Acto I: Búsqueda y encuentro

Capítulo 3


La estancia era increíblemente enorme.

Se trataba de una caverna hueca llena de múltiples caminos que se entrecruzaban entre ellos, coincidiendo todos en un punto en concreto que daba a una escalera que subía. Con Legolas delante, caminaron hacia esa misma escalera y la fueron subiendo despacio. Ninguno parecía querer estar ahí. Cuando esta acabó, llegaron a un pequeño espacio donde un enorme y espectacular trono, formado por el tronco de un árbol, se erguía sobresaliente. Sobre él, sentado, un elfo de aspecto imponente los miraba desde lo alto, en un claro signo de superioridad. Estaba mortalmente serio, lo que solo puso más nerviosos a los recién llegados. Se situaron en fila, uno al lado del otro, dejando en medio a la mujer. Gollum se había callado por primera vez en semanas.

Heru en amin (Mi señor)—Seren hizo una elaborada reverencia que Legolas no tardó en imitar, seguido por Aragorn y Blyana. Thranduil simplemente los miró. Su mirada era fría, helada. Sus ojos eran una perfecta combinación entre el gris lacerante y el azul gélido. —Encontramos a estos tres y a la criatura pasado el segundo puesto de guardia— expuso Seren, mirando todavía el suelo por su inclinación. Finalmente se levantó.

—Déjanos, Seren— ordenó el rey. El elfo asintió y se fue de allí, no sin antes dedicarles una rápida mirada de despedida.

En la estancia quedaron ellos y el rey.

Ionneg (Hijo) , veo que has decidido regresar— los inquisitivos ojos del elfo se posaron en el compañero de Aragorn y Blyana. Estos abrieron los ojos.

¿Ionneg?

Amin hiraetha, Adar (Perdóname, padre) — Legolas se llevó el puño al pecho. —Pero la razón de mi regreso es distinta a la que creéis.

¡¿Adar?!

Y, al fin, todo pareció encajar. El hecho de que Legolas conociera tan bien los caminos del bosque, el que nadie les hubiera increpado, encarcelado, amordazado y que hayan podido atravesar las Estancias con tanta facilidad, que los soldados se inclinaran ante ellos, la sorpresa de la guardia que los encontró. Todo porque Legolas era el hijo de Thranduil. El príncipe del Bosque Negro. Blyana no pudo evitar sentirse tremendamente estúpida.

—Entiendo que dicha razón está relacionada con la misiva que tan educadamente me hizo llegar Mithrandir— con pesadez, el elfo movió la cabeza para acabar deteniéndose en la criatura. Una mueca de aversión delineó sus facciones. —Y supongo que esa aberración es el prisionero para interrogar— terminó.

—Así es, ada— Legolas dio un paso al frente y la atención de su padre recayó de nuevo sobre él. —Mis compañeros y yo hemos pasado mucho tiempo sin descanso tras su captura y nos gustaría poder reposar para reponer energías.

Blyana estuvo a poco a dejar caer la mandíbula. ¿Alguién se atrevía a hablar con tal confianza al temible rey Thranduil? Obviamente, solo su hijo poseía dicho privilegio.

—Y quienes son tus compañeros, Ionneg. Todavía desconozco sus identidades— Thranduil no parecía realmente interesado en quienes acompañaban a su hijo, pero por mera cortesía debía aparentar lo contario.

Ada, estos son Aragorn y Blyana. Juntos viajamos durante meses en busca de la criatura— les presentó, de modo que el rey pudo poner ya nombre a los rostros que se inclinaban ante él.

— ¿Una mujer? — la pregunta resultó más socarrona que curiosa. Blyana simplemente sonrió condescendiente.

—Una suficientemente capaz, mi señor. No me gusta ser subestimada— la delineada ceja del rey elfo se estiró hacia arriba. Blyana no supo si molesto o impresionado, aun así poco le importó.

