Acto I: Búsqueda y encuentro

Capítulo 1


La oscuridad de la noche amparaba a todos aquellos que recorrían las sinuosas calles de aquel lúgubre pueblo. Hombres cubiertos con capas se internaban en casas, tabernas, callejones o estrechos senderos de final desconocido. La luna brillaba allá en el firmamento, acompañada por las infinitas estrellas; sin embargo, en aquel pueblo parecían reinar las sombras.

A lo lejos, a poco de llegar a la aldea, tres figuras encapuchadas montaban sobre tres caballos. Apenas hacían ruido, solo se escuchaba el chocar de los cascos contra la seca tierra del camino. La luz intermitente del fuego de una pipa era lo único que distinguía a los tres jinetes en la penumbra. Uno de ellos fumaba.

—¿Crees que esta sea una buena idea, Gandalf?— interrumpió el silencio que los acompañaba uno de los encapuchados. De nuevo, las brasas de la pipa se enrojecieron, mostrando unos ojos grises.

—Con esa mujer nada es una buena idea, pero creo que será lo correcto— fue su única respuesta. Sin embargo, el otro no parecía satisfecho.

—¿Confías en ella? —preguntó, de nuevo buscando la aclaración de alguna de las múltiples dudas que le asolaban.

Se habían embarcado en ese plan sin apenas premeditarlo, recurriendo a la ayuda de alguien que su compañero y él desconocían, pero que el tercero decía conocer. Apenas sabían cómo continuar y la presencia de una mujer, la cual no se había ganado su confianza, solo conseguía causarle malestar. Había tantas cosas que podían salir mal.

—Le confiaría mi propia vida si fuera necesario— y eso sí logró calmar al jinete. Si Gandalf decía eso de alguien era porque tenía el conocimiento pleno sobre esa persona. No es fácil ganarse la confianza de un mago.

Atravesaron la entrada y se internaron en las calles. A pesar de que hacía varias horas que el sol había desaparecido, todavía quedaba gente en el exterior. En fila de uno siguieron su camino hasta que el mago, que iniciaba la marcha, se detuvo.

—Aquí es— señaló la posada que había a su izquierda. Un tablón de madera rezaba su nombre escrito: La Bruja Coja. El estruendo del interior era perceptible incluso desde allí, y con la pesada puerta de roble cerrada. Los tres jinetes desmontaron. —Lo mejor será que me dejéis hablar a mí primero— recomendó el mago.

Con un asentimiento de cabeza, los acompañantes del mago aceptaron su propuesta y empujaron la puerta de la taberna, encontrándose con una escena realmente inesperada.

§

Sus ojos seguían la cautivante danza que mantenían sus dedos sobre la madera. Los levantaba uno a uno para luego dejarlos caer escalonadamente, y repetía de nuevo el proceso, y de nuevo, y de nuevo. Así estuvo durante horas.

A su alrededor eran todo gritos, berridos, carcajadas histriónicas y el chocar de las sillas y mesas contra el estropeado suelo de piedra. La cerveza caliente corría por el suelo, sonando como un chapoteo cuando alguien pasaba sobre ella, o por las barbas de los hombres que bebían extasiados. Apenas se podía ver algo allí, las pocas velas que tenían para alumbrar estaban a punto de extinguirse y el olor de la taberna era inexplicablemente nauseabundo, pero a nadie allí parecía importarle. Ni siquiera a ella.

Con lentitud pasaba entre sus dientes una pequeña hoja, pegándola de vez en cuando al paladar o simplemente enredando con ella con la lengua. El familiar y reconfortante frescor mentolado explotaba en su boca, incluso parecía noquear el inmundo olor a sudor y moho que había en el ambiente. En momentos como aquel agradecía llevar siempre consigo aquella refrescante planta.

Un suspiro cansado escapó de su boca.

Estaba empezando a replantearse la idea de marcharse de allí. Y no solo de esa horrible taberna, sino de aquel pueblo perdido en la mitad de la nada. Era una idea muy tentadora, y ante la imagen de dos hombres completamente inhibidos mirándola y sonriéndola fue casi una idea a ejecutar, pero su conciencia la detenida. Tenían algo muy importante que tratar. No podía irse.

¿Por qué no? Él no ha venido.

La dulce voz de la tentación intentó embaucarla, como hacía cuando creía conveniente. Se mantuvo estoica.

Llevas días esperando, dejando pasar el día y aguardando por la noche. Nada ha pasado, márchate de aquí. Además, ¿de verdad crees que sacarás algo en claro? Sabes cómo es, saldrás de aquí peor que como entraste.

Cerró los ojos con calma y tomó una respiración profunda. Frunció el ceño a causa del penetrante olor.

Cállate, se dijo a sí misma.

O por lo menos a la parte que se revelaba. Normalmente no solía escucharla, pero la soledad la hacía pensar, y el pensar nunca la traía nada bueno.

