DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling.
Párrafos de "Harry Potter y el cáliz de fuego" incluidos en la historia.
Nota de autor: ¡AL INICIO DEL CAPÍTULO SE INCLUYE CONTENIDO QUE PODRÍA RESULTAR OFENSIVO PARA CIERTAS PERSONAS!
(Especial énfasis en crueldad animal).
Si no gustas leer, puedes saltarte la escena sin culpa alguna.
Espero que este fanfic les este gustando tanto como a mí.
Agradezco cada review dejado por ustedes, es lo que me inspira a continuar con esta idea.
Nos leemos pronto.
09/01/23
Hogwarts y Beauxbatons.
25, octubre-. 1997
En algún lugar del Mar del Norte.
02.53 a.m.
… un jarrón…
… solo un jarrón…
… es solo un jarrón…
-.. ¡es solo un jarrón, Lucius! ¡Puedo repararlo con magia! -la voz de su madre se elevó por las altas paredes de su recamara mientras el pequeño niño se ocultaba debajo de la cama, acompañado por sus tres leales crups.
Fuera de la mansión, mediante la espectacular vista que proporcionaba el gran ventanal, se podía divisar una gran tormenta sin igual. Las gruesas gotas de lluvia golpeteaban contra el vidrio de las ventanas y, cada cierto periodo de tiempo, la oscura habitación era iluminaba por un rayo que caía a los alrededores.
… inhala…
… inhala… exhala…
… inhala… exhala… vamos, Draco, puedes hacerlo…
-¡No es solo el jarrón, Narcisa! ¡Tiene que aprender a hacerse responsable de sus acciones! -gritó la voz de padre haciendo eco por toda la casa. El niño, acurrucado entre sus canes, solo pudo reprimir un escalofrío mientras los crups gemían lastimosamente.
Padre nunca alzaba la voz. Padre nunca gritaba, porque los Malfoy no necesitan gritar para hacerse oír.
-¡Un estúpido jarrón, Lucius! -la voz de su madre sonó más cerca, posiblemente en el pasillo que llevaba hacía su recamara.
Cerró los ojos con fuerza, aguantando la respiración; la nariz fría de Zeus acarició su frente como si intentara infundirle ánimos.
… inhala… exhala…
… eso es, Draco, lo estás haciendo bien…
… ahora una última vez… inhala... exha…
-¡Fulgari!
La cuerda maligna se enrollo bruscamente alrededor de su tobillo con tanta fuerza que no pudo evitar gritar de dolor. Fue sacado de debajo de la cama y arrastrado por el piso impoluto de mármol hacía el cuerpo de su padre, que se alzaba majestuoso al centro del dormitorio.
Un trueno iluminó el rostro furioso de Lucius y sus gritos horrorizados solo sirvieron para empeorar la situación. Sus tres crups - Zeus, Athos y Eros- salieron disparados detrás de él. Athos y Eros, con sus afilados dientes, mordieron los hombros del pijama de Draco para intentar detenerlo mientras que Zeus se lanzaba contra Lucius, encajando sus colmillos en la tela del pantalón.
-¡Maldito perro! -gruñó padre, sacudiendo violentamente la pierna para liberarse del agarre de Zeus. El can gruñó ferozmente sin menguar su agarre.
-¡Zeus, no! -lloriqueo Draco aterrado, pero Zeus no tuvo tiempo para acatar la orden de su dueño. Lucius había alzado su varita mágica, rompiendo en ese momento el encantamiento que mantenía preso a su primogénito, para apuntar con ella al crup.
-¡Avada Kedavra! -el destello verde golpeó a la criatura al mismo tiempo que un potente rayo impactaba al los alrededores de la mansión y el fuego se prendía entre la hierba chamuscada. Pero ninguno de los magos dentro del dormitorio reparó en aquel hecho.
-¡NO! -sollozó Draco con un grito desgarrador, sus brazos lanzados hacía delante como si intentara tomar el cuerpo sin vida de Zeus, pero estaba demasiado lejos. Las lágrimas salieron en torrentes de sus ojos.
-¡Lucius! –jadeo su madre en la entrada del cuarto, sus ojos fijos en el animal sin vida en el suelo.
Athos y Eros -quienes no se habían separado de sus lados- se colocaron en posturas defensivas, mostrando sus colmillos y gruñendo en un tono bajo, amenazador. Los ojos grises y fríos de Lucius se apartaron del cuerpo de Zeus, evaluando a los otros dos perros que se proponían defender a su dueño.
-¡No! ¡Por favor, padre! ¡No! -lloró Draco en un intento por levantarse. Sus piernas temblaban fuertemente y el llanto lo hacía estremecerse por completo-. Fue un accidente, lo juro. No quería romper el jarrón. Fue un accidente -balbuceo casi ininteligible, sus brazos ahora envueltos alrededor de su estómago.
