29

LA IRA DEL ANCIANO

Preparé la trampa incluso antes de abandonar la flota. Todos los secretos terminan llegando a oídos de Plinio, y no habría nada que él pudiera desear con más fervor que mi oportuna muerte, sobre todo después de que lo provocara en la reunión del archigobernador. Así que hizo su trabajo. Conspiró, maquinó y encontró en la propia soberana una aliada contra la malísima Lexa au Andrómeda, un hecho que estaré encantada de compartir con Augusto en cuanto me sea posible. Los barcos de la soberana se han escondido entre las ruinas de una decrépita estación espacial que una vez se usó como base de operaciones de terraformación. Kellan au Belona ha sido inteligente, pero predecible. Mi fuerza secundaria, más numerosa, está formada por un destacamento de las naves de los Telemanus, y la he ocultado tras la masa de una luna más pequeña. Le tenderá una emboscada a la flota de los Belona en sesenta segundos, se catapultará por el otro lado de la luna sirviéndose de su gravedad para ganar velocidad. Con Monty al mando, para cuando termine el día tendré diez barcos de los Belona que sumar a mi ejército personal.

—Lo sabías. —Charles me acusa en voz baja, agarrándome del cuello del uniforme con su gruesa mano y zarandeándome—. Lo sabías.

Y él sabe lo que esto significa para él. No es tan solo mi victoria. Es su derrota. Debe aliarse a la fuerza con uno de los dos bandos. Y le he puesto la elección en bandeja.

—«Si eres un zorro, finge ser una liebre». ¿No es eso lo que me enseñaste? Pero parecerá que sabías que yo le había tendido una trampa a la soberana. Que me avisaste de que ella me esperaba. —Le toco el hombro mientras me suelta—. Lo lamento, amigo. De verdad. Pero formas parte de esta guerra.

Mueve la boca, pero no dice nada.

—La soberana volverá a mandar a sus pretorianos a Europa cuando yo me haya ido —continúo—. Solo que entonces vendrán a por ti y los tuyos. Sus naves negras y moradas os bombardearán desde la órbita hasta que vuestras islas y vuestras ciudades de los archipiélagos, el continente y las empinadas montañas del sur se conviertan en cristal y se las trague el mar. Las aguas sollozarán sobre vuestras torres destrozadas, y de tu casa no quedarán más que criptas en las profundidades. A no ser que ganemos.

Sus ojos buscan en mí algo que le dé tiempo. Pero en realidad tan solo ve lo que lo hizo acogerme bajo su ala desde el principio: a sí mismo. La mayor parte de los hombres darían cualquier cosa por ver algo así, pero aquí y ahora, él querría ver cualquier otra cosa.

—Pongo a mi familia en peligro para ayudarte a escapar. Te acepté como alumna, te enseñé. Y tú me traicionas como los demás. Como Indra.

—¿Buscas compasión? Has permitido que viniera aquí, Charles. Habrías enviado a mis amigos del barco a la tortura y la muerte aunque a mí me hubieras dado una vía de escape. Pero mis amigos no caerán prisioneros.

Señalo hacia arriba, hacia los ardientes tajos del cielo nocturno, cuando mi fuerza secundaria rodea Europa a toda velocidad.

—Ódiame, pero lucha a mi lado —le digo a Arcos—. Solo entonces sobrevivirá tu familia.

Le tiendo una mano a mi antiguo maestro. Él desenvaina su filo.

—Debería matarte.

—¿Puedo bajar y disparar al abuelo? —me pregunta Raven por el intercomunicador.

—Espera —le digo.

—Te olvidas —Charles se saca un terminal de datos del bolsillo— de que podría hacer que mi flota destruyera la tuya, chica.

—No antes de que la mía se haga con la de la soberana.

—Pero Abby sabría cuál es la postura de la Casa de Arcos. Sabría que me has engañado. Que mi casa no forma parte de esto.

—Entonces hazlo —lo insto—. Lanza tus naves si consideras que mi causa es maligna. Mátame si crees que soy un monstruo. —Doy un paso al frente para acercarme a él—. Pero conoces el corazón que late en mi interior. Elígeme. O elige esa oscuridad.

