18
MANCHAS DE SANGRE
Mi padre me dijo una vez que un sondeainfiernos nunca puede parar. Si te paras, el taladro puede atascarse. El combustible se quema demasiado rápido. Puede que no alcances la cuota. La precaución es secundaria. Utiliza tu inercia, tu impulso. Por eso bailamos. Para transformar el movimiento en más movimiento. El tío Gustus siempre me decía que parara. Se equivocaba. Me cargué muchos taladros por su culpa. Sin embargo, Gustus vivió más que mi padre, así que tal vez tenga algo de razón. Mis Aulladores saltan conmigo por la ventana y no nos detenemos cuando nos zambullimos en la tormenta negra. Nos lanzamos en caída libre, agujereando las nubes, sin utilizar las gravibotas. Como lluvia negra que grita en dirección al suelo. Soy la primera. Los siento a mis espaldas. Mis Aulladores. Al principio me falta el oxígeno. Contengo la respiración. Casi se me congelan los globos oculares dentro de sus cuencas. Brotan las lágrimas. El viento frío me muerde el cuerpo y tiemblo de pies a cabeza. Ahora usamos las gravibotas para atajar por la Ciudadela. Avanzamos entre las nubes para que no se nos vea. Villas bajo nuestros pies. Edificios, jardines y parques. Barracones y plazas con estatuas. Un patrullero alas ligeras circula por el cielo. Nos deslizamos tras un chapitel y nos quedamos allí pegados como arañas hasta que nuestros escáneres dicen que ha desaparecido. Tiemblo entre mis amigos provistos de armaduras. Entonces flotamos de nuevo. A un kilómetro de la villa. Hierbajo lleva ahora a la espalda el regalo de Raven; el peso lo ralentiza un poco. Aterrizo en la muralla que rodea la villa y la separa de los otros complejos donde el resto de las familias notables se arrebujan temiendo lo que trae la noche. Hace menos frío ahora que estamos más cerca del suelo. Los Aulladores aterrizan a mi alrededor. Parecen gárgolas sobre la muralla. La oscuridad domina los terrenos de la villa.
—¿Hemos llegado pronto? —me pregunto.
No hay señales de lucha. Pero las luces están apagadas.
—O tarde —dice Raven—, si los han matado mientras dormían.
—Esto debe parecer una masacre de los Belona. La soberana no querrá verse implicada.
Pero ¿qué demonios significa eso? Los Belona vendrían con grises, obsidianos y dorados, y a pesar de su tan cacareado honor, destruirían hasta la última mujer y el último niño con cualquier medio que tuvieran al alcance. No levantas el pie del cuello de un enemigo y continúas siendo tan poderoso como lo han sido ellos durante cientos de años. La aniquilación será silenciosa, en cualquier caso. Puede que la soberana controle la Ciudadela, pero el caos atraería miradas no deseadas, variables no deseadas, y eso haría que Abby pareciera débil. Mejor hacerlo sin más. Mejor decir que lo han hecho los Belona y al cuerno con lo que piense cada uno. Con los de Augusto muertos, ¿qué sentido tiene llorarlos? Así es como piensan los dorados. Pero si están vivos tras haber escapado al exterminio… Bueno, eso es algo completamente distinto.
—Harper.
Me acerco a ella para oírla susurrar:
—La posición es demasiado despejada. Si tienen ópticas, nos localizarán sobre la muralla. —Señala el tejado—. Podemos hacer una incursión hasta allí. Ir bajando nivel por nivel.
Percibo preocupación en su voz.
—Cogeremos a Monty —digo—. Te lo prometo. —Le doy unas palmaditas en el brazo—. Raven, ¿cuánto falta para que llegue el transporte?
—Mustang ha salido hace diez minutos.
Muevo el cuello hasta que me cruje y me restriego la lluvia entre los dedos.
—Per aspera ad astra.
—A través de las espinas hasta las estrellas —dice Raven con una risita—. Eres una mierdecilla pija. Omnis vir lupus.
