N. de la A.: ¡Bienvenidas y bienvenidos a este nuevo capítulo! Muchas gracias por continuar siguiendo esta historia :D sé que ha pasado tiempo, pero he tenido muchos cambios en el ámbito laboral que me han impedido dedicarle el tiempo a este fic que merece. De todas formas, tengan la seguridad de que lo terminaré, porque luego viene otro fic que contará la continuación de este remake…
En relación a las lectoras que me preguntaron si Noiholt era virgen, la respuesta es: no lo sé XD. Lo que pasa es que, si bien en «Ojos color cielo» di a entender que sí lo era (aunque no lo dije explícitamente), pensando un poco más detalladamente en su historia antes de Leon, lo más seguro es que no lo sea. No obstante, a Leon no le interesa en lo más mínimo, y la verdad es que a mí tampoco xD ella se lo dirá en algún momento cuando estén solos, o se lo dará a entender, pero para la historia no tiene relevancia.
Un pequeño detalle para quienes deseaban saber más de David Ortiz: es Fernando Carrillo cuando era joven. Como en la teleserie «Rosalinda» junto a Thalía. XD. Su mejor época, con ese cuerpo exquisito y esa cara… Dios mío.
Esta importante dedicación va para mi querida amiga ProjectRevolution 3 ¡QUE VENGA EL DRAMA! Wrrrooonggg (se fue la moto xD JAJAJAJAJAJAJA). Siempre me estás animando con mis locuras y viceversa. ¡Te adoro, muchacha!
Las apariciones de Chris «El tocahombros» Redfield están especialmente dedicadas a mi mejor amiga JillFilth XD. Chris «Te voy a tocar el hombro» Redfield. Chris «No puedo evitar ponerte la mano en el hombro» Redfield, y así sucesivamente xDDDDDDDDDD qué manera de reírnos con el RE Remake XD ajajjajajajajaja.
Para quienes leyeron el capítulo anterior hace años, aquí va un resumen: Noiholt, siguiendo a Leon, sobornó a personas influyentes dentro del gobierno de los Estados Unidos para unirse al Servicio Secreto. Allí la están entrenando como agente de apoyo, y pudo continuar su relación con el guapo señor Kennedy, no obstante, Ada reapareció y volvió el corazón (y la mente) de Leon un yogurt. Al término de la última misión, que se desarrolló en Alemania, Robert Blatstein perdió la vida frente a un Licker, y durante el escape Leon y Ada compartieron un beso sufrido. Noiholt se dio cuenta, pero no culpó a Leon por ello, ya que pensaba que era una espina que él necesitaba sacarse desde Raccoon City. Con todo eso encima, y la tristeza de perder un miembro del equipo, la pareja tuvo relaciones sexuales como una forma de reafirmar sus sentimientos.
Canciones: Arthur's Theme by Christopher Cross, No Hay Ni Un Corazón Que Valga La Pena de Miguel Bosé, I Love You But I'm Lost by Tears for Fears, y por ultimo Más Allá De Todo by Luis Miguel XD especialmente dedicada a mi querida amiga Ary Lee 3
Después de esta introducción kilométrica, pasemos a lo que nos convoca: EL DRAMA.
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom, excepto la lunática Noiholt Maüser (y uno que otro OC más), esa chiquilla sí que es mía x'D.
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Capítulo 6: Armadura de níquel.
Varias semanas después de lo ocurrido en Alemania, las investigaciones realizadas por el Servicio Secreto se encontraban momentáneamente detenidas gracias a que Umbrella consiguió ocultar todas las pistas acerca de su participación en la compañía que el equipo de Leon había estado sondeando. Hunnigan caminaba por los pasillos del edificio meneando la cabeza, porque ni ella ni sus superiores conseguían unir tantas piezas sueltas, ni siquiera con la invaluable información que Ada había proporcionado al agente Kennedy. El gobierno de los Estados Unidos se encontraba particularmente preocupado por lo que Umbrella pudiera estar planeando mientras ellos no consiguieran atraparlos; a pesar de ello, el tiempo siguió su cauce y no tuvieron novedades hasta pasados más de dos meses desde la última investigación.
En el intertanto, Leon continuaba recibiendo un duro entrenamiento como agente especial y Noiholt para agente de apoyo; esta última demostraba buenos reflejos y tolerancia a la presión, pero tenía algunos problemas para trabajar en equipo, lo que unido a su corta edad hacía que sus superiores se preguntaran si en algún momento la chica podría ser de utilidad para las misiones o era mejor idea reubicarla en otra área; así fue como decidieron continuar vigilando su entrenamiento a la espera de ver si mejoraba en los objetivos que le habían impuesto. Finalmente hacia finales del mes de mayo terminaron por integrarla al departamento de seguridad, algo que a Noiholt no le agradó mucho porque eso significaba que le asignarían misiones de protección para el presidente, su familia, y también agentes de nivel superior. Hunnigan le explicó que era el mejor escenario ya que podría incorporarla fácilmente a las tareas involucradas con Umbrella, justamente lo que Noiholt deseaba, porque con o sin Leon a su lado esperaba poder ayudar todo lo posible al gobierno en su empresa de acabar a la compañía farmacéutica que tantas vidas había mandado al garete.
Noiholt seguía visitando continuamente el departamento de Leon –y viceversa, ya que contaban con las llaves del otro para entrar y salir a su antojo–, ambos compenetrándose aún mejor en el plano sexual. Las chispas de deseo se hacían notar con fuerza cada vez que se encontraban juntos, ya fuera en el trabajo o en cualquier otro lugar, por lo que como en la mayoría de las relaciones nuevas los dos muchachos ocupaban todos sus momentos libres en follar a lo loco. Para la alemana era más fácil poner todas sus dudas en un cajón y esconderlo dentro de su alma que admitir en voz alta lo mucho que la presencia omnisciente de Ada la preocupaba. Nunca decía nada, pero no podía evitar preguntarse si algunos silencios de Leon se debían a que estaba pensando en la espía; pero claro, no tenía como saberlo, ya que Leon no hablaba de ella.
A veces era el agente quien se preguntaba por qué Noiholt se quedaba en la luna, sobre todo cuando él miraba una pequeña fotografía que la chica tenía en su mesita de noche. En ella, se podía apreciar a los padres de Noiholt: Frederick Maüser, un alemán alto y de contextura atlética, cabello rubio con tonalidad dorada, cortado al tradicional estilo militar, mandíbula cuadrada y gesto duro; no obstante, sus ojos color celeste cielo eran sorprendentemente dulces. A su lado se encontraba Ulrica Maüser, una chica bajita en comparación a su marido. Tenía un largo cabello rubio ceniza, mentón redondeado, nariz fina y dulces ojos grises que brillaban como joyas porque en sus brazos mostraba a una rolliza bebé que sonreía con apenas un par de dientes. Su boca curvada en una expresión de puro orgullo plasmada en sus labios que parecían un poco grandes en comparación al resto de su cara, un rasgo que heredó a su tímida hija.
Leon conocía un poco de la historia que rodeaba el origen de Noiholt gracias a lo que ella le había contado y algunas cosas que pudo intuir, pero aún había detalles que desconocía, como la razón fundamental por la que su familia materna la rechazó tanto en su infancia. Es decir, no podía ser todo causado por los orígenes de Frederick, simpatizantes del régimen nazi… o eso pensaba él, pero Noiholt nunca parecía dispuesta a hablar de ello y Leon lo fue olvidando ya que prefería respetar su intimidad. Si en algún momento quería compartirlo con él, estaría más que dispuesto a escucharla.
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Tras un día de entrenamiento particularmente difícil, Noiholt entró al departamento de Leon quitándose los zapatos con rapidez. ¡Qué liberación más agradable! Si había algo que la ayudaba a combatir el estrés de trabajar para el gobierno era un buen bourbon en primer lugar, y sacarse los zapatos en segundo. Antes de avisar que había llegado escuchó el sonido de la ducha. Caminó hacia el baño desatándose el cabello que llevaba recogido en una coleta alta; al ingresar, saludó a su novio dándole golpecitos con el nudillo a la puerta de cristal.
—¿Cómo está mi chica? —respondió descorriendo un poco la abertura, dándole un beso en la boca que le dejó la cara mojada.
—¡Idiota! —Entre risas, lo empujó hacia dentro y cerró la puerta rápidamente para que no le siguiera salpicando agua caliente de la ducha.
—¿Qué tal hoy?
—Bien, supongo. Creo que los jefes están un poco más complacidos con mi trabajo. Me preocupaba tener que sobornarlos de nuevo —dijo en broma.
Leon emitió un «¡Ja!» sarcástico mientras se frotaba el cabello con su champú favorito.
—Yo tuve un día de mierda —la informó luego de unos segundos—; Hunnigan me obligó a redactar un montón de informes. Odio el trabajo administrativo.
—Siempre te quejas de lo mismo. No me extrañaría que lo hiciera a propósito solo para molestarte.
—Ustedes dos conspiran en mi contra, ¡es tan injusto! —gruñó por lo bajo.
Noiholt asintió, consciente de que él no podía verla. Era muy entretenido hacerle jugarretas como esa puesto que Leon era bien conocido por su calidad como agente, no así en su habilidad con la escritura, así que ella y Hunnigan se divertían lo suyo preparando terreno para que al hombre no le quedara más remedio que escribir y escribir extensos relatos acerca de sus misiones. Noiholt apreciaba sinceramente a la morena, en gran parte por la ayuda que le prestó para unirse al Servicio Secreto, y también porque sabía que cuidaba a Leon. Al principio le costaba mucho controlar sus celos con ella, pero después notó que veía a su novio como uno más, sin hacer caso a sus juguetones coqueteos; desde ese momento pudo desprenderse de su incomodidad y afianzó más su confianza hacia la mujer, algo muy similar a lo que le ocurrió cuando Leon le presentó a su mejor amiga, Claire Redfield. En aquella ocasión, la preciosa pelirroja andaba de visita en Washington y pasó al departamento del agente con la intención de compartir un café y conocer a la chica que lo había atrapado.
«—El soltero más cotizado de todo el Servicio Secreto convertido en hombre de una sola mujer. ¿Quién lo diría? —se burló desde el umbral cuando Leon le abrió la puerta.
—Bueno, hola a ti también —respondió con una media sonrisa.
Claire se lanzó a abrazarlo y le dio un beso en la mejilla, gesto que casi le provocó un patatús a la pobre Noiholt; no obstante, tras una segunda mirada más asertiva pudo darse cuenta de que no había nada ni remotamente romántico en toda la escena. Se querían como hermanos, y ahí terminaba la historia. Respiró un poco más tranquila, sintiéndose invadida por una ternura extraña que le congeló el pecho. Leon le había advertido que Claire era una chica muy maternal, y algo en sus gestos le hizo recordar a su propia madre. Tragó saliva.
—Y tú debes ser Noiholt —canturreó la pelirroja, separándose de su amigo.