Señalo con la cabeza hacia el bosque situado a los pies de la montaña, hacia la puerta de cristal por la que entramos en él. Doce pretorianos obsidianos la franquean. Hombres y mujeres de gran tamaño, con armaduras negras y moradas y yelmos que les cubren la cabeza entera. Solo un Sucio, más delgado que los demás, como un áspid invernal erguido sobre su cola. Su armadura es blanca y está salpicada de colores sangrientos. Están a menos de cincuenta metros de distancia. Con ellos, más baja que el resto pero más gloriosa, está el Caballero Proteico con su traje dorado. Su filo destella con los colores de una nébula y su armadura se retuerce como las olas que baten las blancas paredes de la isla de Charles. Indra escudriña el cielo de la noche, donde ve el despliegue de mi emboscada. Permite que su armadura absorba el yelmo.

—De modo que los traidores son dos —vocifera—. La Casa de Arcos también se ha adherido a la traición. Charles. ¿Estás con los leones?

—La Casa de Arcos se mantiene al margen.

—¿Al margen? —La asesina de Harper frunce el ceño y ladea la cabeza. Atisbo las cicatrices provocadas por los duelos en la parte derecha de su cuello. Su mirada felina escudriña los bosques en busca de señales que delaten una trampa—. Eso no existe.

—¡Me han engañado igual que a ti, Indra! —grita Charles—. Lexa sabía que estabais aquí. No sé cómo. Pero yo no soy tu enemigo. Yo solo quiero que me dejéis en paz.

—¡Esa opción nunca ha existido! —contesta ella—. Lo sabes mejor que nadie. O con nosotros o contra nosotros, Charles.

—Indra. No. ¡Yo no desempeño ningún papel en esto! ¡Ninguno!

—Los fuertes siempre tienen algún papel —mascullo.

—No permitiré que me obliguéis a tomar partido. —Me fulmina con una mirada llena de ira—. No tengo disputas con ninguno de vosotros. Ahora soy un hombre de paz.

—Entonces ¿por qué estás empuñando la hoja? —Indra sonríe—. Haz lo que sabes hacer. Baja y hablemos, maestro. ¡No deberíamos estar gritando! ¿No era eso lo que solías decirme cuando levantaba la voz enfadada?

Indra mira al grifo, que ahora ruge a nuestro lado. Es más grande que cuatro caballos. Me pregunto qué les harían esas garras a sus armaduras.

—Ha perdido sus barcos —le susurro a Charles—. ¿Qué le ordenaría Abby que hiciera?

—Que nos matara. Por resentimiento.

Bajo aún más la voz.

—Entonces no tienes alternativa.

—Eso parece.

Indra ve que me pongo de rodillas en el suelo y recojo tierra en la mano. Me ha estudiado a fondo. Sabe lo que debe de significar esto. Y debe de preguntarse cuál es mi plan. Por qué he venido sola. Si realmente he preparado una emboscada en el cielo, ¿no organizaría una también aquí abajo?

Estoy a punto de gritarle algo a Indra cuando otra figura franquea la puerta para unirse al Caballero Proteico. Es un hombre larguirucho. Con la piel más oscura que la mía. Luce una sonrisa despectiva en el aburrido rostro patricio. Roan. Vestido de arriba abajo con armadura de pretoriano. Avanza sigilosamente observando el cielo con aprensión, una sombra morada y negra, antes de dedicarme una resplandeciente sonrisa torcida.

—Hablando de traidores… —vocifero—. Hola, Roan. Bonita armadura.

—¡Segadora, buena mujer! —grita Roan, y me hace la cruz—. ¿Dónde está Raven?

Se agacha para decirle algo a Indra. La mujer se tensa y vuelve a echar un vistazo en torno a los árboles. Sus hombres se condensan en formación defensiva. Roan los advierte de mis trucos. Saben que hay algo que no va bien. Su égidas se activan y brillan por encima de sus brazos. Charles cierra los ojos y levanta la mano izquierda en el aire para sentir los latigazos del viento de la tormenta.

