CAPITULO 3: EL PRIMER DÍA

8

No hagas ruido: el médico necesita silencio. Tú tan sólo mírale moverse como una sombra, completamente a oscuras, pero sin embargo, con facilidad. Está claro que ha hecho esto antes; que, si se da cuenta de que le has visto, estarás en problemas. Así que sigue haciéndote la dormida y vigílale a través de tus pestañas. Tú quédate quieta. Porque la camilla frente a la que se ha parado no es la tuya. Parece ser que a quien busca no es a ti, sino al chico que duerme a tu lado.

— Mírate. Después de todo lo que has hecho y aún vives.

Y cuando oigas su voz enferma, no hagas nada. Finge que no la escuchas. Sigue bajo la sábana, medio encorvada sobre ti misma. Palpa el dolor en la cara interior de tu brazo y encuéntrala: es una vía intravenosa, que, ¿a dónde va? A una bolsa de plástico colgada de un gotero. Del que salen dos tubos. Uno conecta con su vía. El otro se pierde entre las sábanas del chico. Parece una transfusión de sangre, pero, ¿quién se la presta a quién?

— No sé si tuviste suerte o es que el destino sólo ayuda a los necios. Cómo me gustaría — susurra la sombra— quemarte aquí mismo. Pero eso sólo sería darles lo que quieren. Y ya han tenido suficiente, ¿no crees? Ya nos quitaron suficiente.

Si buscabas una oportunidad, ahí la tienes. Ahora que te da la espalda, que se inclina sobre el chico, puedes hacerlo. Creo que si te movieras con cuidado, en silencio, como él lo hizo antes, estarías fuera de la habitación antes de que termine de asfixiarle.

Pero por algún motivo no te marchas.

— Tan solo muere mientras duermes y líbranos de ti, ¡monstruo!

Es lo que le oyes decir. Y hay algo en tu interior que se mueve ahora, ¿qué es? No lo sabes, pero ese algo empieza a quemarte dentro. Te hace levantarte de la camilla y sacarte la vía de un tirón, empuñarla hacia abajo... espera, ¿qué es lo que haces? ¿No irás a hacerlo, verdad? No irás a hacer esto por alguien a quien ni siquiera conoces. Esto no es propio de ti. ¿Es que esto te trae recuerdos? ¿O es porque le ha llamado monstruo? Sea lo que sea, piénsatelo mejor. Tienes la puerta ahí mismo y poco tiempo para decidirte. Tú no hagas ninguna tontería. Escúchame, Tayuya. Esto es una muy mala idea.

9

Naruto abre los ojos y se encuentra con los de un hombre que le mira de cerca: aquellos ojos rojos, con las pupilas giratorias, se convierten en su primer recuerdo. Porque lo cierto es que no tiene ningún otro. Todo en su cabeza está completamente blanco, vacío, excepto por una única sensación. La de unas manos apretándole el cuello, y la agonía de la asfixia entre ellas. Y por supuesto, a esta sensación le sigue otra. La necesidad de supervivencia. Aunque no sólo aparece en el corazón de Naruto, sino también en el de las dos otras personas que le acompañan. El primero es el hombre que le asfixia. El segundo, la chica que acaba de asomarse a sus espaldas.

Verás, ambos se han dado cuenta. Naruto no lo sabe todavía, pero su cuerpo emana un chakra antinatural. Uno tan poderoso, y tan denso, que te revuelve el estómago si te acercas demasiado; que te seca la garganta, y te eriza el vello... un chakra que puede sentirse por todo el hospital.

Claro que se han dado cuenta. Todos los ninjas que hay en el edificio lo saben ahora. Y claro que hay muchas piernas corriendo hacia la habitación 315 en este mismo instante. Pero por muy rápido que vengan no llegarán a tiempo. Porque la vía intravenosa que la chica empuña ya está incrustada en el cuello del Uchiha, justo en la arteria. Luego sale limpiamente, dejando libre un torrente de sangre que rápidamente desaparece bajo la mano derecha de Naruto, cuando ésta se cierra en la garganta del hombre, y aprieta. Ambos aprietan. Es tan sólo un segundo, hasta que se oye ese chasquido de algo rompiéndose. Crac.

10

El médico de guardia cae al suelo como un saco de patatas. Sus últimos pensamientos tienen que ver con la venganza, al principio, y con un cigarrillo en los labios de una mujer, al final. Pero por suerte para él, su conciencia se apaga antes de que pueda sentirse triste al respecto.

Hay un momento de pausa. En él, Naruto y Tayuya se miran el uno al otro. No son más que dos chiquillos en la oscuridad; él cubierto de vendas, ella en una fina bata de hospital.

— Gracias.

Es lo que dice él, llevándose las manos al cuello, tosiendo un poco. Ella le mira con desconfianza, agarrando la vía como si se tratara de un puñal.

— De haber sabido que eras tú, me lo habría pensado dos veces.

— Eh, ¿te conozco?

Antes de que ella pueda llamarle imbécil —y está a punto de hacerlo—, la puerta de la habitación se abre con tanta fuerza que los dos saltan en el sitio. Alguien entra con un estruendo; es un hombre alto, con una larga melena blanca y dos líneas rojas pintadas en un rostro lívido. Ese hombre se llama Jiraiya, y te aseguro que en este momento está muy cabreado.

11

Es un instante. Apenas ha entrado y Tayuya ya cuelga de su cabello, suspendida en el aire por un brazo firme como una viga de metal. Y la vía que blandía como arma ya no está en su mano, sino en la de Jiraiya, cuyo chakra está haciendo vibrar la habitación entera.

— ¿Qué significa esto? ¿Te salvamos la vida y así nos lo pagas? — ruge Jiraiya.

Pero hay algo que no cuadra. Primero fue el guardia aturdido en la entrada. La chica sabe usar genjutsus, pero, ¿no necesitaba una flauta para ello? Luego el cadáver en el suelo, ¿qué hace el médico de guardia aquí? Y por supuesto, Naruto. La sangre en su mano derecha y la ausencia de heridas. El brillo carmesí en sus iris y, al mismo tiempo, que esté en calma. El chakra del Zorro de las Nueve Colas, tan claramente ahí, pero ninguna hostilidad en él.

Al menos hasta ahora. Naruto se baja de la camilla con mucha más facilidad de la que debería. Se saca la vía del brazo con muchas menos dudas de las que normalmente tendría. Y le habla de una manera que nunca hubiera esperado. Le dice:

— Tú, viejo, ¡le estás haciendo daño! — dice. Entonces, Naruto cierra el puño y se lo estrella en el estómago. Con mucha más fuerza de lo que esperaba.

Claro que Jiraiya ni se inmuta. Simplemente lanza a la chica sobre una camilla y detiene el segundo puñetazo de Naruto con la punta de su dedo índice.

— Sabes, Naruto — dice con tranquilidad— estás actuando como un idiota. Y no es buen día para tocarme las narices. — Y es ese mismo dedo índice el que vuela como una lanza e impacta en la frente de Naruto, poniéndole los ojos en blanco, y todos sus pensamientos, todos sus pocos recuerdos, en negro.