SEGUNDA PARTE
ROMPER
Si eres un zorro, finge ser una liebre. Si eres una liebre, finge ser un zorro.
LORN AU ARCOS
12
SANGRE POR SANGRE
Regreso sigilosamente a la gala.
Los dorados ya han ocupado sus asientos y las formalidades comienzan en serio. No soy muy sutil cuando me meto debajo de la mesa y rebusco por el suelo hasta encontrar el colgante del pegaso. Me lo guardo en el bolsillo. Me aliso la chaqueta. Ignoro las miradas inquisitivas y me aparto de la mesa de Augusto con osadía en dirección al objeto de mi interés. Plinio sisea mi nombre. Paso de largo junto a él. No sabe nada de lo que tengo preparado. Serpenteo entre las mesas que acogen a las familias nobles acumulando miradas como acumula nieve una piedra que rueda montaña abajo. Siento que aumenta mi velocidad. Mis andares son descuidados; mis manos, envueltas en peligro como los músculos de una víbora. Miles de personas me observan. Los susurros forman un manto a mi espalda cuando se dan cuenta de cuál es mi objetivo; está sentado a su larga mesa rodeado por los miembros de su familia: un perfecto hombre dorado que escucha atentamente el discurso de su soberana. Ella predica sobre la unidad. El orden y la tradición son primordiales. Nadie se levanta aún para desafiarme. Tal vez no lo comprendan. O quizás ahora sientan mi fuerza y no se atrevan a ponerse en pie. Ahora los Belona se percatan de los susurros, y se vuelven, casi a una, una familia de más de cincuenta miembros, para verme: una mujer marcial, toda de negro. Joven, sin experiencia en la guerra. Sin manchas de sangre más allá de las salas del Instituto y los asteroides de la Academia. Algunos me han tachado de loca. Otros me han llamado valiente. Esta noche, soy ambas cosas. La carga ha desaparecido. Toda la presión que dejaba que me aplastara mientras me preocupaba por las expectativas, mientras daba rodeos para tomar una decisión. «Todo velocidad —me digo a mí misma—. No te bloquees. No pares. Nunca pares».
La voz de la soberana flaquea.
Demasiado tarde para volver. Me lanzo de cabeza.
Sonrío.
Y la gala se sume en un silencio sepulcral cuando doy un salto de nueve metros en la baja gravedad y aterrizo con brusquedad sobre la mesa de los Belona. Los platos se rompen. Los sirvientes huyen. Los Belona se apartan ligeramente. Algunos me gritan. Otros ni siquiera se mueven cuando se les derrama el vino. La soberana observa la escena, picada por la curiosidad, y sus Furias se agitan incómodas a su lado. Plinio parece estar a punto de palmarla. Se agarra las rodillas aterrorizado. Junto a él, el Chacal se muestra tan extraño e ilegible como una solitaria criatura del desierto. Esta noche no me he puesto zapatos de vestir. Mis botas son voluminosas y pesadas. Destrozan la porcelana mientras avanzo por la mesa de los Belona haciendo añicos los platos de pudin y aplastando tiernos filetes. La sangre bombea en mi interior. Embriagadora. Alzo la voz.
—Un momento de atención. —Destrozo un plato de guisantes con el pie—. Es posible que me conozcan. —Risas nerviosas. Por supuesto que me conocen. Conocen a todo aquel que tenga algún valor, aunque el mío es más de rumor que de sustancia. Veo que las Furias le susurran algo a la soberana. Veo que Roan se parte de risa. Karnus se echa hacia delante con ansiedad. Octavia sonríe al Chacal. Incluso veo que Echo le da unos ligeros codazos a un dorado alto y sereno. Evito mirar a Mustang. Plinio parlotea al oído de Augusto. Augusto levanta una mano para mandarlo callar—. ¿Me prestáis atención?
Sí. Claro que sí.
—¡Chica, siéntate! —vocifera alguien.
—Oblígala —replica Roan con la voz pastosa de un borracho—. ¿No? ¡Ya me lo imaginaba!
—Para los que no lo sepáis, soy una de las lanceras de la Casa de Augusto, al menos durante una hora más, aproximadamente. —Se ríen—. Soy a quien llaman la Segadora de Marte, la que derrotó a todo un Marcado como Único, la que arrasó el Olimpo y convirtió a sus próctores en esclavos. Me llamo Lexa au Andrómeda y he sido deshonrada.
»Nosotros, los Marcados como Únicos, procedemos de ancestros dorados. De conquistadores con voluntades de hierro. Hombres honorables, mujeres honorables. Pero hoy ante vosotros veo a una familia que no es honorable. Una familia con voluntades hechas de tiza. Una familia corrupta y fraudulenta de mentirosos y cobardes que conspiran para robarle a mi señor el puesto de archigobernador de manera ilegal.
