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TORMENTA EN FORMACIÓN

—Orión, ¿cuánto queda hasta que lleguemos al punto de encuentro? —le pregunto en el puesto de mando.

Excepto por nuestros asistentes, estamos solos delante de los ventanales del Lincoln, contemplando la navegación de mis barcos por el espacio. Las adiciones más recientes a nuestra recién formada flota están pintadas de blanco y lucen el grifo morado y de expresión furiosa de Charles. Junto a ellos vuelan los buques de guerra negros, azules y plateados capturados a Kellan au Belona sobre Europa. Los naranjas y los rojos se arrastran por los exteriores de los monstruos de metal arreglando los agujeros creados por las naves sanguijuela y preparándolos para el asedio de Marte.

—Tres días hasta la estación Hildas. Los otros barcos habrán llegado allí antes que nosotros, dominus.

Kavax y Daxo se aproximan desde atrás. Me vuelvo hacia ellos y señalo los diez navíos de Kellan au Belona que se aprecian al otro lado del ventanal reparado.

—Gracias por los regalos —digo.

—Tu plan, tu botín —afirma Kavax.

—Aunque, naturalmente, nosotros nos llevamos un porcentaje —añade Daxo con voz zalamera y enarcando sus revueltas cejas doradas—. El cincuenta por ciento de honorarios del descubridor. —Le lanzo una mirada divertida—. Bueno, el treinta por ciento, porque le caías bien a Lincoln.

—¡El diez por ciento! —exclama Kavax.

Ladeo la cabeza.

—Eres un mal negociador, pretor.

Se encoge de hombros afablemente y señala con alegría las gominolas que hay en el suelo. Deja a Sófocles en el suelo animándolo a que las devore todas.

—Veinte. —Daxo extiende las manos. Sus movimientos siempre parecen pertenecer a un hombre más delgado y cultivado—. Es justo, ¿no? Perdimos ciento sesenta y seis grises de nuestra casa y a trece obsidianos.

—Entonces el treinta por ciento para compensaros. Sois amigos.

—¡Tres barcos! ¡Vaya chollo! —proclama Kavax—. Vaya chollo. A veces se necesita una buena ganga. —Me da una palmada en la espalda y hace que vuelvan a crujirme las articulaciones—. Ojalá hubiéramos cogido a Indra. ¡Ese sí que sería un buen botín que dividir!

—Se lanzó al mar, desafortunadamente. —Señalo a Ragnar, que está de pie al final del puente

de mando—. Tengo entendido que lo hizo bien.

Pálido y alto, continúa mirándome desde detrás de su barba y sus tatuajes rúnicos, al parecer tan desprovisto de emociones como invadidos por ellas Kavax y Daxo.

—Mataron al líder de su equipo de abordajes. Y a sus tenientes. Muchas cabezas partidas. Se encontraron con varios amigos de Kellan —comenta Kavax con seriedad mientras rebusca en sus bolsillos algo que darle a su impaciente zorro, que le araña la pierna para conseguir más gominolas—. No tengo más, principito mío. —Me dedica una sonrisa esperanzada—. ¿Tienes alguna gominola?

—No. Lo siento.

—Ragnar tomó el mando. Se las arregló bastante bien —dice Daxo.

—¿Tomó el mando? —pregunto.

Kavax me lo explica.

—Había un escuadrón de la muerte de Únicos. Media docena de bailarines del filo pertenecientes a los Belona, chicos verdaderamente nobles, que hicieron pedazos a todos nuestros dorados y a la mayor parte de los obsidianos. Ese Sucio de ahí reunió a los grises que sobrevivieron y a unos cuantos obsidianos y se las ingenió para tomar el barco.

—¿Alguno de esos bailarines del filo está aún vivo?

No.

Ragnar vuelve a mirar al suelo, como si esperara una reprimenda.

—Bien hecho, buen hombre —le digo.

Tanto Kavax como Daxo me miran de reojo cuando empleo esa fórmula familiar. Merece la pena por ver a Ragnar sorprenderme con una sonrisa. Una sonrisa enorme de dientes amarillos.

—¿Creéis que podría hacer más? —pregunto.

Daxo titubea.

—¿Qué quieres decir?

—¿Podría comandar en caso de que faltara un dorado?

Los dos Telemanus intercambian una mirada de preocupación.

—¿Qué beneficio aportaría eso? —inquiere Daxo.

—Podría enviarlo a lugares donde no podría mandar a dorados.

—Ese lugar no existe.

Kavax se cruza de brazos. He ido demasiado lejos. Sonrío para aplacarlos.

—Por supuesto. Solo era una teoría. De vez en cuando dejo vagar la mente.

Le doy una palmada a Kavax en el hombro y ambos se marchan a su propio barco.

—Te has excedido —me espeta Orión.

—¿Perdona?

—Ya me has oído.

Bajo la mirada y estudio los tatuajes azul pálido de su piel oscura como si esas matemáticas contuvieran la clave para entender su cerebro.

—Eres observadora para ser azul.

—¿Por qué sé cómo funciona el mundo fuera de mi sincronización digital? Es por haber trabajado en los muelles, dominus. Cuando estás en lo más bajo, tienes que fijarte en todo.

—¿En qué muelles? —pregunto.

—Fobos. Mi padre era un estibador nacido fuera de las sectas. Murió cuando yo era pequeña. Una niña tiene que mantenerse alerta si quiere conservar la vida en las ciudades portuarias Colmena. Es la única manera de vencer a los monstruos.

—No es la única manera.

—¿No? —pregunta sorprendida.

—Siempre puedes convertirte también en un monstruo.

Orión le da la espalda al ventanal para mirarme a mí. Una inteligencia feroz brilla tras sus ojos árticos.

—He ahí la belleza del espacio. Mil millones de caminos que elegir.

Me libro de contestar cuando el azul encargado de las comunicaciones llama desde su foso.

Dominus, se acerca una lanzadera de asalto. Es Clarke au Augusto.