-Los Malfoy no lloran -siseo padre con una mueca de profundo desdén en sus pálidos y crueles labios-. Los Malfoy no ruegan.
Quiso retractarse y pedir disculpas, volver a esconderse debajo de la cama y taparse los oídos para no escuchar la lluvia torrencial que caía fuera de la mansión ni las palabras de su padre. Pero los Malfoy no se disculpan, no se esconden y no les tienen miedo a las estúpidas tormentas.
-¡Sectumsempra!
Los reflejos de Athos fueron más rápidos que los de Zeus en su momento, sin embargo, no pudo esquivar el hechizo al completo. El perro soltó un monstruoso chillido cuando su oreja se separó del resto de su cuerpo y su ojo izquierdo fue partido a la mitad en consecuencia del maleficio. La cuenca del ojo expulsó una cantidad alarmante de sangre que se mezcló con el líquido escarlata que se escurría por el orificio donde antes había estado su peluda oreja.
-¡NO! ¡NO! ¡NO! -gritó Draco lanzándose hacía el cuerpo tembloroso, sus manos presionaron con fuerza contra la cabeza de Athos en un intento por detener la sangre. Un estúpido y débil intento-. ¡Detente! ¡Por favor! ¡Solo detente! -sus desquiciados ojos se detuvieron sobre la figura de su madre- ¡Mamá detenlo! -Los chillidos de Athos le estaban perforando los oídos y la sangre era tan caliente y pegajosa.
Asquerosa.
… Obsoleta…
-¡Crucio!
Se incorporó de golpe en la cama con la respiración agitada debido al terrible recuerdo. Las lágrimas amargas se habían escapado de entre sus ojos cerrados y la playera blanca de su pijama se le había pegado al cuerpo por el sudor frío. Su varita mágica ya estaba entre sus manos y con un potente Lumos se apresuró a alumbrar el camarote.
Athos lo miraba desde los pies de la cama, con la cabeza elevándose sobre su cuerpo y una mirada expectante en el pequeño y desfigurado rostro.
Intentando recuperar la calma, inhaló y exhaló tendidamente como su padrino le había enseñado. Inhala… exhala… inhala… exhala… estás bien… estamos bien… todo está bien.
… estás bien… estamos bien… todo está bien…
… respira… solo respira…
-Athos, ven acá -ordenó con voz un poco más estable, soltando un silbido bajo mientras apagaba la luz de su varita mágica y la guardaba debajo de la almohada. El perro sacudió alegremente sus dos colas antes de arrastrase contra el costado del rubio que empezó a acariciar el pelaje de la criatura; su mirada desenfocada en el oscuro camarote.
El balanceo del barco sobre el mar era casi imperceptible, o era más bien el hecho de que ya se había acostumbrado a los constantes mareos. Llevaban diez días de viaje y faltaban otros cinco días más, días de contantes tormentas que sacudirían al barco con violencia.
Era casi imposible salir a estribor gracias al impetuoso mar así que los alumnos de Durmstrang se habían visto obligados a mantenerse encerrados en sus camarotes, que eran tres veces más chicos que las habitaciones en el castillo.
Una furiosa ola se estrelló contra el costado del barco, sacudiéndolo con fuerza, pero sin lograr voltearlo. El retumbar de un trueno se expandió por el oscuro y nublado cielo.
Cerró los ojos con fuerza y volvió a inhalar y exhalar con calma, tratando de escuchar los latidos constantes de Athos para ignorar la tormenta que se desataba sobre el barco. Las últimas imágenes de su pesadilla parpadearon dentro de su cabeza.
El recuerdo de su último castigo a la noche anterior antes de partir a Durmstrang para empezar con sus estudios mágicos era el que más le atormentaba en momentos como esos. La lluvia que caía a su alrededor siempre lo hacían regresar al escenario de aquel momento. Había sido estúpido jugar en el Salón de los Trofeos y lo había sido aún más haber dejado caer el costoso jarrón de la dinastía Ming al suelo, aun cuando su madre tenía razón. Aun cuando podía repararse con magia.
Debería haberse quedado, debería haberse entregado y recibir el castigo con la frente en alto. Pero no lo hizo, él huyo y sus leales crups habían pagado el precio. Lucius había matado a Zeus, había mutilado a Athos, y había torturado a Eros hasta que Draco, de tan solo once años, se vio obligado a acabar con la vida del cachorro para evitar que su padre siguiera lastimándolo.
Era la mirada agradecida y dolorida de Eros la que lo perseguía en sus peores noches.
… inhala… exhala…
… inhala… exhala…
… estás bien… estamos bien… todo está bien…
… estás bien… estamos bien… todo está bien…
… respira… solo respira…
30, octubre-. 1997
Navío de Durmstrang.
17.45 p.m.
Subió las escaleras hacía la popa de dos en dos y tomando la manija de la puerta con la mano izquierda -ya que la derecha aún envolvía su varita mágica- la abrió de un golpe, empujándola con su hombro.
