CAPÍTULO 2: ¡ADIÓS, NARUTO UZUMAKI!

3

POR FAVOR NO FUMAR dice el cartel de la sala de espera y bajo él un hombre enciende de nuevo su pipa con un chasquido de los dedos; fastidiado, no nervioso.

— Obviamente me importa un carajo si Sasuke sobrevive o no lo hace; sólo digo que si la palma vamos a tener más dolores de cabeza que en caso contrario, ustedes lo saben, y también saben que no me gustan los dolores de cabeza. Me gustan las cosas simples. Meterlo en una celda y tirar la llave: eso es simple. El acuerdo no se rompe y todos contentos, ¿sí, o no? — Algunos le miran y asienten. Otros sólo miran. Él se responde a sí mismo:— Claro que sí — dice— ni tú ni yo queremos líos con el Abanico, no merece la pena, son un dolor de muelas. Y yo ya tengo suficiente con mis problemas.

Una nube de humo se acumula alrededor de Jiraiya y da la impresión de que éste ardiera aunque sólo lo haga por dentro, en secreto, cuando piensa en lo que ha pasado. ¿Y qué ha pasado? Lo mismo que se vio venir por tanto tiempo y no supo evitar. "Los chicos se han matado entre ellos", así lo resumió Kakashi en su informe, equivocándose por completo. No estaban muertos: sólo destrozados.

— No me malinterpreten, si fuera por mí entraba a rematar la faena — dijo al cabo de un rato— y luego dormiría como un bebé sabiendo que...

— Por favor — le interrumpe Sakura— no sigas.

A la joven se le quiebra la voz y eso es suficiente para que Jiraiya se detenga, aunque sea por cortesía, apretando la boca, y con un pensamiento dentro: "esto también es culpa tuya." Pero no diría algo así. No a una cría. Al menos, no sin unas copas de por medio.

— Está bien —dice— necesito algo de aire, de todos modos.

El ambiente se relaja cuando sale por el pasillo (clac, clac, hacen sus sandalias a lo lejos) y hay un par de suspiros de alivio. El de Kurenai, con el cabello aún húmedo; el de Gai, todavía manchado de sangre. Luego hay un tercero, el de Asuma, pero él suspira más bien de frustración, devorando cigarrillos como muerto de hambre, una cajetilla tras otra y ya van seis. "Si me lo permiten", dice cigarrillo en boca, "voy a ver a mi padre."

Y claro, su padre. Cuatro plantas más abajo de donde ellos están, en un subterráneo que tiene más de fortaleza que de hospital, no, todavía más lejos, tras tres puertas de acero y cadenas de metal, tras dos patrullas de guardias de seguridad, hay una habitación secreta, y en ella un hombre en una camilla, respirando apenas, con tubos saliéndole del cuerpo, y la sombra del odio en su ojo abierto. Allí es donde se dirige Asuma ahora, y quizá sea por esto, y no tanto por el destino de Naruto, por lo que fuma tanto; pero eso es una historia aparte, y puede esperar por ahora.

4

A Jiraiya se lo traga la lluvia que separa el interior de la noche que hay afuera, una tormenta que le aplasta el cabello, que le apaga la pipa, y donde sólo ves —si tu vista no es tan buena como la suya— hasta donde llegan tus manos. Las sandalias se le llenan de barro en lo que se acerca a la sombra que le espera. Recortado en negro ahí hay otro shinobi e incluso desde aquí huele a muerte. A falta de unos pasos Jiraiya se detiene; al mismo tiempo dos pupilas rojas se encienden. Para ambos es suficiente.

— Los tienes muy grandes para venir hasta aquí solo — dice Jiraiya—, ¿o hay algún amigo tuyo escondido en la niebla?

— Dónde está.

Ambos saben a quién se refiere.

— No bajo tierra, si es lo que te preocupa. Aunque claro —añade luego— yo no pierdo mis esperanzas.

Un shuriken pasa silbando junto a su mejilla y abre un tajo en su melena. Una advertencia a la que Jiraiya no reacciona.