Aplasto una bandeja con las botas. ¿Quién sabe si conspiran para hacerlo o no? Pero suena bien. Hace parecer que conspiran. Y esa es la máscara que necesito que lleven. Karnus reacciona a la perfección sacando su filo a toda prisa y precipitándose hacia mí. Su padre, el emperador, le hace un gesto para que regrese. El pretor Kellan parece estar a punto de agarrarme los pies para hacerme caer sobre la mesa, donde sin duda Cagney me cortaría el cuello con mi propio filo. Las chicas más jóvenes de la familia me consideran un demonio. Un demonio que mató a su primo, hermano. No tienen ni idea de lo que soy en realidad. Pero tal vez lady Belona sí. Cadavérica en su dolor, se sienta rodeada de su prole como una leona marchita. Y todos la miran a ella tanto como a su marido. Lo último que percibo es el temblor de su larga mano derecha, como si anhelara un cuchillo con el que sajarme.
—Esta familia me ha deshonrado dos veces. Una en el fango del Instituto. Y también en la Academia, este… y ese… y aquel. —Señalo a todos los que me maltrataron en los jardines. Ahora veo a Bellamy cerca de la cabecera de la mesa, justo al lado de su padre y su madre. Mustang está sentada junto a él. Su rostro es una máscara. ¿Decepcionada? ¿Disgustada? ¿Aburrida? Levanta la vista hacia mí y enarca una ceja. Le sostengo la mirada, avanzo en su dirección y coloco el pie en el borde del decantador de vino situado delante de Bellamy. Todas las miradas se concentran allí, como una luz que cae en un agujero negro. Que detiene el tiempo, el espacio. Que hace que todos se echen hacia delante. Que contengan el aliento—. Todos los tribunales de la ley dorada permiten que una mujer defienda su honor contra cualquier fuerza que la viole injustamente. Desde los viejos territorios de la Tierra hasta las heladas entrañas de Plutón, existe el derecho a desafío para cualquier hombre y cualquier mujer. Mi nombre, gentiles señores y señoras, es Lexa au Andrómeda. Se han orinado sobre mi honor. Y exijo satisfacción.
Vacío el vino sobre el regazo de Bellamy.
Estalla contra mí. En todos los rincones de la magnífica fiesta los dorados se levantan de sus asientos con un gran rugido. Roan echa a correr desde nuestra mesa y Leto, Octavia, todos los ayudantes y portaestandartes de los vasallos de mi archigobernador —los Corvo, los Julii, los Volox
y los enormes Telemanus, la familia de Lincoln— se unen a él. Los filos saltan a las manos. Las maldiciones astillan el aire invernal. Indra, la más corpulenta y oscura de las Furias, se pone en pie y, desde la mesa de la soberana, vocifera:
—¡Detened esta locura!
Acaba de empezar.
Las manos me tiemblan como solían hacerlo en las minas. Ahora, como entonces, estoy rodeada de serpientes. Jamás oías a las víboras. Rara vez las veías. Negras como las pupilas, reptan en las sombras hasta que atacan. Pero hay un miedo que llega cuando se acercan. Un miedo que se distingue del rugido del taladro. Que se distingue del calor palpitante y nauseabundo que se te forma en las pelotas mientras agujereas mil toneladas de roca y la fricción irradia hacia arriba creando un cenagal de pis y sudor en el interior de tu traje. Es el miedo a la llegada de la muerte. Como si una sombra te hubiera atravesado el alma. Ese miedo me invade ahora, cuando estos Únicos me rodean, una masa de oro serpentino. Susurrando. Siseando. Tan mortal como el pecado. La nieve del suelo cruje bajo mis pesadas botas. Agacho la cabeza cuando la soberana toma la palabra. Habla de honor y tradición. De que los duelos marciales señalan la grandeza de nuestra raza, así que hace una excepción por hoy. Podemos batirnos en duelo en los terrenos de juego. Esta reyerta debe terminar aquí, ahora, ante los más prestigiosos de nuestra raza. Así de confiada está en su más reciente Caballero Olímpico. Pero ¿por qué no iba a hacerlo? Bellamy ya me ha matado antes.
—Al contrario que los cobardes de antaño, sellamos las disputas cuerpo a cuerpo. Hueso a hueso. Sangre a sangre. Las vendettas mueren en el Sangradero virtute et armis —recita la soberana.
«Por el valor y las armas». No cabe duda de que ya ha hablado con sus consejeros. Dirán que me aventaja, que Bellamy es mejor espadachín. Todo esto nunca habría llegado tan lejos si no le hubieran asegurado un resultado beneficioso.
—Al igual que en tiempos de nuestros ancestros, es ahora y de nuevo a muerte —declara—. ¿Hay alguna objeción?
Albergaba la esperanza de que lo preguntara.
Ni Bellamy ni yo abrimos la boca. Mustang da un paso al frente para oponerse, pero la Furia, Indra, niega con la cabeza y la detiene.
—Entonces hoy, res, non verba.
«Acciones, no palabras».
Hablo con mi señor antes de dirigirme hacia el centro del círculo que se ha formado cuando los marrones han apartado las mesas de la llanura nevada. Plinio merodea cerca de Augusto. Al igual que Leto, Roan, Octavia y los grandes pretores de Marte. Muchas caras famosas, muchos guerreros y políticos. El Chacal está más alejado, de menor altura que el resto, impasible, sin hablar con nadie. Me pregunto qué me diría si hubiera menos oídos que lo escucharan. No parece estar enfadado. Tal vez haya aprendido a confiar en mis planes. Asiente con la cabeza, como si me leyera el pensamiento. Seguimos siendo aliados.
