28

LOS HIJOS DE LA TORMENTA

—Acudes a mí al inicio de una tormenta —dice mi amigo, cuya barba gris se agita al viento mientras contempla las olas que rompen muy por debajo de donde nos encontramos—. ¿Sabías que aquí, en este mundo oceánico, hay chicos que salen con sus esquifes durante temporales peores que este? Son la escoria de los grises, de los rojos, incluso de los marrones. Su valentía es de una suerte alocada, delirante. —Desde el balcón, señala el agua negra y agitada con un dedo pesado. Las olas alcanzan los diez metros de altura—. Los llaman hijos de la tormenta.

La gravedad aquí es exasperante. Todo flota. A 0,136 de la gravedad de la Tierra, debo medir, controlar cada paso que doy; si no, salgo despedida a cuatro metros de altura y tengo que esperar a bajar de nuevo balanceándome como una hoja. Una batalla en este sitio sería como un baile submarino. Llevo gravibotas solo para moverme con comodidad. El anciano observa el mundo oceánico que se mueve en torno a su isla. Él mismo es como siempre me dijo que debía ser yo: una roca entre las olas; está mojado, pero aun así no se deja impresionar por todo lo que gira como un remolino a su alrededor. Las gotas de agua salada le resbalan por la barba. Sus ojos de oro pulido parpadean contra el viento cortante de la tormenta.

—Cuando estás sumergido en la sal, sientes que cada ráfaga de viento es el fin del mundo. Que cada ola es la más gigantesca que haya existido. Esos chicos cabalgan el vendaval en éxtasis por su propia gloria. Pero de vez en cuando se forma una tormenta de las de verdad. Destroza sus mástiles y les arranca el pelo de la cabeza. El mar no tarda mucho en tragárselos enteros. Pero sus madres ya han llorado sus muertes mucho tiempo antes, al igual que yo lloré la tuya el día en que nos conocimos.

Me mira con gran intensidad, con la boca fruncida tras su espesa barba.

—Nunca te lo he contado, pero yo no crecí en un palacio o en una ciudad como muchos de los Únicos que conoces. Mi padre creía que había dos males en el mundo. La tecnología y la cultura. Era un hombre duro. Un asesino, como los demás. Pero su dureza no residía en lo que podía hacer, sino en lo que se negaba a hacer, en su autocontrol. En los placeres de los que se privaba a sí mismo, y a sus hijos. Vivió hasta los ciento sesenta y tres años sin ayuda del rejuvenecimiento celular. Por algún motivo consiguió sobrevivir a ocho Lluvias de Hierro. Pero aun así nunca valoró la vida, porque la arrebataba demasiado a menudo. No era un hombre para ser feliz.

Observo cómo el antiguo Caballero de la Furia, Charles au Arcos, se inclina sobre la barandilla del balcón de su castillo. Es una fortaleza de piedra situada en medio de un mar de noventa kilómetros de profundidad. Es un lugar de líneas modernas. No es medieval, sino una mezcla del pasado y el presente —el cristal y el acero forman ángulos pronunciados con la isla de roca—, muy parecido al hombre al que respeto por encima de todos los demás dorados de su generación.

Como él, este castillo es un lugar riguroso cuando se acercan las tormentas. Pero cuando las tormentas se disipen, la luz del sol lo bañará, su resplandor penetrará por las paredes de cristal y destellará sobre sus soportes de acero. Los niños correrán por sus diez kilómetros de longitud, por sus jardines, junto a sus muros, hasta llegar al puerto. El viento les agitará el pelo y lo único que Charles oirá desde su biblioteca serán los gritos de las gaviotas, el estruendo del mar y las carcajadas de sus nietos y sus madres, a quienes protege en nombre de sus hijos muertos. El único que falta es el pequeño Lisandro. Si todos los dorados fueran como él, los rojos seguirían trabajando como mulos bajo la tierra, pero él haría que conociesen su propósito. No lo convierte en bueno, pero sí en sincero. Es corpulento, ancho y más bajo que yo. Suelta su copa de whisky y deja que el viento la tumbe de lado. El vaso cae y el mar lo devora de inmediato.

—Dicen que el viento trae los gritos de los hijos de la tormenta muertos —murmura—. Yo digo que son los llantos de sus madres.

—Las tormentas de la corte también se las arreglan para arrastrar a la gente hacia ellas —comento.

