la información, o entrégasela a Leon sin verla; me da igual. —Noiholt asintió, recibiendo la pequeña cajita. Antes de que pudiera guardársela, Ada volvió a darle algo: era la cigarrera de plata—. Un regalo. Cuídalo… a Leon —terminó de hablar susurrando, dejando a un lado por pocos instantes la máscara que solía usar ante el mundo.

Esa frase se le clavó a la alemana directamente en el corazón. Asintió de nuevo, soportando el dolor que le causaba haber dado un vistazo al interior de la espía. Esa mujer tenía un no sé qué… No podía identificarlo, pero era algo muy poderoso que la hacía entender de manera primitiva por qué Leon estuvo tan obsesionado con ella. Tragó con lentitud, mordiéndose la boca por dentro. No sabía qué responder.

Ada sonrió de medio lado, sacó un aparato electrónico de su pierna y lo revisó. Alzó las cejas, mostrándose ligeramente sorprendida.

—Leon te está buscando. Deberías irte ya.

—¿Cómo sabes? —inquirió antes de ver el dispositivo. Cuando cayó en la cuenta de lo que ocurría, se pasó una mano por la cara con ánimo derrotado—. Ya iré, Ada. Necesito unos minutos a solas.

—No lo preocupes sin razón —musitó entre dientes.

—Es fuerte. Ha sobrevivido sin ti —comentó amargamente—. Quiero estar sola, por favor.

Como la voz se le quebró en aquella última palabra, Ada se envaró de inmediato. Temiendo que la chica pudiera empezar a llorar, se levantó de la banca y se despidió con un gesto rápido. Corrió, enganchando su lanzagrifos en la cornisa del hotel, elevándose con rapidez, cambiando de objetivo como si fuera un artista circense. Se alejó a toda prisa porque odiaba sentirse culpable por haber dañado a la pequeña alemana. No quería herirla, y no comprendía la causa. Articuló una palabrota, pero no se detuvo. Desapareció en el mismo silencio con que había llegado.

Por otro lado, Noiholt esperó hasta asegurarse de que estaba sola. No había mucha gente que paseara a esa hora de la madrugada por las calles de Múnich, menos aún con el clima que los acompañaba; no obstante, ella esperó. Y cuando estuvo segura de que nadie la veía, escondió la cabeza en el gorro peludo de su abrigo y comenzó a llorar con desconsuelo contra las palmas de sus manos. Se sentía bastante patética por hacer eso, pero no tenía cómo evitarlo. Chilló de pena y de rabia por la situación… ¿Por qué no podía mantener una relación normal con Leon? ¿Por qué tenía que existir una tercera parte? Y para peor: esa tercera parte ni siquiera era malvada. Era una mujer que se mostraba fría, sí, que había dañado a Leon para protegerlo, sí, muy claro. Pero por encima de todo aquello, Noiholt sabía con certeza que Ada era una buena persona. Y eso la hería más.

Volvió a sollozar, ahora levantando la cara y mirando hacia el horizonte. Las lágrimas se deslizaron libremente por su rostro de porcelana, cayendo por su cuello, manchándole la ropa. «Maldita sea mi suerte», pensó desolada. Encima de todo, Leon estaba buscándola. Ni siquiera podía volver tranquila a seguir llorando en su cama, no, tenía que enfrentar las preguntas de su pareja. ¿Por qué estaba despierto a esa hora? ¿Le habría avisado Ada de alguna forma? Inevitablemente la curiosidad pudo más que la pena, por lo que transcurridos algunos minutos de más llanto melodramático, Noiholt finalmente se limpió la cara con los guantes que se había quitado para fumar y comenzó a considerar que debía dejar de huir. Tras cuatro días sin dirigirle la palabra a Leon, volvió a pensar que su actitud era ridícula y no los ayudaba en nada a que la relación funcionara. Sentía que él la tomaba como un premio de consuelo por no tener a Ada, pero por otro lado esa impresión también podía deberse a sus propias inseguridades. En fin; que no tenía cómo saberlo si no se comunicaban, por lo cual se levantó de la banca y caminó sin prisas de vuelta al hotel, deseando que tuvieran una conversación decente a pesar de la hora.

.

.