Todos los hombres son lobos. Los Aulladores se sonríen unos a otros y nos marchamos de la muralla. Aterrizamos sobre el tejado. Silencioso y oscuro. Hierbajo se ha quedado en la muralla con el regalo de Mustang retorciéndose en la bolsa. Como depredadores, avanzamos sobre las tejas de arcilla hasta entrar de dos en dos por una ventana del séptimo piso de la villa. Este sitio es un complejo. Docenas de habitaciones. Siete pisos. Fuentes corriendo por todas partes. Baños. Sótano. Saunas. Por tanto, su infrarrojo no sirve de nada. Demasiada agua caliente circulando por las tuberías. Aquí dentro hay más silencio que en una cripta. Nos movemos con lentitud comprobando las habitaciones, fluyendo como el agua los unos en torno a los otros como hacíamos en el Instituto. Raven y Cardo se adelantan, espectrales, para explorar. Con las gravibotas desactivadas para que no se oiga su zumbido. No vemos ni un alma. Todas las habitaciones están vacías y las camas deshechas, incluida la del archigobernador. Los de Augusto no están aquí. Entonces ¿dónde están?
No tienen armamento militar, aparte de varias armaduras y filos y unos cuantos puños de pulsos. Los guardaespaldas fueron eliminados antes incluso de que regresaran a la villa. Augusto y su séquito no habrían sido capaces de escalar la muralla. Puede que huyeran sirviéndose de gravibotas. Pero los habrían visto. Y derribado. Nosotros solo hemos conseguido llegar hasta aquí porque no nos esperaban.
—¿Capturados? —pregunta Raven.
No. Para los pretorianos esta noche el único augustano bueno es el augustano muerto.
Pop.
Nos miramos los unos a los otros. Acaban de activar un campo inhibitorio. Y grande. Estamos dentro de él. Es probable que todo el complejo de la villa esté dentro de él. Está a punto de ocurrir algo. Miro por la ventana hacia el exterior y veo una sombra que se mueve atravesando el césped del jardín. Tres sombras bajo la lluvia. Me agacho y le hago una seña a Raven. Pretorianos. Espectrocapas. El corazón me late con tanta fuerza que hace que mi caja torácica se agite. Mi amiga se acerca a la ventana, a punto de saltar para intentar matarlos. Se lo impido.
—¿Qué demonios estás haciendo? —susurro.
Frunce el ceño.
—Quiero matar a alguien.
—Todavía no, maldita sea. No somos un ejército.
No hay nadie en el séptimo piso. Bajamos por una escalera circular de mármol. Sus armaduras engrasadas emiten suaves crujidos que retumban por la cavernosa caja de la escalera. Vemos el mármol del primer piso, más de treinta metros más abajo, pero ni un solo movimiento. Encontramos la primera sangre en el sexto piso, filtrándose desde la sauna. Abro la puerta, con el corazón latiéndome en la garganta, preparado para ver dorados mutilados. Es un paisaje aún más triste. Más de veinte rosas, marrones y violetas pensaron en esconderse en esta sala. Los Belona y los pretorianos dieron con ellos. Los asesinaron. Es un espectáculo extraño. Muertes muy limpias. Tajos en la cabeza. Demuestra que estos pobres sirvientes apenas tuvieron oportunidad alguna. Los dorados los sacrificaron como si fueran ganado. Rebusco entre ellos con desesperación, con la esperanza de no encontrarla. Rezando. No está aquí… Teodora debe de estar con los demás. Me invade una furia helada. Noto que se filtra al resto de los Aulladores. Encontramos al primer dorado muerto en el tramo de escaleras que lleva al quinto piso. Un viejo caballero de mi casa. Su muerte no fue agradable. Nos topamos con otro hombre muerto un poco más allá, junto a un graviascensor. Cayó como si hubiera defendido el ascensor mientras otros bajaban. Por la ventana, atisbo a la lancera de Augusto que se burló de mis habilidades con el filo hace tan solo un día. Sale corriendo de la casa en dirección a los jardines. Una forma se materializa en la oscuridad. Un pretoriano dorado con un reborde morado sobre la armadura negra la persigue. Dos obsidianos de los Belona la acorralan y la obligan a volverse hacia su perseguidor. La mata con un solo golpe. No hay nada que hacer. Muere demasiado deprisa. Hace un momento estaba jadeando, temiendo, corriendo. Ahora, las dos partes de su cuerpo caen al suelo.
