N. de la A.: ¡Bienvenidos al nuevo capítulo de Muro! XD ajajajajajaja, gracias a todos los que se dan el tiempo de leer cada capítulo, extenso como un testamento :P
Parece que ahora sí hay lemmon. ¡Ya era hora! Me estaba impacientando que esos dos no concretaran sus deseos, por dios xD

Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom, excepto la lunática Noiholt Maüser, esa chiquilla sí que es mía x'D

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Capítulo 5: Armadura de aluminio.

Múnich, Alemania. Día 15 de abril del año 2000.

Las horas siguientes corrieron de manera vertiginosa. El día comenzó con ciertos rumores de infiltrados en las instalaciones de la compañía, situación que casi le provocó una úlcera a David Ortiz. Corrían peligro de ser descubiertos y permanecer en el ojo del huracán era pésima idea, por lo cual apenas pudo escapó al baño argumentando que la cena no le había caído bien; una vez dentro redactó un rápido mensaje a su superior: «Se comenta que hay infiltrados. Favor instrucciones». Tras enviarlo, pasó un rato sentado en el inodoro pensando que su malestar estomacal comenzaba a ser bastante real. En otras circunstancias ni siquiera se habría inmutado, pero a raíz de todos los descubrimientos que realizó —experimentos biológicos con animales y, muy probablemente, también humanos— se encontraba particularmente sensible con el tema; pensar que podría terminar como alguno de aquellos horríficos infectados, que solo conocía en fotos, era suficiente como para que se le descompusiera el cuerpo.

En los subterráneos del edificio, Leon leyó su PDA con el ceño fruncido. Aquel mensaje enviado por David parecía bastante desesperado y a sus ojos no había que preocuparse aun. No obstante, tampoco era necesario arriesgarse puesto que la información proporcionada por Ada adelantaba muchos días de investigación. Contestó con un escueto «Reunámonos en el piso -3», guardando el PDA al instante después de enviar el mensaje. No hicieron falta más de quince minutos para tener a David, Robert y Noiholt esperando por él en el lugar acordado.

—Ha llegado el momento de proceder como acordamos antes de comenzar la misión —mencionó Leon apresuradamente—. Debemos llevar muestras de los experimentos, por lo cual haremos la visita de cortesía que teníamos planeada. Blatstein, tú vendrás conmigo. Ortiz, llévate a Maüser. Aquí están las rutas que seguiremos; apéguense a las instrucciones y no actúen de manera imprudente. —Comparó ambos trayectos deslizando su dedo índice por la hoja de papel, resiguiendo el camino que uniría ambos equipos—. Este es el lugar donde nos juntaremos. Si necesitamos refuerzos debemos contactar a Hunnigan. Tengan cuidado, muchachos.

—Sí, señor —dijo David, entusiasmado por estar a solas con Noiholt aunque fuera durante la misión. Tal vez tendría una buena oportunidad de mostrarle sus sentimientos y ver si, esta vez, podía ser correspondido.

La chica alemana ocultó su preocupación ante sus compañeros sin problemas, pero tomó fuertemente la mano de Leon cuando los demás les dieron la espalda. Era una despedida sin palabras y sin resentimientos; todo lo que había sentido los recientes días quedaba en último plano ante la aterradora idea de perderlo. Caminó sin ánimo tras David, el cual se giró hacia ella de pronto, impidiéndole recomponerse antes de enfrentarse a la pregunta de rigor: —¿Qué te ocurre?

Noiholt tragó saliva antes de contestar: —Nada.

—No es necesario que finjas conmigo, es tu primera misión y sin duda tienes miedo. Pero no te preocupes, que yo te protegeré —habló apasionadamente, con un ligero rubor luchando por asomar en su piel tostada.

Noiholt sonrió sinceramente tras ese comentario. Aunque David no le caía muy bien, principalmente por su obstinación con ella —que se le antojaba más un encaprichamiento que real interés romántico—, le pareció agradable contar con un compañero que estuviera tan dispuesto a cubrirle las espaldas. Por el motivo que fuera, este hecho consiguió tranquilizarla un poco. Asintió para luego señalar el camino que debían seguir con una mano.

Lejos de allí, Leon y Robert se deslizaban sigilosos por los pasillos inferiores de la compañía. Tuvieron buena suerte casi al inicio de la carrera, pues dieron con una misteriosa oficina escondida tras unos estantes llenos de libros médicos. El agente americano sopló hacia arriba revolviéndose el flequillo, pensando en cuánto se parecía aquello a su peligrosa aventura en el edificio de la extinta RPD. Hizo un gesto con los dedos para que su compañero le abriera la puerta y así entrar apuntando de inmediato; no encontraron nada sospechoso más que unos computadores de escritorio con la imagen de Umbrella como protector de pantalla.

—Hijos de… —siseó Robert.

Sshh, espera que salgamos. —Leon tecleó rápidamente para ingresar a los archivos protegidos y se encontró con que debía desencriptar una contraseña. Abrió uno de los bolsillos de su chaleco para tomar el disquete que Hunnigan había preparado con anticipación para esos casos, introduciéndolo rápidamente en el computador. —Bendita seas, mujer —dijo en voz baja, observando que el hackeo ya estaba marchando con éxito.

—Escucha, Kennedy: son pasos.

—Mierda —agudizó el oído y supo que Robert tenía razón—. Ponte detrás de la puerta —articuló con urgencia.

Pero aquellos pasos pronto se convirtieron en una rápida carrera. Nadie ingresó a la oficina donde se escondían; Leon entreabrió un poco la puerta y vio pasar una bata blanca, rápida como alma que lleva el diablo. ¿Estaba ocurriendo algo que no sabían?

—No me gusta… —Guardó de nuevo el disquete en su chaleco y tomó otro diferente para proceder a rescatar los archivos desencriptados, trámite que no le tomó más de tres minutos. Una vez estuvo listo, apagó la pantalla. Redactó un mensaje rápido a Hunnigan para que enviara refuerzos, de acuerdo al plan original, y guardó su PDA. —Vamos, Blatstein. Ahora haremos nuestro acto de desaparición —dijo con sorna mientras abandonaba la oficina.

Robert sonrió torcido, feliz por estar cerca de terminar la misión. Tenía unas ganas locas de hacer el amor con su ex esposa y pasar una tarde entera jugando Nintendo 64 con su pequeña hija Stephanie. Qué diablos, David también tenía que estar presente.

Estaba pensando en ello cuando un extraño chasquido llamó su atención. Leon, quien avanzaba delante de él, adoptó una postura defensiva que le hizo envararse de inmediato. Abrió la boca para preguntarle la razón de su actitud, mas no alcanzó siquiera a pronunciar una sílaba. Ante ellos apareció una enorme mancha de sangre en la pared más próxima… Viéndolo mejor, explosión sería la palabra más adecuada. Aquel líquido vital coloreaba la muralla con una preciosa escena dantesca, en brillante color carmesí. Robert se tapó la boca con una mano.

—¿Pero qué…? —No alcanzó a formular la pregunta, pues el chirrido de hace un rato volvió a sonar.

—Silencio —ordenó Leon, que había conseguido identificar el origen de ese molesto sonido.

Tenía que ser un licker. No había otra opción. Pudo percibir sus garras ensangrentadas luchando contra la suavidad de las baldosas, seguido de un goteo que podía ser saliva o más sangre, y por último un duro golpetazo de peste a muerte lo hizo retroceder algunos pasos. La buena ventura que los había acompañado se esfumó de un plumazo, mostrándoles que nada podía escapar a los ojos de Umbrella. Iban a pagar por el atrevimiento de espiarlos, de eso no cabía duda.

Robert se cubrió la nariz con la parte interior del codo. Miró a su superior, que con gestos repitió la orden de que mantuviera la boca cerrada. «Está preocupado… ¿Qué queda para mí?»pensó desolado el pobre canadiense.

Los exasperantes chasquidos del licker se hicieron cada vez más sonoros, hasta que de pronto ocurrió lo que Leon esperaba: se mostró ante ellos cuán grande era. Giró la cabeza en varias direcciones, como si estuviera oyendo, pero gracias a la precaución de Leon no pudo escucharlos debido a que los sentidos de esa especie de BOW eran pésimos: ciegos y casi sordos. Tras unos segundos de pánico en que temieron haber sido descubiertos, pudieron respirar con cierto alivio cuando vieron que el monstruo daba un salto hacia el techo y continuaba reptando en dirección desconocida. Para Robert, aquella visión fue peor que su primera vez viendo la película Trainspotting. Se quedó más quieto que antes y apretó la boca con fuerza, percatándose unos instantes después que el licker se había detenido justo arriba de su cabeza, botando saliva y fluidos que cayeron justo en su pelo. Leon lo miró con horror —secretamente agradecido de que no le hubiera tocado a él—, asustado de que el joven pudiera reaccionar de alguna manera que delatara su posición. La tortura era casi insoportable, mas por fortuna no duró tanto como pareció. Pronto, el licker se aburrió y continuó su camino ingrávido, desplazándose con rapidez por el techo.

