13
PERROS LOCOS
Huimos del chapitel de la torre. He tenido que dejar a Mustang atrás. Sabe lo que se hace. Por algún motivo, me había olvidado de ello. Siempre sabe lo que se hace, maldita sea.
—No le harán daño —me dice Augusto, y creo que es la primera vez que veo alguna emoción reflejada en su cara.
No, la segunda. Cuando gritó el nombre de Leto, fue como si hubiera perdido a un hijo. Ahora tiene ese mismo aspecto, con el rostro flácido y veinte años más viejo. Perdió a su hijo mayor. Perdió a su segunda esposa, la madre de sus hijos. Ahora pierde al hombre que adoptó para reemplazar a ese hijo y teme por la mujer que le recuerda a esa esposa. Si hacen daño a Mustang, la responsabilidad recaerá sobre mí. He puesto las cosas en marcha. Por una vez, no podrían haber salido mejor. La sangre me gotea por las manos, forma una capa entre los dedos, se acumula en las cutículas como si fuera una herradura. Las arrugas de los nudillos se ven blancas donde no hay sangre. Me da asco, pero para esto se hicieron mis manos. Abandonamos este lugar de invierno y árboles tras haberlo inundado de rojo. Muchos cargan a nuestros heridos, casi una docena. Siete muertos. Apenas veinte ilesos en todo el séquito. Otros han desaparecido. El inigualable Leto se ha ido, al ayudante de Plinio lo han partido en dos y Kellan au Belona le ha rajado el cuello a una de nuestras pretores. Llevo a la pretor en brazos e intento contener la hemorragia mientras bajamos en el ascensor desde las alturas. Pocas posibilidades. Octavia hace presión contra la herida con un pedazo de su vestido. Daría cualquier cosa por un par de gravibotas. Rodeamos por completo a nuestro señor. Con los filos fuera. Tengo el brazo empapado en sangre hasta el codo. El sudor me corre por la cara y las costillas. Las gotas rojas salpican los pies de nuestro cuadro sobre el suelo del ascensor, cayendo desde las manos, las heridas, las hojas. Aun así, hay sonrisas blancas seccionando los rostros que me rodean. Tengo calor con el uniforme, así que me desabrocho los botones de arriba. Roan sangra a mi lado. La herida le atraviesa el hombro izquierdo. Un corte limpio.
—Solo es sangre —le dice a Octavia, que se preocupa por él.
—Tienes un agujero en el cuerpo.
—No es tan raro. —Sonríe mirándola a la cintura—. Demonios. Tú también tienes un agujero y yo no me quejo por ello. ¡Aaaaaay! —se queja cuando Octavia le mete una tira de su vestido en la herida. Se ríe de dolor durante un segundo más y luego me mira y hace un gesto de negación con la cabeza, con los ojos salvajes y felices—. Has entrenado con Charles au Arcos, tío. Eres una pícara pretenciosa.
Roan me salvó de Cagney. Asiento y chocamos los puños ensangrentados, los pasados desprecios y apuestas sobre mi vida temporalmente olvidados. Muchos de los demás dorados, los pretores, los caballeros, los hombres y mujeres militares especialmente —y tenemos más en proporción a nuestros políticos y economistas que la mayor parte de las casas— se enjugan las frentes dejándose manchas rojizas. Son el tipo de dorados que te dirían que el problema de ser dorado es que todo el mundo está ya conquistado. Lo cual quiere decir que no merece la pena luchar por nadie. No hay nadie contra el que utilizar todo ese entrenamiento y todo ese poder. Bien, pues acabo de hacerles saborear una batalla. Y aunque el guarda de su gobernador está muerto, aunque su pretor principal sangra en mis brazos y Mustang está en manos enemigas, quieren jugar. Y crear cadáveres es el juego de moda. Ancianos y jóvenes me miran hambrientos. A la espera de que los alimente. Así es ser la alfa, la primus. Los demás te miran en busca de orientación. Perciben en ti el olor agrio de la sangre antes incluso de que aparezca. La edad no importa. La experiencia no importa. Lo único que importa es que yo proveo de presas frescas a estos hijos de puta enfermos. Los niños lloran a nuestro alrededor, y eso me alarma. Unas criaturas tan frágiles en una noche como esta… Los hijos e hijas de la hermana pequeña de Augusto. Su padre les acaricia el pelo para calmarlos. Con una mueca de desdén, su madre se agacha y le da una bofetada en la cara a cada niño hasta que dejan de gimotear.
