Capítulo II

Elicia tenía prohibido acercarse a los muelles cuando los comerciantes venían a entregar sus productos. Hace años su tía abuela lo había decidido así y su madre había estado de acuerdo, luego Jeor también lo estuvo; pero eso era normal en él, no la dejaría salir de la empalizada si ella no le recordara que no era una prisionera.

Le gustaba pasear por el bosque montando a su caballo, siempre la acompañaba un guardia, pero tenía libertad para ir por los alrededores. Aún habían salvajes que decidieron seguir viviendo al otro lado del muro; tal vez porque no conocían nada más y no consiguieron adaptarse a la vida de ese lado, un poco como ella, o porque simplemente no les interesaban las leyes y querían seguir viviendo del robo y el asesinato. Ella estaba advertida sobre ese tipo de salvajes, pero decían que no se había visto a uno en la Isla del Oso en los últimos años.

La isla era un lugar hermoso, pero Elicia a menudo solía imaginarse viviendo en otro lugar; a veces en un castillo, otras en una mansión en medio de una ciudad. Su madre le había contado como era vivir en Volantis. Elicia deseaba visitar a su familia volantina en algún momento de su vida, pero no estaba segura de si podrían reconocerla, había abandonado Volantis siendo solo una bebé. Aunque aún conservaba el collar que le dio su madre, y que según ella había pertenecido a su abuela, así que tal vez podría mostrárselos y eso haría que se dieran cuenta de quien.

El sonido de un palo quebrándose hizo que el guardia se pusiera alerta y agarrara su espada, listo para desenvainarla, sacando a Elicia de sus pensamientos. Las palabras de Jeor se habían incrustado profundamente en su cabeza, pensó que tal vez era un salvaje que quería llevársela. Sujetó las riendas de su caballo preparándose para huir, pero solo se trataba de su primo.

—Sabes que debes decirle a la abuela o a mí cuando vas a salir de la empalizada —le dijo Jeor.

—¿No lo mencioné ayer?

—Al parecer olvidaste hacerlo —le respondió con una sonrisa.

—Bueno, entonces puedes acompañarme, para que esté a salvo de hombres crueles.

Vio a la sonrisa de su primo flaquear, pero volvió a acomodarla en su rostro y aceptó hacerlo, despidiendo al guardia.

—Pensaba ir al río —le dijo Elicia.

—De acuerdo.

Elicia había notado que su primo actuaba algo extraño últimamente, no estaba segura de porqué. Tal vez estaba nervioso por su próxima boda, había escuchado decir que a los hombres les daba miedo casarse. Ella había crecido sabiendo que estaba comprometida con él, así que cuando pasara aquello lo aceptaría con normalidad.

Tampoco le incomodaba que fueran primos, como a algunos sirvientes parecía hacerlo, la mayoría de señores no veían mal casarse con sus primas. Además, la familia real de Poniente solía ir más lejos y se casaban entre hermanos; la misma costumbre que aún seguían aquellos que decían pertenecer a la Antigua Sangre en Volantis.

Su madre había sido una de ellos, eran los únicos que podían vivir dentro de la Muralla Negra y, a pesar de todos esos años, conservaban la forma de vida de Valyria. Las alianzas matrimoniales entre familias hacían que no todos se casaran con sus hermanas, ya que tampoco era algo necesario porque no poseían dragones; así que las familias de la Antigua Sangre no tenían que mantener esa sangre en un círculo tan cerrado.

Elicia se consideraba afortunada, su marido no sería un hombre viejo y gordo, como algunas doncellas tenían la desdicha de aceptar como señor esposo. Jeor estaba bien, aunque era mucho más grande que ella. En algún punto no había parado de crecer, mientras ella se demoraba más en hacerlo. Las criadas solían compararla con sus muñecas, por lo pequeña y bonita que era; y gracias a que se veía así, conseguía hacer que todos hicieran la mayoría de cosas que ella quería.

