Capítulo III
Elicia se despertó en su propia cama, los recuerdos de la noche anterior hicieron que se acurrucara y no quisiera salir de ahí. Cuando la sirvienta entró, le pidió que le preparara un baño y le ordenó que la dejara sola.
Ya en la tina, tocó su cuerpo recordando los lugares que Jeor había acariciado y besado. Ella había estado lista para entregarle su doncellez. Pensó que su primo iba a tomarla, pero solo había hecho aquello.
No se quejaba de ello, pero lo había sentido duro contra su costado en algún momento; así que esperó que él se colocara entre sus piernas y se empujara en su interior. Ella lo había deseado.
¿Cuál sería el problema si le arrebataba su virtud? Iban a casarse, pasaría tarde o temprano.
¿Jeor repetiría lo que hicieron? ¿O solo fue una experiencia de una sola vez? ¿Se arrepentía de haberlo hecho? Estaba segura que ella no lo estaba. Todas esas preguntas la llevaron a una más importante.
Él le dijo que la amaba. ¿Era verdad?
Jeor se pasó la mañana organizando a los guardias y asignándoles puestos. Puso a los más confiables a vigilar a Elicia.
Quería mantenerla fuera de sus pensamientos, solo cuando terminara sus deberes sería libre de pensar en ella tanto como deseaba. Una corazonada le dijo que debía ir a hablar con Elicia sobre lo que pasó. Unas horas después, la vio caminando por la empalizada.
En la Isla del Oso no habían septas, por lo que ella no tenía ningún tipo de lección matutina, ya que no entrenaba con las armas; solo era educada en las tardes, por el maestre. Elicia era libre de hacer lo que quisiera la mayor parte del tiempo. Lo aprovechaba leyendo o dando paseos.
Verla caminar sola le hizo recordar lo que ella le dijo la noche anterior, y se dio cuenta que desde la muerte de su madre Elicia siempre estaba sola. Él no podía estar con ella todo el tiempo, sobre todo desde que cumplió la mayoría de edad.
Ella solía verlo entrenar en las mañanas y, luego de comer, iban juntos a sus lecciones con el maestre. Eso duró un año, hasta que Jeor cumplió los dieciséis; entonces sus lecciones acabaron y su abuela le dio nuevas obligaciones.
Podía estar con Elicia en las noches, a veces la veía en las mañanas. Ella incluso esperaba que terminaran las audiencias para acompañarlo a comer al medio día, pero igualmente no podían estar tanto tiempo juntos como antes. Luego, Elicia creció y se mostró un poco más reservada.
Imaginaba que tener amigas sería beneficioso para ella. Así que Jeor invitó a las hijas de sus vasallos para que la conocieran; pero aunque ella lo intentó, no tenía nada en común con las otras chicas, y dichas chicas la veían como una noble extranjera, demasiado delicada para seguirles el ritmo. Así que Elicia permaneció sola.
La encontró dando vueltas cerca del pozo.
—¡Elicia! —la llamó.
Ella levantó la vista y esperó que se acercara.
—¿Estás bien?…
—Sí…
—¿Quieres que te acompañe durante la comida?
—Claro, primo.
Comieron el guiso en silencio. Jeor no sabía como empezar a hablar del tema. Elicia parecía perdida en sus pensamientos.
—Si te molesta algo, sabes que puedes decírmelo, ¿verdad?
Ella asintió, pero permaneció callada. Cuando Jeor estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien, por segunda vez, ella suelta:
—¿Desde cuándo me amas?
Lo agarró desprevenido.
—Yo… no lo sé… —titubeó—. Desde siempre, imagino.
—No has podido amarme desde siempre…
—Claro que sí… Te amaba cuando eras un bebé envuelto en mantas entre los brazos de tu madre, porque eras mi pequeña prima. Cuando me dijeron que debía casarme contigo, pensé que era mi obligación amarte aún más. Te amé mientras crecía; en todos mis juegos imaginaba que eras una princesa Targaryen, y yo un caballero que de alguna forma ganaba tu mano. Cuando perdiste a tu madre supe que era mi deber hacerme cargo de ti, porque merecías ser amada con el mismo cuidado. Nunca, en ningún momento, dejé de sentir un profundo amor por ti.
—¿Y en qué momento te enamoraste de mí?
—No estoy seguro…, tal vez cuando empezaste a verte como la doncella más hermosa que alguna ves conocí.
—¿Solo por mi belleza?
—¿Es poco? —preguntó bromeando. Ella no sonrió.
