Acto II: La Compañía

Capítulo 4


Año y ocho meses más tarde...

Blyana odiaba a los borrachos. Sin embargo, parecía que su destino era sufrirlos.

Siempre resultaban molestos, impertinentes, malolientes, gritones, fastidiosos y un sinfín de adjetivos más que tendrían a la mujer enumerando toda la noche, pero el problema era que no tenía tanto tiempo; poco tiempo, y mucho apuro.

La mujer, envuelta en una gran y oscura capa que cubría su rostro, intentaba avanzar entre la multitud, abriéndose paso a empujones entre el grupo de hombres borrachos que celebraban al son de la música. La fiesta reinaba en Framburgo, los candiles titilaban y la música vibraba por toda la ciudad. Los balcones de las casas se decoraban con telas de colores y los marcos de las puertas estaban rociados con aromas a lavanda y romero. La fiesta en conmemoración de la matanza del Dragón Scatha por parte de su fundador, Fram hijo de Frumgar, siempre se celebraba por todo lo alto: cerveza en barril, danzas populares, largas mesas llenas de manjares, extranjeros con extrañas historias de sus pueblos, juglares que entonan baladas de aventura, recuento de leyendas antiguas y, como no, la escenificación de la matanza del temible dragón.

A Blyana poco le importaba la fiesta, sino más bien el hombre a quién debía robar. O mejor dicho, el hombre al que había robado y cuyos hombres ahora la perseguían.

Corrió, escabulléndose entre las callejuelas, con el eco de las voces de sus perseguidores a sus espaldas. La noche era su protectora, y la oscuridad su fiel compañera. Saltó sobre unas cajas apiladas de madera, brincó y se impulsó con la barra de metal de un balcón, y con grácil agilidad trepó hasta el tejado de una de las casas. A partir de ahí solo corría y saltaba, elevándose en el cielo como la sombra que era, alejándose cada vez más del alboroto de la fiesta.

Cuando creyó haber despistado a sus perseguidores, descendió hasta caer en un callejón. Cuál fue su sorpresa al girarse y encontrar a tres hombres armados, apuntándola con ansia. Tenían las espadas en alto, las sonrisas amenazadoras y la mirada augurando sangre. Tan solo reconoció al hombre que se posicionaba en medio, creyendo recordarle como uno de los socios del corregidor del pueblo.

—Creías que podrías escapar, ¿cierto? — la voz ronca y jocosa del hombre, junto con la risa cómplice de sus acompañantes, no tuvieron el mínimo efecto en ella. —El temible Neith, Sombra de la Noche y Ladrón de vidas. Tu reputación te precede— concedió, casi sonando benevolente. —Sin embargo, atraparte ha sido demasiado sencillo. ¿No serás acaso nada más que una simple leyenda?

Parecía, sin duda, muy satisfecho consigo mismo. Blyana conocía a los hombres como aquel, vanidosos y prepotentes, encantados de haberse conocido y codiciosos por el reconocimiento ajeno. Estaba tentada a irse simplemente, a darse la vuelta y escalar el alto muro que la separaba de la libertad sin perder el mínimo tiempo con esos hombres. En cambio, decidió quedarse, segura de que un poco de acción no la vendría mal.

—No veo que esté apresado, en verdad— forzando la voz, agravándola de una forma que ya se le hacía hasta natural, se atrevió a provocar a aquellos que la amenazaban. La sonrisa flaqueó en el rostro del esbirro central, un hombre alto y de complexión extremadamente musculosa, incluso poco saludable. No temía lo que pudiera hacerle, sin embargo. —Todavía es muy temprano para cantar victoria.

Tornándose rojo, el hombre robusto se colocó en posición de ataque.

—No saldrás vivo de aquí, escoria— amenazó. Y, tras eso, se lanzó a por ella.

Con una rapidez digna de elfos, la mujer desenvainó sus dos dagas y atrapó la espada del hombre. A tan solo unos centímetros de distancia, Blyana pudo distinguir como la ira estallaba en las pupilas del hombre y no contuvo su sonrisa de satisfacción. Había echado de menos la acción. Giró en sincronización sus armas, y desvió la trayectoria de la espada hacia la derecha, para luego golpear con la rodilla en el estómago del hombre. Este, sorprendido, se encogió del dolor y la mujer aprovechó la debilidad para atestarle con la empuñadura de una de sus dagas en la cabeza. En tan solo unos segundos, el hombre cayó rendido a los pies de la mercenaria.

Satisfecha por su sencilla victoria dejó escapar un reconfortante bufido y, tras asegurarse de que lo había dejado inconsciente, encaró a los otros dos hombres y giró sus dagas.

—¿Alguno más quiere intervenir? — fría como el hielo, la mujer escondió el amago de amenaza implícita en sus palabras. Los otros dos, todavía intentando asimilar la derrota de su líder, se dejaron llevar por el miedo y negaron con pánico. —Eso creía yo.

Y, haciendo lo que pudo hacer en un principio, saltó y en dos impulsos contra la pared superó el muro que antes estaba a su espalda y desapareció, integrándose en la noche y haciendo honor a su leyenda. De esa noche se contaría la terrorífica lucha entre el reconocido mercenario Neith y Oremer el Gigante, donde el segundo logró en varias ocasiones noquear al temible demonio de la noche, para finalmente caer presa de su embrujo. Poco de ello sería cierto, pero poco importaba a Blyana el deseo que tenía la gente de creer en historias de fantasía.

Como había predispuesto, esa misma noche entregó a su cliente el pergamino que ella había robado, y a cambio recibió el precio en monedas acordado. Luego, por seguridad, desapareció. Se internó en la oscuridad y al salir de ella ya no portaba su manto negro y sus armas a la vista, sino que aparentaba ser una simple viajera que poco tenía que ver con un demonio de la Antigua Era, como se decía de ella.

Caminó de nuevo por las calles, ahora en completa paz, integrándose entre la muchedumbre de festejantes, atravesando la fiesta hasta llegar a la sencilla posada que regentaba un amable anciano que, con una sonrisa amistosa y una mirada bondadosa, la ofreció una habitación para hospedarse esa noche. Ella interpretó el papel de jovencita que viaja hacia el pueblo de sus familiares, y el hombre se apiadó de ella. Satisfecha tras una copiosa cena y una interesante conversación, dio finalizada la velada y se fue a su habitación para descansar.

La luna resplandecía en el firmamento, cual reflejo de plata en el inmenso océano de oscuridad. A medida que pasaban las horas esta se desplazaba, se escondía tras el horizonte, pero fue antes de desaparecer por completo cuando una dormida Blyana sintió una presencia ajena en su habitación. Escuchó el levísimo crujir de la madera vieja, el aullar del viento en el exterior, el silencio era denso y su vello se erizó consciente de la posible amenaza que la acechaba. Continuando su interpretación, fingió dormir hasta casi sentir la presencia cernirse sobre ella, y fue ahí cuando actuó con rapidez y precisión. Abrió los ojos, cogió a su atacante del cuello, salto de la cama, impulsó con toda su fuerza desestabilizándolo y haciéndolo caer, para luego ella posicionarse de forma estratégica sobre el intruso cuerpo e inmovilizarlo con maestría. Y todo ello en tal solo tres segundos.

