15
VERDAD
Necesito hacer acopio de todas mis fuerzas para no huir. Lo que sale siseando de la caja está sacado de una pesadilla, tan perfectamente extraído de las profundidades de mi subconsciente que casi pienso que la soberana sabe de dónde vengo. De dónde vengo de verdad.
—Es un juego de preguntas —dice—. Lisandro, por favor, haz los honores.
Le pasa un cuchillo al crío. El niño me corta la manga del uniforme hasta el codo y la enrolla para dejarme el antebrazo al descubierto. Sus manos son sutiles. Sonríe con aire de disculpa.
—No tengas miedo —dice—. No pasará nada malo siempre y cuando no mientas.
Las criaturas talladas de la caja —las dos— me miran con fijeza con tres ojos ciegos cada una. En parte escorpión. En parte víboras. En parte ciempiés. Se mueven como el cristal líquido, los órganos y el esqueleto visibles a través de la piel; sus bocas quitinosas castañetean y sisean al mismo tiempo mientras una de ellas repta hasta la mesa.
—Nada de mentiras. —Me fuerzo a soltar una carcajada—. Es una orden fácil cuando eres un niño.
—Él nunca miente —dice Indra con orgullo—. Ninguno de nosotros mentimos. Las mentiras son óxido sobre el hierro. Una mancha en el poder.
El poder del que están tan ebrios que ni siquiera recuerdan sobre cuántas mentiras se sostienen. «Dile a mi pueblo que no mientes, perra salvaje, y verás lo que te hacen».
—Las llamo Oráculos —me informa la soberana. Uno de sus anillos se torna líquido y forma un caparazón sobre su dedo, que se convierte en una garra con una aguja que crece despacio en el extremo. Con esa aguja, me pincha la muñeca y pronuncia las palabras—: La verdad por encima de todo.
Un Oráculo se desliza hacia mí, se me encarama al brazo y se me enrolla en torno a la muñeca. Su extraña boca busca la sangre y se pega a ella como una sanguijuela. Su cola de escorpión con forma de arco se alza unos diez centímetros y se agita a un lado y a otro como una espadaña en la brisa estival. La soberana se clava la aguja en su propia muñeca, repite el juramento y el segundo Oráculo abandona la caja reptando.
—Zanzíbar el Tallista las diseñó especialmente para mí en sus laboratorios del Himalaya —explica—. El veneno no te matará. Pero tengo celdas atestadas de hombres que han jugado conmigo y han perdido. Si hay un infierno, lo que hay en ese aguijón es lo más cercano a él que la ciencia nos ha permitido llegar.
Se me acelera el pulso mientras observo el balanceo de la cola.
—Sesenta y cinco —dice Indra sobre mi pulso—. En reposo estaba a veintinueve pulsaciones
por minuto.
La soberana levanta la vista al oírla.
—¿Solo a veintinueve?
—¿Cuándo se equivocan mis oídos?
—Cálmate, Andrómeda —me pide la soberana—. El Oráculo está diseñado para medir la verdad. Está en las fluctuaciones de temperatura, los elementos químicos de la sangre, el pulso del corazón.
—No tienes que jugar si no quieres, Lexa —ronronea Indra—. Puedes elegir el camino fácil de los pretorianos. La muerte no es tan mala.
Le lanzo una mirada asesina a la soberana.
—Juguemos.
—¿Me asesinarías esta noche si pudieras?
—No.
Todos observamos al Oráculo. Incluso yo. Pasan unos instantes y no sucede nada. Trago saliva, aliviada. La soberana sonríe.
—Este juego no tiene final —mascullo—. ¿Cómo podría ganarlo?
—Obligándome a mentir.
—¿Cuántas veces has jugado a esto? —pregunto.
—Setenta y una. Al final, solo he confiado en uno de mis oponentes. ¿Dónde esconde Augusto sus armas electromagnéticas sin registrar?
—Asteroides de almacenaje, arsenales escondidos a lo largo y ancho de las ciudades de Marte. —Le doy los detalles—. Y en los estrados de su sala de audiencias. —Eso los sorprende—. ¿Dónde están las tuyas?
—Rápidamente, me ofrece una lista ordenada de sesenta localizaciones. Lo dice todo porque nunca ha perdido. Nunca ha tenido que preocuparse de que la información saliera por la puerta. Qué confianza en sí misma.
—¿Qué significa ese colgante del pegaso para ti? —inquiere—. ¿Es de tu padre?
Bajo la mirada. Se me ha salido de debajo de la camisa.
—Significa esperanza. Parte del legado de mi padre. ¿Ayudaste a Karnus en la Academia?
—Sí. Le facilité aquella nave con la que te embistió. ¿De verdad intentaste lanzarte hacia su puente?
—Sí. ¿Por qué has introducido a Clarke en tu círculo más próximo?
—Por el mismo motivo por el que tú te enamoraste de ella.
Se me acelera el pulso. Indra lo oye y sonríe.