—¿No hay algo más?
—¿Es necesario que diga que amo tu forma de ser y tu inteligencia? ¿Tu amabilidad y vanidad? Tu actitud caprichosa y distante me sacan de quicio constantemente, pero también amo eso. No hay nada que no me guste de ti, Elicia.
—Lo que pasó anoche… ¿qué fue?
—Me dejé llevar… pensé en una situación que me haría perderte y…
—Decidiste probarme antes de que algo así pasara —lo cortó.
Jeor frunció el ceño.
—No te veo como…
—Un apetecible trozo de carne —terminó Elicia.
Él se quedó un momento en silencio.
—¿Qué hay de ti? —le dijo—. No me detuviste. Recuerdo pedir permiso para todo lo que hice. —Ella no respondió nada— ¿Niegas que lo deseabas? ¿Qué hay una parte de ti que me desea?
La expresión de Elicia era indescifrable. Así que le sorprendieron sus siguientes palabras.
—No… La verdad…, deseo repetir esa experiencia.
Cuando deseabas a alguien, no necesariamente lo amabas; pero si lo amabas, era normal desearlo. Elicia se había tardado un poco en comprenderlo.
Jeor no era un hombre cruel. Él no quería usarla como si se tratara de un objeto. Deseaba obtener satisfacción de su cuerpo, pero como lo haría un amante. Sus preocupaciones desaparecieron al darse cuenta de eso.
Aún no estaba segura de sentir algo profundo por Jeor, pero que su futuro esposo sintiera algo así por ella, la hacía sentir complacida.
Después de esa comida, empezaron a compartir besos cada vez que podían, sobre todo en las noches, después de que el resto de su familia se fuera a dormir. Para Elicia era como un juego, uno donde tenían que esconderse de los demás.
Una mañana, Jeor la mandó a llamar a su dormitorio. Ella fue y él la recibió con un regalo. Solía hacérselos siempre. Le dio una nueva capa de piel. Era enteramente blanca, "para que combine con tu cabello", le había dicho.
Elicia le agradeció con un beso y obedeció cuando él le hizo una seña para que se sentara en sus piernas, como solía hacer cuando era niña. Jeor la agarró por la cintura. Ahora actuaban prácticamente como amantes, aunque estuvieron comprometidos desde hace años.
Ella le preguntó como iba el asunto de los salvajes. Jeor ya había enviado exploradores y estaba esperando su regreso. Mientras hablaba, su primo besaba su cuello. Él nunca desperdiciaba una oportunidad para tocarla. Elicia ladeó la cabeza ofreciéndole más piel para besar.
En eso, la mano de su primo se coloca sobre uno de sus senos, apretando suavemente. Ella soltó un suspiro. Le gustaba que la tocara ahí, la hacía humedecerse casi de inmediato. Jeor lo sabía, por supuesto, por eso mismo lo hacía.
Su primo jugó con su pecho, hasta que decidió concentrarse solo en sus pezones. Silenciaba sus gemidos besándola, al comienzo; luego Elicia enterró su cara en el cuello de Jeor, besándolo para intentar silenciar su voz.
Mordió la capa de su prometido cuando él metió la mano bajo su falda y le dijo que abriera las piernas para empezar a tocarla sobre su ropa interior. Rápidamente encontró el punto más sensible de su cuerpo y trabajó en la labor de ofrecerle un orgasmo con la misma dedicación con la que hacía sus deberes.
Jeor la sujetó mientras ella se estremecía durante su clímax. Cuando Elicia pudo mantenerse de pie, la despidió diciéndole que la vería en la noche. Deseó que las horas pasaran rápidamente.
Esa noche, después de cenar, Elicia se dirigía al dormitorio de Jeor como varias noches anteriores. Su primo la besaría, la acariciaría, y si ella estaba dispuesta, la tocaría entre las piernas. Él nunca exigía el mismo trato, pero ella quería que eso cambiara. Deseaba ver su cuerpo y la expresión de su cara cuando llegaba al clímax.
Apenas pisó la habitación de Jeor, este la jaló hacía dentro, la apoyó en la puerta y se puso de rodillas ante ella, levantando su falda. Había noches donde deseaba desesperadamente probarla y Elicia simplemente se lo permitía pero, para su molestia, su primo siempre lo hacía sobre sus bragas.
—Es incómodo caminar con la ropa humedecida… ¿podría quitarme la ropa interior?
—No. Puedes cambiarla después —le dijo Jeor antes de presionar la boca en su entrepierna.
