11
ROJA
Esta noche, voy a matar a dos mil de los más grandes de la humanidad. Y a pesar de ello, ahora camino a su lado, más ajeno a la decadencia y la condescendencia que nunca. La arrogancia de Plinio no hace que me hierva la sangre. El impúdico vestido de Octavia no me desconcierta, ni siquiera cuando entrelaza su brazo con el mío después de que Roan le ofrezca el suyo. Me susurra al oído lo tonta que es por haberse olvidado la ropa interior. Me río como si fuera una ocurrencia graciosa para tratar de encubrir la frialdad que me ha invadido.
Esto no avanza.
—Supongo que Lexa se merece un poco de consuelo antes de marcharse —dice Roan con un suspiro—. ¿Has visto a Monty, buena mujer?
—Me ha dicho que no se encuentra bien.
—Muy típico de él. Probablemente esté enfrascado en un libro. Debería ir a buscarlo.
—Si quisiera venir, vendría —digo.
—Es que soy yo quien quiere que venga —replica Roan.
Se encoge de hombros mirando a los demás lanceros, que se disputan las posiciones cercanas a nuestro señor.
—Si tanto lo necesitas, ve a por él —le espeto tácticamente.
Se estremece.
—Yo no necesito a nadie colgado del brazo. Pero si no te conociera mejor, pensaría que sigues enfadada por todo ese asunto de la cápsula de escape.
—¿Te refieres a cuando la hiciste despegar sin ella? —pregunta Octavia—. ¿Por qué iba a molestarle algo así?
Esa traición sigue escociéndome incluso ahora.
—¡Pensaba que estaba muerta! Fue una simple estimación. —Me da un puñetazo en el hombro y señala a Octavia con la cabeza—. Tú lo entiendes. Tenía que cuidar de la señorita aquí presente.
—Es una flor delicada —digo al tiempo que me aparto de ella.
—«Ay del solitario dios del mar —tararea Roan—, sus amigos, como los míos, lo dejaron atrás».
Octavia se recoloca la hombrera dorada y metálica que desciende por su brazo hasta convertirse en una serie de pulseras de oro.
—Ese niño mimado es tan vanidoso que sería capaz de asegurar que es la causa de una tormenta eléctrica. —Se percata de mi falta de interés—. La subasta no comenzará hasta después de la gala. —Hace un gesto con la cabeza en dirección a un transporte aéreo a punto de aterrizar—. Bueno, comenzaba a preguntarme cuándo iba a aparecer.
El Chacal sale del vehículo, con la piel ligeramente rosada tan solo en algunos puntos. Sus amarillos lo han hecho bien. Le hace una leve reverencia a su padre ignorando los murmullos de los ayudantes de campo.
—Padre —dice—, pensé que sería apropiado que la familia Augusto llegara a la gala con al menos uno de tus hijos. Al fin y al cabo, debemos presentar un frente unido.
—Finn. —Augusto escudriña a su hijo en busca de algo que criticar—. No sabía que siguieras disfrutando de los banquetes. No estoy seguro de que la comida sea de tu agrado.
El Chacal se echa a reír melodramáticamente.
—¡Tal vez ese sea el motivo por el que no me entregaron la invitación! ¿O sería por el escándalo de los ataques terroristas? Da igual. Ya estoy aquí, y más que dispuesto a servir a tu lado. —El Chacal se incorpora a las filas del séquito con una amplia sonrisa dibujada en la cara, consciente de que su padre jamás mantendrá una discusión familiar en público. Me dedica una mueca particularmente siniestra, tanto que otros la ven y se apartan de mí. Todo teatro—. ¿Vamos?