—Sed valientes.
Nuestros obsidianos y grises no nos están esperando abajo. Se los han llevado a algún sitio. Tampoco están allí los obsidianos de la soberana, ni sus dorados se acercan por el aire. Y eso quiere decir que Octavia aún no ha decidido qué va a hacer. Justo como me imaginaba. No puede masacrarnos. Que una casa aniquile a otra es una cosa, pero ¿que lo haga la líder principal con el poder y los fondos que le ha confiado el Senado?
Ya ha ocurrido antes, y aquel soberano fue decapitado por su propia hija. La hija que ahora ocupa el trono.
Cómo debe de odiarme por esto.
Bajo el ascensor, las luces brillan a lo largo de los caminos empedrados que atraviesan el enorme bosque de árboles florales. Los músicos ya no están tocando. En su lugar oímos gritos y chillidos y largos períodos de silencio aterrador. Los dorados corren bajo nuestros pies. Huyen en dirección a las salas de piedra que hay más allá del bosque, desde donde pueden acceder a sus naves, volar a casa. Son pocos los que no escapan.
Están cazando.
Ha ocurrido algo que no me esperaba. Otras reyertas familiares encuentran satisfacción esta noche. Tengo la misma sensación que en el Instituto cuando los demás alumnos se dieron cuenta de que no era un juego. De que no había normas. Una sensación inquietante, la impresión de que quienes merodean por los jardines no son hombres sino demonios. ¿Quién sabe lo que podría hacer cualquiera ahora que las normas han desaparecido?
A lo lejos, hay cuatro cazadores. Un grupo de tres hombres y una mujer joven corren sigilosamente por el bosque. Saltan un arroyo. Avanzan con todo el vigor de los hambrientos. Con toda la ambición de la juventud. De la Casa de Falce, parece. Reconozco a la chica de los ojos como pasas, Lilath, a la que el Chacal envió para que le entregara a Bellamy el holo en el que aparezco matando a Julian. Con ella está Cipio, el joven corpulento que una vez ayudó a Echo a entrar y salir de la habitación. Los observamos en silencio mientras nuestro ascensor desciende. Portadores de la muerte, el pequeño grupo esprinta entre los árboles en dirección a una confiada fila de miembros de la Casa de Thorne, todos ataviados con vestidos y trajes rojos y blancos; demasiado tarde, se encaminan hacia las salas de piedra, desesperados. Su estandarte es la rosa. Cae cuando los asesinos emergen de entre los árboles. Una familia muere. Aterra lo silencioso y rápido que es con los filos. Diferente a mi duelo. Me tomé mi tiempo. Ellos no. Veo que parten en dos a un niño de diez años. No hay piedad para los niños dorados. No se les considera inocentes. Son semillas enemigas. Destrúyelos o enfréntate a ellos dentro de unos años. Una mujer con un vestido de noche contraataca y se las ingenia para matar a uno de los Falce antes de ser derribada. Dos niños echan a correr. Atrapan a uno. La otra escapa. Es la única. Entonces los lanceros de los Falce comienzan a bailar. Dando enormes, exagerados saltos. Dan vueltas a un lado y a otro, clavando los dedos de los pies en la tierra oscura. Solo que en realidad no están bailando.
—Condenados —protesta Roan, y se frota la cara.
—Los niños… —susurra Octavia.
Augusto no dice nada, su expresión es de pétrea resolución.
—Los Thorne tienen quince hijos.
Las lágrimas se acumulan en los ojos de Octavia, y eso me sorprende.
