DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling.
Párrafos de "Harry Potter y el cáliz de fuego" incluidos en la historia.
Nota de autor: ¡Muchas gracias por sus comentarios! ¡Estoy super extasiada de que les haya agradado esta idea! Espero que sigan amando este nuevo fanfic y gracias por la larguísima espera.
¡Los adoro!
Espero disfruten del capítulo tanto como yo.
Nos leemos pronto.
09/01/23
16, agosto-. 1997.
00.12 a.m.
La Marca Tenebrosa.
Sumido en sus pensamientos, Draco Malfoy caminó ocultó por la túnica hacia la tienda de campaña dónde sus mejores amigos de la infancia se estaban quedando. Había festejado junto a su equipo la derrota de Francia, pero cuando Reg Cattermole se puso sentimental y se hincó para pedirle matrimonio a Gwen Jones decidió que era hora de retirarse.
No volvería a verlos, así que ni siquiera se dignó a despedirse. Era el último juego de Miles Bletchley, si es que la búsqueda de un nuevo cazador por parte de los Murciélagos de Ballycastle era una declaración al igual que el último partido de los hermanos Tremblay. Corvus y Clarisse eran los jugadores de mayor edad, de cuarenta y treinta y nueve años respectivamente.
Si la suerte le sonreía, podría encontrarse en un futuro con William Sayre, el cazador de los Chudley Cannons. Uno de los siete equipos que lo había fichado durante su recorrido en el mundial de quidditch. Era el jugador más joven en jugar y ganar la copa.
Pero los sueños eran eso, sueños. El futuro de Draco estaba anclado a la familia Malfoy; probablemente terminaría haciéndose cargo de las distintas inversiones de Lucius con una bella esposa de sangre pura a su lado. Claro, no era algo que Lucius hubiera querido, pero ya que no podía deshacerse de él sin quedar en medio de una tormenta pública, estaba atrapado con Draco como su único heredero.
Narcisa hacía mucho que había aceptado que Draco fuese su único hijo, siendo la única que no parecía decepcionada con aquella información.
-¡Malfoy! –el grito de Blaise Zabini -su amigo de la infancia- sonó entorpecido por todo el alcohol ingerido. Lo estaba esperando en la entrada del castillo en miniatura con un vaso de vidrio en la mano, lleno de whiskey de fuego.
El rubio acepto sin quejarse el torpe abrazo antes de seguir al moreno dentro de la tienda. Blaise Zabini era un pequeño niño de cinco años que lloraba la muerte de su padre, Alessio, la primera vez que Draco y él se encontraron. Por suerte del destino, el lazo entre ambos había perdurado todos esos años inclusive cuando estaban a millas de distancia.
Mientras el heredero de los Malfoy cursaba sus estudios mágicos en Durmstrang, el último descendiente de los Zabini estudiaba en la prestigiosa escuela de magia: Hogwarts.
-Buena atrapada, Draco -dijo Theodore Nott a modo de saludo, sentado alrededor de una mesa de cristal con una copa de vino de elfo en las manos. Sus ojos azules, al igual que los verdes de Blaise, tenían una pizca de embriaguez iluminándolos.
Draco Malfoy nunca había sido una persona muy sociable; mantenía a los mismos cinco amigos desde los seis años siendo Theodore Nott el último en unirse a ellos cuando cumplió los siete. Theodore era por mucho, el más extraño del grupo. Ni siquiera se había dignado a hablarles hasta los ocho años; todo en un conjunto de palabras incongruentes mientras enrojecía fenomenalmente.
-Gracias -murmuró Draco sentándose en medio de Gregory Goyle y Vincent Crabbe, los únicos en su grupo de amigos que estudiaban con él en Durmstrang.
-¿Qué tal tu nariz? -preguntó Gregory, inspeccionando su rostro en busca de algo.
-Todo bien -respondió Draco sintiéndose por fin en sintonía. Su madre junto a Lucius se había despedido de él cuando aún estaban en la tribuna del Ministerio, pero la sensación de ojos sobre su persona no lo había dejado hasta que estuvo al resguardo de sus amigos.
-¿Dolió mucho? -se burló Vincent mientras bebía un sorbo de su whiskey de fuego, una sonrisa maliciosa brillando en sus rasgos.
-No tanto como los puños de Sergei Dalca, pero puedes hacerte una idea.
Vincent frunció la nariz con desprecio, recordando al único mago que podía vencerlo en un cuerpo a cuerpo.