Leon se paseaba como animal enjaulado en el lobby del lugar, preguntándose a dónde rayos podría haber ido la chiquilla y por qué carajos salía a pasear en la madrugada. Estaba preocupado y también un poco enfadado; lo cierto era que Leon —consciente de que las pesadillas de Noiholt solían seguir cierto patrón— había decidido ir esa noche a ver que estuviera durmiendo bien. No contaba con que al asomarse a su ventana, encontrara la cama vacía. Esperó a que volviera, pero los minutos transcurrieron y todo siguió igual. Cuando bajó a la recepción del hotel, aproximadamente a las dos veinticinco, le informaron que la señorita Maüser había salido hace media hora más o menos a dar un paseo. Leon apretó los dientes con fuerza pensando en ir a buscarla, cuando la vio entrar rápidamente. Ella lo miró, y a través de la distancia, pudo percatarse de la confusión que sentía. Sus ojos transmitían un hondo desasosiego. Vio que le hacía un gesto con la cabeza, llamándolo sin palabras, así que caminó en su dirección hasta darle alcance. Noiholt ya había tocado el botón del ascensor, por lo que solo restaba esperar que este arribara… y parecía demorarse una eternidad.

Una vez que Leon llegó a su lado, la tomó de un brazo para poder hablarle. Pero cuando Noiholt alzó la vista y le mostró su rostro, comprendió que estaba mucho peor de lo que había creído.

—Mierda —maldijo él con voz estrangulada, detectando el rastro de lágrimas que aún tenía bajo los párpados inferiores. Peor aún: su cara estaba más pálida que nunca, sus ojos relucían hinchados, enrojecidos, y tenía los labios prácticamente azules—. Estás al borde de la hipotermia.

Noiholt sintió un escandaloso deseo de salir corriendo, de no enfrentar más la mirada acusadora de Leon, de desaparecer y no tener que volver a preocuparse por Ada…

El ascensor apareció en ese instante. Leon la metió en él y pulsó el botón del piso al que iban. Nunca le había parecido tan lento un elevador, pues las puertas se cerraron con tanta parsimonia que casi le pareció una burla directa a su persona.

No pudiendo contenerse más, el agente jaló a Noiholt del brazo que aún tenía cogido y la acercó a su pecho, abrazándola al tiempo que apoyaba su barbilla en la cabeza de ella.

—Háblame, por favor —suplicó Leon, notando tras unos segundos que la alemana le rodeaba la cintura con los brazos—. No me avisaste que habías salido… ¿Y si te hubiera pasado algo?

Para eso, Noiholt no tenía respuesta. Comprendía su preocupación pues el trabajo que desempeñaban los dejaba expuestos en muchos sentidos. Sacudió la cabeza y la hundió más en su pecho, sintiendo un poco de calor por primera vez en mucho rato. ¡Cuánto lo había echado de menos esos días de silencio! Era insoportable. Se dio cuenta de que lo amaba mucho más de lo que creía, por lo que aparte de todas las sensaciones que ya acarreaba el miedo volvió a hacerse presente con más fuerza que antes. Sí, lo quería, pero eso no arreglaba el efecto que el huracán Ada había tenido en ellos.

Cuando el ascensor se detuvo, Leon la condujo a su habitación pues tenía la chimenea encendida. Cerró la puerta con suavidad y guió a la chica hasta el fogón, que ardía intensamente. Le quitó el abrigo, lo arrojó a la cama y le acarició los hombros, tratando de calentarla con la fricción de sus manos. Al ver que ella comenzaba a tomar un poco de color, la dejó para ir a buscar un vaso de brandy; comenzaba a necesitarlo porque presentía que tendrían una conversación algo complicada.

Cuando Leon volvió ya sorbiendo su bebida, vio que Noiholt le tendía una cajita transparente. La tomó.

—¿Y esto? —murmuró cambiando el ángulo del plástico, dándose cuenta que se trataba de un minidisco.

—Es para ti —la voz sonó ronca—, me lo dio Ada.

Leon la miró con la boca abierta. ¿Qué? ¿Cómo, cuándo? ¿Ahora que ella estuvo afuera? ¿O alguno de los días anteriores? Se encontraba muy confundido. No sabía qué decir, pero Noiholt continuó hablando sin darle tiempo a preguntar nada: —Tienes que verlo. Dijo que era información importante para tu misión.