—¡Blyana!

A punto estaba de amenazar a su prisionero cuando su grito la mermó las fuerzas. Una voz familiar, extremadamente de hecho, la obligó a centrarse en el rostro de su oponente y resolver el enigma del intruso desconocido. O ya no tanto.

Bajo su cuerpo se hallaba otro, de un joven. Tenía una complexión fibrosa, de extremidades largas y fuertes, piel pálida hasta resultar deslumbrante, cabellos oscuros como la obsidiana y ojos grises como la plata. No necesitó apartar el pelo de sus sienes para avistar sus orejas y encontrarlas en punta, puesto que ya sabía que era un elfo e, incluso, su identidad.

—¿Elladan? —evidentemente confusa, la mujer miraba incrédula al intruso apresado, liberando sus brazos.

Bajo su atenta mirada, el joven elfo sonrió culpable y levantó las manos con inocencia.

—Creo que debería haber llamado antes de entrar— dijo, sin embargo, el hijo de Elrond.

§

Blyana descansaba recostada contra el tronco de un gran árbol. Una pequeña fogata chispeaba apenas a unos pasos de ella, manteniéndola caliente. Hacía ya algunas horas que el sol había desaparecido entre las colinas y la luna encabezaba el firmamento, majestuosa como una reina. Los árboles apenas se mecían, debido a la falta de brisa, pero de vez en cuando los finos oídos de la joven escuchaban el romperse de una rama, a causa de un animal seguramente, o los silbidos de las hojas. Sus ojos se encontraban cerrados, pero no dormía, y como siempre, una hoja de menta refrescaba su boca.

Su mente estaba verdaderamente abstraída y Elrond era, como casi siempre, el culpable. Hacía varias semanas que su hijo, Elladan, había irrumpido en su habitación en una posada en la ciudad de Framburgo, donde ella había terminado de realizar un encargo y, tras un insólito encuentro, su amigo la informó sobre un extraño suceso. Parecía ser que Elrond convocaba un concilio y requería su presencia. Pocas eran las veces en las que el elfo se mostraba tan exaltado, y cuando eso ocurría siempre era por razones lo suficientemente oscuras como para atormentar hasta el corazón más férreo. Intentó con fervor que su amigo le dijera la causa, pero este parecía desconocerla también. Por lo que le dijo, su padre le había mandado a él, a su hermano gemelo y a varios emisarios a lo largo de la Tierra Media para avisar sobre dicho encuentro. De ese modo, y a sabiendas de que no tenía otra alternativa, ella había abandonado su deseo de dirigirse a las tierras del sur y llevaba varias semanas de viaje, a poco de llegar ahora a Rivendel; un par de semanas calculaba.

Invitó a Elladan a acompañarla de vuelta en su viaje, pero este la rechazó alegando que todavía debía alertar a alguien más y que se reunirían de nuevo en su hogar. Tras finalizar con el asunto que apremiaba, los dos se quedaron el resto de la corta noche poniéndose al día e informándose de las nuevas noticias que habían acontecido. Largo tiempo hacía que los dos no disfrutaban de la compañía del otro, puesto que la joven llevaba años sin detenerse en Rivendel, hogar del elfo, y cuando lo había hecho los gemelos no se hallaban en él. Tras el paso de las horas los dos se despidieron con la alegría del saber que volverían a verse temprano y sus caminos se separaron hacia lugares completamente opuestos.

La mujer emprendió su viaje y se internó en el familiar camino que la llevaría al hogar de los elfos, ciudad donde había pasado gran parte de su larga vida y la cual traía consigo amargos recuerdos de un pasado quedado apenas en el olvido.

Hacía tiempo que el silencio era su compañero; siempre presente, siempre latente. Blyana ya estaba acostumbrada a su presencia, por ello todos sus sentidos la alertaron cuando, a lo lejos, creyó escuchar una voz. Una voz desconocida, aguda a pesar de parecer masculina, una voz que mostraba urgencia y temor. Al poco tiempo a esta le siguieron pasos y más voces. Un grupo se acercaba a su posición. ¿Quién andaría por aquellos bosques y a tales horas de la noche? Ella era consciente de que su pregunta sería respondida, pues una frase llegó intacta a sus oídos.

A lo lejos veo una fogata.

La habían descubierto.

Desconocía si eran amigos o enemigos, y no pensaba quedarse para adivinarlo. Debía actuar, y creía saber cuál era la mejor forma para ello.

A su vez, a pocos metros de distancia, un reducido grupo de cuatro hobbits, un hombre y un caballo divisaba a lo lejos el característico fuego de las llamas.

—¿Qué haremos señor Trancos? —Sam Gamyi dudaba. Hacía tiempo que desconfiaba de todo. La constante persecución de los Jinetes Negros solo había logrado aumentar su paranoia. Además, ahora contaban con que el señor Frodo estaba herido y debían llevarlo con urgencia hasta Rivendel, donde Trancos había asegurado que podrían curarlo. A su lado, el montaraz examinó concentrado la lejanía. Parecía sopesar si debían acercarse o no.

—Quedaos aquí, en silencio. Yo iré a inspeccionar— dijo, un poco reticente. Antes de avanzar les lanzó una mirada severa a los tres hobbits que se mantenían despiertos, puesto que Frodo descansaba abatido en la montura del caballo. —No hagáis ninguna tontería— amenazó, por su seguridad.

Aragorn no estaba muy seguro de qué era lo que se podía encontrar, pero había muchas probabilidades de que no fuera un amigo. Desde su partida de Bree todos los encuentros que habían tenido había sido con Jinetes Negros. Incluso en el último Frodo había sido herido por una hoja de morgul. Por ello había tomado la arriesgada decisión de ir a revisar él solo el lugar. No podía permitir que fueran los hobbits quienes peligraran de esa manera. Además, aquellos cuatro en concreto parecían tener un don especial para atraer el peligro. De forma cuidadosa, se internó entre la vegetación.

—No podemos dejarle solo— murmuró la vocecita de Pippin. Merry y Sam se volvieron hacia él, extrañados.

—¿Qué dices primo? ¿Acaso no has oído lo que nos ha dicho? «Quedaos aquí» Es por nuestra seguridad— dijo su primo Merry. Sam asintió, a favor.

—El señor Trancos sabe lo que hace, será mejor que no le entorpezcamos— aseguró el rubio. Sin embargo, el joven Tuck no parecía muy complacido.

—Pero ¿y si necesita de nuestra ayuda? —arremetió de nuevo, intentando convencerlos.