—Monstruos —masculla el Chacal.
Ver lo bien que actúa me provoca escalofríos.
No podría importarle menos.
Niños. ¿Habría cantado Costia si hubiera sabido que este sería el estribillo? Todos soportamos cargas. Y cuando los asesinos se alejan de la familia asesinada, sé que mi carga me aplastará algún día bajo su peso. Pero no hoy.
—Han activado el bloqueo de datos —dice Daxo au Telemanus. Me muestra el terminal de datos que lleva en la muñeca—. Los aparatos están muertos. No quieren que contactemos con nuestras naves en órbita.
Augusto le echa un vistazo a su terminal de datos en blanco y dice que pronto las demás familias congregarán a sus ayudantes obsidianos, dorados y grises. Debemos estar fuera de la Luna y de nuevo en una posición de fuerza antes de que la marea se vuelva contra nosotros.
—Tú has creado este caos, Lexa. Sácame de él. —Se inclina hacia mí y le toma el pulso a la pretor que llevo en brazos—. Deshazte de ella. Estará muerta dentro de un minuto. —Se limpia las manos—. Los niños ya son suficiente lastre para nosotros.
La pretor me dice algo cuando la deposito en el suelo del ascensor. No sé lo que murmura. Cuando muera, yo no diré nada, porque sé que el valle me espera al otro lado. ¿Qué le espera a esta guerrera? Solo oscuridad. Ni siquiera he entendido sus últimas palabras; la desechamos como si fuera una espada rota. Le cierro los ojos con los dedos ensangrentados, que le dejan unas marcas largas y agonizantes en el rostro. Octavia me pone una mano en el hombro, consciente del respeto que muestro.
Tras incorporarme, imparto órdenes a los lanceros y los demás soldados. Hay quince a quienes consideraría buenos asesinos. Algunos de mi edad, algunos bastante mayores. Aun así, nadie me contradice. Ni siquiera Plinio. Los Telemanus parecen particularmente ansiosos por seguirme. Los dos me mantienen la mirada durante más tiempo del necesario, agachando la cabeza más de lo que exigiría la mera formalidad.
—Espero que nadie esté aburrido. —Se echan a reír—. Tendremos compañía si otra familia decide que tal vez se gane el favor de los Belona o de la soberana haciéndose con la cabeza del archigobernador —digo—. Debemos aniquilar a esa compañía y abrirnos camino hasta los hangares. Telemanus, tu hijo y tú sois ahora las sombras del archigobernador. No os ocupéis de nada más. ¿Lo entendéis? —Asienten con sus ingentes cabezas—. Hic sunt leones.
—Hic sunt leones.
Cuando el ascensor llega al final del trayecto, cuarenta hombres y mujeres nos están esperando. La familia Norvo de Tritón y la familia Codovan de las lunas de Júpiter.
—Qué mala suerte —suspira Roan.
—Codovan y Norvo son nuestras —replica Augusto—. Compradas y pagadas.
—¡Bribón! ¡Codovan, bribón! —ruge Kavax—. ¡Creía que eras de los Belona!
—¡Y ellos también!
Augusto se esperaba algo así.
Asumo el mando de los nuevos dorados. Una vez más, pensaba que alguien se opondría. Pero se limitan a mirarme a la espera de que les dé órdenes. Todos estos pretores, todos estos políticos y fuertes hombres y mujeres de guerra. Contengo una risotada. Es asombroso el poder que tienes cuando estás llena de sangre hasta los codos y ni una gota es tuya. Escoltamos al archigobernador hasta que salimos del bosque. Nos atacan tres veces, pero hago que Roan se ponga la capa de Augusto y se lleve a algunos de los asaltantes a buscar una aguja en un pajar. Pétalos de rosa de mil tonalidades caen de los árboles mientras los dorados luchan debajo de ellos. Al final todos son rojos. El grupo de tres de la Casa de Falce trata de emboscar a Roan cuando regresa para unirse de nuevo a nuestras filas. Mi amigo contraataca y, con poca ayuda, acaba con todos menos con Lilath. Esta huye mientras Roan mata a Cipio y salta con fuerza sobre su cadáver.