—Estos pretorianos no se andan con tonterías —murmura Raven.
Harper me mira de arriba abajo, señalando mi falta de armadura y yelmo. Me ofrece el suyo. La ignoro.
—Lexa, no hemos venido hasta aquí para verte morir de un golpe en la cabeza.
—Aparta eso —le digo—. Monty escribirá mil condenados poemas si te haces el más mínimo chichón en la tuya.
—Quédate con el yelmo, H —le ruega Raven—. Aunque solo sea porque detesto los poemas.
Dejo que el filo que me han prestado repte hasta la palma de mi mano y me muevo por el quinto piso. Se me acelera el pulso ante la puerta de cada habitación. Espero encontrarme con el cadáver de Monty. Con el cuerpo machacado de Octavia. Raven levanta una mano junto a las escaleras del cuarto piso y me hace gestos para que me coloque junto a ella. Me acerco con Harper y miro hacia abajo. Por la caja circular de la escalera sube polvo. Debajo de ella, en el rellano de la planta baja, sombras que se mueven. Pero no hay ruido. Raven se agacha y coloca un pedazo de escombro sobre el borde de una barandilla. Me pide que lo observe. Los Aulladores se arremolinan a nuestro alrededor y miran la piedra con fijeza. Yo me tenso. Aunque no hay sonido, la piedra se balancea ligeramente.
Vibraciones en el edificio.
Antes de que Raven y los demás puedan detenerme, salto por encima de la barandilla y bajo por el centro de la escalera de caracol a una velocidad diez veces superior a la que permitiría la gravedad de esta luna. Pop. Entro en el dominio de un segundo campo inhibidor y los sonidos de la guerra repiquetean contra mi cuerpo. Explosiones impactantes, gritos, quemadores que expulsan balas con un siseo, armas de pulsos que gorjean como fantasmas enloquecidos. Justo antes de aterrizar, manipulo mis gravibotas para que me frenen. Caigo contra el mármol y sacudo el filo por encima de la cabeza trazando un violento círculo. Cuatro pretorianos grises mueren. Ocho golpes secos contra el suelo. Sus espectrocapas se desintegran como la escarcha de un cristal bajo un aliento cálido.
Cadáveres, esparcidos por todas las salas.
Escombros. Fuego. Grises y obsidianos persiguen a los dorados de Augusto. Seis grises abruman a dos dorados con rifles de riel, la munición magnética chirría contra las égidas hasta que estas se sobrecargan y se deforman hacia atrás consumiendo los brazos izquierdos de los dorados. Las descargas impactan contra los escudos de pulsos que cubren sus cuerpos y sobrecargan el circuito. Los grises se acercan a ellos con precisión ensayada y les disparan a bocajarro en las cabezas cubiertas por yelmos. La mejor armadura del Sistema Solar colapsa y el hombre y la mujer están muertos. Los grises se vuelven hacia mí, levantan los rifles y mis Aulladores caen en cascada a mi alrededor. Sus égidas negras palpitan contra los avambrazos que les cubren los brazos izquierdos hasta el codo. Bloquean el fuego atacante. Raven se aparta de la formación. Harper la sigue. Como fantasmas, aparecen y desaparecen de la vista, moviéndose como dos volutas de humo gemelas. De algún modo están entre los grises y luego de vuelta a mi lado antes de que estos caigan. Más disparos impactan contra nuestra formación y están a punto de arrancarme la cabeza desnuda. Me agacho tras mis compañeros con armadura. El terror me late en las venas. Un gris aparece en el vestíbulo y nos lanza un microdisparo. Treinta bombas minúsculas se esparcen como un enjambre de avispas. Cardo y Culopocho acribillan el enjambre con sus puños de pulsos. Una capa de fuego azul se extiende por todo el espacio. Un segundo enjambre de bombas aúlla tras el primero. Harper desvía la energía a su gravipuño y dispara contra ellas justo antes de que impacten. Dan marcha atrás, deshacen el camino que habían recorrido y detonan al chocar contra el batallón gris. No duraremos aquí dentro. Nada durará aquí, decido cuando veo a tres obsidianos de los Belona que se acercan corriendo con Karnus au Belona pegado a sus talones. Algunos de mis amigos morirán en este piso si luchamos contra todos los que se enfrenten a nosotros. Hay un modo mejor.