—¿En qué situación un experto montaraz iba a necesitar la ayuda de unos simples hobbits?

Los argumentos de Sam y Merry parecían tener sentido, puesto que eran lógicos, pero a Peregrin Tuck poco le importó eso. Sintiendo como la valentía lo envolvía, hinchó el pecho y, tras mirar indignado a su primo y a Sam, siguió el camino que segundos antes había tomado Trancos.

—¡Pipp! —exclamó horrorizado su primo.

—Ese Tuck nos va a causar más problemas que otra cosa— gruñó el rubio. —Será mejor que lo interceptemos antes de que cometa una locura— sugirió. Merry asintió y tras agarrar de nuevo al caballo, apodado Bill por Sam, siguieron al hobbit.

Aragorn había logrado llegar ya a la linde de árboles que dejaban paso al pequeño claro. Frunció el ceño al ver que solo había una hoguera y un pequeño morral, pero ni rastro de vida. ¿Tal vez quién estuviera allí había huido? Eso no tenía sentido. Por lo menos se hubiera llevado su equipaje. ¿A lo mejor era allí donde acampaba Gandalf y por fin lo habían encontrado? Tal vez, pero le extrañaba ver que no había rastro del mago. Estaba ciertamente un poco desconcertado, pero no dudó en desenvainar su espada y esconder su rostro tras la capucha de su capa. Paso a paso se fue internando en el claro hasta estar casi en el centro. Miró con atención a su alrededor y solo encontró silencio y el calor del fuego. Allí no había nadie. O tal vez sí.

Tomándolo completamente por sorpresa, una sombra saltó desde lo más alto de un árbol y cayó sobre él.

Juntos, y a causa del derrumbe, cayeron al suelo y Aragorn solo pudo avistar una figura pequeña y encapuchada que se movía con agilidad y rapidez. Hizo el amago de sacar su espada del cinto, pero la figura fue más rápida e interceptó su movimiento, golpeando su brazo y sacando un pequeño cuchillo que en pocos segundos quedó rozando su garganta. La adrenalina corría por sus venas a una velocidad de vértigo pero sus músculos se vieron obligados a permanecer en la más absoluta quietud. El encapuchado estaba sobre él, con las piernas inmovilizando las suyas, un cuchillo posado sobre su garganta y otro pinchando en su costado. Aragorn no estaba seguro de en qué momento esa última arma había llegado ahí, pero sentía su lacerante presencia. A pocos palmos de su rostro, el de su atacante estaba escondido y cubierto por su propia capa. Le era imposible reconocerle.

—¿Quién eres y qué quieres? —el gruñido forzado que vino del interior de la capa le puso en alerta. Era una voz tosca, demasiado grave para ser natural, era casi como si estuviera siendo forzada para sonar así. Además, a causa de su pregunta, el montaraz se dio cuenta de que él todavía tenía la capucha cubriendo su rostro, a pesar de estar contra el suelo, y que de esa forma el otro no podía verle.

—No tengo intención de haceros daño, solo tenía intención de investigar— con cuidado y sin buscar alertar a su atacante, Aragorn se llevó las manos a la cabeza y se deshizo del manto que cubría su rostro, revelándose. Luego dejó las manos en alto, en signo de paz.

Sin saber exactamente por qué, sintió como los filos se separaron ligeramente y su piel volvía a respirar tranquila. Toda la fuerza que el cuerpo del desconocido hacía sobre él desapareció, quedando ligeramente sentado sobre él. Esa actitud tan despreocupada no supo si tranquilizarle o hacerle desconfiar. ¿Acaso le había reconocido? ¿Sabía quién era? Todas sus interrogantes quedaron sepultadas cuando la figura habló de nuevo.

—¿Aragorn? —la voz masculina había desaparecido y en su lugar quedó otra más dulce, femenina y tremendamente familiar.

—¿Blyana?

La mujer estaba a punto de quitarse el manto que la cubría cuando el rasgar de los arbustos y un grito de guerra llamó la atención de ambos.

En ese instante, y en pocos segundos, una pequeña persona salió corriendo hacia ellos, tomando completamente desprevenida a la mujer, y se lanzó a por ella, elevando una sartén como arma y golpeándola con ella en la cabeza, derribándola.

—¡AAAH! —tras él, otros dos hobbits salieron a la carga uno con un cazo y el otro con una cuchara de palo. Juntos habían conseguido quitar de encima al atacante de Aragorn y lo estaban golpeando sin cansancio, acorralándolo en el suelo.

—¡Ríndete!

—¡No podrás con nosotros!

—¡Pippin! ¡Merry! ¡Sam! ¡No! —el montaraz, saliendo del shock, se levantó de un salto y alejó a los tres hobbits de la mujer. —¡Es amiga!

Ante su grito, los tres se detuvieron y bajaron sus armas, mirando a su acompañante sin comprender. En el suelo, un quejido lastimero escapó de los labios del atacado.

—Siempre tuve la impresión de que los Hobbits eran criaturas pacíficas y amables— con un gruñido, la figura encapuchada se incorporó y se bajó la capucha, revelando el rostro de una mujer joven. Los tres hobbits abrieron la boca impactados.

—Pero... te estaba amenazando— la vocecilla de Pippin iba haciéndose cada vez más pequeñita a medida que miraba los intensos ojos ambarinos de la mujer.

—¡Y te apuntaba con dos cuchillos! —Merry saltó, intentando comprender qué parte de apuntar con un arma formaba parte del rencuentro entre dos amigos.

—Os escuché llegar, pensé que seríais bandidos y esperé. Cuando vi que era Aragorn me detuve— con ayuda del montaraz, la mujer se levantó por completo y quedó de pie. Se llevó una mano a la cabeza. —Si hubiera sabido que ibais a atacarme así hubiera ido con más calma— rio, divertida al ver la escena de los tres pequeños con utensilios de cocina.

—¿Aragorn? ¿Quién es Aragorn? —Pippin miró sobre sus hombros como si buscara a una persona faltante.

—Yo soy Aragorn— aclaró el montaraz, divertido por la reacción de los hobbits.

—Pensé que te llamabas Trancos— la incertidumbre de Merry era clara en los otros dos.

—Trancos es el nombre por el que se me conoce en el Norte.

—Gandalf mencionó algo así en la carta de Frodo— confirmó Sam.

—Amigos, ella es Blyana, una vieja amiga— les presentó, ella les sonrió de medio lado e hizo una sutil inclinación con la cabeza. —Ellos son Merry, Pippin y Sam, unos hobbits a quienes ayudo en su viaje— dijo críptico. —Con nosotros también viaja otro hobbit, pero está herido y vamos con prisa a Rivendel para curarlo.

Las cejas de la mujer se levantaron.

—Mi camino también termina en Rivendel, Elrond me ha convocado con urgencia y hacia allí me encamino— confesó ella.