—¿Este espectáculo es por mí? ¿Por vanidad? ¿Por amor? —pregunta Augusto cuando me presento ante él.
Su mirada hurga en mi interior, tratando de encontrar el significado de lo que sucede. No puedo evitar lanzarle una mirada a Mustang. Incluso en estos momentos me distrae de mi tarea.
—Eres tan joven… —casi susurra Augusto—. Lo que se dice en los cuentos es mentira; el amor no sobrevive a este tipo de cosas. Al menos no el amor de mi hija. —Guarda silencio, reflexivo—. Su alma es como la de su madre.
—No lo hago por amor, mi señor.
—¿No?
—No. —Agacho la cabeza en una reverencia y recuerdo la alta jerga de Matteo—. El deber del hijo es la gloria del padre. ¿No es así?
Me dejo caer sobre una rodilla.
—Tú no eres mi hijo.
—No. Los Belona lo mataron, te lo arrebataron. Tu primogénito, Aden, era todo lo que un hombre podría desear: un hijo mejor y más sabio que su padre. Así que deja que te regale la cabeza de su hijo predilecto. Basta de disputas estúpidas. Basta de su política. Sangre por sangre.
—Amo, Julian era una cosa. Pero Bellamy… —intenta advertirle Plinio.
Augusto lo ignora.
—Te suplico que me des tu bendición —continúo diciendo para presionar a mi señor—. ¿Cuánto tiempo más mantendrás el favor de la soberana? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Dos? Pronto te sustituirá por los Belona. Mira cómo favorece a Bellamy. Mira cómo te roba a tu hija. Mira cómo su hermano va por el camino de un plateado. Tus herederos están mermados. Tu etapa como archigobernador terminará. No importa. Porque tú no eres un hombre apto para ser archigobernador de Marte. Eres un hombre apto para ser su rey.
Le brillan los ojos.
—No tenemos reyes.
—Porque nadie se ha atrevido a hacerse una corona —digo—. Permite que este sea el primer paso. Escupe a la soberana en la cara. Conviérteme en la espada de tu familia.
Me saco un cuchillo de la bota y me hago un corte rápido bajo el ojo. Las gotas de sangre caen como si fueran lágrimas. Es una vieja bendición, de los antepasados de hierro, los conquistadores. Y dejará helados a quienes la vean: una reliquia de una época pasada, más dura. Es una bendición marciana. De hierro y sangre. De las naves furiosas que quemaron la afamada Armada Británica por encima del Polo Norte terráqueo y aniquilaron a los rápidos asesinos de la tierra del Sol Naciente en medio del cinturón de asteroides. Los ojos de mi señor se encienden como si alguien soplara sobre unos rescoldos de carbón, primero despacio, luego repentinamente.
Lo tengo.
—Te doy mi bendición sin reservas. Lo que haces, lo haces en mi honor. —Se inclina hacia mí—. Levántate, dorada de nacimiento. Levántate, mujer de hierro. —Augusto acerca el dedo a mi sangre y después la esparce bajo su propio ojo—. Levántate, mujer de Marte, y llévate mi ira contigo.
Me incorporo entre susurros. Ahora ya no se trata de una simple riña entre muchachos. Es una batalla entre casas. Campeón contra campeón.
—Hic sunt leones —dice Augusto, que ladea la cabeza en un gesto mitad desafío mitad bendición.
Qué hombre más canalla y vano. Sabe de mi desesperación por conservar su favor. Sabe que su posición es la de alguien que juega con cerillas sobre un polvorín. Y sin embargo sus ojos brillan lujuriosamente, tan ansiosos de sangre y la promesa del poder como yo de aire.
—Hic sunt leones —repito.
Me encamino hacia el centro del círculo y les hago una señal con la cabeza a Roan y a Octavia. Ambos llevan la mano a la empuñadura de sus filos, al igual que los demás ayudantes. Nuestra mentalidad de manada fuerte.
—Excelente suerte —dice Roan.
Muy por encima de nuestras cabezas, las naves surcan la larga noche en silencio. La brisa agita los árboles. Las ciudades titilan a lo lejos. La Tierra flota como una luna hinchada cuando me desenredo el filo del antebrazo. Mustang se acerca a mí mientras la madre de Bellamy lo besa en la frente.
—Entonces ¿ahora eres un peón? —pregunta rápidamente.
—¿Y tú un trofeo?
Da un respingo antes de que sus labios se curven en una ligera sonrisa desdeñosa.
—¿Y eso me lo dices tú? Ni siquiera te reconozco.
—Ni yo a ti, Clarke. ¿Ahora sirves a la soberana?
Pero sí la reconozco, a pesar del terrible abismo que hace que en estos momentos parezca más una extraña que una amiga. La presión de mi pecho es creación suya. También lo es la extraña tensión de mis manos, que ansían tocarla, ansían abrazarla y decirle que todo esto es una pose falsa. No soy un peón de su padre. Soy más que eso. Todo esto es para bien. No solo para el bien de ellos.
—«Clarke». —Ladea la cabeza y sonríe con tristeza mientras les dedica una mirada a los dos mil Únicos que esperan—. ¿Sabes?, a lo largo de los tres últimos años me he preguntado… Supongo que debería habérmelo preguntado desde el principio, pero muestras un carácter tan excepcional… que me distrajo. Pero te lo preguntaré ahora. —Su mirada de ojos brillantes se hunde en mí, buscando, juzgando—. ¿Estás loca?