Leon hizo las presentaciones correspondientes. La alemana iba a ofrecerle la mano, pero Claire se desentendió de ella y le regaló un abrazo que la puso en serios aprietos porque no quería ser grosera, mas el contacto con extraños era algo que la ponía en extremo nerviosa. Buscó auxilio en Leon, pero este las miraba con tanta emoción contenida en sus ojos azules que no pudo decepcionarlo. Llevó una de sus manos a la espalda de Claire y la dejó ahí, rezando para que fuera suficiente. Fueron unos segundos larguísimos que terminaron cuando la menor de los Redfield se apartó para juguetear con su cabello rubio, que para ese momento le llegaba hasta la mitad de la espalda.
—Me gusta —anunció, cogiendo el mechón negro de su frente y acariciándolo con los dedos.
Noiholt la correspondió con una de sus sonrisas más sinceras. Tal como le había dicho Leon, Claire tenía un encanto natural que la rodeaba como un aura y la hacía imposible resistirse a ella o rechazarla. Además, se sentía muy agradecida del apoyo que le había prestado a su novio en Raccoon City, por lo que se obligó a dominar su timidez, al menos mientras Claire estuviera con ellos.
El resto de la noche fue una delicia. Noiholt hizo lo posible por pasar desapercibida y habló poco, pero se deleitó viendo el intercambio de palabras y risas entre su chico y la amiga de la que tanto le había contado. Finalmente, ambos se abrazaron con la promesa de verse pronto y Noiholt soportó un beso en la mejilla lo mejor que pudo. Claire le había caído muy bien, y esperaba verla otra vez, ojalá sin tanto sobajeo de por medio».
Mientras Noiholt terminaba de recordar esa visita su PDA sonó con un mensaje entrante. Lo tomó del bolsillo de su blusa, leyendo con las cejas fruncidas. Así la encontró Leon mientras salía de la ducha y se cubría la cintura con una toalla.
—¿Qué pasa? —inquirió, buscando otra toalla para secarse el pelo.
—Eh… ¿cuál era el nombre del hermano de Claire?
—Chris. ¿Por…?
Noiholt volvió a leer el mensaje de su PDA. Sacudió la cabeza y lo devolvió a su bolsillo, tras lo cual se alisó la falda mientras renovaba el agua del inodoro.
—Me asignaron para recoger a Chris Redfield en el aeropuerto mañana temprano —comentó lavándose las manos.
—¿Ah, sí? Qué interesante… —Se acarició el mentón—. Deben de haberlo llamado porque estamos muy cerca de encontrar a Wesker, y él es el más experimentado en enfrentarlo.
—¿Por qué?
Mientras Noiholt se desvestía para entrar a la ducha, Leon le contó lo que sabía del incidente en la Mansión Spencer. Antes se lo había explicado de forma muy general, pero ahora entró en detalles de todo lo que había averiguado por su cuenta más la información proporcionada por Claire. Él y Chris se habían visto en pocas ocasiones, por lo que no tenían la relación estrecha que sí compartía con su hermana.
—Es un buen tipo —finalizó sonriendo—; algo impulsivo, pero con excelentes valores. Confío en que hará un gran trabajo con el Servicio Secreto y nos ayudará mucho en la captura de Wesker. —Tomó una peineta del cajón principal del lavabo y comenzó a pasarla por sus cabellos concienzudamente—. Cambiando de tema, ¿qué trajiste para cenar?
—Pedí comida italiana en el Sfoglina. Llegará en veinte minutos —anunció entrando a la ducha.
—¡Fantástico!
—Hoy invito yo. —Su voz sonó apagada por el sonido del agua cayendo al piso de cerámica.
—Ni hablar.
—No seas ridículo, Leon; que no soy una de tus jodidas damiselas —le recordó en tono ligeramente exasperado—. Pago yo, y te aguantas.
—Santo dios, ¡abran paso a la jodida alemana mandona! —Dicho lo cual, inició una divertida imitación de una trompeta con la boca y las manos. Cuando se dio cuenta de que Noiholt iba a descorrer la puerta para salpicarle agua, salió casi corriendo del baño y terminó de vestirse afuera.
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Washington D.C., Estados Unidos. Día 20 de junio del año 2000.
Como el vuelo de Chris estaba programado para arribar a las siete y cuarenta de la mañana, Noiholt acudió al aeropuerto para cumplir su asignación portando dos Mocaccinos y una pizarra portátil que rezaba el apellido «Redfield» con una caligrafía fácil de leer a la distancia. Al poco rato, esta le molestaba mucho y se la metió debajo del brazo con la intención de alzarla apenas viera movimiento de pasajeros emergentes.
A su alrededor, la gente entraba y salía con rapidez. Más y más personas se iban posicionando en línea, oteando en busca de quienes estaban esperando. Noiholt se distrajo un poco pensando en si podría reconocer a Chris basándose en la imagen de Claire. ¿Sería pelirrojo también? ¿Tendría los ojos en la misma tonalidad azul grisácea de ella?
A lo menos esperaba que tuviese un poquito más de respeto por el espacio personal que su hermana; lo último que le apetecía era un ataque de nervios… Se mordió el labio con cierta culpabilidad. En realidad, lo de Claire no había estado tan mal… ¿O sí? Qué dilema. Era difícil luchar contra sus impulsos naturales que la obligaban a escapar de la gente como si fueran infecciosos. A veces, David Ortiz tenía un poco de razón en recriminarle eso, pero su retraimiento era parte íntegra de su carácter y aunque intentaba controlarlo lo mejor posible, se le hacía demasiado cuesta arriba. Lo más fácil era fingir que nada ocurría, pero eso no siempre resultaba cuando se le atravesaba en el camino una Claire o un David.
Pensó en Leon, paseando la vista por las luces del techo y terminando con el suelo de mármol que pisaba. Recordó el esfuerzo hercúleo que le significó omitir su timidez frente a él durante el primer día que estuvieron juntos en Grüneger. Luego, su actitud heroica le recordaba demasiado a su padre, así que pudo desenvolverse con más naturalidad. No obstante, su siquiatra le había aclarado que eso no significaba que estuviera cómoda con él necesariamente, sino tan solo un proceso adaptativo de su mente que nublaba su juicio respondiendo a la imperiosa necesidad de sobrevivir. No tenía caso pensar en supuestos, pero se preguntaba con mayor frecuencia cada vez cómo habría continuado la relación con Leon esos meses de no haber reaparecido Ada Wong en el mapa. Suspiró con pesadez, soplando hacia arriba el delgado flequillo que le cubría la frente. De solo imaginar cómo sería el siguiente encuentro con la espía se le ponía la piel de gallina…
—Noiholt, ¿verdad?
Ella alzó la vista sobresaltada, porque no había notado cuándo ese joven alto y atlético se plantó delante de ella para taparle la visión. Sin duda se trataba de Chris (la llamó por su nombre, era muy obvio), pero buscó confirmación en su rostro: tenía unos ojos preciosos, idénticos en color y forma a los de Claire, con la misma expresión rebosante de calidez.
—Señor Redfield. —Se cuadró para saludarlo con el mismo respeto que dedicaba a sus tíos y los compañeros militares de su padre.
Chris replicó el gesto. Al bajar la mano, Noiholt apreció que tenía un físico muy parecido al de Leon a pesar de que debía aventajarlo por unos cuantos centímetros de estatura. Su cabello era negro, corto, su sonrisa divertida por el escaneo de ella, y su postura bastante más relajada.
—Llámame Chris. —Ladeó la cabeza—. Eres tal y como te describió Claire.
—Eh… —Eso no había cómo interpretarlo. Decidió catalogarlo como «bueno», dado que era lo más probable—. ¿Pasamos por su hotel?
—Sí, claro. ¿Necesitas ayuda? —añadió al ver los dos cafés en sus manos.
—Este es suyo.
Noiholt le entregó su Mocaccino rápidamente. Se le había olvidado que estaba cargando con bebestibles, y llevar la pizarra fue un desperdicio de espacio porque Chris pudo identificarla sin esfuerzo. ¡Bonita manera de comenzar la asignación!
—¿Por qué estás nerviosa? —preguntó dando un sorbo.
—Yo…, no… —Volvió a resoplar, obligándose a mantener una actitud profesional—. ¿Nos vamos, señor? —Lo mejor era cambiar de tema, no valía la pena explicarle que no eran nervios sino su odiosa timidez lo que la tenía moviéndose como si le faltara aceite en las uniones.
Chris le dio un toque rápido en el hombro con ademán divertido, invitándola a caminar delante de él. Fantástico, ahora no le cabía duda de que su hermana le había contado más de lo que hubiera preferido acerca de su carácter.
Anduvieron en silencio hasta uno de los vehículos del gobierno que utilizaba el Servicio Secreto cuando les encargaban recoger a personas importantes. Tan pronto ambos ingresaron, ella tomó dos discos de diferentes grupos musicales y los señaló a Chris, dándole a elegir sin palabras qué música prefería escuchar durante el viaje.
—Sorpréndeme —respondió sonriendo. Parecía tener la misma aura irresistible de Claire.
Inevitablemente Noiholt le devolvió la sonrisa, introduciendo «Walls of Jericho» de Helloween en el reproductor de cedé.
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Ingrid Hunnigan reservó una sala de reuniones el mismo día en que supo de la citación a Chris Redfield para comparecer en el Servicio Secreto y entregar toda su ayuda en la investigación que tenía como objetivo principal capturar a Albert Wesker, o al menos desenmascarar alguna de sus numerosas fachadas. Para ese entonces, Chris aún no encontraba un lugar fijo en el que establecerse. Le habían hecho ofertas de numerosas entidades gubernamentales y algunas ONG, como TerraSave, en donde Claire se había incorporado hacía poco tiempo, pero sentía que ese no era su camino y por ello rechazó el trato. Jill Valentine también iba a la deriva, como él. Ese era el destino de los militares que habían sobrevivido a Umbrella.
En cualquier caso, Chris seguía siendo un elemento valioso para el gobierno, por lo cual no dudaron en llamarlo cuando se dieron cuenta de que sus propios funcionarios no serían suficientes como para abarcar todo el universo de experimentos y filiales ocultas que aún poseía la empresa farmacéutica. Lo recibieron con bombos y platillos, donde muy pronto fue conducido a la oficina en donde Leon le esperaba con muchos documentos y algo de comida.
—Ha pasado tiempo —fue el saludo que le dedicó el rubio, estrechando su mano.
—Cierto. ¿Qué se cuenta? —Tomó asiento frente a él.
—Nada nuevo, pero tengo fe en que podremos lograr algo gracias a esta reunión. —Señaló una bandeja de bocadillos—. ¿Tienes hambre?
—De momento no, muchas gracias. Noiholt me llevó un café muy cargado así que no tendré hambre en un buen rato —finalizó riendo.
Oh sí, a la chica le gustaba el café casi negro. Leon ya había tenido el gusto de probarlos y siempre terminaba preguntándose cómo rayos no le había dado una úlcera. «Estómago alemán», concluyó luego de verla ingiriendo cantidades monstruosas de cerveza como si se tratara de agua potable.
—En fin —Chris juntó las palmas de sus manos con un golpe seco—, manos a la obra. ¿Qué sabes de Wesker hasta el minuto?
—Que es un cabrón hijo de puta. Nos tiene en jaque —murmuró frotándose los labios.