—Por casualidad no conocerás algún remedio contra el veneno de morgul, ¿cierto? —envalentonado, y con ansias de salvar a su señor, Sam dio un paso al frente y aferró el cazo al pecho con fuerza, rogando a la mujer. Ella lo miró.

—¿Veneno de morgul? ¿Eso es lo que aqueja a vuestro compañero? —la sorpresa era obvia en su voz. Aragorn decidió intervenir.

—Fuimos atacados por los Nueve varios días atrás en la Cima de los Vientos. Frodo fue herido por una hoja de morgul.

No quiso preguntar cómo era que se habían enfrentado a los Nueve, ni por qué estos los seguían, pero Blyana sentía los cuatro pares de ojos sobre ella. No conocía a los hobbits, pero sí a Aragorn, y si él le pedía ayuda, no dudaría en brindársela.

—Puedo intentarlo, ¿dónde está? —tras su aceptación, los tres hobbits sonrieron y corrieron de nuevo tras los arbustos para regresar más tarde con un poni en cuya montura cargaba con un cuerpo dormido. En dos pasos llegó a ellos. —Ayudadme a bajarlo.

Junto con Aragorn, Blyana bajó el maltrecho cuerpo de Frodo Bolsón. Se trataba de un hobbit de pelo oscuro y rizado, joven, pero de aspecto enfermizo. Su piel se había tornado de un pálido amarillento, su temperatura se hallaba por debajo de lo normal y apenas tenía energía para abrir los ojos. Apartando la ropa que cubría la herida, Blyana se encontró con la imagen de un corte, la carne desgarrada por una hoja de espada, la piel ennegrecida por los alrededores y la sangre coagulada. Tenía un aspecto horrible, y su reacción debió ser evidente en su rostro puesto que los hobbits la miraron asustados.

—¿Cuánto hace que lo hirieron? —preguntó para desviar la atención, mirando con estudio la herida.

—Una semana exacta— respondió el hobbit rubio de mejillas sonrosadas. Blyana creía recordar que Aragorn lo había presentado como Sam.

La mujer reprimió el impulso de dibujar una mueca en su rostro. Sentía las miradas de los tres hobbits sobre ella, atentos y esperanzados, y no se veía capaz de romper sus ilusiones.

—No puedo curarla, necesita de magia élfica y solo Elrond puede ayudaros. Aragorn estaba en lo cierto, necesitáis llegar a Rivendel cuanto antes. Lo único que se me ocurre para ralentizar el efecto del veneno es utilizar Athelas, pero eso no impedirá que el veneno se expanda con el paso del tiempo— fue su única aportación, sabedora del impacto que podría tener cualquiera de sus palabras. Una pequeña chispa de esperanza pareció encenderse en los ojos de los hobbits.

—¡Conozco esa planta! Hoja de reyes— Sam sonaba optimista, e incluso aliviado por saber que todavía había esperanzas para su señor. —Sin embargo el señor Trancos propuso lo mismo, pero no fuimos capaces de encontrar nada hasta ahora.

—En mi camino creí entrever algunas, apenas a unos pasos más allá. Puedes comprobarlo, tal vez esté en lo cierto— añadió ella. Sam asintió con seriedad y convicción.

—Iré a buscar, suele crecer entre la maleza por lo que no creo que sea difícil encontrarla.

Agarrando a Pippin y a Merry, alegando que necesitaría de su ayuda, el intrépido Sam se internó en el bosque en busca de aquello que podría ayudar a su amigo. De esta forma, Aragorn y Blyana se quedaron solos en el claro, acompañados por un moribundo Frodo.

—Su estado es lamentable— habló al fin con franqueza, incluso temor.

—Lo sé, pero no me siento capaz de sincerarme con ellos. Muestran tanta esperanza que hay momentos en los que incluso yo me contagio de ella— confesó el montaraz, aliviado de poder hablar sin tapujos o miedo. —Además, este hobbit carga una pesada misión y debe llegar a Rinvendel con vida. Gandalf me pidió que lo acompañara en su camino y temo haberle fallado.

Blyana no supo si dejar escapar una amarga carcajada.

—No debería extrañarme que Gandalf anduviera detrás de esto— dijo ella elevando una ceja escéptica. Aragorn la miró y solo pudo sonreír.

—Cuándo no lo está— le siguió la corriente con gracia.

—Me alegra volver a verte, Aragorn— confesó ella, con sinceridad. El hombre la miró con intensidad y, como era característico en él, dibujó una ladeada sonrisa en sus labios.

—Yo también me alegro— respondió con afecto.

Sobresaltados por el escándalo, los dos amigos reencontrados guiaron su atención tras unos arbustos a sus espaldas, donde tres hobbits reaparecieron con los brazos cargados de plantas e incluso frutos para alimentarse. Sam Gamyi era el único que verdaderamente portaba la planta necesitada.

—¡Mire Trancos! ¡Hemos encontrado comida! —alegre, Peregrin Tuck mostró orgulloso el conjunto de bayas, moras y frutos salvajes que había recolectado en su supuesta búsqueda de la Hoja de Reyes. —Con esto tendremos suficiente para varios segundos desayunos— rio feliz consigo mismo.

Aragorn se picó el puente de la nariz con los pulgares, mostrándose exhausto. Sin comprender, Blyana no pudo evitar preguntar.

—¿Segundo desayuno? —jamás había escuchado tal termino. El montaraz, con aplomo en la mirada, la respondió.

—No quieras saber— recomendó. Sabiamente, Blyana dejó el tema.

De esa forma, ya provistos de alimento y hierbas, los hobbits prepararon una recena a pedido de Pippin y Merry mientras que Aragorn y Blyana trataban la herida de Frodo con maestría. Como el hombre era un Dunedain tenía experiencia y maña a la hora de usar la planta, y en sus manos resultaba más efectiva que en las de cualquier otro ser de la Tierra Media. La noche fue pasando y finalmente los hobbits se dispusieron a dormir, quedando el campamento en completo silencio al caer rendidos. Tanto el montaraz como la mercenaria se quedaron en vela, mirando el fuego crepitar.

Resultando una imagen familiar, él fumaba en su pipa mientras ella saboreaba una nueva hoja de menta.

—¿Puedo saber cuál es la razón de vuestra marcha a Rivendel? —la suave y apagada voz de la mujer apenas se escuchó sobre el crujir de los tocones de madera de la hoguera, sonando confidente. El hombre expulsó con lentitud el humo de su boca.

No sabía si era correcto compartir esa información con gente ajena al grupo, puesto que era terriblemente sensible, pero no pudo descartar que Blyana era una persona de confianza para Gandalf, y que parecía ser que Elrond la había convocado justo cuando se preveía su llegada con el anillo a Rivendel. Podía ser simple casualidad, pero Aragorn había vivido ya los suficientes años para saber que la casualidad nunca tenía nada que ver. Por ello, y por la confianza y amistad que la profesaba, decidió responder con sinceridad a su interrogante.