Sabía que era hermosa, notaba la forma como los hombres la empezaron a mirar al crecer, su primo no era la excepción. Hasta el momento solo le había negado una sola cosa: irse de la Isla del Oso, pero al menos la había compensado con un viaje de bodas.

Solo faltaba un año. Elicia no estaba nerviosa, pero tampoco emocionada por el asunto; su vida seguiría como siempre. A excepción de un posible embarazo, eso era lo único que conseguía arrebatarle el sueño a veces. Daba vueltas en su cama pensando que algunas mujeres habían muerto debido a un mal parto. Ella aún era pequeña, tal vez no podría tener un parto normal.

—¿Necesitamos tener un heredero apenas nos casemos? —le preguntó a Jeor.

No la miró cuando le respondió.

—Esperaremos unos años, nadie quiere que tengas un embarazo complicado.

—Entonces… ¿No consumaremos el matrimonio?

—Lo haremos… —Se aclaró la garganta—. Pero tendrás que tomar Té de la Luna antes de hacerlo.

—¿Deberé tomarlo durante años?

—Si no quieres hacerlo… veremos más formas para que no quedes embarazada.

—¿Cómo cuáles?

—Creía que el maestre te había enseñado sobre ese tema.

—Lo hizo, pero sin Té de la Luna no entiendo de que forma no podría embarazarme.

—¿Qué es lo que sabes sobre el sexo?

—Que los hombres meten sus penes dentro de las mujeres y derraman su semilla en nuestra matriz, el bebé nace aproximadamente nueve lunas después.

—Un resumen básico y simple —le dijo con burla en la voz.

—Eso es todo lo que se necesita saber, lo he leído decenas de veces. —Se defendió Elys.

—¿En libros de anatomía?

—Sí.

—Entonces te puedes imaginar que el hombre puede salir de dentro de la mujer antes de derramar su semilla.

—¿Qué sentido tendría acostarse con una mujer si hacen eso?

Jeor se rio.

—Para ver como se derrama en otro lugar, ¿no crees? Los hombres lo hacen todo el tiempo…

—Eso es asqueroso.

—Placentero, dirían algunos.

—¿Lo hacen solo por qué les gusta ver algo así?

—Sí.

—Que extraño.

Llegaron al río, y Jeor la ayudó a desmontar. Se sentía más relajada después de enterarse de que no tendría que embarazarse pronto.

Elicia tenía algunas dudas sobre el sexo, pero no se atrevía a preguntarle sobre ese tema al maestre, si su madre estuviera viva ella le habría preguntado, no tenía tanta confianza con el resto de mujeres de su familia. Ellas se veían y actuaban tan diferente a su madre fallecida y a la misma Elicia, que a veces llegaban a intimidarla. Jeor, en cambio, no le daba miedo; se habían acercado mucho con los años, era la persona en la que más confiaba. Se le ocurrió que tal vez podría recurrir a él para despejar sus dudas.

Sabía que los hombres sentían placer al hacerlo, por eso buscaban la compañía de prostitutas. Su tía abuela y su tía Lyanna le advirtieron que incluso intentarían engañar a las mujeres con mentiras de todo tipo para poder llevarlas a la cama, pero…

—¿Las mujeres también sienten placer durante el sexo? —le preguntó a su primo.

Jeor la miró sorprendido un momento y luego volvió a mirar al frente, pensando en quien sabe qué, antes de responder:

—Sí…, y los archimaestres aseguran que es incluso más placentero para las mujeres.

—¿Ah, sí?

—Las mujeres experimentan un clímax más largo e intenso.

—No sabía eso... Creía que solo nos tumbábamos en la cama y esperábamos que el hombre sembrara su semilla. —Se rio, sintiéndose tonta.

—Muchas damas se casan con hombres poco interesados en el placer de sus esposas, tal vez sea por eso que no se habla sobre ello.

Caminaron juntos, en silencio, un rato más.

—¿Nunca has tenido un orgasmo?… —le preguntó Jeor de pronto.