Desvío la mirada hacia Bellamy.
—¿Lo estás tú?
—¿Celos? Estupendo. —Se acerca a mí con un susurro áspero—. Una pena que no me respetes lo suficiente para suponer que tengo mi propio plan. Crees que estoy aquí porque mi entrepierna me ha lanzado a brazos de los Belona. Por favor. No soy ninguna zorra en celo. Protejo a mi familia utilizando los medios que sean necesarios. ¿A quién proteges tú sino a ti misma?
—Traicionas a tu familia estando con él. —No tengo ninguna respuesta falsa que iguale la verdad. Debo sufrir siendo la mala ante sus ojos. Pero aun así no puedo mirarla a ellos—. Bellamy es un hombre malvado.
—Madura, Lexa. —Parece estar a punto de decir algo más profundo, pero se limita a negar con la cabeza y, al darse la vuelta, decir—: Va a matarte. Intentaré convencer a Octavia de que acabe con esto pronto. —Al principio le fallan las palabras—. Ojalá no hubieras venido a esta luna.
Me deja y le aprieta la manos a Bellamy al pasar antes de reunirse con el séquito de la soberana en el estrado elevado.
—Al fin solos, vieja amiga —dice Bellamy perforándome con una sonrisa.
Una vez fuimos como hermanos. Compartimos la comida y competimos aquel primer día en el Instituto. Arrasamos juntos la Casa de Minerva. ¡Cómo nos reímos cuando yo les robé el cocinero y Raven el estandarte! Galopamos por las llanuras aquella noche bajo la luz de lunas gemelas. Recuerdo el dolor que reflejaban sus ojos cuando apresaron a Harper. Cuando un miembro de mi clan, Wells, lo golpeó y le meó encima. Cómo sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas en aquel momento, cuando éramos como hermanos, antes de que todo se derrumbara. La nieve con sabor a canela y naranja sigue cayendo. Se posa sobre su pelo rizado. Sus hombros anchos. La última vez que se enfrentó a mí también fue en la nieve. Me clavó un hierro oxidado en el bajo vientre y me dejó agonizando entre mis propios excrementos. No me he olvidado de cómo retorció aquella hoja para asegurarse de que la herida no cerraba.
Su hoja ahora es de ébano.
Se enreda ante él, más de un metro de espada estrecha cuando se solidifica. Más de dos metros de lacerante látigo de filo cuando la suelta con el interruptor de la empuñadura, que envía un impulso químico a través de la estructura molecular de la hoja. Unas marcas doradas recorren la hoja contando el linaje de su familia. Sus conquistas. Los Triunfos celebrados en su honor. Antigua, arrogante, poderosa. Mi hoja está desnuda, desprovista de decoración.
—De modo que te hemos quitado lo que es tuyo —dice al tiempo que se acerca y hace un gesto con la cabeza en dirección a Mustang.
Me echo a reír.
—Nunca fue mía. Y está claro que tampoco es tuya.
Llega el blanco, caminando rápido a pesar de la túnica. Con la cabeza calva y la espalda encorvada.
—Pero la he poseído de formas en que tú no la has tenido. —Baja la voz para que solo los dos podamos oírlo—. Me pregunto si por la noche yaces a solas pensando en los placeres que le proporciono. ¿Te molesta que yo sepa cómo besa? ¿Cómo suspira cuando le tocas el cuello de cierta manera?
No contesto.
—¿Que gima mi nombre en lugar del tuyo? —No se ríe. Quizá deteste lo que está diciendo, pero diría cualquier cosa con tal de hacerme daño. No es un mal hombre, en la mayor parte de los sentidos. Tan solo es mi mal hombre—. De hecho, ha gemido cuando he entrado en ella esta mañana.
—¿Qué diría Julian si pudiera verte ahora? —pregunto.
—Repetiría las palabras de mi madre y me suplicaría que te matara.
—¿O lloraría por el demonio en que te has convertido?
Desenrolla el filo y enciende su égida. La mía emite un zumbido cuando la activo: un escudo de energía transparente de iones azules que sobresale ligeramente de mi guante izquierdo, de treinta centímetros de largo por sesenta de ancho. La nieve se derrite cuando agito la égida cerca del suelo. En torno a la luz azul se forma una corona de niebla.
—Todos somos demonios. —Su repentina carcajada flota en el aire como una cinta de seda arrastrada por la brisa—. Ese ha sido siempre tu problema, Lexa. Tienes una visión de ti misma demasiado elevada. Crees que tiene algún tipo de moralidad escondida. Crees que eres mejor que nosotros cuando en realidad eres menos. Siempre disputando juegos que eres incapaz de dominar contra personas para las que no eres rival.
—Pues no fui mal rival para Julian.
—Cabrona.