El camarote de navegación era tan oscuro y lúgubre como el resto del navío, con sus tablas de ébano apenas alumbradas por los candelabros de pared. Vincent estaba parado a un metro del gran ventanal de cristal que cubría la mitad superior de tres de las cuatro paredes, maniobrando el timón. Detrás suyo se alzaba un escritorio de madera que ocupaba gran parte de la habitación y dónde se podía ver el mapa que habían seguido desde el norte de Noruega.
Era un mapa en relieve con movimiento que mostraba los distintos climas por los que habían navegado. Desde las lluvias torrenciales de la noche anterior, el mar impetuoso, la zona infestada de sirenas hasta el gran castillo de Hogwarts que se alzaba imponente sobre el gran bosque prohibido y el tranquilo lago negro.
-Le he avisado a todos -anunció Draco, desviando la mirada del gran mapa hacía la única pared de madera completa al fondo del camarote y a espaldas de Vincent. Harfang Munter, el segundo director de Durmstrang, los veía desde su retrato.
-¿Y Karkarov? -preguntó Vincent-. Digo, no me importaría que fuera arrastrado por el agua, pero estoy casi seguro de que lo necesitamos para participar en el Torneo.
-Sí, también le avisé -respondió Draco poniendo los ojos en blanco mientras guardaba su varita mágica dentro del bolsillo interno de su capa de invierno.
-¿Pero qué mierda, Malfoy? -dijo Vincent, que había desviado su mirada del frente para mirarlo-. Pareces como si la muerte hubiera pasado a tu lado y hubiera olvidado recogerte.
El rubio no pudo evitar soltar una risa seca. Los últimos días de viaje, como pronosticó, no habían sido los mejores de su vida. Solía viajar en barco hasta Durmstrang, obviamente, ya que el castillo estaba en una isla alejado en su totalidad del mundo muggle, pero siempre lo hacía desde una corta distancia (a lo mucho, de siete horas) pues tomaba un Traslador Internacional desde Inglaterra hasta Noruega.
Estar encerrado en una habitación dónde apenas cabían sus cosas en su totalidad no era agradable, y Athos estaba constantemente estresado debido al encierro por lo que ya había destrozado la mayoría de las pertenencias de su dueño. Además, las tormentas solo habían funcionado para repetir la misma pesadilla cuando dormía, así que había tenido que reducir sus horas de sueño.
Lo que era peor de todo: estaba sumamente seguro de que había un boggart escondiéndose en uno barriles en la bodega. A menos, claro, que Lucius haya decidido hacer acto de aparición cuando por fin estaban a punto de llegar a Hogwarts.
-No es nada -dijo Draco-. Solo estoy ansioso por saborear una comida de verdad en vez del asqueroso bacalao que Gormsson insiste en preparar.
Vincent le disparó una mirada que dejaba en claro que no lo creía en lo absoluto, pero no dijo nada mientras volvía a mirar hacía al frente cuando la puerta se abrió una vez más, mostrando a Gregory Goyle que estaba tratando de fajarse la playera negra de algodón dentro del pantalón marrón del uniforme. Su túnica rojo sangre, su cinturón negro y su gruesa capa de invierno eran un revoltijo que sostenía en su antebrazo izquierdo doblando contra el pecho, lo que dificultaba su tarea de arreglarse.
-¿Divirtiéndote? -se burló Vincent con malicia.
-¿No habías terminado tu relación con Olsson? -preguntó Draco recordando que Sacha Olsson era el único que no se encontraba en su camarote cuando pasó a anunciar que ya estaban cerca de Hogwarts-. ¡Ug! -gruñó cuando Gregory le empujó el resto del uniforme contra el pecho.
-Bueno, sí, ¿pero no dicen que uno siempre vuelve a dónde más feliz fue? -dijo el chico al terminar de acomodarse la playera. En seguida arrebató la túnica color rojo sangre del agarre de Draco, que lo fulminaba con la mirada.
-¿Feliz? -bufó Vincent, agachándose para sacar su varita mágica de su bota negra-. ¿El imbécil no te apuñaló después de que pensó que le estabas poniendo el cuerno con Daven Berg?
-En su defensa, yo le estaba poniendo el cuerno con Daven Berg -se encogió de hombros Gregory, abrochándose el cinturón negro justo por donde terminaban las costillas.
-Y él te lo estaba poniendo con Stan -agregó Draco.
-¿Qué demonios? -gruñó Gregory mirando con enojo a sus dos amigos-. ¿Acaso yo les recuerdo todas sus meteduras de pata?
-En mi defensa, nunca he estado involucrado sexualmente con nadie ya que en Durmstrang, como sabrás, no hay mujeres. -Dijo Vincent-. Y en la de Draco, hasta el verano pasado, pensábamos que carecía de impulsos sexuales.