Elicia tapó su boca con la mano, como él le había dicho que hiciera. Esperó que su primo se alejara de ella, para tomar aire, antes de preguntarle:
—¿Podría ver tu cuerpo, mi señor?
Jeor dejó de lado lo que estaba haciendo para poder hablar.
—¿Qué? —le preguntó.
—Me gustaría verte, siempre llevas la ropa puesta.
—Generalmente tú también.
—Pero haz conseguido ver más de mi, que yo de ti.
—¿Quieres ver mi torso desnudo?
—Y tu virilidad.
Lo vio congelarse.
—Yo también quisiera poder tocarte —continuó ella.
La expresión de Jeor era indescifrable.
—No te haces una idea de lo complicado que sería —le dijo él.
—¿Complicado? —Elicia no estaba entendiendo a lo que se refería.
—Pero si ese es tu deseo, haré todo lo posible para complacerte —aceptó su primo al final—. Quítate la ropa y acuéstate en la cama.
—Creía que no querías que me desnudara.
—Si tú vas a verme desnudo, yo también debería hacerlo, ¿no crees?
Ella empezó a desvestirse. Jeor ya había visto su cuerpo antes, se dijo, no había de que avergonzarse. Lo vio mirándola, para luego imitarla segundos después.
La curiosidad de Elicia la llevó a fijarse detenidamente en él. Jeor era casi igual a como lo había imaginado. Su amplio pecho estaba cubierto de vello, sus gruesos brazos también, casi como la mayoría de hombres de la isla que alguna vez había podido ver con el torso desnudo. Se decía que el padre de su primo era un oso, tal vez todos en la isla tenían osos como familiares.
Después de deshacerse de las botas, Jeor desató sus pantalones y los bajó junto a la ropa interior, revelando un largo y grueso falo medio endurecido, rodeado de más vello oscuro. Elicia detuvo sus movimientos. No había conseguido acertar con el tamaño, superó sus expectativas.
—¿No piensas desatarte las bragas? —le preguntó él, poniendo su ropa en una silla descuidadamente.
Se acercó a ella, sin ningún tipo de vergüenza, y le desató los cordones a ambos lados de las caderas, dejándola completamente desnuda. Luego de mirarla por un largo rato, hizo una seña hacia la cama, Elicia fue hacia ella y se acostó.
«¿Iba a perder la virginidad?»
Si era así, no veía ningún problema al respecto; pero Jeor solo se recostó mirando hacia ella, mientras se apoyaba en un codo.
No dijo nada durante un momento, solo siguió mirándola. Había amor y deseo en sus ojos, y algo mucho más profundo que ella no pudo interpretar; entonces empezó a tocarla.
Primero sus labios, luego bajó hacia su cuello, hasta detenerse en sus senos. Los acarició y apretó como ya había hecho antes, jugó con sus pezones y Elicia tuvo que llevarse una mano a la boca. Luego, descendió aún más y lo vio soltar un suspiro cuando tocó su húmeda entrepierna.
Algún tipo de pensamiento poseyó su mente, que lo llevó a palpar esa zona de su cuerpo casi sin cuidado. Llevó su mano, ahora húmeda, hacia su pecho y volvió a tocarla ahí antes de descender de nuevo. Parecía querer tocar todo su cuerpo a la vez y no hallaba la forma de conseguirlo.
Elicia lo dejó hacer eso y cerró los ojos, disfrutando de sus caricias, hasta que sintió un dedo metiéndose entre sus pliegues buscando encontrar algo. Ella creyó que quería tocar ese pequeño punto que la hacía temblar, pero él no iba por eso.
Abrió los ojos con sorpresa cuando sintió que ese dedo encontró la entrada a su interior e intentó meterse dentro.
—¡Jeor!…
—¿Qué? —Su voz se escuchaba ronca.
—Mi doncellez…
—A ti no te importa perder tu doncellez, y un dedo no cuenta de todos modos.
Elicia se mordió la mano para evitar gritar cuando sintió al dedo entrando en ella. Jeor se detuvo, disfrutando su reacción; antes de empezar a meterlo y sacarlo con lentitud. Llenaba su interior, buscando llegar hasta lo más profundo, mientras su pulgar se concentraba en su clítoris.
No estaba acostumbrada a la sensación en su interior, se sentía algo incómoda, pero cuando su primo empezó a acelerar los movimientos a ella le dio igual.
—Siempre te mueves mucho. —Le escuchó decir, había deseo en su voz—. Tócame tú también.