Me encierro en mí misma y hablo poco mientras avanzo junto a Octavia al final de la larga procesión que serpentea a través de las laberínticas salas de mármol que separan nuestra villa de los jardines de la Ciudadela, a unos dos kilómetros de distancia. La torre de la soberana sobresale del suelo del jardín, una grandiosa espada de dos kilómetros de alto que agujerea un cuidado vergel lleno de rosales y arroyos. El agua lo recorre por mil caminos sinuosos. Los riachuelos susurrantes con peces de colores desembocan en lagunas tranquilas donde varias rosas talladas a modo de sirena nadan bajo árboles en flor atestados de monos-gato. Los esbeltos tigrelinces holgazanean bajo las ramas. Los violetas pasean por estos bosques brillantes, revoloteando de un lado a otro como polillas, y sus violines resuenan en un sobrecogedor concierto. Es un retrato de las noches de Baco sin la sexualidad obscena que tanta gracia hacía a los griegos; los florecillas soltarían una carcajada ante esas groserías, pero los Únicos no. Al menos no en público.
Atisbamos otras procesiones entre los árboles.
Vemos sus estandartes, enormes cosas destellantes de tela en movimiento y metal. Nuestro blasón del león rojo y dorado ruge en un desafío silencioso. Un cuervo en un campo de plata marca el paso de la familia Falce sobre un puente de adoquines. Observamos cautelosamente a su señor y a sus lanceros. Como es habitual, todos llevan filos, pero todos los demás aparatos tecnológicos están prohibidos: nada de terminales de datos, nada de gravibotas, nada de armaduras. Se trata de un evento clásico. La torre bosteza sobre nuestras cabezas. Musgos morados, rojos y verdes trepan por la base de la gran estructura junto a enredaderas de mil tonalidades que se enredan en torno al cristal y la piedra como los dedos de los solteros avariciosos alrededor de la muñeca de una viuda rica. Seis grandes ascensores elevan a las familias hacia el cielo, hasta la cima de la torre. Hermosos sirvientes rosas y lacayos marrones atienden el ascensor, todos vestidos de blanco. Los triángulos dorados de la Sociedad decoran sus libreas. El ascensor es plano, mármol con gravipropulsores. Está situado en medio de un claro sobre el que la hierba verde ondea al viento. Varios cobres se acercan deprisa para hablar con Plinio, que, como político, habla en nombre del archigobernador. Parece haber cierta confusión. La familia Falce se pone en fila para entrar en el ascensor por delante de nosotros.
—Esto es una trampa social —murmura Augusto volviendo la cabeza hacia su pupilofavorito. Leto se acerca a él—. Qué estúpidos. Mira cómo fingen que ha sido sin querer. Enseguida nos dirán que tenemos que subir en el ascensor con los Falce, cuando en realidad ellos deberían postrarse para que nosotros pasáramos delante.
—¿No podría ser una casualidad? —pregunta Leto.
—En la Luna no. —Augusto se cruza de brazos—. Todo es política.
—Los vientos cambian.
—Ya hace tiempo que están cambiando —murmura el archigobernador.
Su rostro anguloso estudia a sus ayudantes, como si estuviera haciendo un recuento de los filos que llevamos. Algunos los llevan recogidos en los costados. Otros, enrollados en torno a los antebrazos, como hago yo con mi hoja prestada. Tanto Octavia como Roan los utilizan a modo de fajín.
—Quiero que tres lanceros acompañen al archigobernador en todo momento —nos anuncia Leto en voz baja. Los tres asentimos y nos acercamos más los unos a los otros—. Nada de beber.
Roan protesta con un gruñido.
Sin expresión alguna en el rostro, el Chacal observa a Leto mientras da órdenes. Plinio vuelve de hablar con el personal de la Ciudadela. Como no podía ser de otra manera, tenemos que compartir el ascensor con los Falce. Pero algo más amenazante impregna el aire. Debemos dejar atrás a nuestros obsidianos y grises.
—Todas las familias deben llegar a la gala sin empleados —dice—. Nada de guardaespaldas.
Un murmullo recorre nuestras filas.
—Entonces no iremos —dice el Chacal.
—No seas estúpido —replica Augusto.
—Tu hijo tiene razón —interviene Leto—. Jake, el peligro…
—En el caso de algunas invitaciones, es más peligroso rechazarlas que aceptarlas. Alfrún, Jofo.