Escuchó el chirrido de las oxidadas bisagras de la puerta al ser abierta. Abrió un ojo y miró en dirección a la entrada. Se trataba de un grupo de hombres que venía a gastar el poco dinero que tenían en jarras de cerveza caliente. Volvió a bajar el párpado.

Estás perdiendo dinero. Luego no digas que no te lo advertí.

Y, por fin, se calló. A punto estuvo de sonreír. Bendita paz.

O no.

Los dedos se detuvieron, y su mano se deslizó lentamente por la mesa hasta esconderse bajo ella, aguardando en la oscuridad. A los segundos sintieron como se aferraban al familiar mango de marfil correspondiente a la daga escondida entre sus ropas.

—¿Buscas compañía, mujer? —una voz grave y tosca, ella no supo si desgastada por la edad o por el clima, se oyó frente a ella. No se sorprendió. Le había sentido incluso antes de que abriera la boca.

—Lárgate— ni siquiera abrió los ojos. Su nuca continuaba recostada contra el asiento en el que descansaba.

El hombre gruñó. Llevaba tiempo observando a la joven que ocupaba la mesa más alejada de la taberna, siempre solitaria y silenciosa. Incluso parecía aterradora en ciertas ocasiones. En su momento tuvo la atención entre los habituales, puesto que no era común ver por esos lugares a forasteros, y mucho menos mujeres, pero su presencia acabó siendo asimilada por sus compañeros y por él. Ella nunca hizo nada excepcional, sólo pedía un plato de comida que apenas tocaba y miraba la puerta de vez en cuando. Su comportamiento era realmente sospechoso, pero eso a él no le importaba. Detalló, por primera vez más de cerca, a la mujer.

Vestía ropas poco femeninas, como unos pantalones de algodón y un abrigo negro, ahora abierto, ceñido por un cinturón de piel. Bajo el grueso abrigo de pelo se podía entrever una casaca de cuero que se asemejaba a un corsé y una camisa que, seguramente, dejó de ser blanca hacía mucho tiempo. A pesar de eso, las telas se ajustaban a la perfección a su figura. Mientras sus ojos recorrieron con deleite el cuerpo de la mujer, pudo reconocer dos vainas de espadas apoyadas a su izquierda, una serie de dagas y cuchillos por cada recoveco visible, y una cadena que colgaba de su cuello, perdiéndose por la abertura de la camisa. Se deleitó con la curva que formaba su cuello al estar ligeramente inclinado hacia atrás, los rizos castaños enredados y brillantes llegaban apenas más allá de sus hombros, exceptuando la zona detrás de su oreja derecha, que estaba recogido en una elaborada trenza con varias cintas enredadas entre las hebras y una serie de cuentas brillantes al final. Su rostro se mostraba sereno, sus labios cerrados sin mostrar signo de emoción y sus párpados revoloteaban, pero sin llegar a abrirse. ¿Qué hacía una mujer como ella allí? No lo sabía, pero sí pensaba disfrutarlo. Y una mísera palabra como «lárgate» no le haría desistir.

—Vamos mujer, no seas tan fría— elevó el tono de voz, haciendo de esa forma partícipes al resto de hombres de la taberna. Sus camaradas vitorearon, apoyando sus palabras. No pudo evitar sonreír. Ella seguramente se sentiría presionada ante toda esa atención, y terminaría por ceder. Ya saboreaba la dulce miel de la victoria y más de mil imágenes le venían a la mente, a cada cual más creativa. Sonrió aún más.

—He dicho que te largues— repitió ella, sin moverse o mostrar emoción alguna. Era como una escultura de piedra: inmóvil e impávida.

Frunció el ceño. ¿Cómo se atrevía a hablarle así? Ninguna mujer tenía derecho a comportarse de esa forma. Sus compañeros mantenían la atención sobre ellos, pero continuaban conversando, de modo que el silencio no invadió el lugar.

—Mujerzuela insignificante...— gruñó dando dos pasos más hacia ella. La sangre bullía en su interior, furiosa. —Mírame— ordenó. Le enervaba que ella no le mirara siquiera. Era como si para ella él no fuera más que un insecto. Y eso le enfurecía. Sintió como su rostro enrojecía.

Ella continuó impasible.

—¡He dicho que me mires! —Con la paciencia perdida, acortó los pocos metros que quedaban y golpeó con fuerza las palmas en la mesa de madera, causando un gran estruendo. Ahora sí que hubo silencio, pero no por el estallido del hombre, sino por lo inesperado de la acción de la mujer.

Nada más golpear la mesa que ella ocupaba, la joven se incorporó y los ojos que tanto tiempo se habían mantenido cerrados fueron abiertos. Desenvainó la daga que había estado sujetando desde la llegada del hombre y en un movimiento que fue apenas perceptible por su rapidez, incrustó el lacerante metal en la palma más cercana del sujeto. Sintió como el cuchillo rasgaba la carne y se topaba con algún hueso, quebrándolo en el camino. Pronto, el intruso quedó clavado al trozo de madera.