Un modo más inteligente.
—¡Raven, haz un agujero! —grito señalando al séptimo piso detrás del hueco de la escalera.
Dispara su puño de pulsos hacia arriba y los trozos de piedra caen a nuestro alrededor, suspendidos por el gravipuño de Harper. Raven vuelve a disparar y la lluvia atraviesa el agujero y se arremolina en la burbuja de gravedad que ha creado Harper. Me pongo en pie y grito:
—¡A mí!
Salimos volando del caos antes de que los pretorianos caigan sobre nosotros. Me detengo doscientos metros por encima de la villa. El viento nos fustiga. No tenía ningún plan cuando me lancé hacia la planta baja. Solo pensaba en mis amigos. Ahora sé que, si luchamos, nos matarán a los Aulladores y a mí. Dejo que el filo se me enrosque plácidamente en el brazo. Doy instrucciones a los Aulladores para que hagan lo mismo y rujo en la oscuridad:
—¡INDRA! —Los Aulladores se cierran en un círculo a mi alrededor, nerviosos mientras flotamos, expuestos, sobre la villa. La tormenta nos envía intensas oleadas de lluvia—. ¡INDRA!
Una horda de pretorianos desconecta sus espectrocapas cerca de las fuentes termales y la laguna, donde el calor del agua sume al infrarrojo en el caos. Dos pretorianos suben a toda prisa desde el jardín atravesando los pinos. Uno de ellos es un Sucio, que se acerca y me apunta a la cabeza con su puño de iones.
—Quítame esa cosa de la condenada cara, estúpido Sucio. ¿No reconoces a tus superiores?
Una dorada pretoriana se une a él. No la reconozco. Su yelmo de serpiente se funde con su armadura morada y negra, más elegante que las de los obsidianos. Tiene el rostro afilado y despiadado como la punta de un hacha.
—Gaia, para —espeta.
El Sucio baja su arma. También su yelmo es absorbido por su propia armadura de pretoriano, y entonces descubro que Gaia es una mujer. Una obsidiana una cabeza más baja que yo con un tatuaje tribal que le devora el rostro pálido. Tras ella ondea su cabello blanco. Tiene más cicatrices en la cara que yo en todo mi cuerpo.
—Perra de ébano —protesta Raven—. Le dispararé si vuelve a gruñir.
—¿Erais vosotros el escuadrón de la escalera? —La dorada no aparta la vista de nosotros, sin tener muy claro qué pensar de mí y de mis Aulladores—. Habéis matado a mis grises.
—No lloriquees por los grises —le digo—. Alzaron sus manos contra mí.
—¿Por qué estás aquí? —Se limpia la lluvia de la cara—. La soberana te había confinado en tu habitación para que pasaras allí toda la noche. ¿Eres la responsable del apagón eléctrico?
—Mis asuntos son los de la soberana.
No puede permitirse no creerme. Se queda inmóvil durante un instante y me doy cuenta de que tiene ópticas en los ojos. Comprueba una base de datos.
—Mentirosa.
El arma de la Sucia vuelve a apuntarme.
—Ya sabes quién soy, pretoriana —digo con toda la autoridad de la que soy capaz de hacer acopio—. También sabes que no estoy en tu lista de presas. Tengo inmunidad.
—Revocada.
—Pues llévame ante Indra.
—Indra no está aquí.
—No me mientas.
Las ópticas destellan en sus iris cuando recibe una orden digital.
—Sígueme.
Aterrizamos sobre piedras blancas y seguimos a la pretoriana entre los árboles en dirección a la laguna donde terminan los manantiales termales.
—¿Qué haces? —me susurra Raven al oído sin apartar la mirada de Gaia.
Le hace la cruz a la mujer cruzando el dedo corazón sobre el índice.
—Voy a utilizar tu ventaja.
Indra está de pie en el jardín, flanqueada por miembros de la casa de Belona: dos dorados y el resto obsidianos. Gaia es la única Sucia. La laguna exhala tirabuzones de vapor en torno a los hombros del Caballero Proteico, que observa el agua impasible, como un niño que contempla una hoguera esperando a que se consuma un tronco.
