26
TITIRITERA
Plinio mira a Augusto con preocupación.
—Hazlo y esta guerra no terminará hasta que uno de los dos bandos quede reducido a cenizas.
—Ya es así… —comienza Kavax.
—Esto es distinto —cacarea Plinio—. Amplía el alcance.
—Mi padre tiene razón. —Es Daxo quien toma la palabra—. Ya estamos en plena rebelión.
Plinio da un manotazo sobre la mesa.
—Esto es distinto. Es declararle la guerra a la Sociedad, no a los Belona, no a la soberana como individuo. Ganímedes no nos ha hecho daño. Esto lo fracturará todo.
Augusto permanece sentado en silencio, con la mirada de sus fríos ojos clavada en el destructor de lunas del holo. Sin desviarla hacia mí, pregunta:
—Has dicho que este plan tenía dos partes. ¿Cuál es la segunda?
Cambio el holo. La imagen de la Academia reemplaza a la de los astilleros. Los barcos rodean su superficie gris mate. Los asteroides rotan al fondo.
—Esos barcos son muy antiguos. —Un pretor llamado Liceno, que está a punto de quedarse calvo, suelta esas palabras antes de que yo pueda siquiera abrir la boca—. Inútiles en una batalla. ¿También planeas robarlos?
—No, pretor Liceno. Mi plan es robar a los alumnos. —Añado otro visual. El Instituto de Marte se une a la Academia. Luego otro Instituto, el de Venus. A continuación los dos Institutos de la Tierra. Después los Institutos galileos y de Saturno. Y luego más, hasta que casi una docena de imágenes flotan en el aire—. Quiero robar a todos los estudiantes. No para que luchen. Sino para pedir un rescate por ellos.
—Demonios. —Mustang estalla en carcajadas—. ¿Estás loca, Lexa?
Augusto frunce el ceño.
—Clarke, contrólate.
—Yo me controlo, padre. Tu perra de ataque no.
—Olvidas tu posición.
—Y tú olvidas la imagen de Aden muerto en el suelo. Y de Leto. ¿Es lo que quieres para el resto de nosotros?
Lamenta haber pronunciado esas palabras en cuanto abandonan sus labios.
—Cierra la boca, niña. —Augusto tiembla de rabia. Sus dedos huesudos aprietan el borde de la mesa hasta que cruje—. Estás trastornada desde que dejaste que ese chico Belona se te metiera entre las piernas. Entras aquí como una florecilla pomposa. Comiéndote la manzana como una cría. Deja de ser una puta de segunda y muéstrate a la altura de tu nombre.
—¿Como tu otro hijo? —pregunta.
Augusto coge una bocanada de aire larga y tranquilizadora.
—O guardas silencio o te marchas.
Mustang aprieta los dientes, pero permanece inusitadamente callada.
—No la culpéis, buenos hombres, si ya está cansada de la guerra —dice Plinio, que, con suavidad, le clava un puñal a un enemigo herido—. Después de tantas cumbres nocturnas empleadas en entablar relaciones diplomáticas horizontales con los Belona, sus niveles de resistencia ya no son lo que eran.
Kavax se lanza contra Plinio. Daxo lo contiene justo a tiempo. Pero es Mustang la primera en hablar por encima del alboroto.
—Soy capaz de defender mi honor por mí misma, buen hombre. Pero esos insultos son esperables por parte de Plinio. Al fin y al cabo, yo también estaría amargada si mi esposa se esforzara tantísimo por asegurarse de que muchos de vuestros jóvenes mercenarios aprendieran a envainar sus espadas como es debido.
Plinio la mira con furia mientras Clarke se levanta y continúa:
—Dejé Marte para dedicarme al saber en la corte de la soberana. No abandoné a mi familia, como muchos de vosotros habéis sugerido. Y no lamento haberme marchado y haberme perdido conversaciones como esta. Porque a vosotros, buenos hombres, parece que solo se os da bien una cosa, reñir. Aun así, enseguida os ponéis de acuerdo respecto a que soy objeto de ridículo. Qué curioso. ¿Es porque me veis como una amenaza para vuestro poder? ¿O simplemente porque soy una mujer? —Escudriña a las escasas mujeres desperdigadas en torno a la mesa—. Si se trata de esto último, os excedéis. Esta Sociedad fue fundada por hombres y mujeres basándose en el mérito.
»Sin embargo, nuestro querido político Plinio tiene razón: yo habría evitado esta guerra. De hecho, lo intenté. ¿Por qué si no pensáis que permití que Bellamy au Belona me cortejara? Pero la guerra está aquí. Y yo volveré a proteger a mi familia de todas las amenazas, de las externas y de las internas.