Suelta una carcajada despectiva, una risa que se mofa de la idea de que yo sepa algo acerca de las tormentas de la corte, algo sobre los vientos que soplan. He llegado hasta él en secreto, volando con un solo barco, el Lincoln, mi destructor de cinco kilómetros de eslora. Le dije a mi señor que Charles no nos ayudaría. Pero me aferré a la esperanza de que quisiera ayudarme a mí. Sin embargo, ahora que vuelvo a ver a Charles au Arcos en carne y huesos nudosos, recuerdo la naturaleza de este hombre y me preocupo. Sabe que mis capitanes y tenientes nos están escuchando a través del intercomunicador que llevo en la oreja. Le presenté mis respetos y se lo mostré para que no supusiera que nuestra conversación era privada.

—Después de más de un siglo de vida, mi cuerpo todavía no me traiciona. —Cualquiera podría pensar, a primera vista, que ronda los sesenta y cinco años. Solo sus cicatrices lo envejecen de verdad. La que tiene en el cuello, como una sonrisa, se la hizo hace cuatro décadas un Sucio en la Rebelión de los Reyes de las Lunas, cuando los gobernadores de las lunas de Júpiter pensaron en formar sus propios reinos después de que Abby sustituyera a su padre como soberana. La que ocupa parte de su nariz se la hizo el Señor de la Ceniza durante un duelo de juventud—. ¿Has escuchado la expresión «El deber del hijo es la gloria del padre»?

—Yo misma la he empleado.

Refunfuña.

—Yo la he vivido. He perdido a muchos por mi propia gloria. He dirigido mi nave hacia la tormenta a propósito. Y siempre acompañado por mujeres y niños. —Deja que sean las olas las que hablen durante un momento. Chocan contra las rocas y luego se retiran, aspirando mientras se alejan, arrastrando cosas al mar que llaman Discordia—. No está bien vivir durante tanto tiempo, creo. Anoche nació mi bisnieta. Los dedos todavía me huelen a sangre. —Los estira; son como raíces de árboles, retorcidos y encallecidos por el uso de las armas. Tiemblan ligeramente—. Estas manos la sacaron de la oscuridad a la luz, del calor al frío, y cortaron el cordón. Este sería un buen mundo si esa fuera la última carne que cortaran.

Relaja las manos y las coloca sobre la piedra fría. Me pregunto qué le diría Mustang a este hombre. Verlos cara a cara sería como ver el fuego intentando prender la piedra. Clarke se opuso a mi plan en público, pero lo cierto es que todo formaba parte de nuestra estrategia. Planes dentro de planes dentro de planes.

—Y pensar en todo lo que sienten las manos… —masculla Charles—. Las mías han sentido la sangre de mis hijos mientras sus corazones la bombeaban hacia el exterior de sus cuerpos. Han sentido el frío de la empuñadura de un filo mientras robaban sueños de juventud. Han lucido el amor de una joven y de una mujer y luego han sentido que esos corazones iban apagándose hasta quedarse en silencio. Y todo por mi gloria. Todo porque decidí cabalgar el mar. Todo porque no muero tan fácilmente como la mayoría. —Frunce el ceño—. Las manos, creo, no fueron pensadas para sentir tanto.

—Las mías han sentido más de lo que me gustaría —digo.

Siento que las recorre el chasquido que noté cuando colgaron a Costia. La textura de su pelo. Recuerdo la calidez de la sangre de Lincoln. El frescor del pálido rostro de Zoe en la mañana fría, después de que Echo la masacrara. La savia roja y granulada de los capullos de hemanto. La cadera desnuda de Mustang mientras yacemos junto al fuego.

—Todavía eres joven. Cuando tengas el pelo cano, habrás sentido aún más.

—Algunas mujeres no envejecen.

Ningún sondeainfiernos lo consigue.

—No. Algunas mujeres no envejecen. —Le da unos golpecitos a la insignia del león de Augusto de mi uniforme oscuro—. Y los leones no viven tanto como los grifos. Nosotros podemos alejarnos volando de las cosas. —Blande el anillo de su propia familia y bate los brazos atolondradamente hasta arrancarme una sonrisa. Lo luce junto a su anillo de la Casa de Marte—. Antes eras un pegaso, ¿no es así?

—Era el símbolo… es el símbolo de Andrómeda.