El grito de dolor que profirió fue lo único que rompió el silencio que se había establecido, además de la retahíla de maldiciones e insultos dirigidos todos hacia ella, aunque no la importaba. Sentía demasiados pares de ojos observarla, todos los que había en aquel endemoniado lugar, pero lo prefirió. Si tenía que permanecer varios días más en aquel sitio le era mejor que ellos la temieran y no se tomaran concesiones como la que se había tomado aquel hombre que berreaba de dolor. Con movimientos delicados, retomó la postura que anteriormente disfrutaba, antes de ser poco educadamente interrumpida. Volvió a inclinar la cabeza hacia atrás solo que, esta vez, mantuvo los ojos sobre el hombre.

—¡Zorra! —bramó el borracho. Intentó sacarse el cuchillo, pero este estaba muy encajado en la mesa. Cada vez que lograba moverlo unos centímetros gruñía y siseaba. La sangre teñía la mano y el filo, además de ser absorbida por la madera. El tabernero tendría serias dificultades para tapar eso. Aunque, por cómo estaba el lugar, ella no creyó que la mancha fuera a ser ocultada. —¡Mujer del demonio! —berreó de nuevo. Ella solo le miró.

—Te dije que te largaras, y no lo hiciste. Debiste hacerme caso— se encogió de hombros. No le importaba lo más mínimo el dolor que ese hombre sintiera, o las miradas de horror que el resto le lanzaban, por eso esperó unos segundos más para recrearse en lo que había hecho.

Ella no se consideraba una persona violenta, simplemente era consciente de lo que implicaba ser mujer en un mundo como aquel y lo que su presencia podría entrañar. Agradecía que desde pequeña su padre la enseñara a luchar, le había sido de gran ayuda en demasiados momentos de su vida y le servía para desempeñar bien su oficio. Un oficio poco honorable, era cierto, pero honrado como cualquier otro. Le permitía llevarse alimento a la boca y tener un techo donde pernoctar, y con eso era suficiente. Para ella lo era.

Decidiendo que era suficiente, agarró de nuevo el mango de la daga y de un solo tirón la sacó, liberando al hombre borracho del agarre de su arma. Él suspiró, agradecido por ser libre de nuevo. A ella, sin embargo, la fulminó con la mirada. Pero no se dejó amedrentar.

—Lárgate —y esta vez, el intruso no se opuso y se fue, acunando su mano herida contra su pecho y con la mirada baja.

A los pocos segundos, pasada la conmoción, el murmullo de las conversaciones regresó, devolviendo a la taberna ese aire ruidoso que la caracterizaba. Cansada, la mujer se dejó caer contra el respaldo del banco donde estaba sentada, pegada contra la pared. Suspiró derrotada y se llevó la mano al cabello, enredando sus dedos entre las hebras. ¿Qué hacía ella allí? Inclinó de nuevo la cabeza y sus ojos vieron a través de la ventana que tenía sobre ella. La luna se encontraba ya muy alta en el firmamento. Era tarde. Muy tarde. Sus hombros cayeron, cansados. Tal vez debería ir a dormir. De todas formas, él no había dado señales de vida en días, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Continuó mirando al astro, que brillaba en todo su esplendor. Era noche de luna llena.

De nuevo, sus sentidos la alertaron cuando sintió a una nueva presencia acercarse. O tal vez fuera el hombre de antes, que volvía con ganas de vengarse. Daba igual, en esos momentos estaba de un humor terrible, no tenía ganas de hablar con nadie.

—Si no quieres que se repita lo de antes será mejor que vuelvas por donde has venido— amenazó, sin apartar la vista del cristal y del paisaje que dejaba ver. Estuvo a punto de recoger sus cosas e irse, pero una voz la detuvo.

—No creo que tratases de una forma tan descortés a un viejo amigo— aquella burlona voz anciana la hizo detenerse en su propósito. Levantó la cabeza y se encontró con un hombre de edad avanzada con aspecto de vagabundo. Su pelo grisáceo estaba grasiento, y sus ropas demasiado gastadas, al igual que su puntiagudo sombrero, el cual portaba en la mano. A su lado pudo apreciar a dos figuras, anónimas, cada una envuelta en una capa. No pudo evitar levantar una ceja, sorprendida. No esperaba que trajera compañía.

—Llegas tarde, Gandalf— fueron sus únicas palabras. Podía resultar un saludo muy poco amable, pero estaba enfadada, y tenía todo el derecho a reclamar. La sonrisa misteriosa que se dibujó en el rostro del mago solo consiguió molestarla más.

—Un mago nunca llega tarde, querida, ni pronto— dijo él mientras tomaba una silla y se sentaba frente a ella. Los otros dos intrusos parecieron un poco reacios, pero terminaron por imitarlo. —Llega cuando debe llegar— y de nuevo, empleó esas palabras tan propias de él.