Ambos agentes comenzaron a respirar de nuevo casi de golpe.

—¿Qué rayos… era eso? —jadeó Robert.

—Un licker. Son extremadamente peligrosos, así que larguémonos de aquí cuanto antes sin hacer ruido. Envíale un mensaje a Ortiz para que también tenga cuidado.

—Sí, señor. —Tomó su PDA para cumplir la orden mientras caminaban sigilosos en busca de la salida más próxima. El pobre canadiense intentaba no pensar en su cabello pegoteado, pero se le estaba haciendo muy difícil luchar contra las náuseas; el olor putrefacto de la sustancia era demasiado fuerte como para ignorarlo por completo.

Apenas ambos agentes consiguieron relajarse un poquito, pensando que el licker ya no los volvería a molestar en un rato, todo se volvió literalmente rojo a su alrededor: las alarmas se activaron por razones desconocidas, lo cual consiguió pintar el ambiente de un color infernal. Y, como si todo aquello no fuera suficientemente malo, el licker que estuvo a punto de dejarlos en paz se volvió loco con el ruido y chilló bestialmente, para luego reptar con velocidad impensada por el cielo del lugar.

—Corre, Blatstein —susurró Leon—, y si te lo indico, date la vuelta y apunta rápidamente a la cabeza… de lo que sea que nos persiga.

Robert asintió frenéticamente, sin decir palabra. Tenía miedo de despegar los labios y ponerse a gritar con tanta saña como el monstruo que amenazaba sus vidas, pero su superior no le dio tiempo de pensar mucho pues salió corriendo, enganchándolo de un brazo para que lo siguiera. De pronto, Leon se giró hacia atrás y acertó un disparo justo en el cerebro descubierto del BOW… Lo cual no consiguió matarlo, pero sí volverlo aún más loco. En ese momento el ruido de las sirenas jugaba a favor de los agentes, pues conseguía mantener al lickerconstantemente confundido, sin saber hacia dónde correr ni identificar de qué dirección provino aquel disparo.

Leon pensó que ese era el momento perfecto para intentar una movida desesperada.

—¡Ahora, Blatstein!

Su compañero no lo dudó un instante: sacó la TMP que portaba en el costado y vació todo un cargador en el cuerpo del bicho, conteniendo el temblor de sus manos, escupiendo maldiciones a diestra y siniestra. Avanzó unos pasos y volvió a disparar tras usar una nueva recarga.

—No te acerques a él —le previno Leon, pero Robert no estaba de ánimos para hacerle caso.

—¡Por tu culpa voy a tener que raparme, maldito bicho de mierda! —gritó mientras comenzaba a darle de patadas al cuerpo, aparentemente inerte.

—¡Robert! —El rubio se percató del ligerísimo movimiento en una de las extremidades del licker y temió lo peor—. ¡Vuelve aquí, Robert!

Leon corrió hacia su compañero con la intención de jalarlo hacia atrás, pero el chupador se levantó bruscamente y alzó una de sus garras, hiriendo al canadiense al instante al atravesarle limpiamente el estómago. Luego, su lengua se estiró como un chicle pútrido enroscándose en su cuello y rompiéndolo, terminando así con su vida.

—¡No… no! ¡Monstruo maldito! —gimió Leon desde el fondo de su garganta, como si sus cuerdas vocales fueran lentamente desgarradas con cada grito de impotencia que no podía contener.

Aún no se había recuperado cuando notó que una flecha se clavaba justo en medio de la cabeza del licker, consiguiendo que por fin cayera definitivamente al suelo. Leon reconocería una de esas flechas aunque estuviera vendado, por lo que no se sorprendió en absoluto de que Ada Wong y sus caderas de infarto tomaran lugar a su izquierda.

—Deja de acosarme. Aún tengo contactos en la policía como para conseguir una orden de alejamiento —musitó con voz quebrada. No estaba de ánimo para ninguna cosa en ese momento.

—No te creas tan importante —ronroneó de vuelta.

Leon se pasó una mano por la cara antes de añadir en tono suplicante: —¿Por qué lo haces, Ada? ¿Por qué le diste ese mini disco a Noiholt?

—Te debo algunos favores desde Raccoon City.

—Mejor envíame una tarjeta de navidad.

—Escribir no me va.

Ambos se observaron con evidente intensidad, a pesar de la molesta alarma que resonaba sin descanso y del color rojo que teñía inclemente los alrededores. En ese momento, David y Noiholt hicieron aparición en la escena; esta última primero se fijó en la proximidad de la espía a su hombre, lo que la obligó a apretar la mandíbula con furia. Pero no tuvo tiempo de pensar mucho en ello, pues el joven latino ahogó un grito y salió corriendo hacia Robert, llamando la atención de todos los presentes.

—¡Rob! —chilló David, cayendo de rodillas junto al cuerpo sin vida de su mejor amigo. Le tomó una mano y comenzó a rezar por el descanso de su alma, manteniendo a raya la desesperación que le inundaba el pecho.

—Lo siento mucho, Ortiz.

—Gracias, Kennedy. —David cerró los ojos de Robert y continuó rezando, pero las lágrimas que caían implacablemente por sus ásperas mejillas se colaban en su garganta, impidiéndole hablar en voz más alta que un susurro quebradizo.

Noiholt observó la escena, sintiendo que los ojos se le empañaban lentamente. Se dio cuenta de que, muy a su pesar, guardaba cariño por el fallecido canadiense y no pudo evitar cuestionarse si ese era el destino que les deparaba a todos los agentes que se enfrentaran a Umbrella. ¿Y si perdía a Leon? La idea le causó un pequeño ataque de terror. Él tenía razón cuando le dijo que ver morir a sus compañeros era una de las peores cosas a las que debía enfrentarse en su trabajo. Se mordió la boca mientras pensaba en una plegaria silenciosa para Blatstein: «Aunque no creo en Dios, sé que estarás bien. Buen viaje». Una lágrima resbaló por su rostro; se la secó con rapidez consciente de la presencia de Ada. Esa mujer no debía verla sufrir, aunque no fuera por causa de Leon. Sin proponérselo, Noiholt terminó mirando a la espía directamente a los ojos; esta se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa que parecía transmitir cierta culpa. ¿Por qué?

En ese momento, David se secó la cara y suspiró. Tomó el Gameboy de Robert desde uno de sus bolsillos para guardarlo en su chaqueta, cumpliendo una de las tantas promesas que hicieran muchos años antes de conocer que existían experimentos biológicos; promesas que sellaron con un apretón de manos cuando aún eran jóvenes apasionados por la vida, bebedores de cerveza y despreocupados ante el futuro. Promesas que David nunca olvidó y que estaba más que dispuesto a cumplir.

Tras una pausa, el puertorriqueño volvió a registrar los bolsillos de Robert y encontró lo que buscaba: una pequeña fotografía tipo pasaporte de una niña que no tendría más de cuatro años: era Stephanie, la hija de Robert.

—No te preocupes por ella, la cuidaré como si fueras tú, hermano —murmuró con voz trémula, teñida de emoción.

—Él… era… padre… —Noiholt no cabía en su sorpresa. Jamás se lo habría imaginado; el judío no entraba en la descripción de un hombre de familia según su opinión… y resultaba que sí lo era. ¡Maldita sea, otra pobre niña crecería sin su padre, tal como ella!

—No sé por qué te sorprende tanto, Maüser. Lo habrías sabido si no te hubieras negado a tratarnos como seres humanos en vez de unos jodidos leprosos.

La alemana retrocedió como si le hubieran escupido el rostro. Tal dureza en las palabras de David era algo para lo que no estaba preparada.

—No te desquites con ella, Ortiz; todos estamos nerviosos —intervino Leon a favor de su chica. El latino respondió con un gruñido roto.

—Siento mucho tu pérdida… —a Noiholt se le quebró la voz con esa última palabra, mientras un torrente de lágrimas caía por su rostro al recordar cómo se sintió cuando mataron a su padre, lo perdida y sola que estuvo… Sorbió por la nariz bajo la atenta mirada de su novio, que no comprendía su llanto aunque tenía una idea al respecto.

David mordió su carnoso labio inferior, arrepentido por sus crudas palabras contra la pequeña rubia que ocupaba la mayoría de sus sueños húmedos. Tragó saliva.