—Olvídate de eso, ¿estuviste con Ada? —inquirió casi sin aliento.

—Perdona por no avisarte para que te unieras a nosotras. —Hizo un gesto de desagrado al tiempo que retorcía las manos.

El dolor en la voz de la alemana fue como una descarga para él, que frunció el ceño como si no pudiera creérselo. Dejó el vaso a un lado y se dio golpecitos en los labios con la cajita plástica, intuyendo que tal vez Noiholt estuvo fuera ese rato por Ada… mas la pregunta del millón continuaba inquietándole: ¿por qué?

Ambos amantes se desafiaron en silencio por alrededor de un minuto, hasta que Leon no pudo más y se apartó. Caminó hacia su computador portátil, insertó el minidisco en él y tomó asiento para revisar el contenido. No se molestó en comprobar que Noiholt seguía detrás de él porque lo sentía; percibía su presencia en la espalda. Chequeó los archivos que contenía el dispositivo, constató que efectivamente era de gran ayuda para la misión y finalmente apagó el computador cuando no tuvo más que ver. Una parte de su cerebro estaba procesando la información, pero la otra continuaba en shock. Noiholt y Ada juntas, hablando o lo que fuera que hicieran… le inquietaba; era como si distintos lados de él colisionaran como dos planetas en el espacio. Mientras Leon continuaba divagando, la alemana retrocedió unos pasos. Pero no alcanzó siquiera a acercarse a la puerta, pues Leon la atajó de inmediato cortándole el paso; no vio lo rápido que se había levantado de la silla.

El agente se puso delante de ella con los brazos cruzados, revelando su profundo disgusto ante la situación.

—Ni se te ocurra huir de aquí —la advirtió. Cambió la postura a una más relajada, con los brazos en la cintura, viendo que Noiholt se erizaba como si fuera un animal acorralado—. ¿Por qué saliste sin avisarme?

—Porque iba a estar con Ada.

—Ah, gracias, eso lo explica todo —dijo con acritud. Le estaba costando bastante controlar el tono de voz—. No puedes hacer eso de nuevo, ni a mí ni a la misión. ¿Es que no entiendes lo peligroso que es este mundo para nosotros?

—No se me ocurrió pensar en eso cuando ella me pidió que habláramos.

—Brillante. ¡Fantástico! —exclamó, de nuevo tratando de contenerse.

—Vete a la mierda, Leon. —Los celos estaban haciendo un agujero en su pecho, impidiéndole conversar con él como había planeado.

—No me vengas con eso. Llevas cuatro malditos días sin dirigirme la palabra, ¿qué rayos esperas?

Noiholt inspiró hondo. En sus dos meses de relación, no había tenido oportunidad de contemplar a Leon tan enfadado, ¿era por su culpa, o estaba molesto porque no vio a la espía? El solo pensar en ello hizo que le hirviera la sangre.

—Lamento que perdieras una oportunidad de ver a tu querida Ada. —La frase salió de su boca con más dureza de la que pretendía, pero realmente no podía evitarlo.

—¡No es eso! —Estaba perdiendo la batalla contra sus nervios, lo sabía, pero no comprendía por qué le costaba tanto a Noiholt entender lo que le fastidiaba en verdad. Cambió el enfoque del problema al plantearlo desde otro ángulo—. Desde que la conociste me apartaste como si fuera un jodido estorbo. Explícame qué rayos te pasa, porque me he devanado los sesos pensando y no encuentro una respuesta. Dímelo tú, o esto —señaló a ambos con un dedo— no va a funcionar.

Noiholt apretó la mandíbula. Quería decirle muchas cosas, pero no encontraba las palabras adecuadas. ¡Era tan fácil que se malinterpretaran sus dudas, sus miedos! Más aún cuando parecía haberse enamorado de él…

—Mira… —empezó despacio, escogiendo cada vocablo con cautela—, ella te quiere; tú la quieres. Pude sentir su química cuando estuvimos los tres en ese estacionamiento. No me interrumpas —dijo al ver que Leon abría la boca para protestar—, necesito decírtelo: no soporto pensar que estás conmigo porque no puedes estar con ella. Me duele ser tu premio de consuelo. —Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando terminó de hablar. No quería llorar de nuevo, pero le estaba costando un trabajo impensable.

