14
LA SOBERANA
Dice con una voz lenta y mesurada como un péndulo:
—Había una vez una familia de férreas voluntades. No se querían los unos a los otros. Pero juntos gobernaban una granja. Y en esa granja había sabuesos, y perras, y vacas lecheras, y gallinas, y gallos, y ovejas, y mulas, y caballos. La familia mantenía a los animales a raya. Y los animales los mantenían a ellos ricos, gordos y felices. Bien, los animales obedecían porque sabían que la familia era fuerte y que desobedecer significaba sufrir su ira conjunta. Pero un día, cuando uno de los hermanos le dio un puñetazo a otro en el ojo, un gallo le dijo a una gallina:
«Querida gallina ponedora, ¿qué pasaría realmente si dejaras de poner huevos para ellos?».
Su mirada me abrasa los ojos. Ninguno de los dos la desviamos. El silencio reina en la suite prácticamente vacía excepto por el ruido de la lluvia que golpea los cristales de su rascacielos. Estamos entre las nubes. Las naves circulan por la neblina exterior como tiburones silenciosos y brillantes. El cuero cruje cuando ella se inclina hacia delante y estira sus largos dedos, que están pintados de rojo, un solitario toque de color. Entonces sus labios se curvan con condescendencia, subrayando todas y cada una de las sílabas como si yo fuera un niño de la calle de Agea que acaba de aprender a hablar su lengua.
—En cuántos sentidos me recuerdas a mi padre…
A quien ella decapitó.
Es entonces cuando me dedica la más enigmática de las sonrisas que tal vez haya visto en mi vida. La malicia baila en sus ojos, sutiles y tranquilos bajo el frío boato del poder. En algún punto de su interior se encuentra la niña de nueve años que infamemente comenzó una revuelta lanzando diamantes desde un transporte aéreo. Estoy de pie ante ella. Ella está sentada en una sillón junto al fuego. Todo es espartano. Duro. Frío. Una mujer dorada de hierro y piedra. Toda esta austeridad para decir que no necesita lujos ni riqueza, solo poder. Tiene el rostro arrugado, pero no ajado por el tiempo. Unos cien años, o eso he oído, sin resquebrajar por las exigencias del cargo. Si acaso, la presión la ha vuelto como aquellos diamantes que tiró. Irrompible. Eterna. Y seguirá sin tener edad durante algún tiempo más, si los tallistas continúan con su terapia de rejuvenecimiento celular. Ese es el problema. Se aferrará al poder durante demasiado tiempo. Un rey reina y entonces muere. Así son las cosas. Así es como los jóvenes justifican la obediencia a sus mayores: porque saben que algún día llegará su turno. Pero ¿qué pasa cuando sus mayores no se van? ¿Cuando esta mujer gobierna durante cuarenta años y podría continuar durante cien más? ¿Qué pasa entonces?
Ella es la respuesta a esa pregunta. No es una mujer que heredara el Trono de la Mañana. Es una mujer que se lo arrebató a un gobernante que no tuvo la cortesía de morirse de manera oportuna. Durante cuarenta años, otros han intentado arrebatárselo a ella. Y sin embargo sigue aquí sentada. Atemporal como aquellos míticos diamantes.
—¿Por qué me desobedeciste? —pregunta.
—Porque podía.
—Explícate.
—El nepotismo se marchita bajo la luz del sol. Cuando cambiaste de opinión para proteger a Bellamy, el público rechazó tu autoridad moral y legal. Por no hablar de que te contradijiste a ti misma. Eso constituye una debilidad. Así que la exploté, consciente de que podría conseguir lo que quería sin consecuencias.