—Perdona, Noiholt —dijo usando su nombre de pila por primera vez. Caminó hacia ella y le agarró una mano, con tal ímpetu que la impidió apartarse—. No debí hablarte así. ¿Sientes esto…? —Acercó la pequeña palma femenina hacia su corazón, que latía rápido como el de un pajarillo—. Está roto, baby. La mitad de mi vida se fue con él, con mi hermano. ¿Lo entiendes?

—Sí, sí —asintió frenéticamente. No quería herir más los frágiles sentimientos de David, que ya estaban al borde del colapso por la muerte de Robert, y por eso no retiró la mano. Supuso que Leon lo entendería, teniendo en cuenta que ella debía soportar la presencia de Ada en el lugar.

Lo que no sabía Noiholt era que Ada disfrutaba lo suyo viendo la escena, sobre todo la reacción de Leon, quien no evidenciaba su incomodidad pero permanecía alerta, esperando la oportunidad de interrumpir, ansioso de que acabaran luego de manosear a su chica. Por suerte para él, David pronto se apartó y volvió a rezar sobre el cuerpo inerte de Robert. Así que caminó como quien no quiere la cosa, acercándose a la alemana de la manera menos notoria posible.

—Apenas termine esta misión de mierda, estaremos juntos —le susurró al oído. Noiholt dio su visto bueno con una breve inclinación de cabeza.

—Es mejor que nos vayamos ya —habló Ada en voz alta, observando con atención su PDA—. Nos quedan diez minutos para escapar.

—¿Qué? ¿Por qué? —inquirió Leon.

—Las alarmas están anunciando peligro biológico.

Umbrella… —escupió él de vuelta como si fuera un improperio que lo explicara todo, desde las desgracias ocurridas a todo lo malo que pudiera acaecer más adelante.

—Un momento, mujer. —David giró medio cuerpo hacia Ada y le clavó los ojos llenos de frustración—. ¿Quién rayos eres y por qué deberíamos confiar en ti?

—Es de fiar, Ortiz, no te preocupes —dijo Leon.

—Pero…

—Créeme, yo no los pondría en peligro.

David apretó los labios y buscó alguna confirmación en Noiholt, que lo tranquilizó con un semblante de serena expresión. ¿Quién era esa mujer de rojo, sexy a rabiar y críptica como un manuscrito antiguo? ¿De qué la conocía Leon? ¿Y por qué Noiholt parecía incómoda? Todas esas preguntas no alcanzaban a distraerlo del dolor que sufría, pero sí le intrigaba un poco conocer la historia que había detrás de esos rostros. Se levantó con lentitud, dirigiendo una última mirada a quien consideraba su hermano. Una de las promesas que habían hecho consistía en no rescatar su cuerpo inerte, pues no quería que su mujer e hija vieran la cáscara sino que recordaran siempre quién había sido en vida. David le hizo prometer lo mismo aquella lejana noche de juerga, pues compartía su criterio. El destino era caprichoso con sus designios, de eso no le cabía duda.

—De acuerdo, Kennedy —anunció David, recolocándose su TMP para ajustar una nueva carga de proyectiles en ella.

Los tres agentes comenzaron a encaminarse en la dirección que tenían trazada desde la mañana. Ada los siguió en silencio, mas de pronto su sensual voz canturreó ligero en medio del escándalo: —Quizá deberíamos ir por otra ruta…

Quizá deberías darnos alguna pista —chasqueó Leon con evidente molestia—. Ya sabes, evitarnos sorpresitas indeseables y todo eso.

—¿Te gustaría ir por la derecha?

—Oh, sí, no sabes cuánto.

El sarcasmo de Leon alcanzaba niveles alarmantes, provocando que Noiholt tuviera ganas de salir corriendo a perderse. No podía dejar de notar lo diferente que era con ella y con Ada. Él siempre era sarcástico, pero con la espía parecía llegar a profundidades impensadas, mientras que con Noiholt era mayormente dulce y travieso la mayor parte del tiempo. ¿Eran tan diferentes los sentimientos que tenía por cada una? Se alegraba, pero también se cuestionaba si estaba castrando ciertos ángulos en la personalidad de Leon.

El grupo continuó avanzando a través del ruidoso entorno rezando por no encontrarse con una horda de zombis… Lo que, por supuesto, ocurrió bastante pronto. Un número importante de infectados reventó la puerta doble que intentaban cruzar, y el hedor pestilente que despedían casi los mandó al suelo. David, que nunca los había visto directamente, tuvo que superar la descompensación física que le provocaron, primero por el susto que se llevó, y luego por la horrible apariencia de los infectados y su característico aroma a vómito conservado al sol, mezclado con carne putrefacta y aferrada sin remedio a sus huesos podridos. Jamás se imaginó que la realidad superaría la ficción de sus películas favoritas. Armándose de valor, disparó a lo loco sin recordar las indicaciones que Leon les entregara el día que comenzaron la misión.

—¡Tomen esto, monstruos malditos! —gritaba como un enajenado, riéndose a carcajadas debido al nerviosismo que se había apoderado de su garganta.

—Maldita sea… ¡Ortiz, dispara a la puta cabeza y deja de gastar balas! —espetó Leon mientras acertaba con perfecta puntería a la frente de un zombi.

Pero David no le hizo mucho caso y continuó acribillando y dejando a los infectados con apariencia de colador, sin que ello los detuviera en absoluto. Leon aprovechó una breve pausa en que el latino se detuvo a cargar su arma para retenerlo firmemente por uno de sus hombros.

—¿Quieres terminar como Blatstein? —Los ojos del agente Kennedy brillaban con fiereza. Al ver que David negó con estupor, agregó: —Entonces deja de hacer el idiota y hazme caso; un paso en falso y estaremos todos jodidos.

Mientras Leon regañaba a David por su descuidado actuar, Ada y Noiholt dieron una demostración de por qué el agente tenía razón; la primera utilizando su ballesta con maestría y la segunda deshaciéndose de los infectados a mano limpia. David sintió que se rendía a la pequeña rubia, admirando su aspecto salvaje. Se giró hacia Leon para responder a su comentario pero notó que tenía una mirada extraña, como si estuviera muy preocupado. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba preocupado por Noiholt, sabiendo que era su primera misión? No… sus orbes seguían a la mujer de rojo. Entonces ¡eso era! David casi rio de gusto. Era evidente que Leon sentía algo por la desconocida, lo cual significaba que sus sospechas acerca de Noiholt y él eran infundadas. En consecuencia, la alemana debía estar enamorada de su persona, por eso era tan tímida… ¡Todo este tiempo creyendo que sus intentos por conquistarla habían sido fútiles, y resultaba que ella sí estaba enamorada de él! Ahora todo parecía cobrar sentido.

«Cuando esta pesadilla termine, volveré a declararme; sé que ahora me aceptará. No creo que Kennedy se oponga si se da cuenta… no mezclaremos nuestra situación con el trabajo»pensó David con inmenso regocijo.

—¡Oye, Ortiz! —gritó Leon. ¿Cuándo se trasladó hasta la puerta del fondo?—. ¡Deja de soñar y ven a ayudarme!

—Claro, claro…

Corrió hacia él para darle una mano; tenían que abrir una enorme puerta doble que parecía hecha de hierro. Ambos tironearon con fuerza hasta que consiguieron su objetivo y, como no había amenazas tras el umbral, Leon dio una seña a las muchachas para que se unieran a ellos.

Lo que nadie esperaba era que las cosas se torcieran de una forma tan absurda.

Tras un violento estallido, el muro que dividía el ala este del piso en que se encontraban comenzó a derrumbarse estrepitosamente para dar paso a la aparición del Tyrant más asqueroso que ninguna mente pudiera imaginar. Parecía una mezcla entre Míster X y William Birkin tras su última mutación; aún conservaba cierta forma humanoide, se movía con lentitud para suerte de los agentes, pero con tanta fuerza que compensaba su pereza con la destrucción que dejaba a su paso. Su cuerpo era un montón de injertos —la mayoría con desastrosas consecuencias—, los restos de un pantalón que sobrevivió por milagro, un rostro masticado que inspiraba terror, y unos ojos amarillentos que provocaban asco en quien osara mirarlos por más de dos segundos. ¿Cómo se las ingeniaba Umbrella para hacer enemigos tan feos?

Leon apuró a sus acompañantes para que corrieran en dirección contraria con una exclamación desesperada, pues nadie contaba con el arsenal ni el espacio físico adecuado para enfrentarse a un monstruo de ese calibre. El Tyrant, por otro lado, no estaba dispuesto a que los agentes escaparan tan fácilmente de él. Comenzó a trotar para alcanzarlos y, al ver que no era suficiente, dio largas zancadas hasta que pudo conectar un zarpazo a la pierna derecha de Ada, quien ahogó un gemido al tiempo que perdía el equilibrio.