—Déjame a mí a Indra. Tú tendrás más suerte contra el Sucio.

—No. Son todos míos. Raven, arriba.

Los Aulladores emergen del mar que rodea el castillo. Chorrean agua mientras superan volando en silencio las paredes de cien metros de altura, con las armaduras deslumbrantes como caparazones de escarabajos negros. En cada uno de los lados del peto se han pintado un león dorado. El oro parpadea cuando estallan los relámpagos. Aterrizan calladamente a nuestro alrededor.

—Mis hijos de la tormenta —le digo a Charles.

Han llegado veinte nuevos reclutas pertenecientes a las familias de los Aulladores y las filas de los Telemanus. Raven hizo pruebas. Tengo entendido que fueron condenadamente divertidas. Hubo serpientes, alcohol y setas. Eso es todo lo que han querido contarme.

—¡Trasgo! ¿Por qué te escondes siempre? —pregunta Roan a gritos. Su voz es todo burla, pero vuelve a mirar al cielo con ansiedad—. Al menos lo de esta vez es mejor que las tripas de un caballo.

Raven saca su cuchillo de desollar, el que utilizaba para arrancar cabelleras con Cardo hace años. Está hecho a mano y es de hoja curva. Se da unos golpecitos con él en la entrepierna y luego señala a Roan. Desvía la mirada hacia Indra.

—Mataste a un Aullador, Indra —le dice—. Te equivocaste de juego.

Tal como esperaba, la aparición de los Aulladores tranquiliza a Indra y a Roan. Esto sí les encaja: tenía soldados escondidos. Ahora ya no. Una batalla a muerte. Honor. Orgullo. Un ejército contra otro. Los pretorianos obsidianos comienzan a entonar su terrible canción gutural. Lo único que quieren esos hombres es que llegue el glorioso final. Reunirse con sus parientes en los alegres salones de Valhalla con sus hojas en la mano. Dan un paso al frente a la orden de Indra. Los hombres y mujeres más mortíferos del Sistema Solar, y un Sucio entre ellos. Y yo me aprovecho de las enseñanzas de Evey. Asegurándome de que Indra no está protegida, detono las minas terrestres en forma de espina que dejé caer en el suelo mientras Charles y yo nos dirigíamos hacia el interior del bosque. Solo Roan es lo bastante rápido. Agarra a Indra por la espalda y tira de ella con fuerza hacia atrás…, con tanta fuerza en esta gravedad tan baja que ambos atraviesan la puerta tambaleándose justo cuando la primera explosión desgarra el aire salado. Las explosiones son escalonadas. Primero llega una conmoción que inutiliza los escudos de pulsos y lanza a los pretorianos por el aire. Luego llega un gravifoso que los arrastra de nuevo hacia el origen de la explosión como si fuera un aspirador que recoge moscas. Y después llega la tercera —pura cinética— para destrozar armaduras, carne y huesos y hacer volar a los guerreros por los aires, esparciendo sus fragmentos por la baja gravedad igual que un leve soplido disemina las semillas de un diente de oro. Brazos y piernas descienden flotando con lentitud.

La sangre se deshace en gotas y salpica el suelo.

La explosión rompe el techo de la burbuja y la lluvia vuelve a caer sobre el jardín para apagar los fuegos y diluir la sangre que fluye hacia los doce cráteres de bomba. Solo sobreviven tres pretorianos. Y no están en muy buena forma.

—No dejes que escape.

La voz de Monty me abrasa los oídos. Está viendo mi holotransmisión desde los barcos que vuelan por encima de nuestras cabezas.

Mis Aulladores aún no se han movido.

Charles está furioso conmigo y masculla algo sobre el honor.

—¿Qué? —pregunto con desdén—. ¿Crees que es una lucha limpia?

—Lexa… —sisea Raven mientras espero—. Lexa…

—Un segundo.

—¡Se está escapando! —La voz de Monty me asusta. Destila un rencor que no sabía que mi amigo tenía dentro—. ¡Lexa!

Le gruño que preste atención a su parte de la batalla.

—Lexa… —suplica Raven—. Ya es suficiente.