— Quizá quieras calmarte, muchacho — dice despacio.

— Lo que quiero es que le mantengas con vida, y eso mismo harás, Sannin, o no seré el único con alguien a quien llorar.

Jiraiya suelta un resoplido que enciende la pipa, con una llama que la lluvia no es capaz de apagar.

— Niño— dice— puedes patalear si quieres, pero, ¿sabes qué? Ambos nos merecemos esto. Yo ya lo asumí hace tiempo: no te vendría mal seguir mi ejemplo.

Deja salir el humo de la pipa y se queda ahí, de pie, pero no hay más respuesta que una mirada enferma. Así que se marcha. Y la mirada le sigue, clavada en su nuca, girando lento, hasta que Jiraiya entra al hospital. Hay un médico fumando en la entrada. Ambos se saludan con la cabeza; el médico de guardia aplasta un cigarrillo con el talón y coge el camino opuesto al suyo.

5

La cuarta planta es la de cuidados intensivos. Cuando subes las escaleras, llegas a un pasillo largo que se extiende a ambos lados: a la izquierda hay una intrincada colección de salas de operaciones, despachos, baños, almacenes. A la derecha, unas puertas dobles que rezan SÓLO PERSONAL, y que sólo puedes abrir si tienes la llave adecuada: por supuesto, él tiene una copia.

El médico cierra la puerta tras de sí y vuelve a meter la llave en la cerradura. Entonces la parte dentro. Y con paso decidido recorre los pasillos uno tras otro hasta llegar al que buscaba. Está en el extremo más alejado del hospital, donde reina un silencio sepulcral. Si aguzas el oído escuchas hasta la vibración de las bombillas de emergencia. Los pasos del médico resuenan a lo largo de ese último pasillo. Al final hay una ventana y una puerta. La ventana está cubierta de vaho. En la puerta pone: HABITACIÓN 315, y hay un guardia sentado en una silla plegable, justo por fuera. Lleva un chaleco de ninja medio y cruza los brazos nada más verle acercarse.

— Eh, compañero, ¿qué quieres? — Le dice con su mejor voz de tipo duro— ¿Buscas el baño, o qué?

Un guardia veterano le habría reconocido enseguida. Este debe de ser nuevo. A veces la vida te da soplos de buena suerte. No hay razón para darle vueltas al asunto: en situaciones como esta, basta con aparentar seguridad, acercarte con decisión, mirarle a los ojos, y cuando te devuelvan la mirada... entonces ya has ganado.

El sharingan del médico se refleja en los ojos del otro hombre, que desenfoca la vista, embrujado.

— Siento haberle molestado — dice con voz ausente. El médico le apoya la mano en el hombro, y sonríe.

— Tranquilo, hijo. Tan sólo estás cansado. Oye, ¿por qué no duermes un poco?

Ahora que lo dice, es verdad. El guardia se siente muy cansado. Tanto que no puede resistirse a bostezar, a cabecear un poco... ¿desde cuándo tiene tanto sueño? Bueno, tampoco pasará nada por echarse una siesta. Después de todo, no hay nadie en la planta. Eso es. No ha visto a nadie en horas. La puerta de la habitación no está abriéndose.

Nadie se ha colado dentro.

6

Naruto abre los ojos ante su reflejo en el lago. Está solo en medio de un gran vacío. No hay nada, ni nadie, a quien pueda ver, sentir, escuchar. Hay muy poco que quiera recordar. Y así pasa algún tiempo. No sabría decirte cuánto.

Hasta que aparece. De la oscuridad, nace una jaula. De la jaula, viene una voz: es la voz de un demonio, de un animal: del Zorro de las Nueve Colas.

— ¿Temes al monstruo que llevas dentro? — dice su voz.

De la jaula nace una boca. De la boca, viene una luz; y es roja y cálida como un corazón entre las manos. La luz parpadea, aparece, y desaparece, al ritmo de su aliento.

Cuando inspira, se lleva toda la luz. Luego la devuelve, agitando el lago, y erizando la piel desnuda del chico que flota sobre él.

