17
LO QUE TRAE LA TORMENTA
Los obsidianos me acompañan a mis nuevos aposentos con Titus siguiéndonos unos pasos más atrás, caminando jovialmente sobre los suelos de mármol. Cuando llegamos a mi puerta, me coge la mano.
—Bien jugado, chavala. La has leído bien, sabes que quiere lo que no puede tener. Condenadamente astuta. Me alegra el corazón ver que al fin estás participando en el juego y ganando, pequeña idiota. —Me da un puñetazo en el hombro—. Mañana iremos al mercado y te compraremos sirvientes. Rosas. Azules. Obsidianos de tu propiedad. De momento… te dejo un regalo. —Señala el interior de mi habitación, donde una rosa descansa sobre la cama—. Pásatelo bien.
—No me conoces en absoluto, ¿verdad?
Suspira y se acerca a mí.
—Esta es la mano que te ha repartido la vida. No es mala. Imagina lo que puedes hacer como emisario personal de la soberana. Abby hace que tu gobernador parezca el dueño del tugurio de un pueblo. Tienes a tu chica. Tienes una oportunidad. Aprovecha tu nueva vida.
La puerta se cierra con brusquedad. Una nueva vida, pero ¿merece la pena pagar el precio? No sé qué está pasando con los Hijos. Eso es algo que puedo disimular. Pero ¿espera que permita que Monty muera? ¿Que deje que Roan, Octavia y Teodora perezcan a manos de escuadrones de la muerte de pretorianos?
Doy vueltas por mi suite ignorando a la rosa. Las nubes nocturnas de la Luna se extienden hasta donde llega la vista tras el enorme conjunto de ventanas que forma la pared norte de la habitación. Los edificios agujerean las nubes como lanzas relumbrantes.
Estoy atrapada por la opulencia.
La lluvia continúa cayendo. Las tormentas de la Luna son criaturas enigmáticas. Para un hombre de Marte, es una lluvia lenta. Letárgica. Como si las gotas se cansaran de su propia caída en esta baja gravedad. Pero los vientos que traen son vendavales. En las ventanas de la Ciudadela no hay rendijas por las que el viento pueda soplar. Echo de menos los gemidos de mi viejo castillo en Marte. Echo de menos los lamentos de las minas profundas. Aquellos momentos en los que el taladro se enfriaba y yo me quedaba allí sentado acariciando mi alianza a través de la escalfandra, pensando en lo pronto que tendría sus labios sobre los míos, sus manos en mi cintura y su cuerpo derramando luz sobre el mío como si fuera tierra. Pero no puedo pensar únicamente en la chica roja. Cuando veo la luna, pienso en el sol: Mustang arde en mis pensamientos. Si Costia olía a óxido y barro, la chica dorada es fuego y hojas otoñales.
Parte de mí desearía que recordara solo a Costia.
Que mi mente le perteneciera y así pudiese ser como uno de esos caballeros de leyenda. Una mujer tan enamorada de una mujer desaparecida que cierra su corazón a todas las demás. Pero no soy esa leyenda. En muchos sentidos, sigo siendo una cría, perdida y asustada, que busca calor y amor. Cuando noto el lodo, honro a Costia. Y cuando veo fuego, recuerdo el calor y el titilar de las llamas sobre la piel de Mustang mientras yacíamos en nuestra cámara de hielo y nieve. Examino la habitación vacía, que no huele ni a hojas ni a barro, sino a cardamomo. Es demasiado grande para mi gusto. Demasiado suntuosa. Hay mármol en las paredes. Una sauna. Una sala de masajes adjunta a una cámara del placer. Hay un sillón de comunicaciones, una cama, una piscina pequeña. Estos son ahora mis aposentos. Veo en un archivo de datos que me han concedido un estipendio de cincuenta millones de créditos para elegir a mis ayudantes. Me han dejado diez millones más para poblar mi harén. Este es el precio que me pagan por traicionar a mis amigos.
No es suficiente.