—Nunca me he acostado con nadie, mi señor —le respondió Elicia, ofendida.

Él se rio.

—No necesitas hacerlo…, puedes usar tus manos.

—¿Cómo?

—¿Lees tanto y no lo sabes?

—Los libros de anatomía no especifican eso.

—Hay otro tipo de libros… que detallan ese tipo de situaciones.

—¿Tienes uno de ese estilo?

—Sí.

—¿Me lo prestas?

—No.

—¿Por qué no?

No le respondió, se alejó para arrancar una flor de espino.

—Podría explicarte como hacerlo… —le dijo al volver, poniéndole la flor en el cabello.

—Oh, bien. —No perdía nada por saber.

Jeor volvió a aclararse la garganta.

—¿Sabes que lugares en tu cuerpo son sensibles? —Elicia no estaba segura de comprender a que se refería su primo. Él lentamente acercó la mano hacia ella—. Generalmente es aquí… —dijo tocando suavemente un lado de su cuello y luego los lóbulos de sus orejas—, aquí… — se acercó más a ella para poder tocar su espalda baja—, aquí… —pasó sus nudillos al lado de sus senos, bajando hasta su vientre—, aquí también… y el lugar más importante entre todos… —Sus dedos se detuvieron en su pelvis, Elicia dejó de respirar—. Luego de explorar este lugar adecuadamente, no querrás parar de hacerlo.


«¿Qué había hecho?», pensó Jeor más tarde.

¿Por qué lo había hecho? ¿Escucharla hablar sobre sexo lo hizo perder la razón? ¿Con qué fin le había explicado eso? ¿Para que estuviera preparada para lo que sucedería en su encamamiento? ¿O para que empezara a aceptar los avances que a veces quería llevar a cabo? ¿Era tan fuerte su deseo de pervertir a Elicia?

Esa noche no pudo conseguir dormir y salió a tomar aire fuera de la casa. Al regresar pasó frente al dormitorio de su prometida, y escuchó sus gemidos al otro lado de la puerta. Huyó de regreso al frío de la noche inmediatamente.


A la mañana siguiente Elicia se había levantado sintiéndose extraña, por primera vez en su vida había sentido lo que era tener un orgasmo. Se había tardado en hallar que era exactamente lo que tenía que hacer al tocarse allí, pero cuando empezó a sentirse bien no paró hasta que todo pensamiento se borró de su cabeza y lo único en lo que pudo concentrarse fue en frotar ese lugar, hasta que una sensación indescriptible se liberó desde esa zona de su cuerpo, recorriéndolo todo hasta dejarla con las piernas temblorosas.

Estaba segura de que había hecho ruido, se alegró de haber escogido esa hora de la noche para hacer eso, porque aunque se hubiera acercado alguien a su dormitorio ella no habría podido detenerse. Se avergonzaba solo de pensarlo.

También estaba segura de que quería volver a repetirlo. Jeor tenía razón, ahora no quería parar de hacerlo. Volvió a sentirse afortunada de que su prometido fuera Jeor, si le había hablado sobre aquello era porque le importaba que ella también se sintiera bien. Sería un buen esposo, se dijo.

Además, era atractivo. En la Isla del Oso no habían hombres como los que se describían en los cuentos; pero Jeor, con su ancha espalda, su gran estatura, su oscura barba que contrastaba con su piel, y sus ojos llenos de calidez cada vez que la miraban, lo hacían el hombre más deseable de la isla.

¿Qué se encontraría en su noche de bodas bajo todo ese cuero y pieles que lo cubrían? Seguramente también era grande en otros lugares, uno de sus dedos ya le parecía enorme, ¿ella podría soportar su tamaño?, no podía imaginarse cuan grande sería su…

Dejó de pensar en eso de inmediato, estaba volviendo a sentirse húmeda entre las piernas.


Jeor fue a rezar frente al arciano que había cerca de la empalizada. Pidió tener sabiduría y templanza a la hora de actuar.