Mi falsa familia dorada. Pero en realidad me recuerda a Costia. Ella me señaló la Galaxia de Andrómeda antes de morir. Significa tanto y tan poco a la vez…

—Aferrarte a lo que eras es honorable —dice.

—A veces tenemos que cambiar. No todos nacemos ricos como tú.

—Vamos a buscar a Ícaro en el bosque. —Lo mencionaba a menudo en Marte, pero nunca he visto a la mascota favorita de Charles—. Carolina ha conspirado con Vincent para hacerle un juguete nuevo. Creo que te gustará.

—¿Dónde están tus niños? Me encantaría verlos de nuevo.

—En el ala este hasta que te marches.

—¿Tan peligrosa soy?

No contesta.

Abandono el balcón en pos de mi amigo justo cuando una de las nubes de Europa escupe un relámpago azul en el cielo oscuro. Sus océanos corcovean y arrastran mientras las enormes crestas de agua serpentean y gotean por las paredes blancas, como si el mundo de los océanos conspirara para tragarse la isla artificial. A pesar de todo ello, el castillo y la tormenta furiosa continúan pareciendo diminutos cuando veo cómo Júpiter devora el cielo nocturno detrás de las nubes, un gigante de gas en relieve que nos observa desde lo alto como la cabeza de un enorme dios de mármol. Mientras caminamos por el edificio de piedra, Charles saluda alegremente a todos los sirvientes con los que nos cruzamos. Ve personas, no colores. La mayoría llevan años con él. Yo debería haber estudiado con él. Pero entonces habría acabado aquí, una mujer mejor, pero incapaz de cambiar nada a tantos meses de distancia del Núcleo. Los juguetes infantiles atestan los pasillos. Su familia está aquí, docenas de seres queridos que reunió después de abandonar la vida pública. La mayor parte viven diseminados por los archipiélagos meridionales, en las aguas más cálidas cercanas al ecuador. Los huracanes los han empujado hacia el norte este mes para refugiarse con el abuelo Charles. Parece que la tormenta los haya seguido. El anciano abre una gran puerta de cristal y me guía hacia el centro de su ciudadela. Allí es donde mantiene un bosque de varios acres de tamaño y al aire libre. Las paredes lo rodean y lo protegen de las olas insidiosas. Los estandartes de Charles ondean al viento a bastante altura: un rugiente grifo morado en un campo de nieve blanca. La lluvia cae sobre los árboles, silbando entre sus agujas, hasta que Charles activa una burbuja de pulsos. Entonces la lluvia repiquetea sobre su cúpula y se eleva en espesas nubes de vapor. Mi amigo camina por delante de mí y yo me quedo atrás sacando pequeñas espinas negras, no más largas que mis uñas, del bolsillo oculto en la manga de mi traje. Las esparzo sobre el musgo, justo al lado de la puerta.

—Has venido hasta aquí en un navío robado para pedirme mis barcos y mis hombres. ¿Por qué? —pregunta Charles, que mira hacia atrás con curiosidad.

Acelero el paso y dejo caer unas cuantas espinas más cuando él se da la vuelta de nuevo. Estoy esperando a que mencione a Lisandro.

—Porque la mitad de Marte está aún en manos de fuerzas leales a los Belona y a la soberana. Para librar a Marte de ellos, necesitamos tus naves y a tus hombres. Una vez que los tengamos, los señores de las Lunas y los archigobernadores del Confín acudirán en nuestra ayuda para combatir al Núcleo.

—Es decir, ¿necesitas que te ayude en tu traición?

—¿Es traición que un perro le muerda la mano a su amo cuando el amo intenta matarlo? —pregunto.

—Terrible metáfora. —Se detiene. Echa un vistazo en torno al bosque, buscando—. Ah.

Echamos a andar de nuevo.

—La razón de todo esto es que necesito tu ayuda.

Escupe en el suelo musgoso y me hace un gesto para que lo siga por la ladera de una colina. Mis botas pisan un leño empapado de agua.

—¿Por qué deberías importarme?

—Porque me entrenaste.

—También entrené a Indra au Grimmus.

—Por algún motivo, creo que te caigo mejor que ella.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Yo tengo sentido del humor.

Se ríe.

—Indra puede ser divertida.

—Está claro que estás de broma.

