III CEREMONIA
Acababan de llegar a la ceremonia de los caídos, un tipo de funeral para los que lucharon en la guerra y que no pudieron salir de ella con vida. Los cuerpos de la batalla tuvieron que ser enterrados de inmediato y no hubo funerales, por lo que este evento, era un funeral público, en donde se otorgaban reconocimientos y honores que para Hermione no significaban nada. Ninguna medalla iba a traer de vuelta las discusiones que tenía con Ron o sus conversaciones que le hacían reír con tanta fuerza que le dolía.
Debían estar ahí, era el funeral de Ron, pero a la vez no lo era. Hermione no entendía bien cómo actuar. Harry la sujetaba del brazo como si fuera una inferi, sin vida y sin motivación, simplemente siguiendo los pasos de su mejor amigo. Si él se levantaba, ella se levantaba. No se trataba de que a Harry no le haya afectado la muerte de Ron, al contrario, estaba debastado, para él era otra persona que moría por su culpa, pero estaba siendo fuerte por su amiga.
Hermione lo necesitaba y Harry iba a estar para ella.
Incluso cuando era el turno de Hermione de hablar, Harry estuvo a su lado, ayudándole a subir los escalones que la llevarían al podio, con su mano en su espalda cuando se dispuso a hablar y asegurándose que sus tarjetas con el discurso estuvieran listas.
- Honrémoslos reconstruyendo el mundo mágico, teniendo siempre presente que gracias a estás personas somos libres - pidió Hermione conteniendo las lágrimas.
Las palabras era políticamente correctas, con el tono perfecto de emoción, pero vacías en su corazón. Mencionó a Ron solo dos veces, porque esto no era para su Ron, era una ceremonia que honraba a cada uno de los caídos y ella estaba allí como personaje estratégico, al igual que Harry.
Los rostros de la batalla.
Hermione esperó a que Harry terminara de hablar y luego se dispuso a sujetar su brazo y volver a sus asientos. Hermione se sumergió en sus pensamientos, en Ron y sin escuchar ninguno de los otros discursos repetía en su cabeza una y otra vez las palabras del pelirrojo.
Los Weasley estaban a su izquierda; Ginny y Percy estaban sentados al lado de George, procurando que este nunca estuviera solo; Charlie estaba sentado, con los codos en sus piernas, y su cabeza apoyada en sus manos, mirando al piso; Fleur estaba junto a Bill, acariciando su brazo y quitándole de alguna manera el vacío que sentía; Finalmente, al extremo estaba Molly Weasley con un pañuelo en la mano y los ojos hinchados de tanto llorar. Arthur Weasley la sujetaba contra su pecho, mientras masajeaba su espalda y miraba hacía el frente, intentando parecer fuerte, pero sin lograrlo.
Era abrumador ver a una familia destruida.
Y no eran la única, a la derecha, justo al lado de su asiento, estaba Remus Lupin cargando a un bebé que aunque jamás había visto, sabía que era su hijo Teddy. El bebé llevaba pequeños mechones turquesa en la cabeza y dormía plácidamente sobre el pecho de su profesor. El rostro de Remus estaba inmóvil, pero podía verse el cansancio causado por la luna llena de hace tres días.
Al lado de este estaba Andrómeda Tonks, que a pesar de estar oculta tras un velo de encaje negro, probablemente para ocultar sus ojos hinchados, mantenía una postura aristocrática. Era la primera vez que la veía pero era imposible no darse cuenta de quién era. No importaba si se había casado con un hijo de muggles, todavía mantenía las características de una Black. La piel extremadamente pálida, la altura y el perfil que le recordaba horriblemente a otra persona.
Bellatrix Lestrange.
El escalofrío fue inminente, e involuntariamente, su mano se dirigió a su antebrazo. Podía sentir como la magia negra encerrada en la herida, hacía que la cicatriz ardiera con el recuerdo de la psicópata. Era difícil mantener la calma, quería mandar un grito de frustración por no poder dejar la guerra atrás, pero no podía, no debía.
- ¿La cicatriz? - preguntó Harry - ¿estás bien?
- Duele - murmuró Hermione tratando de no llamar la atención - pero no es nada nuevo, Harry.
Harry la miró preocupado, pero Hermione colocó su mano sobre el brazo de Harry y le repitió que todo estaba bien. Aún sin convencerse, Harry volvió la vista al frente, escuchando con atención las palabras del ministro de magia interino, Kingsley Shacklebolt.
No era que no respetara a Kingsley, pero en ese momento preferiría estar en cualquier otro lugar. La ceremonia le recordaba las tragedias de la guerra, le hacía pensar en Ron. Y sabía que era injusto pensarlo, pero no quería estar a dos asientos de distancia de una mujer que le recordaba a su torturadora.
Estar en esa multitud le hacía intentar sumergirse en sus pensamientos y eso no era bueno, necesitaba salir de ahí, enfocarse en algo, quizá conseguir un trabajo o estudiar, necesitaba concentrarse en cualquier cosa que no fuera pensar en todo lo que había perdido gracias a la guerra.
Ver la cabellera de los Weasley le hacía pensar en Ron. Estaba orgullosa de que lo estaban reconociendo como el héroe que siempre quiso ser, pero hubiese preferido que nadie supiera quién era y que siguiera vivo. Extrañaba no poder oír su voz, que la abrazara o esos momentos en que él se aprovechaba de su altura para atraparla en sus brazos, sin dejarla salir. Extrañaba sus discusiones y como con alguna broma o comentario desubicado lograba sacarla de sus casillas, incluso extrañaba que hablase de quidditch y ajedrez.
Y sus padres.
Habían tantas familias reunidas, pero ahí estaban Harry y ella, huérfanos de la guerra. Y quizá los Granger no estaban muertos, pero no tenían idea de que tenían un hija o que su verdadero apellido era efectivamente Granger. Modificar los recuerdos de las personas era difícil, pero recuperarlos después de un hechizo con la profundidad que ella había utilizado era casi imposible. Siempre lo supo, pero ahora que la guerra había terminado, no podía dejar de sentir que había perdido a sus padres.
Apretó aún más su mano sobre su propio antebrazo, no dejaba de molestarle la magia negra de la daga de Bellatrix, quería gritar, quería salir de ahí. Cerró los ojos y en vez de calmarse, su mente se imaginó de nuevo en el piso de la Mansión Malfoy, se imaginó la risa maniática justo al lado de su oído y como el filo de una daga recorría su cuerpo.
Iba a gritar de terror, pero antes de abrir los ojos, sintió que alguien ponía su mano sobre la de ella y la sujetaba. El pánico disminuyó inmediatamente y al abrir los ojos se encontró con la mano de Remus Lupin, era grande, cálida y no pudo dejar de notar que aun llevaba su anillo de matrimonio.
- Gracias - murmuró Hermione.
Escriban un poema, bailen como si nadie los viera y tomen una decisión importante.
Simona Polle