—Comprendo— y esa fue su única contestación. —Tus compañeros podrán quedarse el tiempo que estimen, se les acomodarán unas habitaciones en el ala de invitados. Galion se encargará de ello. Mientras, lo mejor será que llevéis a nuestro nuevo— vio como Gollum mordía inútilmente la cuerda que apresaba su cuello— prisionero a las celdas.

El elfo que tan silenciosamente se había mantenido al lado del rey durante la reunión se fue tras hacer una reverencia y desapareció por uno de los miles de caminos que se entrecruzaban en el salón. Apenas hizo el mínimo ruido. A su vez, Legolas se inclinó de nuevo ante su padre y Blyana y Aragorn lo imitaron. Los tres tomaron el mismo camino por el que habían ido. Pero, justo antes de atravesar las grandes puertas, la profunda voz de Thranduil hizo eco hasta sus oídos.

—Tenemos una conversación pendiente, Legolas. Ven a verme cuando termines de acomodar a nuestros huéspedes.

Legolas solo agarró con más fuerza el cinto que estaba en su cintura y continuó impasible su camino. En la entrada, entregaron al prisionero a uno de los guardias allí presentes y Legolas le ordenó que lo encarcelaran.

De esa forma, y en completo silencio, los tres compañeros siguieron al elfo mayordomo por los intrincados pasillos de las Estancias. Cruzaron por una gran estancia hueca en cuyo techo deslumbraban pequeños cristales que iluminaban toda la sala, la cual parecía ser una de las estancias empleadas para las festividades, también en varias zonas del trayecto se encontraron con que a sus pies no había más que una profunda caída simplemente salvada por los estrechos puentes que unían un ala con otra. Aragorn y Blyana pudieron disfrutar de la exquisita y refinada arquitectura que decoraba cada pequeño centímetro. Altos techos, luz completamente natural a pesar de encontrarse bajo tierra, delicados acabados en la piedra y un sin fin de detalles que lograron confirmar que las Estancias de Thranduil eran, sin lugar a dudas, uno de los lugares más espectaculares de la Tierra Media.

Finalmente llegaron al ala de invitados.

—Estas serán sus habitaciones— el elfo mayordomo les señaló dos puertas contiguas y, tras hacer una reverencia a Legolas, desapareció.

Se quedaron de nuevo los tres solos.

—Con que un príncipe— las palabras escaparon de la boca de Blyana antes de que pudiera reaccionar. Se maldijo a sí misma y a su impulsividad. Legolas, que hasta ese momento había permanecido serio y ausente, los miró a los ojos y en su rostro se dibujó una sonrisa de disculpa.

—Lamento habéroslo ocultado— de verdad se veía afligido.

—No debes disculparte, no te lo reprochamos— habló el montaraz, con su acostumbrado aire sosegado. A su lado, la mujer asintió apoyándole.

—Simplemente nos sorprendió— añadió Blyana.

Los ojos del elfo se levantaron del suelo y se posaron momentáneamente en cada uno de ellos y, al comprobar la veracidad en sus palabras, sonrió más tranquilo.

—Aun así, me disculpo por ello— y para reflejar sus palabras, se llevó el puño al pecho e hizo una leve inclinación. —Creo que lo mejor será que vayáis a vuestras habitaciones a descansar. Hemos pasado un duro viaje y estoy seguro de que agradeceréis el poder dormir en algo más cómodo que el suelo— los tres rieron y cualquier mínimo resquicio de tensión que hubiera entre ellos se esfumó. —En unas horas vendré de nuevo a buscaros para acompañaros a almorzar. Si lo deseáis, en este tiempo tenéis mi permiso para vagar por donde os plazca si tenéis deseos de conocer esto un poco más. Aunque os recomiendo ir con cuidado, es extremadamente sencillo perderse en este lugar.

Tanto Aragorn como Blyana asintieron, encantados con la opción de poder dormir en un lugar donde no sintieran clavarse en su cuerpo cada piedra o rama del camino. Agradecieron a su amigo y cada uno desapareció en su respectiva alcoba.