—Te presentan a un hombre, lo conoces. Te presentan a una mujer, ella te conoce a ti. —Ríe para sí a cuenta de algún recuerdo—. Puede que sea más fácil pensar en ella como en una especie de monstruo nocturno, pero es de carne y hueso. Tiene amigos. Tiene familia. Y te considera una amenaza para ellos.

—Y sin embargo fue ella quien mató a mi amiga.

—Sí. Lo he oído. Tenías al niño. Una táctica inteligente. —Mira de nuevo hacia atrás para estudiar el filo que llevo enroscado en el brazo—. ¿Ahora todos lleváis el filo como si fuerais tontos?

—Es la moda.

—Está diseñado para abrochárselo alrededor de la cintura. Te cortarás el brazo por accidente. —Suspira—. Tu generación…, qué arrogantes. Cambiáis las cosas sin motivo. Me pregunto, chica arrogante, ¿pensabas que si llegabas hasta aquí con ese barco robado, yo, un hombre de un siglo, te seguiría a la batalla? ¿Que pondría en peligro a todos mis sirvientes, a toda mi familia, a todos los que quiero, por ti? ¿Por alguien que me rechazó cuando le pedí que se uniera a mi casa?

Ignoro su resentimiento.

—Abandonaste la Sociedad por una razón, Charles. ¿La recuerdas?

—Para evitar a los estúpidos vocingleros.

—Yo creo que te marchaste porque pensabas que la Sociedad estaba enferma. Porque ya no merecía la pena seguir sacrificándose por ella.

—Deja de ladrarme, cachorra.

—Entonces tengo razón.

—No. No tienes razón. —Se da la vuelta enfurecido—. Dejé la Sociedad no porque esté enferma, sino porque está muerta. La Sociedad se fundó para inculcar el orden. Los hombres se crearon para sacrificarse y que la humanidad perdurara. Se les otorgaron colores, vidas limitadas y ordenadas para que pudiéramos destruir el eterno ciclo de nuestra raza: de la prosperidad a la codicia y a la guerra. El dorado fue diseñado para pastorear a los demás colores, no para devorarlos. Ahora volvemos a estar atrapados en ese ciclo, exactamente en aquello que pretendíamos evitar. Así que ¿la Sociedad? ¿La hermosa suma de todos los esfuerzos humanos? Lleva cientos de años muerta y pudriéndose, y los que luchan para quedársela no son más que buitres y gusanos.

—De modo que no fue la muerte de Bruto.

Hablo de su hijo pequeño, que estaba casado con la hija fallecida de Abby au Lune.

—Eso fue un accidente.

—Un accidente oportuno —señalo—. Hay rumores de que la hija de Octavia estaba organizando un golpe de Estado contra su madre.

—Yo no presto atención a los rumores —repone en tono de amenaza.

—Si me ayudas, puedo devolverte a tu nieto.

—Lisandro lleva tanto tiempo criándose con veneno en los oídos que ahora ya lo lleva en la sangre. No es de mi familia.

—Tú no eres así de frío. Charles, he conocido a ese niño. Se parece más a ti que a ella. No es malo. Lucha por él.

Charles contempla en silencio la lluvia que cae contra el escudo de pulsos.

—Luchas contra una tirana para reemplazarla con otro tirano —dice con tono cansado—. Es el mismo juego que ya he visto cien veces. ¿Acaso sabes a quién sirves?

—Tengo la sensación de que estás a punto de decírmelo tú.

—No dejaré de ser tu maestro simplemente porque tú hayas dejado de escuchar. Siéntate. No quiero molestar a Ícaro con esta condenada historia.

Se acomoda en una piedra grande y me ordena que tome asiento frente a él. Obedezco. Se inclina hacia delante y juega con el enorme anillo de la Casa de Marte que lleva en el dedo.

—La Casa de Augusto siempre fue fuerte, estoy seguro de que ya lo sabes. Incluso cuando Marte era poco más que una mina de helio-3. Se abrieron camino por medio de los sobornos o los asesinatos hasta hacerse con la mayoría de los contratos gubernamentales. Y a medida que sus bolsillos se iban hinchando, lo mismo ocurría con su influencia. Se convirtieron, junto con otras cuantas familias (entre ellas los Belona y la mía), en los señores de Marte. Sin embargo, había una familia de mayor poder, los Cylus. Ellos controlaban la archigobernaduría y disfrutaban del favor del Senado y el por aquel entonces soberano.