—Asesinos de niños —escupe una y otra vez hasta que Octavia lo aparta de él.
Mantengo vigilado al Chacal. Espero recibir un dardo en la espalda en cualquier momento, morir como Leto. Pero se limita a seguirme, como hace su padre. Nadie ha visto lo que le ha hecho a Leto. O si lo han visto, el miedo los silencia. Cuando llegamos a las salas de piedra del otro lado del bosque tras cruzar al fin un puente de piedras calizas blancas, las reglas de la Sociedad parecen volver a entrar en vigor. Los colores inferiores se apartan asustados de nuestro camino cuando atravesamos las salas, ahora setenta individuos fuertes, camino de los hangares para salir de esta luna. Pero cuando alcanzamos el nuestro, descubrimos que nuestra nave se ha esfumado. Nos precipitamos hacia las pistas de aterrizaje bordeadas de árboles y hierba. Las naves de todas las familias han desaparecido. Las naves alas ligeras de la Sociedad patrullan el cielo. Interrogamos a un naranja tembloroso. Roan lo agarra por el cuello de la camisa. El hombre se estremece cuando nos mira, setenta almas sangrientas. Nunca había hablado con un dorado, y mucho menos con uno como nosotros. Octavia le aparta la mano a Roan con brusquedad y habla en voz baja con el naranja.
—Dice que hace dos horas que se solicitó que las naves volvieran a casa.
—Primero prohíben que los obsidianos entren en la gala y ahora esto —murmura Roan.
—Eso quiere decir que la soberana tenía algo planeado —dice el Chacal—. Algo que no ha podido llevarse a cabo. Nos quitó a los obsidianos y las naves para aislar a las casas de sus fuentes de poder —explica mirando a los Telemanus con cautela—. Para dejarnos a la deriva. ¿Qué crees que se guardaba bajo las mangas, padre?
Augusto ignora a su hijo y mira al cielo.
—Mi madre —masculla Octavia.
—¡Agrupaos! —grita Kavax a sus guerreros.
—Méame en la cara. —A mi lado, Roan empalidece.
Levanto la vista y veo que se acerca la destrucción.
—¡Pretorianos!
Setenta filos se desenredan y nos apartamos en formación de abanico por si tienen armas de energía.
—Lexa. Tú conmigo —dice Augusto.
El enemigo es poco más que unos puntos negros en el cielo nocturno. Pero nuestros ojos son sagaces. Los oscuros bastardos salen disparados de las nubes de la noche e impactan contra el suelo como demonios caídos, siempre de tres en tres.
Pumpumpum. Pumpumpum. Pumpumpum.
Aterrizan entre los árboles, sobre la hierba, y nos bloquean el camino de regreso a la Ciudadela. Pretorianos obsidianos y caballeros capitanes dorados. Los pretorianos obsidianos son gigantescos, como gólems arrancados de la roca de alguna montaña. Mucho más crueles que los que utilizamos en la Academia. No hay en todos los mundos una armadura como la que llevan. Morado oscuro con incrustaciones negras, como coral que se enreda en sus cuerpos de titán. Se organizan en una perfecta formación de pelotón, tan leales y unidos unos a otros como a su fe.
Pumpumpum hasta que son noventa y nueve.
Pum. Su comandante dorado aterriza el último, sobre una rodilla. Se levanta, el yelmo que le cubre la cabeza es la calavera de un lobo que se ríe. Su capa dorada, que lleva bordada la pirámide de la Sociedad, ondea al viento de costado. Un Caballero Olímpico. Hay doce en el Sistema Solar, destinados a proteger el Pacto de la Sociedad contra todo aquel que lo desafíe. Este es el Caballero de la Furia, el puesto que Charles ocupó durante sesenta años hasta que se marchó a Europa. Representan lo que los dorados consideran los temas dominantes del hombre, los mismos que las casas de nuestras escuelas. Un hombre más enclenque que yo luce la armadura. Así que la soberana ya ha designado a alguien para ocupar el antiguo puesto de Charles.