A Elicia le gustaba aquel arciano, pero no estaba acostumbrada a rezarle. Por influencia de su madre, los dioses que ella conocía eran los de la Antigua Valyria. Los valyrios no les rezaban, buscaban ser como ellos; tal vez por eso nacían con tal belleza sobrehumana.

Concentró sus pensamientos en la oración a sus dioses, pero la imagen de Elicia no paraba de entrometerse cada vez que lo intentaba. Debía liberarse de sus sentimientos y sus deseos, porque lo estaban llevando a tener oscuros pensamientos sobre su prometida.

Elicia era solo una niña a su lado, él era un hombre adulto de dieciocho años, ella acababa de sangrar hace solo unos meses atrás. Era una miembro de su casa, compartía su sangre, la había visto crecer; y Jeor solo podía pensar en el día en que la tendría en su cama.

No importaba lo que hiciera, no podía dejar de lado esos pensamientos, no podía liberarse de lo que ella le hacía sentir; pero, tal vez, dejarlos libres era el remedio. Entregarse a ellos, solo un poco, lo ayudaría a no explotar.

La vio suspirar cuando le habló de aquello frente al río, y había hecho lo que le sugirió esa misma noche… Estaba seguro de que él le interesaba de alguna forma, nunca se había mostrado en contra de su compromiso, e incluso lo había besado...

Y entonces se decidió, lo haría. Se rendiría ante ella, como muchas otras veces; pero esa vez, el capricho que esperaba ser satisfecho sería el suyo. No habría ninguna consecuencia negativa, ella iba a casarse con él en tan solo un año. No dañaría su doncellez, por supuesto, no hasta su noche de bodas. Había tantas otras cosas que quería hacer con ella, que no sería necesario tomarla de esa forma.


Jeor fue a buscarla con un libro en la mano, la halló dentro de su dormitorio. Estaba sentada, leyendo.

—Debes ser más cuidadosa, Elicia —le dijo Jeor entrando a la habitación—. O al menos más silenciosa.

—¿Qué…?

—Te escuché ayer en la noche.

La vio sonrojarse y abrir la boca sin saber que decir. Se acercó a ella y le ofreció el libro que llevaba con él.

—Toma —le dijo.

—¿Qué es? —preguntó aún sonrojada, tomándolo.

—El libro que querías que te prestara.

La vio abrirlo y mirar una página con sorpresa, antes de cerrarlo de inmediato. Volvió a quedarse sin saber que decir.

—Si no lo quieres, puedes quemarlo. Ahora es tuyo.

Jeor se despidió y salió de la habitación.

Había conseguido ese libro en la Ciudadela, los novicios se lo pasaban entre ellos hasta que el Senescal se enteró y quiso requisarlo. Le pidieron que lo escondiera, ya que nadie sospecharía que él pudiera tenerlo. Lo escondió sin saber de lo que se trataba hasta que lo abrió.

Estaba lleno de dibujos de mujeres. Mujeres tocándose a sí mismas o a otras mujeres. Usando a hombres para su placer, ya sea debajo o encima de ellos. Exponían sus cuerpos en tantas poses sugestivas que Jeor no pudo apartar los ojos de esas páginas.

Escondió el libro durante mucho tiempo, nadie se atrevía a pedírselo luego de que un par de novicios fueran castigados con tareas asquerosas por haberlo tenido en su poder. Al final, Jeor se lo llevó con él cuando volvió a la Isla del Oso.

En algún momento las mujeres se convirtieron en Elicia, la imaginaba actuando como ellas; exhibiéndose para él, tocándose de la misma forma, soportando sus embestidas, sentándose sobre su miembro erecto. Su deseo a veces se convertía en algo insoportable.

Esperó que el libro despertara su curiosidad por fin. Le había sorprendido que fuera tan inocente, que nunca se hubiera tocado a sí misma siquiera. Una parte de él se sentía mal, como si estuviera corrompiéndola; pero la otra pensaba que le hubiera gustado enseñarle personalmente como hacerlo.