»Cuando tu señor, que entonces se llamaba simplemente Jake, tenía siete años, su padre lo sorprendió en una pelea con Julio au Belona, el abuelo de Bellamy. El padre de Jake intentó que los marrones que servían a los Belona envenenaran a toda la familia durante la cena. El plan fracasó. Comenzó una guerra de casas.

»El padre de Jake convocó a sus portaestandartes y los encabezó contra los Belona y el archigobernador Cylus, que había declarado su apoyo a Julio au Belona. El soberano no intervino y permitió que las dos familias entraran en guerra. Al final, el padre de Jake se encontró sitiado en Agea cuando su flota fue destruida y capturada cerca de Fobos.

»Cylus ejecutó a toda la Casa de Augusto y solo le perdonó el castigo al pequeño Jake. Le permitió conservar la vida para que una familia de gran antigüedad que había participado en la Conquista no se esfumara de la historia. Se cuenta que el archigobernador Cylus incluso le dio uvas a Jake para calmar su sed porque no había agua en la ciudad que ardía en torno a ellos. Después de aquello, lo crio en su propia corte.

»Veinte años más tarde, Jake, que siempre había sido considerado un hombre honrado y honesto, todo lo contrario a su malvado padre, pidió la mano de Iona au Belona en matrimonio. Era la hija pequeña y la favorita del viejo Julio.

Charles levanta la mirada hacia las gotitas de agua que caen de las agujas de los pinos que nos cobijan.

—Yo la conocía bien. Mis hijos compartían juegos con ella. También conocía a Jake. Me caía bien, aunque de niño era un poco frío.

»Con la esperanza de cerrar las heridas mal cicatrizadas de generaciones pasadas y de convertir a Marte en una tierra fuerte y unida, el archigobernador Cylus dio su aprobación. Belona se casó con Augusto.

»Fue una boda bonita. Yo asistí representando al soberano como Caballero de la Furia. Y me lo pasé muy bien. Nunca había visto a Iona tan feliz como lo estaba en brazos de aquel joven tan serio. Pero aquella noche, cuando la familia Belona regresó a su hacienda con el resto de sus invitados, llegó un paquete. Dentro, el viejo Julio encontró la cabeza de su hija. Iona tenía la boca de llena de uvas y dos alianzas de boda.

»Reunió a sus hijas e hijos, incluido el padre de Bellamy, y voló hasta la Ciudadela para exigir justicia por parte del archigobernador Cylus, tal como había hecho veinte años antes cuando los augustanos se alzaron por primera vez.

»Pero en lugar de a su viejo amigo, se encontró al joven Jake en el trono del archigobernador, respaldado por pretorianos y dos Caballeros Olímpicos. Yo era uno de ellos, pues mi soberano me había dicho que Cylus era una amenaza para la Sociedad. Hice lo que me ordenaron. La Casa de Cylus fue aniquilada y eliminada de los registros.

»Más tarde descubrí que Jake había elaborado un plan con la hija del soberano. Tú la conoces como Abby au Lune. Entonces era más joven, y convenció a su padre para que le concediera a Jake el trono de Marte y la venganza que deseaba; a cambio, ella se ganó el apoyo de Jake cuando lideró la facción que derrocó y asesinó a su padre cinco años después. Ese es el hombre por el que has empezado una guerra.

—No sabía todo eso —admito en voz baja.

—La historia está escrita por los vencedores. —Charles me mira y las arrugas de su cara parecen hacerse más profundas—. No quiero ir a la guerra, Lexa. A lo largo de mi vida, he visto arder una luna porque un único hombre se negaba a humillarse. He liderado a un millón de soldados lanzados desde barcos de guerra para invadir un planeta. No puedes ni comenzar a imaginarte ese horror. Solo piensas en lo hermoso que será. Pero son hombres. Son mujeres. Tienen familia. Y mueren por millares. Y tú ni siquiera podrás proteger a tus mejores amigos.

»¡Ah! —Señala colina arriba—. Ahí está Ícaro.

La lluvia gotea desde los pinos mientras nos abrimos camino entre las ramas de los árboles más bajos para encontrar a Ícaro, el grifo que sirve de mascota a Charles, dormido sobre un gran lecho de musgo sobre un alto promontorio del bosquecillo. Ícaro tiene las patas recogidas hacia su propio cuerpo. Se cubre con las alas —iridiscentes y brillantes a causa de las gotas de agua— mientras duerme. Su enorme cabeza de águila es casi más grande que yo, y cada uno de sus ojos mide la mitad que mi cabeza. Los tallistas lo hicieron bien.

