Acto I: Búsqueda y encuentro
Capítulo 2
Los días fueron sucediéndose, uno detrás de otro. Cuando el sol alumbraba los caminos los tres jinetes recorrían grandes distancias, atravesando bosques y páramos, pero en cuanto el astro se ocultaba se detenían a descansar. En su momento Blyana les había dicho que era peligroso avanzar por las noches, que orcos y otra serie de criaturas desagradables aprovechaban la oscuridad para dar caza. De modo que uno de ellos siempre hacía guardia. A pesar de que la mujer parecía saber orientarse por los caminos, no los consideraba muy seguros. Necios son los que no temen a la penumbra en estas tierras, había murmurado una vez.
Llevaban ya semana y media de viaje cuando acamparon por primera vez contra las montañas que separaban Mordor de Gondor, las Ephel Dúath. Las tareas se las habían repartido como hacían siempre, llevados por la costumbre. Aquella noche Legolas tuvo la dicha de encontrarse con un corzo que vagaba en solitario, cazándolo para la cena.
Además, la relación entre el hombre, el elfo y la mujer se había afianzado. Muy atrás había quedado ya la desconfianza y poco a poco iban descubriendo las personalidades e historias de los otros. Aragorn les había contado sobre su vida como montaraz desde que cumplió los veinte años, explicando que había pasado su infancia y juventud viviendo entre elfos; Legolas les describió en numerosas ocasiones los paisajes de su hogar, en el cual ninguno de los otros dos había estado. Les habló de sus grandes árboles, de los nidos de arañas que él frecuentaba cuando era niño, las majestuosas fiestas. Y Blyana les contó muchas de sus aventuras como mercenaria, hecho que intrigaba de sobremanera a los otros dos. A aquellas alturas del viaje ya se habían familiarizado con la afición del montaraz por el fumar en pipa, el gusto de la mujer por las hojas de menta y la, como describía la joven, innecesaria manía del elfo por mantener sus flechas en perfecto estado, a pesar de casi no haberlas usado durante ese tiempo. La soledad a la que se vieron sometidos y el tener que estar juntos en todo momento ayudó a forjar una relación.
En cuanto a la criatura Gollum, hacían el amago de seguir un sutil y casi inexistente rastro que había detectado Aragorn. Fue cuando pasaron el río Anduin y entraron a la región de Ithilien. Por lo que el montaraz había intuido, la criatura había intentado cruzar el río, fracasando en el intento, por lo que había vuelto sobre sus pasos y había regresado al abrigo de la cordillera, resguardándose en sus cavernas y viajando hacia el norte, seguramente en búsqueda de una forma de cruzar el caudaloso río. Y allí se encontraban ellos, amparándose en la falda de las montañas.
De nuevo la noche se había cernido sobre ellos. Sobre sus cabezas el firmamento se había teñido del más oscuro negro y las estrellas apenas eran visibles, escondidas tras un manto de nubes. La brisa ligeramente helada, a pesar de encontrarse en las tierras del sur, golpeaba al trío. Se introducía entre sus ropas, erizando su piel. Ni siquiera la protección de las rocas parecían disminuir su impacto. Los tres se encontraban sentados juntos, en un intento desesperado de infundirse calor. La pequeña fogata frente a ellos apenas ayudaba.
—El invierno arrecia en estos tiempos— la observación del elfo, que miraba atento como sus compañeros soplaban aire caliente sobre sus manos, resultó de lo más obvia e innecesaria para la joven y el montaraz. Ella rodó los ojos.
—Gracias Legolas, jamás me hubiera dado cuenta— dijo Blyana, irritada por la sensación de frío. El elfo no se lo tomó en cuenta. Hacía tiempo había descubierto que el uso de la ironía era de lo más común en la joven, y que no lo empleaba a modo de ataque, sino como hábito. Por ello hizo caso omiso a sus palabras.
Legolas observó cómo, de nuevo, una oleada de frío les recorría. A él apenas le afectaba. Su temperatura corporal era elevada, y pocos climas solían afectarle. Era una de las particularidades que poseían los elfos. Sin embargo, era consciente de que sus compañeros eran mucho más sensibles que él, y que para ellos esa simple brisa estaba resultando un gran inconveniente. Por ello también se había arrejuntado, intentando ayudarles a entrar en calor.
—Recordarme, por favor, la razón por la que aceptamos hacer esto— las palabras apenas se comprendían debido al castañeo de los dientes de la mujer, que se envolvió mejor con su abrigo de pelo negro.
En aquellos momentos Blyana se hallaba maldiciendo en todas las lenguas que conocía al mago que la había metido en aquella comisión. ¿Por qué había aceptado? No le interesaba esa criatura. ¡Y Gandalf desapareció antes de decirle siquiera el motivo de su captura! Sí, que tenía cierta información, pero ¿cuál era? Como mínimo, según su criterio, debería haberles dicho todo. ¡Estaban arriesgando su cuello en tierras plagadas de orcos! Y, sin embargo, allí estaban. Un simple trio que vagaba por las tierras cercanas a Mordor en busca de una simple criatura. De nuevo, maldijo al Istari y a ella por acabar siempre cediendo a sus pedidos. ¡Era una mercenaria, por Eru! Ella hacía cosas a cambio de dinero, información. ¿Qué le daría Gandalf a cambio de esto? Seguramente ni un gracias. Diría algo del estilo «el destino de Arda sería más azaroso si esto no se hubiera cumplido.» Pero no un «gracias por invertir vuestro preciado tiempo en otra de mis misiones suicidas.»
Suspiró, rendida. A su lado, Aragorn giró el rostro y la miró, clavando sus iris plata en ella. Como siempre, el rictus de su rostro mostraba seriedad, pero sus ojos transmitían lo que verdaderamente sentía. En aquel momento Blyana pudo ver que era diversión.
— ¿Ayudar a un amigo? — respondió a su pregunta retórica. La castaña achicó los ojos en su dirección.
— ¿Esa es la razón que te llevó a aceptar? — tenía curiosidad. Desconocía por completo la relación que mantenían Legolas y Aragorn con Gandalf.
De nuevo el viento aulló, dejando que el eco propagase su sonido. El montaraz pareció pensarlo.
—Sí. Creo. Gandalf ha sido un buen amigo, hemos compartido muchas cosas juntos. Siempre que ha podido me ha ayudado, a su manera, pero lo ha hecho. Así que vi justo devolverle ahora el favor. Esa es la razón por la que estoy aquí.
Las llamas crepitaban mientras el fuego consumía la madera hasta hacerla desaparecer. Resultaba una imagen hipnótica.
— ¿Y qué hay de ti, Legolas? — la aparición de su nombre pareció traer de vuelta al aludido, que miraba las llamas fijamente.
— ¿Qué ocurre conmigo? — el elfo no había escuchado su pregunta.
—Digo que cuál es el motivo por el que decidiste aceptar este encargo— repitió. De verdad deseaba saber, y estaba segura de que Aragorn también. A fin de cuentas, Legolas era un elfo del Bosque Negro, conocidos por no salir de su hogar. Un hogar que quedaba a mucha distancia de donde estaban.
Por unos instantes el elfo se sumió en sus pensamientos.
—No tengo un motivo concreto. Simplemente acepté— su respuesta resultó casi criptica. Blyana y Aragorn miraron curiosos al elfo, que continuaba admirando el movimiento de las llamas.