—Frodo porta el Anillo Único y lo lleva a Rivendel, donde Gandalf le espera— confesó, mirándola con fijeza a la espera de su reacción.

Blyana en un principio no creyó que Aragorn fuera a contestarle, y no lo hubiera juzgado por no compartir la información, pero cuando respondió casi prefirió que no lo hubiera hecho.

La mujer no pudo evitar desviar la vista al moribundo hobbit que dormitaba y se revolvía presa de las pesadillas. No había percibido nada extraño en él cuando le curó, y en esos instantes tampoco lo hacía, pero confiaba ciegamente en la palabra del montaraz y si él decía que el arma del enemigo pendía del cuello de ese hobbit ella le creía. Aun así el simple pensar en el anillo le hizo temblar. El Anillo Único, arma de Sauron, causante de tantas desgracias en la Tierra Media. Pensar en Sauron causaba en ella inmediatas ganas de vomitar. Traía a su mente recuerdos que hacían bien en estar enterrados, y que no debía dejar escapar, pero muchas veces esa contención fallaba, y en ese instante esa barrera que lo impedía se tambaleaba con fuerza.

—¿Cómo? Ni siquiera sabía que había sido hallado. Lo último que se supo fue que había sido arrastrado hasta el mar. Se creía perdido— era evidente la alteración que sentía. Aragorn dio otra calada a su pipa.

—Gandalf no me lo ha explicado al detalle, y los hobbits todavía no confían del todo en mí me temo, pero estoy seguro de que una vez a salvo nos darán una explicación.

Una rama crujió y el ronroneo de Merry descentró a los únicos dos despiertos.

Una explicación, había dicho Aragorn. Blyana sintió un humor ácido al pensar que normalmente las explicaciones eran escasas y siempre llegaban tarde.

La brisa meció las ramas sobre sus cabezas, el ulular de un búho lejano era sintonía para el sensible oído de la mestiza. La noche cada vez era más cerrada y las horas para la llegada del amanecer comenzaban a menguar. Blyana miró a su amigo y lo estudió con detalle. Apenas había cambiado desde la última vez que se vieron, pasado ya año y medio. Aún conservaba ese rictus de seriedad, pero ahora era acompañado por un rastro de cansancio bajo sus ojos, portaba unas ropas igual de desgastadas, cubiertas de barro y restos de maleza, y el cabello largo lo llevaba sin recoger cayendo así sobre su rostro. Su amigo parecía desgastado, fruto seguramente de un largo viaje sin verdadero descanso, por ello no dudó en ofrecerse como hizo.

—Deberías dormir, yo haré guardia esta noche— propuso, todavía con una mirada crítica y preocupada sobre él.

Saliendo del estupor en el que parecía se había sumido, el montaraz la miró sorprendido por su salida.

—No hace falta, aguantaré— aseguró, pero ella no le hizo el menor caso.

—Las ojeras bajo tus ojos dicen lo contrario. Además, estoy segura de que estando a la cabeza de este dispar grupo no has debido de dormir en condiciones ni una sola noche— expuso, resaltando lo que ambos sabían. —Hazme caso, te vendrá bien y mañana me lo agradecerás.

—No pienso dejarte haciendo la guardia sola— la contradijo él.

—No soy una mujer inerme, Aragorn. Sé defenderme— acusó ella. —No será la primera ni la última vez que me enfrente sola a la oscuridad.

—Estoy seguro de que todas aquellas veces no estabas al acecho de las huestes de Sauron— intentó, de nuevo, que ella desistiese de su idea. Pero poco recordaba el montaraz de la cabezonería de la mujer.

—Te sorprendería— fue su única y críptica respuesta. —Duerme, Aragorn, o me veré obligada a dejarte inconsciente— amenazó.

El hombre la miró fijamente, evaluándola. Sabía que no bromeaba, a pesar de esa sonrisa ladina y ese aspecto inocente. Blyana era una mujer de carácter y armas tomar, de moral estoica y decisión inamovible. Era capaz de cumplir su amenaza y él sabía que simplemente estaba velando por él, por su salud e integridad. Por ello finalmente desistió, rindiéndose sabiamente ante una batalla perdida. De modo que acabó por sonreír y asentir. Ella aumentó su sonrisa, convirtiéndose ahora en una mueca victoriosa.

Colocó el morral de forma que pudiera usar de almohada y empleó su capa como manta. Vio frente a él como la mujer se acomodaba contra el tronco de un grueso árbol y le guiñaba el ojo con complicidad.

—Despiértame mañana al alba— pidió, sabedor de su estado de cansancio y que él solo sería incapaz de levantarse cuando debiera. Ella solo esbozó una sonrisa.

—Duerme.

Dándose por vencido, Aragorn cerró los ojos y sintiéndose seguro de descansar tras mucho tiempo, se dejó llevar con deleite por la oscuridad de los sueños.

§

La mañana siguiente fue, cuanto menos, caótica.

Blyana nunca había estado en la Comarca, a pesar de su vasto conocimiento y exploración de la Tierra Media, pero sí había conocido una vez a un hobbit, antaño. Se trataba de una pequeña criatura maniática pero de interior bondadoso, generalmente tranquilo y amante de la paz, fumador permanente y poeta ocasional. Una vez le contó una de sus historias, y pocas veces Blyana se había entretenido tanto. Por ello, y pecando de ingenua, la mujer creyó que todos los hobbits eran de ese estilo. Craso error.

Meriadoc Brandigamo y Peregrin Tuck, conocía sus nombres completos puesto que se presentaron formalmente esa misma mañana, eran el antónimo de lo que ella se imaginó. Eran ruidosos, con constante tendencia a comentar todo lo que pasaba por sus cabezas y las riñas entre ellos eran permanentes; sin embargo, con el paso de los días Blyana se vio aceptando e incluso disfrutando de la hiperactividad de esos dos. Por otro lado, Sam Gamyi era el alma más pura que ella alguna vez hubiera llegado a conocer. No era tan charlatán como los otros dos, sin embargo sí que era un buen conversador. Le gustaba hablar de plantas y jardinería, su especialidad, y de las bellezas de la Comarca. Apenas se separaba de Frodo, su «Señor» como le contó cuando ella le preguntó por esa curiosa manera de referirse a él. La mujer se encontró disfrutando de la amena y simpática compañía del hobbit rubio, mucho menos cargante que la de los otros dos. En cambio, Frodo fue para ella un misterio. Debido a su herida poco a poco iba sumiéndose más en la oscuridad, ajeno a todo aquello que sucedía a su alrededor. Con pesar la castaña observaba como se consumía, sin poder hacer nada. Aun así tenían la esperanza de que en poco más de una semana llegarían a Rivendel y el joven Frodo se recuperaría.