—Esa es su especialidad, Leon. Años trabajando con él y nunca me di cuenta de sus verdaderas intenciones hasta que nos traicionó.
—Así son los sicópatas.
El resto del día resultó muy productivo. Ambos compararon datos, revisaron exhaustivamente sus investigaciones, concretaron unas cuantas teorías acerca de lo que había construido Wesker y en dónde se encontraba.
—Tiene que seguir en Europa —gruñó Chris en un momento de la reunión—. Todo apunta hacia allá.
—Estoy de acuerdo. El problema es probarlo.
—Llegamos siempre a un callejón sin salida. Jill tenía razón: mientras más gente se entrometa en la búsqueda, será mucho más fácil para Wesker saber que estamos tras su pista. Lo mejor es que nos dividamos para evitar hacer ruido.
—Entiendo tu idea, pero el Servicio Secreto te necesita, Chris. Tú eres quien más lo conoce, junto con Jill. Claire me comentó que Barry Burton se retiró tras lo que Wesker le hizo a su familia, así que solo podemos contar con ustedes. Dime qué puedo hacer para facilitarte las cosas —pidió en tono persuasivo.
En la siguiente media hora los dos jóvenes trazaron un plan de acción respaldado por el gobierno, quienes financiarían toda la investigación de Chris en el continente europeo. Una vez que pudiera identificar el siguiente paradero del excapitán, el equipo de Leon se trasladaría para darle apoyo y facilitar su captura. El acuerdo finalizó a eso de las ocho de la noche con un apretón de manos.
—Gracias por todo, Leon. —Plasmó su sinceridad en el agarre.
—Vamos a lograr algo bueno, lo sé. Ahora, a descansar —remató palmeándole la espalda.
Abandonaron la sala con buen ánimo. Noiholt apareció pronto para llevarse a Chris a su hotel.
—Bueno, ¿y si escuchamos algo de Kreator en este viaje? —propuso el mayor de los Redfield a su escolta.
Ella soltó una risita ahogada en forma de aprobación.
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Un buen día, y sin aviso previo, Hunnigan citó a Leon para asignarle la misión que estaba esperando.
—Gracias a la investigación de Chris Redfield en Europa sabemos que Wesker está escondido en Rusia. Recibí la confirmación hace poco, así que prepárate para viajar a Moscú.
—¿Es que me quieres matar de frío? —protestó el agente.
—Irás bien acompañado, así que no tendrás problema. —Ingrid siempre respondía de buen humor los ridículos comentarios de Leon.
—¿Por qué no pueden elegir países como Hawái? —Continuó quejándose en voz cada vez más baja.
Esa misma tarde, Ingrid presentó a Leon los nuevos miembros de su equipo. A Noiholt y David se sumaron entonces Marcus Tower, Xiao-Yang Hong y Sam Reynolds. El primero era un impresionante hombre de ébano que parecía brillar en donde estuviera. Ya entrando en los cuarenta años, contaba con un físico envidiable y una altura que daba miedo a cualquiera. Tenía un pasado como jugador de fútbol americano, pero una lesión lo retiró para siempre de aquel deporte, obligándolo a dedicarse a su otra pasión: ser guardaespaldas. Así fue contratado por el Servicio Secreto y era un agente de apoyo muy cotizado.
Xiao-Yang era un joven chino de veinticinco años, fanático de Jet Lee al punto de saberse al dedillo sus movimientos tras haber visto sin descanso todas sus películas. Hablaba poco, mas era sorprendentemente observador y tenía a todos bien identificados en cuanto a carácter luego de unos minutos de charla.
La última integrante de este grupo interracial era Samantha Reynolds –o simplemente «Sam», como prefería que la llamaran–, una reconocida francotiradora australiana de veintiocho años. Con un cuerpo de escándalo, cabello rubio rojizo, piel ligeramente bronceada y pecas por doquier, la mujer inevitablemente causaba impacto adonde quiera que fuera. Estaba acostumbrada a recibir atenciones, tanto por su mirada de color verde marino como por su complicado acento australiano, pero sus ojos no vieron a nadie más que a David. Tenía debilidad por los galanes latinos; se los imaginaba tostados, con barba de dos días, cabello mojado, camisa blanca abierta y pelo en el pecho, cautivantemente sensuales. Nadie habría imaginado que una mujer fuerte como ella era adicta a las teleseries y el drama pasional, lo que la llevaba a quedarse frecuentemente en la luna imaginando escenas de amor con David en las que corrían desnudos por la playa o cenaban a la luz de las velas… escenas que terminaban siempre con los dos follando como si el mundo se fuera a acabar.
A Noiholt le agradó la mujer, más que nada porque se dio cuenta de que no perdía de vista a su empalagoso compañero, el cual no cejaba en sus intentos por conquistarla. Había terminado por ignorar completamente a David esperando que pronto se cansara al darse cuenta de que no conseguiría ningún resultado, pero este continuaba más obsesionado que nunca.
«—¿Cuál es tu jodido problema? —gruñó el latino un día tras recibir una vuelta de cara por parte de Noiholt que le heló las entrañas.
—Déjame en paz —fue la escueta respuesta.
—No me rendiré, Maüser. No hasta que salgas conmigo, porque me rechazas sin siquiera conocerme. Puede que sea…
—¡Vete a la mierda, hijo de…!
Noiholt lo interrumpió a gritos mientras gesticulaba frenéticamente. Usualmente, aquella violenta reacción conseguía espantar unos días a David, razón por la cual ella se volvía loca bastante a menudo».
Leon los vio una vez mientras discutían y también se asustó un poco, aunque sabía que en la noche ella estaría furiosa y eso se traducía en sexo salvaje, cosa que le gustaba mucho (pero en secreto). Confiaba en su chica y no le preocupaba que David pululara alrededor de ella, siempre y cuando no fuera más que eso; teniendo en cuenta que él la había engañado con Ada, no se consideraba digno de reclamarle nada. Incluso creía que, gracias a David y su insistencia, Noiholt conseguiría soltarse un poco y ser menos robótica aunque fuera a punta de palabrotas, por eso sonrió silenciosamente cuando notó que Sam Reynolds se le acercó para charlar y ella no se apartó.
—¡Hola, Maüser! Es un placer conocerte por fin —dijo animadamente la sexy australiana.
—¿Por fin?
—Eres muy famosa. «La chica de hielo» —mencionó gesticulando unas comillas con los dedos—, así te llaman. Y parece que tienen razón… —añadió, mirándola de lado.
Noiholt se encogió de hombros, displicente.
—¿Te gusta Ortiz? —soltó sin anestesia.
—¿Qué…? ¡No! —exclamó, dejando de lado su desinterés habitual.
Pero Sam pareció no creerse mucho la respuesta, porque continuó viéndola fijo, como si buscara algo que confirmara sus sospechas. La alemana se pasó una mano por el rostro.
—No, Reynolds —repitió, ahora con más calma.
—Uf, gracias a Dios —Sam parecía realmente aliviada, cosa que llamó la atención de Noiholt—, me alegro de escuchar eso. Entonces, ¿el otro rumor es cierto? ¿Sobre Kennedy y tú?
—Uhm…
Sam volteó la cabeza hacia atrás, mirando a Leon con una sonrisita de suficiencia.
—No necesitas decir nada, ya tengo mi confirmación. ¡Eres una zorrita con suerte, muñeca! —Y, tras aquella frase, estampó el costado de su cadera contra la de Noiholt, quien no cabía en sí de asombro. Nunca le habían hablado así, menos aún una desconocida, pero superada la sorpresa inicial, aquel detalle le gustó.
Acostumbrada a ser rehuida por las personas debido a su actitud arisca –aunque era ella quien más las evitaba–, que Sam le hablara de aquella forma tan familiar a pesar de su carácter taciturno se le antojó como algo muy agradable, que la sacaba de su rutina. Tal vez, y solo tal vez, conseguiría hacer buenas migas con ella. Sonrió ligeramente por la idea, notando que la australiana estaba mirándola. Le alzó las cejas, preguntándole de qué iba eso.
—También escuché que no hablabas mucho. ¿Eres de Ucrania?
«¡Maldito sea David!», exclamó en su fuero interno, «seguro que él esparció ese rumor».
—Soy alemana —dijo entre dientes.
—Ya, disculpa, creo que debería escuchar menos chismes, ¿verdad? —Noiholt asintió en silencio—. Pero todo me sirve para acercarme a él… Me gusta desde que lo vi por primera vez tiempo atrás. Estábamos en una misión y él llegó con el grupo de apoyo; me encantó su rostro, su físico, y desde entonces hice lo posible para quedar en su equipo. Ahora que lo conseguí, no lo dejaré escapar.
Noiholt la escuchó algo sorprendida porque no le había pedido ningún detalle; sin embargo, volvió a gustarle que Sam le hablara como si se conocieran de toda la vida. Estaba comenzando a entender mejor sus palabras, algo redondeadas por su acento australiano. En ese momento decidió que haría el esfuerzo de contestarle apropiadamente, como una persona normal que no sufriera de timidez invalidante.
—A Ortiz le gustan las rubias —le dijo con cierta dificultad—, te irá bien.
—Gracias, Maüser. Te buscaré apenas tenga novedades.
«Sí, por favor, haz que Ortiz deje de perseguirme», respondió con el pensamiento y no en voz alta, pero para recompensarla, le dedicó una media sonrisa.
Leon, a la distancia, también sonrió.
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Unos días después de que le anunciaran la nueva misión, el agente supo que iban a ser trasladados al aeropuerto en la tarde con rumbo hacia la capital del enorme país blindado de frío glacial.
—Creo que una vez me dijiste que viviste en Rusia un tiempo, ¿verdad? —preguntó a su novia mientras armaban las maletas.
—Sí, aunque no en Moscú sino en Irkutsk, una ciudad de Siberia.
Continuaron ordenando sus ropas de viaje, pero Leon estaba inquieto. No sabía cómo iniciar la conversación que le estaba dando vueltas hace rato en su cabeza y, tan prontos a partir, prefirió hacerlo de inmediato antes de que fuera tarde.
—Noiholt… —carraspeó. Ella detuvo sus manos y lo quedó mirando—. Mira… es muy posible que nos encontremos con Ada mientras estemos en Rusia —largó de golpe y porrazo.
La muchacha continuó viéndolo fijo, esperando que continuara su idea. No iba a decir nada hasta que Leon se hubiera expresado por completo.
—Los rumores dicen que está trabajando para Wesker —prosiguió con dificultad—, así que la ecuación es simple.
Ambos olvidaron que estaban armando maletas para viajar.
—No quiero hacerte daño otra vez con mis tonterías. La besé en Alemania; fue un error, y no quiero volverlo a repetir.
—Yo no creo que haya sido un error —objetó con dulzura teñida de tristeza—; necesitabas darle un punto final a lo ocurrido en Raccoon. Te entiendo, y… bueno, ¿por qué estamos hablando de esto ahora?
—Detesto pensar en que podría volver a herirte de esa manera.
—Pues no lo hagas. —Se acercó a él y le rodeó la cintura con los brazos, apretándolo—. Yo te quiero solo a ti. No creo que me hayas engañado porque fue algo producido por su abandono. Pero, si en verdad deseas compensarme, no vuelvas a besarla. —Levantó la mirada, húmeda como un espejo cubierto de condensación—. Si me dejaras para estar con ella…
—Eso no ocurrirá.