Augusto hace un gesto a sus Sucios. Los dos hombres asienten en silencio y se hacen a un lado para colocarse junto a los demás. Una emoción genuina —la preocupación— inunda sus espeluznantes ojos cuando nos unimos a los Falce en el ascensor y subimos. La cabeza de la casa Falce sonríe. Su estatus mejora. La gala que se celebra en el tejado de la torre de la soberana sigue la temática de un cuento de hadas invernal. La nieve cae de unas nubes invisibles, cubre las agujas de los pinos que llenan los bosques artificiales y me escarcha el pelo corto con copos que saben a canela y naranja. Veo el vaho de mi respiración ante mí. La llegada del archigobernador se anuncia con toques de trompeta. Roan y algunos de los lanceros más jóvenes se interponen en el camino de los Falce para que Augusto pueda entrar en la gala primero. Como un cuerpo de color oro pálido y rojo sangriento, avanzamos hacia un magnífico paisaje de árboles perennes. El orgullo de la cultura dorada nos espera. Un terrible mar de rostros que han visto cosas que los primeros hombres ni siquiera podrían haber soñado. Se atisban los destellos de nuestro pasado común en el Instituto. Los encantadores de Apolo. Los asesinos de Marte. Las bellezas de Venus. La ciudadela se extiende bajo el chapitel, y más allá de sus terrenos brillan las ciudades con sus millones de luces. Uno jamás adivinaría que debajo de ese mar de joyas titilantes acecha otra ciudad de mugre y pobreza. Mundos dentro de otros mundos.
—Intenta no perder la cabeza —me susurra Octavia, y me pasa una mano de uñas largas por el pelo antes de marcharse a hablar con sus amigos de la Tierra.
Echo a andar hacia nuestra mesa. Unas magníficas lámparas de araña sujetas por pequeños gravipropulsores se ciernen sobre ella. La luz centellea. Los vestidos se mueven como si fueran líquido en torno a unas figuras humanas perfectas. Los rosas sirven exquisiteces y licores en platos y cálices de hielo y cristal. Cientos de largas mesas se despliegan concéntricamente en torno a un lago helado situado en el medio del paisaje invernal. Los rosas llevan patines para servir allí. Bajo el hielo hay formas que se mueven. No son perversidades sexualizadas como las que se encontrarían en una fiesta de florecillas y colores inferiores, sino criaturas místicas con largas colas y escamas que relumbran como las estrellas. En otra vida, habría sido el sueño de Becca que le hubieran encargado una criatura para esta fiesta. Sonrío para mí misma. Supongo que, en cierto modo, sí ha creado una. Las mesas no tienen nombre ni están numeradas. Sin embargo, encontramos nuestro sitio al ver un enorme león sentado en el centro de nuestra mesa, casi inmóvil. La mesa de cada familia está asegurada por su blasón. Hay grifos y águilas, puños de hielo y gigantescas espadas de hierro. El león ronronea satisfecho cuando Roan le roba una bandeja de aperitivos a un rosa y la coloca entre las ingentes patas de la bestia.
—¡Come, bestia! ¡Come! —grita.
Plinio viene a buscarme. Lleva el pelo recogido en una trenza tensa y complicada. Su ropa, por una vez, es tan severa como su nariz afilada, como si pretendiera impresionar a los Únicos con sus facciones aguileñas y la escasez de accesorios.
—Te presentaré a varias partes interesadas a lo largo de la noche. Cuando te haga un gesto, espero que te reúnas conmigo. —Mira a su alrededor con aire distraído, buscando a personas importantes para sus propios objetivos—. Hasta entonces, no causes ningún problema y vigila tu comportamiento.
—Lo haré. —Saco mi colgante del pegaso—. Lo juro por el honor de mi familia.
—Sí —dice sin mirarme—. Gran nobleza la de tu familia.
Echo un vistazo a la gala. Cientos de personas se pasean ya por ella, y llegan más a cada minuto.
¿Cuánto tiempo debería esperar? Es difícil aferrarse a la rabia que me hizo adoptar esta decisión. Mataron a mi esposa. Mataron a mi hijo.