Augusto deja escapar la más minúscula y breve de las sonrisas, idéntica a la primera. Su amor es el más condicional que haya visto en la vida. Con qué rapidez puede llamar puta a su hija y luego sonreír cuando ella recupera cualquier resquicio de poder que hubiera podido perder en la sala. De repente, ella importa.
—Entonces ¿qué opinas de mi plan? —pregunto yo.
—Opino que es arriesgado. Expande la guerra sin garantizar nuestro beneficio. Es inmoral y crea un precedente peligroso. Pero la verdad es que la guerra es inherentemente inmoral. Así que tan solo tenemos que decidir hasta dónde queremos llegar.
—Tú conoces a Abby mejor que yo —aseguro—. ¿Hasta dónde llegará ella?
Mustang guarda silencio durante un instante.
—Si obtenemos una victoria y pedimos la paz ya sea desde una posición de fuerza o de debilidad, ella aceptará la propuesta…
—¡Veis! —exclama Plinio.
Mustang no ha terminado.
—Sugerirá una localización neutral. Y ese día, cuando nos dispongamos a firmar la paz, Abby hará cuanto esté en su mano para matarnos a todos.
Plinio nos mira al uno y al otro, consciente de la facilidad con que le hemos engañado.
—Así pues, ¿no hay marcha atrás? ¿Vencer o morir? —pregunto sin reflejar ningún tipo de emoción en la voz.
—Así es, Lexa —me contesta ella con una sonrisa—. Vencer o morir.
—Parece que te han ganado la partida, Plinio. Procederemos con el plan de Lexa. —Augusto se pone en pie—. Mañana, el pretor Liceno asumirá el mando de este navío y de su flota y hará que la soberana lo persiga mientras yo llevo un pequeño grupo de ataque formado por corbetas y fragatas a los gigantes gaseosos. Con ellas, yo mismo saquearé los astilleros de Ganímedes.
—¡Yo iré contigo, mi señor! —truena Kavax.
El ruido hace que su zorro se baje de su regazo de un salto y se esconda debajo de la mesa, temblando.
—No.
El rostro de Kavax refleja su sorpresa.
—¿No? Pero, Jake…, las defensas de Ganímedes…, posiciones de combate, destructores, naves antorcha… Harán pedazos cualquier fuerza de corbetas que acerques. —Sus enormes manos gesticulan suplicantes—. Permite que lo hagamos por ti.
—Olvidas quién soy, amigo.
—Disculpa, no pretendía…
Augusto hace un gesto con la mano para acallar la disculpa y se vuelve hacia Mustang.
—Hija, tú tomarás los elementos de la flota que necesites para ejecutar la segunda parte del plan de Lexa.
Ver a Plinio en este momento es como ver a un niño intentando aferrarse a un puñado de arena. No entiende el curso que han tomado las cosas. Pero no es tan tonto para jugar sus cartas ahora. Esperará escondido en la hierba, como la serpiente que es. El archigobernador se vuelve hacia mí.
—Lexa, ¿qué me dijiste antes de derramar la sangre de Bellamy?
—Te dije que deberías ser rey de Marte.
—Amigos míos. —Augusto apoya las delgadas manos sobre la mesa, con los dedos rígidos—. Lexa ha demostrado tener poderes que ninguno de vosotros posee. Predice lo que deseo. Quiero ser rey. Convertidme en rey. Podéis marcharos.
La sala se vacía. Yo espero con Augusto.
Quiere hablar conmigo en privado.
Mustang pasa muy cerca de mí al abandonar la sala de guerra y me guiña un ojo.
—Buen discurso —murmuro.
—Buen plan.
Me da un apretón en la mano y después desaparece.
—De nuevo confabuladas —observa Augusto.
Me hace un gesto para que cierre la puerta. Me siento a su lado. Las duras líneas de su rostro se hacen más profundas cuando me mira fijamente a los ojos. Desde lejos, las arrugas son invisibles. Pero así de cerca, son lo que forma su rostro. La pérdida es lo que le da a un hombre unas arrugas así, y eso me recuerda que este es el hombre al que no debes enfadar. El hombre con el que no debes estar en deuda.
—Podemos acabar con la justa indignación antes de que se abra camino hasta tu lengua. —Estira los dedos y se examina las cuidadas cutículas—. La pregunta es simple y vas a contestarla: ¿eres demókrata?
No me esperaba algo así. Intento no mirar a mi alrededor con nerviosismo.
—No, mi señor. No soy demókrata.
—¿Ni reformista? ¿No eres alguien que quiere alterar nuestro Pacto para crear una sociedad más justa, más decente?
—El hombre está correctamente organizado ahora —digo, y hago una pausa—, salvo por unas cuantas excepciones notables.
—¿Plinio?
—Plinio.