Mi mirada recae ahora sobre la rosa que está tumbada en mi cama. Desnuda, cubierta solo con
una sábana. Se la he tirado encima para enmascarar su silueta, pensando en la pobre Evey cuando la vi por primera vez. Pero cuanto más miro a esta chica nueva, más me cuesta recordar a Evey, recordar a Costia o a Mustang. Para eso están los rosas, para ayudarte a olvidar. Tan efectivos que te hacen olvidar incluso la tristeza de su propia vida. Cuando envejezca, la venderán a algún prostíbulo de alto nivel y dejará de formar parte del personal de la Ciudadela. Y se le marcarán unas cuantas arrugas más y la venderán para que ocupe puestos cada vez más bajos en la pirámide hasta que no tenga nada más que ofrecer. Les ocurre a los hombres. Les ocurre a las mujeres. Y estoy comenzando a darme cuenta de que les ocurre a los dorados. La rosa me pide que me una a ella. Que permita que alivie lo que me aflige. No le contesto. Me siento en el borde del alféizar y me masajeo los muslos con las manos, a la espera. No tengo mi filo. Varios obsidianos montan guardia en el vestíbulo, al otro lado de la puerta. No conseguiré romper el cristal de la ventana con los medios que tengo a mi alcance, pero no me preocupo. Permanezco sentada, contemplando la tormenta y sintiendo que otra fermenta en mi interior. La puerta se abre con un siseo. Me doy la vuelta con una sonrisa dibujada en el rostro.
—Mustang, yo…
Quien entra en la habitación es un rosa de aspecto coqueto con el pelo blanco y unos ojos que romperían mil corazones en Lico. El mío acaba de romperse ahora. Me había equivocado.
—¿Quién eres? —pregunto.
Deposita una cajita de ónice sobre mi cama delante de la otra rosa.
—¿De parte de quién viene eso? —exijo saber.
—Ahora lo verás, dominus —contesta.
Con delicadeza, le tiende una mano a la otra rosa que, confundida, la coge y lo sigue hacia el exterior de la habitación. La puerta se cierra. Estoy igual de confuso que la rosa. Me abalanzo sobre la caja, la abro y encuentro un holocubo pequeño. Lo activo. Aparece la cara de Mustang, titilante.
—Ponte a cubierto —dice.
Se va la electricidad y la puerta se bloquea por defecto. La habitación queda sumida en la oscuridad. Fuera, los relámpagos restallan a través de las nubes; los truenos rugen. Y oigo algo. Un aullido. No es el viento. Otro relámpago que destella y aparece ella, flotando en la implacable tormenta como el ángel más feo jamás cagado por el cielo. Una piel de lobo le cubre los hombros y se agita al viento. Su yelmo de metal negro representa una cabeza de lobo y va armado hasta los malditos dientes.
Raven ha venido, y ha traído amigos.
Relámpagos. Más truenos, y esta vez la tormenta ilumina su sonrisa de hacha y a los ocho asesinos flotantes que la siguen. Nueve Aulladores en total. Pequeños diablillos crueles esperando en la oscuridad, contorneados por los restallidos de la electricidad de la tormenta. Harper y sus largas piernas también están aquí. Me refugio en la sauna cuando Raven toca el cristal con un puño de pulsos después de activar un campo inhibitorio para que absorba el ruido. El vidrio se quiebra hacia dentro. El sonido distorsionado de la tormenta los sigue hasta el interior cuando aterrizan con un ruido sordo sobre el alfombrado suelo de mármol. El viento sacude mi ropa de cama y mis tapices. Uno por uno, se arrodillan: la rolliza Guijarro, la cruel Arpía, Payaso, larguirucho y con cara de bueno, y todos los demás.
—Amigos. ¡Levantaos! —vocifero—. Ya sois lo bastante bajitos.
Se echan a reír y se incorporan. Guijarro y Payaso se apresuran a soldar mi puerta de metal con antorchas de plasma para sellarla. El agua resbala por la nariz ganchuda de Raven cuando me señala brevemente con la cabeza tras haber hecho que su armadura absorba el yelmo. Tiene el pelo rapado con formas de dragones. Silenciosa y rezumando burla, levanta una bolsa enorme y pesada con la otra mano. Y cuando camina, se mueve con desdén hacia la baja gravedad. Como si fuera algo para tontos y debiluchos.