-Bueno, gracias -masculló el rubio justo cuando Vincent daba una vuelta al timón, rodeando un gran peñasco antes de que la majestuosa imagen de Hogwarts les diera la bienvenida, alzándose imponente en la punta de una gran montaña con muchas torres y torrecillas.
-¡Maldita sea, es enorme! -jadeo impresionado Gregory, con la boca ligeramente abierta-. Es como cuatro o cinco veces más grande que el castillo de Durmstrang.
-Sosténganse -ordenó Vincent mientras daba un golpe con su varita mágica al timón y en seguida el encantamiento Impervius envolvió al barco con una velocidad asombrosa. Soltando brevemente el timón, agarró la palanca incrustada en el piso de madera con su mano derecha y la empujó hacia delante.
La proa del navío empezó a inclinarse hacía bajo, sumergiéndose en el agua y Draco alcanzó a ver brevemente la cortina de hiedra que ocultaba la ancha abertura del peñasco antes de que todo quedara oscurecido.
-Hay un calamar gigante -anunció Gregory, con la mirada puesta en el mapa sobre el escritorio. Al igual que el barco real, el barco a escala que navegaba en el mapa se había sumergido en el lago negro y se podía ver, a la lejanía, la figura de un calamar que doblaba el tamaño del barco.
-¿Dónde? -preguntó Vincent que no podía apartar la mirada del frente, tratando de evitar que los costados del barco se acercaron demasiado a las paredes del túnel que apenas se podían distinguir por la ennegrecida agua.
-Lejos.
Vincent asintió, sin haber soltado en ningún momento la palanca, la jaló hacía atrás doblando ligeramente las rodillas para darle más fuerza al agarre al visualizar el final del túnel. Esta vez en vez de ir hacía delante, el cuerpo de Draco se tambaleó hacia atrás mientras el navío se impulsaba hacía arriba, tratando de regresar a la superficie.
El agua hizo demasiado ruido al caer, cuando el barco por fin volvió a elevarse en la superficie del lago negro, balanceándose en las aguas turbulentas, y comenzó a surcar el lago hacia tierra.
-Gregory, el ancla -pidió Vincent cuando detuvo el barco.
El musculoso castaño tomó la pequeña palanca junto al retrato del director Munter y el sonido del ancla al caer sonó por encima del ruido de la tabla tendida hasta la orilla. Draco apenas tuvo tiempo de lanzarle a Gregory su capa de invierno antes de que Vincent los tomara a los dos por las muñecas y los apareciera detrás de Karkarov que ya estaba descendiendo del barco.
A diferencia de las capas de piel muy tupida con la que cargaban los estudiantes de Durmstrang, Karkarov llevaba puesta una de distinto tipo de piel: lisa y plateada como su cabello.
-No me avergüencen -ordenó Karkarov mientras subían por la explanada, provocando que muchos de sus estudiantes se estremecieran visiblemente. Todos conocían la crueldad del director, y al igual que Draco, muchos trataban de evitarlo en su mayoría.
Cuando se aproximaron más al castillo, subiendo por la explanada hacia la luz que provenía del castillo, pudieron ver más de cerca a los estudiantes de Hogwarts. Desde los pequeños de primer año hasta los estudiantes de séptimo año como ellos.
Las cuatro famosas casas de Hogwarts se diferenciaban fácilmente entre sus estudiantes: Slytherin con el verde y plateado; Gryffindor con el rojo y dorado, Hufflepuff con el amarillo y negro, y al final Ravenclaw de color azul y bronce.
Ambición, valentía, lealtad y sabiduría.
Los ojos negros de su padrino no tardaron en encontrarlo, mirándolo desde atrás de los estudiantes de Slytherin quienes se mantenían enfocados, al igual que el resto, en Karkarov.
La promesa de un regaño se vislumbraba en su rostro serio y tenso.
-¡Dumbledore! -gritó Karkarov efusivamente mientras subían la ladera, desviando la atención de Draco hacia él-. ¿Cómo estás, viejo compañero, cómo estás?
-¡Estupendamente, gracias, profesor Karkarov! -respondió Dumbledore.
Albus Dumbledore era el mago más poderoso de todos los tiempos y el actual director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Jefe Supremo de la Confederación Internacional de Magos y del Wizengamot. Aquel a quien Lucius odiaba más en el mundo.
Rondaba los ciento veinte años, de larga cabellera blanquecina y de barba similar. Sus ojos azules estaban parcialmente ocultos por lentes de medialuna, vestía una túnica morada y la magnanimidad de su persona era algo que no podía pasar desapercibido.