Elicia ojeó el libro sin poder creer lo que veía.

«¿Quién había dibujado todo esto?», se preguntó. Se fijó en el detalle de los dibujos, las expresiones faciales y la precisión anatómica. «Al autor le fascinaban las mujeres».

Nunca había visto algo parecido, ni siquiera leía libros eróticos. En la Isla del Oso no había ese tipo de literatura, y nunca le interesaron las historias de amor.

A veces fantaseaba con que un príncipe pedía su mano en matrimonio y la llevaba a vivir junto a él en su castillo, pero solo era su anhelo por dejar la isla lo que la llevaba a imaginar algo así, nunca el amor del príncipe.

"¿Qué debía hacer con el libro? ¿Qué había hecho su primo con él todo el tiempo que lo tuvo?»

Elicia no lo quemó, pero tampoco se lo devolvió a Jeor.


Mientras cenaban juntos, Jeor no dejó de mirar a su prometida. Se fijó que ella evitaba su mirada. Parecía avergonzada, aunque no era ella quien debería estarlo.

—Unos pescadores vieron botes acercarse a la costa desde el norte, hace unos días. Están seguros de que eran salvajes —informó de pronto su abuela.

Jeor dejó que su atención cambiara de dirección.

—Tenemos que estar atentos de un posible asalto a alguna villa. O puede que se dirijan aquí, no sabemos cuántos son —continuó Maege.

Volvió a fijarse en Elicia, sostenía los cubiertos con fuerza, viéndose asustada; por fin lo miró. Su mirada de miedo fue suficiente para hacerlo actuar.

—Ordenaré doblar la guardia y enviaré exploradores —anunció él.

—Me ofrezco como exploradora —dijo su hermana, Maege la pequeña, comiendo despreocupadamente.

—Esto es serio, sobrina —le regañó su tía Lyanna.

—Aunque no han habido asaltos en mucho tiempo, no debemos bajar la guardia. Jeor, hazlo lo antes posible —ordenó su abuela—. Elicia, deberías evitar ir al bosque, al menos hasta que estemos seguros de que los salvajes se fueron.

Ella asintió.

—También deberías entrenar en el manejo del hacha, o del arco, al menos. Nunca es tarde para aprender —le sugirió su madre a Elicia.

Su prometida se removió incómoda en su silla.

—Ella no tiene el físico para eso, madre. Y como mi futura esposa, soy yo quien tiene que encargarse de protegerla.


Esa noche, Elicia estaba preparándose para irse a dormir, cepillaba su cabello mientras pensaba en la noticia que dio su tía abuela. Era tarde y solo tenía una vela encendida. De pronto, escuchó un sonido fuera de su ventana. Su dormitorio estaba en el segundo piso, pero si alguien intentaba trepar desde fuera, tal vez lograría entrar si se lo proponía.

Agarró la vela y salió de la habitación, con dirección a la de Jeor. Entró sin llamar y lo encontró dormido en su cama.

—Jeor… —lo llamó intentando despertarlo.

Él abrió los ojos lentamente, verla hizo que se incorporara de inmediato.

—Creo que hay alguien fuera de mi ventana —le dijo.

Su primo se levantó de la cama, cogió la espada, y le ordenó que no se moviera de allí, antes de salir.

Elicia así lo hizo. Esperó obedientemente a que Jeor regresara, mientras escuchaba a gente fuera de la casa. Se acercó a la ventana para ver a través de una rendija, pero no pudo observar nada con claridad. Temía que los salvajes comenzaran su asalto en cualquier momento.

Empezó a preocuparse por Jeor, él había salido solo en ropa de dormir. Se acercó a la puerta, dispuesta a salir y ver que ocurría afuera; cuando escuchó pasos acercándose y vio como entraban repentinamente.


Jeor se encontró con Elicia a punto de abrir la puerta.

—Te ordené que no te movieras de aquí —la regañó.