Indra, la asesina favorita de la soberana, cavila en una silla situada junto a la ventana: una mujer poderosa como una pantera, con la piel más oscura que sus hermanas y ojos de pupilas verticales. Es una de los Caballeros Olímpicos, el Caballero Proteico, para ser más exactos. Fue la última alumna de Charles anterior a mí. Aunque él no se lo enseñó todo. Su armadura es dorada y azul noche y rebosa serpientes marinas. Un chico joven entra sigilosamente desde otra sala para sentarse junto a Indra. Lo reconozco de inmediato. El único nieto de la soberana, Lisandro. No sobrepasa los ocho años, pero sabe mantener la compostura a la perfección. Majestuoso en su silencio, delgado como un pañuelo. Pero sus ojos… Sus ojos van más allá del dorado. Son casi un cristal amarillo, tan brillantes que casi podría decirse que refulgen. Indra me observa mientras evalúo al niño. Lo sienta en su regazo con actitud protectora y me enseña los dientes, de una blancura ferozmente deslumbrante sobre el fondo de su piel oscura. Como un gran felino que saluda de forma juguetona. Y por primera vez desde que tengo memoria, aparto la mirada de una amenaza. La vergüenza arde, caliente y repentina, en mi interior. No habría sido muy diferente si me hubiera arrodillado ante ella.
—Pero siempre hay consecuencias —dice la soberana—. Tengo curiosidad. ¿Qué querías sacar de ese duelo?
—Lo mismo que Bellamy au Belona. El corazón de mi enemigo.
—¿Tanto lo odias?
—No. Pero mi instinto de supervivencia es… entusiasta. Bellamy, por lo que a mí respecta, es un niño estúpido mutilado por su educación. Su estirpe es limitada. Habla de honor, pero se rebaja a cosas innobles.
—Entonces ¿no fue por Clarke? —pregunta—. ¿No fue para reclamar su mano o saciar tu furia celosa?
—Estoy enfadada, pero no soy mezquina —le espeto—. Además, Clarke no es el tipo de mujer que toleraría esas cosas. Si lo hubiera hecho por ella, la habría perdido.
—La has perdido —ruge Indra desde su silla.
—Sí. Ya me he dado cuenta de que tiene una casa nueva, Indra. Es fácil de ver.
—¿Te insolentas contra mí, buena mujer?
Agarra la empuñadura de su filo.
—Buena mujer, por supuesto que me insolento.
Le sonrío con lentitud.
—Te destripará como a una cerda, chavala —interviene Titus rápidamente—. Me importa una mierda que Charles te enseñara a limpiarte el culo. Piensa dos veces a quién insultas aquí. Las verdaderas hojas de la Sociedad no se baten en duelo para entretenerse. Así que cuidado con esa condenada lengua.
Toco mi filo.
Él resopla.
—Si fueras una amenaza, ¿crees que te habrían dejado entrar con eso?
Le hago un gesto con la cabeza a Indra.
—En otra ocasión, tal vez. —Me vuelvo de nuevo hacia la soberana, irguiéndome—. Quizá deberíamos hablar de por qué retiene a los miembros de mi casa bajo vigilancia militar. ¿Estamos arrestados? ¿Lo estoy yo?
—¿Acaso ves grilletes?
Miro a Indra.
—Sí.
La soberana se echa a reír.
—Estás aquí porque quiero.
Se me ocurre una idea. Intento no sonreír.
—Mi señora, me gustaría disculparme —digo en voz muy alta. Esperan a que continúe—. Mis modales siempre han sido… provincianos. Y por eso creo que las formas de mis acciones casi siempre distraen de sus propósitos. El hecho evidente es que Bellamy se merecía algo peor de lo que yo satisfice. Ni el archigobernador ni yo pretendíamos insultarte al desobedecerte. Si no estuviera inconsciente gracias a tu perro —le lanzo una mirada a Titus—, apuesto a que haría lo que fuera necesario para compensarte.
—Compensarme —repite—. Por…
—Por las molestias.
Mira a Indra.
—Molestias, dice. Que se te caiga un plato es una molestia, Andrómeda. Que te sirvas de la esposa de otro hombre es una molestia. Matar a mis invitados y amputarle un brazo a un Caballero Olímpico no es una molestia. ¿Sabes qué es?
—¿Divertido, mi señora?
Se echa hacia delante.
—Es traición.
—Y ya sabes cómo actuamos con la traición —interviene Indra—. Mi padre nos lo enseñó a mí y a mis hermanas.
Su padre, el Señor de la Ceniza. Incendiario de Rea. Charles lo desprecia.