—¿Lexa? —ronronea Indra sin mirarme—. No estás en tu habitación. —Evalúa a los Aulladores. Los reconoce—. Y has matado a mis hombres. Titus se equivocaba respecto a ti.
—Tengo algo que quieres —digo con brusquedad—. Pero llama a tus perros.
—Intentaron escapar antes de que llegáramos, aun con las gravibotas confiscadas. Un intento estúpido. Trataron de ponerse en contacto con los Julii, pero estaban comprados.
—¿Octavia? —pregunto.
Nos ha traicionado.
—Viva. Con el resto. Se librará gracias a la cooperación de su madre. Dos barcos de Augusto se esforzaron por escapar de nuestro bloqueo en órbita. Los derribamos. Los de Augusto son como tejones acorralados.
—Leones —le recuerdo.
Sacude la sangre de su filo.
—Yo no diría tanto.
—¿Queda alguno vivo?
No dejo que el pánico se refleje en mi voz y me vuelvo para mirar hacia la villa.
—Los premios.
Exhalo un suspiro de alivio.
Indra hace que su filo se deslice hasta su mano.
Se pone rígido y la mujer se vuelve hacia mí. Sus pupilas verticales beben de la luz.
—Tus amigos están en la laguna. Se han escondido ahí porque el calor del agua ciega nuestro infrarrojo. Un último intento desesperado. Los sistemas de filtración de aire de los yelmos se habrán cortocircuitado por el pulso electromagnético. Así que lo único que les queda es el aire que contengan sus propios yelmos. Y tampoco mucho. No durarán ni quince minutos. Los que no lo lleven… quizá seis. Pronto saldrán flotando a la superficie, como manzanas. —Sonríe amablemente—. Se los estoy guardando a Karnus; está dentro divirtiéndose con lo que queda. Da gusto verlo, ¿verdad?
La lluvia cálida retumba en las armaduras. Es lo único que se oye.
—¿Por qué estás aquí, Andrómeda, y no en tu habitación? —Indra juguetea con su filo, partiendo gotas de lluvia por la mitad—. La soberana te lo dejó muy claro.
—Tengo algo que quieres —repito.
—Lo que quiero es que Abby sea obedecida. Vuela de vuelta a tu habitación, chica, date una buena ducha y manosea a la rosa que te dejamos en la cama. Vuelca en ella tu rabia o lo que sea. Y mantén tu juramento intacto. No muevas ni un dedo contra mí. Solo has matado grises. Eso se olvida con facilidad, ¿verdad? Vuelve y pensará que esto no es más que una escaramuza de juventud. Quédate, y añadiré tu cadáver y los de tus amigos bronces al montón.
A mis espaldas, los Aulladores se enfurecen.
—¿Cómo mataste a los sirvientes? —pregunto acaloradamente—. Como corderos en el matadero.
Indra se vuelve hacia la laguna.
—Es hora de que te vayas, Segadora.
—Eres repugnante. —Me acerco más a ella—. Tanto poder, y ¿así es como lo usas? Matando familias en mitad de la condenada noche. Está claro que eres una deshonra. Espero que recuerdes el dolor que le has causado a otros cuando pisotee tu cadáver.
Se vuelve hacia mí con toda su furia.
Extrayendo el filo. Con los ojos fulgurantes. Pero no puede tocarme. Ahora no. Esta noche no.
—Lexa —me llama Raven con una extraña y repentina amabilidad en la voz.
—¿Sí, Raven?
—Ahora que hablas de recordar cosas. ¿No te estás olvidando de algo ahora mismo?
—Creo que sí —interviene Harper—. Nuestro sabia…
—… pero olvidadiza Segadora —concluye Payaso con un tono realmente frívolo.
—Ummm. Discúlpame, Indra. Me he olvidado hasta de lo que había venido a decirte.
Me quedo ahí de pie, con expresión de desconcierto.
Harper suspira.
—La bolsa.
—¡Ah, sí! ¡Gracias por recordármelo, Raven! —grito teatralmente. Indra no sabe cómo demonios tomarse esta súbita cháchara—. Dile a Hierbajo que baje.