—¡Manifiéstate, Caballero! —grito.
El hombre deja que su yelmo baje y se funda con su armadura. Su cabello rubio cae sobre un feo rostro afilado como un hacha. Empapado de sudor, lleno de arrugas causadas por la edad y el estrés. Suelto una carcajada cuando sonríe con esa boca que parece un tajo ladeado. Todas las miradas se vuelven hacia mí. Ahora solo pensarán que estoy aún más loca. El Caballero de la Furia cae del cielo y yo me río en su cara.
Se destornilla de risa.
—¿No me reconoces, pequeño comemierda?
—¡Titus, eres aún más feo de lo que recordaba!
—¿Titus? —dice Roan con desprecio—. Qué nostálgico.
—Hola, chaval. —Titus se echa a reír al ver a Roan con la ropa del archigobernador—. Bonita capa, pero tú no eres el archigobernador Augusto. —Chasquea la lengua y se coloca las manos en las caderas—. ¡Archigobernador! ¡Archigobernador! Cariño, ¿dónde demonios te has metido?
El archigobernador pone los ojos en blanco y da un paso al frente que lo coloca por delante de mí.
—Próctor Marte.
—¡Ahí está mi cariñito! Y ese título ya es viejo, ¿no lo sabías?
—Veo que tienes un yelmo nuevo.
—Es bonito, ¿a que sí? A las mujeres les encanta. No me acordaba de cuándo me había tirado tanto ganado dorado. —Titus mueve las caderas procazmente—. Me costó mucho conseguirlo. ¡Creía que los duelos y las pruebas no se terminarían jamás! Las hacíamos delante de la soberana, chaval. Todos los hombres y todas las mujeres tenían que demostrar que eran los mejores. Todo aquel que pensaba que el puesto debía ser suyo. Una y otra vez. Pero ¡la suerte favorece a los canallas!
—¿Cómo… —me pregunto en voz alta— venciste a todos los demás?
—No lo hizo —replica mi archigobernador con desdén—. Eso corresponde a los grandes guerreros. —Ametralla a Titus con la mirada—. Cosa que tú no eres, Titus. ¿Qué le prometiste a la soberana a cambio de tu nuevo yelmo? Estoy seguro de que el precio fue alto.
—Ah, aproveché la estrella de Lexa cuando venció a tu hijo. Hola, Chacal, pequeño renacuajo. Entonces hubo un condenado torneo y, bueno, puedes preguntarle por los detalles al hermano mayor de Roan y al próctor Júpiter. —Adopta una pose de modelo—. Soy más de lo que parezco a primera vista, ¿eh?
—Entonces ¿el yelmo nuevo no va con un señor nuevo? —pregunta Augusto.
—¿Señor? ¡Bah! —Titus infla el pecho de manera cómica—. Los Caballeros Olímpicos no tenemos más señor que nuestra conciencia. Defendemos el Pacto de la Sociedad, únicamente al servicio del deber.
—Eso era antes. Ahora estáis al servicio de la soberana —asegura Daxo.
—Como todos, mi querido Telemanus —replica Titus—. Por cierto, soy un gran admirador de tu hermano y de tu familia. El martillo de guerra que llevabas en aquel torneo de Tebos era maravilloso. Un linaje condenadamente temible. Siempre he querido preguntároslo: ¿cuál de vuestros ancestros follaba con rinocerontes?
Daxo alza las cejas con delicadeza para mostrarse ofendido. Kavax gruñe como Lincoln podría haberlo hecho.
—Lo siento. ¿Eran osos, en realidad? —Titus suelta otra carcajada—. Es una broma. ¿Amigos? Sin embargo, todos somos sirvientes, ¿eh? Condenados esclavos del que tenga el cetro.
—Supongo, entonces, que tu lealtad a Marte se ha desvanecido y no puede ser… recordada —sugiere Augusto—. Dado que eres un esclavo.
