27
GOMINOLAS
Los Telemanus me esperan en el pasillo. Kavax me abraza tan fuerte que me cruje la espalda. Daxo asiente con la cabeza. Cuando me suelta me quedo aturdida entre los dos hombres. Es la primera vez que hablo con cualquiera de ellos sin que estemos rodeados de violencia. A decir verdad, los he evitado porque estoy avergonzada de lo que permití que le sucediera a Lincoln.
—Eres la única ante la que perdió mi chico —dice Kavax—. El pequeño Lincoln. Si debía hincar la rodilla, no es ningún desdoro que lo hiciera ante la amistad. Solo desearía que hubiera podido tomar el Olimpo contigo. Eso habría sido un espectáculo.
—Me habría gustado ver cómo le quitaba la armadura al próctor Júpiter.
Daxo esboza una gran sonrisa.
—Yo fui de la Casa de Júpiter. Primus hasta que perdí ante Karnus au Belona.
—Entonces creo que tenemos un enemigo común.
—¿Aparte del cabroncete intrigante que mató a mi hermano pequeño? —pregunta Daxo con suavidad—. Tenemos muchos adversarios compartidos, Andrómeda.
Kavax coge a su zorro en brazos. El animal le lame el cuello y me mira con fiereza antes de introducirle el hocico en la espesa barba roja. Sófocles tiene el pecho blanco, las patas negras y el resto del cuerpo de un color teja oscuro. Su pelaje es más espeso y duro que el de un zorro normal. Teniendo en cuenta que pesa casi treinta y cinco kilos, en realidad su tamaño es más parecido al de un lobo.
—Los zorros son criaturas hermosas —comenta Kavax mientras acaricia al animal.
Daxo hace un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Traviesos. Omnívoros. Resistentes a la caza furtiva. Monógamos. Muy especiales, y capaces de expandir su territorio de caza incluso interfiriendo en el de los lobos. —Levanta una mirada oscura hacia mí—. Pero debido a un condenado capricho de la naturaleza, los zorros no se las apañan bien con los chacales. Le pedimos a Augusto que desterrara a Finn. Lo estuvo durante un tiempo, pero ahora regresa a la flota.
—Un crimen —aseguro.
Ambos asienten.
Daxo me apoya una mano en el hombro.
—Las chicas…, mis hermanas y mi madre, quiero decir, deseaban que supieras que no te hacemos responsable de la muerte de Lincoln. Queríamos a ese pequeñajo, y sabemos que tú no deseas más que honrarlo. Sabemos que le pusiste su nombre a tu barco. Y no lo olvidaremos. Una vez amigos, amigos para siempre. Esa es la costumbre de nuestra familia.
Kavax asiente ante todas y cada una de las palabras que pronuncia el hijo que le queda. Le lanza a su zorro un puñado de gominolas.
—Así que, si nos necesitas —sugiere Daxo mientras señala con la cabeza hacia la sala de guerra—, no tienes más que pedirlo y la Casa de Telemanus se prestará a tu causa.
—¿Lo decís de verdad? —pregunto.
—Es lo que habría hecho feliz a Lincoln —ruge el viejo Kavax.
Le estrecho la mano y me la juego:
—Perdonad mis modales, pero os necesito ahora.
Sus enormes cejas se arquean cuando los dos mastodontes intercambian una mirada de asombro.
—¡Investiga, Sófocles! Investiga —ordena Kavax emocionado.
El grandioso zorro que descansaba a sus pies se acerca a mí con cautela para investigarme, me olisquea las rodillas, estudia mis zapatos y mis manos. Se enreda entre mis piernas en su búsqueda. Y luego salta sobre mí, me pone las patas delanteras en las caderas y me mete el hocico en el bolsillo. Sófocles resurge con dos gominolas, masticando alegremente.
—¡Magia! —retumba Kavax al tiempo que me da una palmada en el hombro—. Sófocles ha descubierto un oportuno signo de aprobación ¡por arte de magia! ¡Qué buen augurio! Daxo, hijo mío. Reúne a tus hermanas y a tu madre. La Segadora nos llama. ¡La Casa de Telemanus debe contestar!
—Las chicas estaban conociendo Neptuno, padre. Tardarán unos cuantos meses.
—Bueno, entonces nosotros debemos contestar.
—No podría estar más de acuerdo contigo, padre.
—Tendré instrucciones dentro de menos de una hora.
—¡Gran expectación! —Kavax se aleja con grandes pasos—. Las esperamos con gran expectación.
Les ruge cumplidos a los naranjas con que se cruza, aterrorizándolos con su enorme sonrisa de aprobación. Daxo y yo nos lo quedamos mirando.
—¿De verdad cree en la magia? —pregunto.
—Dice que los gnomos le roban la cera de las orejas por la noche. Mi madre piensa que lo han golpeado demasiadas veces en la cabeza. —Daxo se aparta de mí para seguir a su padre. Pero no puede esconder una sonrisa astuta cuando se mete una golosina en la boca y veo de dónde han salido las que había en mi bolsillo—. Yo opino que simplemente vive en un mundo más divertido que el nuestro. Ven a vernos pronto, Segadora. Mi padre está ansioso.
Después de reunirme por holo con el Chacal para ponerlo al día de mi plan y ajustarlo de acuerdo a unas cuantas recomendaciones suyas, hago que Orión ponga rumbo a Europa. Tardaremos dos semanas. Monty se une a mí en el puente para observar a la escasa tripulación de azules. No habla. Pero es la primera vez que me busca desde que salimos de la Luna. Es un peso que no logro quitarme de encima.
—Lo sien… —inicio una disculpa.
—No quiero hablar de Harper —dice en voz baja—. Sé que tú deseabas esta guerra. Que la maquinaste en lugar de confiar en que yo comprara tu contrato y te protegiese. Lo que no sé es por qué me drogaste.
—Quería protegerte. Porque sabía que te necesitaría después de la gala y no podía arriesgar tu seguridad.
—Y ¿qué hay de lo que necesito yo? —pregunta—. No tienes derecho a tomar decisiones por mí porque tengas miedo de que tal vez interrumpa tus planes. Los amigos no hacen eso.
—Tienes razón. Estuvo mal por mi parte. —Asiento lentamente, hablando con total sinceridad.
—¿Estuvo mal clavarme una aguja en el cuello?
—Más que mal. Pero sabes que la intención era buena, aunque la idea y la ejecución fueron tremendamente estúpidas. Si tengo que ponerme de rodillas…
—Una imagen difícil de olvidar.
Sé que está bromeando, pero no hay alegría ni sonrisa en su rostro cuando se da la vuelta y se marcha.