Charles nos mira, tal vez comenzando a comprender.

Chasqueo los dedos.

—Cazad.

Los Aulladores echan a correr como lobos liberados para terminar lo que las bombas empezaron. Se deshacen de los pretorianos restantes. Raven grita el nombre de Roan entre los aullidos cuando irrumpen en el castillo en busca de Indra y de él.

—Lexa, ¿a qué juegas? —me pregunta Monty por el intercomunicador. Hago que el holo de su rostro aparezca en la esquina de la pantalla de visualización de mi yelmo. Le tiemblan los músculos de la mandíbula—. Si la asesina de Harper escapa…

—Cierra eso —le digo cuando veo informes de que una de nuestras naves antorcha está recibiendo cuantiosos daños. Está distraído—. Ahí arriba están muriendo hombres. Concéntrate en tu trabajo.

Cierro el enlace.

La imagen de Arpía aparece en mi pantalla.

—El caballito de mar ha caído.

—Bien. ¿Y Roan?

—Ni rastro.

—Recibido.

Corto la conexión.

—Indra ha saltado al agua. Pero no hay ni rastro de Roan —me dice Raven varios minutos más tarde mientras los Aulladores registran el interior del castillo yendo de habitación en habitación—. Se está escondiendo. A no ser que se haya teletransportado. —Escupe tras ese apunte de ciencia ficción—. Pregúntale al viejo dónde están.

Una angustia oscura se introduce reptando en mi cerebro. Me vuelvo hacia Charles.

—¿Qué les ordenaría Lune que hicieran si no pudiesen matarnos a ti y a mí? Si considerara que alguien es prescindible, ¿qué le ordenaría que hiciese?

Permanece inmóvil bajo la lluvia durante un instante. Luego empalidece.

—Los niños… —Arcos me aparta con brusquedad y corre entre la carnicería provocada por las bombas en dirección a la puerta de cristal hecha añicos—. ¡Van a matar a mis nietos! —grita hacia atrás.

—¿Dónde están los niños? —le pregunto a Raven.

—¿Qué niños? No hemos encontrado ningún crío.

Suelto una palabrota y comienzo a perseguir a Arcos.

—Los escondí —me dice volviendo la cabeza por encima del hombro mientras acelera por el corredor del castillo.

Es rápido para ser un hombre anciano, pero la gravedad nos ralentiza hasta que comenzamos a apoyar las manos en las paredes y el techo, utilizando las gravibotas para recorrer los largos pasillos. Nos precipitamos esquina tras esquina. Y cuando él toca la cabeza de un grifo de piedra y una pared de acero cae para descubrir un pasadizo secreto, percibo el olor de la sangre. Dos cadáveres yacen al otro extremo del pasillo. Un gris y un obsidiano. Adelanto a Arcos volando y bajo una serie de escaleras agarrándome a los asideros que hay en el techo hasta que me encuentro ante dos puertas. Abro una. No es más que un almacén. Abro la otra y empuño el filo.

—Roan —digo despacio.

Está de espaldas a mí. Hay tres cuerpos de obsidianos tendidos a su alrededor, y la sangre de esos hombres forma un charco en torno a los pies de Roan. Tiene el filo enroscado en la mano, y se endurece cuando Roan se incorpora con la cabeza agachada en la habitación llena de niños y mujeres. La sangre resbala por la hoja cambiante. Cuando llegué, Arcos escondió a los niños de mí en este sitio —algunos dorados, otros plateados, y también rosas y marrones—. Roan podría matar a la mitrad con un golpe perezoso de su filo antes de que nosotros llegáramos hasta ellos.

—Roan, recuerda a tus hermanos —le digo sin dejar de mirar a los niños.

—Mis hermanos son unos mierdas. —Se ríe con aspereza y su voz suena extraña—. Me dijeron que debía escapar de tu sombra. Mi madre me llama el Gran Sirviente, ¿lo sabías?

Los niños sollozan en la esquina. Uno entierra la cara en el regazo de su madre. Las mujeres no están armadas. No son guerreras como Octavia y Mustang. Una niñera marrón le tapa los ojos a un niño dorado. Oigo a Arcos en el túnel que queda a mis espaldas.