—Parece tranquilo cuando duerme —dice Charles.

—Es más grande que cualquiera de los que haya visto —comento, incapaz de ocultar mi asombro en la voz.

—Entonces no has estado en el polo de Marte o de la Tierra.

—No. ¿Dónde lo compraste?

—Unos tallistas marcianos lo crearon para mi familia. Al demonio con ese imbécil de Zanzíbar que está tan de moda. Ícaro es de la misma especie que las bestias de los grandes nidos de águilas del polo norte de Marte. Las que utilizan para aterrorizar a los obsidianos hasta que creen que la magia es real. —Acaricia al gigante durmiente—. ¿Sigues enamorado de la hija del archigobernador? —Me lanza una mirada esperanzada—. ¿Es esa la razón por la que haces todo esto? Me enteré de lo de esa chica y los Belona.

—No tiene nada que ver con lo que ocurrió entre Bellamy y ella.

—¿No? —Suspira—. Eso al menos podría haberlo entendido. Deberías saber que fuiste una chapucera en ese asunto. La Locura Irénica habría acabado con él en tres movimientos.

—No fui chapucera. Estaba ofreciendo un espectáculo.

—Chapucera. Los violetas son los artistas. ¿Te entrené yo para que fueras artista?

Lo adelanto para acariciar a Ícaro.

—O sea que sí te importo.

Tarda unos instantes en contestarme, y es entonces cuando sé que el momento que más he temido está ya casi sobre nuestras cabezas.

—En otra vida, tú habrías sido una de mis hijas, Lexa. Te habría encontrado antes, antes de lo que quiera que te haya llenado de esa rabia. No te habría criado para ser una gran mujer. No hay paz para las grandes mujeres. Habría hecho que fueras una mujer decente. Te habría dado la fuerza serena que se necesita para envejecer junto a la mujer que amas. Ahora lo único que puedo darte es una oportunidad. Ícaro —truena.

El grifo se despereza a su lado y su ojo ambarino me muestra mi propio reflejo. El suelo se estremece cuando la criatura se mueve y desarraiga un árbol con la misma facilidad con que yo me arrancaría un pelo. Me aparto del animal sin tener claras cuáles son las intenciones de Charles.

—¿Qué está pasando? —le pregunto al anciano.

—Mira hacia tu barco.

Señala hacia el cielo nocturno. A través de una rendija entre las nubes, vemos mi largo navío destellando en órbita. Ya no está solo. Diez naves antorcha se están acercando a ella, deslizándose en torno al ecuador de Europa para capturar al Lincoln.

—Un escuadrón de la muerte de pretorianos te espera en mi casa, Lexa. Indra au Grimmus lo encabeza. Te atraparán, te encadenarán y te llevarán ante la soberana.

—¿Me has traicionado? —pregunto.

—No. Llegaron hace días. Me amenazaron. ¿Qué podía hacer? Kellan au Belona está al mando de su flota, que destruirá o capturará tu navío. No puedo impedirlo. Pero no quiero que mueras. Así que Ícaro te llevará a una isla en la que he escondido un barco para ti. Utilízalo para escapar.

—¿Harán daño a tu familia si huyo?

—Puede que lo intenten —ruge—. Esa es la consecuencia de tu decisión y de la mía.

Está de pie de espaldas al mar.

—Quiero morir en paz. Así que, por favor, Lexa, márchate y no vuelvas nunca.

Hace un gesto en dirección a Ícaro y veo una pequeña silla de montar sobre la bestia: el nuevo juguete del que había hablado. Pero no necesito huir. Niego con la cabeza por lo que está a punto de pasar.

—Lo siento, amigo mío. Pero no puedo permitirlo.

—¿Permitirlo? —pregunta al tiempo que se da la vuelta.

—Te unirás a nosotros en esta guerra. —Mi filo se desenreda—. Te guste o no.

Hablo por el intercomunicador para decirles a los Aulladores que se preparen para subir y a los Titanes que acerquen las naves. Se queda blanco como el papel y mira la bestia estampada en mi túnica.

—Un león, a fin de cuentas.