—Una disculpa tuya es insuficiente —sentencia la soberana.
—¿Disculpa? —pregunto. Mi tono coge desprevenida a la soberana—. He dicho que me gustaría disculparme. Pero el problema es que no puedo, porque deberías ser tú quien se disculpara ante mí.
Silencio.
—Perra inmunda —dice Indra al tiempo que se levanta lentamente.
La soberana la detiene, sus palabras claras y gélidas.
—No me disculpé ante mi padre cuando le separé la cabeza del cuerpo. No me disculpé ante mi nieto cuando los batidores destruyeron la nave de su madre. No me disculpé cuando quemé una luna. Entonces ¿por qué iba a disculparme ante ti?
—Porque rompiste la ley —contesto.
—Puede que no estuvieras prestando atención. Yo soy la ley.
—No. No lo eres.
—Al final va a resultar que sí eres alumna de Charles. ¿Te contó por qué abandonó su puesto? ¿Su deber? —Mira a Lisandro—. ¿Por qué abandonó a su nieto?
No sabía que el niño era nieto de Charles. La jubilación de mi maestro cobra sentido de repente. Siempre hablaba de la mermada gloria de la Sociedad. De que los hombres han olvidado que son mortales.
—Porque vio en qué te has convertido, mi señora. No eres ninguna emperatriz. Esto no es un imperio, a pesar de lo que tú puedas pensar. Somos la Sociedad. Estamos unidos por las leyes, por la jerarquía. No hay nadie por encima de la pirámide. —Miro a sus asesinos—. Titus, Indra, protegéis la Sociedad. Garantizáis la paz. Navegáis hasta los confines del Sistema para arrancar las malas hierbas del caos. Pero, por encima de todos los demás, ¿cuál es el propósito de los doce Caballeros Olímpicos?
—Adelante —le dice Indra a Titus—. Participa en su farsa de enmascarado. Yo no lo haré.
Titus contesta con voz cansada:
—Preservar el Pacto.
—Preservar el Pacto —repito—. Y el Pacto declara: «Un duelo, una vez comenzado, no puede alcanzar su resolución hasta que sus términos estén adecuadamente satisfechos». Los términos eran a muerte. Pero Bellamy no está muerto. No bastó con su brazo. Honro a los antepasados de hierro y mis derechos permanecen inviolables. Así que dame lo que es mío. Dame la condenada cabeza de Bellamy au Belona. O rechaza el legado de nuestro pueblo.
—No.
—Entonces no tenemos nada más que hablar. Si me buscáis, estaré en Marte.
Me doy la vuelta y me encamino hacia la puerta.
—El león se desvanece —dice la soberana alzando la voz—. Busca una casa nueva. Esta.
Me detengo de inmediato. Maldita sea, qué predecible es esta gente. Todos quieren lo que no pueden tener.
—¿Por qué? —pregunto sin volverme.
—Porque yo puedo proporcionarte recursos que Augusto no tiene. Porque Clarke ya ha visto lo cierto que es eso. Quieres estar con ella, ¿no es así?
—¿Por qué querrías a una mujer que vende su lealtad con tanta facilidad? —Me doy la vuelta y miro a Titus a los ojos con fijeza e intensidad—. Un hombre que es poco más que una vulgar puta.
—Augusto te abandonó antes de que tú lo abandonaras —responde la soberana—. Su hija lo vio aun cuando tú no lo hiciste. Yo no te abandonaré. Pregúntales a mis Furias. Pregúntale a su padre. Pregúntale a Titus. Les doy una oportunidad a los que son distintos. Únete a mí. Encabeza mis legiones y te convertiré en Caballero Olímpico.
—Soy una áurea. —Escupo en el suelo—. No un trofeo.
Me alejo con paso airado.
—Si yo no puedo tenerte, nadie podrá.
Entonces se acercan. Tres Sucios franquean la puerta uno detrás de otro. Todos son treinta centímetros más altos que yo. Todos van vestidos de morado y negro y llevan hachas y hojas de pulsos. Sus caras se ocultan tras máscaras que parecen de hueso. Unos ojos de asesinos criados en los polos árticos de la Tierra y Marte me miran fijamente. De un negro reluciente, como el petróleo. Saco el filo y adopto mi posición de lucha. Su gutural cántico de guerra resuena bajo sus máscaras, como la endecha fúnebre por un dios muerto.