Ambos conocían a los elfos. Habían tenido contacto con ellos. Incluso podían presumir de ser amigos. Pero Legolas les resultaba todo un enigma. Tal vez se debía a que era un elfo del Bosque Negro, conocidos por ser recelosos, más fríos, incluso algunos llegan a decir que poco educados. Sólo había que escuchar los rumores que corrían sobre su rey, Thranduil, para comprender que esos elfos eran muy diferentes a sus hermanos de Lorien o Rivendel. Pero, aun así, Aragorn y Blyana sabían que Legolas no encajaba del todo en aquella descripción. Durante sus días juntos el elfo había demostrado verdadera curiosidad por muchas de las cosas que veía o le decían, y ellos le aclaraban muchas de sus dudas; también sonreía y hablaba con una naturalidad impropia de cualquier elfo, por muy joven que fuera.
El tiempo corría y no hubo palabra o movimiento entre ellos. Los otros dos se quedaron mirando al arquero, esperando que ahondara más en su respuesta. Hecho que no ocurrió. Finalmente se rindieron y retomaron su tarea de mantener su temperatura corporal a niveles estables. No había nieve a pesar de ser invierno, pero el frío era extrañamente intenso para estar en el sur.
—Es extraño— habló de nuevo, tiempo después, la mujer. —Dices que te criaste en Rivendel, y que pasaste algún tiempo en Lorien. Sin embargo, no recuerdo haberte visto nunca en ninguno de los dos lugares— era bastante obvio que hablaba con Aragorn.
El montaraz la observó con detalle. Él era un Dúnedain del Norte, lo que le permitía vivir muchos más años que a cualquier hombre o mujer mortal. De hecho, en aquellos instantes él, a pesar de aparentar estar en la cuarentena, rondaba los ochentaicinco años. Llevaba muchos años vagando por el mundo, y sin embargo aquella joven a su lado apenas podía llegar a los treinta. Era muy poco probable que ella le hubiera visto jamás en Rivendel pues cuando él era un infante ella ni había nacido, y las veces que volvía las pasaba en compañía de Elrond, Arwen, Elladan y Elrohir. Últimamente en compañía también de aquel curioso Hobbit que llevaba unos años allí. Y su estadía en Lorien había sido más bien breve.
A su vez, mientras el hombre pensaba, la mujer también lo hacía. Rememoraba una y otra vez sus recuerdos en busca de cualquier personaje que se asemejara al montaraz, pero nadie venía a su mente. Lorien y Rivendel eran lugares donde había pasado gran parte de su vida. La primera era su hogar, y la segunda estaba colmada de grandes amigos suyos. Había muchas cosas de ella que la gente no conocía, excepto sus más cercanos amigos, y era que ella era una Peredhil. Una mestiza. Madre humana, padre elfo. Algo poco común pero posible. Su madre murió cuando ella solo tenía siete años, y por ello había pasado toda su infancia y juventud con los elfos de Lorien, bajo el cuidado de su padre.
—Suelo ser alguien que pasa desapercibido— fue la respuesta del montaraz. No es que desconfiara de la joven, pero todavía no sentía que podía revelarle su naturaleza. Blyana, no siendo tonta ni crédula, sonrió ladinamente al comprender el oculto mensaje del montaraz. Algo ocultaban sus palabras, pero ella no era quién para reclamar nada.
—Pues entonces estaré más atenta la próxima vez que vaya por allí— Blyana se recostó contra la piedra, colocándose para dormir, pero antes de cerrar los ojos le guiñó con complicidad al montaraz.
§
Un mes. Ya llevaban un mes de viaje y todavía no habían logrado encontrar a la criatura. Un mes recorriendo parajes áridos y desolados, resguardándose en oscuras montañas, siguiendo un rastro que parecía no llevar a ningún lado. Hacía algunos días que habían soltado a los caballos, puesto que por esos caminos sólo se podía ir a pie y los equinos les estorbaban más que ayudarles, por lo que les concedieron la libertad.
—A este paso, llegaremos a la Puerta Negra mañana.
Blyana se había detenido, alzando la cabeza y observado atenta el paisaje que los rodeaba. Ella había sido su guía por las tierras, a pesar de ser Aragorn quién siguiera el rastro.
— ¿Tan cerca estamos? — Legolas de verdad parecía sorprendido. Nunca había visto la entrada a Mordor y sentía cierta curiosidad por saber cómo era. Jamás se imaginó que podría verla.
—Así es. Y eso solo significa que hay demasiadas probabilidades de que nos encontremos con algún grupo de orcos. Por esta zona siempre hay demasiados.
El sol brillaba en lo alto, descendiendo poco a poco. El mediodía ya había pasado y el rojo comenzaba a teñir las horribles nubes que cubrían la región. Unas nubes que los habían acompañado desde su llegada a las Ephel Dúath.
De nuevo retomaron su camino.
— ¿De qué conoces estos caminos? — Legolas llevaba preguntándose eso desde que Gandalf les había dicho que ella era la mejor para acompañarlos. Hasta ahora no se había atrevido a preguntar por respeto, pero a esas alturas no creía que la mujer fuera a recriminarle nada.
—Por mi trabajo más que nada— Blyana caminaba delante de Legolas, de modo que tuvo que voltear la cabeza para contestarle. Aun así, volvió la vista al frente a los pocos segundos para evitar tropezar con alguna piedra o hendidura en el camino. —Muchos de mis encargos me traen aquí— se encogió de hombros.
— ¿Has hecho alguna vez algún trabajo para el Señor Oscuro? — ninguno de los dos hombres quería creer eso.
Blyana, dándose cuenta tarde de cómo podían interpretarse sus palabras, se corrigió.
—Por supuesto que no— negó con énfasis. Legolas pudo ver como los rizos volaron de un lado a otro. —Lo que quería decir es que muchos encargos tratan sobre deshacerse de grupos de orcos que aquejan a los pueblos cercanos a estas tierras, sobre todo, o incluso ir en busca de algún idiota que se internó demasiado donde no debía.
— ¿Los mercenarios trabajan también para Sauron? — el elfo no había podido evitar sorprenderse al notar que Aragorn había entendido que Blyana pudo haber trabajado para el Señor Oscuro. En su pueblo no existía la figura del mercenario o el montaraz, y había escuchado por primera vez sobre ellas al salir al mundo de los hombres, pero todavía había ciertos aspectos que no entendía.
—Los hay que sí. A fin de cuentas, un mercenario hace lo que hace por dinero— aquello sonaba muy cruel y despiadado, pero Blyana era consciente de lo que suponía desempeñar su oficio. —Les hay que aceptan cualquier encargo, suponga lo que suponga, y otros simplemente elegimos lo que creemos que es acorde a nosotros.
Ella había llegado a ver tremendas atrocidades cometidas por compañeros de su gremio. No compartía muchos de sus métodos, ni de sus ideales, pero nunca se interponía. Ella no era quién para interceder. No era una heroína que defendiera los altos ideales de justicia. Hacía lo que hacía para comer, sobrevivir y reunir dinero para poder cumplir su venganza, pero siempre intentando no cruzar esa delgada línea que separaba lo que ella consideraba correcto de incorrecto. Una línea que alguna vez había tenido que cruzar.
— ¿Alguna vez has entrado en Mordor? — Aragorn también escuchaba la conversación entre el elfo y la joven, y no podía negar que sentía curiosidad por todo lo referente a la mujer mercenaria. Él era un montaraz, tenía muchos años vividos a su espalda, pero era la primera vez que veía a alguien como ella.
—Algunas veces. Muy pocas. No me gusta ese sitio. Lo más lejos que he llegado en ese inferno es hasta Barad–dûr.
Mordor era un tierra árida, muerta y llena de humo y ceniza. Sus caminos angostos se entrecruzaban unos con otros, casi siempre llenos de criaturas deformes y algún que otro haradrim. El aire era casi imposible de respirar, y el hedor a orco y sangre te obligaban a tapar tu nariz y boca. Blyana no recordaba ninguna de sus visitas como agradable.