Raven habla por el intercomunicador y un instante después Hierbajo desconecta su espectrocapa y vuela desde la muralla a un kilómetro de distancia. Lo vemos acercarse. Guijarro silba una melodía alegre, que hace que se gane una mueca de desagrado por parte de Arpía y una risa por la de Raven, que comienza a silbarla también. Los pretorianos piensan que están locos. Pieles de lobo cubriéndoles las espaldas. Armadura negra y a la medida. Yelmos de lobo. Y nadie que supere los dos metros excepto Harper y yo. Es como el circo violeta ambulante de un violeta.
—¿A qué estáis jugando? —exige saber Indra.
—¿Nadie te ha propuesto nunca un trueque? —pregunto sorprendido—. Qué gran lástima.
Hierbajo aterriza delante de mí y me pasa la bolsa que me ha regalado Raven. Indra pregunta qué hay dentro.
—Ordena a los hombres que tienes en la villa que detengan la masacre y te lo diré.
—No negocio con críos.
Le doy una ligera patada a la bolsa con la bota para mostrarle a Indra que cualquiera que sea el contenido se mueve. La mujer frunce el ceño y puede que comience a entender de qué se trata. Utiliza el intercomunicador para decirle a sus hombres que abandonen.
—¿Qué hay en la condenada bolsa?
La abro y saco al heredero al Trono de la Mañana como si fuera un conejo recién atrapado. Lisandro tiene las manos y los pies atados con delicadeza, y sobre la boca le han puesto un pañuelo de seda para evitar que hiciera ruido. Se lo desato.
—Hola, Indra —dice.
Indra se precipita hacia él. Yo aparto al muchacho de su camino.
—No, no.
Acerco mi filo al cuello de Lisandro y dejo que se enrede en torno a él del mismo modo en que el afectuoso Oráculo se enroscó alrededor de mi muñeca. El Caballero Proteico se queda inmóvil. Sus pretorianos contemplan la escena en silencio; sus yelmos negros y sus capas moradas los convierten en sombras. Los pocos miembros de la Casa de Belona dan unos pasos al frente. Indra les hace un gesto para que retrocedan.
—Al próximo que se mueva lo parto en dos. ¿Cómo te han cogido, Lisandro? Tus guardias…
—Fue Mustang —contesta el niño—. Vino a saludarme. Rajó mi ventana y me entregó a los Aulladores.
—¿Te han hecho daño?
—Tu turno de palabra se ha acabado, Indra —la interrumpo—. Dejarás que los miembros de mi casa salgan de la laguna. Dejarás que embarquen en el transporte que tengo en camino. Les dirás a los alas ligeras y luchadores que ocupan el cielo y el espacio por encima de la Luna que nos dejen pasar. O haré que mis Aulladores maten al niño.
—Prometiste proteger a la soberana —susurra Indra—. Y, sin embargo, ¿haces… esto? Es un niño. Está indefenso.
—Es parte del juego —dice Lisandro muy serio—. Tú también juegas, Indra. Todos estamos en el tablero.
—Ya ves, está menos indefenso que los sirvientes a los que has masacrado esta noche —interviene Harper—. Menos que aquellos a quienes tu padre achicharró en Rea. Pero él es uno de los tuyos. Y por eso te importa, claro.
—Tú matarías a toda una familia para asegurarte de que tu soberana está a salvo —digo con frialdad—. Yo mataría a un niño para asegurarme de que mis amigos están a salvo. Vuelve a hablar, y le corto la mano izquierda.
Sabe que sería capaz de matar al crío.
Yo sé que no lo haría. No soy Karnus. Ni Evey ni Ontari, a pesar de lo que puedan pensar estos dorados. Así que aunque destaparan mi farol, me echaría atrás. De todas formas, en cuanto lo mate, ellos aniquilarán a todas las personas que conozco. El asesinato sería en vano. Este es precisamente el motivo por el que me he creado una reputación como asesina, para tener ventaja en situaciones como esta. Si conocieran mi corazón, matarían a mis amigos uno por uno. Esto es una apuesta. Apuesto por un orgullo de dos tipos. El primero es que la soberana no me permitirá matar a su único nieto, a quien ha criado desde su más tierna infancia para ocupar su lugar cuando llegue el momento. El segundo tipo de orgullo es que, en el fondo, Abby no considerará una gran pérdida que Augusto y su familia escapen hoy. Posee la determinación y los medios para perseguirnos hasta los confines del Sistema. ¿Por qué destapar mi farol y arriesgarse a que su nieto muera? Esto lo sé por cómo mató ella a su padre: no de inmediato, sino solo cuando obtuvo el apoyo de todos los anteriores seguidores del soberano, solo cuando ellos le pidieron que se levantase contra el gran tirano y reinara en su lugar.