—¡Ada! —Leon se giró de inmediato y corrió como escopetado hacia ella.

Scheiße! —A Noiholt se le disparó el pulso tan fuerte que sintió como si todo su cuerpo resonara al ritmo de los latidos enloquecidos de su corazón. Desenfundó su arma lo más rápido que pudo—. ¡Dispárale al monstruo, Ortiz!

—¿Qué? —David aún no se convencía de lo que sus ojos le mostraban. ¿Cómo rayos iba a enfrentarse a una criatura tan horrífica como esa?

—¡Mierda, hazlo ya! —Disparó su Blacktail acertando con facilidad, sin embargo un calibre tan bajo apenas producía cosquillas en el cuerpo de aquel Tirano.

David sacó su TMP, en ese momento más asustado con el genio de Noiholt que por el enorme monstruo, y comenzó a disparar para no seguir escuchando los agudos gritos de su compañera. Ella, por su lado, tenía muy claro que no conseguiría hacerle daño al Tyrant, solo intentaba que no se abalanzara sobre Leon… Quien aún cubría a Ada, mientras esta por fin comenzaba a ponerse de pie.

A David se le prendió el foco de improviso: hizo un gesto a Leon —él comprendió de inmediato— para que se quitara. Cuando lo hizo, tomó una granada y la lanzó a los pies del monstruo; consiguió que el suelo cediera, tragándose al BOW con una explosión controlada y llevándolo hacia las profundidades del estacionamiento. Aquello les daba un poco de tiempo para poder escapar por el lado contrario. En ese instante, y sin ninguna explicación, la insistente alarma dejó de sonar.

Noiholt buscó a Leon con la mirada; lo encontró aun sosteniendo a Ada. Sintió que la garganta se le hinchaba. Odiaba verlos juntos, le dolía tanto que era un martirio. Y trató de consolarse con la idea que él sólo lo hacía para ayudarla, como habría actuado con cualquier otra persona… Caminó un par de pasos, acercándose con cautela.

—¿Cómo…? —alcanzó a decir.

Una gran parte de la muralla cedió, cayendo con un ruido infernal e interponiéndose entre ellos de tal forma que no había cómo llegar al otro lado. ¡Como si la situación no fuera ya de por sí estresante!

—Maldición… Tendremos que continuar separados —dijo Leon desde el otro extremo—. Sigan recto, en algún momento nos toparemos. Estos pasillos se juntan más allá, sólo que no sé con exactitud en qué parte. Vamos, Ada.

—No te preocupes, Noiholt —habló la morena con suavidad—, cuidaré bien de Leon.

Ante esta frase, la alemana estuvo a punto de atravesar a patadas el derrumbe que los separaba. No obstante, miró a David de reojo y la prudencia pudo más que la ira, así que dio la espalda a los escombros y comenzó a caminar con rapidez. Cada minuto que estaba lejos de Leon y Ada era una jodida tortura. Como el latino no se había movido de su sitio, tuvo que agarrarlo de un brazo, obligándolo a seguirla.

—Oye… —musitó David. Ella no le hizo caso alguno. No obstante, las palabras pronunciadas por la chica oriental le abrieron los ojos, haciéndole ver que algo ocurría en verdad entre Leon y la alemana. Su orgullo de hombre le hizo sentir como un idiota, por lo que dijo: —¿Qué te ocurre? ¿Temes por Kennedy? No deberías.

—Uhm —masculló de vuelta.

David plantó los pies en tierra y se negó a caminar un paso más. Noiholt se giró hacia él con la boca apretada, evitando decirle unas cuantas cosas que se le ocurrían en ese momento.

—Te gusta —afirmó David con voz llena de decepción.

—No es asunto tuyo. —Noiholt soltó bruscamente su brazo, como si fuera un fierro caliente.

—¿Acaso no viste cómo miraba a la mujer de rojo? ¡Parecía que se la iba a comer!

—Cállate, Ortiz.

—¿Para qué sufrir por alguien que no te quiere? —Ella había mirado en dirección al cielo, por lo que David la tomó de un hombro, sacudiéndola con suavidad—. A mí sí me gustas, ya lo sabes. Por favor, fíjate en mí.

No obtuvo respuesta. Más aún: parecía como si la chica se estuviera ahogando; su rostro mostraba perturbación y no complacencia, como él había creído que sería. Su declaración había tenido un efecto claramente negativo, lo cual no era novedoso.

Tras unos cuantos segundos, Noiholt por fin decidió romper el silencio.

—Vámonos —dijo con brusquedad.

—Antes dime qué piensas.

—¿Ahora? Nada. Vámonos.

Por Dios, qué testaruda —gruñó en español—. Entonces ¿lo pensarás después?

—¡No! —Estaba furiosa y le costaba mucho controlar su genio. ¿Por qué no podía dejarla tranquila? Bastante tenía con luchar contra sus celos enfermizos, pero David parecía no tener intenciones de darle un respiro.

—¿Cuál es tu problema? —murmuró resentido—. Siempre me has tratado como si tuviera la peste. He intentado acercarme a ti muchas veces, pero tú…

—¡No me gusta hablar! —Noiholt no pudo contenerse más y dejó escapar la frase con un grito vehemente que resonó en el espacio vacío.

—¿Ah, no? ¿Y por qué con Hunnigan pareces tan cómoda?

—Eres un entrometido. —Clavó sus orbes celestes en los oscuros de David, y en ellos brilló toda la ira que no podía reprimir—. Métete en tus malditos asuntos, por favor.

Pero aquel arrebato de perfecta ira europea surtió un efecto contrario al esperado: Ortiz quedó fascinado con su carácter, que siempre había notado exageradamente tímido. Ver que la chica podía mostrar las zarpas fue una inyección de libido a su sistema nervioso, que se encontraba deteriorado gracias a la muerte de su amigo y de tanta mutación cercana; se sintió como un león burlado por su presa, como si ella lo desafiara a conseguirla.

—Hay algo que no entiendo, Maüser… ¿Cómo puedes decir que no te gusto si jamás has querido conocerme? —David no sabía lo que era resignarse, menos cuando se trataba de atrapar una chica.

Himmel, arsch und zwirn! —chilló—. ¡Y dale con lo mismo! Eres tan… ¡Agh! —Ni siquiera podía concretar una frase coherente de lo furiosa que se encontraba.

Todo lo que Noiholt podía hacer en ese momento era mascullar insultos en alemán, apretando los puños y la mandíbula, conteniendo unos deseos insoportables de golpear a su compañero hasta dejarlo moribundo. ¡Solo quería un jodido momento de paz, pero aquel hombre no se lo daba! Rezó porque apareciera algún zombi que lo entretuviera, así podría dejar de acosarla con preguntas estúpidas. Noiholt comenzó a caminar, aun murmurando improperios, cuando la voz de Leon se escuchó claramente a pesar de la distancia: «¡Dijiste que te habías enamorado de mí!».

Ella se detuvo de inmediato, alzando la cabeza en dirección al sonido que aún no se diluía del todo. El tono del agente se le antojó lleno de dolor, tanto que pudo sentirlo en su propio cuerpo. Sin darse cuenta se llevó una mano al corazón y aferró su ropa, como si quisiera arrancársela. Recordó de pronto una conversación con Leon, durante aquellos días en que no podían escapar de Grüneger

«Cuando Ada se sacrificó para salvarme, el mundo se me vino abajo. Me besó, dijo que se había enamorado de mí, y luego… Pensé que había muerto, lo creí de verdad. Después, cuando me ayudó a derrotar a Birkin, sentí que tenía una nueva oportunidad para agradecerle y mostrarle lo que había hecho en mí. Todo fue demasiado confuso, ¿cuál era la verdad tras su ayuda? ¿Qué ganó protegiéndome? No lo sé. Pero si la veo de nuevo, le preguntaré todo. Le exigiré que me diga por qué. No quiero pensar que la busqué tantos meses en vano…»

Ahora era el momento que Leon esperó por tanto tiempo; la instancia perfecta de exigirle a Ada que se responsabilizara de sus acciones en Raccon City. Noiholt sabía que él no dejaría escapar la oportunidad de que todas sus dudas fueran resueltas de una vez por todas. Cerró los ojos y deseó con toda su alma que ese fuera el fin de la historia entre ellos… Que al fin aclararan todo lo que ocurrió y dieran un punto final a la tragedia de esa condenada ciudad. Se le llenaron los ojos de nuevas lágrimas, como si hubiera sido ella la que recorrió Raccoon City tras Ada, persiguiéndola por los rincones, manteniéndola viva, luchando por ella.

Nuevamente se dio cuenta de que, tal como Ada había conjeturado, amaba a Leon. Estaba enamorada hasta la médula, ya no le cabía duda.