Siendo conscientes de que eran perseguidos siguieron una ruta entre el espeso bosque, con Aragorn encabezando la marcha y Blyana cerrándola. Los días de caminata se fueron alargando, de modo que por las noches los hobbits caían antes en el sueño, otorgando algo de tranquilidad al hombre y a la mujer. A pesar de que en un principio planearon que se turnarían en las guardias, al final acababan despiertos los dos, con todos y cada uno de sus sentidos alerta. Cada día que pasaba sentían la presencia de los Nueve más cercana, y ninguno se veía con las fuerzas suficientes para combatirlos.

Ya era su sexto día de marcha juntos, el sol brillaba pero el calor no era capaz de traspasar las espesas copas de los árboles, y bajo estos había una ligera bruma ocasionada por el cercano río que seguían. El pequeño grupo se había detenido a medio día puesto que los hobbits habían asegurado, de forma bastante teatral, que aunque ellos dos tuvieran unas inhumanas costumbres no pensaban saltarse la sagrada hora para almorzar. Blyana y Aragorn cedieron y aprovecharon la pausa para que el montaraz realizara una cura a Frodo mientas que ella se adelantó en el camino para discernir cual era el mejor a seguir. Cuando Sam ya había terminado de cocinar todos se hallaban de nuevo en el campamento, dispuestos a comer y reponer fuerzas.

El guiso de conejo humeaba en sus humildes cuencos de madera.

—¿Todas las mujeres en la Tierra Media saben luchar? —la espontánea y sin contexto pregunta de Merry sacó a todos de sus cavilaciones. Con los ojos abiertos y la curiosidad brillando en ellos, el más joven de los hobbits intercalaba su mirada entre la mujer a su izquierda y las armas que descansaban contra un viejo tronco. La cucharada de guiso que la mujer se estaba llevando a la boca quedó en el aire, y totalmente desarmada centró su atención en el hobbit, sin comprender.

—¿Perdón? —devolvió la cuchara al cuenco.

—En la Comarca las mujeres hobbits no lo hacen, aunque cierto es también que los hombres tampoco,— comenzó a divagar, algo común en él. —Por eso me resultó extraño cuando aparecisteis portando armas. No conozco las costumbres de la Gente Grande, por ello me ha entrado curiosidad

Aragorn y Blyana se dedicaron una mirada cómplice y de desconcierto.

—No, en verdad— la castaña sonrió al hobbit. —No es muy común tampoco ver a una mujer luchar. Menos en tierras de Rohan, donde las mujeres tenían costumbre de ser guerreras. Aunque la tradición se perdió tiempo atrás y ya ni siquiera ellas portan armas— aclaró.

—¿Y cómo es entonces que vos lo hacéis, si me permitís preguntar?

La mujer sintió cierta incomodidad ante la pregunta, dudando así si contestar o no. El tema de su profesión era algo que no le gustaba hablar, puesto que estaba relacionado directamente con su padre. Él había sido quién le enseñó a luchar, a saber defenderse, y gracias a ello había podido salir tras su muerte y dar caza a todos los orcos con los que se encontraba. Aquel era el motivo por el que salió de los bosques de Lorien y se aventuró al mundo, pero una vez fuera descubrió que para continuar con su cacería y su plan de salvar a la gente de las infames manadas orcas debía subsistir. Ahí fue cuando comenzó a trabajar como mercenaria. No se sentía especialmente orgullosa de su profesión, pero para conseguir un bien mayor se debían hacer sacrificios.

—Mi padre me enseñó— y con esa críptica respuesta el hobbit dio por satisfecha su curiosidad, para alivio de la mujer.

Tras eso, el joven continuó haciendo preguntas sobre las costumbres o leyendas que había escuchado sobre la Gente grande, pero ninguna de ellas se sintió como una intromisión en su intimidad, como la primera resultó, de modo que Aragorn y Blyana no dudaron en saciar gustosos la inevitable curiosidad del mediano. Llegó incluso un momento en el que, tanto el montaraz como la mercenaria, llegaron a plantear cuestiones sobre la vida de la Comarca y su olvidada existencia para el resto de razas.

Dos días más pasaron, en una cansada marcha que poco a poco los iba acercando a su destino. Parecía que las curas de Athelas estaban ayudando a Frodo, puesto que hubo breves lapsos en los que recuperaba la consciencia y se despejaban las sombras en su mente.

El camino cada vez se volvía más complejo puesto que, en su búsqueda por pasar desapercibidos y borrar su rastro, la vegetación resultaba cada vez más espesa y los caminos se reducían hasta convertirse en angostos senderos por donde era casi imposible pasar. Aun así, decidieron continuar por allí en vez de exponerse a un encuentro con los Jinetes Negros.

Llevaban un total de ocho días de camino y, por primera vez desde que se encontraron con Blyana, escucharon cascos de caballo.

—¡Nos han encontrado! —el pánico estalló entre los hobbits, quienes gritaron de terror. Por otra parte, los otros dos pensaban en una forma de salir de allí con vida y sin tener que enfrentarse a ellos.

—¡Shh! —con autoridad, Aragorn y su habilidad innata para transmitir calma lograron que los tres hobbits cerraran la boca.

—¿Qué hacemos señor Trancos? —sin perder la educación y las maneras, Sam Gamyi esperaba las ordenes de aquel que él confiaba los sacaría de esa situación.

Aragorn inspeccionó los alrededores. Todo era vegetación; pero, donde antes veía un incordio y un retraso, ahora veía la oportunidad perfecta para pasar desapercibidos.

—¡Escondeos tras los arbustos! Agachaos todo lo que podáis y no hagáis el menor ruido— ordenó, consiguiendo la obediencia inmediata por parte de los hobbits. Sam, Pippin y Merry se internaron entre la maleza con Bill el poni con ellos, y Frodo sobre la montura. Blyana, en cambio, desenvainó sus dagas.

—Ve con ellos, yo me subiré a lo alto de los árboles y acecharé desde allí— atajó la mujer, consciente de que un enfrentamiento directo era un suicidio y que no podían dejar a los hobbits solos. —Si os ven intercederé y tendréis que correr. Los entretendré todo lo que me sea posible.

—No— cualquier replica por parte del montaraz quedó silenciada por la mordaz mirada de la mestiza, que no admitía un no por respuesta.

—Lleva a Frodo a Rivendel, Aragorn. Esa es tu misión, no la mía.

Y, sin dejarle oponerse, saltó hasta alcanzar la rama más baja del árbol y con un dinámico balanceo se ocultó en segundos entre las copas de los árboles. Aragorn quiso gruñir de impotencia, pero no le quedó más opción que ir donde los hobbits y rezar a los Valar para que no les descubrieran.

El camino donde antes estaban quedó entonces vacío, pero no duró mucho así.