Pero da igual de cuánta ira haga acopio al recordármelo: soy incapaz de alejar el miedo a conducir la rebelión hacia un precipicio. Esto no será por el sueño de Costia. Será por la satisfacción de los que viven. Para saciar su sed de venganza más que para honrar a los que ya lo han sacrificado todo. Y será irreversible. Pero también lo es el rumbo que se ha fijado. Cuántas dudas. ¿Acaso estoy siendo cobarde? ¿Racionalizo la falta de acción?
Estoy pensando demasiado. Eso es propio de los malos soldados. Y eso es lo que soy. Una soldado de Ares. Él me dio este cuerpo. Ahora debería confiar en él. Así que cojo el pegaso y lo pego al dorso de la mesa de Augusto, muy cerca del extremo de la misma.
—¿Un brindis? —dice alguien.
Me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con Echo. No la he visto desde el Instituto, cuando Raven la bajó de la cruz a la que el Chacal la había clavado. Me aparto de ella con un respingo, pues en mi mente destellan las imágenes de la noche en que le cortó el cuello a Zoe con el único objetivo de hacerme salir de la oscuridad.
—Creía que estabas en Venus estudiando política —digo.
—Ya nos hemos graduado —explica—. Me encantó tu «bautismo». Lo vi varias veces con mis amigos. Un olor horroroso el de la orina. —Me olisquea—. Difícil de eliminar.
La naturaleza fue cruel al hacerla tan hermosa. Labios carnosos, piernas casi tan largas como las mías, una piel tan suave como las piedras de un río y el pelo como hilos de oro de una princesa de cuento. Todo una máscara para la despreciable criatura que hay debajo.
—Estoy segura de que me has echado de menos mientras he estado fuera. —Me pasa una copa de vino—. Así que brindemos por un buen reencuentro.
Me cuesta entender que vivamos en un mundo en el que ella pueda estar aquí tejiendo sus malévolas redes cuando mi esposa está muerta, cuando dorados buenos como Zoe y Lincoln han quedado reducidos a cenizas y lanzados hacia el sol.
—Una vez Titus me dijo una cosa, Echo. Creo que ahora viene al caso.
Levanto mi copa en un brindis educado.
—Oh, Titus —suspira, y sus pechos se alzan con agresividad bajo su vestido dorado, demasiado ajustado—. Ese roedor de bronce se ha hecho un nombre aquí. ¿Qué te dijo, si puede saberse?
—«Un hombre jamás puede echar de menos la clamidia».
Vierto el vino delante de ella y trato de marcharme, pero me agarra del brazo y tira de mí para atraerme hacia sí. Me acerca tanto que siento el calor de su aliento.
—Van a venir —dice—. Los Belona van a venir a por ti. Deberías huir ahora. —Desvía la mirada hacia mi filo—. A no ser que creas que eres lo bastante buena para derrotar a Bellamy en un duelo… —Me suelta—. Buena suerte, Lexa. Echaré de menos tener una patosa en el baile. Al menos más de lo que lo hará Mustang.