Ella descansó la cabeza en su pecho mientras Leon se la acariciaba, besándole el pelo con suma culpabilidad en cada toque.
—Quiero olvidarla. Lo necesito.
La respiración de Noiholt se quebró en un golpe duro y tradujo su angustia en lágrimas, porque Leon no podía darse el lujo de sufrir por la espía, así que ella lo hacía en su lugar.
—Yo quisiera odiarla, pero no puedo —susurró la alemana tras unos segundos de silencio—. Te salvó, y te quiere a su manera. Le debo mucho… —Leon no respondió—… pero voy a luchar por ti. Ada sacrificó sus sentimientos para mantenerte a salvo; yo te amo mucho más que eso.
Otro despliegue de aquella necesidad que se afianzaba en las entrañas de Leon como un punto seguro de luminosidad. Se estaba convirtiendo en un jodido vicio.
—No volveré a besarla. Te lo prometo —afirmó, y en ese momento se lo creía de verdad.
Noiholt asintió para ocultar el hecho de que, muy en el fondo, no estaba segura de que Leon fuera a cumplir.
Bastante lejos del lugar en que la parejita intentaba superar sus problemas, David Ortiz había llegado con sus pertenencias a esperar que lo pasaran a buscar para llevárselo al aeropuerto. Se encontraba desenredando sus audífonos con la intención de escuchar un poco de música en su Walkman cuando oyó pasos cerca.
—Oye, Ortiz, ¿conoces a Sam Reynolds?
Él se giró hacia la voz y se encontró cara a cara con la muchacha australiana.
—Pero… tú eres Sam, ¿no? —murmuró sin ocultar su expresión confusa.
—Sí —asintió con una sonrisa amplia—, solo quería confirmar que te habías fijado en mí cuando nos presentaron.
—Claro que te vi. —La personalidad galante de David tomó el mando de la situación y Sam le parecía una chica muy sexy; no podía evitar que sus grandes pechos, su pequeña cintura y precioso trasero en forma de corazón lo hipnotizaran un poco. Se levantó del asiento para exhibir disimuladamente los músculos de sus brazos.
—Yo te vi antes —continuó ella, juguetona—. El día en que enviaron a tu antiguo equipo para dar apoyo al grupo de protección de la Primera Dama en Turquía.
—¿Tú estabas ahí? —Elevó la mirada para concentrarse mejor—. No lo recuerdo…
—Tenía el cabello más corto y de color oscuro en ese momento, así que no te preocupes. —Terminó de restarle importancia con un movimiento de su mano—. De todas formas, estuve esperando este momento con ansias, de encontrarte a solas.
—¿Por qué? —Lo cierto es que intuía la razón. Tenía mucha experiencia con las mujeres; no obstante, lo que ocurrió a continuación consiguió sorprenderlo.
—Eres muy atractivo y me gustaría que tuviéramos sexo —dijo sin más preámbulo.
David se quedó mudo. Por lo general era él quien sugería tener relaciones de esa forma, pero Sam lo abordó sin una chispa de timidez. Le gustó, y al momento se sintió algo culpable puesto que tenía como meta conquistar a Noiholt, pero ¿cuál era el gusto de seguir persiguiéndola si ella ni siquiera lo miraba? Y, cuando lo hacía, le dejaba bien claro que era un incordio y no alguien bienvenido. A David no le gustaba la idea de rendirse porque estaba acostumbrado a conseguir lo que quería y a quien quería; su belleza latina le abría muchas puertas con facilidad, y en su larga historia de conquistas no había mujeres –ni hombres– que se le hubieran escapado.
Por otro lado, una propuesta de tener sexo sin compromisos ni ataduras era algo demasiado tentador como para desecharla sin más.
—Deja que te invite una copa —respondió cuando pudo recuperar la voz. Y lo hizo en tono grave, a propósito, para evaluar su reacción. Consiguió ruborizarla así que se sintió complacido; después de tanto tiempo recibiendo los desaires de Noiholt, temía haber perdido su mojo.
—Mejor si vamos a un bar y pagamos a medias —contraatacó.
—Como quieras, baby.
La mujer avanzó unos pasos hacia él y dejó una mano en su pecho. Se deleitó cuando la respiración se le aceleró de a poco, así que fue recorriendo lentamente hacia su cuello con los dedos hasta llegar a su garganta. Le acarició la áspera nuez y siguió subiendo, deteniéndose muy pronto en sus labios. Se mordió los suyos, deliberando si besarlo o no. Optó por mantenerlo a la espera, era más entretenido crear expectación que dárselo todo fácil.
—De verdad, me gustas mucho —susurró bajando la mano.
—Creo que nunca me habían abordado de manera tan directa. —Tras un momento observando su rostro y sus innumerables pecas, le sonrió de medio lado—. Es… diferente. Veamos qué sale de todo esto.
—Una sesión de sexo memorable —afirmó Sam entre risas, apartando la mano que había ido bajando por el estómago de David—. ¿Te gusta el rollo duro?
—¿Qué? —escupió aturdido.
—Que si te van los látigos y esas cosas.
—Mierda, ¿siempre eres así de explícita? —Definitivamente no saldría vivo de follar con Sam si seguía hablándole de esa forma.
—Pues claro, no pienso enrollarme con alguien que no comparte mis preferencias. —Encogió los hombros levemente.
David se mordió el labio inferior con los engranes de su cerebro maquinando a mil por hora.
—La verdad es que sí me va el sexo duro —admitió tras unos instantes.
—Creo que ahora me gustas mucho más. —Acercó su rostro lleno de graciosas pecas y le besó la mejilla, tomándose su tiempo en aspirar el tenue aroma a loción de afeitar que aún conservaba en la piel—. Cuando regresemos de esta misión, haz una reserva para que nos conozcamos. Volveré más rato. —Se despidió guiñándole un ojo, dándole un último toque en la barbilla partida.
—Me lleva la… —murmuró en español, acariciándose el rostro. Por fin sentía que las piezas de su vida volvían a encajar.
Sam había tenido un efecto curativo en él y justo en el momento en que más lo necesitaba. Jamás lo habría adivinado cuando se levantó de la cama esa mañana.
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Moscú, Rusia. Día 21 de julio del año 2000.
No era cosa fácil infiltrarse en una planta química, pues entre todas las dificultades que acompañan normalmente a las misiones que desempeña el Servicio Secreto, además la compañía investigada llevaba un control bastante estricto de sus empleados pese a la enorme cantidad de personal que transitaba diariamente las instalaciones. Sin embargo, Hunnigan hizo un excelente trabajo preparando identificaciones falsas para los agentes, que pronto se mezclaron entre el gentío y pasaron desapercibidos. Divididos en dos grupos, el de Leon –con Xiao-Yang y Sam– se distribuyó en los pisos inferiores, mientras David, Noiholt y Marcus hacían lo propio en los pisos superiores. Se ceñían a las más estrictas precauciones para no comprometer sus objetivos, esto incluía fraternizar limitadamente con sus «compañeros de trabajo», algo bastante sencillo, ya que los rusos se dedicaban a rendir sus horas laborales al máximo y luego desaparecían rápidamente por las puertas de seguridad rumbo a sus hogares.
Al igual que durante la misión en Alemania, Leon se deslizó por todo el lugar sin dejar fuera ninguna oficina ni recoveco por inspeccionar, buscando pruebas que inculparan a Umbrella y Albert Wesker de los últimos incidentes biológicos. Como Chris continuaba rastreando a este último, y todo apuntaba a que realmente se encontraba muy cerca, Leon se preocupó especialmente de no dejar ninguna ventana abierta que delatara sus intenciones ante el excapitán de los STARS, esto incluía cubrir constantemente sus huellas, generar coartadas falsas y cambiar frecuentemente de peinado. Dado que se negaba a cortarse el cabello, en casos extremos se lo engominaba hacia atrás como si fuera John Travolta en Grease. A Noiholt le encantaba verlo así, decía que parecía un chico malo de la mafia italiana, y Leon solo respondía con una sonrisa juguetona y rodando los ojos hacia el techo.
Una tarde, Leon creyó haber identificado cierto computador del cual robar información. Ideó una maniobra de distracción que Marcus llevó a cabo sin contratiempos, se deslizó sigilosamente por las escaleras de emergencias, arribó a la oficina donde se encontraba la máquina con bastante tiempo a su favor, luego tomó un disquete del bolsillo de su camisa, lo introdujo en el lector, seleccionó la información que necesitaba y rezó para que a nadie se le ocurriera entrar mientras copiaba la selección al disquete.
Todo se mantuvo tranquilo.
Extrajo el pequeño dispositivo y lo dejó a un lado para comenzar el proceso de cubrir sus huellas. Mientras trabajaba, supo por instinto que ya no estaba solo. Se giró con una sonrisa amable para fingir que estaba realizando mantención al equipo, pero se detuvo a medio camino. Aquella silueta otra vez.
—Ada. —Sobraba decirlo en voz alta, pero ya qué más daba.
—Leon. —Imprimió un gesto ladino en su rostro oriental.
—Primero Alemania, luego Rusia… ¿No te cansas de seguirme?
—Tú tienes la culpa por ser tan entretenido. —Dio un rodeo por delante del agente fingiendo que iba a abrazarlo, pero con la intención de quitarle el disquete.
—¿Qué haces? —murmuró escondiéndolo al poner su palma abierta sobre el escritorio.
—Te aseguro que la información que obtuviste no te sirve en absoluto, guapo.
Leon se mantuvo firme. Cogió el disquete y lo sostuvo a la altura de su rostro con expresión imperturbable, mas Ada le ganó la mano acercándose aún más a él: inclinó el torso y lo apoyó en sus fuertes pectorales, que se movían más y más profundo con cada respiración que intentaba ganar control de los grandes senos que descansaban sobre ellos.
Ada le plantó un beso juguetón en la mandíbula al tiempo que ponía sus manos en el disquete. Leon no la apartó.
—Te propongo un trato: me llevo este bebé y hoy a medianoche en la azotea de tu hotel te entregaré información que sí sea útil para tu misión. ¿Okay? —sugirió con voz gutural.
Él suspiró audiblemente.
—No puedo creerlo. Voy a aceptar tu propuesta.
—¡Vamos progresando!
—No cantes victoria, Ada. Sabes que puedo arrebatarte el disquete sin problemas, y puede que lo haga viendo lo importante que parece ser.
—Para mi misión, no la tuya —le corrigió dulcemente.
—Dios, estoy mal de la cabeza… —apartó la mirada y la clavó en el suelo. Era pura culpabilidad, recordando cómo la última vez que Ada se le había acercado de ese modo terminó engañando a Noiholt. Y ella pareció adivinarle el pensamiento, porque se mordió el labio inferior como si estuviera deliberando qué hacer.
Transcurrió alrededor de medio minuto en silencio, cada quien elucubrando en su interior.