Las mujeres como ella tienen paciencia. Si la soberana me dijera que hiciera lo peor, si me gritase que matara al niño y sufriera las consecuencias, sería algo temerario. Una demostración de poder contundente, brutal, como si dijera: «Llévate a mi nieto, no puedes hacerme daño». No, en lugar de eso fingirá debilidad, dejará que me lleve esta victoria y luego hará recaer la perdición eterna sobre mí y sobre los míos. Me parece justo. Ya jugaremos a eso otro día.
Una nave ruge sobre nuestras cabezas. Una cigüeña: construidas para trasladar a hombres vestidos con caparazones estelares a los puntos de recogida, pero más lentas que una tortuga escalando una montaña. Las puertas se abren doscientos metros más arriba, como ordené. Mientras tengamos al niño, la velocidad de la nave no importa lo más mínimo. Por supuesto, Mustang se ha encargado de planearlo.
—Ahora vamos a recoger a nuestra gente, Indra. Haz saber a tus hombres que no deben hacer nada para impedírnoslo.
La mujer se limita a mirarme con fijeza, a observarme como una pantera escarnecida en un zoo, con ojos silenciosos, horribles, como si deseara que las barreras que nos separan desapareciesen.
—Raven, Cardo, registrad la villa. Comprobad si alguien ha conseguido sobrevivir. —Salen disparados—. Harper, vigila al niño. Los demás, sacad al archigobernador y a su comitiva de la laguna.
»Deberías anular las órdenes de los alas ligeras —le digo a Indra. Los patrulleros titilan en la oscuridad kilómetros por encima de nuestras cabezas—. Demasiado ruido y todo esto se convierte en una pesadilla para todos nosotros. La soberana masacra a una casa… pero ¡la casa escapa! Qué testimonio más ruin para su hambre, su impotencia. Qué debacle podría causar eso. —Le dedico una sonrisa de suficiencia—. Bueno, me temo que algunas casas podrían ponerse del lado de la casa ofendida. Algunas de ellas podrían tener miedo de que también las apagaran a ellas como si fueran velas en mitad de la noche. ¿Qué le sucedería a la pobre Lincoln Solaris, entonces?
Harper se queda conmigo, con los dedos crispados sobre sus armas mientras Indra obedece mis órdenes. Yo mantengo una mano sobre el crío mientras el resto de los Aulladores se lanzan al agua y regresan a la superficie con miembros de la Casa de Augusto aferrados a ellos, empapados y resollando, algunos vestidos con ropa formal, otros con la armadura, la mayoría sin yelmo.
Parece ser que estaban compartiendo el oxígeno.
Augusto se agarra a la espalda de Arpía. El Chacal al brazo de Payaso. Plinio a sus pies.
¿Dónde están mis amigos?
Los Aulladores depositan a los supervivientes en la plataforma de la cigüeña que se cierne sobre nosotros y vuelven a por el resto. Octavia es la siguiente que sacan. No lleva yelmo y tiene una herida en el cuello. Pero empuña su filo como si fuese la única cosa que la mantiene con vida. Ametralla coléricamente con la mirada a los pretorianos reunidos al borde de la laguna y luego me ve a mí. Sus ojos chisporrotean como piedras de escopeta. Su rabia se desvanece durante un instante y esboza una sonrisa de alegría, que se esfuma de inmediato para dar paso a los gritos:
—¡Os recordaré a todos con gran júbilo! —Ríe como una loca—. Empezando por ti, Indra au Grimmus. Me haré un abrigo con tu pellejo.