— ¿Y tu familia acepta tu profesión? — de nuevo, la curiosidad del rubio le hizo abrir la boca cuando no debía. Al ver como la castaña tardaba en contestar, creyó haber metido la pata hasta el fondo. No quería incomodarla, ni hacerle creer que no era digno de su confianza. Los segundos de silencio se le hicieron eternos.
—Tanto mi madre como mi padre fallecieron hace muchos años— la voz de la joven sonaba melancólica, distante. Legolas sintió como la conciencia le carcomía.
—Lo siento— se disculpó, de verdad arrepentido. —No era mi intención...
—No te preocupes— ella se giró y le sonrió, afable. —No era algo que tenías porqué saber.
A pesar de que ella no parecía reprochárselo él seguía pensando que había actuado demasiado descortés e indiscreto.
—Aun así, no debería haber...
—Legolas— el llamado le hizo detenerse. Ella le miraba fijamente, sin rencor. —No es nada— repitió, despacio y sonriente. Fue ahí cuando el elfo decidió rendirse.
Asintió.
—Estoy completamente segura de que tanto mi padre como mi madre hubieran puesto el grito en el cielo si supieran esto— rio ella. A su madre le costaba más imaginársela, puesto que sólo la recordaba a través de los ojos de una niña, pero era capaz de imaginarse a la perfección las palabras de su padre. —Las personas que aún me quedan no están muy conformes con ello, pero lo respetan— continuó.
Legolas y Aragorn escuchaban, atentos.
—Supongo que no es fácil aceptar que alguien a quién quieres ejerza algo tan peligroso— las palabras de Aragorn eran más bien un pensamiento expresado en voz alta. La reflexión de Blyana le había hecho pensar en su difunta madre.
—Es sin duda un verdadero acto de amor— sonrió ella.
La conversación se había tornado demasiado profunda para todos, y el resto del camino lo pasaron cavilando. Todos se sentían en parte reflejados en la situación de la joven. Los tres tenían a ambos, o solo a uno, de sus progenitores fallecidos, sabían lo que era cargar con la preocupación de sus seres queridos por sus destinos, y ninguno quería causarles dolor.
Siguieron caminando un par de horas más entre conversaciones banales, más sumidos en sus pensamientos que en lo que decían, pero cuando la oscuridad amenazaba con acechar, decidieron acampar en un claro donde había varias estatuas derruidas que pertenecían a épocas menos oscuras. Montaron un pequeño campamento, pero, a diferencia de las veces anteriores, no hubo hoguera por orden de la joven.
—Estad atentos— ordenó Blyana mientras escrutaba con la mirada la vegetación. No parecía muy cómoda. —Las partidas de orcos a estas alturas son abundantes.
Esa noche decidieron que sería Legolas quién hiciera la primera guardia. El elfo no parecía necesitar descansar tanto como Aragorn y Blyana, por lo que no le importaba hacer vigilancias más largas. A los pies de una de las grandes estatuas, el hombre y la mujer dormitaban envueltos en sus capas. El frío seguía siendo desagradable, pero habían terminado por acostumbrarse. Habían pasado ya algunas horas, permitiendo descansar al montaraz y a la mercenaria. O bueno, más al primero, puesto que la mujer solo se revolvía inquieta en sueños.
Una extensa llanura de pasto; seco y muerto. Una pequeña aldea de apenas unas cuantas casas. Varias familias paseando por el pueblo, haciendo sus tareas diarias. Los niños corrían, inmersos en sus juegos, las mujeres hacían las tareas del hogar, vigilando en todo momento a sus hijos, y los hombres cumplían con sus trabajos, deseando que llegara la noche para poder estar junto a sus familias. A lo lejos, una mujer enseñaba a un niño a montar a caballo.
—Agarra fuerte las riendas. Así. Muy bien. Ahora pega los codos al cuerpo.
La mujer observaba, a una distancia adecuada, como un pequeño niño de apenas ocho años intentaba manejar a un caballo que podía ser diez veces él.
—No aprietes muy fuerte. Sin tensar. Así, perfecto.
El pequeño fruncía el ceño al concentrarse en lo que la joven le ordenaba.
—No me hace caso— refunfuñó, molesto. Nunca había sido un niño muy paciente.
—No esperarás que lo haga en la primera clase, ¿cierto? — Los finos labios del niño se fruncieron, haciendo una mueca infantil. Ella se rio. —No seas impaciente. Tiempo al tiempo— aconsejó.
El sol apenas comenzaba a descender, y el pasto brillaba. El calor les golpeaba con fuerza, abrasando su piel y ahogando sus pulmones con el aire caliente. Las chicharras se oían con fuerza y de vez en cuando el canto de algún ave pasajera. A esas alturas del año las aves habían emigrado al norte, donde el verano era menos caluroso.
La mujer se encontraba cruzada de brazos, observando con atención al chico para corregir sus errores o, en caso de encabritarse la yegua, socorrerlo. Llevaba el cabello recogido en un rodete, con algunos mechones sueltos y pegados a su piel por el sudor. Ese día había prescindido de la casaca y simplemente vestía sus pantalones y la camisa blanca, remangada hasta los codos. Sentía como la tela se pegaba a su cuerpo, mojada. El niño también llevaba una vestimenta parecida, pero su chaleco había sido lanzado al pasto momentos antes.
—Elmer, con cuidado— repitió, viendo como su alumno tironeaba demasiado de las riendas, machacando la mandíbula del caballo. Para su alivio, el chico le hizo caso.
— ¿Crees que ya estoy listo para galopar? — la vocecita aguda del niño resonó en el campo. Ella soltó una risa cantarina.
—Primero deberás aprender a trotar sin caerte. Luego ya hablaremos sobre galopar— negó, divertida.
Elmer daba vueltas alrededor de ella, sin salirse de aquel imaginario circulo que ella había creado, intentando controlar a la yegua. Aunque no lo tenía complicado, puesto que esta era muy mansa y aceptaba con facilidad el ser montada por extraños. Blyana continuó un rato más dando consejos y ayudando al niño hasta que el grito de una mujer los interrumpió.
— ¡Elmer, cariño, tienes que volver a casa! — a unos metros de ellos, desde la puerta de su casa, una mujer adulta los miraba, con una mano sobre los ojos.
— ¡Ya voy mamá! — Obediente, el niño detuvo al caballo siguiendo las instrucciones que le había dado su maestra y con su ayuda logró bajar de nuevo al suelo. Antes de echar a correr ladera arriba para llegar donde su madre le sonrió, con la mirada brillante. Blyana pudo ver cómo le faltaba un diente.
—Gracias por la clase. ¿Podemos repetir? — de verdad parecía ansioso por volver a subirse al caballo. Ella asintió, contagiada por la alegría e inocencia del pequeño.
—Te esperaré mañana a la misma hora— respondió.
Eso pareció contentar al niño, puesto que su sonrisa creció más. Comenzó a correr hacia la aldea, sacudiendo su manita como despedida. Ella lo observó irse. No fue hasta que su yegua se acercó a ella, golpeando con su hocico su brazo, que le prestó atención.
—Vamos a quitarte esto— le acarició el cuello, con suavidad. Agarró las riendas y comenzó a caminar ella también hacia el pueblo, recorriendo el mismo camino que el niño segundo antes. Pudo ver como la mujer recibía a su hijo y como le mandaba hacia la casa, sin escuchar lo que le decía. Luego de que el niño desapareciera, la mujer continuó parada en su lugar, mirándola ahora a ella. Parecía estar esperándola.
La hierba crujía bajo sus pies, seca, y el sol picaba en su piel.
—Gracias por enseñar a mi hijo.
Al fin había llegado hasta la mujer. Esta era una madre joven, de no más de treinta y cinco años, de rostro curtido y mirada dulce. Vestía un simple vestido que demostraba su uso, portando varios remiendos bien cosidos, y el pelo oscuro lo llevaba recogido con un pañuelo, viejo también. Blyana la había visto días atrás, a su llegada al pueblo. No eran muchos lo que allí vivían.