—Adelante. Cantad a vuestros dioses. —Hago girar el filo—. Os enviaré a reuniros con ellos.
—Segadora, para, por favor —ruega Lisandro a gritos.
Me vuelvo para encontrármelo caminando hacia mí, con las manos lastimeramente extendidas. Lleva un abrigo sencillo y negro. Mide la mitad que yo. Su voz flota. Tiembla como un pájaro delicado.
—He visto todos tus vídeos, Segadora. Seis, puede que siete veces. Incluso los de la Academia. Mis tutores creen que eres la mujer más cercana a los dorados de hierro desde Charles au Arcos, Perfil Pétreo.
Entonces me doy cuenta de por qué parece estar tan nervioso. Casi me echo a reír. Soy la héroe de la infancia de este cabroncete.
—No tenemos que verte morir esta noche. ¿No podrías encontrar aquí un hogar, como lo hiciste con Raven? ¿Con Monty y Roan, y Lincoln, y los Aulladores, y todos tus grandes guerreros? Nosotros también tenemos guerreros. De los nobles. Podrías liderarlos. Pero… —Da un paso atrás—. Si luchas, entonces mueres, porque cometes el error de creer que la rectitud te pone fuera del alcance del poder de mi abuela.
—Así es —digo.
—Segadora, no hay nada fuera del alcance de su poder.
Así es como sucede. Les proporcionan héroes. Los educan en las mentiras y la violencia, y luego dejan que crezcan para convertirse en monstruos.
¿Qué sería Lisandro sin las manos que lo guían?
—Mi nieto quería verte —interviene la soberana—. Le dije que la leyenda nunca se corresponde con la realidad. Es mejor no conocer a tus héroes.
—¿Y qué es lo que opinas tú? —le pregunto al pequeño Lisandro.
—Todo depende de tu próxima decisión —contesta con delicadeza.
—Únete a nosotros, Lexa —interviene Titus—. Este es ahora el lugar apropiado para ti. Augusto está acabado.
Sonriendo para mis adentros, aflojo la hoja. Lisandro aprieta el puño, contento. Camino a su lado para volver junto a su abuela, siguiéndoles la corriente pero sin proclamar aún mi lealtad.
—No haces más que pedirme que me incline ante otros —le digo a Titus cuando paso a su lado. Él se encoge de hombros.
—Porque no quiero que te rompas, chavala.
—Lisandro, tráeme mi caja —ordena la soberana. Encantado, el niño sale a toda prisa de la sala mientras tomo asiento frente a su abuela—. Me temo que el Instituto te enseñó la lección equivocada: que puedes vencer cualquier cosa si te empeñas en intentarlo. Eso es incorrecto. En el mundo real, tienes que avenirte. Debes cooperar y llegar a acuerdos. No puedes ajustar los mundos a tus principios morales.
—¿Te habrías fijado en mí si no hubiera intentado que lo hiciera?
Sonríe con suavidad.
—Probablemente no.
Lisandro vuelve segundos después cargando una cajita de madera. Se la entrega a su abuela y espera pacientemente a su lado, comiéndose un pastel que le da Indra. La soberana deposita la caja sobre la mesa.
—Valoras la confianza. Y yo también. Disputemos un juego sin armas ni armaduras de por medio. Nada de pretorianos. Nada de mentiras. Nada de falsedad. Solo nosotros y nuestras verdades desnudas.
—¿Por qué?
—Si ganas podrás pedirme cualquier cosa. Si gano yo, el premio es el mismo.
—¿Y si pido la cabeza de Bellamy?
—Yo misma se la cortaré. Ahora, abre la caja.
Me inclino hacia delante. La silla chirría. La lluvia tamborilea sobre los cristales. Lisandro sonríe. Indra me mira las manos. Y Titus, como yo, no tiene ni idea de qué hay en la maldita caja.
La abro.
