16
EL JUEGO
El filo de Titus emite un zumbido y el Caballero Olímpico le corta la cola en menos de lo que tarda una abeja en batir sus alas. Se desploma contra el suelo, un aguijón transparente que rezuma veneno. Sobre el brazo de la soberana, la criatura herida grita. Gime y se retuerce como un gato agonizante. La soberana se la arranca y la lanza contra la pared. La mía se suelta despacio, como si estuviera conectada con la otra. Maullando lastimeramente, se retira a su caja para esconderse en la oscuridad. Me limpio el débil rastro de sangre que me ha dejado en el antebrazo.
—O sea que mientes —digo con una sonrisa malévola.
Abby exhala un largo suspiro.
Mustang se pone de pie, furiosa.
—Me prometiste que no les harías daño. Me engañaste.
—Sí. —Abby se frota las sienes—. Una cuestión de necesidad.
—Me dijiste que aquí no había mentiras —sisea Mustang—. Era un prerrequisito de mi lealtad hacia ti. Lo único que pedí, y ¿planeabas hacerlo delante de mí?
—Siéntate. —La soberana se pone en pie y acerca la cara a escasos centímetros de la de Mustang—. Siéntate ya.
La chica obedece, con la respiración entrecortada. Se niega a mirarnos a mí o a la soberana. Está rodeada de traición. Abby se percata de ello y elabora una nueva estrategia mientras Mustang se saca un anillo de oro del bolsillo y lo hace girar compulsivamente entre los dedos.
—¿Sabes por qué necesito que tu familia desaparezca? —le pregunta la soberana. Mustang no contesta—. Te he hecho una pregunta, Clarke. Deja la petulancia a un lado y contesta.
—Él es una amenaza para la paz —contesta sin emoción, y se coloca el anillo en un dedo—. No observa tus órdenes. No obedece las directivas económicas. Retrasa a los expertos en helio-3 para obtener ventajas políticas.
—Si intentara apartarlo del poder, ¿qué ocurriría?
Clarke levanta la mirada hacia ella.
—Se rebelaría.
—Entonces ¿qué debo hacer? Si se rebela mientras está en Marte, se convierte en su planeta fortaleza. La cantidad de dinero que me costaría sacarlo de allí a la fuerza, encontrarlo, matarlo, restaurar el orden, es… incomprensible. Naves. Hombres. Comida. Municiones. Mano de obra. Escasez de helio-3. La Sociedad tardaría años en recuperarse.
»No podemos permitirnos un enemigo como él. Pero tampoco podemos permitirnos que un aliado nos agravie públicamente. ¿Y si los gobernadores de los gigantes gaseosos pensaran que son inmunes a mis órdenes porque nos mostramos indulgentes con tu padre, porque dejamos que manipule los precios del helio y que ignore las directivas de la soberana? Hace cuarenta años, durante el primer año de mi reinado, las lunas de Saturno se rebelaron. La guerra no terminó hasta que destruí Rea. Cincuenta millones de muertos. Así de testaruda es nuestra raza. Saben lo difícil que me resulta hacer una demostración de fuerza a miles de millones de kilómetros del Núcleo. Pero aun así tienen miedo. Gran parte del reinado de un gobernante es producto de la imaginación de la gente. Mi poder no reside en las naves. Ni en los pretorianos. Mi poder es su miedo. Pero debo recordárselo de vez en cuando.
—Y mi familia va a ser un recordatorio.
—Sí. Dime que no tiene sentido.
Mustang permanece callada durante un largo instante.
—Es el movimiento político lógico. Pero es mi padre…
—Razón por la que no te lo conté. Ten esto en cuenta.
Agita la mano y un holo se enciende en el suelo y se eleva hasta llenar la mitad de la sala. Es una revuelta. Los edificios echan humo. Los grises acribillan a mujeres y hombres con armas de pulsos. Abby cambia la imagen. Una docena más danzan por la habitación. Una mujer cae delante de mí, muerta. Con un agujero en el cráneo. Todavía humeante. Bajo la mirada hacia el repentino horror.
—¿Esto es Marte? —pregunto temiendo por mi familia.
—Cualquiera lo pensaría, ¿verdad? —La soberana pasa un dedo por la boca de un rifle de pulsos cuando empieza a disparar—. Es Venus.
—¿Venus? —repite Mustang en un susurro—. No hay Hijos de Ares en Venus.
—Ni los habrá después de esta noche. La llama se extiende incluso hasta el Núcleo. Hace dos horas, múltiples atentados sacudieron esta Sociedad. Mis políticos y pretores y varios miembros del personal de alto nivel de todo el imperio han iniciado la Orden Cero. Ningún medio de comunicación informará de ello. Allá donde hay llamas, establecemos la cuarentena. Los extinguiremos. Algo que tu padre no ha hecho, Clarke. De hecho, ha permitido que los Hijos prosperen. Que se extiendan aquí.
Se lo advertí a Ontari. Solo espero que no todos los Hijos estén perdidos.
La soberana se acuclilla delante de Mustang.
—Tu padre debe morir. Él colgó a la mujer que los Hijos de Ares utilizaron para comenzar todo esto. La cara de Augusto incendia la propaganda de esos terroristas. Si él no está, si los aplastamos, se desvanecen. Mataremos dos pájaros de un tiro. Organizo el traspaso de poder a Belona y Marte está en paz por primera vez en mi reinado. Lo único que se nos exige a cambio son cincuenta vidas. Sé que es tu padre, pero tú viniste a mi casa por una razón.
Al mirar a Mustang, entiendo cuál es esa razón, y me rompe el corazón. Se pone en pie con lentitud y camina hacia la ventana como si huyera de la decisión. Se queda mirando una nave que avanza en la niebla lejana.
—Cuando mi madre estaba viva, él solía montar a caballo conmigo por el bosque. Parábamos en un claro de flores silvestres y nos tumbábamos sobre las hojas rojas con los brazos estirados fingiendo que éramos ángeles. Ese hombre está muerto. Haz lo que quieras con el nuevo.