-El viejo Hogwarts -dijo Karkarov, levantando la vista hacia el castillo y Draco, a pesar de no poder verlo, supuso que sonreía. Una sonrisa de dientes amarillentos y podridos. Vacía-. Es estupendo estar aquí… Draco -el susodicho pegó un brinco- ve para allá, al calor… ¿No te importa, Dumbledore? Es que Draco tiene un leve resfriado…
La mirada casi paternal de Dumbledore se posó en él, y si no fuera porque había sido entrenado en el arte de la Oclumancia, habría creído que el viejo mago podía sacar a luz cada oscuro pensamiento que guardaba.
Gregory le dio un ligero e imperceptible empujón, haciéndolo avanzar hacía los dos directores y el profesorado de Hogwarts.
No sabía cómo la falta de sueño podía pasar como un resfriado, pero a la luz del vestíbulo se podía ver con precisión el rostro ligeramente demacrado del rubio, quien había estado intentando ocultar su debilidad de Karkarov. Algo que sabía era imposible, ya que el viejo mortífago había estado ahí cuando salió corriendo de la bodega, con el rostro blanco como si hubiera visto un fantasma.
-Por supuesto, por supuesto -dijo Dumbledore-. Adelante.
Draco le dedicó un asentimiento de cabeza, mirando brevemente a su padrino antes de subir por la escalinata hacía el vestíbulo, con Vincent y Gregory franqueándolo como siempre.
-No me parecía para nada el viejo loco que Blaise siempre describe en sus cartas -opinó Vincent cuando Draco se detuvo a la entrada del Gran Comedor.
-Hablas del mismo chico que intentó criar a su propio basilisco después de que el heredero de Slytherin atemorizó a Hogwarts durante su cuarto año de estudios -murmuró Gregory, cruzándose de brazos-. Tuvo suerte de que su madre encontrara el huevo antes de que fuera demasiado tarde.
-¿Dónde se supone que debemos sentarnos? -preguntó Gormsson disparando miradas dentro del Gran Comedor, dónde los estudiantes de Beauxbatons ya estaban sentados en una de las cuatro mesas.
-En la mesa de Slytherin -dijo Andrei mientras los alumnos de Hogwarts iban entrando al Gran Comedor-. A menos que les apetezca sentarse con un montón de smutsigt blod.
-Lo que menos me apetece es sentarme a tu lado, akolyte av Grindelwald -opinó Vlad, lanzándole una mirada mortal al pelirrojo.
-¡Malfoy!
Los estudiantes de Durmstrang se giraron para encontrarse a un adolescente de tez morena vestido con los colores de Slytherin. El chico se escabulló entre ellos y se lanzó, de brazos abiertos, a Draco que se tambaleó hacía atrás por el peso extra.
-Blaise -jadeo Draco, desenredándose del agarre de su amigo-. No hay necesidad de armar un alboroto -masculló, mirando a su alrededor sin perderse cómo varios alumnos de Hogwarts lo veían sumamente curiosos.
-¡Por supuesto que lo hay! -dijo Blaise, dándole una palmada en el brazo-. Todo mundo necesita saber que el famoso Draco Malfoy es mi mejor amigo -fingiendo secretismo se inclinó hacia él-, no sabes ya cuantos Gryffindor escuché con la intención de pedirte un autógrafo.
-Por supuesto -bufó Andrei-. Estamos hablando del gran Draco Malfoy.
-¿Quién es este imbécil? -espetó Blaise fulminándolo con la mirada.
-Muy bien -dijo Gregory, interponiéndose entre los dos adolescentes-. ¿Por qué no nos llevas a tu mesa?
Blaise tardó un par de segundos mirando de mala manera al otro mago antes de echarle un brazo por encima de los hombros de Draco y arrastrarlo hacía la mesa de Slytherin.
-Sabía que esas fotografías te convencerían -dijo, con una sonrisa enorme en el rostro-. ¿Y bien? ¿Ya las enmarcaste?
-Las quemé -masculló Draco, sintiendo el calor en el rostro al recordar las fotografías-. No vuelvas a hacer eso.
-¡Oh, vamos! -se quejó Blaise al llegar a la mesa, sentándose al otro lado de Theodore, quién los había adelantado-. ¿Sabes cuánto tiempo tuve que pasar en la biblioteca? ¿Y cuanto tiempo me tomó encontrar un enfoque favorecedor? -bufó-. Lo juro por la sangre de Salazar Slytherin, no sé cómo puede gustarte el cerebrito del trío de oro.
-¿En qué estabas pesando? -negó el rubio, quitándose la gruesa capa de invierno-. ¿Tienes una idea de lo mal que se ve tener fotos de alguien que ni siquiera considera tu existencia?
-Te lo dije -murmuró Theo, disparando miradas discretas a los otros estudiantes de Durmstrang que imitaban la acción de Draco antes de alzar la cabeza para contemplar el techo encantado del Gran Comedor.
-¡Vamos! -resopló Blaise-. Después de los Mundiales muchas personas empezaron a colgar tus posters en sus paredes. Lo sé, he estado en la habitación de Tracey Davis.