Jeor detuvo los movimientos de su dedo y esperó. Elicia obedeció lentamente, envolvió con su pequeña mano la hombría de su primo, había estado presionando duramente un lado de ella todo ese tiempo.
Le pareció extraño, la suave piel se sentía caliente y su extensión demasiado grande.
—Mueve la mano, a lo largo, de arriba hacia abajo.
Ella hizo eso mismo y cuando decidió llegar a la punta, lo sintió tan húmedo como ella. Esparció el líquido a lo largo de la virilidad para conseguir deslizar su mano con más facilidad. Jeor soltó un fuerte jadeo y volvió a meter y a sacar su dedo, pero ya sin tanta delicadeza. Elicia hizo un gran esfuerzo para no detener el movimiento de su propia mano debido a eso.
Jeor se detuvo solo para insertar otro dedo, antes de volver a repetir sus movimientos, mientras seguía masajeando su clítoris con el pulgar; y cuando empezó a doblarlos en su interior, una sensación la abrumó por completo. Iba a venirse, pero no pudo ponerlo en palabras, solo gritó el nombre de su primo contra su propia mano cuando lo sintió. Él se dio cuenta, pero no se detuvo, haciendo que Elicia llegara a uno de los clímax más intensos que había tenido nunca.
Después de que pudiera volver a ser completamente consciente de su alrededor, abrió los ojos y vio a Jeor tocándose a su lado, como ella lo había estado haciendo.
—Quiero que te tomes mi semilla —le dijo.
Elicia no sabía que eso se podía hacer, pero asintió de todas formas. Confiaba en él.
Los movimientos de la mano de su primo se aceleraron mientras recorría su cuerpo tendido con la mirada. Cuando volvió a fijarse en su cara, repentinamente se levantó, acercándose a la cabecera de la cama.
—Abre la boca. —Le escuchó decir con urgencia.
Ella lo hizo y Jeor acercó su miembro a su rostro, luego de reprimir un fuerte gemido, metió la punta en su boca y Elicia sintió como un líquido era expulsado sobre su lengua.
No le agradó el sabor, pero le había dicho que se lo tomara así que eso hizo. Su primo cayó sentado en la cama, y con una sonrisa en su rostro agotado le preguntó:
—¿Te lo tragaste todo?
—Sí.
Se rio.
—Buena niña.
Los exploradores que había mandado su primo regresaron sin noticias, no había rastro de los salvajes, Elicia pensó que tal vez se habían ido; pero tanto Jeor como su tía abuela dijeron que tal vez eso querían hacerles creer.
Después de que terminara su sangrado lunar, Elicia volvió a visitar a su primo en su dormitorio una noche. Lo encontró escribiendo algo, sentado en su escritorio.
La llamó a su lado y ella notó que sus caricias eran demandantes, él parecía haber extrañado su cuerpo. La hizo sentarse a horcajadas sobre él. La besó en casi toda la cara, lamiéndola a ratos. En medio de eso, Jeor desató sus pantalones, sacando su miembro erecto, y le pidió que lo tocara.
Elicia usó sus dos manos para hacerlo, mientras su primo la agarraba de un lado de la cabeza, con firmeza, acercándola hacia él para poder meter la lengua en su boca. De pronto, un grito que vino desde afuera los hizo detenerse inmediatamente.
—¡Fuego! —Escuchó que gritaban.
Había hombres corriendo y la luz de las llamas entraron por la ventana. Jeor se levantó, haciendo que Elicia también lo hiciera, lo vio mirar afuera de la ventana.
—Nos atacan… —le oyó decir, e inmediatamente después agarró su espada y la cogió del brazo, sacándola de la habitación rápidamente—. Ve a tu dormitorio y no salgas. Que no se te pase por la cabeza desobedecer.
—Jeor. —Escuchó a su tía Lyanna decir, detrás de ellos.
—Tía, ¿podrías llevarla a su dormitorio? Necesito ponerme la armadura.
—Bien, apresúrate y ve con mi madre.
Su primo no dijo nada más y se fue. Su tía la miró de forma extraña, pero no dijo nada. Ella estaba segura de que los había visto salir del dormitorio de Jeor. Lyanna le aconsejó que cerrara su habitación desde dentro y luego se marchó ella también.
Elicia se paró en medio de la habitación y escuchó gritos que venían desde fuera, Jeor no mencionó que eran los salvajes, pero era evidente que se trataba de ellos. Iban a atacarlos tarde o temprano, ella lo sabía, pero aun así no pudo evitar sentirse poco preparada para lo que estaba pasando.