—No hace falta agradecer, es un placer— reconoció ella, sonriente.
— ¿Tienes un lugar donde quedarte esta noche? En nuestra casa hay una cama libre, puedes quedarte ahí— le ofreció la mujer.
Blyana apenas acababa de llegar, tan solo dos días atrás, y hasta ese momento había dormido en un pequeño cuarto que el tabernero tenía libre. Su catre no eran más que unas pocas mantas apiladas, pero ella había sabido soportar eso. Por ello, el humilde ofrecimiento de la madre de Elmer le pareció un regalo de los Valar.
—Si no es molestia, me encantaría— vio como los claros ojos de la mujer brillaron.
—No es molestia, te lo aseguro, siempre son bienvenidas las visitas. Puedes quedarte el tiempo que desees. Además, estoy segura de que Elmer estará encantado con que te quedes.
Y de esa forma, ambas mujeres se encaminaron hacia la pequeña casa que pertenecía a la madre y a su hijo.
Blyana caminaba, alegre y risueña, teniendo la imagen de la choza frente a ella. No supo exactamente cuándo empezó, pero de repente todo parecía ir más lento. La imagen frente a ella se acercaba, como si continuara andando. Pero sus pies estaban quietos. La sonrisa en su rostro flaqueó, y el calor del sol se transformó en un calor diferente. Ahora era más abrasador, más caliente, más letal. La imagen ante ella parpadeó. La paja ardía. El tejado de la casa ardía. Había fuego por todas partes. Humo y gritos. Muchos gritos. Blyana era capaz de sentir el caos a su espalda, pero no era capaz de girarse. Su cuerpo permanecía laxo. Los gritos aumentaban, proporcional a su desesperación. Hizo fuerza, mucha fuerza, y puso toda su voluntad, toda la que tenía, pero seguía sin voltearse. Frente a ella, la sencilla choza se desmoronaba, víctima de las llamas. Su corazón latía frenético, desbocado, histérico. Y solo se detuvo cuando escuchó un grito.
— ¡Blyana!
Abrió los ojos.
El oscuro manto de la noche la envolvió.
No había llamas. No había fuego.
Solo estaba ella.
Se incorporó. En algún momento había acabado recostada contra la raíz de uno de los árboles. El silencio solo era interrumpido por sus respiraciones. La suya y la de Aragorn, que estaba a tan solo dos pasos de ella. Él dormía. Dejó escapar el aire de entre sus labios. Su corazón seguía latiendo a un ritmo frenético. El eco de los gritos fue haciéndose cada vez más difuso hasta desaparecer. Suspiró.
Había vuelto a soñar.
Desconocía la razón por la que ese sueño en particular había decidido atormentarla de nuevo, pero ahí estaba. Cálido como siempre. Mortífero a su vez. Un sabor agridulce.
Agua. Necesitaba agua.
Y pensar. O tal vez no.
Se levantó. Sentía las piernas entumecidas, el frío calando su ropa, el silencio embotar sus oídos. Caminó hasta donde tenían los morrales, de donde sacó el odre con agua. Se llevó el líquido a los labios y los mojó apenas. No dio más que un pequeño sorbo, suficiente para saciar su sed. Debían racionar el agua, puesto que no encontrarían un río o fuente de agua en aquellas tierras que no estuviera contaminado por la oscuridad.
Poco a poco sentía como la bruma en su mente desaparecía, despejándose. Poco a poco volvía a la normalidad.
Blyana siempre odiaba soñar puesto que sus sueños pocas veces eran pacíficos. Las noches que simplemente su mente se teñía de negro resultaban todo un respiro. Se dejó caer sobre una roca. Tal vez fuera una de las partes derruidas de aquellas grandes estatuas, o tal vez era una simple piedra. No lo sabía, y poco le importaba.
Por fin todo su cuerpo se calmó.
Sintió una presencia cerca de ella. Un aroma a hierba. No escuchó a Legolas llegar, pero sí supo cuando se sentó a su lado.
Ninguno de los dos dijo nada en un principio. Blyana solo se mantenía con los ojos cerrados y el rostro desprovisto de emoción, y Legolas solo se quedó a su lado, en silencio. Él también había sido consciente de cuando la muchacha despertó. Hacía ya algunas horas que debería haber terminado su turno de guardia y despertar a Aragorn, pero no tenía ganas de descansar. Además, tanto el hombre como la mujer parecían necesitar esas horas de sueño extra. Por ello, se sorprendió cuando la escuchó levantarse. Apenas había estado a unos metros, camuflado en la vegetación, sentado sobe una rama en lo alto de un árbol. Y desde allí la vio despertar. Parecía afligida.
El tiempo pasó relativo para ellos, hasta que finalmente Blyana habló.
— ¿Cómo ha estado la noche? — su voz sonó ronca. El elfo la miró.
—Tranquila— fue su escueta respuesta. Ella le miró. A pesar de la negrura y la falta de luz, Legolas apreció a la perfección como los iris ámbar de Blyana refulgían. —Hay fuego en tu mirada.
Blyana no supo si reír o llorar ante su comentario. No sabía si el elfo era consciente de cómo podían malinterpretarse sus palabras, pero la claridad en sus ojos azules le decía que no. Terminó por sonreír. Aunque no fue una sonrisa divertida, o irónica como podía ser común en ella, tan solo cansada. A ojos de Legolas pareció como si esa curva de labios escondiera el mayor de los secretos.
—Puedes ir a dormir. Ya continuo yo con la guardia— el cambio de tema por su parte dio a entender que no sacaría más de esa conversación.
—No hace falta. No podré dormir— y así era. Legolas estaba bastante seguro de que conciliar el sueño le sería una tarea imposible. Ella no presionó.
—Pues entonces te haré compañía.
Él no la discutió, y ella lo agradeció.
Apenas hablaron, solo se mantuvieron en silencio. No necesitaron de palabras para hacerse compañía, solo la bienvenida presencia del otro.
§
Los tres rastreadores se encontraban agazapados tras una gran roca, en la cumbre de una colina, y frente a ellos se erguía imponente la Puerta Negra.
Se trataba de una gran estructura de hierro que abarcaba todo el Paso de los Espectros, casi igual de alta que una fortaleza, e igual de defendida que esta. Incluso desde la prudencial distancia podían ver la increíble cantidad de orcos y otras criaturas que la custodiaban.
—Morannon— murmuró Legolas, situado a la derecha de la mujer. Aragorn y Blyana contemplaban en silencio la monstruosa edificación. Era una imagen impactante, que les dejó gélidos, incluso a ella a pesar de no ser la primera vez que la veía.
—Es muy poco probable que Gollum se encuentre cerca de aquí, habrá huido más al norte— la voz de la mujer apenas sonó como un susurro, pero ambos pudieron escucharla.
— ¿Por qué crees eso? — el elfo viró levemente el rostro, conectando sus miradas.
—Porque nadie que haya estado ahí dentro se arriesga a volver— sentenció. Aragorn y Legolas se sorprendieron por lo determinantes que sonaban sus palabras, como si no albergara la mínima duda.
—Pues hacia el norte debemos continuar— y con esas palabras del montaraz, siguieron su camino.