Ada fue la primera en romper el ambiente retrocediendo con el disquete en la mano. Tras introducirlo a una cajita de plástico –que marcó con un beso carmesí– ronroneó una despedida y se marchó deslizándose por una pequeña ventana en la que Leon no había reparado. Suspiró por enésima vez como si estuviera muy cansado, y en cierto modo era así, porque no deseaba continuar como el conejillo de indias que venía siendo para Ada desde el momento en que se conocieron. Creyó que en Alemania podría dar un punto final a sus dudas, pero al encontrarla otra vez resurgió en él esa fuerte atracción, como una especie de gravedad que le impedía apartarse y lo sujetaba con fuerza bruta; al mismo tiempo, Noiholt también aprisionaba su corazón de una manera diferente, pero que sentía igual de poderosa.
Cerca de la medianoche, Leon se excusó con su novia diciéndole que tenía mucho trabajo pendiente y por ello no podían dormir juntos. Omitió deliberadamente a Ada en su recuento del día, por lo que las alarmas se dispararon con fuerza en el interior de la muchacha alemana al notar que el joven no estaba siendo completamente sincero con ella pese a que Leon tenía decidido contárselo, pero después de obtener la información que Ada pudiera proveerle porque no quería hacerla sentir insegura… y obtuvo el efecto contrario. Noiholt fingió que tenía mucho sueño, le dio un beso corto en los labios y se retiró a su habitación quedándose afirmada en la puerta pensando en qué hacer, si seguir a su instinto y espiar a Leon (algo que le parecía horrible) o esperar a que él le contara la verdad en algún momento. Ganó la primera opción por lejos, haciéndola sentir mucho peor consigo misma… pero las garras de los celos se habían apoderado por completo de su mente y sentía que si no hacía algo, se iba a volver loca. Tenía que salir de dudas. No iba a poder dormir pensando en qué tenía a Leon tan estresado.
Inspiró unas cuantas veces para armarse de valor y salió sigilosamente en su búsqueda, donde no tardó en comprender que iba a la azotea.
Varios metros más adelante, Leon subía las escaleras de emergencia sintiéndose como un estúpido por la forma en que estaba actuando: mintiéndole a Noiholt, haciéndole caso a Ada, pero la curiosidad era mucho más poderosa que su sentido común, del cual empezaba a dudar seriamente en vista de los últimos acontecimientos. Ya arriba se paseó de un lado a otro esperando a la espía, frotándose las manos por el frío que comenzaba a calarle los huesos de a poco.
Antes de verla percibió su perfume y no se contuvo al cerrar los ojos un breve instante para apreciarlo mejor. Cuando los abrió, Ada caminaba a su alrededor rozándole levemente un brazo con su mano derecha.
El tiempo se detuvo. Los relojes pararon su marcha. Las aves dejaron de volar.
—¿Cuál… es la información que tienes para mí? —No le quedó más remedio que hablar, o iba a hacer algo de lo que se arrepentiría.
Ada le sonrió. Dirigió la mano que lo acariciaba hacia uno de sus senos, desde donde extrajo un minidisco. Se lo entregó, y Leon lo cogió torpemente.
—¿Por qué estás tan nervioso?
¡Auch! La pregunta que no quería oír. Se guardó el cedé en el bolsillo de su pantalón.
—Te equivocas —respondió en tono grave.
—No voy a morderte, aunque sí podría rasguñarte un poco… —Lo miró de arriba hacia abajo, sus ojos verdes cargados de deseo.
—Basta, Ada. Sabes que estoy con Noiholt.
—¿Le contaste lo que ocurrió en Alemania? —Él asintió—. ¿Y no te dejó? Vaya con esa chica.
—Lo mismo digo. —Tragó saliva, mirando hacia todos lados—. Noiholt me acepta de una forma que me cuesta entender.
Ada lo escrutó durante unos segundos. Había dejado de sonreír.
—Pero no es suficiente —dedujo apuntando a Leon con una de sus uñas pintadas de rojo furioso—. No es suficiente, o no estarías aquí.
—Te equivocas —volvió a decir, pero esta vez no consiguió imprimir en la frase la firmeza que necesitaba.
¿Tendría razón, acaso? ¿Era que Noiholt no conseguía llenarlo como Ada? Pero le resultaba absurdo pensar en algo así.
La espía no lo dejó cavilar, porque se acercó nuevamente a él y asegurando su rostro con ambas manos, lo acercó a sus labios para besarlo con toda la pasión que no había podido dejar salir en Alemania. Este beso fue muy diferente, porque no respondía a necesidad o rabia, era deseo en su estado más puro. Leon, que por un momento pensó en apartarse, rápidamente cambió de idea. Agarró las piernas de Ada y la alzó para obligarla a que las envolviera alrededor de su cintura, gracias a ello tuvo al alcance sus glúteos, firmes y redondos, que masajeó con frenesí una y otra vez como si no hubiera un mañana. Se besaron sin parar, gimieron, incluso gritaron un poco cuando Leon, poseído por la pasión, la empotró duramente contra un pilar y le sujetó las manos por encima de su cabeza. Si hubiera tenido oportunidad de analizar su conducta en ese minuto, habría reconocido que perdió la razón durante todo ese contacto.
Jadeando, Ada tuvo que apartar un momento su rostro para tomar una bocanada de aire, ya que Leon no le estaba dando tregua. Cuando iba a inspirar él le apretó un pezón, así que el oxígeno entró a sus pulmones bruscamente, peor aun cuando su boca se estampó contra su cuello, raspándole la piel con el nacimiento de su barba. ¿Iban a follar ahí mismo, en la azotea del hotel Moskva? En ese minuto era la más ínfima de sus preocupaciones. A la mierda todo el mundo, mas pronto su visión periférica la alertó: había alguien allí, espiándolos.
No tuvo ninguna duda de quién se trataba.
Desde ese momento, Leon fue bajando gradualmente el ritmo hasta concluir por completo. Se apartó un poco, Ada bajó las piernas hasta quedar nuevamente de pie.
—Ada, esto no… no debe ser. Perdí la cabeza, y no quiero hacerle más daño —murmuró lentamente, como si hubiera llegado de correr una maratón.
—Demasiado tarde. Creo que está aquí.
—¡Mierda!
El agente se volvió hacia atrás, buscando a Noiholt por todos lados.
—No la veo…
Pero algo en su interior le decía que Ada estaba en lo correcto.
—Eres muy lindo, Leon —dijo la espía acariciándole la cara—, y tienes razón. No está bien. Por más que quisiéramos esto… —suspiró—. Finalmente, nosotros no tenemos futuro.
—Eso no lo sabes. Si hubiéramos… tú y yo… ¿Quién dice que estábamos condenados? —La miró con un fuego distinto en los ojos, uno que se dirigía hacia la frustración—. Me tratas como un crío. Para que resultara, tendrías que haberme considerado tu igual.
—No trates de darme lecciones con supuestos, cariño —respondió ácidamente.
—Da igual. Adiós, Ada.
Ada desapareció rápidamente sin pronunciar una despedida, pero reemplazándola con una mueca disconforme, mientras Leon aquietaba un poco su desengaño revolviéndose nerviosamente el pelo. No tenía ninguna excusa para lo que había hecho, aunque seguía creyendo firmemente en que Noiholt era su elegida y no Ada. Debería demostrárselo si quería aspirar a su perdón, por lo que dejó de posponer el momento y giró sobre sus talones para enfrentarse a la ira justificada de su chica. Incluso si no se encontraba allí, le iba a contar la verdad.
La encontró detrás de un pilar alejado con las manos enganchadas al concreto, la mirada fría e inexpresiva. Tragó lenta, dificultosamente.
—Noiholt —dijo en tono suave—, en verdad lo siento.
Ella no respondió, solo continuó mirándolo fijo a la espera de que dijera algo más.
—La cagué contigo. No quería que esto sucediera, pero Ada…
Ante la mención de la espía, Noiholt ahogó un gemido doloroso. Ese, precisamente, era su punto débil: Ada. Era el talón de Aquiles de Leon y, por tanto, también el suyo.
—Dios, soy un estúpido… —Se pasó la mano por el rostro y dio unos pasos a la deriva, completamente perdido—. No sé qué decirte. Sé que debes odiarme en este momento, pero…
—Yo no te odio, ¿estás ciego? —Su voz fue elevándose conforme la frustración ganaba terreno—, ¡ojalá te odiara, porque entonces no sentiría como si me hubieras apuñalado! Du Arschloch! —terminó chillando en alemán.
Ambos se observaron, él con espanto y ella jadeando por la tensión.
—No quiero que dudes de lo que siento por ti aunque la haya cagado.
—Scheiße! ¡Que te jodan! —Despegó la espalda del concreto y se abalanzó sobre él, agarrándolo por las solapas de la camisa—. ¡Me engañaste! ¡Rompiste tu promesa y me destrozaste! ¡Que te jodan, cabrón! —repitió, esta vez con la voz ahogada de lágrimas.
Leon agachó la cabeza cuando vio de reojo que Noiholt empuñaba una mano como si quisiera asestarle un golpe. Lo iba a recibir encantado si eso la hacía sentir mejor; quería sufrir, se lo merecía, porque le dolía el corazón de ver cuánto daño le había provocado a su novia, pero al mismo tiempo una parte de él no se arrepentía de haber compartido aquel beso con Ada. Y eso lo hacía sentir aún peor.
No obstante, Noiholt no pudo abofetearlo como era su intención. Se arrepintió a medio camino, echando la mano rápidamente hacia atrás. Sentía que si pasaba esa barrera todo terminaría aún peor, por lo que se agarró el pecho para no sucumbir al llanto frente a él.
—Soy tu jodido premio de consuelo, ¿a que sí? —dijo de pronto—. Sigues buscando a Ada en mí. ¡Estás conmigo porque no la tienes a ella!
—No es verdad. Tú eres…, quiero estar contigo. Sabes lo que siento por ti. —Pegó su cuerpo al de ella. Tomó su barbilla y la alzó para ver sus ojos enrojecidos por las lágrimas que se negaba a liberar.
—Me quieres tanto que no pudiste evitar tropezarte con la boca de Ada —espetó en tono sarcástico, abriendo bruscamente la mano con la que aún aferraba la camisa de Leon.
Él le sujetó la mandíbula con más firmeza.
—Fue un error estúpido, Noiholt. Sé que no merezco que me perdones, pero deseo que lo hagas. —Le acarició los labios con el pulgar—. Siempre he sido honesto contigo, y Ada es… es un tema muy doloroso. No sé por qué, pero es como si no pudiera apartarme de ella por mucho que lo intente, y no quiero arrastrarte a sufrir por culpa de eso.
—Demasiado tarde, señor Kennedy —susurró dejando escapar una lágrima—. Si realmente querías eso, deberías haberme alejado antes de que me enamorara de ti.
Sacudió la cabeza para liberarse del agarre. Luego, fijó los ojos en él para mostrarle todo lo que no conseguía poner en palabras; el dolor era tan intenso que sentía como si le estuvieran taladrando el torso, por lo que le dio un empujón y pasó corriendo por su lado, perdiéndose en la escalera de emergencias.