Agazapada desde lo alto, Blyana observó como un caballo blanco caminaba a paso lento por el sendero, con un desconocido jinete sobre su grupa. Este portaba una capa gris que lo ocultaba de su vista, pero la mujer estaba segura de que no era uno de los Nueve. Sin embargo, no desveló su posición.

El jinete miraba a su alrededor, como si buscara algo, o a alguien. No fue hasta que quedó justo en el lugar exacto donde ellos se habían detenido que tiró de las riendas del caballo y le hizo frenar. Contuvo la respiración y sus dedos apretaron de forma involuntaria con más fuerza sus dagas. El encapuchado descendió con destreza del equino y tocó sobre la superficie de la tierra, como si se hallara analizándola.

Los estaban rastreando.

A pesar de su cuidado, y de los intentos de Aragorn por borrar y ocultar su rastro, alguien había conseguido dar con su paradero. Si salían de esa con vida, Blyana se prometió ser mucho más precavida.

Su perseguidor había dejado de lado la tierra y había centrado su atención en la vegetación que los rodeaba. Parecía reacio a abandonar el lugar y continuar con su búsqueda, lo que le decía a la mujer que sabía que estaban por ahí, lo que solo se traducía como problemas. Se dispuso a saltar, a lanzarse sobre su enemigo y conseguir tiempo para que Aragorn sacara a los hobbits de allí, pero su plan se vio truncado.

Una daga que no vio venir apareció de repente en su campo visual, a demasiada poca distancia de ella como para poder reaccionar. Reaccionando a base de reflejos, Blyana saltó y esquivó el arma, cayendo de forma torpe pero segura en el suelo. Otra daga voló y el filo del arma clavó su capa a la madera del tronco y mientras intentaba procesar lo ocurrido otra voló desde el mismo punto de origen hasta clavar otra parte de su ropa al árbol.

Las armas de la mujer cayeron, repiqueteando contra el suelo al haber caído desde tanta altura. Blyana se vio descubierta y desprotegida, y por primera vez en mucho tiempo sintió el temor de no poseer el control de la situación.

La figura encapuchada se había girado ahora para encararla, y la mestiza se lamentó por no tener el rostro cubierto por su propia capa. Se sentía vulnerable. Aun así no dejó que sus emociones fueran reveladas por su rostro y se mantuvo estoica, con el mentón elevado y la furia refulgiendo como fuego en su mirada. Las llamas parecían cobrar vida en el ámbar de sus ojos.

—No es de buena educación atacar de esa forma a una pobre mujer indefensa— llenas de ironía, las palabras de la castaña sacaron una carcajada a su atacante. Blyana frunció el ceño.

—Las pobres mujeres indefensas no portan dagas élficas ni tienen una recompensa sobre su cabeza— en un tono dulce para ser varonil, el intruso consiguió que todos los músculos de la mujer se pusieran en tensión.

Era imposible que él supiera. ¿Acaso la habían descubierto?

A paso lento el encapuchado se fue acercando a ella.

Gruñó y se sacudió, intentado que las armas la liberaran, pero para su desgracia estaban profundamente clavadas en el árbol. Escuchó como unas ramas se movían a su derecha y entró en pánico, rezando a Eru porque el desconocido no hubiera escuchado el ruido y siguiera el rastro hasta sus amigos.

—Entonces sabrás que para ti supongo una amenaza— en un desesperado intento por centrar toda su atención en ella, retomó la conversación. En su mente maldecía a Aragorn como no estuviera ya a una distancia lo suficientemente lejana.

—Habría que ser un necio para no ser precavido— concordó él, ya a una escasa distancia de ella. Con una desproporcionada mezcla de arrogancia y temeridad ella levantó la cabeza, puesto que el intruso era extremadamente más alto que ella. Por ello, y gracias a la escasa distancia, ella pudo entrever una ampliada sonrisa llena de diversión. Hubiera estallado de indignación si no fuera que ocurrió algo inesperado.

El hombre sacó de un tirón las dagas que la retenían.

En menos de un segundo Blyana quedó libre y totalmente desconcertada, pero no menos alerta. Sin embargo, todo cuidado o alerta se evaporó cuando el desconocido se deshizo de la prenda que cubría su rostro y tanto la sonrisa como el resto de la identidad del hombre quedó descubierta. Toda tensión que antes agarrotara sus músculos desapareció y el aire que contenía en sus pulmones fue liberado con alivio.

—¿No podrías haber parecido menos sospechoso, Glorfindel? —la irritación de la joven mestiza pareció divertir más al longevo elfo que la miraba con afecto.

—¿Dónde habría quedado la gracia? —rio con soltura y desvergüenza. —Además, no supe que eras tú la que acechaba hasta que caíste del árbol. Podría haberte matado, Amarië.

Todo enfado que pudiera sentir la mujer se diluyó ante la mención de su nombre. El nombre que le había dado su padre. Su nombre élfico. Suspiró, sintiéndose repentinamente cansada y pesada.

—Bueno, está bien saber que has sido tú quien nos ha encontrado y no los Jinetes Negros— admitió optimista.

—Llevo varios días siguiéndoos el rastro, pero he de reconocer que me ha sido tremendamente difícil. Habéis ocultaba bien vuestro rastro— reconoció el elfo. —Pero también me hallo sorprendido. Elrond nos envió a mí y a aquellos capaz de hacer frente a los Jinetes a buscar al hobbit y a sus compañeros, entre ellos Estel, pero no mencionó en ningún momento que tú estuvieras entre ellos.

—Me encontré con Aragorn y los hobbits varios días atrás, y desde entonces compartimos camino.

Glorfindel asintió ante su explicación, pareciendo satisfecho.

—Sabiendo la carga que porta el joven mediano me tranquiliza saber que también es custodiada por dos grandes guerreros.

Desde que Elrond le había hablado sobre la sensible situación que se había dado, el descubrimiento de Gandalf al saber que el Anillo Único se hallaba en manos de un sencillo hobbit de la Comarca y su viaje hasta Rivendel para ponerlo bajo protección puesto que Sauron también lo había descubierto, Glorfindel había sentido cierta preocupación por el destino del pequeño ser que custodiaba tan pesada carga. Por ello, no había dudado cuando Elrond le había enviado en busca del Señor Bolsón.

—Me temo que mi presencia y la de Aragorn terminen no siendo de ayuda como no lleguemos pronto a Rivendel— expuso la mujer mientras recogía sus armas y las enfundaba de nuevo en sus vainas. —Frodo fue herido semanas atrás en la Cima de los Vientos por una hoja de morgul, y cada día se hunde más en las sombras. Necesita que Elrond lo vea, con urgencia.