Legolas los vio desaparecer, y no pudo evitar que la sonrisa se le borrara y sus hombros decayeran, apesadumbrado. Se dio la vuelta y, a paso tranquilo, recorrió el camino que acababa de hacer. Sabía lo que ahora le esperaba, una agotadora conversación con su padre. Sabía que le impediría retomar su viaje por las tierras más allá de sus fronteras, que le obligaría a quedarse abogando que era su deber como príncipe mantenerse siempre junto a su pueblo, que no comprendía su curiosidad y necesidad absurda por querer descubrir algo más lejano que su reino. Tan solo de pensarlo le empezaba a doler la cabeza.

Sus pasos no resonaban por los pasillos, como buen elfo que era. Por ello, se sorprendió al encontrarse cara a cara con Galion, el mayordomo de su padre, a quién por su abstracción no había percibido.

—El rey os espera en su despacho.

Por supuesto que sí, pensó abatido.

Y de esa forma, siguió al elfo hasta las elaboradas puertas de roble, sabiendo lo que dictaría su destino una vez entrara. Aun así, no le quedó más opción que hacerlo. Galion hizo la habitual presentación y Legolas cruzó al interior de la habitación.

§

Blyana cayó dormida nada más dejarse caer en la extensa y acomodada cama de la habitación de invitados.

Hacía varias semanas que no dormía sobre un colchón convencional, y otros tantos días en los que descansar era imposible a causa de las pesadillas. Por ello, disfrutó y aprovechó aquellas horas de calma y descanso para retomar de nuevo las energías.

Cuando despertó, el sol seguía sin ponerse y la luz natural mostraba la amplia y exquisitamente decorada alcoba. Distinguió sobre los pies de la cama como alguien había dejado ropa limpia que podía usar, y también que su par de botas ajadas y antiguas habían desaparecido para ser sustituidas por otras nuevas, de aparente cuero resistente y flexibilidad propia de la ropa élfica. Saltó de la cama y se estiró con renovados ánimos y energía.

El cuarto no era excesivamente grande, y solo estaba equipado con el mobiliario dispensable, entre los cuales estaba una gran cama con dosel, un sencillo armario de roble, un pequeño escritorio con material para escribir, un soporte para armaduras y una tina llena de agua todavía humeante. Sonrió agradecida por eso último. Necesitaba un baño con urgencia.

Se desnudó, dejando a un lado sus ropas sucias, y sin siquiera comprobar la temperatura del agua se metió en la tina y gimió de placer al sentir el agua caliente desentumecer sus agarrotados músculos. Sin duda, sí que había pasado demasiado tiempo desde que había tenido un baño en condiciones.

Disfrutó de la sensación del agua rodeando su piel, limpiándola de toda la suciedad. Se permitió el lujo de cerrar unos minutos los ojos y quedarse simplemente sumergida. El silencio en la habitación era sepulcral.

¿No eran aquellos placeres, tan específicos, los que hacían a uno valorar la esencia de lo banal? Sonrió al pensar en el bosque de Lorien, en su madre y su padre, en aquellos que siempre la recibían con los brazos abiertos. En momentos de vulnerabilidad como ese, se permitía echar de menos su hogar. La añoranza era un sentimiento agridulce, uno que podía sacarte una sonrisa a la vez que quemarte el corazón. Pero ojalá Blyana sintiera algo tan ambiguo. No. Siempre que pensaba en su casa, era la culpa la que la embargaba. Culpa y vergüenza.

Usó una pequeña toalla para limpiar su piel. Pasó con suavidad por los brazos y las piernas, el tronco y el cuello. Sumergió de nuevo la toalla en el agua y luego se la llevó hasta la espalda. Apretó con el puño y el agua antes retenida en la tela quedó libre, descendiendo por la irregular piel. Blyana era capaz de sentir como las gotas sorteaban las cicatrizadas heridas que mancillaban su piel. Tras terminar con el ritual de lavado de su cuerpo, la castaña se llevó los dedos a la sien y destrenzó el recogido y apiló las cintas para luego volver a usarlas. De esa forma, volvió a sumergirse de nuevo y con la pastilla de jabón frotó con fuerza para eliminar la suciedad. Luego enjuagó y, estando ya el agua fría, salió de la tina completamente aseada.