Su rostro se desfigura y Bellamy lanza un latigazo hacia el frente, vociferando sin palabras y derribándome antes de que el blanco pueda dar la bendición. Nos gritan que paremos, pero los aullidos de los filos aumentan, los gritos se desvanecen y todos los ojos se abren de par en par mientras el mortífero metal brama a través de la nieve que cae con lentitud. Mi oponente utiliza los principios del kravat. Cuatro segundos de violencia precisa, cinética, retirada. Valorar. Atacar. Somos el único ruido de este extraño lugar. El peculiar y agudo lamento de un látigo que se arquea. El tamborileo de la hoja sólida. El crujido de las chispas blancas que las égidas de los brazos izquierdos sueltan cuando las hojas golpean contra ellas. El rumor de la nieve y el chirriar del cuero. A pesar de su rabia, las formas de Bellamy son perfectas. Arrastra los pies sin cruzarlos jamás; rota las caderas cuando lanza las salvas compactas. Respira con un ritmo regular, constante. Ataca con el látigo a ras de suelo y después endurece la hoja y la levanta, tratando de alcanzarme en la entrepierna. Sus movimientos titilan a gran velocidad. Entrenados. Pulidos por maestros y Espadas de la Sociedad. Resulta sencillo ver por qué ha destrozado a sus adversarios desde que era un niño, por qué me destripó en el Instituto. Porque sus enemigos luchan como él, pero más despacio. Yo no lucho como ellos. Aprendí esa lección. Ahora él aprenderá la suya.
—Has practicado mucho. Eres capaz de devolver seis golpes en un ataque —dice al tiempo que se retira. Se precipita a toda prisa hacia delante, amagando hacia arriba pero atacando con una segada para alcanzarme los tobillos—. Pero sigues siendo una novata.
Me lanza una ráfaga de siete golpes y casi me atraviesa el hombro derecho. Reconozco la pauta de ataque, pero aún estoy un poco por debajo de su velocidad. Me libro por los pelos, apartándome de la trayectoria de una embestida en el último momento. Rápidamente se suceden dos ataques de siete golpes más. De nuevo, está a punto de alcanzarme con el último, pero hinco una rodilla en el suelo, jadeante, y echo un vistazo en torno a los invitados reunidos.
—¿Lo oyes? —me pregunta. No oigo nada excepto el viento y el palpitar de mi corazón—. Así es como suena morir sola. Nadie que solloce. Nadie a quien le importe.
—A Arcos le importará —susurro.
Se pone tenso.
—¿Qué has dicho?
—A Charles au Arcos le importará que su última alumna muera —digo abandonando la respiración falsamente irregular e irguiéndome con orgullo. Bellamy me mira como si acabara de ver un fantasma. Duda. Y también los que oyen lo que digo—. Mientras tú comías, yo entrenaba. Mientras tú bebías, yo entrenaba. Mientras tú buscabas el placer, yo entrené desde las semanas posteriores al Instituto hasta los días anteriores a la Academia.
—Charles au Arcos no acepta alumnos —bufa Bellamy—. Desde hace treinta años.
—Hizo una excepción.
—Mentirosa.
—¿Ah, sí? —Me río—. ¿Creías que había venido aquí a que me mataran? ¿Creías que tenías derecho sobre mi vida? No, Bellamy. He venido a descuartizarte delante de tus padres.
Da un paso atrás y desvía la mirada hacia su padre, hacia Karnus. Ladeo la cabeza.
—Venga, hermano. ¿No quieres ver lo bien que peleo en realidad?
Se queda parado y cargo contra él como una especie de carnívoro nocturno, con los hombros encorvados con economía primigenia, tan silencioso como la propia oscuridad. La palabras de Charles vuelven a mí. «Una estúpida arranca las hojas. Una bruta corta el tronco. Una sabia excava las raíces». Y entonces le destrozo las piernas lanzándole un ataque tras otro.
No durante los cuatro segundos que los dorados enseñan. Sino durante siete. Y luego seis, alternando y después rompiendo la pauta. Doce movimientos por ataque. Su defensa es precisa, y si luchara como él me enseñó a luchar, moriría a sus manos. Pero mi tío me enseñó a moverme, y una leyenda a matar. Arremeto y giro, dejo los pies atrás y lo derribo, golpeándolo como un gran huracán, arrasando, destruyendo y martilleando. Y cuando él ataca, me hago a un lado hasta el momento justo en que puedo romperlo, como Charles au Arcos me entrenó para hacer. Muévete en círculos. Nunca retrocedas. No se lanza ningún ataque cuando un hombre permite que lo empujen hacia atrás. Utiliza su fuerza para crear nuevos ángulos. Fluye a su alrededor. El Método del Sauce. Hermoso, fluido, como una canción primaveral en defensa, y lacerante y terrible como las ramas de un sauce en pleno invierno, cuando los vientos glaciales bajan aullando desde las montañas.
En mi interior, el rojo se funde con el dorado.
Mi hoja fulgura entre látigo y falce curvado.