Tras quedarse solo, Leon suspiró frotándose el puente de la nariz con los dedos. No quería presionar más el tema, como tampoco quería desquiciar a Noiholt, pero había metido las patas hasta el fondo y la situación se había vuelto insostenible por su culpa, ¿cómo se le ocurría creer que ella lo iba a perdonar de buenas a primeras? Aunque la muchacha no consideraba el primer beso que le dio a Ada estando con ella como un engaño propiamente tal, él sí lo veía de esa forma. Desde su punto de vista la había traicionado dos veces, y se pateó mentalmente por ser incapaz de frenar sus acciones. ¿Qué tenía esa mujer que lo enganchaba con la fuerza de una droga aferrándose a su sangre, a su ritmo cardíaco, a sus huesos? ¿Cómo podía sacársela de encima? Ya ni siquiera se explicaba de qué forma había logrado sobrevivir más de un año sin saber de ella.
Pero ya no valía la pena llorar por la leche derramada. Solo le quedaba cruzar los dedos y esperar a que la peor parte con Noiholt pasara, e intentar hablar con ella nuevamente. Acataría su decisión sin importar cuánto daño recibiera, lo único que quería era no volver a lastimarla.
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Noiholt salió corriendo del hotel. Al carajo todo, incluyendo la misión; no estaba de ánimos para pensar en su trabajo, ni en su vida, ni nada que no fuera la traición de Leon. Se detuvo a unos metros de la entrada para devolverse hacia un costado, escondiéndose entre las enormes plantas artificiales decorativas. Allí se sujetó la frente con una mano tratando de dominar el ritmo de su respiración. No estaba agitada por la carrera, pero controlar la angustia siempre se le traducía en una complicada sensación de ahogo que la asustaba. Se quedó ahí hasta que tuvo la impresión de encontrarse algo mejor, por lo que volvió a caminar a paso rápido sin ningún rumbo establecido. Iba tan absorta disimulando las lágrimas que no vio a Chris Redfield llegando al hotel; la oscuridad de la noche escondía muchos detalles… entonces recordó que lo habían reubicado junto a su equipo para desarrollar un nuevo plan de acción.
—¿Noiholt? —murmuró.
Ella pegó un bote al escuchar su nombre. Alzó la mirada para encontrar los ojos de Chris en los suyos… ¡Jesús! Pestañeó rápidamente en un intento de recuperar la dignidad. Si llegaba a preguntarle qué pasaba no sabía cómo responder. Era algo personal, y no quería hablar con nadie. Estaba absolutamente perdida.
Pero Chris no hizo lo que temía, solo se acercó hasta quedar frente a ella y le puso una mano en el hombro, gesto suficiente como para darle un pequeño ataque de nervios. Apretó los dientes dejando caer cada vez más lágrimas por su rostro. Genial, lo último que necesitaba era que un extraño presenciara su lamentable estado.
Intentó hablar, pero lo único que emergió de su garganta fue una especie de lamento estrangulado. Volvió la vista hacia atrás. Necesitaba huir con urgencia. Disculpándose con la faz deformada por la tristeza, apartó suavemente la mano de Chris y volvió a salir corriendo con rumbo a los ascensores del hotel. No supo que él la quedó mirando todo el rato hasta que se esfumó porque no miró hacia atrás.
No sabía qué hacer o a dónde ir; se sentía tan perdida como en los días de su adolescencia en que pasaba horas planeando hacia dónde fugarse para no tener que ver el rostro lleno de sufrimiento de su madre. Aprovechó el gorro de su abrigo para esconder un poco el rostro y se dedicó a caminar entre los empleados, tratando de imaginar los lugares en que Leon no la buscaría. Pasó por la cocina, se escondió un rato en las bodegas hasta que la encontraron y mintió con su precario ruso, dando a entender que se había perdido y por eso estaba allí. El encargado hizo la vista gorda a su explicación así que la acompañó fuera de la bodega con menos dureza de la que pensaba utilizar, porque la cara que tenía la muchacha le había desarmado el fastidio.
Ya fuera, Noiholt evaluó de nuevo la situación. Quería estar sola, pero volver a su habitación significaba que Leon, tarde o temprano, iría a buscarla y no quería verlo. Tampoco podía pasearse libremente por las calles de Moscú ya que estaba en una misión y por mucho que la disgustara, alguien podría reconocerla y no estaba en posición de poner a los demás en peligro porque a ella no le importara su destino en ese momento. Odió ser una persona tan complicada y sin amigos. David era un incordio, los demás miembros de la misión apenas la miraban y…
El rostro de Samantha Reynolds acudió a su mente como un salvavidas. Era muy probable que a Leon no se le ocurriera buscarla en su habitación. Corrió por las escaleras de emergencia y salió hacia el cuarto piso en donde vigiló que no hubiera nadie alrededor; cuando estuvo segura, fue a la habitación de Sam y tocó la puerta con urgencia. Ella abrió segundos después, quedándose paralizada en la entrada.
—¿Qué diablos…? —Alcanzó a mascullar antes de que Noiholt se metiera rápidamente y cerrara la puerta—. ¿Qué ocurre, Maüser?
—Deja que me quede. —Con ese nivel de angustia, hablar le estaba costando el triple—. Necesito esconderme.
—Pero, ¿de qué?
—De Leon. —Jadeó, todavía apoyándose en la puerta cerrada.
Sam formó una vocal cerrada con sus labios cuando comprendió hacia dónde se dirigía el asunto. Frunció el ceño, llevándose las manos a la cintura.
—¿Quieres beber algo? —le preguntó tras una pausa.
—Sí, por favor.
—Pediré un champán.
—Necesito algo fuerte.
—Whisky, entonces —rectificó con las cejas a punto de escapársele por la frente. De seguro que las cosas estaban mucho peor de lo que le indicaba su imaginación—. Ponte cómoda, no tardo. —Señaló brevemente hacia el sillón de tres cuerpos que ocupaba parte de la habitación.
La australiana tomó el teléfono y no solo pidió el licor, también alimentos que Noiholt no vio hasta que el servicio a la habitación se presentó ante ellas. Se mordió fuertemente la boca, no había forma que algo sólido atravesara su garganta, solo quería embriagarse y olvidar su miseria por un rato. Pero Sam hizo caso omiso a su cara de asco.
—Ya que es viernes y no tenemos que trabajar mañana, vamos a ver una de mis telenovelas favoritas —anunció con voz alegre—. Se llama «La usurpadora» en español —sonrió torcido, y sus lindos dientes resplandecieron mientras traducía aquel título al inglés para que Noiholt comprendiera su significado—. Es de México. ¿La conoces?
—No —respondió, distrayéndose un poco de su dolor. ¿Telenovelas? ¿A Sam le gustaban las telenovelas?, ¿y latinas? Qué raro.
—No hay mejor remedio para la tristeza que una buena telenovela mexicana —sentenció con un asentimiento duro y breve de su mentón—, ya verás que tengo razón. ¿Sabes, muñeca? Eres la primera del equipo en conocer algo de mi vida privada. Me caes bien, así que, por favor, no le cuentes de esto a nadie, ¿vale? —Mientras hablaba, introdujo un casete de video en el reproductor bajo el televisor.
Al instante, una extraña canción en español comenzó a sonar. Para Noiholt ese idioma era aún más raro que el ruso, pero superada la extrañeza inicial –y el pequeño tamaño de los subtítulos– se vio inmersa en una historia de amor y traiciones como jamás imaginó. Sam, fascinada con su idea, le fue rellenando el vaso de licor cada cierto rato hasta que la chica terminó definitivamente borracha.
—Hablé con Ortiz el otro día —le comentó durante una pausa obligada en la que se puso a cambiar el casete—, tenías razón: no rechazó mi propuesta.
—Bravo —respondió con sorna.
—Ojalá sea tan bueno follando como me dice su rostro.
En medio de su ebriedad, Noiholt escupió parte del whisky que estaba sorbiendo en ese instante.
—¿Su… su rostro? —Reutilizó las últimas dos palabras en forma de pregunta.
—Por dios, ¿acaso estás ciega? Kennedy es muy guapo, pero David tiene algo… diferente, exuda testosterona; es imposible que no lo vieras, a menos que seas miope.
—No soy miope —alegó, ofendida.
—Entonces te has hecho la ciega.
—Claro que es guapo, Reynolds, pero preferiría que me dejara en paz. —Tan concentrada estaba en la conversación que no se dio cuenta de que había podido responderle a Sam sin dificultad.
—Ah bueno, es que tú ya tienes a un hombre exquisito para ti, pero yo estoy soltera y mi princesa no tiene acción hace semanas.
Noiholt volvió a atorarse con el whisky. No necesitaba ninguna traducción para entender quién era la princesa de Sam; esta última regresó a su lado en el enorme sillón, donde encogió las piernas mientras apretaba el botón de play para continuar deleitándose con la historia.
—Trae ese whisky para acá —masculló y le dio un trago rápido al licor desde el vaso de Noiholt, que volvió a mirarla como si fuera una loca. En ese momento, no le importó.
La noche transcurrió sin interrupciones. Ambas mujeres, borrachas hasta el límite, terminaron ocupando el sillón en las posiciones más extrañas que se puedan imaginar para seguir bebiendo y disfrutando de la telenovela. Noiholt volvió a desahogar sus penas en cuanto vio a Sam llorando con una escena bastante cliché, y mientras el cantante Luis Miguel gemía con voz rota que ya nada lo podía hacer vivir, sentía que iba a deshidratarse por toda el agua salada que caía cual cascada a lo largo de sus mejillas. ¡Maldito fuera Leon! En ese momento su alma herida deseaba no haberlo conocido nunca, tanto como la otra parte de su alma, la que lo amaba, sufría pensando en lo vacía que estaría su vida sin él. Si tan solo Ada no hubiera regresado…
Sam la invitó a quedarse en su cuarto hasta el domingo y la alemana, quizás por efecto del alcohol, aceptó sin titubear.
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Leon no pudo acercarse a Noiholt la misma noche de su discusión porque no la encontró. Para él había desaparecido del mapa, pues no se le pasó por la cabeza que podría haberse escondido en la habitación de Samantha Reynolds. Durante la búsqueda se topó con Chris y este le comentó que la había visto en muy mal pie. Su angustia crecía con el transcurso de las horas, pero no fue sino hasta dos noches después que pudo divisarla por casualidad en el restaurant del hotel. Fue extraño, ya que de alguna manera su instinto le dijo que podría encontrarse allí. La vio sentada en una mesa bastante apartada de la parte más concurrida del lugar. Empezó a caminar hacia su posición con cuidado de no asustarla y, al mismo tiempo, para evaluar su reacción; si se quedaba para acompañarla o debía retirarse discretamente estaba en manos de ella.
Por fortuna, la alemana también lo presintió. Alzó la vista hacia él con lentitud y una mezcla de emociones atiborró sus orbes atormentados. Pero no dijo nada, solo señaló la silla vacía en su mesa con una invitación muda. Leon asintió y tomó lugar a su lado, pensando en qué decirle para romper el hielo que se había instalado entre ellos como si fuera un desagradable muro de concreto. Se mordisqueó los labios un par de veces, y suspiró otras tantas.
—No sabía que fumabas cigarrillos —murmuró finalmente, recordando el gusto de la chica por usar aquella extraña pipa llamada narguile. Ella solo encogió los hombros—. ¿Qué bebes?