—Solo quería ver que estaba pasando…

—Todo está bien, solo era un guardia borracho. Ahora está en una celda por abandonar su vigilancia.

—Oh. Lamento haberte despertado…

—Hiciste bien, ese guardia tenía que vigilar tu habitación y te descuidó. Obtuvo lo que merecía. Será despedido de su puesto.

—No deberías ser tan duro con él…

—¿Y si algo te pasaba solo porque el decidió no hacer su trabajo?

—Pero no pasó nada…

—Ese no es el punto. Desobedeció una orden.

—¿Entonces me castigarás a mí también, por intentar salir de aquí? —le preguntó Elicia con sarcasmo.

—Podría hacerlo. —Ella lo miró sorprendida— Pero solo estuviste a punto de desobedecerme, no lo hiciste realmente. Así que no obtendrás un castigo. Al menos esta vez.

Ella parecía no saber si hablaba en serio o no.

—Mañana tendré que volver a designar a los guardias, descartar a los incompetentes y escoger a tus nuevos vigilantes. Así que hoy dormirás aquí.

—Creo que eso… no sería apropiado, mi señor.

—No dejaré que estés desprotegida. —Jeor la miró de arriba a abajo, Elicia solo estaba vestida con su camisón—. Ya es muy tarde y hace frío, métete en la cama.

Elicia lo obedeció. Cuando hablaba con firmeza sabía que ella tendría que hacerlo, después de todo prácticamente era el Lord Mormont.

Al ver como Elicia se metía en su cama, sintió como la parte baja de su cuerpo respondía con excitación. Él solo quería que estuviera segura, no podía dejarla bajo la vigilancia de algún otro inepto.

Si al despertar, a la mañana siguiente, se encontraba con que alguien se había colado en la habitación de su prometida y se la había llevado quien sabe a donde, perdiéndola para siempre, se volvería loco.

Se acostó a su lado, luchando contra su deseo de acercársele, no era el momento se dijo. Debía empezar con un regalo, unos besos y luego podría intentar que ella aceptara una que otra caricia; pero cuando Elicia se pegó a él para abrazarlo, olvidó cualquier tipo de plan.

—Gracias por preocuparte siempre por mí —le dijo ella—. Cuando mi madre murió me sentí sola y desprotegida, pero tú hiciste que dejara de sentirme así... aunque a veces aún me siento sola. No quiero que estés enojado conmigo, no podría soportar que me alejes.

—Nunca haría eso —respondió Jeor, hablándole con un tono más amable—. No estoy enojado contigo, nunca podría molestarme por algo que hicieras, solo estoy preocupado.

Giró de lado hacia ella y acarició su mejilla, Elicia le sonrió en respuesta, antes de acercársele y darle un beso en los labios. Comprendió que esa era su forma de mostrarle su afecto y agradecimiento, pero Jeor necesitaba que fuera algo más.

Esa vez fue Jeor quien se acercó a ella y la besó. A diferencia de Elicia, besó sus pequeños y carnosos labios con pasión. Luego se dirigió hacia su cuello para besarlo también, y la escuchó reír suavemente.

—Tu barba me hace cosquillas —le dijo.

Jeor sonrió pero no dejó de hacerlo, hasta que la escuchó suspirar; entonces volvió a besar su boca, esa vez explorándola con la lengua.

La sintió temblar debajo de él, pero solo era por la sensación de una lengua invadiéndola. Ella no respondía de la misma forma que él. Jeor sabía que no tenía ningún tipo de experiencia, así que se propuso instruirla.

No estaba seguro de cuanto tiempo estuvo devorando la boca de su prometida, en algún momento sintió que una pequeña mano lo empujaba desde su pecho. Se separó de ella.

—Jeor… —La expresión que vio en su hermoso rostro hizo que aún no quisiera parar. Las mejillas sonrojadas, sus ojos llorosos y sus labios hinchados, fueron demasiado para él.