Titus junta las manos enguantadas.
—¿Marte? ¿Marte? ¿Qué es Marte sino un condenado pedazo de piedra? No ha hecho nada por mí.
—Marte es el hogar, Titus. —Augusto señala con la mano hacia los que nos rodean—. La soberana te ordenó que nos encontraras. Bueno, pues aquí estamos…, parientes de tu propio planeta. ¿Unirás tu lealtad a nosotros? ¿O nos abandonarás?
—Pero ¡qué gracioso eres, Augusto! Un bromista de primera. Mi lealtad es para con el Pacto y para conmigo mismo, al igual que la tuya es para contigo, mi señor. No para con una piedra. Ni para con una familia falsa. Así que no malgastes el aliento. Bien, me han dicho que os ponga a ti y a tus allegados en arresto domiciliario. ¿Os acordáis de que reservamos una villa de primera para vuestro deleite? Pues sería estupendo que volvierais a meteros allí cagando leches. Disfrutad de nuestra hospitalidad. La soberana insiste.
—Has perdido la cabeza —sisea Augusto.
—Soy despistado. Pierdo muchas cosas. Los pantalones. Me olvido de a quién he besado. De a quién he matado. —Titus se lleva una mano a la cara y la otra a la nuca—. Pero ¿perder la cabeza? ¡Nunca! —Señala a los obsidianos que lo rodean—. Y está claro que tampoco he perdido a mis perros.
—¿Dónde están los míos? ¿Dónde está Alfrún?
—He matado a tus chuchos Sucios. A los dos. —Titus sonríe—. No paraban de ladrar, Augusto. Ladraban mucho.
La rabia incendia el rostro de Augusto.
—Espero que no fueran caros, chaval —dice el Caballero Olímpico con una sonrisa.
—Hablas como si fuéramos de la familia, bronce.
—Es que lo somos.
—Como si fuéramos iguales. No somos iguales. Yo desciendo de los conquistadores, ¡de los dorados de hierro! Soy el señor de un planeta. ¿Qué eres tú? ¿Un…?
—Soy un hombre con un aturdidor. —Dispara a Augusto en el pecho. El archigobernador cae desplomado y sus pretores ahogan un grito—. Eso le enseñará a no llevar la armadura a las galas. ¡Bien! —Titus sonríe—. ¿Con quién puedo razonar?
—Conmigo. —El Chacal da un paso al frente—. Soy heredero de esta casa.
—Um… ¡Paso! Eres asqueroso.
Dispara al Chacal en el pecho con el aturdidor.
—¡Estupideces! Basta de estupideces. —Kavax da un paso al frente y empuja a su hijo hacia atrás—. Habla conmigo o con Lexa. Está bastante claro cuáles son tus intenciones.
—Claro. Lexa. Ven conmigo.
—Ni lo sueñes —le espeta Octavia, que se sitúa delante de mí.
Titus pone los ojos en blanco.
—Telemanus, llevad tu hijo y tú al archigobernador de vuelta a su villa y luego regresad a la vuestra. Hay asuntos que aclarar. —Titus observa en silencio al dorado calvo. Sus palabras raspan como el hierro forjado sobre la pizarra—. No es una petición, Telemanus.
Telemanus me mira.
—Mi hijo confió en esta. Yo también lo haré.
—Necesito que me asegures que mis amigos no sufrirán daño alguno —le digo a Titus.
Él mira a Octavia.
—No lo sufrirán.
—Convénceme.
Suspira, aburrido.
—Demonios, la soberana no puede ejecutar a toda una casa sin un juicio por traición. ¿Verdad? Eso viola el Pacto. Y ya sabes cómo nos sentiríamos los Caballeros Olímpicos si lo hiciera, por no hablar de las otras casas. Recuerda cómo halló su padre la muerte. Pero si te opones, ese es un asunto completamente distinto. —Titus se mete un chicle en la boca—. ¿Te opones?
—Hoy no —contesto.