-¿Ya te fichó algún equipo? -preguntó Theo, sirviéndole un poco de vino de elfo en la copa de Draco. El platinado le agradeció, dando un sorbo a la bebida.
-Siete, en realidad.
-¿Están las Avispas de Wimbourne entre ellos? -preguntó Blaise interesado.
-Al igual que los Appleby Arrows.
-¿Los eternos rivales? -silbó el moreno impresionado.
-Los mismos -dijo Draco con altanería.
-He de suponer que tienes que terminar primero tus estudios para jugar con ellos -adivinó Theodore.
-Eso mismo dijo Severus -admitió Draco.
Severus Snape no era solo el profesor de Pociones en Hogwarts, también era su padrino y representante legal en todo lo relacionado al quidditch para horror de Lucius Malfoy. Severus había sido el mejor amigo de su padre durante sus años escolares, pero después de la terrible noche que cambió todo para Draco, Severus se convirtió no solo en un segundo padre si no que también en el principal enemigo de Lucius.
-Karkarov será insufrible cuando regresemos al colegio -se burló Gregory, sabiendo que sus amigos compartían su desprecio por el director de Durmstrang.
-Ya lo veo esperándome personalmente para felicitarme -dijo Draco sufriendo un escalofrío.
Vincent y Gregory se rieron de la desdicha del rubio.
-Por cierto -negó Draco, olvidando rápidamente a Karkarov a favor de presumir su encuentro con sus amigos-. Esta noche conocí a Harry Potter.
-¿¡Estás de coña!? -jadeo Vincent, girándose hacia Draco con los ojos abiertos desmesuradamente.
-¿De verdad? -se entusiasmó Gregory y Draco no pudo evitar pavonearse un poco por ello.
Durante sus clases de Historia de la Magia en Durmstrang, tuvieron varias sesiones sobre la primera guerra mágica de Inglaterra y la importancia de Harry Potter, el-niño-que-vivió. Único hijo de James Potter y la nacida de muggles, Lily Evans, que con tan solo un año de nacido había sido la única persona en sobrevivir a la maldición asesina.
El niño había quedado huérfano y nadie supo nada de él durante largos años hasta que ingresó al colegio de Hogwarts.
-¿Te encontraste con Potter? -preguntó Blaise enarcando una ceja, una mueca de desprecio arrugó sus labios.
-Uh, presiento que aquí hay historia -se mofó Vincent, olvidando por completo su anterior entusiasmo para burlarse del moreno.
Blaise lo fulminó con la mirada, pero aun así habló.
-Es un Gryffindor -escupió, como si aquello fuese una ofensa.
-Oh, ¿de acuerdo…? -dijo Gregory a modo de pregunta, sus cejas frunciéndose con confusión.
-Los Slytherin y los Gryffindor no nos llevamos bien -aclaró Theodore con torpeza, su lengua pesada por el alcohol-. Sobre todo, cuando el trío de oro entra en la ecuación.
-¿El trío de oro? -preguntó Draco enarcando una ceja, dándole otro trago a su bebida.
-Potter, el chico Weasley y la nacida de muggles, Granger -siseo Blaise.
El buscador de Inglaterra se atragantó con su propia bebida, enviándola por el conducto equivocado hacia la nariz mientras unas profundas arcadas le hacían arder la garganta. Los ojos empezaron a llorarle y los fuertes golpes que Vincent soltaba contra su espalda solo terminaron complicándolo más.
-¿¡Nacida de muggles!? -jadeo Draco sin oxígeno, su piel más pálida que nunca mientras se pasaba el dorso de la mano por la mandíbula y nariz tratando de limpiar el desastre, pero sin importarle demasiado-. ¿¡Hermione Granger es una nacida de muggles!? -exigió una respuesta.
Blaise y Theo se miraron entre ellos confundidos por el arrebato del rubio mientras Vincent y Gregory empezaban a sentirse sumamente fuera de contexto.
-Sí -respondió Theo, dejando su copa sobre la mesa antes de sacar un pañuelo de tela del bolsillo de su pantalón y tendérselo a Draco, que se limpió la bebida del rostro con gesto distraído-. Es la mejor bruja de nuestra generación.
-¡Joder! -maldijo Draco, tapándose el rostro con las manos-. Estoy muerto.
-¿Qué nos estamos perdiendo? -preguntó Gregory.
-¿Muerto por qué? -cuestionó Vincent.