— ¿O eres tú lo que te da miedo?

Él se mira las manos y no son suyas. ¿De quién son? No lo sabe. Aquí los nombres y los recuerdos carecen de importancia. ¿Dónde está, exactamente? Este es el hogar del Zorro, sí, pero, ¿qué hay de su cuerpo? Lo último que recuerda es a Sasuke atravesándole con la mano. La electricidad del Chidori quitándole la vista y los sentidos.

"¿Estoy vivo o estoy muerto?"

— No importa, de todos modos. Da igual lo que temas o lo que quieras. Ahora estás aquí.

El tiempo vuelve a pasar y ahora sus latidos van al ritmo de la respiración del Zorro. Es una coreografía espantosa. La luz viene y va a un ritmo vertiginoso, como si alguien apagara y encendiera un interruptor una y otra vez. Una y otra vez. Así que su reflejo aparece y desaparece. Y cada vez que lo hace, hay algo distinto en él. Ya no se parece tanto a como era antes. Hay algo en ese reflejo que recuerda a un zorro.

— ¡No, no! ¡Ese no soy yo!

Pero lo eres. Por mucho que grites lo eres. Aunque te pongas a darle puñetazos al agua y el reflejo se disperse, sólo serán unos instantes: ahí vuelve. No puedes deshacerte de él, de la misma manera que no puedes cambiar tu propia piel. "Es una mentira", piensas, pero tú eres el que miente. "Yo soy otra persona", piensas, pero no sabes quién. "No soy un monstruo", insistes, pero, ¿estás seguro? ¿No eres un Zorro, un demonio, un asesino? Un momento, ¿cuál era tu nombre?

No te sorprendas si lo ves ahora. Tu reflejo ya no va a soportar que lo golpees. Está cansado de tu desprecio y de tu vergüenza. De la lástima que sientes. ¿No crees que tiene razón? ¿Cómo puedes culparle por rebelarse? Él no tiene la culpa de que tú no fueras capaz de hacerlo.

— Eh, chico, ¿no me lo querrás decir? ¿Qué es lo que te da miedo, realmente?

Algo sucede. El charco se está agitando, tiembla. Hay sangre debajo del agua. ¿La ves arremolinarse, tomar forma? Es la sombra de alguien que conoce. Y ahora se miran el uno al otro, de pie en medio del lago, mientras el valle a su alrededor se aclara. Aparecen dos esculturas de piedra, gigantes como la montaña. Se escucha el rumor de una cascada.

Los dedos de la sombra le rodean el cuello. Aprietan.

— ¿Soy yo? ¿O eres tú?

Y aprietan.

— ¿Acaso tenías otra alternativa?

Ya no puede respirar.

— ¿No es esto lo que querías? ¡¿Cuál es tu respuesta, niño?! ¿Serás tú, o seré yo?

Hay veces en las que todo se reduce a una elección. Hacerlo, o no. Morir, o seguir viviendo. Abrazar una maldición o rechazarla por completo. Y otras en las que, cuando te das cuenta de que eres libre de hacer cualquier cosa, de dejarte llevar por cualquiera de tus deseos, eliges el tercer camino: no haces nada en absoluto. Puede ser porque estás cansado. O porque en el fondo no tienes más alternativa. O puede que, si lo piensas, en el fondo sí que estás tomando una decisión. A lo mejor lo que quieres es dejarte ir. Y que la sombra apriete más y más. Hasta que sea suficiente.

7

O puede que quieras extender la mano y apretarle tú la garganta.

Los dedos del chico se cierran en un puño y la sombra estalla como si fuera de agua. Entonces se queda solo. Porque cuando mira a la jaula del Zorro, las puertas están semiabiertas. Cuando se acerca a ella, y se asoma a la rendija, no hay nadie esperándole, sólo una penumbra que ya no le resulta desagradable, y en el suelo, un trozo de pergamino consumiéndose.

No mucho después se cuela por la rendija, y con una pequeña sonrisa en los labios, pone ambas manos en las puertas, y las cierra de golpe.