—Señora Segadora. Pareces un florecilla pretenciosa en esta madriguera de señoritas. —Me dedica una reverencia exagerada tras dejar la bolsa a mis pies—. Tal vez por eso Mustang haya considerado que necesitabas desesperadamente a tu condenada manada.
—¿Te ha traído desde el Confín?
—Nos ha traído a todos —dice Harper—. Llevamos aquí varias semanas a la espera. Necesitaba hombres que supiera que no serían leales a la soberana.
Una póliza de seguro. No me puedo creer que dudara de ella. Mustang no ayudaría a matar a su padre de ningún modo. Me di cuenta durante mi conversación por la soberana de que, de hecho, ese tenía que ser el motivo por el que Clarke estaba aquí: para infiltrarse en la familia de la soberana como yo me infiltré entre los dorados. Cuando entró en la sala de la soberana, recordé que antes del duelo me comentó que ella tenía sus propios planes. Ahora todo encaja al fin. Ambas estaban disputando sus propios juegos, pero yo ayudé a revelar la mano de la soberana. A la soberana no le preocupaba lo que yo pudiera llegar a saber, ¿por qué jugar con los Oráculos, si no? Pero en cuanto Mustang entró en la habitación, el paradigma se alteró. Debería haberle puesto fin al juego en aquel mismo instante. Pero su orgullo la superó.
En cuanto a Mustang, supe que estaba conmigo en cuanto se sacó del bolsillo el anillo de oro con la imagen de un caballo que le regalé y se lo puso en el dedo. En aquel instante se me aceleró el corazón y supe que encontraría la manera de sacarnos del trance.
—Raven. —Sonrío y le estrecho la mano—. Nuestro archigobernador está…
—Lo sé. Mustang nos ha informado.
—Ven aquí, diablilla patilarga.
Harper se aparta de los demás, me rodea la cintura con un brazo delgado y me besa en la mejilla. Huele a hogar. He echado de menos a esta gente. El viento aúlla cuando pasa por nuestro campo inhibitorio. El ojo biónico de Raven brilla artificialmente. Harper me ha traído unas gravibotas de color ébano. Me las calzo.
—Puede que Mustang nos haya traído desde el Confín. Pero no hemos venido por ella. No hemos venido por Augusto. Hemos venido por ti, Segadora —gruñe Raven. Harper frunce el ceño cuando mi amiga escupe sobre la hermosa alfombra—. Hemos visto lo que le hiciste a Bellamy. Y queremos lo que estás intentando hacer.
—Y ¿eso es…? —pregunto más que ligeramente confundida.
—Lo que siempre quieren los asesinos pobres. La guerra —ruge—. Y todos sus botines.
—Y ¿qué pasa con tu padre? Ahora ocupa un puesto elevado.
—Titus es un comemierda —replica—. Él solito se lo ha guisado… Dejemos que se lo coma mientras nosotros arrasamos la casa.
—Bueno, si quieres guerra, si quieres botines, será mejor que nos movamos. El archigobernador es el que tiene un ejército.
Harper asiente.
—Y Monty está allí. Y Roan.
—Roan —masculla Raven, aunque yo sé que su mueca de desdén es por Monty. Mira a Harper con ojos tristes durante un brevísimo instante y luego se ajusta la armadura.
—Entonces ¿cuál es el plan? —pregunto, y cojo el filo que me ofrece Guijarro.
Raven y Harper intercambian una mirada y se echan a reír.
—Mustang nos facilitará una nave. Dijo que tú solucionarías el resto —responde Harper.
Justo entonces, a mi espalda, la puerta se estremece y destella con una pupila de metal al rojo vivo que se va dilatando. Percibo algo. La bolsa que Raven ha dejado en el suelo. Se mueve. Mi amigo me sonríe. Conozco esa sonrisa.
—¿Raven?
—Segadora.
—¿Qué has hecho?
—Mustang nos ha dado un paquete. Digamos… —Harper esboza una enorme sonrisa a mi lado—
que no es su cocinero.
Abro la cremallera de la bolsa y me quedo boquiabierto.
—¿Estás loca? —le pregunto.
Ella se limita a aullar.