—Clarke es especial. Y ambas venimos de padres que… dejaban mucho que desear. De niña, habría dado cualquier cosa por pertenecer a una familia distinta. Pero era la hija del soberano. Le regalé a Clarke algo que nadie podría haberme regalado a mí.
»Ya ves, acojo a personas de las que disfruto, Andrómeda. Disfruto incluso de nuestro Titus. Es posible que muchas personas lo consideren repugnante. Que piensen que su herencia es impropia, pero, como tú, tiene muchísimo talento. Cuando le pedí que jugara a este juego antes de convertirse en uno de mis Caballeros Olímpicos, ¿sabes lo que me dijo?
—Me lo imagino.
—Titus…
El hombre encoge sus hombros caídos.
—Te dije que te metieras la caja por el culo. No soy idiota.
—Creo que fue incluso más grosero que eso —masculla Indra.
—Me toca. —La soberana examina a su Caballero de la Furia—. ¿Violó Titus su juramento de próctor e hizo trampas en el Instituto de Marte tal como querrían hacerme creer los rumores?
—Sí —respondo mirando al Oráculo en lugar de a mi antiguo próctor—. Hizo trampas como todos los demás. —Sé que Titus no habría conseguido el puesto si la soberana no estuviera convencida de su lealtad hacia ella y no hacia Augusto, y eso significa que Titus debe de haberse sincerado y confesado los detalles de los tejemanejes de Augusto—. Pero no sé si le pagaron como al resto.
—No le pagaron. Cometieron un error —comenta la soberana—. Nos proporcionó pruebas grabadas. De audio. Extractos bancarios. Ventajas útiles contra todos los próctores.
Raven debió de entregarle a su padre la grabación de vídeo cuando le pedí que la manipulara. Cabrona astuta. Al final resulta que se preocupa por su padre de verdad. Augusto los mataría a ambos si conociera su falsedad. Quiero interrogar a la soberana sobre los puestos de avanzada militares. Las líneas de suministro. Los imperativos operacionales y las medidas de seguridad. Pero sé que eso le parecería extraño. Llevaría a que ella me formulara sus propias preguntas extrañas. El Oráculo se tensa ligeramente sobre mi brazo, extrayendo tan solo unas minúsculas gotas de sangre en cada succión. No sé con cuánta exactitud puede percibir las falsedades esta cosa. Pero ¿qué hago si me pregunta dónde nací? ¿Quién es mi padre? ¿Por qué me restriego tierra entre los dedos antes de luchar? Mierda. Podría preguntarme simplemente si soy rojo. Pero ¿cómo se le iba a pasar por la cabeza hacerlo si no le doy la sensación de que hay algo… raro en mí?
—¿Hay alguno de tus espías entre los miembros de mi círculo más próximo? —pregunto.
—Muy astuto. No. ¿Dónde fuiste con Abby au Julii hace tres días? ¿Y qué hicisteis? —quiere saber la soberana.
—A la Ciudad Perdida. —De algún modo, el Oráculo percibe que me estoy guardando algo en el tintero. El aguijón le tiembla de entusiasmo—. Para reunirnos con el Chacal, el hijo de Augusto. —Se tensa aún más en torno a mi muñeca—. Para formar una alianza. —El sudor me perla el cuello y el Oráculo se relaja, la respuesta es suficiente—. ¿Por qué llaman a Charles Perfil Pétreo?
—¿No te lo contó? No es porque sea tan duro como la piedra, como te dirían ahora. Es porque durante las campañas en la Rebelión de la Luna era famoso por comerse cualquier cosa. Y un día un gris apostó con él a que no sería capaz de comer piedras. Charles no da marcha atrás. ¿Cuándo te entrenó Charles?
—Todas las mañanas antes del alba, desde mi graduación del Instituto y hasta el enrolamiento en la Academia.
—Es increíble que nadie lo descubriera.
—¿Cuántos Marcados como Únicos hay? —pregunto—. Los datos del censo son muy difíciles de encontrar. El Consejo de Control de Calidad es monstruoso a la hora de atesorar su material de alto nivel.
—Hay 132 689 entre casi cuarenta millones de dorados. ¿Por qué te aceptó Charles como alumna?
—Porque piensa que somos el mismo tipo de persona. ¿Cuáles son tus dos mayores miedos?
—Abby… —advierte Indra.
—Cállate, Indra. Todo vale. —Desvía la mirada hacia Lisandro y sonríe—. Mi mayor miedo es que
mi nieto crezca para convertirse en mi padre. El segundo es la inevitabilidad de la edad. ¿Por qué lloraste cuando mataste a Julian au Belona?
—Porque era mejor de lo que el mundo le permitía ser. ¿Concertaste el noviazgo de Clarke y Bellamy?
—No. Fue idea de ella.
Me había aferrado a la esperanza de que fuera algo impuesto, algo que no tenía más remedio que hacer.
—¿Por qué le cantaste la balada roja a Clarke en el Instituto?
—Porque se le había olvidado la letra, y creo que es la canción más triste jamás cantada.