—Las órdenes de Lune son un error —le digo a Roan.

—Me preguntó si podría ocupar tu lugar, Segadora —murmura él—. Dijo que no creía que pudiera. Dijo que tu sombra se proyectaba tanto sobre mí que dudaba de que alguna vez fuera algo más que un eco tuyo. Le dije que podía hacer cualquier cosa que tú pudieras hacer.

—Roan, es malvada.

—¿Ah, sí? —Escupe sangre en el suelo, aún sin mirarme—. Dicen lo mismo de ti. Se preguntan quién te crees que eres para hacer lo que haces. Para desafiar a los hombres y mujeres que desafías. Se preguntan qué derecho tienes.

—Todos tenemos derecho a desafiar. Ese es el sentido de todo esto.

—El sentido. ¿Había un sentido? —pregunta—. A mí nunca me lo explicaron. Me dabas por hecho. Nunca me contabas nada. —Justo como estoy haciendo ahora con Monty—. Siempre susurrando con otros. Ignorándome como si fuera tonto. Eres igual que ella…

—¿Que tu madre?

No contesta. Arcos llega a mi lado. Estiro una mano para detenerlo.

—¿Los matarías si Augusto te lo pidiera? —me pregunta Roan, que se vuelve ligeramente.

—No —respondo—. Preferiría morir.

—Me lo imaginaba. Ella tenía razón. Soy el Gran Sirviente.

Le tiendo las manos.

—No sé qué debo hacer ahora, Roan.

—Eso es un buen comienzo.

Se ríe con amargura y arrastra un poco las palabras.

—Lo dudo. No sabía qué hacer cuando te azoté —digo—. En el Instituto. No quería perderte para mi ejército a causa de tus talentos. Pero no podía dejarte sin castigo.

—Talentos. Talentos. ¡Talentos! Entonces eso es lo que nos diferencia. —La voz de Roan se torna todavía más espesa—. Porque si hubiera sido mi ejército, yo te habría matado, estúpida arrogante.

Se vuelve un poco más y veo los indicios de la catástrofe en que la bomba ha convertido su cara.

—¿Sabes lo que sucederá si matas a cualquiera de ellos?

Nos señala con la cabeza, primero a mí y luego al Caballero de la Furia, como diciendo que uno u otro acabaremos con él.

—¿Sabes? No me arrepiento de haberme llevado a Lisandro.

—No creo que nunca te arrepientas de mucho.

—No me arrepiento. —Se ríe y sumerge un dedo del pie en el charco de sangre que lo rodea—. Pero creo que no debería haberlo hecho. En el Instituto te estaba poniendo a prueba. Pero… quería ver lo que harías. Si merecías que te siguiera.

—¿Lo merecía?

—Ya conoces la respuesta.

—¿Sigo mereciéndolo?

Asiente.

—Siempre. —Y lo dice con tal patetismo que tengo la sensación de que el corazón se me ha subido a la garganta. Es un traidor, un mentiroso, un tramposo. Y sin embargo, veo a un amigo. Quiero arreglarlo y completarlo. ¿Qué estoy haciendo? Tengo que derribarlo. Pero ya lo hice con Wells. El ciclo nos mina. La muerte engendra muerte, que engendra muerte, que engendra muerte por siempre jamás.

—¿Y si te dejo vivir? —pregunto repentinamente, y mis palabras provocan una mirada confusa, frenética en Roan. Por supuesto, él no comprende el perdón—. ¿Y si te dejo regresar?

—¿Qué?

—¿Y si te perdonara?

—Estás mintiendo.

Se vuelve aún más y veo los estragos que le ha causado la bomba. Tiene la nariz torcida, rota. El resto es como si le hubieran arrancado la piel a una cereza. Mi amigo…

—No miento. —No confié en Roan una vez y lo perdí. Ahora sí lo haré. Daré el mismo salto de fe que le pido a él que dé. Doy un paso al frente—. Sé que hay bondad en tu interior. Vi tu cara cuando mataron a aquellos niños en la gala. No eres un monstruo. Regresa a mí. Volverás a ser uno de mis tenientes, Roan. Pondría una legión a tus órdenes cuando tomemos Marte. Llevarás uno de mis estandartes. Pero no puedes llevar puesta esa armadura tan fea.