De pronto, recordó que no estaba sola. Abrió los ojos, dándose cuenta que David no se perdía detalle de sus reacciones. Esta vez no se molestó en secarse la cara siquiera, simplemente decidió avanzar como si no ocurriera nada. Pero él volvió a importunarla con sus observaciones.

—No llores, Maüser. Yo puedo corresponderte como no lo hace Kennedy —murmuró con ternura, algo que volvió a sacar de quicio a la pobre alemana. Odiaba que le hablaran en ese tono, como si fuera una muñeca frágil, fácil de romper.

—Por última vez: dé-ja-lo ya —escupió apretadamente, como si le costara enunciar cada sílaba que emergió de sus labios.

David la miró un rato, pero luego se encogió de hombros. No había nada que hacer en ese momento; tal vez si probara otro día…

Ambos caminaron acompañados por un incómodo silencio, el cual no fue interrumpido esta vez.

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Al mismo tiempo en que David emplazaba a Noiholt a reconocer que iba detrás de Leon, este y Ada mantenían su propia guerra silenciosa. La espía se había apartado para evaluar el desgarrón en su tobillo, que por fortuna no resultó tan grave como temía. Dio un par de vistazos más en diferentes ángulos, convenciéndose de que no le entorpecería mucho, luego se sacudió la ropa.

—No perdamos tiempo —comentó acomodándose la ballesta en la espalda.

—¿De verdad estás bien? —quiso asegurarse Leon.

—Perfectamente.

—De acuerdo. Vamos.

Comenzaron a desplazarse sin hacer más comentarios, con la esperanza de terminar aquello lo más rápido posible, cuando la voz de David se escuchó apagada gracias al muro de concreto que los separaba. No obstante, se pudo entender perfectamente que dijo: «Por favor, fíjate en mí». Leon se detuvo con el ceño fruncido. Ya sabía de sobra que David iba tras su chica desde hace tiempo, pero le molestó que aprovechara tales circunstancias para intentar algo con ella… Aunque no necesitaba escuchar la respuesta de Noiholt para imaginarla a la perfección con una mueca de puro desagrado. La conocía bastante bien a esas alturas como para sentirse amenazado por nadie.

Ada, por su lado, soltó una risita divertida. Le parecía la mar de cómica toda la situación, por lo que cuando ambos escucharon a David decir «¿Lo pensarás después?» y luego a Noiholt gritar «¡No me gusta hablar!», Ada volvía a carcajearse. Miró a Leon, que ahora tenía el rostro descompuesto, por lo cual dijo: —Sí que está intenso el ambiente al otro lado, ¿no? —Él no le contestó, así que continuó hablando como si nada—. ¿Celoso? Qué ridículo, esa chiquilla está enamorada de ti.

—¿Te parece si caminamos en silencio? Hoy estás de lo más habladora —observó malhumorado.

—Y tú de lo más gruñón.

Pero anduvieron un trecho sin intercambiar más palabras, hasta que Leon estalló sin darse cuenta: —¿Vas a decirme qué estás haciendo en Alemania, Ada?

—¿No querías que camináramos en silencio? —se burló.

—Olvida lo que te dije.

—Pues sí que eres bipolar…

—No me vengas con eso. —Se detuvo a mirarla—. ¿Bipolar? ¿Quieres que te diga quién es el bipolar? Pues hablemos de Raccoon City, nena. ¿Lo recuerdas?

A la morena se le borró la sonrisa del rostro. No le estaba haciendo ya ninguna gracia hacia donde se dirigía la conversación. Esperó que Leon volviera a hablar, pero no lo hizo.

—Ha pasado más de un año. Déjalo ir —dijo ella.

—A diferencia de ti, yo no he podido olvidarlo. Me desperté cada mañana empapado en sudor gracias a las pesadillas que sufrí con zombis y lickers por demasiado tiempo —comenzó a pasearse en círculos mientras hablaba—; traté de unir el rompecabezas, pensé mucho, pero aún hay cosas que no comprendo. Y encima de todo, tú y tus malditas mentiras. ¿Qué fue verdad de todo lo que me dijiste, Ada? —Dejó de caminar.

—Este no es el momento para tus preguntitas, tenemos que salir de aquí cuanto antes. —Puso los brazos en jarra—. Creo que te he explicado mucho más de lo que debería, así que quédate con eso. Y ya olvídalo.

Ada volvió a andar sin mirarlo, por lo que no supo que Leon se tiraba del pelo con una mano.

—¿Que lo olvide…? —Alcanzó a la mujer en dos zancadas, sujetándola firmemente de una muñeca—. ¡Dijiste que te habías enamorado de mí! —gritó.

—Sí, bueno, es que me golpeé la cabeza…

—¡Basta! ¿Tienes alguna idea de lo que me has hecho?

—No seas dramático, Leon, no te pega nada. —Trató de zafarse del agarre, pero él no se lo permitió, aprisionándola ahora también con su cuerpo contra la pared—. Oye, no deberías ponerte violento con una mujer.

—Necesito que… que me digas la verdad por una vez que sea —la rogó respirándole muy cerca.

—Tendrías que ser un poco más inteligente, guapo. Si no te explico es por tu bien. ¿Te basta con saber que estoy aquí por una misión? —Como el agotamiento emocional era mayor al esperado, Ada tiró bruscamente de su muñeca con el objetivo de finalizar el incómodo momento. Lamentablemente para ella, por segunda vez no consiguió liberarse—. Puf… de haber sabido que pasaría por este interrogatorio, me hubiera largado sin molestarme en ayudarte. ¿Cómo te soporta tu alemana?

—¿Sabes una de las cosas que más me gusta de ella? —Sonrió torcido—. No puede, ni quiere mentirme. Es maravilloso comunicarme con alguien que entiende cómo me siento.

—Felicidades —respondió con cierta amargura—, encontraste en alguien lo que yo no puedo darte. Sé feliz y supéralo, Leon.

Ada retiró su cabeza hacia la pared, esperando que el agente la liberara por fin tras haber dicho más de lo que pensaba explicar. Se sentía cansada, porque a pesar de su actitud fría se preocupaba mucho por Leon y lo quería a su modo, aunque no tuviera intención de admitirlo. Le importaba, por eso lo protegía a costa de su propia felicidad. Pero él no tenía intenciones de aceptar nada de aquello, porque cuando Ada creyó que por fin se había acabado el interrogatorio y podían volver a encaminarse hacia su objetivo, Leon la besó tan brusco que sus dientes chocaron dos veces de puro ímpetu.

Pasada la sorpresa inicial, Ada cerró los ojos y simplemente se dejó llevar. Leon también, cuando desconectó su cerebro y dejó de cuestionarse, pues se sentía muy culpable por Noiholt. Era evidente que no se lo tomaría nada bien, pero ya estaba hecho y no iba a mentirle. Necesitaba desesperadamente superar su condenada atracción por Ada y cerrar el capítulo de Raccoon City; no se le ocurría forma mejor que dar rienda suelta a sus sentimientos frustrados, a todo lo que retuvo en su interior cuando la espía desapareció del mapa sin ninguna explicación de por medio.

Ada respiró con fuerza, rendida ante la excitación que le producía el olor de la piel de Leon. Le acarició el pecho mientras él pegaba la cadera a su pelvis; sintió la dureza de su miembro palpitante y estuvo a punto de desabrocharle el cinturón, pero se contuvo. En cambio, profundizó el beso, consumiéndolo como no pudo hacerlo cuando se despidió de él, creyendo que iba a morir en Raccoon City.

Como si pudiera leerle la mente, Leon dijo despegándose un poco de sus labios: —¿Sabes cuánto tiempo esperé para devolverte ese beso?

—El mismo que esperé yo —jadeó sin sonreír.

—Ahora puedo olvidarlo. Gracias, Ada.

Leon se separó de ella y caminó de nuevo en la dirección que debían seguir hace rato. Se sentía miserable, pero por otro lado, también bastante aliviado. Esperaba que esto fuera un punto final a toda la situación inconclusa de Raccoon, a la vez que rogaba por que Noiholt fuera capaz de comprender lo que había hecho. La verdad era que ni él mismo entendía muy bien el por qué había besado a Ada, simplemente siguió su instinto, pero decir eso le parecía una explicación ridícula. Ojalá Noiholt lo disculpara, pero si no lo hacía, respetaría su decisión aunque doliera. No deseaba causarle más daño.