No presto atención a sus palabras y me alejo deseando que lleguen más casas a la gala para poder acabar pronto con esto. Una horda de pretores, cuestores, corregidores, gobernadores, senadores, cabezas de familia, líderes de casas, comerciantes, dos Caballeros Olímpicos y mil personas más se acerca a desearle una excelente velada a mi señor. Los hombres más ancianos le hablan sobre ataques de batidores en Urano y Ariel, un estúpido rumor acerca de un nuevo Caballero de la Furia que ya se está ganando la armadura, misteriosas bases de los Hijos de Ares en Tritón y una cepa de la peste que renace en uno de los continentes oscuros de la Tierra. Poca cosa. Otros muchos se llevan a mi señor aparte, como si un centenar de ojos no vigilaran todos y cada uno de sus movimientos, y con voces almibaradas le hablan de susurros en la noche, vientos cambiantes y mareas peligrosas. Las metáforas se mezclan. El objetivo es el mismo. Augusto ha perdido el favor de la soberana del mismo modo en que yo he perdido el suyo. Las naves que revolotean sobre nuestras cabezas en el cielo nocturno están tan alejadas de la conversación como yo. Mi atención ha recaído sobre la mismísima soberana. Qué extraño resulta ver a esa mujer ahí, justo al otro lado de la pista de baile, sobre el podio elevado, hablando con otros señores de las casas y hombres que gobiernan la vida de miles de millones de personas. Tan cerca, tan humana y frágil. Abby au Lune está de pie con su camarilla de mujeres, las tres Furias, unas hermanas en las que confía más que en ninguna otra persona. Por su parte, la soberana es más atractiva que hermosa, con el rostro tan impasible como el de una montaña. Su silencio es su poder. Veo que apenas habla, pero escucha; continuamente, escucha las palabras como la montaña escucha los susurros y los gritos del viento en sus peñascos, alrededor de sus cumbres. Veo a un hombre solo junto a un árbol. Es casi tan grueso como el tronco. Sujeta una copa pequeña con una enorme manaza y luce el emblema de una espada alada, un pretor con una flota. —Lexa au Andrómeda —gruñe Karnus.
Chasqueo los dedos para llamar la atención de un rosa que pasa por allí. Cojo dos de los cálices de vino de su bandeja de hielo y le paso uno a Karnus.
—Se me ha ocurrido que antes de que vinieras a matarme bien podríamos compartir una copa.
—Esa es una amiga. —Deja su bebida y coge la que le ofrezco. Me mira por encima del cristal—. No eres una envenenadora, ¿verdad?
—No soy tan sutil.
—Como yo, entonces. Hay tanta víbora por aquí… —Sonríe como un cocodrilo mientras recorre con una mirada de oscuros ojos dorados a los hombres y mujeres de la gala. El vino desaparece en un instante—. Esta noche es extrañamente decadente.
—Tengo entendido que ha sido Quicksilver quien ha organizado las festividades —comento.
—Solo en la Luna dejarían que un plateado fingiera ser dorado —masculla Karnus—. Odio esta luna. —Coge un canapé de una bandeja cercana—. La comida es demasiado pesada. Todo lo demás es demasiado ligero. Aunque he oído que el sexto plato es para morirse.
Me percato del extraño tono de su voz y me cruzo de brazos para observar la fiesta. Me siento insólitamente aliviada de estar con este hombre odioso. Ninguno de los dos tiene que fingir que el otro le cae bien. Aquí no hay máscaras, al menos no tantas como de costumbre. Suelta una carcajada profunda.
—A Julian le habría gustado esta comida tan sofisticada. Era un crío afectado y vil.
Me vuelvo para examinar al asesino.
—Bellamy solo decía cosas bonitas de él.
—Bellamy. —Emite un bufido similar a una risa—. Una vez Bellamy hirió a un pájaro con un tirachinas. Vino a mí llorando porque sabía que tenía que matarlo para evitarle el sufrimiento, pero era incapaz. Tuve que ser yo quien lo aplastara con una piedra en su lugar. Lo mismo que hiciste tú. —Sonríe con malicia—. Debería darte las gracias por eliminar los desechos genéticos.
—Julian era tu hermano.
—De niño se meaba en la cama. Se meaba en la cama. Siempre intentaba esconder las sábanas llevándoselas él mismo a la lavandera. Como si la lavandera no fuera de nuestra propiedad. Era uno niño que no merecía ni el favor de su madre ni el nombre de su padre. —Coge otra copa de vino de
la bandeja de un rosa—. Intentan convertirlo en una tragedia, pero no lo es. Es la ley de la naturaleza.
—Julian era más hombre que tú, Karnus.
Ríe con deleite.
—Vaya, explícame eso.
—En un mundo de asesinos, cuesta más ser bueno que malvado. Pero las personas como tú y como yo no hacemos más que dejar pasar el tiempo hasta que la muerte venga a buscarnos.