—Pues debiste haber llegado hará una semana, cuando me pediste que nos citáramos— le reclamó ella. —Llevo días esperando. Agradece que todavía me caigas lo suficientemente en gracia, o si no me habría largado— cruzó sus brazos sobre el pecho y le miró con reproche.

El mago rio, afable, como si el brusco trato de la joven no le extrañase. Cosa que a sus acompañantes sí hacía, a pesar de mantenerse en silencio y al margen. Esa mujer trataba con demasiada familiaridad al Istari.

—No te ofusques querida, lamento mi tardanza. Agradezco que decidieras esperarme, porque lo que venía a proponerte era demasiado importante— justo en ese momento, una camarera pasaba por su lado. —Oh, ¿podría traernos a mis amigos y a mí un poco de comida y bebida? —la mujer asintió y se internó tras la barra.

Ella había mantenido en todo momento sus ojos clavados en su viejo amigo, recelosa. Todo lo que ofreciera Gandalf era un suicidio, lo sabía por experiencia, pero se mantuvo en silencio. Era uno de sus defectos, o cualidades según se prefiriera, el querer saber.

—Te escucho— asintió levemente con la cabeza, mostrando al mago que tenía toda su atención. Los ojos del hombre relucieron.

—Todavía no querida, permíteme primero presentarte a mis acompañantes— y, como era común en él, desvió la conversación hacía donde deseaba. Quiso gruñir por ello, pero por respeto a los desconocidos no lo hizo.

Los dos encapuchados que se sentaban a cada lado de Gandalf se desprendieron del manto que los escondía y sus identidades quedaron reveladas. El de la derecha se trataba de un hombre, por su aspecto parecía de mediana edad. Cabellos negros canosos, además de ligeramente ondulados, mandíbula cuadrada, rostro pálido y ojos grises. Portaba una espada colgada del cinto, y sus botas estaban manchadas con barro seco. La miraba con atención, como si evaluara todos y cada uno de sus movimientos, pero ella pudo distinguir cierta amabilidad en sus ojos. A la izquierda le miraba un elfo de edad indefinida pero aspecto joven, con los cabellos rubios y lacios recogidos en los laterales por dos pequeñas trenzas, su rostro se le antojó como una extraña mezcla entre severo y delicado, y sus ojos azules le otorgaban cierta frialdad. Todo su atuendo, o las armas que portase, le eran imposibles de ver. De nuevo, y esta vez menos detenidamente, la mujer pasó su mirada de uno a otro, deteniéndose también en el anciano.

—Un hombre, un mago y un elfo— dijo, emitiendo una especie de risa cantarina por el camino. —Que estampa más... curiosa— terminó por sonreír. —Decidme pues, ¿qué puede llevaros a acompañar a este viejo mago decrépito? —les pregunto con verdadera curiosidad.

El elfo la miró con horror, y ella se sorprendió. Era la primera vez que veía un elfo que mostraba tan fácilmente sus emociones. Y eso que ella tenía mucho trato con los de su especie.

—¿Viejo decrépito? —repitió. Su voz era grave y varonil, pero melodiosa, algo común en su raza.

A su vez, el elfo no daba crédito. ¿Había llamado viejo decrépito al Istari? Giró su rostro mirando al mago, como si esperara que él la reprendiera. Cosa que no hizo.

—Disculpadla, no se lo tengáis en cuenta, ella tiene serios problemas de educación— fue lo único que el anciano dijo. Ella levantó una ceja, adoptando una postura defensiva.

—No sabía que decir la verdad era signo de mala educación— siseó, mordaz.

Un duelo de miradas inició entre ambos. Los ojos claros del mago contra los suyos ambarinos. No necesitaban de palabras para entender lo que el otro pensaba. Hacía mucho tiempo que las palabras sobraban entre ellos. Eso era lo que hacía el tiempo. Finalmente fue el Istari quién bajó la mirada y suspiró.

—Continuas molesta— concluyó.

—Por supuesto que sí, y sabes que tengo todo el derecho a estarlo— la mujer se echó hacia delante, apoyando los codos en la mesa y acercando su rostro al del mago. —Ambos tenemos una conversación pendiente— dijo, misteriosa.

La mirada de desconcierto que compartieron los dos desconocidos no pasó desapercibida para la joven, pero no le prestó atención. Ella estaba centrada en Gandalf. La gente seguía gritando y conversando a varios pasos de su mesa. En un primer momento ella supuso que la razón por la que el mago la citó fue para tratar el tema que tenían pendiente, pero tras llegar acompañado por aquellos dos extraños y hablarle sobre una importante misión, supo que lo que ella deseaba hablar quedaría para más adelante. O incluso para nunca. Con Gandalf nunca se sabía. Él la miraba con seriedad.

—Sí, tienes razón— concedió. Ella sonrió victoriosa. —Lo lamento.