Tan inserto estaba en sus pensamientos que ni siquiera comprobó que Ada lo estaba siguiendo. Caminaron unos minutos hasta que, por fin, dieron con el cruce de caminos que buscaban. David y Noiholt ya se encontraban esperándolos; los ojos de la alemana pasearon rápidamente entre Leon y Ada. Esta última se encogió de hombros con indiferencia, pero Noiholt pudo leer a través de su actitud… Y de la apariencia gastada de su lápiz labial carmesí. «Se besaron. No me cabe duda que se besaron, se le nota en la cara. Leon… te ves terrible… ¿La superarás ahora?» pensó atormentada por el rostro compungido de Ada. No se veía triunfante, más bien parecía como si le doliera algo imposible de esconder. Noiholt trató en ese momento de unir cabos sueltos. Recordó la conversación de ambas unas noches atrás, mientras fumaban. Su instinto femenino hizo el resto y llegó a la más desgarradora conclusión: Ada sufría más que Leon porque no podían estar juntos. Dejarlo era su sacrificio personal, la absoluta demostración de su amor por él. «Ada sufre más que Leon en todo esto…». Cálidas lágrimas se deslizaron por su rostro europeo. Lloraba por Leon, por Ada, por ella misma; porque eran un trío maldito, condenado a sufrir eternamente un mal de amores incurable.

Leon captó las lágrimas de Noiholt y actuó con rapidez: ordenó que todos continuaran con el plan inicial para escapar del lugar. Gracias a eso, disimuló el dolor que sentía en el corazón por haberla herido tan profundo con su traición.

Todos se encaminaron rápidamente hacia una de las salidas de emergencia.

—Nos quedan diez minutos. —La voz de Ada sonó como si no pasara nada. Esta vez, fue un alivio para Leon escucharla así.

—Esperemos que sea suficiente o estamos todos jodidos.

Bajaron las escaleras como alma que lleva el diablo, algo mareados con tantas vueltas. Llevaban cinco pisos cuando escucharon en la lejanía que el Tyrant había vuelto a la carga, para vengarse de quienes lo enviaron a las profundidades del estacionamiento.

—¡Mierda! Lo que faltaba. Apuren el paso, chicos —ordenó Leon.

Corrieron por las escaleras de emergencia, rezando para que no tuvieran que enfrentarse al BOW en un espacio tan cerrado como aquel… lo que, efectivamente, no tardó en ocurrir. El Tirano rompió de un manotazo parte de la muralla y las escaleras de emergencia, lo cual hizo que David bajara un par de metros rodando sin remedio. Ada disparó su ballesta y acertó en un hombro, detonándole parte de este sin que diera señales de dolor. Las cosas parecían desbalancearse en contra del grupo, pero Leon arrojó una granada de luz al monstruo, distrayéndolo momentáneamente. Con el impulso que llevaba cogió a David de una correa y se lo llevó a la rastra, obligándolo a levantarse y seguir corriendo con ellos. No había más tiempo que perder.

Terminaron de bajar las escaleras casi sin aliento y salieron del edificio al borde de la agonía; a los segundos después explotó por completo. Los cuatro alcanzaron a cubrirse la cabeza para que no terminar con contusiones cerebrales por un pedazo de concreto, por lo que cuando lo peor pasó, David se arrojó al suelo para descansar, Noiholt se apoyó en sus rodillas, Ada se arregló el cabello y Leon escrutó el lugar con espanto. ¿Dónde estaban los refuerzos? Hunnigan jamás dejaba escapar ningún detalle y él sabía que estaba preparada para enviarlos en cuanto lo solicitara. Empero, no había nadie alrededor. No lo había… aparentemente.

Una segunda mirada luego de que el polvillo de la explosión se disipara le hizo entender que los refuerzos sí habían llegado, solo para ser brutalmente asesinados de manera desconocida.

Leon corrió hacia los cadáveres, furioso.

—¡Maldita sea! —masculló pateando el suelo al ver a quien fuera uno de sus compañeros prácticamente desmembrado ante a sus ojos. Tomó su comunicador y clamó por Hunnigan.

¡Leon! ¿Qué rayos pasó con ustedes? ¡No podía contactar con ninguno! —gritó la mujer apenas respondió el llamado.

—Ni puta idea, Hunnigan. Una mierda todo… Han matado a nuestros refuerzos.

Noiholt se desplazó por el reguero de despojos tapándose la boca para no vomitar. No solo eran sus refuerzos, también se veía que habían matado a quienes trabajaban en el laboratorio. No dejaron ninguna evidencia disponible que pudiera involucrar a Umbrella.

Oh no… ¿Y ustedes, están bien? —continuó Ingrid, muy afectada por la noticia.

—Perdimos a Blatstein. —No pudo evitar un quejido, que fue replicado más allá por David.

Hunnigan no consiguió hablar por algunos segundos. Apreciaba sinceramente a Robert, conocía a su ex esposa y también a su hija. Se tragó las lágrimas para poder hablar con dificultad.

Lo siento mucho, Leon.

—Gracias. Espera… —Hizo una pausa para que Noiholt le explicara lo que encontró en su recorrido—. Maüser dice que han matado también a los internistas. Nos jodieron todo el plan; los muy hijos de puta no dan puntada sin hilo.

Tranquilo, Leon. Con lo que enviaste podemos trabajar aquí. Ustedes vuelvan al hotel a descansar y esperen nuevas instrucciones.

—De acuerdo, hablamos luego.

Leon se guardó el PDA en un bolsillo. Apretó los puños, frustrado por el resultado final de la investigación. ¿Quién rayos estaba detrás de todo esto?

Wesker. El nombre pasó por su mente como una ráfaga. Se volvió hacia Ada para preguntarle si tenía información acerca del ex capitán de los S.T.A.R.S., pero no la encontró por ninguna parte. ¡Siempre hacía lo mismo cuando más la necesitaba!

—No vi cuando se fue —dijo Noiholt, compungida.

Leon la miró. Su rostro se dulcificó un poco.

Desaparecer es su especialidad, cariño—explicó frotándole ligeramente la espalda. Como ella se estremeció, apartó la mano antes de lo que tenía planeado. Había olvidado que Noiholt debía intuir algo de lo que pasó entre él y Ada rato atrás. Carraspeó—. Chicos, vamos a volver al hotel. Iré a buscar el vehículo que tenemos escondido.

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Cuatro partieron, y tres llegaron. Leon Kennedy, David Ortiz y Noiholt Maüser trasladaron penosamente sus cansados cuerpos desde el automóvil hasta el lobby del hotel, sin hablar ni una palabra durante el trayecto.

—Me retiro a mi habitación. —La voz de David sonaba estrangulada—. Tengo que llamar a la ex de Rob y darle la noticia… Será muy duro para Stephanie… —Se quebró de nuevo. Una lágrima escapó al tiempo que su cuerpo convulsionaba ligeramente por el dolor de perder a su mejor amigo.

—Lo siento, Ortiz. —Para Noiholt era muy difícil pensar en esa pequeña niña sin compararla con su propia experiencia el día que murió su padre; el único alivio que sentía era saber que la nena no había presenciado la muerte de su progenitor. Un trauma menos que superar. —Lo siento mucho… —reiteró.

—Gracias, Maüser. Kennedy.

Leon inclinó la cabeza. También se encontraba muy afectado.

David se fue por las escaleras del hotel arrastrando los pies, Noiholt tomó el ascensor y Leon se quedó de pie en un rincón del lobby, incapaz de moverse. Tenía demasiado que pensar; sentía la cabeza abarrotada de cosas que no conseguía digerir.

No se dio cuenta del rato que pasó hasta que notó una luz diferente a su alrededor: había oscurecido afuera y se encendieron las luces interiores. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

Caminó hacia el ascensor, porque no tenía caso seguir allí sin hacer nada. Tocó el botón y esperó a que llegara, pensando cómo hablar con Noiholt. Ese asunto lo tenía devanándose los sesos, ¿de qué manera podría explicarle lo que sentía sin herirla todavía más?

Las puertas se abrieron… y mostraron a Noiholt frente a él, dentro del ascensor.

—Vine a buscarte porque no subías —susurró ella tímidamente.

Leon no respondió a sus palabras, pero ingresó al elevador, marcó el piso de su habitación en la botonera y esperó que las puertas se cerraran. Cuando esto ocurrió, la tomó por los hombros para arrinconarla contra el enorme espejo. Clavó su mirada en los orbes celestes de ella con la misma firmeza que la sujetaba.

—Noiholt… —empezó a decir con mucha dificultad. Sentía la garganta inflamada—. Lo sien…

—Te quiero —interrumpió la chica.

—Dios… —No era una sorpresa, Leon intuía que ella lo amaba, pero escuchárselo decir así, a pesar de todo lo ocurrido, era algo que le llenaba de dicha y, a la vez, lo hería como si tuviera un puñal incrustado en el pecho. Él se había portado como un imbécil, y ella lo quería a pesar de todo. —Noiholt…

—Te quiero —repitió, impidiéndole que replicara al apretar sus labios con una mano—. Te quiero muchísimo…

—Besé a Ada, Noiholt —farfulló moviendo la cara para poder explicarse. Ahora se sentía mucho más culpable que antes, si aquello era posible.