—Yo no…

—Si llegas a decir «no la quiero» me largo de aquí, Leon. Cuidado —le previno, secándose las mejillas rápidamente.

—Ella fue parte importante de mi vida; algo que ni siquiera puedo comprender. Tú sabes todo eso, pero también sabes que quiero estar contigo. Solo contigo —recalcó.

—Te tengo a medias…

—No es verdad. ¿Cómo vas a ser un premio de consuelo? ¿Tan poca autoestima tienes?

—Mi autoestima no tiene nada que ver. Si me vieras con un ex novio y detectaras que aún hay temas pendientes entre nosotros; que cuando estamos juntos parece que todo fuera a estallar en llamas alrededor… ¿cómo te sentirías? ¿Pensarías que sobras? Pues así me siento.

—Vale, creo que entiendo un poco por dónde va tu problema —habló con suavidad, algo más tranquilo por saber al fin qué pensaba Noiholt. Sin embargo, su incordio creció más en ese instante. ¿Tendría ella razón?

—Me muero de celos… tú sabes que…, Himmel, esta situación me tiene enferma.

—Lo lamento. —Era una disculpa sincera, desde el fondo de su corazón—. Siento haber sido tan idiota contigo.

—Yo no lo he hecho mejor que tú… también lo siento —susurró mientras una lágrima escapaba de su ojo izquierdo. Él se la secó rápidamente con el dorso de la mano—. No quiero perderte, Leon.

—Mírame bien… solo tú me importas, no lo olvides.

Noiholt sabía que esa era su manera de decirle te quiero, pero, por primera vez, deseó escuchar las palabras exactas, sin eufemismos. Avanzó unos pasos experimentando lo mismo que él en ese momento: amor, necesidad, deseo. Todo junto. Entonces, se arrojó de pronto hacia Leon echándole los brazos al cuello, colgándose de su anatomía, y lo besó con brusquedad. Introdujo su lengua en él a la fuerza, mostrándole lo mucho que le quería y el daño que sentía adentro. Quería hacerle partícipe de todo lo que no podía explicarle, de sus sufrimientos que ella consideraba ridículos; de todo. Le mordió la boca, percibiendo que él respondía de la misma manera. Se sintió perdida, porque asimiló que no le era posible apartarse de su lado. Lo necesitaba tanto como al oxígeno; volvió a asustarse de cuánto le importaba en verdad.

Leon dejó de ser cuidadoso casi al inicio de aquellos besos cargados de desesperación. Empotró el pequeño cuerpo de Noiholt contra la pared y allí metió las manos por debajo de su vestido, acariciándola sin preocuparse de nada. Se deslizó a través de su ropa interior masajeándole los senos, los glúteos, bordeando su sexo peligrosamente. Estaban al borde del abismo, haciendo equilibrios en la cuerda floja que definía sus sentimientos. Leon era un jodido laberinto emocional, y Noiholt se había perdido en él inexorablemente.

Con gran esfuerzo, la chica lo apartó cuidadosamente.

—Si vas a hacerme el amor que sea a mí, no a ella —resolló desesperada.

Leon despertó con esas palabras. Quería hacerla suya desde hace semanas, pero comprendió que ese no era el momento. Aún tenían que superar a Ada… él tenía que superarla. Se distrajo pensando que, si tomaba a Noiholt ahora, como estaban las cosas entre ellos, nada saldría bien al final por lo cual bajó los brazos y asintió en silencio.

—Te deseo a ti, Noiholt —afirmó—, quiero hacerlo contigo… Pero ahora estás demasiado confundida, y no voy a aprovecharme de eso. Será cuando te sientas segura de nosotros.

—Gracias.

La alemana volvió a besarlo, esta vez solo con amor. Le acarició la cara áspera y se despidió murmurando un «buenas noches» que sonó triste. Seguían en la cuerda floja.

Volvió a su habitación, se recostó sobre la cama y se cubrió la frente con un brazo. Suspiró largamente, pensando en lo extraña que había sido esa noche. Ya eran casi las cuatro de la madrugada, y tenía mucho que analizar.