Los tres presentes abrieron los ojos y miraron al mago como si acabara de hablar en la lengua negra. Incluso la mujer dejó caer la mandíbula. Gandalf nunca se disculpaba. Nunca. Siempre solía desviar el tema o hacer uso de su elaborado lenguaje capaz de marear a cualquiera, pero jamás decía «lo lamento» . Obviamente ni el hombre ni el elfo sabían la razón de la disculpa, solo la mujer y el mago, pero les resultó igual de impactante.

—¿Y qué lamentas Gandalf?

¿Pensaba dejar que el agua corriera? Por supuesto que no. Tenía al desesperante Istari disculpándose con ella, y no iba a desaprovechar la ocasión. Pensaba deleitarse soberanamente con ello.

—Que la conversación deba posponerse y nos centremos en el propósito que nos ha traído aquí— respondió. La sonrisa victoriosa que bailaba en los labios de la mujer se quebró, y acabó por transformarse en una mueca. Qué tonta había sido. Pero lo peor era que no podía culparle, había sido ella misma la que se había hecho un castillo en el aire.

Gandalf el Gris nunca cambiaría.

—Está bien, pues. Pero no pienses ni por un segundo que lo olvidaré— se rindió. Levantó un dedo acusador y le clavó la mirada. El anciano sonrió.

—Descuida— Y así se zanjó el tema del cual no se dijo absolutamente nada.

—Bueno, supongo que lo mejor será que continuemos con las presentaciones— dijo ella, volviendo a recostarse en el respaldo del banco. Se sentía cansada.

En aquel instante, llegó la camarera y dejó sobre la mesa un gran plato con varias porciones de carne, queso y pan, además de tres jarras de cerveza. La mujer hizo todo lo que debía hacer con el silencio de la mesa embargándola, además de tener cuatro pares de ojos atentos a sus movimientos. Al finalizar, salió de allí medio corriendo, incómoda. Cuando estuvieron seguros de que nadie los escuchaba, retomaron su conversación.

—Permíteme que te presente a Trancos, un amigo montaraz de las tierras del norte— inició Gandalf. ¿Del norte?, pensó, No tiene aspecto de Rohirrim. Las facciones de su rostro y su oscuro cabello al igual que su pálida piel parecían indicar lo contrario, gondoriano quizás, pero no expresó en voz alta sus suposiciones. Hubiera sido descortés por su parte. De modo que simplemente miró a los ojos grises del hombre y con una pequeña sonrisa y un asentimiento de cabeza le mostró su respeto. Él hizo lo mismo. —Y este es Legolas Hojaverde, del Bosque Negro— continuó, presentando al elfo. Con que un elfo silvano. Actuó exactamente igual a como lo hizo con el hombre.

—Un placer, señores— indicó con respeto.

¿Qué hará Gandalf con esta gente?

—Mi señora— habló, por primera vez, el hombre. Trancos. Conocía ese nombre.

—Así que usted es el reconocido montaraz— sonrió ella. No había malicia en sus palabras, sólo simple diversión. Le vio asentir. —Es usted toda una complicación para mi oficio, mi señor, debo deciros. Ha logrado adelantarse en muchos de mis encargos y eso me ha provocado pérdidas considerables de dinero— confesó. Los ojos grises la miraban con desconcierto.

—Temo decir que no comprendo a lo que se refiere— ante la extrañeza del montaraz, Gandalf decidió intervenir.

—Amigos, esta encantadora— recalcó la palabra con cierta ironía que no pasó desapercibida para ninguno, —joven que acabáis de conocer responde por el nombre de Neith— presentó el mago a la joven a sus acompañantes. La mujer vio como la comprensión tiñó las pupilas del hombre.

—¿Neith el mercenario? ¿Es una mujer? —parecía incluso sorprendido.

Todos habían oído hablar de Trancos, al igual que habían oído hablar de Neith. Pero pocos sabían los verdaderos nombres del montaraz y la mercenaria. Algunos sabían sobre Aragorn, casi ninguno sabía sobre Blyana.

—Es complicado conseguir monedas hoy en día— se encogió la mujer de hombros. El elfo decidió intervenir en la conversación.

—No había escuchado jamás de una mujer mercenaria— Y así era. A pesar de no llevar mucho tiempo fuera de su hogar, Legolas jamás había escuchado algo como eso. Tampoco pensado.

—Y no lo hará. Las personas que me contratan nunca me han visto el rostro, y siempre dan por supuesto que es un hombre quién se oculta tras la capa, señor elfo. ¿Quién contrataría a una mujer? Tristemente nadie.

Aragorn y Legolas no se sentían cómodos con el trato de usted, y menos en aquel ambiente tan alejado de lo que ellos representaban en ese momento, un simple montaraz y un elfo, no un rey exiliado y un príncipe. Tenían intención de pedir a la muchacha que los tratara con familiaridad, pero sabían no era el momento.

—Ahora dime, viejo amigo, ¿cuál es ese asunto de vital urgencia que debíamos tratar? —Como siempre, la falta de tacto de Blyana hizo acto de presencia. —Viniendo de ti será algo de lo más problemático.