-¿Qué pasó Draco? -inquirió Theo presintiendo que algo estaba sumamente mal.
-Cuando llegué al palco del ministerio y después de que padre me presentara a los ministros de Magia, prácticamente me arrastró hacia un grupo de pelirrojos.
-Los Weasley -aportó Blaise; Draco asintió.
-Exacto -dijo-. Estaba un poco confundido, hasta que me presentó a Harry Potter y luego… luego la vi… Y… -suspiró-… era hermosa.
-¿¡Qué!? -chilló Blaise con agudeza mirando con ojos alucinados al rubio, que tenía las mejillas ligeramente sonrojadas. Parpadeo repetidas veces como si intentara aclarar su mirada nublada por el alcohol, pero el tono rojizo no desapareció-. Estoy demasiado sobrio para esto -murmuró en voz baja, tomándose lo último de su whiskey de fuego de un solo trago.
-¿Granger? -preguntó Theo, mirando a Draco como si lo hubieran golpeado con un bate-. ¿Hermione Granger?
-Se ven sumamente desconcertados por la noticia -se burló Vincent, sin saber exactamente cuál era el problema con la nacida de muggles.
-Es que… es que… es que… ¡Es Hermione Granger! -gritó Blaise indignado-. ¡La maldita princesa de Gryffindor y la mejor amiga de Harry Potter y Ronald Weasley! ¡El cerebro del trío de oro! ¡El ratón de biblioteca!
-Sigo sin entender el problema -dijo Gregory negando con la cabeza.
-El problema es que es una nacida de muggles -dijo Draco, ignorando el arrebato de Blaise y Theo mientras miraba a Vincent y Gregory-. Sabes lo que mi padre piensa de los nacidos de muggles… -volvió a suspirar-. Ahora entiendo por qué se veía tan molesto cuando la saludé -se quejó.
Blaise detuvo su arrebato en seguida mientras que Theo cambiaba su mirada de asombro por una de lástima y Vincent y Gregory hacían muecas de tristeza.
-Lo siento –soltó Blaise con un largo suspiro-. Tuve que haberte avisado sobre ellos, aunque no sabía que vendrían.
-Está bien -dijo Draco, haciendo un ademán con la mano para restarle importancia al tema al mismo tiempo que se levantaba-. ¿Saben? Estoy un poco cansado, me iré a acostar -anunció, desviando la mirada.
-Buenas noches -dijeron todos al mismo tiempo con tono sombrío.
El rubio se despidió con la mano y escogiendo una habitación al azar, se tumbó sobre la cama vacía y cerró los ojos, demasiado cansado con toda la plática y el partido para quitarse el uniforme.
Enamorarse apesta, pensó.
-¡Levántate! ¡Draco… deprisa, levántate, es urgente!
El rubio se incorporó de un salto, sacando su varita mágica del bolsillo de su pantalón para apuntar con ella a quien acababa de perturbar su sueño.
-¿Qué pasa? -exigió, con la voz aun entorpecida por el sueño.
Blaise apartó la varita mágica de su rostro con un golpe de mano y llevándose un dedo a los labios en señal de silencio, señaló hacía una de las ventanas abiertas.
Los cánticos que había escuchado antes de quedarse dormido habían cesado. Ahora se oían gritos y gente que corría.
Aún con la varita en mano salió de la habitación con Blaise pisándole los talones. Vincent, Theo y Gregory ya los esperaban en la entrada de la tienda.
-¡Vamos, vamos! -ordenó Vincent con prisa, y al acercarse pudo percibir que tanto él como Gregory llevaban sus varitas mágicas en las manos.
El rubio fue el primero en salir de la tienda, seguido de cerca por Blaise y Theo, con Gregory y Vincent cerrando la marcha.
A la luz de los escasos fuegos que aún ardían, pudo ver a gente que corría hacia el bosque, huyendo de algo que se acercaba detrás, por el campo, algo que emitía extraños destellos de luz y hacía un ruido como de disparos de pistolas. Llegaban hasta ellos abucheos escandalosos, carcajadas estridentes y gritos de borrachos. A continuación, apareció una fuerte luz de color verde que iluminó la escena.
A través del campo marchaba una multitud de magos que iban muy apretados y se movían todos juntos apuntando hacia arriba con las varitas. Draco entornó los ojos para distinguirlos mejor. Parecía que no tuvieran rostro, pero luego comprendió que iban tapados con capuchas y máscaras. Por encima de ellos, en lo alto, flotando en medio del aire, había cuatro figuras que se debatían y contorsionaban adaptando formas grotescas. Era como si los magos enmascarados que iban por el campo fueran titiriteros y los que flotaban en el aire sus marionetas, manejadas mediante hijos invisibles que surgían de las varitas. Dos de las figuras eran muy pequeñas.