Hago una pausa antes de mi siguiente pregunta.
—Quieres volver a preguntar sobre Clarke, ¿verdad? —Las comisuras de sus labios se curvan de placer cuando mete el dedo en la llaga de mi dolor—. ¿Quieres saber si te la daré si te unes a mí? Es posible.
—No es un objeto que pueda darse —replico.
Se echa a reír; mi inocencia la divierte.
—Si tú lo dices…
—¿Dónde están los tres Centros de Mando del Espacio Profundo? —pregunto precipitadamente.
Me da las coordinadas sin pestañear.
—¿Por qué te sabías la letra de la Canción de la Siega?
—La escuché de niña. Y tengo buena memoria.
—¿Dónde?
—No es tu turno —le recuerdo—. ¿Por qué me estás haciendo estas preguntas?
—Porque una de mis Furias me ha llevado a sospechar que tal vez los Hijos de Ares sean algo diferente a lo que imaginábamos. Algo más peligroso. ¿Quién es Ares?
Se me desboca el corazón.
—No lo sé. —Observo la cola del Oráculo. No se mueve—. ¿Quién crees tú que es Ares?
—Tu señor.
—Treinta y nueve, cuarenta y dos, cincuenta y seis… —dice Indra.
La soberana niega con un largo dedo.
—Extraño. Tu corazón te delata.
Pongo la mente en blanco. Dejo que todo se desvanezca. Imagino las minas. Recuerdo el viento que se mueve a través de ellas. Recuerdo sus manos sobre las mías mientras caminábamos descalzos sobre la tierra fría hacia el lugar donde yacimos juntos por primera vez en el hueco de un sector abandonado. Sus susurros. Cómo cantaba la nana que mi madre nos tarareaba a mis hermanos y a mí.
—Cincuenta y cinco, cuarenta y dos, treinta y nueve —dice Indra.
—¿Augusto es Ares? —pregunta.
El alivio me invade.
—No. No es Ares.
La puerta se abre con violencia a mis espaldas. Nos volvemos para ver a Mustang entrar en la sala con paso airado luciendo el uniforme dorado y blanco de la Casa de Lune, rematado con el símbolo de la luna creciente de la familia. Un terminal de datos destella en su muñeca. Le hace una reverencia a la soberana.
—Señora.
—Clarke, sigues estando hecha un desastre —dice Indra con voz hastiada.
—La culpa es de esa estúpida hija de puta. —Mustang me señala con la cabeza—. Setenta y tres muertos. Dos familias terrestres desaparecidas, y ninguna de ellas tenía nada que ver con Belona o Augusto. Más de doscientos heridos. —Hace un gesto de negación—. He confinado todas las naves, tal como me pediste, Abby. El mando pretoriano ha iniciado una zona de exclusión aérea en órbita. Se han revocado los permisos a todos los buques capitales pertenecientes a las familias y están siendo trasladados más allá de los Faros del Rubicón hasta nueva orden. Y Bellamy sigue con vida. Está con los amarillos. Los tallistas de la Ciudadela están haciendo planes para reemplazarle el brazo.
La soberana le da las gracias y le pide que tome asiento.
—Lexa y yo nos estamos conociendo. ¿Hay alguna pregunta que consideres que deberíamos hacerle?
—¿Quiere un consejo, mi señora? No intente resolver a Lexa. Es un rompecabezas al que le faltan piezas.
—Eso es bastante ofensivo —digo medio en broma.
Pero sus palabras me duelen.
—Entonces ¿crees que deberíamos quedárnosla?
—Bellamy y su madre la… —intenta responder Mustang.
—¿La qué? —la interrumpe la soberana—. Convertí a Bellamy en Caballero Olímpico. Se mostrará agradecido y entrenará con el filo para que esto no vuelva a suceder. —Su expresión se suaviza cuando le toca la rodilla a Mustang—. ¿Estás bien, querida?
—Sí. Parece que he interrumpido vuestro juego.
No soy capaz de distinguir cuál de las dos mujeres está engañando a la otra. Pero tras las palabras de Karnus en la gala y la certeza de que las naves fueron confinadas incluso antes de que yo comenzara la refriega, sé que la soberana tenía planes. Y creo que ahora puedo descifrar cuáles eran exactamente.
—Una última pregunta. Me la he estado guardando para el final.
—Pregunta, chica. Aquí no tenemos secretos. Pero tiene que ser la última. Ya hemos hecho esperar bastante a Agripina au Julii.
Indra abre la caja para que los Oráculos puedan regresar al interior.
—Esta noche, en la gala, durante el sexto plato, ¿planeabas permitir que los Belona asesinaran al archigobernador Augusto y a todos los que estuvieran sentados a su mesa?
Indra se queda de piedra. Mustang se vuelve lentamente para mirar a la soberana, cuyo rostro no muestra indicio alguno de deshonestidad. La mujer respira suavemente y, con una ligera sonrisa, miente entre dientes.
—No —contesta—. No lo planeaba.
La cola punzante del Oráculo se le clava en la carne.