La castaña presenció como el mago, el elfo y el hombre se miraron entre ellos con complicidad. Comprendió entonces que ella era la única desinformada en aquella reunión.

—Verás, querida, mis dos compañeros aquí presentes van en busca de una criatura— comenzó Gandalf. En cuanto a los otros dos, no parecía que fueran a intervenir. —Un prisionero que escapó hace unas semanas de Mordor— y la mujer no necesitó más para saber lo que acontecería.

—Mordor— interrumpió.

Ese maldito mago manipulador, pensó.

—Así es. Me gustaría que les ayudaras y brindaras tus capacidades como rastreadora. Esa criatura tiene una información muy valiosa que necesito— dicho de esa forma a Blyana le pareció incluso un ruego. Pero ella no era tonta. Por supuesto que no.

—La verdadera razón por la que me deseas en esta contienda es porque conozco los caminos cercanos a Mordor— destapó ella las verdaderas intenciones del anciano. —Quieres a alguien que sepa moverse por esos lares.

—Esas capacidades también te hacían idónea para esta misión, sí— reconoció.

Blyana lo pensó. Encontrar a una criatura. Tampoco parecía tan peligroso, aunque el hecho de que fuera cerca de Mordor donde debían buscar no era de su agrado. Era cierto que conocía aquellas tierras, incluso los caminos que conectaban con la capital del reino del este, Barad-dûr, pero eso no implicaba que aborrecía pasar por allí. Solo malos recuerdos asolaban su mente al pensarlo. Pero si Gandalf se lo pedía era porque debía ser importante. Podía ser cierto que a veces no lo soportara, pero le conocía como para saber que siempre velaba por los intereses y el bienestar de la Tierra Media.

—¿Qué tipo de criatura debemos buscar? —Gandalf sonrió, comprendiendo que la mujer había aceptado ayudarle. Aunque en ningún momento dudó que ella aceptaría. La conocía demasiado bien.

—Creo que has oído hablar de ella alguna vez. Gollum le llaman, una desfavorecida criatura que se ocultaba en las Montañas Nubladas.

—Ese no es a quién...— Blyana no daba crédito. Conocía ese nombre.

—Sí. La criatura a la que Bilbo se enfrentó en la Cueva de los Trasgos— cortó él, completando la información. La castaña levantó ambas cejas.

—¿Cómo acabó en Mordor? —preguntó. Que ella supiera la criatura Gollum no salía de su morada. Temía al sol, a la noche, al aire fresco. Absolutamente a todo. Algo importante había debido de acontecer para que saliera de allí.

—Fue capturado por los secuaces de Sauron y llevado a Mordor para interrogarlo. Buscaban una información que poseía. Tengo entendido que escapó, y me gustaría saber qué fue lo que el Señor Oscuro le preguntó— ella asintió, comprensiva.

—¿Y qué haremos con él cuando lo atrapemos?

—Le escoltareis hasta el Bosque Negro, allí será interrogado.

La mujer se quedó pensativa. ¿Qué clase de información podía tener esa criatura como para que Gandalf estuviera tan interesado en ella? Además, si estaba planeado llevarle a interrogar donde el rey Thranduil debía ser algo importante. Los que pisaban las celdas de las Estancias no solían tardar en hablar. Quería saber más, pero sabía que por el momento no obtendría lo que deseaba.

Miró a los tres hombres frente a ella. Ya habían dado buena cuenta de la comida y la bebida mientras conversaban. Debían de haber estado hambrientos, lo que hizo a Blyana cuestionarse cuanto hacía que cabalgaban de viaje. Estaba segura de que la respuesta oscilaba entre los dos días y una semana. Y no erraba.

—Está bien señores— se levantó y tres pares de ojos la siguieron detenidamente. —Mañana partiremos en busca de la criatura Gollum. Pero por ahora deben descansar. Iré a pedir al posadero que os de unas habitaciones— y, como había dicho, se encaminó hacia la barra y solicitó al hombre que regentaba el lugar tres habitaciones más. Mientras, los tres hombres no habían dejado de mirarla, incluso la siguieron a su vuelta.

—Me temo querida que yo debo partir ya— se excusó el mago. Sin embargo, la castaña se negó.

—Puedes ser un mago inmortal y todo lo que tú quieras, pero a pesar de eso sigues necesitando retomar fuerzas de vez en cuando. Duerme hoy y parte mañana temprano. Como tú desees, pero no voy a dejar que continúes tu viaje si no es con fuerzas— refutó mientras recogía las armas que tenía desplegadas en el banco.