Desaparece en las entrañas de la embarcación que nos sobrevuela. Monty es el siguiente con el que cargan hasta la superficie. Teodora está con él. Pronuncio una silenciosa plegaria de agradecimiento. Harper me toca el hombro y le saluda con la mano. El delgado rostro de mi amigo estalla en una sonrisa al verla. Ni siquiera se percata de mi presencia. Y después desaparece también para aterrizar en la parte trasera de la nave. Justo después, Cardo regresa de la mansión ayudando a varios supervivientes, entre ellos los Telemanus y Roan, que sangra por la docena de agujeros de su armadura dorada. Se ha resistido con ganas.
—¿Lexa? —grita—. ¡Puta loca! —Ve al nieto de la soberana y suelta una carcajada alegre—. Vaya, es estupendo. Estupendo. Te debo una copa, buena mujer…
Su voz va debilitándose a medida que asciende hacia el cielo, aunque todavía se las ingenia para hacer la cruz con los dedos y sacudirlos en dirección a Indra.
—Roan —susurra Lisandro—. Es más alto que en los holos.
—Es el último —me dice Raven.
—Dile a tu señora que los de Marte no nos humillamos tan fácilmente —le ordeno a Indra.
La lluvia cae con fuerza entre los dos. Chorrea sobre su rostro oscuro y hace que sus escalofriantes ojos destellen en la noche. Rompe el silencio que le había impuesto.
—Eso es lo que dijo el gobernador de Rea cuando mi Señor de la Ceniza fue a sofocar su rebelión. —Pronuncia esas palabras con una voz que no parece la suya. Es como si alguien hablara a través de ella—. Miró al hombre flacucho que envié con el ejército y se río y preguntó por qué debería humillarse ante mí, la perra parricida de un tirano muerto.
La soberana le habla a Indra al oído, a través del intercomunicador, y esta repite sus palabras.
Se me hiela la sangre.
—El gobernador de Rea estaba sentado en el Trono de Hielo de su célebre Palacio de Cristal y le preguntó a uno de mis sirvientes: «¿Quién eres tú para insuflarle miedo a un hombre como yo? A mí, que desciendo de la familia que talló el cielo en un lugar donde antaño no había más que un infierno de hielo y piedra. ¿Quién eres tú para obligarme a inclinar la cabeza?». Entonces golpeó al Señor de la Ceniza en el ojo con su cetro.
«Vuelve a la Luna. Vuelve al Núcleo. El Exotramo es para criaturas de espaldas más fuertes». El gobernador de Rea no se humilló. Ahora su luna está hecha cenizas. Su familia está hecha cenizas. Él está hecho cenizas. Así que corre, Lexa au Andrómeda. Vuelve a Marte, porque mis legiones te seguirán hasta los confines de este universo.
—Eso espero —digo.
—Tienes una moneda de cambio —me recuerda la soberana a través de Indra—. Mi nieto es tu salvoconducto. Si muere, borro tu nave del cielo. Utilízalo con inteligencia.
¿Por qué me está diciendo algo que ya sé?
—Es hora de irse, Lexa.
Harper se apoya sobre mi hombro. Me pone una mano en la parte baja de la espalda, como para recordarme que no estoy sola. Hago un gesto de asentimiento con la cabeza. Ella me cubre la retaguardia mientras asciendo con el niño, con el filo culebreando alrededor de su cuello. Harper observa a los pretorianos con cautela y se eleva para seguirnos. Tengo una moneda de cambio.
¿Qué habrá querido decir la soberana con eso? ¿Estaba recordándome que solo podré gastarla una vez? ¿Que solo podré matar a Lisandro si estoy acorralada? Entonces veo por qué, mientras Harper asciende, Indra la mira igual que un gato mira a un ratón.
—¡Indra, no! —chilla Lisandro.
—¡Harper! —grito yo.
En un abrir y cerrar de ojos, Indra se precipita hacia delante, más rápida que cualquier felino que pueda existir. Agarra a Harper por el pelo. A una velocidad de vértigo, mi amiga saca el filo para repeler a la gigantesca mujer. Pero es demasiado lenta. Indra le estrella la cabeza contra el suelo con la mano izquierda. La golpea en la sien. El puño de la armadura contra el hueso. Lo hace en cuatro ocasiones antes de que yo tenga siquiera tiempo de pestañear. Las piernas de Harper patean y se retuercen, y la chica se hace un ovillo como una araña agonizante, contorsionándose a causa de las convulsiones. Indra se aparta y me mira sonriendo.