—Bourbon. —Arrastró un poco la palabra, lo que evidenció que llevaba unas cuantas copas de más encima.
—Mi favorito.
Noiholt le ofreció el vaso mientras daba una suave aspiración a su cigarrillo y le miraba atentamente con sus ojos color cielo. Leon lo tomó y dio un sorbo, sintiendo la calidez del licor llenar sus sentidos. Era muy agradable y le animaba a hablar.
—Lo que ocurrió con Ada… —empezó a decir, pero se detuvo sin saber cómo continuar. Suspiró, pasándose una mano por el pelo.
—Lo hiciste de nuevo. La primera vez lo comprendí porque no la habías visto desde Raccoon y necesitabas purgar eso de tu interior… pero, ¿de nuevo, Leon? ¿Tienes alguna idea de cómo me siento? Como una estúpida —se respondió la pregunta sin esperar a que él dijera palabra—. Ahora quiero saber si realmente eres capaz de tener algo conmigo sin arrepentirte porque no soy ella.
—Oye… —la miró con un dejo de ternura mezclado con tristeza—, ¿realmente crees que te considero un premio de consuelo? —Noiholt asintió vagamente—. Nada de eso, cariño.
—¿Y entonces?
—Pues… —suspiró por enésima vez, frotándose la nuca—, la verdad es que soy un imbécil; he hecho un lío de todo esto, aunque me sirvió para entender el nivel de mis sentimientos por ambas, y he llegado a una conclusión. —Dio otro sorbo al bourbon antes de continuar—. Quiero estar contigo, Noiholt. No puedo negar que Ada y yo tenemos una conexión muy extraña, pero eres una chica estupenda y te quiero conmigo.
—He sentido en carne propia la química que compartes con Ada. Pareciera como si todo fuera a estallar en llamas a su alrededor…
—Tú y yo tenemos la misma química. ¿Por qué te sientes inferior a ella?
Noiholt agachó la cabeza para esconder las lágrimas que no pudo retener. Las dejó caer sobre el mantel, sabiendo que su llanto silencioso era una tortura para Leon. Este la observaba en silencio pensando en cómo podría ayudarla, pero las palabras se le atoraron en la lengua y no le quedó más remedio que echar el cuerpo hacia atrás en la silla, esperando alguna señal divina proveniente de la vajilla o los cubiertos extendidos en el mantel.
—No me siento inferior —comentó precipitadamente con la vista aún fija en la mesa—, pero Leon… yo también he pensado mucho y… ¿no te das cuenta de que yo estoy tan obsesionada contigo como tú con Ada? —Volvió a mirarlo con el maquillaje de los ojos corrido, manchándole de a poco las mejillas—. Nos quieres a las dos. Mein Gott, nos quieres a las dos… ¿qué voy a hacer? Esto no tiene ningún sentido. Es una pesadilla. Yo solo… solo quería ser todo para ti…
—Lo eres, lo eres…
—¡No seas absurdo! —estalló dando un golpe con la palma plana sobre la mesa—. Claro que no lo soy, porque todavía la buscas a ella en mí. ¡Maldita sea!
Dio una calada furiosa a lo que quedaba de su cigarrillo. Al aplastarlo en el cenicero se quemó un dedo con la brasa aún viva y lo único que se le ocurrió fue soltar una buena ronda de insultos en alemán. Leon la observó en silencio, bastante seguro de que más de alguna grosería iba dirigida a él. Y lo merecía, por descontado.
Se trasladó con la silla para quedar a su lado cuando notó que dejaba de maldecir. Le tomó la mano y se llevó el dedo herido a la boca para luego soplar la quemadura. El gesto fue de una emoción tal que a Noiholt se le detuvo el corazón por un instante. Estaba cuidando de ella tanto como la dañaba, una curiosa ironía de la situación que estaba viviendo. Negó lentamente, pestañeando, sintiendo que las palabras que no deseaba liberar se empujaban las unas contra las otras como si fueran un tropel escapando de una zona llena de tragedia.
—Acepté irme un tiempo lejos de Estados Unidos para un entrenamiento especial… —Tragó saliva, porque el Bourbon se le había devuelto al inicio de la garganta—. Van a retirar dos agentes de esta misión, yo seré una. Tienes que aclarar tu cabeza mientras estoy fuera, y cuando regrese, si aún… quieres… estar conmigo…
—No necesito que te vayas para saberlo. —Ocultar la conmoción que le causaba la noticia fue difícil, pero lo consiguió a duras penas.
—¡Leon! ¿Cómo te lo digo? ¡Esto no va a ninguna parte mientras no sepas qué quieres en tu puta vida!
El aludido apoyó la palma de Noiholt en su mejilla, asegurándola con una mano. Fijó sus ojos azules en los de ella y no la permitió apartarse hasta que tuvo toda su atención.
—Ya sé que la he cagado en grande; tienes todo el derecho de patearme el culo y terminar con esto. Pero… —se llevó la mano libre al pecho— adentro, todo lo que deseo es que no te rindas conmigo, que me dejes demostrarte que tú eres mi chica aunque me porte como un estúpido.
La muchacha le tocó suavemente los labios con el pulgar.
—Esta boca no sabe qué sabor le gusta más.
Una frase bastante extraña nacida de la ebriedad, pero que a Leon se le antojó como una dosis de verdad inyectada directo al corazón.
—Estos labios nunca mienten —respondió con la voz aún más ronca de lo acostumbrado—. Tengo que trabajar duro para merecerte otra vez. —Espiró lentamente sin moverse de su posición—. ¿Cuándo vuelves?
—En un año, aproximadamente.
—Mierda… —se le escapó.
—No quiero separarme de ti, pero tampoco puedo quedarme contigo. No me has dejado opción.
Su voz terminó rota. Una lágrima cayó de la comisura de su ojo, y Leon se apresuró a secarla con los dedos. Ella compuso un mohín lleno de dolor que reflejaba una buena parte de lo que estaba sintiendo y, descorazonada, apretó la mejilla de Leon con la mano que él aún sujetaba contra su piel. Inmediatamente después, se levantó de la silla con mucha torpeza y salió corriendo por la entrada del restaurante, dejando a Leon con el estómago hecho un nudo y el alma resquebrajada.
Noiholt se precipitó hacia las afueras del hotel para sentir el frío afilado directo en la cara, sabedora de que ese dolor podía distraerla del profundo calvario que estaba sufriendo por culpa de toda la situación. Cuando sintió como si el frío le clavara miles de agujas en las mejillas, volvió adentro con la intención de encontrar consuelo en la almohada de su cama. Al entrar en la habitación cerró la puerta de golpe, deteniéndose un momento a tomar aire. Sus ojos se clavaron en la cigarrera que Ada le había regalado meses atrás durante su misión en Alemania, la cual yacía con inocencia en la parte superior de su mesita de noche. Apretó la boca con fuerza haciéndose sangre en el carnoso labio inferior.
—Dass Schlampe! —Con un grito ahogado se abalanzó hacia el mueble y cogió la cajita plateada; acto seguido, arrojándola con todas sus fuerzas hacia la pared más cercana.
Una de las esquinas de la cigarrera impactó de lleno contra el concreto y le dejó un pequeño agujero como recuerdo. Al caer al suelo, el objeto se partió en un montón de pedazos irregulares. Noiholt ni siquiera lo miró, ya que terminó de rodillas en el suelo compitiendo con su recuerdo del llanto más escandaloso que había proferido en sus veinte años de vida.
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Transcurridos algunos días en los que la chica alemana solo quería desaparecer del universo, el ambiente estaba de cortarse con un cuchillo cada vez que coincidía con Leon en algún lugar. Sam observaba en silencio y David se comía las uñas, ya sin ningún interés romántico hacia Noiholt gracias a los continuos avances de la australiana. Aunque iban a concretar su cita una vez se terminara la misión, no se medían un pelo coqueteando entre ellos y lanzándose indirectas como dos adolescentes hormonados, dejando a Xiao-Yang y Marcus con la bilis ardiendo en sus cuerdas vocales.
Una tarde particularmente agotadora, Noiholt ingresó a su cuarto arrastrando los pies. Se fijó, como todos los días, en los trozos de la cigarrera que se mantenían esparcidos tal y como habían quedado la noche de su ataque de cólera. Los había ignorado demasiado tiempo; cogió una bolsa de papel desde un pequeño armario del baño para tirar todo y luego llamaría al mánager para explicarle que ella pagaría la reparación de la pequeña hendidura que ahora lucía la pared. Cuando se agachó, pensó por primera vez en que, para ser un objeto metálico, se había partido en muchos pedazos. Algo no le cuadró en ese momento. Removió los trocitos de metal y descubrió un objeto que no tenía ninguna relación con el diseño de la cigarrera; se lo acercó a los ojos, cambiando numerosas veces el ángulo, observándolo desde todos los rincones. ¿Qué rayos era eso?
Había una especie de rectángulo plástico muy pequeñito que se asemejaba a una especie de circuito como los que van en la placa madre de alguna computadora. Adherido a uno de sus extremos se encontraba un cable muy corto y su terminación se veía extraña, como si estuviera soldada con una aleación de metal…
«Oh. No. No, no. Imposible».
¿Sería un micrófono?
Bueno, Ada era una espía profesional. ¿Por qué no iba a hacer su trabajo utilizándola para vigilar a Leon?
«¡Mierda!», gimió en su interior. «¿Cómo no lo pensé antes? ¡Soy una estúpida!».
Salió del cuarto sin perder ni un segundo más. Actuó por puro instinto: entró a la habitación de Leon hecha una furia y lo encontró sentado en su escritorio utilizando la computadora; sintió que le ardía el cuerpo de rabia por lo que, sin previo aviso, le arrojó a la mollera con puntería certera el extraño aparato que había encontrado en su cigarrera. El agente, entre asustado y sorprendido, alcanzó a echar la cabeza hacia un lado y pudo eludir el proyectil por milímetros.
—¡Dile a tu noviecita que no juegue conmigo, carajo! —chilló la muchacha.
—¿Qué rayos te pasa? —Le negaba la palabra por días, ¿y ahora le hablaba así?
—Ada me puso un puto micrófono. —Eliminó el espacio entre ellos con unas zancadas algo dificultosas para sus piernas, que no se destacaban por ser muy largas—. Un. Puto. Micrófono —repitió entre dientes, imprimiendo toda la ira que sentía en cada una de las palabras.
Leon dirigió la mirada hacia donde había visto caer el aparato. Más que un micrófono parecía un dispositivo de localización, por lo menos a simple vista; había que reconocerlo, tenía cara de ser una jugarreta de Ada, pero tampoco podía asegurarlo a ciencia cierta.
—Ada no es mi novia —respondió en tono cansino—, ese lugar sigue siendo tuyo aunque no lo quieras. Segundo, ¿cómo sabes que fue ella? —La miró.
—P-porque… —titubeó; no quería explicarle el momento que había compartido junto a la espía en Alemania—, yo… ¡E-estoy segura!