Gandalf el Gris frunció el ceño. Esa niña y sus bondades. Siempre preocupada por la salud de los demás. Testaruda como ella sola. Rio internamente al pensar en cómo alguien como ella ejercía una profesión que podía llegar a ser tan discordante con sus principios. Conocía a Blyana desde hacía muchos años, y sabía que esa terca mujer no le dejaría salir por aquella puerta sin haber descansado antes. Tenía asuntos de vital importancia que atender, era menester su presencia en otros lugares. Aun así, agradeció que ella le brindara la oportunidad de disfrutar algo de lo que últimamente estaba privado. Finalmente acabó por rendirse. Una lucha contra ella era una batalla perdida.

—Está bien. Pasaremos aquí la noche.

§

A la mañana siguiente, cuando Blyana, Aragorn y Legolas partieron, Gandalf hacía mucho que se había ido. Los dos hombres y la mujer montaron sobre sus caballos y se alejaron de aquel pueblo poco antes de que el sol surgiera de la tierra.

El principio del viaje se hizo en silencio. No era extraño, a fin de cuentas, no eran más que tres extraños unidos por una misión. A pesar de llegar juntos cuando la muchacha los conoció, el elfo y el montaraz se presentaron apenas unos días atrás, cuando Mithrandir les unió. Se trataba de una situación delicada pero no extraña para el hombre y la mujer. No era la primera vez que debían compartir el peso de una comisión con otras personas desconocidas. Ellos vivían en parte de eso. Sin embargo, Legolas, en cierto modo inexperto en ese tipo de situaciones, no se encontraba del todo cómodo. No era que los otros dos le fueran sospechosos, al contrario, Trancos le había parecido un hombre amable a pesar de su rostro severo desde el mismo instante en que lo conoció, y la mujer, pese a lo violento de la escena inicial, tampoco parecía alguien de desconfianza. Simplemente era que él no se sentía familiarizado con esa forma de trabajar.

Según había informado la muchacha, se hallaban en el extrarradio de Dor-en-Ernil, al noroeste de la desembocadura del Anduin. Parecía ser que la frontera con Mordor se encontraba a muchos días de allí, pero que a buen paso a caballo podía reducirse considerablemente.

No fue hasta casi el mediodía, cuando pararon para que los caballos bebieran de un pequeño riachuelo, que Legolas obtuvo su primera conversación convencional.

—Eres un elfo silvano— el grave de la voz a su espalda dio a entender al elfo que se trataba del montaraz Trancos. Se giró y lo encontró ahí, mirándole con esa serenidad que transmitían sus ojos.

En verdad, él era un elfo sindar, al igual que su padre, pero no creía que fuera lo más correcto dar pistas sobre su identidad tan temprano. Por ello, prefirió mantener el perfil bajo.

—Así es— el hombre no había hecho pregunta, de modo que no había nada que responder.

—¿Puedo preguntar que hizo que salieras del Bosque Negro? Eres el primer elfo de por allí que conozco. Por lo que tengo entendido los de vuestra raza sois muy recelosos— el trato simple de Trancos no sorprendió al rubio. Ambos se habían pedido días antes dejar atrás las formalidades.

Legolas recapacitó su pregunta. ¿Qué hacía allí? Realmente, ser libre por primera vez.

Su padre le había permitido vagar durante un tiempo por las tierras más allá de su hogar. Él siempre había tenido esa curiosidad, ese anhelo de descubrir lo desconocido, y el rey Thranduil logró contenerlo durante su niñez y parte de juventud. Hasta que una serie de sucesos relacionados con una compañía de enanos le hizo replantearse su posición. Le había llevado unos cuantos años, casi una vida humana, convencer a su padre de que le dejara salir de las fronteras. Este había acabado por acceder, seguramente pensado que su hijo se acabaría aburriendo y regresaría en poco tiempo. Sin embargo, decirle todo eso a aquel hombre le parecía demasiado. Todavía no confiaba en él lo suficiente. Y, aun así, ¿cómo se tomarían él y la joven el hecho de que fuera un príncipe? Y no uno cualquiera, sino el príncipe del Bosque Negro. Sí, lo mejor sería dosificar la información.

—Tenía curiosidad— respondió simple. En eso se resumía toda su historia. Legolas apreció como una pequeña sonrisa se formaba en los labios del hombre. Ese gesto parecía quitarle cierta severidad a su rostro.

—Pensaba que los silvanos carecían de eso— continuó, con diversión. El elfo no se tomó el comentario como un insulto a su raza.

—Siempre he destacado— dijo misteriosamente, también con una sonrisilla tironeando en sus comisuras. Las pupilas grises del hombre relucieron.

—No dudo de ello— y de esa forma, a Legolas ya no le pareció tan tedioso el camino.

Acamparon en un pequeño claro para pasar la noche. Tardaron relativamente poco en tenerlo todo dispuesto, teniendo en cuenta que tan solo eran tres. La mujer se encargó de recoger leña y encender una fogata, Legolas logró cazar varios conejos y Aragorn tuvo que lidiar con la tarea de cocinarlos. Parecía ser que los otros dos eran unos desastrosos cocineros. Para cuando terminaron de cenar el cielo ya era un manto de negrura y el piar de los pájaros había sido sustituido por el grillar de los grillos.