Una vez pasaron la Puerta Negra, volvieron a incorporarse a la red montañosa, al abrigo esta vez de las Ered Lithui. Pasaron varios días merodeando, buscando retomar el rastro de Gollum, y no fue hasta el sexto día que lo hallaron. El paraje se había vuelto más árido y rocoso, incluso llegaron a encontrarse bañados de cenizas en ciertos momentos. El agua comenzaba a escasear y no encontraron ningún riachuelo donde abastecerse, y con el alimento pasaba parecido. Continuaron todavía más al norte, pero fueron desviándose poco a poco hacia el oeste, de modo que acabaron por toparse de nuevo con el río Anduin. Encontraron pruebas de que Gollum había intentado, por segunda vez, cruzar el río pero que había fracasado. El rastro los llevó hacía el nacimiento del río, muchas veces contiguos a la orilla.
Cuando ya llevaban un total de un mes y quince días rastreando a la criatura, encontraron que el rastro era más reciente. Gollum apenas debía de sacarles un día o dos de ventaja. Por ello, esa noche decidieron acampar en la orilla este de Osgiliath. Todos ellos estaban cansados. Sentían los músculos agarrotados y la falta de alimento y agua había hecho mella en su resistencia. Los tres eran aguerridos cazadores, era cierto, pero eso no detenía su gradual agotamiento.
La pequeña hoguera ya ardía, calentando sus cuerpos e iluminando levemente su alrededor. Se habían resguardado dentro de un pequeño edificio derruido que impedía que alguien les avistase desde la distancia, a pesar de carecer de tejado. Como todas las noches, Aragorn fumaba en su pipa, Blyana cavilaba con una hoja de menta (que ya escaseaban) entre sus dientes, y Legolas jugueteaba con alguna de sus armas.
Blyana estaba perdida entre sus pensamientos. Desde aquella primera noche donde soñó de nuevo con Elmer, no había parado de rememorar mientras dormía sus días allí. Y todo lo que aconteció después. Había estado distraída por ello incluso en muchas de sus guardias, lo que la enervaba. Odiaba recordar, solo conseguía ponerla sensible. Deslizó la hoja y la puso bajo su lengua. De nuevo otra explosión de frescura la inundó. Pocas cosas lograban calmarla, y el familiar sabor de la menta hacía muy bien su trabajo. Resopló. Estaba cansada del bullicio de sus pensamientos. Añoraba el silencio y la tranquilidad. Dejó caer su espalda contra el suelo. Había puesto un pequeño fardo como almohada. Y así, ante sus ojos, se encontraba la inmensidad del firmamento.
Se sorprendió al ver las estrellas pintadas sobre el manto negro. Hacía varias semanas, desde su llegada a las Ephel Dúath, que el manto de nubes cubría el cielo día sí y noche también, por lo que la despejada imagen de una noche estrellada resultaba hasta novedosa. Rio al ubicar y reconocer una constelación en concreto. A su lado, Aragorn, desvió su vista de las llamas a ella.
— ¿Ocurre algo? — preguntó, curioso. Vio como la mujer se llevaba las manos a la cabeza y se recostaba en ellas, con una sonrisa divertida pintada en sus labios.
—Nada especial. Solo miraba las estrellas— reconoció, sin despegar la vista del cielo.
Él levantó también los ojos y vio la misma imagen que la joven disfrutaba. La noche era cerrada y el cielo estaba limpio de nubes. Esa noche las estrellas eran las protagonistas. Se reconoció que era una imagen magnífica, por lo que también sonrió.
—No sabía que tuvieras interés en las estrellas.
Aragorn terminó la hierba de la pipa y adoptó una postura similar a la de la joven. Ambos quedaron tumbados mirando al frente.
—Y no lo tengo. Simplemente me divierte recordar las clases de mi padre sobre los nombres de las estrellas y las constelaciones— rio. —Intentó durante años que me las aprendiera todas.
La imagen de su padre mirándola con el ceño fruncido y recriminándole le invadió la mente.
— ¿Y lo consiguió? — Aragorn mostraba genuino interés. El tiempo junto a Blyana y Legolas siempre lo consideraba preciado. Ambos eran gente de su gusto, y se alegraba de compartir misión con ellos. Hacer aquello solo hubiera resultado realmente tedioso.
—No. Solo consiguió volverse loco— se carcajeó, haciendo que el montaraz también se riera. —Lo único que logró fue que me aprendiera el nombre de una estrella. Solo una. Acabó por darse por vencido. Por aquel entonces, cuando era solo una cría, era bastante indomable.
—Todos tenemos un pasado— reconoció él. —Yo en mi caso disfrutaba poco en las clases de historia. Siempre acababa por dormirme o perderme en mis pensamientos— confesó. —Mi madre también se volvía loca— rio. —Aunque al final acabé por cogerle el gusto.
—No logro imaginarte entre libros sobre reyes y tiempos de antaño— Blyana le miró, sonriente. Él le devolvió la sonrisa.
—Es comprensible. Prefería mucho más las lecciones de combate. Aunque aprender sobre plantas y sus posibles utilidades medicinales también era de mi agrado— se detuvo durante unos instantes, disfrutando de los recuerdos que acompañaban a la conversación. — ¿Y cuál fue la estrella que aprendiste?
Ella levantó el brazo, con el dedo índice apuntando a la inmensidad.
—Aquella. Se llama Luinil— Aragorn la reconoció. Él también sabía cuál era.
—Brillo azul— la intervención de una tercera voz sorprendió al montaraz y a la mercenaria.
Legolas apareció entre las ruinas, acercándose a ellos. La última vez que lo habían mirado estaba sentado sobre un conjunto de rocas a varios metros sobre el suelo. Ninguno pensó que se interesase por la conversación.
— ¿El qué? — al final fue Blyana la que preguntó por sus extrañas palabras. Los ojos de Legolas cayeron sobre ella.
—Ese es su otro nombre. Luinil se conoce también como Brillo azul— se sentó junto a ellos, al lado del montaraz. Aragorn levantó las cejas, sorprendido.
—No lo sabía— reconoció el hombre.
—Yo tampoco, la verdad— concordó ella.
—Forma parte de la constelación de Soronúmë. Es aquella que tiene forma de águila— como había hecho Blyana momentos antes, levantó su dedo y trazó un singular dibujo uniendo las estrellas que, como bien había dicho, sí se asemejaba a un ave.
Blyana estaba francamente sorprendida. Dejó escapar un murmullo de exclamación, por lo que el elfo sonrió, orgulloso.
— ¿Como sabes todo eso? — los iris ámbar de la joven refulgieron por las llamas. La curiosidad los teñía.
—También me hicieron estudiar las estrellas, aunque a diferencia de ti yo sí que disfrutaba de ello— sonrió.
— ¿Y conoces el nombre de todas ellas? — con un amplio movimiento de manos, la castaña abarcó todo el cielo que ellos podían apreciar. Legolas rio.
—Todas no, solo las más importantes.
Era imposible conocer el nombre de todas las estrellas del firmamento. Incluso dudaba de que todas fueran nombradas.
—Muéstranos alguna más— pidió, incorporándose levemente y sujetándose por los codos. El elfo se quedó unos instantes mirándola, sorprendido. A veces se olvidaba de lo espontanea que era la mujer, y de ese carácter curioso que mostraba cuando parecía bajar la guardia. Finalmente reaccionó.
Alzó el mentón para mirar de nuevo al cielo y sus ojos buscaron ávidos entre los brillantes luceros hasta que dio con uno. Les mostró.
—Ese de allí— señaló a uno de los luceros que más deslumbraban. —Se trata de Helluin, Guerrero en el cielo. Y aquella que se encuentra un poco más abajo, que brilla con luz roja, es Carnil.
Mientras Legolas iba hablando, los otros dos admiraban los lugares que este les indicaba.
—Vaya, es cierto que sabes sobre esto— reconoció ella, todavía mirando fascinada aquella última estrella en la que nunca había reparado. Una estrella de luz roja. Fascinante. —Carnil, La estrella roja, Helluin, guerrero en el cielo, y Luinil, brillo azul— repitió con lentitud, como si saboreara las palabras, los tres nombres de las estrellas. Cuando terminó, ambos hombres presenciaron como lentamente se iba dibujando una sonrisa jocosa en los labios de la mujer. Sabían lo que venía a continuación. Esa sonrisa solo la desplegaba cuando algo se formulaba en la cabeza de la castaña.