Secó su cuerpo, quitó humedad a su pelo, y luego admiró la ropa que los sirvientes de Thranduil le habían prestado. Se trataba de unas sencillas calzas de cuero, ajustadas y resistentes, junto a una camisa limpia de lino y una casaca negra que se ceñía a su espalda. Tras vestirse, se calzó las botas y en ese mismo instante tres golpes secos sonaron desde la puerta. Miró en la dirección.

—Adelante— habló, permitiendo el paso de aquel que se hallaba al otro lado. La puerta se abrió y reveló la conocida figura del montaraz. —Oh, Aragorn, eres tú.

—Venía para ver si estabas despierta. El rey nos ha invitado a cenar con él y con su hijo esta noche— el moreno apenas entró en la habitación, mostrando una educación propia de un caballero. Ella se apuntó internamente ese detalle.

—Claro, no hay nada que más me apetezca que pasar una tranquila velada junto al elfo más intimidante de la Tierra Media. ¿Qué puede salir mal? — caminó hacia el hombre y este sonrió por su comentario.

—Ya podremos decir que hemos sobrevivido a todo— le siguió la broma, cerrando la puerta una vez hubo salido ella.

—Si lo hacemos.

Juntos, montaraz y mercenaria recorrieron los laberínticos pasillos de las cavernas, sin guía, por simple intuición. Basta decir que tomaron en más de una ocasión el camino equivocado, pero ningún soldado les amonestó o increpó, a pesar de verlos con absoluto recelo. Agradecían a Legolas por darles absoluta libertad de movimiento, porque por la mirada de más de uno, si no contasen con dicho privilegio, a esas alturas ya estarían haciéndole compañía a Gollum en las mazmorras.

Finalmente, y tras un largo recorrido, encontraron el comedor. Supieron que habían llegado al sitio correcto al avistar la presencia de Galion. Por lo que vieron, el rey y su hijo ya estaban allí. Al sentir su llegada, el joven elfo dirigió su mirada a ellos y les lanzó una clara disculpa.

—Veo que al fin habéis llegado— la inquietante voz de Thranduil hizo eco por toda la habitación, que resultó ser una pequeña caverna. Las luces brillaban desde las rocas.

Ambos, hombre y mujer, se inclinaron.

—Lamentamos nuestra tardanza, mi señor. Nos perdimos un par de veces en el camino— expresó Aragorn, sacando a la luz su labia natural. La castaña solo se mantuvo en silencio.

—En verdad, me habéis sorprendido. Pensaba averiguar cuánto tardaríais en orientaros por este lugar. Como cazadores supuestamente experimentados debía de ser una tarea relativamente fácil, y veo que así ha sido— el rey movía su copa de vino desde su asiento, sentado a la cabecera de la larga mesa. Y desde allí los miraba con excesivo escrutinio.

—Padre tiene una extraña forma de tratar a los invitados— la molestia era obvia en Legolas, que lanzó una mirada enfadada a su progenitor.

—No ha sido una molestia tampoco, de esa forma hemos podido contemplar la belleza de su dominio y, permítame que os lo diga, mi señor, es un lugar de lo más exquisito— la suave voz de Blyana consiguió enfriar el malestar de Legolas, que veía el comportamiento de su padre como absurdo e innecesario. Pero agradecía saber que a sus amigos no les había parecido insultante.

El rey se mantuvo en silencio por unos segundos, intercalando su mirada entre los tres jóvenes que lo acompañaban, como si tratara de comprender algo que había ahí.

—Por favor, que falta de cortesía por mi parte. Tomad asiento. Estoy seguro de que estaréis hambrientos— con una sonrisa que pretendía ser cálida pero que solo consiguió provocar un escalofrío a ambos, el rey les invitó a sentarse, señalando los dos asientos libres que había a su izquierda. Ellos hicieron lo que se les dijo.

Blyana quedó enfrentada a Legolas y entre Aragorn y Thranduil.