Los tres se encontraban despiertos. Blyana se había recostado contra el grueso tronco de un árbol y miraba el crepitar de las llamas, presente en cuerpo, pero no en mente. Aragorn fumaba de su larga pipa, disfrutando del sabor de la hierba. Mientras, Legolas revisaba sus innumerables flechas y reparaba las rotas.

—¿Puedo preguntar que ha llevado a un montaraz y a un elfo a inmiscuirse en los asuntos de un mago? —la única voz femenina del grupo hizo acto de presencia. Los dos hombres se sorprendieron. A pesar de las indicaciones que había dado a lo largo del día y comentarios sueltos de vez en cuando, la muchacha no había hablado con ellos en lo que llevaban de viaje.

Se miraron entre ellos.

—Supongo que lo mismo que a vos— respondió el montaraz. El ceño de la joven se frunció, al igual que sus labios.

—Oh, por favor, nada de usted— pidió. No parecía conforme con ese tipo de trato. —Preferiría que me llamarais por mi nombre, creo que estamos en el lugar indicado para dejar atrás las formalidades. O por lo menos por mi parte— posó sus ojos ámbar tanto en el hombre como en el elfo. Legolas juró que jamás había visto unos ojos de tal color.

—¿Y cuál es vuestro nombre? Mi seño...— Aragorn rectificó al ver como el ceño fruncido de la mujer se profundizaba. —Discúlpame.

Ella le sonrió.

—Blyana. Mi nombre es Blyana.

—Entonces creo que es buen momento para pedirte que emplees con nosotros el mismo trato— continuó el montaraz. La joven vio como el elfo asentía, conforme con sus palabras. —Como bien has dicho, no creo que precisemos de ese trato en esta situación.

Ella los miró, jocosa. Sin duda los tres eran un curioso panorama.

—Decidme, pues, qué os ha llevado a embarcaros en esta apasionante aventura— la joven se llevó los brazos tras la cabeza, acomodándose. A su parecer no había nada mejor para acompañar el fuego que una buena historia. —Todos los que conocemos a Gandalf sabemos que solo un loco o un temerario se involucra en sus misiones— sonrió maliciosa y divertida, como si se sintiera representada con esa descripción.

—En verdad Gandalf simplemente me lo pidió, y yo acepté— dijo con simpleza el montaraz, encogiéndose de hombros.

—¿Y qué hay de ti, Hojaverde? ¿Cómo acabaste enrolado en esto? —Legolas detuvo los mecánicos movimientos de sus manos, dejando de lado el arreglar sus flechas.

—Por favor, llámame Legolas, sólo Legolas— pidió. Le parecía extraño que se refirieran a él de otra forma que no fuera por su nombre. —Y mi historia no se diferencia en gran medida de la vuestra— reconoció.

—Está bien— aceptó ella. —¿Y tú, Trancos? ¿Te llamamos así o respondes por otro nombre? — preguntó. Ella sabía que los nombres de los montaraces o los mercenarios la mayoría de las veces no eran los propios, sino sobrenombres para separar su vida privada del trabajo. Ella misma era un ejemplo de eso.

—No. Llamadme Aragorn. Ese es mi verdadero nombre.

—Perfecto entonces. Ahora ya nos conocemos todos— sonrió ella, brillándole los ojos por el resplandor del fuego. Elevó el mentón y miró hacia las copas de los árboles que los refugiaban, percatándose de que era tarde. —Ya va siendo hora de que descansemos. Mañana nos espera mucha distancia por recorrer. ¿Os parece bien si hago la primera guardia? —de un salto se puso en pie y comenzó a estirar los brazos, elevándolos sobre su cabeza.

Ellos, confundidos por su repentino actuar, negaron.

—¡Estupendo! —y sin decir más, se internó un poco más allá de donde la luz de la fogata acababa, entre los árboles.

A su partida le siguieron unos momentos de silencio.

—¿Todas las mujeres son así? —Legolas no pudo evitar que la pregunta escapase de sus labios. Aragorn, que seguía sentado a unos metros de él se carcajeó. Su risa era profunda y ronca.

—No— confesó, todavía riendo. —Esta, sin duda, no es normal.


NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO

Dor-en-Ernil: feudo perteneciente a la región de Belfalas (Gondor) situado al noroeste de la desembocadura del Anduin. Allí gobernaban los príncipes de Dol Amroth.

Barad-dûr: fortaleza de Sauron en Mordor.

Montañas Nubladas: gran cadena montañosa que se extendía desde el Desierto del Norte hasta el Paso de Rohan. En la zona media se encontraban las Minas de Moria y algo más al norte se encontraban el Paso Alto y la Ciudad de los Trasgos.

Istari: Maiar (seres espirituales creados por Iluvatar) enviado por los Valar (seres espirituales de gran poder que protegen Arda) para ayudar a los pueblos libres en su lucha contra Sauron.