Choca contra la espada de Bellamy y la égida de su brazo izquierdo restalla bajo la fuerza de mis golpes. Mi oponente se tambalea. Es un luchador profesional apaleado por un matón de barrio. Me estoy riendo. Me río como una loca y la multitud que nos rodea me vitorea sorprendida, algunos gritan cuando golpeo la égida de Bellamy con tanta fuerza que se sobrecarga. De la unidad de su brazo saltan chispas. Le abro una herida en él, otra en el codo, y en la rótula, y en el tobillo. Alzo la hoja con rapidez y le corto en la cara. Me detengo y doy un paso atrás, con fluidez, posando con el látigo mientras culebrea para convertirse en un falce curvado. Los que vean esto nunca lo olvidarán. Las mujeres gritan por Bellamy. Amantes que ha tenido en su juventud, que ahora ven al hombre con el que crecieron, el hombre que se acostó con ellas, que las dejó con falsas promesas y les hizo creer que acababan de perder al más fuerte de una generación. Miran mientras una mujer lo convierte en una masa palpitante y sanguinolenta. Lo avergüenzo. Pero todo responde a un propósito. Cualquier cosa para hacer que ese odio que hierve a fuego lento entre Belona y Augusto estalle en una guerra. Recorro deprisa el interior del círculo, como un león enjaulado, hasta que me planto delante del emperador Belona.
—Tu hijo va a morir —le espeto despiadadamente a un palmo de su cara.
Es grueso. De mandíbula prominente, afable, con una barba puntiaguda. Sus ojos relumbran con la promesa de las lágrimas. No dice nada. Es un hombre noble y seguirá el camino del honor aunque eso signifique ver morir a su hijo favorito. Incluso cegado por la rabia, siento la vergüenza. Siento el horror de ser el hombre que surge de la oscuridad para destrozar salvajemente una familia.
—¿Vais a quedaros mirando sin más? —grito a los Belona.
La esposa del emperador Belona no es tan noble. Está furiosa y mira a la soberana con expresión acusadora. Me doy cuenta de lo que quiere. Regreso junto a Bellamy. Tendrán que mirar y no hacer nada, como yo miré a Costia.
—Lady Belona, ¿eres lo bastante noble para ver a tu Bellamy morir? ¿Para mirar mientras desaparece del mundo? —Se le curvan los labios. Susurra a Karnus, a Cagney—. ¿Es esta la fuerza de la Casa de Belona? ¿Os quedáis mirando como ovejas cuando el lobo entra en el redil?
Organizo un gran espectáculo para los más temperamentales. Bellamy intenta luchar. Se tambalea cuando le hago un tajo en la rodilla y cae sobre la nieve antes de esforzarse por volver a ponerse en pie. Su sangre forma una sombra en la nieve. Así de despacio mató él a Wells. Está muerto de miedo, lanzando miradas a su familia, consciente de que será la última vez que los vea. Ellos no tienen valle. Esta vida es su cielo. A pesar de todo, es una escena triste y siento lástima por él. Cagney, instado por lady Belona, ya ha dado un paso al frente, con el rostro afilado y hermoso desgarrado por la rabia. Solo tengo que hacerle un poco más de daño a su fuerte primo Bellamy. Pero el emperador Belona tira de ella hacia atrás con mano firme. Le lanza una mirada asesina y oscura a Augusto y luego escudriña al resto de la asamblea.
—Ningún Belona interferirá. Por mi honor.
Sin embargo, su esposa no está de acuerdo. Vuelve a dedicarle una mirada punzante a la soberana y esta levanta la mano.
—¡Espera! —ordena—. ¡Espera, Andrómeda!
Lo cierto es que la interrupción me sorprende.
Todos miran hacia la tarima de la soberana.
Bellamy jadea tratando de recobrar el aliento. Es imposible que sea tan tonta, ¿no? La interrupción me confirma los rumores, se los confirma a todo el mundo. La soberana descubre su favoritismo. Ha elegido a la familia Belona. Suplantarán a los Augusto en Marte. Bellamy debía de ser importante para ese plan. Ahora, por culpa del error de cálculo de la soberana, el joven está a punto de morir y su plan va a irse a la mierda. Aun así, no tenía ni idea de que fuera a hacer lo que está a punto de hacer. Es tan estúpido. Tan corto de miras. Su orgullo la ha convertido en una cretina.
—Se ha añadido un apéndice a las normas. Dado que el blanco no ha podido dar la acostumbrada bendición, el duelo será a muerte o rendición —declara mirando a la madre de Bellamy—. Esos son los límites del combate. Ya perdemos a muchos de nuestros preciados hijos en las escuelas. No hay necesidad de desperdiciar a estos dos grandes a causa de una riña de patio de colegio.
—Mi soberana —interviene Augusto, ávido de su premio sangriento—, la ley es clara. Una vez que se ha iniciado un combate, las normas no pueden ser alteradas por nadie, hombre o mujer.
—Citas la ley. Es una simpática ironía viniendo de ti, Jake.
Surgen risitas de entre la multitud, lo cual me indica que los rumores de su implicación en amañar el Instituto a favor del Chacal están a la última.
—Mi soberana, apoyamos a Augusto en este asunto —retumba una voz.
Daxo au Telemanus da un paso al frente. Es el hermano mayor de Lincoln, tan alto como lo era mi amigo, pero menos bestial. Se parece más a un pino que a un enorme peñasco. Como su padre, Kavax, tiene la cabeza calva, pero grabada con ángeles dorados. Una chispa de malicia baila en sus ojos adormilados, acurrucados bajo unas ingentes cejas revueltas.
—No puedo decir que me sorprenda —gruñe la madre de Bellamy.