-Estas hablando de dos hechos distintos, Blaise -dijo Theo con clara exasperación, como si ya hubiera tenido esa discusión antes-. Draco es una celebridad, Granger no.
Habiendo entrado todos los alumnos en el Gran Comedor y una vez sentados a las mesas de sus respectivas casas, empezaron a entrar en fila los profesores de Hogwarts, que se encaminaban a la mesa del fondo y ocuparon sus asientos. Los últimos en la fila eran el profesor Dumbledore, Karkarov y Madame Maxime. Al ver aparecer a su directora, los alumnos de Beauxbatons se pusieron inmediatamente en pie. Algunos alumnos de Hogwarts se rieron. El grupo de Beauxbatons no pareció avergonzarse en absoluto, y no volvió a ocupar sus asientos hasta que Madame Maxime se hubo sentado a la izquierda de Dumbledore. Éste, sin embargo, permaneció en pie, y el silencio cayó sobre el Gran Comedor.
-Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros huéspedes -dijo Dumbledore, dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros-. Es para mí un placer darles la bienvenida a Hogwarts. Deseo que su estancia aquí les resulte al mismo tiempo confortable y placentera, y confío en que así sea.
Una de las chicas de Beauxbatons, que seguía aferrando la bufanda con que se envolvía la cabeza, profirió lo que inconfundiblemente era una risa despectiva.
-¿Esa no es Pansy Parkinson? -preguntó Blaise, asombrado.
-Oh, mierda -se quejó Theo en voz baja, encogiéndose en su asiento en un intento por pasar desapercibido.
-El torneo quedará oficialmente abierto al final del banquete -explicó Dumbledore-. ¡Ahora los invito a todos a comer, a beber y a disfrutar como si estuvieran en su casa!
Se sentó, y Draco vio que Karkarov se inclinaba inmediatamente hacia él y trababan conversación.
-¿De verdad es Pansy Parkinson? -preguntó Gregory cuando la comida apareció mágicamente sobre la mesa, tratando de buscar a la chica en cuestión.
-¿Hablarás con ella? -preguntó Vincent, sirviéndose una gran porción de lasaña antes de mirar a Theo, que negó fervientemente.
-¿Por qué lo haría?
-¿Por qué es tu prometida? -aventuró Gregory con diversión, sin perderse como el Slytherin parecía atragantarse con su propia saliva.
-El profesor Snape no se ve muy contento -dijo Blaise, apiadándose de Theodore que cada vez estaba más pálido.
Draco gimió dolorosamente.
-No le dije que participaría en el Torneo -dijo, revolviendo el espagueti en su plato dorado-. Espera, ¿de verdad es oro? -preguntó, inspeccionando el tenedor.
-Sí, es oro -asintió Blaise-. ¿Y qué que no le dijeras? A nosotros tampoco nos lo dijiste.
-Él es mi padrino.
-Y nosotros tus amigos -se ofendió el moreno-. ¿Cómo que sea tu padrino lo hace más importante?
-¿De verdad, Zabini? -se mofó Vincent, dándole un gran sorbo al jugo de uvas que se había servido.
-¿Por qué no le dijiste? -preguntó Theo una vez se hubo tranquilizado.
-Porque se vería en la necesidad de decirle a Lucius -murmuró Draco.
-¿¡Tú padre no lo sabe!? -gritó Blaise en un susurro, volviéndose mortalmente pálido.
-Por supuesto que no -gruñó-. Razón por la que no respondí tus cartas. No podía arriesgarme a que Lucius las interceptara.
-¿Por qué no…?
-Porqué el Torneo de los tres magos tiene un premio en efectivo de mil galeones -dijo Gregory, interrumpiendo la pregunta de Blaise-. ¿Por qué razón crees que Draco participaría?
El moreno recorrió con la mirada el perfil de Draco, que enrojeció un poco ante su atención. El tema del dinero no era algo que hubieran discutido, era más bien algo que daban por sentado.
Todos venían de familias adineradas, y el apellido de Draco destacaba entre ellas.
-La mesa de Gryffindor es la que queda del otro lado -dijo Blaise, y no volvió a hablar el resto de la cena.
Una vez limpios los platos de oro, Dumbledore volvió a levantarse. Todos en el Gran Comedor parecían emocionados y nerviosos. Con un estremecimiento, Draco se preguntó qué iba a suceder a continuación.
-Ha llegado el momento -anunció Dumbledore, sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia él-. El Torneo de los tres magos va a dar comienzo. Me gustaría pronunciar unas palabras para explicar algunas cosas antes de que traigan el cofre…
-¿El qué? -murmuró Gregory.
Vincent se encogió de hombros.
-… sólo para aclarar en qué consiste el procedimiento que vamos a seguir. Pero antes, para aquellos que no lo conocen, permítanme que les presente al señor Bartemius Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional -hubo un asomo de aplauso cortés-, y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.