Pero Noiholt volvió a sorprenderlo porque se lanzó a besarlo desesperadamente, acallándolo con la brusquedad de sus labios atormentados. Aferró su nuca con una mano y con la otra la chaqueta, como si quisiera apartarlo y atraerlo al mismo tiempo.

Leon no le dio tiempo de más dudas: la cogió fuertemente por la cintura para besarla con idéntica angustia, solo que la suya tenía un origen algo diferente. Luego, tomó su cara con las manos y le limpió las lágrimas de los ojos. La puerta se abrió en ese momento.

—Ven conmigo —pidió el agente. Ella asintió en silencio.

Ambos ingresaron a la habitación de Leon tropezándose. Cerraron la puerta a patadas, chocaron contra la pared botando un cuadro que terminó roto, y finalizaron su recorrido tempestuoso en la cama. El agente quedó arriba de ella, cuidándose de no aplastarla por completo con su peso.

—Noiholt, yo… —empezó Leon.

—Te quiero.

—Necesito que me escuches.

—No; estoy enamorada de ti —insistió la chica. Alzó la cara y lo besó de nuevo, como intentando reafirmar sus palabras. Luego continuó: —Me duele, pero entiendo lo que hiciste y por qué lo hiciste.

—Y, aun así, me quieres —dijo fascinado.

—Te amo —reafirmó Noiholt con la respiración entrecortada, al tiempo que más lágrimas cayeron por su rostro.

Volvieron a besarse. Leon se giró para quedar sentado; Noiholt se colocó de inmediato encima de él. Sin despegarse de sus labios, empezó a quitarle la chaqueta, luego mostró interés en su camiseta.

—¿Estás segura? —susurró el agente.

—Sí. Te quiero —Parecía que Noiholt no iba a decir ninguna otra cosa ese día, y Leon podía vivir con eso.

La muchacha concretó sus deseos muy pronto: le sacó la camiseta por arriba de la cabeza y acarició sus duros pectorales. Lo necesitaba hasta el borde de la locura, hasta el límite de su salud mental. Le pasó las uñas por la piel, arañando suavemente, marcándolo; trasladó su boca hacia el cuello de él y lo mordió despacio. En su interior luchaban el deseo y el dolor, la necesidad de mostrarle cuánto le hería que él hubiera besado a Ada aunque lo entendiera; dolía porque lo amaba. Volvió a besar sus labios con ímpetu, convencida de que podrían continuar juntos a pesar de cualquier inconveniente. No se rendiría en su empeño de demostrarle a Leon que era la única que podía comprenderlo por completo; la única que estaría con él bajo cualquier circunstancia. No le importaba nada más que ser suya.

Siguió besándolo por un espacio de tiempo que le parecieron horas. Las leyes de la física se desdibujaban ante ella, mostrándose como curvos relojes difusos corriendo hacia atrás. Leon acarició sus pechos por encima de la blusa blanca que vestía, luego, con infinita paciencia paseó sus dedos botón por botón hasta que consiguió abrirla, se la quitó, y trasladó las manos hacia los broches del sujetador, el que cayó al instante. Abrió bien los ojos para disfrutar de una primera visión completa del torso desnudo de Noiholt. Adoraba su piel de muñeca, tan blanca y suave que daban ganas de lamerla. La sujetó por el cuello para besarla, esta vez bajando de sus labios hasta los pechos. Ella estiró su cuerpo para darle un mejor acceso a los pezones; Leon sujetó uno con los dientes para morderlo con cuidado. Succionó, tomando el otro pecho con la mano libre, masajeándolo con perfecta pericia. Noiholt gimió de deseo arqueando la espalda hacia atrás.

Mein Gott… —suspiró con una voz rasposa que Leon solo escuchaba cuando la llevaba al límite.

El agente avanzó hacia el cierre de la falda tipo tubo que vestía su chica. Lo bajó hasta el final, y ella se alzó sobre sus rodillas para permitirle que se la quitara. Aprovechando esa posición, Leon la tomó por los glúteos y besó su vientre, luego su entrepierna aún cubierta por la ropa interior. Noiholt llevaba medias de liga negras, esto lo excitó más allá de lo permitido. Le costó mucho esfuerzo no romperle las bragas e incrustarse como un poseso en su interior. En vez de eso, le acarició las piernas y el trasero para relajarla, luego comenzó a bajarle por fin las bragas. Una vez concretó su objetivo, metió la cara en su entrepierna, provocándole muchas cosquillas a la alemana. Al percibir su risita aguda volvió a sentirse como un miserable, un idiota sin remedio. ¡Qué fácil era hacerla feliz! Cuando estuvieron en Grüneger, Leon se juró que la compensaría por todo lo que la vida le había quitado… ¿Y qué había hecho? Ser egoísta. Traicionarla. Debía darse con una piedra en el pecho porque ella lo comprendiera tan bien y lo aceptara a pesar de todo.

Noiholt lo agarró del cabello, incitándolo a que explorara su sexo en profundidad. Llevaba semanas deseándolo, semanas imaginando cómo la tomaría por primera vez, cómo la besaría, cómo se introduciría en su interior hasta hacerla explotar. Ahora no era necesario imaginar, porque Leon estaba cumpliendo con todos sus deseos casi sin ninguna dirección de su parte. Era un excelente amante, no le cabía duda.

Leon introdujo su lengua suave para rozarle el clítoris, haciendo que la chica experimentara una corriente de placer expandiéndose por toda su parte baja. No supo cuánto tiempo estuvo recibiendo sugerentes lametones, ni se dio cuenta de que sus uñas rascaban firmemente el cuero cabelludo de su pareja, porque estaba demasiado cegada con lo bien que estaban compenetrándose en la parte sexual como para usar la cabeza en nada más que disfrutar.

De improviso, Noiholt rompió el contacto para retroceder un poco y permitir que Leon se alzara sobre sus rodillas para quitarse los pantalones, algo que deseaba hacer casi desde el principio. Ella lo ayudó con manos temblorosas de emoción, besándolo al mismo tiempo. Se libraron del cinturón y el pantalón muy pronto; luego llegó el turno a la ropa interior. Noiholt se mordió la boca contemplando la hermosa curva dilatada de su masculina sexualidad. Le agarró el paquete con una mano; Leon inspiró entrecortado, violentamente excitado por la fiereza que proyectaban aquellos ojos celestes que le miraban como si no hubiera nadie más en el universo.

—No tengo condones aquí —dijo súbitamente el agente, con rostro compungido.

Noiholt se enterneció al comprobar que Leon no estaba preparado para ese momento. No lo tenía planeado, lo cual demostraba lo mucho que se preocupaba por su persona.

—No importa, confío en ti. Te quiero —respondió dulcemente.

La muchacha se cuidaba con anticonceptivos orales y eso Leon lo sabía, pero que ella estuviera dispuesta a entregarle su cuerpo con esa determinación inquebrantable… era como morir y revivir al instante. Leon todavía no era muy consciente de cuánto necesitaba la confianza absoluta de una persona hasta que conoció a Noiholt, y fue la forma en que ella puso su vida en sus manos —tristemente, en un sentido muy literal— lo que trajo de vuelta su espíritu de lucha, herido tras las duras experiencias que pasó luego de Raccoon City. Porque esa ciudad maldita no fue lo peor de toda la historia: lo peor vino cuando el gobierno ocultó lo ocurrido, encerrando a Sherry en oscuros laboratorios para experimentar con su sangre; encubriendo a los responsables de aquella catástrofe, ignorando deliberadamente a los sobrevivientes que clamaban por justicia. La parte más difícil fue cuando Leon descubrió que sus ideales chocaban duramente contra los planes de quienes regían los altos mandos, por ello decidió proteger a Sherry aceptando el trato que le ofreció el gobierno, sabiendo que estando dentro de la Casa Blanca podría vigilar mejor los acontecimientos y meter mano si era necesario. No quería que más gente sufriera por culpa de las armas biológicas que Umbrella no paraba de crear, aunque virtualmente esa empresa estuviera en banca rota y desaparecida.

Leon salió de sus cavilaciones cuando sintió que Noiholt había comenzado a bajarle los calzoncillos con impaciencia. En ese momento no importaba nada más que sentirse mutuamente, explorarse, conocerse en el sentido más íntimo de la palabra. Lo demás podría arreglarse sobre la marcha, pero el aquí, el ahora, era lo que lo mantenían vivo.