Sobre la mesa había una variedad de platos mayormente vegetarianos, donde las hortalizas eran las protagonistas. Tanto Aragorn como Legolas y Blyana esperaron a que el rey se sirviera para luego hacerlo ellos. Sus copas rebosaban de vino, que según comentó el rey, era de Dorwinion, un país que apenas comerciaba con los habitantes de la Tierra Media a excepción del rey del Bosque Negro. Los primeros momentos de la velada se sucedieron entre conversaciones triviales sobre las noticias del mundo exterior, alguna que otra mención a Gandalf, halagos al vino y a la buena comida, y una pequeña anécdota de Thranduil sobre la música de los elfos. Parecía desconocer que ambos, Aragorn y Blyana, conocían a la perfección dicha música puesto que se habían criado entre elfos. También se hizo mención de las naturalezas de los gremios a los que pertenecían tanto el montaraz como la mercenaria, dejando al rey pensativo. Más tarde, despejada ya la mesa de comida y quedando solo los restos del dulce, el rey inició lo que más tarde reconocerían como un interrogatorio.

—Y dime, Aragorn, ¿de dónde dices que eres? — lo que aparentaba ser una pregunta sin interés oculto alguno, sonó de tal forma que las alarmas saltaron dentro de los tres.

—Nací en Eriador, mi señor. Al norte— a pesar de que Aragorn intentó que con su evasiva y poco específica respuesta el rey no indagase, fracasó.

—Eriador es una tierra ahora deshabitada, un extraño lugar para vivir. A excepción de los Dúnedain, a pesar de que se creen extintos.

Thranduil movía su copa de vino en círculos, mareando el brebaje en su interior. Por su forma de moverse y el rictus de su rostro, que mostraba simple indiferencia, parecía que no tenía interés en las respuestas del montaraz. Pero sus ojos, ávidos y fríos expresaban otra intención. Continuó con su suposición.

—Extraño es un montaraz que habita en las tierras del norte, llevando una vida errante, sin pertenecer al antiguo linaje de los Númenor.

Las manos de Legolas se agarraron con demasiada fuerza en los reposabrazos de su silla, y los ojos de Blyana se entrecerraron, sintiéndose intrusa en algo que no le concernía. Al igual que al rey. Sin embargo, Aragorn solo bajó la vista y sonrió, casi pareciendo ligeramente divertido.

—Tenéis razón, alteza. Mi naturaleza es ligeramente diferente a la de los hombres.

El rey elfo lo miraba como quien observa algo que debe desentrañar. No parecía sentirse victorioso por haber deducido la procedencia del montaraz, ni arrepentido por haber violado su intimidad. Simplemente se le veía neutro.

—Si Gandalf os pidió ayuda para esta encomienda, debía de confiar plenamente en vos.

—Eso es algo que solo Gandalf puede confirmar, mi señor.

—Gandalf no confía con facilidad en la gente. Debes de ser alguien de verdadera nobleza. El capitán de los Dúnedain del Norte, quizás. Aragorn, hijo de Arathorn, heredero de Isildur. ¿O me equivoco, señor montaraz? Sería una lástima que dicha deducción fuera incorrecta, en verdad. Pero suelo ser muy acertado siempre en mis suposiciones.

El silencio era apenas roto por sus erráticas respiraciones. Los nudillos del príncipe elfo ya se habían tornado blancos y la mujer había acabado por profesar verdadera antipatía hacia el rey de los elfos silvanos.

—Es suficiente, adar.

Legolas sentía verdadera vergüenza por la actitud de su padre. Desde aquella conversación que mantuvieron en su despacho, donde como él intuía le prohibió retomar su viaje, su padre se había comportado de una forma ruin y despreciable con sus invitados; primero impidiéndole ir a buscarlos para acompañarlos hasta el comedor, en su intento por afirmar sus dotes de orientación, y segundo aquel interrogatorio innecesario. Sentía la sangre bullir.

—Suelo mantener mi identidad en secreto, mi señor, como podrá comprender. No siempre es bienvenido mi linaje.