—¡Perfidia! —ruge Kavax, el padre de Daxo. Alterna las caricias entre su roja barba bífida y el zorro de gran tamaño que mece en su brazo izquierdo—. Esto apesta a perfidia y favoritismo. Soy de temperamento tranquilo. Pero me siento ofendido. ¡Ofendido!
—Cuidado, Kavax —le advierte Octavia con un tono de voz gélido—. Hay palabras que no pueden retirarse.
—¿Por qué iba a pronunciarlas si no? —pregunta Daxo mirando a las familias de los gigantes gaseosos, entre las que sabe que encontrará aliados en este debate—. Pero creo que mi padre te aconsejaría ahora, mi soberana: ni siquiera tus palabras pueden cambiar la ley. Tu padre lo descubrió de tu propia mano, ¿no es así?
Las Furias de la soberana dan un paso al frente, amenazadoras. Por su parte, Octavia tan solo se permite esbozar una estricta sonrisa.
—Pero, joven Telemanus, olvidas una cosa, mi palabra es la ley.
Esto es algo que no se hace. Un dorado puede gobernar a otros dorados. Pero no manifiesta su poder sin ponerse en peligro. La soberana lleva tanto tiempo en el Trono de la Mañana que lo ha olvidado. Sus palabras no son la ley. Se han convertido en un desafío.
Un desafío que yo recibo con los brazos abiertos.
Sabe que ha cometido un error cuando me mira a los ojos y ambos nos percatamos en ese momento de que puedo realizar un movimiento que ella no puede contrarrestar.
—No me robarás lo que es mío —rujo.
Me vuelvo hacia Bellamy. Él levanta su hoja. No me permitió rendirme en el barro del Instituto. Sabe que yo no lo dejaré rendirse ahora. Empalidece cuando cargo. Está pensando en todo lo que está a punto de perder. En lo tremendamente valiosa que es su vida. Dorado hasta el final.
Otros me gritan que pare, vociferando que esto es injusto.
En realidad, es la mismísima definición de justicia.
A mí me habrían dejado morir.
Apunta a mi garganta. Es un farol. Chasquea el látigo de su filo para que se enrede a mi pierna. Espera que retroceda. Sigo cargando contra él, bajo el arco de su oscilación, salto por encima de su cabeza en la baja gravedad y luego lanzo mi látigo hacia atrás sin mirar. Se enreda en torno a su brazo extendido. Pulso el botón que hace que el filo se contraiga y, con el sonido de una rama de árbol congelada que cruje en el invierno, reclamo para mí el brazo de la espada de Bellamy au Belona. El silencio y los gritos reinan a partes iguales.
No me doy la vuelta, no durante un largo rato.
Cuando lo hago, me encuentro a Bellamy aún de pie, vacilante, con poco tiempo para continuar en este mundo. Nadie más se mueve cuando Bellamy cae. Su padre mira al suelo, callado.
—¡Te dije que pararas! —vocifera la soberana.
Dos Furias saltan desde el estrado y aterrizan con las hojas en las manos.
—Termina con esto —ordena Augusto.
Me acerco a Bellamy, que me escupe con los labios temblorosos. Despectivo incluso ahora. Levanto la hoja. Entonces una mano me rodea la muñeca. Sin fuerza. Con suavidad. Noto su calidez en la piel. Delicada.
—Has ganado, Lexa —dice Mustang en voz baja mientras me rodea para poder mirarme a los ojos. Las Furias se detienen fuera del círculo—. No te pierdas por esto.
No podría imaginarme a Costia mirándome desde el valle. En este infierno, he perdido la fe. Mustang me la devuelve de golpe. Costia podría verme o no. Solo una cosa es segura. Mustang me está viendo ahora, y lo que veo en sus ojos es suficiente para que deje caer la mano junto al costado. Es entonces cuando ella sonríe, como si volviera a verme por primera vez desde hace años.
—Ahí estás.
—¡Matadla! —grita la madre de Bellamy—. ¡Matadla ahora mismo!
—¡No! —ruge el emperador Belona.
Demasiado tarde.
Mustang abre los ojos de par en par.
Me vuelvo a tiempo para ver cómo se disuelve el círculo, que se derrumba hacia dentro como si estuviera hecho de arena. No por completo, sino tímidamente. Un Belona corre hacia mí en silencio, encorvado, mortífero. Otro lo sigue. Entonces Roan sale del grupo de Augusto. Y a continuación otro lancero. Oigo el grito de guerra de mi amigo. Un segundo lo repite. Entre los dorados presentes hay más de uno que perteneció a mi ejército. Cagney au Belona es la primera en llegar a mí. La hoja que me robó ruge en dirección a mi cuello. Me agacho, pero me habría degollado si Mustang no hubiera levantado su propia hoja para desviar el golpe. Las chispas me aguijonean el rostro. Roan ataca a Cagney de costado y la secciona limpiamente por la mitad.
Gritos.