Se giró hacia un costado y cogió una almohada para abrazarla. Leon… Leon Kennedy. Echaba de menos dormir con él. La almohada era demasiado blanda como para fingir que lo tenía a su lado, y lo peor de todo: el hombre que ocupaba su mente estaba a escasos metros de distancia. Maldijo en silencio.

Volvió a ponerse de espaldas, soltando la almohada. Sin proponérselo, una de sus manos viajó por su cuerpo, deslizándose por su vientre hasta alcanzar su monte de venus. El ardor que le había dejado su encuentro no parecía esfumarse, por lo cual se concentró en conseguir algún alivio, aunque fuera momentáneo. Evocó el rostro de Leon, su cuerpo duro, esculpido, aquellos abdominales que la mataban de pasión, sus piernas… la forma en que su miembro erecto presionaba contra la tela del pantalón cada vez que se acariciaban durante esas sesiones de besos que deberían estar prohibidos… Se le hizo agua la boca de pensar cómo debía ser succionarlo, besarlo, morderlo despacio.

Jadeó mientras sus manos presionaban aquel punto erógeno que tan bien conocía. Se acarició sin prisas, trazando círculos sobre su sexo, ansiosa y a la vez disfrutando, imaginando que era él quien la masturbaba; que era él quien la llevaba al orgasmo una, dos, tres veces, o más. Fantaseó con que Leon usaba sus manos grandes y ásperas para abrirle las piernas e introducirse en su interior, también que le mordía las orejas, los pezones, que continuaba pasándole la lengua por todo el cuerpo hasta llegar a su centro y, una vez allí, lamería con ímpetu hasta hacer que se corriera. Volvió a jadear aumentando el ritmo de sus dedos hasta que alcanzó el orgasmo, y no estuvo satisfecha hasta que consiguió otro que la dejó agotada. Se sintió algo patética, pero según su criterio ya llevaba días comportándose de manera estúpida así que no se lo cuestionó más. Leon podía querer a la espía, pero ella conseguiría ser la persona a quién él amara definitivamente; no se iba a rendir, lucharía por tenerlo con uñas y dientes. Sonrió en la penumbra, notando lo decidida que se encontraba. Por primera vez, iba a plantarse y a pelear por algo en vez de huir; toda una novedad en su vida. Con eso en mente, se durmió de pronto y su subconsciente la dejó en paz por el momento, pues aún quedaba mucho camino por delante.

Leon, por otro lado, no consiguió pegar ojo en toda la noche. Dio vueltas en la cama, inquieto, preguntándose hasta dónde tendría razón Noiholt en lo que le planteó. Reflexionó acerca de sus sentimientos por ambas mujeres; con una se obsesionó hasta lo inverosímil y con la otra… Eran muy diferentes, y por tanto lo que sentía por cada una también lo era. Ada despertaba en él un deseo irracional, y Noiholt lo complementaba de formas que jamás hubiera imaginado. De esa forma se le fue la noche y llegó el amanecer, pero seguía confundido. Necesitaba definirse de una vez, pues de lo contrario, no tendría futuro con ninguna mujer que llegara a su vida.

Se levantó de la cama y fue directo a la ducha. Debía enfrentarse a un nuevo día de trabajo con la mejor cara posible; al menos Noiholt volvería a dirigirle la palabra. Le dolía que fuera infeliz por su culpa, y si quería que todo saliera bien tendría que esforzarse por darle seguridad.

Más tarde, cuando se reunió con su equipo para planear sus labores —ahora contando con la nueva información cortesía de Ada— todo parecía estar igual que siempre. No obstante, hubo un detalle que no pasó por alto: la muchacha alemana, en cuanto David y Robert se adelantaron a buscar el vehículo, le dedicó esa mirada que él echaba tanto de menos… esa que lo inundaba de ternura; esa que gritaba te quiero desde el fondo de su alma.


[1] N. de la A.: Información tomada de una guía en japonés de Resident Evil. No se sabe si es canónico, pero creo que pega bien en la historia.

[2] N. de la A.: El apellido de Noiholt se pronuncia «móser», pero Robert al haberlo escuchado mal de otras personas lo dijo similar a como se escribe, es decir, «máuser».

[3] Frase tomada de Leon en el Resident Evil 6.