Y, a pesar de todo, Aragorn se mantuvo estoico e inquebrantable ante el intimidante rey elfo.

—No te ofusques, ionneg, el señor Aragorn y yo estamos manteniendo una simple y cordial conversación.

—Indagar en la vida de una persona no es algo cordial, padre— la molestia era evidente en Legolas, quién fulminaba a su padre con la mirada.

A Blyana cada vez le parecía más apremiante la hora de irse.

—¿Y qué hay de ti, mujer? ¿Qué lleva a una joven damisela a embarcarse es tan peligrosa misión? —Thranduil no se sintió intimidado por la mirada de su hijo, e hizo poco caso a su evidente malestar. Centró entonces su atención en la única fémina presente.

—Una nunca retira la mano a quién le pide un favor, mi señor— fue su escueta respuesta. Podía ser una mujer, diminuta al lado de aquellos elfos y una infanta a sus ojos, pero no dejaría que tal falta de respeto se le hiciera a ella.

—¿Acaso no seréis vos también de un alto linaje y mi hijo no ha querido decírmelo? —el matiz burlón estaba ahí. El rey dio un pequeño sorbo a su copa y los ojos le brillaron jocosos.

—Usualmente me gusta considerar mis asuntos como algo íntimo y personal, mi Señor Thranduil. Creo que se lo conoce como privacidad. Y mi linaje es algo que no me gusta ir revelando a cualquiera y con tanta facilidad.

La diversión desapareció de los ojos del elfo y se tornaron pétreos. La ligera curva de sonrisa se desvaneció y la máscara de neutralidad se instauró de nuevo. No pareció haberle gustado su respuesta. Centró su mirada en ella, intensa e intimidante, a la espera de que se acobardase. Pero no lo hizo. Se la mantuvo.

El silencio se extendió, haciéndose a cada segundo más pesado, hasta que finalmente el rey posó la copa en la mesa.

—Ha sido un placer poder disfrutar de tan deliciosa velada, pero me temo que ya es hora de regresar a mis aposentos — se levantó y en sincronía los otros tres hicieron igual. Se inclinaron. —Espero que pasen una buena noche.

Y, sin decir más, caminó con una elegancia propia de un rey hasta salir de la estancia.

Tras su salida hubo un corto silencio.

La risa de Legolas quebró toda tensión que quedó tras la marcha del rey.

—Jamás había visto a nadie despachar con tanta virtud a mi padre— confesó todavía divertido.

Aragorn sonrió al fin sin complejo y Blyana se dejó caer de nuevo en la silla. Dejó escapar el aire.

—Unos segundos más y me hubiera desvanecido. Lo lamento Legolas, pero creo que no soy del agrado de tu padre.

Y así, los tres compañeros rieron sin preocupaciones.

§

Tras la cena y su desastroso final, Legolas guió a Aragorn y a Blyana hasta una terraza que daba al exterior, comunicando con los jardines reales y con la imagen del oscuro bosque extendiéndose ante ellos. Juntos habían reído sobre la palidez de la mujer tras comprender que podía darse el caso de que el rey la llevara a pasar el resto de su estancia en las mazmorras, y ella les regañó por ello. El príncipe elfo había conseguido una cantidad suficiente de vino de Dorwinion de la bodega de su padre, junto con tres copas, y de esa forma se habían acomodado en los divanes de la terraza, conversando en paz.

—Lamento el espectáculo de mi padre en la cena, desde mi llegada no se comporta de la forma correcta— se disculpó el rubio antes de dar un sorbo a su copa.

—No es tu culpa, no hay de qué disculparse.

—Siempre ha sido un elfo difícil, desconfía de la gente y todavía más de los desconocidos, y le encanta demostrarse superior, a pesar de que nadie lo intente superar.

La brisa meció la hierba y paseó por sus cabellos. La noche cerrada era iluminada por las infinitas estrellas y los suaves candiles que marcaban los caminos. A lo lejos se podía entrever los flets de los ciudadanos más cercanos. Legolas miraba el interior de su copa. Se le notaba apesadumbrado. Notando aquello, sus compañeros decidieron que debían animarlo.