Aplaudieron mucho más a Bagman que a Crouch, tal vez a causa de su fama como golpeador de quidditch, o tal vez simplemente porque tenía un aspecto mucho más simpático. Crouch no saludó ni sonrió al ser presentado. El bigote de cepillo y la raya del pelo, tan recta, resultaban muy raros junto al pelo y la barba de Dumbledore, que eran largos y blancos
-Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo de los Tres magos -continuó Dumbledore-, y estarán conmigo, el profesor Karkarov y con Madame Maxime en el tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones.
A la mención de la palabra "campeones", la atención de los alumnos aumentó aún más.
Quizá Dumbledore percibió el repentino silencio, porque sonrió mientras decía:
-Señor Filch, si tiene usted la bondad de traer el cofre…
El señor Filch, que había pasado inadvertido, pero permanecía atento en un apartado rincón del Gran Comedor, se acercó a Dumbledore con una gran caja de madera con joyas incrustadas. Parecía extraordinariamente vieja. De entre los alumnos se alzaron murmullos de interés y emoción.
-Los señores Crouch y Bagman han examinado ya las instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar -dijo Dumbledore mientras Filch colocaba con cuidado el cofre en la mesa, ante él-, y han dispuesto todos los preparativos para ellos. Habrá tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán a los tres campeones en muchos aspectos diferentes: sus habilidades mágicas, su osadía, sus dotes de deducción y, por supuesto, su capacidad para sortear el peligro.
Ante esta última palabra el Gran Comedor se hizo un silencio tan absoluto que nadie parecía respirar.
-Como todos saben, en el Torneo compiten tres campeones -continuo Dumbledore con tranquilidad-, uno por cada colegio participante. Se puntuará a la perfección con que lleven a cabo cada una de las pruebas y el campeón que después de la tercera tarea haya obtenido la puntuación más alta se alzará con la Copa de los tres magos. Los campeones serán elegidos por un juez imparcial: el cáliz de fuego.
Dumbledore sacó su varita mágica y golpeó con ella tres veces la parte superior del cofre. La tapa se levantó lentamente con un crujido. Dumbledore introdujo una mano para sacar un gran cáliz de madera toscamente tallada. No habría llamado la atención de no ser porque estaba lleno hasta el borde de unas temblorosas llamas de color blanco azulado.
Dumbledore cerró el cofre y con cuidado colocó el cáliz sobre la tapa, para que todos los presentes pudieran verlo bien.
-Todo el que quiera proponerse para campeón tiene que escribir su nombre y el de su colegio en un trozo de pergamino con letra bien clara y echarlo al cáliz -explicó Dumbledore-. Los aspirantes a campeones disponen de veinticuatro horas para hacerlo. Mañana, festividad de Halloween, por la noche, el cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. Esta misma noche el cáliz quedará expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir. Para asegurarme de que ningún estudiante menor de edad sucumbe a la tentación -prosiguió Dumbledore-, trazaré una raya de edad alrededor del cáliz de fuego una vez que lo hayamos colocado en el vestíbulo. No podrá cruzar la línea nadie que no haya cumplido los diecisiete años.
-Por último, quiero recalcar a todos los que estén pensando en competir que hay que meditar muy bien antes de entrar en el Torneo. Cuando el cáliz de fuego haya seleccionado a un campeón, él o ella estarán obligados a continuar en el Torneo hasta el final. Al echar su nombre al cáliz de fuego están firmando un contrato mágico de tipo vinculación. Una vez convertido en campeón, nadie puede arrepentirse. Así que deben estar muy seguros antes de ofrecer su candidatura. Y ahora me parece que ya es hora de ir a la cama. Buenas noches a todos.
-¿Van a participar? -preguntó Gregory al levantarse, volviendo a abrocharse la capa de invierno.
-No -negó Theo.
-¿Y qué algo salga mal y arruine mi hermosa cara? -preguntó Blaise, mirando a Gregory como si hubiera sugerido una estupidez total.
-He visto mejores -masculló el castaño, colocando los ojos en blanco.
-Buenas noches -se despidió Theo, tomado a Blaise del codo antes de que el chico empezara una riña con Gregory.
-¿No puedes pasar dos minutos sin discutir con nadie? -preguntó Vincent, negando con la cabeza mientras se dirigían a la salida del Gran Comedor.
Draco sonrió brevemente, girando el rostro a su izquierda justo para encontrarse con la cara sorprendida de Ronald Weasley. Las orejas del chico enrojecieron velozmente y su boca se abrió como si intentara decir algo, pero las palabras nunca abandonaron sus labios.
Al lado del pelirrojo, Harry Potter lo miró curioso y Hermione Granger arrugó ligeramente el entrecejo.