Sus ojos se centraron en los de Legolas, quedándose fijos en ellos durante un largo instante. El elfo empezó a sentirse incómodo. Ella le miraba con intensidad, con aquella curva de labios todavía presente. Los segundos pasaban y ella no decía nada.
—Brillo azul— murmuró. Tanto Aragorn como Legolas se preguntaron qué estaría pensando. —Sin duda, Legolas, tienes los ojos de una estrella— terminó por decir, dejando a los dos de piedra. La sonrisa de ella solo aumentó.
Legolas boqueó, como un pez. Abría la boca para decir algo, pero su cabeza estaba cortocircuitada, de modo que la volvía a cerrar, y así durante varias veces. A su lado Aragorn solo se debatía entre si continuar la broma de la joven o dejar escapar la carcajada que estaba conteniéndose.
—Yo...— el elfo finalmente dijo algo, todavía demasiado confuso. Jamás le habían dicho algo como eso.
Al ver verdadera consternación en sus ojos, Blyana no pudo más que apiadarse de él, por lo que intervino.
—Solo acepta el cumplido— le recomendó. No había porqué hacer un mundo de tal nimiedad.
Legolas la miró de nuevo, las facciones de su rostro se habían dulcificado, lo que no logró calmarle. En absoluto. Esa mujer era demasiado impredecible para él. De pronto, se sintió terriblemente nervioso. Se levantó de un salto, inquieto.
—Yo... Voy a hacer la primera guardia— y en dos grandes zancadas silenciosas, desapareció de allí.
El crepitar de las llamas era ahora lo único que se escuchaba.
— ¿Sabes? — la voz de la mujer llamó la atención de Aragorn, haciéndole voltear hacia ella. La escena que se había dado segundos antes ante sus ojos le había parecido realmente divertida. —Siempre quise contrariar a un elfo. Por eso de que nunca muestran sus emociones. Debo reconocer que ha sido una experiencia de lo más sugestiva— confesó.
Y, finalmente, Aragorn dejó escapar una sonora carcajada que reverberó entre las rocas de las ruinas.
§
De nuevo se encontraban agazapados los tres cazadores, solo que esta vez no se hallaban frente a la entrada de Mordor ni evitaban ser vistos por sus centinelas, sino que observaban pacientes como una desfigurada y poco agraciada figura atravesaba canturreando las Ciénagas de los Muertos.
La criatura Gollum era un extraño espécimen que no parecía pertenecer a ninguna raza de la Tierra Media. Iba siempre encorvada, con su piel grisácea adherida a sus huesos, tenía grandes manos y grandes pies y la cabeza parecía mayor a causa de su extrema delgadez. Además, esos enormes ojos y sus afilados dientes podrían causar más de un escalofrío. Lo habían encontrado apenas hacía unas horas, y por orden y consejo de Aragorn decidieron seguirle sin ser advertidos. Tenían la idea de atraparle cuando menos se lo esperara.
Y en ese momento, justo frente a sus ojos, presenciaron como la repulsiva bestia desgarraba con sus dientes un conejo que acababa de cazar, completamente crudo. La sangre le deslizaba por las comisuras con lentitud. Blyana no pudo contener una mueca.
—Que desagradable— torció los labios y frunció el ceño. — ¿Cuánto más tendremos que observar este espectáculo? — increpó. Sin embargo, el montaraz no dejaba de analizar a la criatura.
—No mucho más. Ahora ha bajado la guardia, es el momento de actuar.
— ¿Vamos los tres a por él? — intervino Legolas, también sin despegar los ojos de aquella criatura. Incluso las arañas de su hogar le parecían más agradables que ese ser.
—No. Creo ser suficiente para pillarle— Aragorn les detuvo, sacando una cuerda de su fardo. —Aun así, intervenir si creéis necesario. Estoy seguro de que es más escurridizo de lo que parece.
Y, ante su escrutadora mirada, el montaraz se lanzó a capturar a la criatura.
§
Blyana solo deseaba morirse. Quizá golpearse reiteradas veces contra la corteza de alguno de aquellos árboles sirviera.
Los cuatro se habían detenido junto a un pequeño lago para descansar. Y no solo de la fatiga del viaje, sino también de la estruendosa y molesta criatura que no dejaba de chillar, aullar, remolonear y quejarse. Para el montaraz ya era un suplicio, pero para Legolas y Blyana, con sus oídos sensibles, estaba resultando mortal.
—Que alguien le amordace— rogó la mujer, metiendo las manos en el agua y llevándoselas al rostro. Desde que habían atrapado a Gollum apenas habían descansado en su viaje. Habían recorrido una gran distancia en pocos días y estaban a media jornada de toparse con las lindes del Bosque Negro.
Legolas estaba impaciente por llegar a su hogar, solo para poder meter al causante de su jaqueca en la celda más remota de las Estancias. Incluso con la posible amenaza de su padre de prohibirle volver a salir en juego, deseaba deshacerse de esa criatura.
—Ya lo intentamos, y siempre termina por incordiarnos más— suspiró el elfo, apostado en un grueso tronco caído. Las raíces habían abandonado la tierra y ahora sobresalían, destacando.
— ¿Y si lo dejamos inconsciente? — propuso ella otra opción, incorporándose y apoyándose junto al elfo, que la miraba desde su gran altura divertido por su exasperación.
—Solo nos retrasaría— resolvió Aragorn, terminando de atar la cuerda que mantenía cautivo a Gollum a una rama. Se dejó caer desplomado contra el mismo árbol que ellos. Era el único que proyectaba una sombra lo suficientemente amplia como para ampararles a los tres.
—Oh vamos. Para esta noche estaremos ya en el bosque, y seguramente para mañana ya habremos llegado a las Estancias. Si es necesario yo lo cargaré, lo juro— colocó una mano en su pecho y la otra la alzó hacia arriba, con el rostro serio. Legolas tomó su antebrazo elevado y lo bajó.
—No hará falta, tranquila.
Ella levantó la vista para mirarle, y pareció rendirse cuando vio los ojos azules de Legolas. Esa curiosa tonalidad semejante al frío hielo, poco común entre los elfos, lograba calmarla levemente.
—Está bien— renegó.
Y la criatura gritó de nuevo.
Su ruta desde la captura de Gollum había consistido en recorrer las Tierras Pardas hasta llegar al sur del Bosque Negro, pero decidieron no internarse todavía puesto que la zona sur del bosque estaba plagada de criaturas de Sauron, cerca de Dol Guldur. Por ello, rodearon la linde y la siguieron por el oeste, contiguos al Anduin, hasta pasar Rhosgobel. No fue hasta que Legolas les avisó, que al fin llegaron a zona segura. Y allí se hallaban, a poco de entrar.
—Tomaremos uno de los caminos secretos de los elfos, solo los que vivimos en las Estancias los conocemos. De esta forma llegaremos más rápido— dictaminó el rubio, ojeando el bosque que se erguía, rebosante de magia antigua, frente a ellos.
— ¿Conoces el camino directo a las Estancias de Thranduil?
Por todos era sabido que la localización de las cavernas donde habitaba el Rey de los Elfos era totalmente desconocida, solo sus habitantes, como era obvio, lo sabían. Pero como los elfos silvanos no solían salir de su hogar, muchos de ellos cuando se alejaban demasiado de los caminos corrían la suerte de perderse. Para Aragorn y Blyana, simples forasteros en esas tierras, el simple hecho de conocer tal secreto les parecía inverosímil.