—Así que un príncipe elfo y un hombre de linaje de reyes— Blyana sonrió socarrona a sus dos amigos. —Quién me hubiera dicho a mí cuando nos presentaron en aquella maltrecha taberna que viajaría entre realeza.

La risa cantarina de la mujer fue acompañada por la sonrisa suave de Aragorn y la ladeada de Legolas.

—Parece ser que somos gente de secretos— concedió el montaraz.

— ¿Y qué hay de ti? ¿No serás acaso tú también una princesa? — bromeó el elfo. Al ver el silencio de la mujer, borró rápido su sonrisa. — ¿Lo eres? — dijo perplejo.

Los ojos ambarinos de la mujer se posaron con seriedad en ambos y luego negó con la cabeza.

—Siento decepcionaros al deciros que tengo poco de sangre real en mis venas, pero sí hay algo en lo que no os he sido totalmente sincera— confesó, mareando su copa de vino. Ambos, elfo y montaraz se dedicaron una mirada cómplice antes de posarla de nuevo en ella.

—No te sientas obligada a contarnos algo simplemente por haber descubierto nuestras verdaderas identidades— Aragorn intervino. Blyana le miró y sonrió, pero no de una forma divertida o jocosa, sino dulce.

—No lo hago porque me sienta en deuda, ni obligada, sino porque os considero mis amigos y como tal os merecéis saberlo— la brisa se levantó de nuevo, como si llegara oportuna para acompañar la confesión. Legolas y Aragorn sintieron las palabras de Blyana con calidez. Era cierto que hacía apenas dos meses que se habían unido, simplemente por compartir una contienda en común, pero ese había sido tiempo suficiente para convertir una mera relación profesional en otra más personal y llegar a forjar una amistad. Los tres, sin duda, sentían que en los otros tenían un amigo en quien confiar. —Es cierto que mi linaje no es real, pero dista mucho de lo que seguramente os figuréis. Mi madre era una mujer sencilla, criada en una aldea cerca de las fronteras de Rohan, pero mi padre... Mi padre era un guerrero, un soldado de la guardia real de la dama Galadriel.

Ambos ojos, tanto grises como azules, se abrieron con desmesura.

—Pero eso significa entonces...

—Que soy una peredhil— afirmó.

La confesión sí que pilló totalmente desprevenidos a los dos.

Tanto Aragorn como Legolas se quedaron mirando descolocados a la mujer, que ya había vaciado su copa de vino. Ninguno podía decir que esperaba aquella confesión. Blyana aparentaba ser una joven común, dentro de todo lo común que podía significar ser una mercenaria. Su rostro no poseía esa elegancia propia de los elfos, ni su piel era pálida sino curtida, sus orejas terminaban ligeramente puntiagudas pero de forma natural y normal en los mortales. No poseía una altura digna de elfos, de echo resultaba adorablemente pequeña al lado de ellos, ni esa melena siempre perfecta y ordenada. Aun así, ahora que lo descifraban, poseía esa aura misteriosa, esa mirada penetrante cargada de experiencias, era excesivamente rápida y más ágil que cualquier mujer mortal. Habían tenido varias señas frente a sus narices, pero no era hasta ahora que se habían percatado de ellas.

—Una peredhil— repitió el elfo, saliendo del estupor.

—Así es.

Blyana esperaba paciente su reacción, consciente de que no era un hecho fácil de asimilar.

—Hacía años que no se daba un caso de mestizaje— intervino el montaraz, hablando al fin. —No se sabía de nadie tras Elrond y su familia.

—Puedo aseguraros de que soy mucho más joven que él— rio con gracia.

—¿Cómo es entonces que nunca hemos sabido de ti? Casos como el tuyo es raro no escucharlos.

—Casi toda mi vida me he criado entre elfos. Mi madre murió cuando yo era apenas una niña, quedando mi padre a cargo de mí. En Lorien y en Rivendel conocen de mi existencia, pero son discretos a pedido de Lord Elrond y de la Dama. No soy alguien que disfrute ser el centro de atención— confesó ella.