Noiholt tironeó de la cinturilla elástica de su ropa interior, obligándolo a volver a concentrarse en ellos. Él le sonrió con picardía.

—¿Cuál es la prisa, cariño? —ronroneó—. No me voy a ir, me tienes desnudo y a tu merced.

—No estás desnudo todavía. —Noiholt deslizó sus manos por las prietas nalgas del agente para quitarle los calzoncillos—. Dios, te quiero muchísimo —insistió, como si no lo hubiera repetido ya suficiente. Necesitaba que Leon se convenciera de que su amor por él era inquebrantable, porque intuía que precisaba de aquello en su vida con urgencia.

Cuando la alemana por fin alcanzó su cometido dejó a Leon sentado en la cama y le quitó los calzoncillos por los pies, luego se arrastró encima de él hasta que pudo alcanzar su pene para masturbarlo lentamente con una mano. Entretanto, lo miraba con una sonrisa que revelaba la profundidad de su deseo y, cuando notó el brillo excitado en la punta de su miembro, le pasó el pulgar por encima y se lo llevó a la boca para saborearlo. Leon juraría que sintió una sacudida por toda la extensión de su organismo viendo a su pequeña rubia tan rabiosamente decidida a borrarle el recuerdo de cualquier mujer que hubiera pasado por su vida antes de ella. Con todo eso en mente, echó el cuerpo hacia delante para quedar encima de Noiholt. Aprisionó sus delgadas muñecas con las manos y la besó mientras empujaba su cadera hacia su jugosa cavidad expectante, en la cual entró casi sin ningún esfuerzo. Comenzó a moverse lentamente, con una paciencia que resultaba muy dulce. Quería hacerla disfrutar como nunca en toda su existencia; quería que recordara ese momento para siempre.

—Te quiero… —susurró la chica tras unos minutos, con lágrimas en los ojos. El placer derribaba lo poco que quedaba de su dudoso autocontrol.

Poco a poco el gozo que ella sentía fue tomando una forma bien conocida. Ya no percibía nada más que sus jadeos unidos a los de Leon, las gotas de sudor que perlaban su frente masculina, la exquisita presión de su duro pecho agitado… Sus gemidos eran eróticos, candentes, como si rasparan el fondo de su vientre en busca de más placer. Apretó los labios al comprender que su orgasmo era inminente, inevitable gracias a las embestidas de Leon, a sus caricias precisas en el clítoris, a su perseverancia para encontrar el punto exacto donde frotar. Cuando ya no pudo contenerse más se corrió entre sonoros gemidos, balbuceando el nombre de su joven amante como si fuera una palabra recién aprendida, mas no alcanzó a recuperarse pues Leon cambió la postura de pronto, dejándola encima de él.

—Ven aquí —dijo el joven, cogiendo su rostro mojado para besarla apasionadamente.

Empezó a moverse de nuevo, describiendo círculos con las caderas, reactivando la libido de Noiholt con asombrosa facilidad. En esa posición, no le costó mucho tiempo llevarla a un nuevo orgasmo demoledor que la obligó a gritar de gozo. Se alzó un poco para acallar sus gemidos con la fuerza de sus labios, sabiendo que ya no podría dominarse más pues llevaba una temporada sin sexo, lo que lo tenía bastante sensible al contacto.

Noiholt captó que a Leon le faltaba poco para correrse, así que apoyó las manos en el cabecero de la cama para moverse con más urgencia que antes. Subió y bajó repetidas veces, consiguiendo finalmente que Leon se derramara en su interior con un rugido rasgado de animal satisfecho. Ella cayó encima de su pecho y cerró los ojos, disfrutando del golpeteo enloquecido que vibraba donde se encontraba su corazón. Así permanecieron varios minutos hasta que comenzaron a serenarse. El aroma a sudor y sexo se mezclaba en la habitación, evidenciando la fantasía realista del encuentro que acababan de concretar.

Leon apartó el flequillo mojado de la frente de Noiholt, dándose cuenta que se había quedado dormida. Sonriendo, le dio un beso y también cerró los ojos. Definitivamente, era muy agradable reposar en esa posición.

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Alrededor de una hora más tarde, la alemana se despertó. No tenía ganas de moverse pero se sentía pegajosa y necesitada de una buena ducha, así que comenzó a alzarse con cuidado para no despertar a Leon… lo cual, por supuesto, no resultó, ya que él de cierta forma aún se encontraba en su interior, más o menos.

—Hola —saludó adormilado el agente Kennedy.

Noiholt no respondió, pero se mordió el labio inferior para expresar su dicha. Le dio un besito corto en la mandíbula y comenzó a moverse para bajarse de la cama, pero Leon la detuvo sujetándola de un brazo.

—¿Estás bien? —inquirió preocupado.

Ja —contestó la chica en alemán, porque no se sentía con ganas de hablar en inglés.

—Noiholt…

Ambos se observaron fijamente, desnudos en cuerpo y alma, reconociéndose tras haberse entregado de aquella forma tan primitiva al placer. Tras unos instantes, Noiholt sonrió con timidez y señaló el baño con un dedo, invitándolo a acompañarla en su ducha. No esperó respuesta y simplemente se levantó, percibiendo que el suelo de alfombra le parecía una caricia inesperada tras lo ocurrido. Se encontraba muy receptiva tras el sexo, lo que aumentaba sus emociones de manera peligrosa.

Cuando alcanzó la manilla, Leon la abrazó por la espalda. Solo se escuchaban sus respiraciones.

—Noiholt… —repitió.

La aludida sintió que él ladeaba la cabeza, como si negara, y luego le pareció escuchar que le decía «te quiero», pero tan suave que no estuvo segura de que fuera real. No le importaba. Sus acciones hablaban mucho más que sus palabras, y lo único relevante de todo era eliminar a Ada de su corazón. No dudaba de que Leon terminaría enamorado de ella, pero le preocupaba que no consiguiera purgar a la espía de su interior en el intertanto.
Suspiró audiblemente. Había tiempo. Siempre había tiempo.

—Deja que me ocupe de ti —dijo Leon de pronto. Una de sus manos viajó hasta el vientre de la chica y lo acarició para tranquilizarla. Estaba seguro de que estaba analizándolo todo hasta el cansancio, como siempre. La besó en el cuello—. Vamos, a la ducha.

Ella se dejó guiar sin ninguna protesta. Acostumbrada siempre a no depender de nadie, le costaba entregar el mando de su mundo a alguien más, pero ese alguien era Leon, y ella confiaba ciegamente en su criterio. Igualmente, era agradable desconectarse un momento de la realidad y solo sentir, por lo que resolvió no pensar más por el momento para dedicarse en exclusiva a disfrutar de los cuidados que su novio estaba dispuesto a prodigarle.

Leon decretó que lo mejor era llenar la bañera, por lo que en unos pocos minutos ambos estuvieron instalados en ella, remojando sus cuerpos en el agua tibia que, previamente, había recibido una buena dosis de aceites aromáticos relajantes.

—Estás muy callada —observó Leon luego de un rato.

—Lo siento.

—¿Lo sientes? —Como estaban frente a frente, el contacto visual era casi ineludible—. ¿Qué sientes?

—Es… estoy un poco alucinada. No sé qué decir —argumentó en voz baja, desviando la mirada hacia el agua.

—¿Tan bueno soy? —dijo en broma. Pero ella no captó su burla, porque aún tenía la cabeza en la luna.

—Eres buenísimo. —Por fin, esbozó una sonrisa que tambaleó el mundo de Leon. Haría lo que fuera por mantener esa sonrisa intacta en su delicado rostro de porcelana.

—Bueno, si te portas bien, tal vez lo hagamos de nuevo —volvió a mofarse.

—Contaba con eso.

—¿Así que ahora voy a ser tu juguete sexual?

—No creo que te moleste.

—Pues no, pero vas a tener que usarme mucho.

A Noiholt le brillaron los ojos con ese intercambio de palabras. Volvía a sentir que su interior recuperaba el eje. Se movió hasta quedar a milímetros del agente, provocando que el agua se derramara hacia fuera de la tina.

—Me has quitado las palabras de la boca, señor Kennedy —murmuró para luego besarlo delicadamente. Esta vez no dudaba entre amarlo o castigarlo, solo deseaba mostrarle lo mucho que lo quería. Y Leon no tuvo problema en percibir sus sentimientos a través de sus labios alemanes.

Muy pronto, ambos continuaron disfrutándose sin importarles lo que ocurriera después. Ya podrían enfrentarse a lo que viniera, más fuertes que antes gracias a la consolidación de sus sentimientos, y eso los dejaba relativamente tranquilos. El mañana parecía muy lejano mientras retozaban como adolescentes en la enorme cama que los albergaba aquella noche.