La desesperación era evidente en ella. Hacía días que iba viendo como Frodo se sumía más y más en la inconsciencia, abstrayéndose de la realidad. Cualquier ánimo que los mantuviera con esperanzas se desvanecía a cada paso que daban, mientras veían como la vida de Frodo se escurría de sus manos, impotentes. Pero, sin embargo, cualquier dolor o pena que pudieran sentir no era nada comparado con el abatimiento de Sam. El rubio se mantenía pegado a su Señor, hablándole, instándole a seguir con ellos. Blyana estaba segura de que Sam Gamyi actuaba como un faro para Frodo, siendo su voz la única que le impedía desaparecer ya para siempre.

—Eso es terrible— dijo el rubio, sin un ápice de aflicción en su rostro. Si no fuera porque Glorfindel era un elfo, y estos no acostumbraban a exteriorizar sus emociones, Blyana hubiera pensado que estaba siendo irónico.

—Creemos que si continuamos nuestro camino llegaremos a Rivendel dentro de cinco días, y Elrond todavía pueda ayudar a Frodo. Pero vamos demasiado lentos, el paso de los hobbits es reducido y solo poseen un caballo, que no tendrá nada que hacer si los Nueve lo encuentran. Nuestras opciones son limitadas, y temo por nuestro fracaso— expresó la mujer sus miedos, sabedora de que su antiguo amigo la comprendería y haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarla.

El elfo rubio se la quedó viendo con atención, analizando toda la nueva información que había adquirido.

—Bueno, yo puedo llevar al Señor Bolsón en mi montura hasta Rivendel lo que queda de camino, si es menester. Mi fiel Asfaloth es de rápido cabalgar. Extraño sería que alguno de los Jinetes Negros nos alcanzase— propuso.

—Eso sería de agradecer, mi querido amigo, pero no podría permitirte enfrentarte a los Nueve tú solo— negó ella, creyéndolo un suicidio. Él sonrió con benevolencia.

—Amarië, si me encuentro aquí es porque tengo la fuerza para hacer justo eso— le recordó. Aun así ella negó.

—Sería un suicidio, Glorfindel— rogó, con la petición implícita en sus palabras.

—Ella tiene razón, mellon. Dejarte partir sería demasiado arriesgado— una nueva voz intervino, sumándose a la conversación. De la maleza salvaje salieron las figuras de Aragorn seguido de Sam, llevando a Bill y a Frodo, Pippin y Merry. —Me alegra volver a verte.

Ambos, tanto el hombre como el elfo, se llevaron la mano al pecho e hicieron una leve inclinación en señal de saludo.

—También es un placer volver a saber de ti, Estel. Largo tiempo ha pasado desde tu última visita a la casa de Elrond.

El montaraz esbozó una sonrisa.

—Ya era hora de que volviera a casa— reconoció.

—¿Este es el elfo que puede salvar a Frodo? —la vocecilla de Merry volcó la atención de los tres amigos en los hobbits, que hasta ese momento se habían mantenido al margen de la conversación.

El elfo, el montaraz y la mestiza se miraron entre ellos, en una muda conversación.

—No, Merry. Este es Glorfindel, pero sí que ha sido enviado por Lord Elrond para interceptaros y llevaros ante él— respondió la mujer.

Los tres hobbits observaron asombrados al alto e imponente elfo que se hallaba ante ellos. Tenía los cabellos rubios recogidos, la piel tersa y pálida cual mañana de primavera, los ojos azules como el cielo en pleno verano y una sonrisa cándida. Todo en él resultaba misterioso y a la vez cercano, frío pero amistoso. Era una extraña contradicción que los mantenía absortos en él.

—Entonces el señor Frodo se salvará— suspiró aliviado Sam. A su lado, Glorfindel le dedicó una sonrisa.

—Así es, maese Hobbit, pero temo que el tiempo vaya en nuestra contra y que su señor no llegue a tiempo si continúan su camino a pie. Por ello he ofrecido el cabalgar hasta Rivendel con el señor Bolsón.

Los rasgos alegres de Sam se fueron desvaneciendo acorde iba comprendiendo lo que eso significaba.

—Solos; usted y él— expuso, no muy cómodo.

—Así es. Mi querido Asfaloth es un caballo resistente, pero no podría soportar el peso de más de dos personas y una carrera de días sin apenas descanso, me temo. Pero no habéis de preocuparos, os doy mi palabra de que ningún mal afectará a su amigo estando a mi cuidado.

Merry miró a su primo, con la duda pintada en sus ojos. Este, a su vez, solo pudo encogerse de hombros y negar, puesto que él tampoco sabía que pensar. Mientras, Sam miraba a Glorfindel con escepticismo. No desconfiaba de la palabra del señor elfo, sino de las desventuras del destino. No confiaba en el transcurso de los acontecimientos.

—¿Estás seguro de ello, mellon? Será un viaje extremadamente peligroso— Aragorn parecía procesar las mismas inquietudes que Sam. El elfo solo asintió.

—Es lo mejor que se puede hacer— afirmó, determinante.

Aragorn miró a Blyana, y ella lo miró a él.

—Está bien— acabó por aceptar la mujer. —Pero prométenos que no te arriesgarás. No queremos que ninguno de los dos salga herido— añadió. Glorfindel rio.

—Nada has de temer, Amarië.

Con ayuda de los hobbits, que confiaron en el criterio tanto de Aragorn como de Blyana, cargaron a Frodo sobre la grupa de Asfaloth y el longevo saltó para colocarse detrás.

—En jornada y medía a lo sumo llegaremos a nuestro destino. No os detengáis, sin embargo, vosotros en vuestro camino. Puede que los Jinetes dejen de perseguiros, pero uno nunca debe confiarse ante la presencia de seres oscuros— recomendó el elfo, mirando especialmente a sus dos amigos.

—Que la bendición de los Valar esté contigo— se despidió el montaraz.

—Que Eru te acompañe— reiteró la mestiza.

Y, tras la despedida, Glorfindel espoleó al caballo y este relinchó antes de iniciar un apresurado galope, terminando por internarlos en la espesura del bosque. A los pocos segundos dejaron de escuchar los cascos del caballo y un enturbiado silencio pesaba sobre la compañía restante.

Así, Frodo partió en su último tramo a Rivendel, donde acabó por llegar, a salvo, y ser curado por el señor de la casa, Elrond.


TRADUCCIONES

Amarië — Nombre femenino, derivado de Mára, buena.

Estel— Palabra en sindarin que significa esperanza, además del nombre dado a Aragorn tras su llegada a Rivendel al morir su padre.

Mellon — Amigo

NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO

Framburgo: es el único burgo fortificado de los éothéod en su reino de los Altos Valles del Anduin, y se encuentra ubicado sobre los márgenes orientales del Río Langwell, cercano a la confluencia con el río Grislin.

Rivendel: hogar de Elrond, el Medio Elfo, y habitada por Elfos al oeste del Bosque Negro. Se encuentra en la región de Eriador, cerca del Bosque de los Trolls, en el borde de un desfiladero del río Bruinen, oculto en los páramos y las colinas de las Montañas Nubladas