—Te amo, Elicia —le confesó—. Eres lo más valioso para mí, no soportaría perderte. Temo que te pase algo malo. Déjame acariciarte esta noche, lo necesito... Déjame mostrarte cuanto te amo.

Ella no respondió nada y Jeor lo interpretó como un sí. Volvió a atacar su cuello antes de acercarse a su pequeña oreja, la lamió y mordió suavemente, haciendo que Elicia soltara un gemido. Podía sentir como su dura virilidad empezaba a gotear.

—Te dije que era un lugar sensible. ¿Dónde más quieres que te bese? —Le susurró directamente al oído, Elicia solo podía respirar agitadamente, perdida en las sensaciones.

Jeor desató el cordón que había en el cuello del camisón, deslizándolo por los suaves hombros y aprovechó para besarlos también, antes de lamer su clavícula.

—¿Me mostrarías tu lunar? —le preguntó, y esperó su respuesta. Elicia consiguió enfocar su mirada en él y lentamente asintió.

Terminó de deslizar el camisón bajo sus recién formados senos. Besó el lunar sobre uno de ellos, con hambre, dejando una marca roja después de chuparlo. Deslizó su lengua hasta llegar al pezón y volvió a chupar. Su prometida gimió fuertemente.

—Shhh. Te dije que debías ser silenciosa —le recordó Jeor, antes de volver a hacerlo. Elicia trató de aguantar el gemido, pero no lo consiguió del todo. Él decidió poner una mano sobre su boca, no quería llamar la atención de alguien y ser interrumpido. Cuando se casaran podría escucharla gemir libremente todo lo que quisiera.

Lamió y chupó el otro pezón, mientras los sonidos que soltaba Elicia eran silenciados por su mano. Se dedicó completamente a besar uno de sus senos, mientras que con su mano libre agarraba el otro. Notó que los ruidos que salían de la boca de su prometida eran más fuertes cuando apretaba y jalaba los pezones con sus dedos. Repitió los movimientos hasta que Elicia le agarró el brazo, alejándolo. Lamió una última vez los, seguramente, adoloridos pezones; y bajó hacia su vientre.

—¿Puedo besarte en ese último lugar? —le preguntó, dejando libre su boca.

—Sí… —gimió ella en respuesta.

—Muerde la almohada —le ordenó, y Elicia lo hizo.

No la terminó de desvestir, en cambio, subió el camisón sobre sus piernas y besó sus muslos. Miró con ansia el pequeño coño y pensó que si le quitaba la ropa interior seguramente terminaría de perder el poco control que aún conservaba y la deshonraría; así que solo presionó su lengua sobre sus húmedas bragas.

Lamió de arriba a abajo, por un largo rato. Las piernas de su prometida se apretaban alrededor de su cabeza buscando más fricción; entonces succionó donde imaginó que estaba su rosada perla, haciendo que Elicia arqueara la espalda.

Jeor concentró los movimientos de su boca en ese lugar; besaba, lamía y chupaba, mientras el cuerpo de Elicia no dejaba de moverse. Sostuvo sus piernas firmemente, manteniéndola lo más quieta que podía, hasta que un fuerte gemido amortiguado por una almohada, le indicaron que había llegado a su clímax.

Lamió con suavidad los vestigios de este, mientras las piernas de su prometida no dejaban de temblar. Se alejó para ver el resultado de su ardua labor. La imagen de Elicia con su agitado pecho al descubierto, su cabello sobre su rostro y tendida ahí completamente vencida, hicieron que Jeor acabara con solo un par de sacudidas después de meter su mano en los pantalones de dormir.

Se levantó y cogió un paño para limpiarse. Iba a decirle a Elicia que hiciera lo mismo, pero la encontró profundamente dormida. Él se encargó de limpiarla entre las piernas lo mejor que pudo, y luego la tapó con las pieles de su cama.

Cuando él también se metió en esta, estuvo un rato mirando la pequeña figura dormida a su lado. Tenía que despertar temprano, para llevarla a su propia cama antes de que una criada notara que ella no durmió allí.