Su enfado crecía como la espuma con cada segundo que pasaba. Leon se limitó a observarla en silencio, a la espera de alguna explicación más completa, y ella sabía que no se quedaría tranquilo solo con su palabra. Sentía las venas hirviendo, casi como si escuchara directo en los tímpanos su sangre circulando por todo su cuerpo, haciéndola perder la razón más rápido de lo que podía controlarse. Volvía a ser una adolescente furiosa y frustrada.
—Piénsalo un momento, Noiholt. Nuestro trabajo es muy peligroso, y eso —señaló el misterioso aparato con un dedo— podría habértelo colocado cualquiera.
—Mein Gott, ¡deja ya de defenderla! —gritó golpeando el escritorio con la palma abierta.
En ese instante, el pobre agente Kennedy estuvo a milímetros de perder la paciencia. Odiaba discutir con la chica así que para distraerse un poco de la situación se frotó la cara con ambas manos mientras gruñía «Mujeres» como si fuera una palabra soez.
—¿Sabes qué? —farfulló de pronto, con la boca atrapada entre sus palmas impacientes—. No me da la gana de perder el tiempo discutiendo una tontería como esta. Si Ada te colocó el transmisor, lo cierto es que ya la descubriste así que no tiene caso seguir hablando del asunto. Si no fue ella, el resultado es el mismo.
Noiholt retrocedió, tanto físicamente como en sus ideas. Esa reacción no estaba entre sus planes.
—¿Es que no te importa lo que hizo? —jadeó.
—¡Lo que no entiendo es por qué diablos te enojas conmigo! —Sí, le estaba costando lo indecible controlar su molestia—. ¿Te das cuenta de lo injusta que eres?
—¡Y una puta mierda! ¡Que te den, Leon!
—Al carajo todo… —masculló levantándose bruscamente de la silla.
Noiholt sabía por instinto lo que Leon iba a hacer, y no lo detuvo. Tenía certeza de que inmovilizaría su cuerpo contra la pared para masajearle los pechos mientras le hundía la lengua hasta las profundidades de la boca, y no hizo nada. Sintió en su carne que después de robarle el aliento con besos interminables, trasladaría sus manos desde sus pechos a su trasero y hundiría dos dedos en su interior para masturbarla con la maestría que lo caracterizaba. No iba a costarle nada arrancarle uno o dos orgasmos solo con la habilidad de sus manos y su boca, tras lo cual iba a cogerla con ligereza y le embutiría el miembro sin contemplaciones, machacándola hasta extraerle otros dos orgasmos más y luego correrse él entre gemidos agotados. Ella sabía todo eso y tenía miedo, no de que le hiciera daño físico, sino de lo que podía pasar con su alma rota si le permitía llegar tan lejos.
Chocó las escápulas contra el duro concreto y soltó un gemido que Leon acalló rápidamente besándola de una manera que debería estar prohibida. Sus manos le apretaban los pezones provocándola, volviéndola loca con cada giro, cada tirón. Una de ellas inició el recorrido mortal hacia su entrepierna mojada, entreteniéndose antes en la piel de su cintura que la blusa permitía sentir. Siguió bajando, colándose por debajo de la falda y alcanzando peligrosamente su objetivo.
—Leon…
—Sshh.
—No… no soy Ada… —consiguió pronunciar a duras penas.
Leon la soltó como si fuera un fierro caliente. ¿Qué?
—Noiholt, estás… —Le resultó imposible terminar la frase. Sentía que su pantalón le apretaba más que nunca, ardiente, latiendo por continuar con lo que había empezado.
—Te vi besándola; me estás haciendo lo mismo que a ella —explicó a punto de llorar, pero no de tristeza sino de rabia.
Ahora sí, toda la excitación abandonó rápidamente el cuerpo del agente. No lo podía creer. Miró a Noiholt con la cara descompuesta por una sorpresa que aún no acababa de digerir.
—Lo siento —fue lo único que se le ocurrió decir. Se revolvió el cabello—. Lo siento —reiteró—, no era consciente de lo que te estaba haciendo.
—Sé que no lo haces a propósito. —Se reacomodó la ropa y recogió su cabello en una coleta con la goma de pelo que llevaba en la muñeca, algo que le daba un aire mucho más juvenil a su apariencia habitual—. Me voy mañana —anunció con un suspiro cargado de resignación—; no quería pelearme contigo antes de partir, pero esto… —se encogió de hombros, señalando el dispositivo como si fuera el culpable de todo. Leon asintió.
—Escríbeme, por favor. Vas a hacerme mucha falta. —Trató de acariciarle la mejilla, pero ella desestimó el gesto dándole un manotazo.
—No me jodas —rechinó.
—Ya sé que estás enfadada. Asumo mi culpa en todo esto pero no dudes de nosotros.
Desde pequeña, Noiholt siempre había sido muy cuidadosa al elegir sus palabras antes de hablar pues conocía el efecto que una frase dicha con el calor de la ira podía provocar en el interior de una persona. Le bastaba con recordar a su familia materna para controlarse («¿En qué momento se te ocurrió enamorarte de un nazi, Ulrica? ¿Y tú creías que te lo íbamos a dejar pasar así, sin más? ¡Llévate a esa enana bastarda de aquí, que no vas a obtener un solo peso de la herencia de la familia Goldstein!». «Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ¡Pero si es la hija de Frederick Maüser!, silenciosa como una serpiente. ¿Ya empezó a hablar o sigue muda? Esa gente está enferma, claramente la enana iba a tener problemas mentales»); las palabras eran una fuente de muchos peligros, retirarlas no era cosa fácil, su daño podía ser permanente y un «lo siento» no siempre deshacía la herida. Y una disculpa nunca borraba lo ocurrido, solo podía atenuarlo. Por todo ello Noiholt titubeó varias veces pues no deseaba meter el dedo en la llaga de Leon; sabía de sobra que este sufría por todo su comportamiento estúpido hasta que se dio cuenta de que la única forma de hacerlo entrar en razón era lanzarle la verdad pura y dura, sin adornos. Sin sentimientos de por medio.
—Tienes veinticuatro años y sigues portándote como un crío de secundaria —dijo en voz baja con los dientes duramente apretados. Leon retrocedió, intuyendo que aún le faltaba más por escuchar y que iba a terminar muy dolido—. Me jode la vida pensar en el futuro que me espera contigo cada vez que Ada regrese… y no solo a mí, ¡le vas a joder la vida a cualquier chica que se enamore de ti si no solucionas tus mierdas emocionales!
«Mierdas emocionales», pensó el agente con la boca abierta.
—Estoy agotada, Leon. Hay cosas que puedo entender, pero esta no. Hasta aquí llego —anunció nuevamente furiosa.
Noiholt trató de abandonar la habitación, pero su interlocutor le cerró el paso rápidamente interponiéndose entre ella y la puerta.
—¿No tengo derecho a réplica? —preguntó, sarcástico. Ella sacudió la cabeza—. Un abogado diría que puedo defenderme… —intentó rozarle la mejilla una vez más.
—¡Que te jodan! —Lo apartó de un fuerte empujón—. Sabes que estoy enamorada de ti, ¡no uses eso para manipularme! —Otro manotazo—. ¡Tú y esa zorra hicieron mierda mi existencia!
Tras esa última frase, la chica alemana se mordió la lengua con fuerza. Le dio otro empujón a Leon y se esfumó de la habitación antes de volver a decir algo que no sentía. Él, por su lado, se quedó inmóvil frente a la puerta cerrada. Quería sentir dolor para mitigar la culpa que lo asfixiaba, pero el golpe en las palabras de Noiholt fue mucho peor de lo que esperaba.
Tenía razón. Era una mierda de persona.
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Moscú, Rusia. Día 28 de julio del año 2000.
Pasadas las cinco de la tarde, el equipo se reunió en un lugar discreto que habían escogido por lo oculto que se encontraba a los ojos de la gran ciudad.
—¿Dónde está Maüser? —preguntó Sam mirando directo a Leon, como si fuera el responsable.
—Fue retirada de la misión como parte del plan que estamos siguiendo. El próximo será Marcus, sus instrucciones llegarán a través de Hunnigan en unos cuantos días.
El tono del agente Kennedy fue plano, pero Sam no se tragó su fachada tranquila. Antes de que dijera algo más, Leon rellenó el silencio haciendo preguntas sobre los avances de sus investigaciones.
Casi sin darse cuenta se vio de nuevo en su habitación del hotel bebiendo un vaso de bourbon para pasar el rato. Todo le parecía en blanco y negro ahora que Noiholt no estaba con él.
Su transmisor sonó de pronto, sacudiéndolo del sopor en que se encontraba inmerso.
—Leon Kennedy —respondió.
—Tenemos un problema. —La voz de Hunnigan se oía particularmente tensa. Preocupada.
—¿Qué ocurre?
—Perdimos comunicación con el avión Lockheed MC-130.
Leon estuvo a punto de ahogarse con su propia saliva.
—Hunnigan, por favor dime que no es ese el avión en donde Noiholt…
—Lo siento, Leon.
—¡Mierda!
—La última transmisión que tenemos es de hace una hora. Aparentemente todo iba bien, solo habían reportado algunas turbulencias pero luego de eso es como si hubieran desaparecido del mapa… Lo único que está claro es que no llegó a aterrizar, y no se han reportado accidentes hasta el minuto. Estamos enlazados con el Departamento de Policía, han enviado refuerzos para peinar todo el perímetro de investigación.
—Iré a reunirme con ellos.
—No, Leon, tú debes ceñirte a la misión. Te prometo que estaré informándote de todo.
Leon cortó la comunicación en ese momento, incapaz de quedarse tranquilo como sugería el tono de la mujer.
Impotente. Esa era la mejor definición para su estado mental actual. Completa y absolutamente impotente. Había perdido el control de todo su entorno.
Cogió su celular desde el bolsillo trasero de su pantalón y llamó a Noiholt a sabiendas de que sería inútil. No le importaba lo más mínimo, solo quería dejarle un mensaje. Tenía claro que saltaría de inmediato el buzón de voz, y así fue.
—Tienes que estar bien. Te necesito. Te…
La voz se le apagó y no pudo seguir hablando. Cortó, estrujó el aparato con su mano y se contuvo de estamparlo contra el suelo porque lo necesitaba para estar al tanto de las novedades. Caminó hacia el balcón para inyectarse de aire fresco, en donde permaneció mucho rato sin notar el frío. Tan absorto se encontraba que solo se dio cuenta de la presencia de Ada a su lado cuando su perfume característico le invadió las fosas nasales. Por primera vez desde que la conocía, se sentía demasiado distraído como para reaccionar a su belleza.
—¿Y tu alemana, guapo? —preguntó con una sonrisa.
—Se fue, pero me dejó este regalito para ti. —Sacó el dispositivo y lo dejó caer sobre la palma abierta de Ada, a quien se le esfumó la sonrisa de golpe.
—Ahora lo entiendo… —murmuró.
—Increíble, realmente fuiste tú. ¿Me estabas vigilando? —habló enfadado.
—A ti no, Leon. A ella.
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¡Muchas gracias por llegar hasta aquí! Pronto la continuación de esta historia. Espero que les haya gustado el capítulo :D ¿qué habrá pasado con Noiholt?
¿Sobrevivirá?
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