Al grupo se iban juntando otros magos, que reían y apuntaban con sus varitas a las figuras del aire. La marcha de la multitud arrollaba las tiendas de campaña. En una o dos ocasiones, Draco vio a alguno de los que marchaban destruir con un rayo originado en su varita alguna tienda que le estorbaba el paso. Varias se prendieron. El griterío iba en aumento.
Las personas que flotaban en el aire resultaron repentinamente iluminadas al pasar por encima de una tienda de campaña que estaba en llamas, pero Draco no reconoció a ninguna de ellas; aunque pudo distinguir que el hombre tenía el rostro pálido y horrorizado. Los otros tres bien podían ser su mujer y sus hijos. Con la varita, uno de los de la multitud hizo girar a la mujer hasta que quedó cabeza abajo: su camisón cayó entonces para revelar grandes bragas. Ella hizo lo que pudo para taparse mientras la multitud, abajo, chillaba y abucheaba alegremente.
-Voy a vomitar -anunció Blaise, observando al más pequeño de los niños, que había empezado a dar vueltas como una peonza, a veinte metros de altura, con la cabeza caída y balanceándose de lado a lado como si estuviera muerto.
Girándose, el joven de tez morena vomitó sobre la hierba salpicando las botas de Vincent, pero el otro chico ni siquiera reaccionó ante ello.
-Son mortífagos -anunció Vincent-. Los del centro -aclaró.
-¿Deberíamos ayudarlos…? -preguntó Theo con timidez, distinguiendo en seguida a los magos del Ministerio, que intentaban introducirse por entre el numeroso grupo para llegar a los encapuchados que iban en el centro: les estaba costando trabajo. Debían de tener miedo de lanzar algún embrujo que tuviera como consecuencia la caía al suelo de la familia.
-Pregunta estúpida -le espetó Gregory, y tomando al castaño del codo lo empujó hacia los árboles. En seguida Blaise también fue empujado en la misma dirección por Vincent, y ahora fue el turno de Draco en cerrar la marcha.
Las farolas de colores que habían iluminado el camino del estadio estaban apagadas. Oscuras siluetas daban tumbos entre los árboles, y se oía el llanto de niños; a su alrededor, en el frío aire de la noche, resonaban gritos de ansiedad y voces aterrorizadas. Avanzaron con dificultad, empujados de un lado y de otro por personas cuyos rostros no podían distinguir. No se detuvieron hasta que sintieron que el frío aire podía hacerles explotar los pulmones.
Draco miró a su alrededor. Estaban solos y todo parecía mucho más silencioso.
-Creo que podríamos aguardar aquí -dijo, y alzando su varita mágica conjuró-: ¡Protego diabólica! -Un anillo de fuego azul blanquecino se alzó alrededor de ellos.
-Tienes que enseñarme ese hechizo -jadeo Blaise, mirando las altas llamas con conmoción-. Aunque con el hechizo Fianto Duri hubiera bastado.
-Lucius podría estar entre los mortífagos -aclaró Draco, disparándole una mirada a Blaise-. No voy a arriesgarme, no después de esta noche.
-No creo que tu padre… -la voz de Theo se perdió en aire cuando la mirada de Draco se enfocó en él.
Vincent soltó un largo suspiro de cansancio y acuclillándose limpió sus botas con un Frotego no verbal antes de sentarse con sus piernas estiradas frente a él. Gregory también bajó su guardia y guardando su varita mágica se dedicó a mirar el cielo estrellado.
Durante largos minutos ninguno dijo nada hasta que algo grande, verde y brillante salió de la oscuridad al otro lado del anillo de fuego, y se levantó hacia el cielo por encima de las copas de los árboles.
-¿Qué…? -exclamó Vincent, poniéndose en pie de un salto y mirando hacia arriba.
Se trataba de una calavera de tamaño colosal, compuesta de lo que parecían estrellas de color esmeralda y con una lengua en forma de serpiente que le salía de la boca. Mientras miraban, la imagen se alzaba más y más, resplandeciendo de una broma de humo verdoso, estampada en el cielo negro como si se tratara de una nueva constelación.
De pronto, el bosque se llenó de gritos.