—Tengo constancia de él— fue su simple y esquiva respuesta.
Los últimos días el hombre y la mujer notaban al elfo un poco distante. Más de lo normal. Parecía, a su forma, nervioso y silencioso, como si estuviera continuamente sumido en sus pensamientos y estos le atormentaran. Desconocían la causa y, a pesar de preguntar en varias ocasiones sobre su estado, este solo les rehuía. Ahora, mientras avistaba la lejanía, Blyana pudo ver la aflicción en sus ojos. Parecía que una tormenta se desatara en ellos.
Esa noche acamparon en la orilla del bosque, apenas pudiendo disfrutar de un escaso descanso, y nada más aparecer el sol retomaron su camino. Legolas encabezaba la marcha, con la capucha de su capa sobre su cabeza. Tras él iba Blyana, atenta a su alrededor, prestando atención al mínimo sonido, sombra u olor. Aquel podía ser el hogar de Legolas, pero su experiencia y oídos habían captado demasiadas historias terribles sobre aquel bosque. Y, por último, Aragorn seguía a la mujer con la criatura Gollum arrastrando sus pies, quejosa.
El camino era angosto, apenas perceptible si no fuera por las pequeñas y desgastadas baldosas de plata escondidas bajo las hojas, y serpenteante. Les flaqueaban grandes y robustos árboles, demasiado antiguos y con demasiada vida. El sol apenas lograba entrar por las diminutas aberturas que había en las copas de los árboles, por lo que la luz en aquel bosque era de un tímido dorado entremezclado con carmesí, a causa de las descoloridas hojas que estaban por caer. El aire embotaba sus sentidos, trayendo un sutil aroma a vegetación. Blyana se sorprendió al reconocer ese aroma, era el mismo que caracterizaba a Legolas; una fragancia a pino y corteza húmeda. En un primer momento la joven apenas percibió los aromas que desprendían los dos desconocidos en aquella taberna, puesto que el olor a cerveza, sudor y moho la tenían anestesiada, pero tras varios días junto a sus compañeros la hicieron apreciar esos sutiles matices. Aragorn iba acompañado por el aroma a hierba de fumar y cuero, mientras Legolas portaba la marca de la salvaje vegetación.
Poco a poco fueron internándose cada vez más en el milenario bosque, siguiendo la ruta marcada por Legolas. El elfo caminaba seguro, como si no necesitara prestar atención a donde se hallaban. Actuaba de forma automática, como si pasear por aquellos dominios fuera algo rutinario. Blyana se preguntó exactamente de qué ejercía Legolas en su hogar. ¿Sería quizá un soldado silvano, un miembro de la guardia del rey Thranduil? ¿O tal vez un simple aficionado a explorar bosques peligrosos? Para ser realistas, la mujer no sabía mucho sobre las aficiones u oficios de los elfos de por allí. Todo lo que averiguara en aquel viaje sería algo totalmente nuevo.
La luz comenzaba a escasear cuando los finos oídos de Blyana captaron un sutil movimiento que podría haber pasado como el de un animal si no fuera acompañado de susurros. Susurros que para cualquier humano común hubieran pasado como el rumiar de la brisa, pero que para ella eran suaves palabras arrastradas. Se puso en alerta y comenzó a desenvainar lentamente la daga. Miraba con disimulo a su alrededor, sin querer mostrar su indecisión, creyendo ser la única que había escuchado aquel rumor. Sin embargo, cuando vio a Legolas girar el rostro hacia la misma dirección que ella, comprendió que no lo era.
Pasaron menos de seis segundos, tal vez más o tal vez menos, pero en muy poco tiempo estaban rodeados por un sin fin de flechas a pocos centímetros de sus rostros. Aragorn fue incapaz de reaccionar a tiempo, pero Blyana sí que había desenvainado su arma por completo y tenía la punta de la larga daga rozando el cuello de un elfo y su gemela sobre el pecho de otro. Legolas no había hecho amago de defenderse, simplemente miraba al único elfo que no les amenazaba con un arma.
—Halla! (Alto)— el mismo elfo que miraba a Legolas elevó el brazo, deteniendo el ataque. Aun así, no destensaron los arcos. —Dartho! Nuquernuva sen er (¡Deteneos! Debéis obedecer)
Y, esta vez, los elfos si obedecieron la orden del que parecía ser su capitán. Todos bajaron los arcos y guardaron sus flechas con una sincronización digna de los elfos. Sin embargo, Blyana tardó un poco más en guardar sus propias armas, solo lo hizo cuando Legolas le lanzó una mirada de advertencia. Con recelo, las guardó.
— ¿Quiénes sois? Ningún forastero debería internarse tanto— su voz grave sonaba amenazante, tensa. No parecía muy contento con su aparición. —Muéstrate.
Legolas era el único de los tres que había escondido su rostro al entrar al bosque, por lo que no fue muy difícil averiguar a quién se lo decían. Su compañero se mantuvo quieto por momentos, parecía indeciso.
—Legolas— susurró ella, que era la más cercana a él. —No es momento de hacerse el interesante— recriminó. Los orbes azules del elfo se posaron en ella durante unos instantes. Ella le sostuvo la mirada.
Con un suspiro de derrota, el elfo se llevó las manos a la capucha y la retiró de su cabeza, exponiendo su rostro. Una exclamación de sorpresa escapó de los labios de los elfos presentes. El capitán abrió los ojos, claramente sorprendido.
—Mellon! (Amigo!)
La alarma se disparó simultáneamente en Aragorn y en Blyana. ¿Mellon? Sin embargo, Legolas solo dejó que una de las comisuras de sus labios se alzara. Era una mueca que se comprendía entre la tristeza y la resignación.
—Me alegra volver a verte, Seren— ante la obvia sorpresa de su amigo, a Legolas no le quedó otra que empezar él la conversación.
—Pero... ¡¿Dónde estabas?!— finalmente, el elfo se acercó a ellos y abrazó al rubio, amistoso. Se le notaba feliz. —Llevas desaparecido mucho tiempo.
—Sí bueno, el mundo de ahí fuera es muy vasto— respondió simple. Aun así, el otro no pareció molestarse.
—No importa el tiempo que no hayas estado, lo importante es que has vuelto. ¡Vamos! Seguro que tu padre estará encantado de verte— los soldados que antes les apuntaban se habían ido dispersando poco a poco, seguramente retomando sus puestos de guardia. Pero Blyana era capaz de sentir sus ojos sobre ellos. A pesar de ocultos, se mantenían alerta.
Un gemido agónico sacó a la pareja de elfos de su conversación, de la cual estaban excluidos los otros dos. Más criatura incluida. El elfo de cabello rojizo desvió sus ojos de Legolas a ellos.
— ¿Y qué tenemos aquí? — preguntó con genuina curiosidad. Ante él tenía a una mujer, molesta según el rictus de su rostro, un hombre adulto y una horrible criatura que agonizaba revolcándose en el suelo. —Ah, así que de eso eran los gritos que escuchamos— dijo, señalando con su dedo largo a Gollum.
Blyana resopló.
—Demos gracias a que ellos fueron los que nos encontraron, y no cualquier otro bicho con peores intenciones— ella había abogado por silenciar a Gollum, pero los otros dos afirmaban que no. Esa criatura era demasiado ruidosa, alertaba a cualquiera de su posición. Y así había sido el caso.
El elfo, Seren le había llamado Legolas, enarcó una ceja, curioso.
— ¿Quiénes son ustedes?
En vez de dejar que sus amigos contestaran, Legolas lo hizo por ellos.
—Seren, estos son mis amigos y compañeros de viaje; Aragorn y Blyana— señaló respectivamente a ambos. Estos bajaron la cabeza en signo de saludo.
—Señor elfo— dijo ella.