—Cada uno tenéis vuestros dones. Y harías bien en no cuestionar mi decisión de mantenerlo a mi lado.
—Sí, mi señor. Pero yo no soy más demókrata que tu parte de la familia Lune.
No sonríe como yo pretendía. En lugar de eso, pulsa un botón y por los altavoces comienza a sonar el discurso que di para ganarme el Lincoln. Un holo de HP muestra los rostros de diferentes colores.
—Observa sus expresiones. —Él observa la mía al tiempo que pasa una serie de videoclips de diferentes partes del barco mientras la tripulación escucha las palabras que pronuncié antes de que se levantaran contra sus comandantes dorados—. ¿Lo ves? Justo eso de ahí. ¿La chispa? ¿La ves?
—La veo.
—Eso es esperanza. —El hombre que mató a mi esposa espera que mi rostro me delate. Pues buena suerte—. Esperanza.
—¿Estás diciendo que cometí un error? —pregunto.
Recuerda un antiguo dicho:
—Tan odioso para mí como las puertas del Hades es ese hombre que en su corazón esconde una cosa y pone otra en su boca.
—Mi corazón siempre ha sido un libro abierto.
—Eso dices. —Separa ligeramente los labios y sisea lo siguiente—: Pero mientras los terroristas esparcen mentiras por la red, los atentados destrozan nuestras ciudades, los colores inferiores murmullan descontentos, comenzamos una guerra a pesar de tener termitas en los cimientos, eso es lo que dices.
—Cualquier caos es…
—Cierra la boca. ¿Sabes lo que sucedería si los demás gobernadores nos tomaran por reformistas? ¿Si las otras casas miraran a la mía como un bastión de igualdad y demokracia? —Señala un vaso—. Nuestros aliados potenciales. —De un manotazo, tira el vaso de la mesa y deja que se rompa en mil pedazos. Señala otro—. Nuestras vidas. —También lo vuelca y se hace añicos—. Ya es bastante malo que mi hija intercambiara opiniones con el bloque reformista en la Luna. Tú no puedes parecer una política. Sigue siendo una guerrera. Sigue siendo simple. ¿Lo entiendes?
¿Y si los colores inferiores se suman a nosotros? Me gustaría preguntárselo, pero haría que sus obsidianos me mataran aquí mismo.
—Lo entiendo.
—Bien. —Augusto se mira las manos y juguetea con su anillo. La indecisión se apodera de él—. ¿Puedo confiar en ti?
—¿En qué sentido?
Una carcajada despectiva escapa de su boca.
—La mayoría dirían que sí sin pensarlo.
—La mayoría de las personas son mentirosas.
—¿Puedo confiar en otorgarte un poder independiente del mío? —Se rasca la mandíbula distraídamente—. Es en ese momento cuando muchos abandonan a sus señores. Es cuando el hambre invade sus ojos. Los romanos lo aprendieron una y otra vez. Es la razón por la que no permitían que los generales cruzaran el Rubicón con sus ejércitos sin permiso del Senado. Los hombres con ejércitos a su cargo pronto empiezan a cobrar conciencia de lo fuertes que son. Y siempre saben que su fuerza particular no es para siempre. Debe utilizarse con premura, antes de que su ejército los abandone. Pero las decisiones apresuradas pueden hundir imperios. A mi hijo, por ejemplo, nunca se le debe conceder tal poder.
—Finn tiene sus empresas.
—Ese es un poder lento. Astuto por su parte, aunque indigno de mi nombre. El poder lento puede pulverizar a cualquier adversario anquilosado. Pero el poder rápido, el que puede viajar contigo adondequiera que vayas, hacer lo que desees que haga con la misma eficacia con que un martillo golpea un clavo, ese es el poder que corta cabezas y roba coronas. ¿Puedo confiártelo a ti?
—Debes hacerlo. Soy la única mujer que puede presentarse ante Charles.
La sorpresa destella en sus ojos; no está acostumbrado a que adivinen sus maquinaciones. Esconde su asombro con rapidez, reticente a reconocer el mérito donde lo hay.
—Ya lo sabías.
—Deseas que me acerque a Charles, que le pida ayuda, porque él me enseñó a manejar el filo.
—Y porque te quiere.
Cierro y abro los ojos como una tonta.
—No estoy segura de que esa sea la palabra más adecuada.
—Charles tenía cuatro hijos. Tres murieron delante de él. El último, el padre de Lisandro, en un accidente, como ya sabes. Creo que le recuerdas a ellos, aunque en realidad tú eres más capaz y menos moral, lo cual juega en tu favor. Pero por más que te quiera a ti, a mí me odia.
—Odia más a Abby, mi señor.
—Aun así. No será fácil convencerlo de que se sume a nosotros.
—Entonces no le daré alternativa.