—Es incómoda. —Resopla con una ligera sonrisa—. Pero Raven, Monty, Octavia…

—Te echan de menos —miento—. Suelta el filo y vuelve a mi ejército. Te prometo que estarás a salvo. —El filo gotea en su mano. Uno de los niños le lanza una sonrisa a sus hermanos pequeños, una sonrisa esperanzada—. Deja a los niños en paz, y todo quedará perdonado.

Lo digo de verdad. Hay sinceridad en lo más profundo de mi corazón.

—Todos cometemos errores —dice.

—Todos cometemos errores. Vuelve. No te haré daño. —Dejo caer mi propio filo—. Y Arcos tampoco.

Miró a Charles con fijeza hasta que, cómplice, asiente con su cabeza avejentada.

—Quiero irme a casa —murmura Roan en voz muy baja y con la voz cargada de dolor—. Quiero irme a casa.

—Entonces ven a casa.

El filo de Roan repiquetea contra el suelo y él hinca una rodilla ante mí. Ruge de dolor. El alivio inunda la habitación. Las criaturas empiezan a llorar de nuevo a causa del tortuoso desplazamiento de la muerte a la vida. Los cuidadores abrazan a los niños a su cargo mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas. Me acerco a Roan y le ofrezco un brazo para ayudarlo a ponerse en pie. Me envuelve en un abrazo desesperado y solloza contra mi hombro. Le tiembla el cuerpo y sus facciones ensangrentadas me ensucian la armadura.

—Lo siento —repite una docena de veces.

No para de sollozar y se aferra a mí con fuerza. Tiene la cara destrozada. Y yo también lo abrazo. Me invade el agotamiento. Su tristeza es como un peso que casi me arrastra a las lágrimas. Sin embargo, los extraños sentimientos que me produce tenerlo de vuelta, a mi lado, agarrándome, me animan. Saber que alguien no puede vivir sin ti, saber que, aunque te haya traicionado, no desea nada más que la absolución, es una lección de humildad. Y cuando él se aferra a mi espalda, le rodeo la armadura con los brazos e intento no echarme a llorar. También los crueles sienten dolor. E incluso los crueles pueden cambiar. Espero que esto lo cambie. Podría hacer muchas cosas si aprendiera. En muchos sentidos, es la personificación de su raza. Y, por lo tanto, si Roan puede cambiar, los dorados pueden cambiar. Deben estar destrozados, pero entonces hay que darles una oportunidad. Creo que eso es lo que Costia habría querido en última instancia. Cuando al fin cesan sus sollozos y nos separamos, se queda de pie a mi lado, fiel como un perrito, lanzándome sutiles miradas en busca de señales de afecto. Le tiemblan las manos a causa del dolor de las heridas, pero aun así observa con Arcos y conmigo a los niños, de alta y baja cuna por igual, que abandonan ordenadamente el búnker en compañía de sus cuidadores. Guijarro baja para decirnos a toda prisa que Monty está concluyendo la batalla espacial. Cuando ve las heridas de Roan, empalidece. Le digo que busque a un amarillo. De inmediato, Charles, Roan y yo nos quedamos a solas en el sótano.

Charles nos mira a los dos.

—Ahora que los niños se han ido, consecuencias.

Sus manos se mueven más velozmente que las alas de un colibrí. Aparece una daga de iones y se adelanta cuatro veces hacia la axila de Roan, donde la armadura es más débil. Rápido, intento detener a Charles, pero ya está hecho. Se retuerce como si estuviera escurriendo una toalla y le secciona una arteria, un anciano matando a un joven. La cara destrozada de Roan se contrae de dolor; y ahoga un grito, como si supiera que la justicia terminaría al fin por encontrarlo. Charles se marcha. Y yo sujeto a mi amigo mientras muere y su mirada se pierde en algún lugar muy lejano, donde tal vez encuentre esa paz que Monty siempre deseó para él.