—Un placer— dijo Aragorn.
— ¿Qué te lleva a viajar con un hombre y una mujer? — tras saludarlos con educación, no pudo evitar contener su pregunta. Seren era un elfo joven como Legolas, que ansiaba conocer y la curiosidad muchas veces se anteponía a la común máscara de indiferencia que portaban los elfos.
—La causa de nuestro viaje no puedo revelártela, pero debemos llegar hasta donde el rey y encerrar a esta criatura— Legolas sabía que los soldados escuchaban todo lo que decían, y no pensaba hablar allí, con ellos presentes. Por ende, comenzó a caminar e instó al resto a seguirle. Ninguno se quedó atrás.
No tardaron mucho en llegar a las Estancias, un par de horas o un poco más. El camino fue volviéndose más fácil conforme el tiempo se sucedía y el paisaje cobraba más vida y dejaba de ser tan tenebroso. Aun así, lo pares de ojos en las sombras los acompañaron en todo el trayecto. Pese a eso, Seren no evitó las preguntas que tenía para su amigo y los forasteros.
Blyana no necesitó de mucho para llegar a la conclusión de que aquel elfo parlante no era una amenaza. A pesar de su aspecto intimidante y su gran altura, la mirada brillante de curiosidad y la sonrisa comparable a la de un niño le restaban lo imponente. Incluso llegó un momento en el que la mujer se vio riendo por sus extravagantes ocurrencias. A su vez, Aragorn llegó a una conclusión similar a la de su compañera.
Seren se encontraba intentando averiguar las aventuras que había corrido Legolas, exponiendo sus descabelladas y exageradas ideas, cuando llegaron al fin a las enormes puertas que conducían a las cavernas. Al fin se encontraban en las Estancias de Thranduil.
Tanto el hombre como la mujer elevaron la vista y admiraron extasiados la belleza de la entrada. Una enorme puerta de roble, decorada con finos tallados, se encontraba cerrada ante ellos. Un delgado puente permitía el acceso a la entrada y unas estilizadas columnas rodeadas por madreselva se erguían imponentes, enmarcando la puerta. A pensamiento de ambos, si así de magnifica era la insignificante entrada no querían imaginarse como sería el tan alabado interior. Se decía que las cavernas escondían las más puras bellezas, al igual que los más despiadados horrores. Estaba claro que iban a descubrir cuál de las dos partes era cierta.
Cuando salieron del bosque, los guardias que protegían la puerta les avistaron y con rapidez las abrieron, dejándoles absoluto paso. Blyana arrugó el ceño por ello. Había escuchado de la desconfianza de los elfos del Bosque Negro, de cómo trataban a los forasteros o perdidos, invitados o no, incluso había escuchado en boca del mismísimo Gandalf lo que suponía el mal trato del rey. Bilbo le relató una vez como fue la estancia de los enanos cuando este les apresó y les mantuvo prisioneros por días. Nunca había escuchado nada bueno de los elfos de aquí. Sin embrago, ahí estaban, paseando libremente por un territorio que pocos habían pisado y los que sí iban apresados, apenas encontrando resistencia. ¡Incluso les habían abierto la puerta y se habían inclinado ante ellos! Algo raro estaba pasando.
Con cuidado, y sin querer alertar a los elfos uniformados a los que rebasaban con una inquietante calma, Blyana se acercó a Aragorn, buscando hablar con él sin que los demás los escucharan. El parloteo de Seren ayudaría con eso.
—Aquí está pasando algo— susurró, mirando aun así al frente. Aragorn asintió.
—Esto está siendo muy fácil. No nos han increpado ni una sola vez— corroboró el montaraz. Él también se había percatado de tales y extraños hechos.
— ¿Crees que sabían de nuestra llegada? — expuso ella, buscando una explicación coherente.
—Tal vez Gandalf haya llegado y les haya alertado— propuso. Iban tan abstraídos en su paranoia que apenas apreciaban lo que les rodeaba. A su espalda, Gollum se volvía más violento a cada segundo, seguramente consciente de lo que le esperaba.
—Esperemos que sea eso— rumió ella, mirando desconfiada a su alrededor.
Siguieron caminando. Legolas y Seren encabezaban la marcha. El segundo hablaba, contaba cosas en general como lo ocurrido en los últimos años, noticias importantes y otra serie de cosas a las cuales Legolas no prestaba atención. No era porque no quería escuchar a su amigo, no, sino porque su corazón latía desbocado y su cabeza solo se situaba en los peores escenarios. Iba a encontrarse con su padre, de nuevo. Temía que este le ordenara quedarse, cosa que sabía que pasaría, pero él era consciente de eso cuando aceptó la petición de Gandalf. Ahora debía asumir las posibles consecuencias.
Caminaba de forma inconsciente, sin necesidad de percatarse de su entorno para averiguar el camino. No era necesario, pues ese era su hogar y allí había pasado toda su vida. Apenas quedaban pocos pasos para llegar a la sala del trono, donde sabía que se dictaría su sentencia, y sentía la opresión de tan solo pensarlo. Tras él, no era consciente del intercambio de palabras entre sus amigos.
—Puedo preguntaros algo, mi señor elfo— la única voz femenina del grupo se alzó, dejando atrás los murmullos. Legolas fue arrancado de sus temores y Seren detuvo su charla.
—Por supuesto, mi señora. No tema preguntar— Seren seguía sin comprender exactamente cuál era la función de la mujer en el grupo, pero no creía que fuera lo más oportuno preguntarle. No parecía ser una joven dulce y cándida.
— ¿Ha llegado algún mago hace poco? — la ceja del elfo pelirrojo se alzó.
— ¿Os referís a Mithrandir, mi señora?
—Sí, a ese mismo.
—Me temo que no. Pero por lo que tengo entendido el rey espera su llegada— resolvió él su duda. Legolas miró a la mujer, que fruncía el ceño. Como si las palabras de Seren solo hubieran acrecentado un temor. Estuvo por preguntar, pero justamente llegaron ante la sala del trono.
Se detuvieron, ya que un elfo adulto, de mirada pétrea y semblante indescifrable, les esperaba, rígido. Blyana por unos instantes llegó a plantearse que se tratara de una estatua en vez de un elfo vivo. Pero este se movió.
—El rey les atenderá en unos momentos— y tras eso, se internó en la sala.
—Eso sí que se parece más a lo que se dice de los elfos silvanos— pensó en voz alta la joven, inconsciente.
— ¿Qué se dice de nosotros en el mundo de los hombres? — la curiosidad de Seren hizo, de nuevo, acto de presencia. Blyana no supo exactamente qué responder sin ofender a nadie.
—Pues... Que son gente seria y... eh... inaccesible— fue reculando poco a poco. Al final cerró la boca, sabiendo que sería lo más sabio.
— ¿De veras?
Para alegría de Blyana apareció de nuevo el elfo serio y les dijo que podían pasar. Aragorn, Legolas y Blyana se miraron, como si necesitasen de esa mirada para infundirse de valor. Se asintieron entre ellos y así, los cuatro, se internaron en la cámara de Thranduil.
NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO
Ephel Dúath: cordillera que constituía la frontera occidental y meridional de Mordor, de más de quinientos kilómetros de largo. Los hombres la conocen como Montañas de la Sombra.
Anduin: río que separa Gondor de Ithilien.
Ithilien: feudo de Gondor, situado entre el río Anduin y las Ephel Dúath.
Eru: dios Ilúvatar, creador y dios único del universo.
Haradrim: habitantes de Harad (tierra más al sur de Mordor y Gondor).
Morannon: nombre en sindarin para la Puerta Negra.
Ered Lithui: cordillera que constituía la frontera accidental y meridional de Mordor. Nacían de la Puerta Negra y continuaban hacia el norte.