Su respiración se atasco en su garganta y todos los pensamientos que cruzaban por su cabeza se desvanecieron rápidamente. Le había costado todo de sí para no quedarse con las fotografías de Blaise y no invadir la privacidad de Hermione Granger, pero al tenerla frente a él no pudo apartar la mirada. Era cien veces más hermosa en persona y los recuerdos de su primer encuentro no le hacían justicia.
-¿Draco? -preguntó Vincent que se había detenido detrás de él junto a Gregory. Ambos chicos miraban con ligera desconfianza al trío.
El susodicho les disparó una corta mirada antes de regresar su atención a Hermione Granger y sus dos amigos.
-Lo siento -se disculpó, sin saber con quién lo hacía-. ¿Recuerdan lo que les conté durante los Mundiales? -dijo, y miró una vez más a Hermione Granger, arrastrando la mirada con dificultad de la castaña hacía el chico con lentes.
-Uhm, ¿sí? -preguntó Vincent frunciendo el ceño-. Algo sobre Harry Potter y…
-¡Eres Harry Potter! -jadeo Gregory con demasiado entusiasmo, evitando por poco que Vincent hablara de más. Los ojos de ambos chicos se desviaron a la cicatriz de Harry Potter que apenas era visible por el cabello que le cubría la frente.
Harry Potter se removió incómodo y avergonzado entre sus dos amigos.
-Y ellos son Ron Weasley y Hermione Granger -agregó Draco, esforzándose para que sus mejillas no enrojecieran cuando Hermione Granger apartó la mirada de los dos musculosos chicos de vuelta a él.
-Un placer -dijeron Vincent y Gregory al unísono.
-No sabía que aún ibas a la escuela -dijo Weasley, enrojeciendo cuando Draco enarcó una ceja-. No te ofendas, pero creí que eras un año mayor.
-Me tomé un año sabático en mis estudios para participar en los Mundiales -respondió el rubio, encogiéndose ligeramente de hombros.
-¿Dejaste los estudios para jugar al quidditch? -se escandalizó Hermione Granger.
-¡Hermione! -gruñó Weasley-. Cualquiera dejaría los estudios para jugar al quidditch, ¿verdad, Harry?
-Sí -asintió el chico de gafas.
-Bueno, yo… -balbuceo Draco, empezando a sonrojarse por la mirada decepcionada de Hermione Granger.
-¿Ya saben dónde van a dormir? -preguntó Weasley repentinamente emocionado.
-¿Por qué? -habló Gregory sonriendo con picardía-. ¿Estas ofreciéndome tu cama? Se me da bien compartir.
Ron Weasley enrojeció furiosamente mientras Harry Potter hacía gestos como si estuviera ahogándose y Hermione Granger veía sorprendida a Gregory por su astucia.
-¿Qué están esperando? -preguntó Karkarov llegando a ellos junto al resto de los estudiantes de Durmstrang-. Al barco, vamos -ordenó, mirando brevemente al trío de Hogwarts que mantenía la atención de Draco y sus dos amigos, despachándolos rápidamente antes de que una de las figuras lo dejara helado.
Karkarov miró fijamente a Harry Potter como si no pudiera creer lo que veía. Muy lentamente, sus ojos fueron ascendiendo por la cara de Potter hasta llegar a la cicatriz. Draco se preguntó momentáneamente si su padre había tenido la misma expresión cuando conoció al joven mago que venció al amo de los mortífagos.
-Sí, es Harry Potter -dijo desde detrás de ellos una voz gruñona.
Karkarov se dio la vuelta. Ojoloco Moody estaba allí, apoyando todo su peso en el bastón y observando con su ojo mágico, sin parpadear, al director de Durmstrang.
-Mierda -dijo Vincent casi imperceptiblemente. Todo hijo de mortífagos conocía al gran auror Ojoloco Moody.
Karkarov palideció y le dirigió al auror una mirada terrible, mezcla de furia y miedo.
-¡Tú! -exclamó, mirando a Moody como si no diera crédito a sus ojos.
-Sí, yo -contestó Moody muy serio-. Y, a no ser que tengas algo que decirle a Potter, Karkarov, deberías salir. Estás obstruyendo el paso.
Era cierto. La mitad de los alumnos que había en el Gran Comedor aguardaban tras ellos, y se ponían de puntillas para ver qué era lo que ocasionaba el atasco.
Sin pronunciar otra palabra, Karkarov salió del Gran Comedor, dando la orden tácita de seguirlo. Los alumnos de Durmstrang no tardaron en alcanzarlo, y Draco no se atrevió a quedarse unos segundos más, sin querer atraer la atención de Ojoloco Moody sobre él.
-¿Por qué demonios Blaise no nos habló de él? -gruñó Gregory con enojo, disparando miradas por sobre su hombro a dónde Moody los seguía mirando.
-No sé y no me importa -dijo Vincent, un poco pálido-. Solo sé que, si no queremos problemas, hay que mantenernos lejos de él.