¿Por qué lo hacían?, ellos no eran unos nobles particularmente ricos, ¿y si tal vez venían en busca de mujeres? Los salvajes acostumbraban secuestrar mujeres para hacerlas sus esposas. La idea le hizo sentir escalofríos.
Su dormitorio estaba a oscuras y las sombras que se filtraban desde afuera, por una ventana medio abierta, proyectaban figuras indistinguibles y grotescas, haciendo que se pusiera aún más nerviosa. Se acercó a la ventana para poder ver algo antes de cerrarla, pero cerca de la casa no había nada, la batalla ocurría fuera de la empalizada.
Se preguntó si su primo estaría bien, y entonces vio a unas figuras acercarse con cautela. Se dio cuenta que se trataba de tres hombres, unos que no había visto antes.
«Eran salvajes» comprendió con pánico.
¿Cómo habían podido entrar? Su miedo la paralizó unos segundos, el tiempo suficiente para que uno de ellos mirara hacia arriba y la viera ahí parada.
Elicia se apartó rápidamente de la ventana, pero ya era tarde. Un postigo se rompió cuando uno de ellos lanzó una enorme roca. En pánico, pensó que solo tendrían que ayudarse entre ellos y empezar a trepar hasta conseguir entrar, así que abrió la puerta y salió corriendo de allí.
«¿A dónde debía ir? ¿Al dormitorio de Jeor? ¡¿Dónde estaban los guardias?!»
Bajó las escaleras y los encontró, peleaban con dos de los salvajes. Decidió volver a subir antes de que la notaran, y no se dio cuenta de que la habían seguido; hasta que antes de llegar al dormitorio de su primo alguien la agarró desde atrás, por la cintura, y la levantó del suelo.
—¡Suéltame! —gritó, pateando e intentando arañar al salvaje, pero él fácilmente consiguió sujetarle las manos.
Sintiéndose indefensa, Elicia notó como se le empañaban los ojos y gritó por ayuda, el hombre la bajó e intentó taparle la boca, ella aprovechó para morderlo. El salvaje jadeó de dolor y le dio un manotazo en la cara, con el dorso de la mano, eso fue suficiente para que perdiera el equilibrio y terminara en el suelo, con el labio roto.
Querían que saliera de su dormitorio, por eso habían lanzado la roca. El salvaje la miró ahí tirada, desde toda su altura, y sacó una cuerda que Elicia no se había dado cuenta que llevaba; volvió a gritar pidiendo ayuda, pero el hombre la silenció de otro manotazo. La puso boca abajo y le ató las muñecas y los tobillos, mientras Elicia no paraba de llorar.
«¿Ahora que sería de ella? ¿Sería violada por ese salvaje y forzada a ser su esposa? ¿O la mataría después de usarla? ¿La entregaría a los otros hombres? ¿La violarían entre todos?»
Estaba a punto de amordazarla pero extrañamente se detuvo. Elicia sintió un líquido caliente inundar su espalda, luego, un quejido ahogado de dolor y el desagradable sonido de la carne siendo cortada, por último, algo cayendo al suelo.
—Elicia… —escuchó que Jeor la llamaba, ella permaneció inmóvil, llorando en silencio. Luego él la desató y ella por fin pudo mirarlo a la cara.
Su expresión preocupada se convirtió en una de ira al fijarse en su labio y su mejilla.
—¿Por qué saliste de tu dormitorio?
Elicia sentía todo como si se tratara de un sueño, aún estaba recuperándose del shock.
—Ellos rompieron la ventana… —le respondió— Habían dos más… los guardias y ellos…
—Están muertos —la interrumpió su primo—. El asalto terminó. Esos hombres debieron colarse antes.
La levantó en brazos y la llevó al dormitorio de él. Le quitó el vestido ensangrentado y la acostó en la cama, le dijo que llamaría al maestre antes de salir a buscarlo y, un rato después, el ajetreado maestre apareció para curar sus heridas. Luego, se acercó a ella y la consoló, prometiéndole que ya todo estaba bien. Elicia cayó dormida de inmediato, estaba agotada, como si ella hubiera combatido con el resto de su familia.
Se había sentido muy indefensa, pero Jeor había llegado como un caballero de un cuento para salvarla, como cuando perdió a su madre. Las dudas de su corazón se empezaron a aclarar, ella también lo amaba. No podía no hacerlo.