—Que en tu caso será pronto. —Señala mi filo con un gesto de la cabeza—. Una pena que no te criaras en nuestra casa. Aprendemos a manejar la hoja antes que a leer. Mi padre nos obligó a fabricar nuestras propias hojas, a ponerles nombre y a dormir a su lado. Tal vez entonces habrías tenido una oportunidad.
—Me pregunto qué habrías sido si te hubiese enseñado algo más.
—Soy lo que soy —dice Karnus al tiempo que coge otra copa—. Y me han mandado a por ti, a mí de entre todos los hijos e hijas, porque soy el mejor en lo que soy.
Lo estudio durante un momento.
—¿Por qué?
—¿Qué quieres decir?
—Lo tienes todo, Karnus. Riqueza. Poder. Siete hermanos y hermanas. ¿Cuántos primos? ¿Sobrinas? ¿Sobrinos? Un padre y una madre que te quieren, y aun así… estás aquí, bebiendo solo, asesinando a mis amigos. Reduciendo el propósito de tu vida a acabar conmigo. ¿Por qué?
—Porque perjudicaste a mi familia. Nadie perjudica a los Belona y sigue con vida.
—Así que es orgullo.
—Siempre es orgullo.
—El orgullo no es más que un grito al viento.
Niega con la cabeza y dice con voz grave:
—Yo moriré. Tú morirás. Todos moriremos y el universo seguirá adelante sin darle importancia. Lo único que tenemos es ese grito al viento, nuestra forma de vivir. Nuestra forma de avanzar. Y nuestra forma de mantenernos en pie antes de caer. —Se acerca a mí—. Así que, ya ves, el orgullo es lo único. —Aparta su mirada de mis ojos y la dirige hacia el otro extremo de la sala—. El orgullo y las mujeres.
Sigo la trayectoria de su mirada y entonces la veo.
Viste de negro en medio de un mar de oro, blanco y rojos. Como un espectro oscuro, se desliza al salir del ascensor cerca del límite del bosque falso. Pone los brillantes ojos en blanco, tuerce el gesto desdeñoso ante las cabezas que se vuelven para mirar su vestido funerario. Negro. Un color para mostrar desprecio hacia todos los felices dorados que la rodean. Negro como el color del uniforme militar que llevo puesto. Recuerdo la calidez de su carne, la picardía de su voz, el olor de su nuca, la bondad de su corazón. La miro con tanta fijeza que casi no me doy cuenta de quién es su acompañante.
Ojalá no me hubiera dado cuenta.
Es Bellamy.
El de los condenados rizos dorados está con la chica que me cuidó para que recobrara la salud durante el invierno, que me ayudó a recordar el sueño de Costia. Con la mano en su cintura. Con los labios susurrantes pegados a su oído. Del mismo modo en que Bellamy au Belona me puso una espada en el estómago, ahora me clava una daga en el corazón. El cabello de Bellamy es espeso y lustroso. Me fijo en el hoyuelo de su barbilla y en que no le tiemblan las manos. En sus espaldas poderosas, hechas para la guerra. En su cara hecha para los corazones de la corte. Y luce el sol naciente del Caballero de la Mañana. Los rumores son ciertos. La noticia se extiende por la fiesta como la pólvora. La soberana lo ha convertido en uno de los doce. A pesar del hecho de que yo gané en el Instituto, él ha llegado más alto, avanzando por el Circuito de Duelos de la Luna como un ancestro poseído. Lo he visto en la HP, lo he visto acechar el Sangradero mientras otro dorado yacía junto a la muerte. Pero aquí, ahora, deslumbra, seduce. Una gran sonrisa blanca le parte el rostro. En el cuerpo dorado, tiene todo lo que tengo yo y más. Es más rápido que yo con los pies. Igual de alto. Más atractivo. Más rico. Tiene una risa mejor que la mía y la gente lo considera más agradable. Y no soporta ninguna de mis cargas. ¿Por qué merece también él a esta chica, que hace palidecer a todas las demás excepto a Costia? ¿Acaso no sabe lo mezquino que es él? ¿Lo cruel que puede ser su corazón?