—¿Y cuántos años tienes? Si no es indiscreción— Legolas se sentía fascinado con el hecho de que su amiga fuera una mestiza. Le era curiosa la mezcla de ambas razas y como se complementaban.

—He vivido mucho más de mil inviernos.

—Eso es mucho tiempo— dijo impresionado el moreno. Legolas asintió en sintonía.

—Lo es— afirmó ella. —Suponía que ya era hora de que os enteraríais de mi condición. No me hubiera gustado que lo descubrierais por terceras personas. Lo único que os pido es que seáis discretos sobre esto, confío plenamente en vosotros.

—No debes preocuparte.

Ambos, hombre y elfo sellaron en ese momento un pacto de silencio, y Blyana al fin se sintió libre, sin ese peso que conlleva cargar un secreto.

— ¿Y cuál será vuestro plan ahora? Ya hemos cumplido la misión, Gollum está encerrado en las celdas y Gandalf tendrá su información.

Hombre y mujer observaron al elfo.

—Volver al norte supongo, allí me esperan mis hombres— contestó Aragorn. Los tres sabían que esa misión no duraría para siempre, que tendría un fin. Pero no era hasta ese instante que eran plenamente conscientes de él.

— ¿Y tú? — Blyana apartó la mirada de los ojos de Legolas y miró a las estrellas.

—Volver a trabajar. Llevo tiempo sin ingresos y eso acaba pasando factura— en un burdo intento por bromear, la mujer sonrió de lado. Aun así, cierta tristeza impregnó su sonrisa. —O puede que vuelva a Ithilien. Hay cierto asunto que tengo por resolver. Si quieres, puedes acompañarme hasta donde desees. Supongo que tras esto volverás a retomar tu viaje.

La mujer giró su rostro y encaró a Legolas, pero cuando fue a hacer contacto visual se encontró con que el elfo se hallaba inmerso en su copa. Su rostro había adquirido ese semblante neutro, uno que si no se le conociera se pensaría que simplemente se hallaba perdido en sus pensamientos. Pero no, Aragorn y Blyana ya era capaces de distinguir cuando su amigo divagaba o se entristecía.

—Mi padre considera que mi viaje ya ha durado demasiado y que mi deber como príncipe es permanecer junto a mi pueblo— el vino se balanceó entre las paredes de cristal de la copa. Ambos ceños se fruncieron.

— ¿No vas a volver? — había incredulidad en las palabras de la mujer. Buscó la mirada del elfo y, al no hallarla, buscó la del montaraz. Ambos se dedicaron una mirada cómplice.

—Me temo que no— el desasosiego era evidente en Legolas, pero aun así Aragorn y Blyana sabían que no eran quienes para incitar al joven príncipe a desafiar a su padre, de modo que, contra su voluntad, sellaron sus pensamientos.

—Bueno, supongo que hacer una visita de vez en cuando no estará mal, ¿cierto? — intentado devolver la sonrisa a su amigo, la mujer tornó la conversación a otra más amena. —Aunque no creo que sea del todo bienvenida, tal vez tendrías que visitarme tú a los calabozos.

Aragorn abrió los ojos, incrédulo por el concepto que tenía la mujer por aliviar el ambiente. Estuvo a punto de darle una patada, haciéndola reaccionar, pero la carcajada de Legolas le hizo desistir. Parecía ser que el poco ortodoxo método de Blyana verdaderamente funcionaba.

Y así pasó el resto de la noche, entre temas banales, anécdotas varias y un sin fin de risas que tuvieron como cómplices a las estrellas, hasta que el sol comenzó a ascender por el horizonte, dejando atrás una etapa de su amistad para dar comienzo a una nueva.


NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO

Estancias del rey Thranduil: también conocidas como Cavernas del rey Thranduil, son una excavación en el Bosque Negro, antes conocido como Bosque Verde, en la parte nororiental y a orillas del curso medio del río del bosque.