El Sangradero sufre un colapso total. Los dorados de Belona y Augusto corren para proteger a sus compañeros. Otros huyen. Karnus ataca a Roan y lo hiere… demasiado para mi amigo. Me lanzo en su ayuda y lo salvo hasta que Octavia y otros se interponen entre Karnus y nosotros. He perdido a Mustang entre la multitud. La busco desesperadamente. Una hoja trata de alcanzarme en la cabeza. Los gritos resuenan mientras la soberana trata de imponer la paz. Pero ya no está en sus manos. Una mujer chilla ante el cuerpo destrozado de Cagney. Docenas de hombres y mujeres, todos armados con hojas, se lanzan tajos unos a otros. Roan me pasa el filo que Cagney me robó. Entonces vuelve a recibir una herida en el hombro para defenderme. Corro en su ayuda y le hago un tajo en el brazo al Belona cuando le está sacando la hoja del cuerpo a Roan. Tiro de mi amigo hacia mí. Me abro camino a espadazos. Una hoja me rasga el antebrazo. Diviso a Mustang entre el caos, cubriendo el cuerpo herido de Bellamy. No sé si los Belona la matarán. Permiten que se siente a su mesa. Aun así, no lo sé. Me dirijo hacia ella a toda prisa, lanzando todo mi peso contra los cuerpos que nos separan. Roan me ayuda.
Impacto contra el cuerpo de una mujer.
Echo. Se le iluminan los ojos cuando me pone un cuchillo en el estómago, pero Octavia, su hermana, le da un puñetazo en la cara y Roan comienza a darle patadas en la cabeza mientras cae. Octavia me dedica una enorme sonrisa hasta que Karnus la agarra del pelo para tirarla al suelo. Leto interviene en la disputa y lo repele haciendo retroceder la marea con las precisas embestidas de su filo de arcoíris. Los Telemanus se unen a él y padre e hijo diezman a los dorados que se les plantan delante con unos filos del tamaño de la mitad de mi cuerpo.
—¡Roan, a mí!
Roan sangra, pero está en pie y aúlla como un loco, como si aún combatiera junto a Raven. Juntos, damos un gran salto en esta gravedad ligera. Sabe que voy a por Mustang. Pero los Belona son demasiado abundantes. Y los filos demasiado mortíferos.
—¡Mustang! —grito mientras me libro de dos Belona.
A uno le sajo la cara y al otro lo golpeo en la garganta con la égida. Un tercero se suma a ellos. Y luego otro. Hasta que un grueso baluarte de partidarios de los Belona me bloquea el camino.
—¡Protege al archigobernador! —me grita ella con una voz más serena que la mía y haciéndome sentir como una idiota obsesionada con la caballerosidad. Por supuesto que Mustang no necesita que yo la salve—. ¡Protege a mi padre!
Y, aunque no puedo verla entre la muchedumbre, obedezco.
Dejo que Roan me agarre del cuello y me arrastre hacia nuestra línea de retaguardia, que está siendo atacada de costado. Alguien más ruge que protejamos a Augusto. Otros vociferan que hay que defender al emperador Belona y a Bellamy. Muchos cabezas de familia han sido apartados de la batalla por cuadros armados de miembros de sus casas, que se alejan del caos con las hojas a punto. Abandonan el chapitel utilizando los ascensores para apartarlos del lugar, dado que las gravibotas estaban prohibidas. Apenas queda nadie. Los pretorianos de la soberana —obsidianos y dorados vestidos de morado y negro— se agrupan en torno a ella y la sacan de la devastada gala. Los filos y las hojas de pulsos ocupan manos encallecidas. Los grises llegan, dirigidos por dorados que lucen el morado pretoriano, para dispersarnos. Llevan equipamiento antidisturbios y sus achicharradores disparan pelotas de dolor y ondas dispersadoras contra las familias enzarzadas, así que los dorados salen volando como las moscas en verano.
—¡AUGUSTO! —grita el enorme Karnus mientras corre como un loco desde las filas de los Belona y entre las ondas dispersadoras.
Derriba a alguien golpeándolo con el hombro, despedaza el rostro de un lancero con su égida y carga de cabeza contra Augusto con la esperanza de matar al rival de su familia con un solo golpe. Leto, nuestro mejor espadachín y guarda de Augusto, lo intercepta delante del archigobernador.
—Hic sunt leones! —grita al cielo.
Se mueve como el mar, fluido y terrible en su elegancia. Estampa a Karnus de espalda y está a punto de rajarle el vientre cuando de repente flaquea. Se queda paralizado en mitad del movimiento. Karnus retrocede arrastrándose y luego se pone en pie, tal vez confundido por el hecho de continuar con vida. Ladea la cabeza mirando a Leto, que se lleva la mano al muslo, como si algo le hubiera picado. Leto se derrumba lentamente sobre una de sus rodillas, con los brazos aletargados. El largo cabello le cubre el rostro, y entonces parece congelarse en el sitio, de pronto inmóvil en medio del caos. Sus ojos tristes reflejan el humo del motor de una nave que avanza tranquilamente hacia el horizonte. Leto está hermoso en ese instante anterior a que Karnus le corte la cabeza.
—¡Leto! —ruge Augusto.
Abre los ojos de par en par y trata de abrirse paso entre los hombres de Telemanus, que se lo llevan de allí. Veo que el Chacal se guarda su estilo plateado en la manga, el mismo con el que jugaba mientras me proponía nuestra alianza secreta.
Nos miramos a los ojos.
Él esboza una enorme sonrisa.
Y sé que he hecho un pacto con el diablo.