No puedo dirigirme a ella, ni siquiera cuando me acerco lo bastante para oír su risa. Si me viera, creo que me rompería en pedazos. ¿Habría culpa en su mirada? ¿Incomodidad? ¿Soy una sombra que se cierne sobre su felicidad? ¿Le importará acaso que la vea con él? ¿O pensará que soy patética por acercarme a ella?
Duele, y no porque piense que Mustang está siendo ruin al buscar a mi enemigo, sino porque sé que no es una persona ruin. Si está con Bellamy es porque ese tipo le importa. Duele más de lo que me habría imaginado.
—Y ya lo ves… —La mano de Karnus cae pesadamente sobre mi hombro—, no se te echará de menos.
Siento una enorme presión en el pecho mientras me abro camino a empujones para abandonar la gala. Cojo un ascensor más pequeño para bajar y alejarme de esas personas que solo saben hacer daño. Me interno en los bosques, donde encuentro un puente que salva un arroyo de curso rápido. Me inclino sobre la barandilla pulida tratando de recuperar el aliento, cada jadeo una proclama.
No necesito a Mustang.
No necesito a ninguna de estas criaturas avarientas.
Estoy harta de sus juegos de poder.
Harta de intentar actuar por mi cuenta.
No fui lo bastante buena para ser esposa.
Ni lo bastante buena para que mi esposa me permitiera ser madre.
Ni lo bastante buena para ser dorada.
Ahora no soy lo bastante buena para Mustang.
He fracasado a la hora de hacer lo que pretendía hacer.
He fracasado a la hora de ascender.
Pero ahora no fracasaré. Ahora no.
Cojo el anillo que me han dado los Hijos. Con la mano temblorosa. Con los nervios en estampida.
Tengo arcadas, porque hay demasiadas cosas malas en mi interior. Me llevo el frío anillo a los labios. Si pronuncio las palabras adecuadas, los corruptos mueren. Si digo «Rompe las cadenas», Abby desaparece. Bellamy se evapora. Augusto se funde. Karnus se disuelve. Mustang muere. Las bombas estallan a lo largo y ancho del Sistema Solar y los rojos ascienden a un futuro incierto.
Confianza en Ares. Plena confianza en que sabe lo que está haciendo.
Rompe las cadenas.
Intento repetir esas palabras, las últimas de Costia antes de que la colgaran. Pero no me salen.
Expulsarlas. Mierda. Que me funcione la boca.
Pero no lo consigo. Es incapaz de moverse, porque en el fondo sé que esto está mal. No es por la violencia. No es compasión hacia las personas a las que mataré. Es ira.
Matarlos no demuestra nada. No resuelve nada.
¿Cómo podría ser este el plan de Ares?
Costia dijo que si me rebelaba, otros me seguirían.
Pero aún no me he alzado. Aún no he hecho lo que ella me pidió. No soy un ejemplo. Soy una asesina.
No tengo excusa para abandonar. Para entregarle a otros el sueño de mi esposa. Ares jamás conoció a Costia. Nunca vio la chispa que ardía en su interior. Yo sí. Antes de exhalar mi último aliento, debo construir el mundo en el que ella quería criar a nuestro hijo. Ese era su sueño. Por eso se sacrificó, para que otros no tuvieran que hacerlo.
Y no permitiré que otros decidan mi destino.
Ahora no. No confío en Ares si eso significa que debo rechazar a Costia.
Si significa que debo sacrificar mi confianza en mí mismo.
Me seco las lágrimas de la cara, la rabia reemplazada por la resolución. Tiene que haber otra manera de hacerlo. Una manera mejor. He visto las grietas de su Sociedad y sé lo que tengo que hacer. Sé qué es lo que más temen los dorados. Y no tiene nada que ver con que los rojos se rebelen. No tiene nada que ver con las bombas, los complots o la revolución. Lo que aterroriza a los dorados es simple, cruel y tan antiguo como la propia humanidad.
La guerra civil.
